Por primera vez en mucho tiempo Yuri sintió como un par de instantes pasaban en cámara lenta frente a sus ojos. Sabía que podría perderse en su mente el recuerdo de cualquier cosa pero si había algo que jamás olvidaría, sería la forma en que Otabek giró sobre si mismo buscando con la mirada al muchacho en cuestión, como bajó con lentitud la mano con la cual sostenía su teléfono, como sus ojos se encontraron automáticamente con los suyos...
Se tomó apenas unos instantes para analizarlo fríamente de la cabeza a los pies. Llevaba una chaqueta de gabardina bien oscura que quizás en su momento había sido negra, una camiseta que a simple vista también era del mismo color y del cuello de esta colgaba un par de lentes de sol. En la parte inferior, un pantalón pitillo de jean se aferraba con fuerza a sus pantorrillas y un par de zapatillas de vestir. Era quizás incluso hasta demasiado para el pobre ruso que intentaba balbucear algo similar a un saludo.
—¿Qué va a ordenar? —insistió el japonés notando como el ambiente se tornaba excesivamente extraño entre su compañero de trabajo y el cliente frecuente que se encontraba justo frente a él.
—Cállate —mascullaron ambos a coro, como si una conexión extraña los hubiera unido en ese mismo momento sin tener la necesidad de volver a mirarse para entender lo que había sucedido. Yuuri les dedicó una mirada cargada de odio antes de rodar los ojos y despedirse de ambos dirigiéndose a la parte posterior del local, agregando con desdén que si querían algo que lo llamaran más tarde.
El rubio apenas lograba respirar. En su pecho parecía que algo estaba por romperse. Creía que si el Yuri que recibió su primer beso por la fuerza años atrás hubiera sido informado sobre la situación actual, seguramente hubiera reído hasta no dar más. ¿Cómo podría ser posible que años después estuviera hiperventilando frente a practicamente un desconocido que lo único que había hecho era mandarle mensajes pervertidos a cualquier hora del día? ¡Y no sólo eso! ¡Había acabado pensando en él, intercambiando mensajes subidos de tono con él! ¡Incluso eso podía ser considerado sexting!
Inhaló profundamente antes de intentar decir algo. ¿Qué era lo correcto en situaciones como esa? Decirle "ey, si, soy el que usa ropa de chica y hace que te pongas como una roca con una simple foto de esta boquita porque piensas en la mamada que podría hacerte" no parecía ser lo más indicado, sobretodo teniendo en cuenta que Yuuri estaba allí también, esperando por alguna indicación detrás de las finas paredes que sostenían estantes llenos de tazas y botellas de sirope.
—Otabek —murmuró tratando de mantener la calma y levantándose del asiento, estirándose la camiseta y tirando sus hombros hacia atrás para ganar un par de centimetros de alto. Caminó los cuatro pasos que apenas los separaban intentando mantener la mirada en el contrario aún al quedar a menos de cincuenta centímetros. —Soy… ¿yo? —Sonrió de lado, frunciendo la nariz al recordar una de las tantas charlas que habían compartido donde se había negado a develar su nombre real. —Un gusto —extendió su mano derecha esperando que su interlocutor la estrechara.
—Eres el chico del Starducks —sonrió apenas de costado, tomando con su propia diestra la contraria, estrechándola con apenas un movimiento. —Del otro. El Yuri ruso —agregó con nerviosismo tras soltar la mano pálida.
—Oh, si. Recuerdo haberte atendido un par de veces... —Le respondió Yuri al mismo tiempo que llevaba todo su peso a la punta de sus pies y luego a sus talones, moviéndose una y otra vez hacia delante y hacia atrás. —Así que ya sabes mi nombre. Estrategia desechada.
—¿No me habías reconocido? —alzó ambas cejas, intrigado. —¿Qué estrategia tenías en mente? ¿Pensabas sobornarme de algún modo?
—No creía que fueran la misma persona —confesó, ignorando las siguientes preguntas. —Entonces... ¿Cuál es el plan? —Insistió con un poco de ansiedad.
—Había pensado en recorrer contigo el parque pero como nos encontramos antes de lo previsto, podríamos quedarnos aquí. —Se llevó la mano derecha a su mentón, acariciándolo como si el movimiento lo ayudara a pensar mejor. Al instante pensó que quizás su idea no era la mejor y algo nervioso agregó: —Pero supongo que debes estar harto del café de Starducks —sonrió con timidez, esperando no haber arruinado la tarde con sus ideas estúpidas.
