LXIX. De cómo no perder la esperanza

—No lo sé, viejo, creo que deberías rendirte.

—¿Por qué?

—Pataki te odia. Te lo ha dicho desde que estábamos en preescolar y no parece haber cambiado de opinión.

—Helga no me odia, Gerald.

—Te trata igual que a mi y estoy bastante seguro de que me odia.

Arnold lo miró un momento.

—Bueno, a ti sí te odia…

Gerald arrugó el ceño.

—¿Por qué a mí, sí y a ti, no?

—Olvídalo. Helga solo intenta ser ruda, pero la mayor parte de las veces termina ayudando como los demás.

—Esa es una respuesta tangencial. Si sigues insistiendo vas a lograr que te golpee y eso terminará muy mal.

—¿Por qué me golpearía?

—Porque es lo que siempre dice que hará, ¿cierto?

—Exacto. Gerald, Helga siempre me amenaza con hacerlo, pero nunca se ha atrevido a completar sus amenazas, ¿quieres saber por qué?

—Si vas a decir algo cursi, casi preferiría que no.

—Porque no me odia, —Arnold rodó los ojos—, solo está enojada.

—Helga siempre está enojada.

—Conmigo quiero decir.

—Helga siempre está enojada contigo.

—Justificadamente, Gerald.

—Bueno, sí, supongo que eso es nuevo, —Gerald rebotó su pelota en el suelo—. ¿Estás seguro que fue tu culpa?

—¿No has escuchado lo que pasó?

—Sí, pero la gente es muy chismosa, —lo miró con curiosidad—, no me digas que es cierto.

—Parcialmente supongo…

—Oh, vamos, viejo, no puedo creer que le dijiste a Helga que escuchaste su conversación con Phoebe. Es como la última cosa que se debe hacer, a las chicas no les gusta saber que las has espiado.

—No puedo mentirle a Helga, Gerald. Tenía que decírselo.

—¿Por qué mejor no esperaste a que te encuestara?

—¿Qué?

—Nada, —Gerald fue hasta su casillero y lo abrió para guardar sus cosas—. Solo espero que no estés muy decepcionado cuando te des cuenta que Helga no va a escucharte.

Arnold se acercó a su propio casillero y fue capaz de tomar la hoja de papel que cayó apenas abrió la puerta metálica. La leyó por encima y una sonrisa satisfecha se dibujó tanto en su boca como en su mirada.

—La esperanza es lo último que se pierde, Gerald.

Gerald alzó una ceja, pero siguió guardando sus libros.

LXX. De cómo esperar por Helga

La nota era breve y estaba escrita en una hoja que había servido originalmente para hacer un dibujo. Arnold todavía no estaba muy seguro de qué dibujo se trataba, pero ya que eran las tres con cuarenta minutos de la tarde, había tenido tiempo de formular varias hipótesis. Estaba garabateada con el lapicero de tinta semivioleta que podía pasar por un azul claro de Helga. Era su favorito, sabía que era su favorito porque una vez Phoebe lo tomó prestado y Helga recordó pedírselo. Helga nunca mostraba ningún tipo de interés por sus demás útiles escolares. Eran trazos profundos y angulares que describían una curva errática que no podía definir, quizá un círculo en un cuadrado, quizá el mar, quizá las nubes, quizá un poliedro de la clase de geometría. Arnold se entretuvo doblando los bordes rasgados y asegurándose a sí mismo que Helga estaba demasiado enojada con él como para hacerle una jugarreta tan inocente como dejarlo esperando en el muelle de Hillwood.

Arnold aprovechó para recordarse por qué tenía que estar en ese muelle y no encontró más razón que la única que no podía pensarse. Jugó con el pedazo de papel entre sus dedos mientras veía avanzar las barcas y se dio cuenta que había esperado desde el comienzo, desde que tenían tres y vio a Helga y esperó a que aceptara su paraguas para refugiarse de la lluvia. Esperó y esperaría porque eso era lo que le salía natural cuando era bastante improbable tener paciencia con Helga. Esperó y, secretamente, deseó que Helga llegara antes de que las nubes terminaran de colorearse de los naranjas del atardecer, porque quería que las viera junto a él. Esperó y se dio cuenta de que nunca le habían pasado tantas cosas por la nota de una chica. Se dio cuenta que nunca había deseado una reunión con tantas ganas y que nunca se había sentido tan satisfecho con su propio descubrimiento.

Siguió esperando.

LXXI. De cómo buscar a Arnold

—Dame uno de esos.

—¿Los binoculares?

—¿Estás ciego o qué?, por supuesto que los binoculares, ¿qué más podría comprar en una caseta que solo vende binoculares, memo?

—Señora, perdone, pero si ha tenido un mal día no tiene por qué desquitarse con-

—¡¿Me acabas de llamar señora?!

Helga tenía al muchacho que atendía la caseta del muelle agarrado de las solapas de la camisa a rayas que servía como uniforme. Era un pelirrojo con una nariz prominente que trabajaba solo jueves y viernes, pero que había tenido la mala fortuna de encontrarse con Helga. Nervioso, ya que le habían dicho que el cliente siempre tenía la razón y no quería meterse en problemas, tomó uno de los binoculares que colgaban sobre su cabeza y lo puso en la mesa. Tomó los diez dólares que le había entregado la señora rubia, se disculpó en una retahíla que no le hizo sentido ni a él mismo y se alejó todo lo que pudo. Los binoculares costaban veinte dólares, pero no quería ponerse a discutir.

Helga se acomodó en una silla plegable que estaba al lado de la caseta y puso los binoculares sobre sus ojos. La caseta estaba ubicada exactamente a veinte metros del muelle. Desde ese lugar, tenía perfecta visión de lo que pasaba en el mar, pero lo que a ella le interesaba averiguar era si Arnold había recibido su nota o no. Eran más de las tres y aunque había concertado el lugar en un arranque de inspiración dudosa, todavía no estaba segura de que hubiese sido la mejor de sus ideas.

Buscó con avidez hasta que encontró la silueta peculiarmente definida que estaba buscando. Los binoculares eran muy malos (¿qué podía esperar por diez dólares?), pero al menos le ayudaron a confirmar una verdad indiscutible: Arnold era idiota.

Era la primera vez en mucho tiempo que no se sentía acorralada. Quizá porque había tenido tiempo de asimilar que su visión idealizada de su amor de primaria distaba mucho de la imagen simplona del chico que decía compartir el nombre. Arnold no era como había supuesto. Nada de amabilidad ni de bondad ni de buenos sentimientos ni de tino o un poco de inteligencia. Cada vez que se le acercaba era como sentir en carne viva que le rompían el amor propio. Helga no era tonta, sabía que lo que le estaba molestando era el rechazo implícito del desarrollo de la situación y aunque podía sonar ridículo hacer tanto escándalo por la vanidad herida, lo cierto era que a ella la vanidad le importaba poco. El rechazo no encontraba correspondencia con su ego, el rechazo era una constante que sabía reconocer, identificar, que se volvía parte de su rutina diaria. Al menos así había sido hasta que Arnold insistió en hacer lo contrario. Se convirtió en un referente excepcional y minucioso de que la humanidad podía existir en un algo tan común como un niño rubio, bajito, que vivía en una casa de huéspedes. Quizá si Arnold no hubiese insistido en comprenderla, Helga podría haber entendido que una excepción no siempre significa que será especial.

Le dolía la vanidad, era cierto; pero lo que más le dolían eran sus sentimientos.

Sin embargo, lo que había dicho Gerald era cierto, por mucho que le estuviera costando darle la razón. Arnold, a pesar de todo lo que hubiese sucedido, siempre la había escuchado en el momento preciso. Helga se lo debía, por todas esas veces, por todas y por ninguna, al menos una vez. Y una vez era todo lo que le iba a permitir, si es que se lo merecía. Miró su reloj, marcaba las cuatro con quince. Se guardó los binoculares en la mochila y comenzó la caminata que la llevaría a uno de los momentos más incómodos de su vida.

LXXII. De cómo (no) hablar con Arnold

—¿Y bien?

Helga se acercó sin muchas ceremonias y tomó el lugar al lado de Arnold sin mirarlo en ningún momento. Había decidido escuchar, sí, pero no tenía intenciones de interactuar con él. Lo único que tenía que hacer era concentrarse en la isla del jadeante Ed y todo terminaría pronto.

—Es tarde, —si se había sorprendido, Arnold no lo dio a notar.

—¿Para qué exactamente?

—Dijiste que vendrías a las tres.

—Pensé que te irías a las tres, pero puedes molestarte por eso y no tendríamos que estar aquí por más tiempo.

—Solo estoy ganando tiempo, Helga.

—¿Para qué? —Insistió, mientras sentía cómo se irritaba a pesar de sí misma.

—Estoy en una situación complicada porque, aunque has sido tú quien ha enviado la nota, parece ser que soy el único que tiene algo qué decir.

—¿Vas a seguir señalando obviedades?