El rubio le dedicó una sonrisa extraña antes de pasar justo a su lado para ubicarse contra la barra, haciendo que su cabello se moviera de forma natural, dejando a Otabek anonadado. Golpeó con el puño la madera pulida y llamó a los gritos al japonés, quién de mala gana se acercó a atenderlos. Como siempre, Otabek terminó ordenando un patucchino, sólo que esa tarde estaba un poco más exigente y pidió que por favor lo sirvieran en taza y sin espolvoreado de cacao; en cambio, el rubio se decidió por la versión vulgar -y con patos estelares- del famoso frappé. Katsuki ni siquiera se molestó en preguntar sus nombres luego de aceptar los dólares que le extendieron.
—¿Te parece ir eligiendo una mesa? —susurró Yuri, mirando de reojo a Otabek, quién al parecer estaba demasiado entrenido mirándolo fijamente, sus labios estaban apenas separados y era evidente que no lo escuchaba. Estaba en otro mundo. —¿Beka? —El rubio apeló a su arma secreta, acompañándola con una delicada sonrisa y un suave apretón en su antebrazo. Notó como este tragaba saliva justo antes de asentir y dejarlo en compañía de Yuuri.
El teléfono vibraba en su bolsillo trasero otra vez. Lo observó con discreción para descubrir que Isabella estaba escribiéndole sin cesar. Alcanzó a leer un par de mensajes que rezaban: ¿Cómo es? ¿Tiene lindo olor? ¿Puedo verlo? Llevó su vista hacia el techo para dejar salir un pequeño suspiro y al mirar por encima de su hombro lo descubrió sentado en los sofás anchos, observando el parque a través del ventanal, sosteniendo su rostro con la palma de su mano, perdido quizás en sus pensamientos. Respondió un simple y sencillo: Es hermoso y volvió a guardar el dispositivo rogando que Isabella decidiera dejar de molestarlo.
—No me interesa saber de dónde lo conoces pero al menos me lo hubieras dicho antes… —protestó el asiático cruzándose de brazos, apoyándolos sobre la barra. —Me interesó desde el momento en que entró a Starducks la primera vez. ¿Te parece bien dejar que me ilusione de esa manera?
Plisetsky no daba crédito a lo que oía. Si, quizás Katsuki había demostrado un interés exagerado cuando Otabek entró por primera vez al local pero con el tiempo, como cualquiera que lo conociera, Yuri se sentía capaz de afirmar que esa era la forma en que su tocayo actuaba frente a cualquier persona de su mismo sexo.
—¿Te interesó Otabek como te interesa cada tipo que se te acerca? —Lo observó por un par de segundos, alzó sus hombros demostrándole lo poco interesado que estaba y tomó la taza y el vaso sin agregar nada más para llegar hasta la mesa que el kazajo había elegido. Trató de llamar su atención dejando las bebidas entre ambos. —Aquí estoy —murmuró con apenas un hilo de voz. Los nervios volvían a consumirlo por dentro.
—Genial…
El ruso alzó ambas cejas, pestañó dos veces, frunció el ceño y por úlltimo, chasqueó la lengua a modo de protesta. Odiaba demasiadas cosas pero relacionarse con personas introvertidas hacía que quisiera romper algo –o tirar cualquier objeto al suelo como Potya solía hacerlo- y quería morirse en ese mismo momento; caer seco en el suelo a causa de un paro cardíaco era la opción más tentadora. Es que, la mayor parte del tiempo, Yuri no sabía qué decir o como actuar, como establecer una conversación en la que ninguna de las partes quedara en rídiculo; esos eran un par entre muchos defectos más con los que había aprendido a lidiar hasta cierto punto. Por ese mismo motivo, en lo posible buscaba personas que no tuvieran el más mínimo reparo a la hora de conversar. Al parecer, Otabek era de ese tipo sólo detrás de una pantalla.
—Un hombre de pocas palabras, puedo ver… —dio un sorbo a su frappé de vainilla, sintiendo como la textura de la crema acariciaba su paladar.
—¿Te parece? —Lo imitó, llevándose la taza hacia los labios sin dejar de mirarlo fijamente. El menor sintió que toda la sangre de su cuerpo se aglomeraba en sus mejillas, haciendo que lo invadieran las ganas de morirse. Otra vez. —Creo que intercambiamos bastantes palabras desde que comenzamos a hablar —agregó al tiempo que devolvía la taza a su lugar.
—Pero ahora pareciera que los ratones te comieron la lengua —se cruzó de brazos y piernas, golpeándose la rodilla con el borde de la mesa. Profirió un improperio en ruso, lo que causó en el kazajo una risa bastante sonora quién luego se disculpó por su exabrupto.