—Hay muchas cosas que quiero decirte, pero la más importante es que lo siento. Ese día solo estaba regresando al salón porque me había olvidado el libro de aritmética, no quería espiarlas. Sé que lo sabes, que no lo haría al propósito, pero no es una excusa, solo me gustaría que comprendieras las circunstancias en las que pasó. Lamento no habértelo dicho antes.

Helga apretó los puños, pero seguía concentrada en la silueta oscura de la isla que se iba alejando a medida que oscurecía y que la marea se elevaba con pereza.

—¿Por qué no dijiste nada?, ¿por qué dejaste que hiciera el ridículo delante de todos?

—Porque no sabía qué hacer, —respondió tranquilamente—. No sabía cómo procesarlo. No sabía si estaba bien que te dijera, no sabía qué iba a decirte, ni cómo te iba a responder y luego, bueno, realmente no pensé que… es decir…

—¿Qué?, ¿pensaste que sería divertido verme intentarlo?

—No, Helga, pensé que sería más fácil si lo decías tú, si me lo decías a mi, pensé que cuando me lo dijeras todo tendría sentido y sabría contestarte.

—Pensaste mal, no puedo creer que hayas dejado que todos se enteraran, Arnold. Al menos pudiste haberte dado por enterado, ¿sabes? —El resentimiento se le colaba en la voz—. No me importa si no me correspondes, pero pudiste haberlo terminado antes. Me ignoraste.

—¿Por qué crees que estoy tan seguro sobre todo?, no te ignoré, solo no sabía si lo dirías, si querías decirlo en primer lugar, siempre te retractas de todo lo que dices.

Helga dio un respingo.

—Yo no me retracto, ese eres tú, Arnold. Tú fuiste el que dijo que lo olvidáramos, no fui yo, yo estaba lista para enfrentar las consecuencias.

—Claro que no, no mientas, Helga. Fuiste la primera en estar de acuerdo cuando pasó.

—¡Ahora y hace diez años, Arnold, siempre es lo mismo! Tú tienes miedo de enfrentarte a la realidad porque pasas demasiado tiempo imaginando cosas que no pasarán nunca.

—Helga, te has pasado la mitad de tu vida fingiendo que me odias, ¿es posible que en algún momento te creyera? —La voz de Arnold también sonaba alterada—. ¿Qué pensarías tú si escuchas lo mismo todos los días?

—¡Pero eso no es lo que pasa con nosotros, Arnold! Tú no eres como esos idiotas, tú eres bueno y te preocupas por los demás. Tú notas cosas que nadie más es capaz de notar, tú me notaste a mi.

Helga se resistió a mirar, incluso cuando escuchó un ruido a su lado y la voz de Arnold sonó lejana.

—Tú no sabes nada sobre mí, Helga.

Incluso cuando escuchó los pasos alejándose, Helga no volteó.

LXXIII. De cómo pelear con Arnold

Esa mezcla de vergüenza con rabia era uno de los peores sentimientos del mundo. Era como si le abrasara el sol en la sangre, se le secaba la boca y la cara le ardía peor que en esa ocasión en la que se pasó todo el día en la playa sin echarse bloqueador. Cuando había escrito la nota no guardaba ninguna esperanza de que las cosas podrían llegar a solucionarse, pero aún así no podía evitar sentirse decepcionada. Arnold nunca se rendía con las personas y esa tenía que ser una clara rendición, a Helga le molestaba porque ella misma sentía que nada había valido la pena.

Seguía molesta, cansada y sin ganas de amanecer a los días más extraños de la secundaria, peleada con Arnold para siempre o hasta que la insatisfacción se sintiera menos pesada.

No le había gustado para nada: Tú no sabes nada sobre mí, como si fuera tan fácil, como si pudiera decidir no saber y pasar el resto de su vida llena de felicidad y lejos de Arnold. Ya le gustaría haber pasado menos horas observándolo y estudiándolo en secreto, ya le gustaría jamás haberse preocupado por él o haberlo ayudado cuando pudo y cuando no. Ya le gustaría no haberse enamorado de él, quizá de Harold.

O quizá no.

Stinky, él, claro, ¿por qué no Stinky?

No entendía y no tenía a Arnold para preguntarle, así que se quedó con la confusión y esa seguridad que había estado escondiéndose detrás de toda esa batalla. Esa certitud de que de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia, ellos podrían comprenderse y amarse y llegar a algo.