—No, no te preocupes… ¿Yuri? —Lo interrogó haciendo un ademán con su mano derecha, la cual luego se convirtió nuevamente en el sostén de su cabeza. —Mi lengua está en su lugar, esperando ser devorada por algún otro animal. No precisamente un ratón.
Definitivamente deseaba morirse. Quizás la idea del ataque cardíaco era demasiado sencilla: la situación requería medidas más dramáticas. ¿Qué tal tirar la taza al suelo y cortarme la carótida con un pequeño pedazo de cerámica? Obsevaba como las personas trotaban por el parque y mordía con fuerza la cara interna de su mejilla en un intento desesperado por mantener la cordura. Había llegado a la conclusión que Otabek era una caja de sorpresas, alguien que nunca actuaba de acuerdo a lo esperado y lo volvía loco –en todos los aspectos posibles-.
—Imbécil —masculló por lo bajo, rogando que no lo escuchara.
—¿Ese es mi nuevo apodo? No suena mal. ¿Cómo debería decirte? ¿Te parece que siga diciéndote Masha? Sólo para estar cómodos ambos —El moreno se pasó la lengua por los labios antes de sonreír de lado, mirándolo provocativamente.
—No sé que hago aquí. ¿No se supone que deberíamos charlar, conocernos y hacer el tipo de cosas que hace la gente en una primera cita? —Oh no, debería aprender a pensar antes de hablar, se reprochó en sus interiores y tragó saliva.
—Me hace feliz saber que consideras una primera cita a este encuentro fortuito. Eso hace que todo sea más fácil —Se mantuvo impasible, ni sus cejas ni las comisuras de sus labios se alzaron, volvió a mirar por la ventana, ignorando por completo al rubio frente a él, haciendo que este se preguntara si había sido sarcástico con su respuesta. No se mantuvo demasiado pensando al respecto ya que la familiar vibración lo trajo de regreso al planeta Tierra.
Esta vez se trataba de la compañía de telefonía que le ofrecía un pack de mensajes de texto a un módico precio. Inevitablemente recordó a Victor usando esa manera prehistórica de comunicarse y su mente comenzó a divagar por todas las personas que conocía. Por más que le pesara, esperaba que el mensaje fuera de Isabella; extrañando su instencia, le pareció una buena idea escribirle otra vez, quizás pudiera distraerlo durante un rato. Con rapidez recibió una respuesta que sólo lo puso de peor humor. ¿Estaba loca? ¿Estaba exigiendo sutilmente una fotografía?¿Cómo podía pretender eso? ¡Menos aún con el clima tenso que se había creado por culpa de su boca irreverente! Alzó la mirada para encontrarse con Otabek nuevamente distraído, pestañeando con lentitud para que sus ojos no se resecaran y con su pecho subiendo y bajando con mayor frecuencia de la habitual. El orgullo dentro suyo clamaba victoria, creyéndose el motivo de la hiperventilación del kazajo; pero él, dominando todas sus partes sueltas aprovechó la distracción de este enfocó la cámara para capturarlo en ese mismo momento. Tragó saliva con fuerza al ser consciente de lo perfecto que era su perfil, como si cada parte de su rostro encajara sólamente en él. ¿Por qué tenía que arruinarlo siempre?
—¿Beka? ¿Algo que quieras preguntar? —Intentó sonreír aunque sabía que parecia más una mueca de dolor e incluso hasta de tránsito lento. —Mira… No soy un ser de naturaleza sociable asi que agradecería muchísimo si cooperas —entrelazó sus dedos por encima de la mesa tal como un ejecutivo en medio de una reunión de suma importancia.
—Lo siento. Creí que estabas actuando huraño sólo para espantarme —Otabek le devolvió una respuesta con la misma sinceridad y notó como sus hombros dejaban de estar tan tensos.
—No era mi intención. Deseaba mucho conocerte, descubrir que realmente existías… Aunque siéndote sincero, estuve todo el día volviéndome una bola de estrés y ansiedad. ¿Te agradaría verme en mi ropa casual? ¿Te parecería entretenido charlar con alguien así? ¿No sería secuestrado por una red de trata de personas? —Tomó aire y fuerzas para continuar con su pequeño monólogo, se rascó la frente y acomodó su flequillo detrás de la oreja: quería ver el rostro de Otabek sin ninguna interferencia. —No puedes culparme si automáticamente mi mecanismo de defensa se activó.