Entonces estaba bien pasarse la tarde mirando al mar y a la isla del jadeante Ed. No era muy diferente de lo que esperaba y era mucho mejor que otra etapa de complicaciones. Helga no podía ser Gastby, no podía aferrarse a la luz verde ni a que algún día llegaría hasta el otro lado. Le faltaba la determinación, le faltaban las ganas, quizá era que estaba cansada, quizá era que todos tenían un límite y ella había alcanzado el suyo.

LXXIV. De cómo no enojar a Helga

—¿Tienes alguno de chocolate?

—No, lo siento, se han terminado.

Arnold suspiró, cansado, y le agradeció a la muchacha que atendía el puesto de los helados del muelle. Helga seguía sentada en el lugar en el que habían discutido y aunque se preguntaba por qué seguía ahí, no podía evitar pensar que quizá era por la misma razón por la que él mismo no podía irse. Sus peleas, intensas o mediocres, siempre habían llegado a la conclusión adecuada. Era como pasaba entre ellos. Ese tipo de corte desesperanzador no se parecía a nada que conociera y era extraño y se sentía mal dejarlo así. El problema seguía siendo la distancia, esos veinte pasos entre Helga y él. Esos veinte pasos que los ponían en planos diferentes, como a galaxias de distancia. Cuando su abuelo decía que las mujeres eran complicadas, Arnold siempre había supuesto que eran complicadas como Lila, que un día decían que sí y al otro decían que no. Pensó que serían complicadas como Ruth, que lo ignoraba con la mayor destreza que había visto. Complicadas como su maestra de matemáticas, que tenía un novio llamado Arnold. Complicadas, también, como Summer y los días de vacaciones más dulces de su vida, con castillos de arena y engaños. Complicadas, quizá, como Timberly, la hermanita de Gerald que siempre sería la hermanita de Gerald. Nunca se le cruzó por la mente que tendría que descubrir la complicación a manos de Helga Pataki, pero parecía que era la opción más adecuada.

La miró un par de veces más antes de seguir curioseando las tiendas de madera. Siempre pensando, siempre avanzando y siempre preguntándose si lo que estaba haciendo era lo correcto o solo su predisposición de gravitar alrededor de la rubia más malhumorada de su escuela.

LXXV. De cómo el amor es un bicho complicado

—Debes tener hambre, ¿lo quieres? —Arnold se sentó a su lado y le ofreció un barquillo de hielo con colorante de sandía—. No sabía si querías un hot dog, pero había una fila muy larga y ya está anocheciendo.

—¿Por qué has vuelto? —Helga seguía mirando hacia la isla del jadeante Ed, pero su voz se había suavizado—. Soy alérgica a las fresas.

—No es de fresa, —insistió, demorándose en la pregunta—. Volví porque sé que no hemos terminado de hablar.

Helga suspiró, pero por fin se decidió a voltear. Su expresión era desganada y tomó el barquillo sin mucho entusiasmo. Arnold se hubiese desanimado de no ser porque él se sentía más o menos de la misma forma y podía comprender que era una situación de quiebre: o salían de ella o nunca volverían a hablarse. Si tenía que escoger, iba definitivamente por la primera.

—La única razón por la que estoy molesta, Arnold, es porque me importas mucho más de lo que deberías importarme, aún si no te conozco, —su voz sonaba sincera en sus tintes sardónicos—. Me molesta porque eso es algo que haría Rhonda, ¿entiendes?, disfrutar de la atención, divertirse con ella. Sé que tú no eres Rhonda y no lo hiciste al propósito, pero la única conclusión a la que he llegado es que estabas alargándolo porque no me correspondes y si es así, porque sé que tú también me conoces, no necesitas esconderte, porque puedo aceptarlo. Si tengo que aceptarlo, Arnold, soy capaz de hacerlo sin que tengas miedo de las consecuencias.

Helga hablaba sin respirar, se le habían encendido las mejillas y el cabello se arremolinaba en diferentes direcciones sobre su rostro. Estaba cansada y hermosa, llena de la determinación que ponía dirección a todos sus movimientos. Arnold decidió que era justo corresponder su honestidad.

—Estoy molesto contigo porque dices que me conoces, pero no me dejas equivocarme en lo absoluto. ¿No te parece que es un poco injusto?, supones que todo lo que haré está bien, Helga, y la mitad de las cosas que hago, las hago por instinto y nunca resultan como las planeo. No sé si te importo yo o la imagen que tienes sobre mí, pero puedo asegurarte que aunque me gustaría ser esa persona, no puedo serlo. Cuando tú hablas de ese Arnold es como si hablaras de alguien mejor, de quien no soy ni la décima parte.

—¿Por eso dijiste que no te conozco?

—Por eso no estoy tan seguro de si realmente te gusto.