—No te culpo. Sólo me hubiera gustado saberlo desde un principio…
—Claro. ¿Te saludo, te relato mi historial clínico, te ofrezco el número de mi psicólogo y solo por si acaso, el de mi seguro social? —Quería cachetearse. Estaba siendo irónico, empleando esos recursos que quería mantener en pausa al menos por esa tarde. —Perdón, sigo actuando como si fueras alguien que va a lastimarme.
—No está en mis planes lastimarte. —Comenzaba a arrepentirse de haber acomodado su cabello de tal forma que su rostro quedara expuesto en su totalidad. Las mejillas le ardían tanto que deseó enfriarlas con el roce del vaso que contenía su frappé helado y la mirada tan oscura, punzante y atrapante del kazajo no lo ayudaba a calmarse en lo más mínimo. —¿Arrancamos de nuevo?
-x-x-x-
Ni siquiera notó el paso del tiempo. Habían hablado desde lo más tribial y común en una charla típica entre dos desconocidos hasta lo más importante en toda relación: lord sith o jedi knight. Para su suerte, ambos creían que el Imperio en las manos correctas era la respuesta, que el lado oscuro es el lado que prevalece en todos y que había que seguir los instintos. Yuri creía que pronto sonaría el despertador, que tendria que volver a clases y que todo había sido un lindo –y descabellado- sueño.
—¿Está empezando a oscurecer o se está nublando? —Preguntó el mayor, de una forma que parecía retórica. Yuri buscando la respuesta tomó su teléfono para observar el reloj de la pantalla bloqueada y ahogó un grito al descubrir que eran cerca de las siete. La tarde se les había ido en esos asientos gastados del bar más estúpido de todo Detroit. —¿Vamos?
La tarde empezaba a morir, el cielo tomaba un color anaranjado que si estuviera solo y con ganas de pintar, Plisetsky hubiera tomado como una metáfora de las entrañas de esa misma tarde que llegaba a su final. Quiso reirse de su propia estupidez pero el silencio que reinaba entre él y su acompañante lo comenzaba a perturbar. De reojo descubrió que este caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta observándolo como quien observa una obra de arte o una oferta en el supermercado para descubrir cuál es el engaño. ¿Le habría parecido tan interesante la persona detrás de la pantalla, tanto como el personaje que había fingido ser, ese que había creado meticulosamente para sentirse cómodo con sus propios gustos?
—¿Pasa algo? —Preguntó con curiosidad, frenando su andar y así obligar al otro a imitarlo. La leve brisa que venía desde el lado del río caló hondo en sus huesos, provocándole algunos escalofríos. Trató de calentar sus brazos con movimientos ascendentes de sus manos pero fue inútil. Pocos minutos después la textura de la gabardina, fácil de reconocer, rozaba contra sus brazos al descubierto y una mano extraña llevaba un mechón rebelde de su cabello detrás de la oreja.
—Colocate bien la campera. No quiero que termines resfriándote. —El rubio asintió. No por comodidad o porque prefería los gestos a las palabras. Asintió porque no había forma de lograr que su mente anulara por unos instantes el tacto de Otabek contra su mejilla sólo para balbucear una respuesta. El perfume de este llenó sus fosas nasales, embriagándolo aún más. —Perdón. No me golpees luego de esto —murmuró al mismo tiempo que con su brazo izquierdo buscaba rodear la cintura de Yuri. Lo estrechó contra su pecho y con su diestra volvió a entretenerse con sus suaves cabellos dorados.
Yuri sentía un extraño magnetismo, como si el cuerpo del kazajo estuviera compuesto de imanes, como si él sólo fuera una pequeña limadura de metal que no hacía más que acercarse peligrosamente hasta quedar eternamente prendado de él, o al menos hasta que alguien decidiera arrancarlo del imán. Sus años juntando experiencia, viendo comedias románticas en soledad por las tardes no podían mentir: ese era el momento ideal para un beso. Recordó el roce furtivo de los labios de Mila contra los suyos y trató de convencerse a si mismo que tal vez el problema no sólo había sido la persona, sino también el contexto. En esta ocasión, todo su cuerpo pedía a los gritos una nueva oportunidad, una nueva chance para no dejar de creer en las cursilerías que secretamente le gustaban; además, podía proyectar lo vivido en una pequeña cinemática: el atardecer, el sonido de las aves yéndose a dormir, los niños corriendo por el parque junto a sus padres, la campera del galán sobre los hombros de la torpe protagonista, mirada contra mirada, labios a milimetros… ¿Por qué simplemente no podía dar el primer paso?
—La moto está allí… ¿Te llevo hasta tu casa?