—Eres un idiota.

—Y tú eres la mujer más complicada que conozco.

—Hacemos un gran par, ¿eh?

—Así parece.

Helga le dio un mordisco a su cono y se demoró en engullirlo, masticó despacio, recorriendo su lengua en el hielo y en el sabor medio dulzón que se le quedó entre los dientes. Arnold la miró un momento antes de imitarla.

—No pienso que seas perfecto.

—¿No?

—No. Creo que eres un enano y un metiche. No sabes cuándo callarte e insistes sin pensar en las consecuencias. Eres distraído y estoy segura que tu camisa era un vestido. Te preocupas por los que no se lo merecen e intentas ayudar a los casos perdidos. Eres ingenuo y no sabes que la sandia es el peor sabor para los sorbetes.

Arnold la escuchó con paciencia.

—Te gustó Ruth que es tonta como un pino y te gusta Lila que es tan aburrida como tú, —suspiró—. Una vez la imité en una fiesta y me acompañaste toda la noche, pero apenas me quité la máscara, me dejaste sola. Sé cuándo irme y sé cuándo quedarme, Arnold, y si me he quedado es porque creo que vales la pena. Creo que vale la pena darte una oportunidad, al menos una, tú me enseñaste eso.

—Yo nunca…

—¡Espera! —Helga lo interrumpió, nerviosa—. Ahora es tu turno, vamos, di lo que sabes sobre mí.

Arnold la miró con desconfianza, reticente.

—Prometo que no te asesinaré, —Helga rodó los ojos—, a menos que digas mentiras, claro.

—De acuerdo, porque yo nunca miento. —Tomó aire y Helga se preparó mentalmente para enfrentar uno de los temores de su enamoramiento de infancia. Le ardía la piel, pero tenía que estar helada porque el viento soplaba con fuerza, era como un eterno escalofrío que le ponía los pelos en punta.

—¡Espera! —Helga lo detuvo y se volteó para mirarlo de frente, cruzó las piernas y apoyó sus manos en sus rodillas—. Ahora sí, estoy lista.

—¿Me vas a dejar hablar?

—¡Estoy en eso!, este es un momento muy importante para mí, Arnold.

—Sí, lo supuse cuando llegaste tarde. —Arnold rodó los ojos, pero le sonrió brevemente antes de recuperar su seriedad.

—Dispara, vaquero.

—Helga, no hables como mi abuela, por favor.

—¡DILO YA!

—Helga, eres la mujer más complicada que conozco. —Arnold se aclaró la garganta—. Eres lista, divertida y siempre me gustó que te vistieras de rosa; nunca entendí por qué siempre escogías ser ruda y sarcástica cuando podías ser amable y simpática, sobretodo porque cuando lo haces, eres como la chica más agradable del mundo, pero en algún momento entre tu hostilidad y tus insultos, entendí que eras difícil. Te gusta el dramatismo y hablas sola cuando crees que nadie te ve, así que supongo que estás predispuesta a complicarte. Eso era demasiado para un chico, especialmente para un chico de nueve años que solo quería que su abuelo no intente comerse a su cerdo, pero tienes razón. La vida es más que las cosas que vemos a diario. Te respeto, te admiro por cosas que quizá no hayas notado y creo que siempre, desde el comienzo, me has gustado.

—¿Qué?

—Y eres muy mandona.

Con eso, Arnold dejó de hablar, miró al frente y siguió probando su sorbete. Helga aspiró todo el aire del océano, pero agradeció el silencio de Arnold y el ruido de las olas en la orilla. Le picaba la nariz, seguramente por la arena, pero también le picaba el corazón y no era probable que la arena hubiese entrado tan hondo y tan de prisa.

LXXVI. De cómo pasear por el muelle

—Es bueno que todavía haga calor.

—¿Por qué?

—Porque si no, ya hubiésemos tenido que levantarnos.

—¿A qué hora nos vamos a levantar?

—No estoy seguro. No puedo mirarte todavía, creo que cuando dije que me gustas materialicé todo el nerviosismo que no había materializado en mi vida y ahora no estoy muy seguro de qué decirte.

—¿Por qué no sabes qué vas a decirme?

—Porque eres sarcástica y siempre has intentado ridiculizarme, no me siento muy confiado.

—Tú eres el optimista, deberías creer que todo saldrá bien.

—Tú eres la pesimista, deberías decirme que todo saldrá mal.

—Entonces, ¿es una mezcla de vergüenza con nervios, con insatisfacción y timidez?

—Ves, eres buena con las palabras, yo jamás habría logrado explicarte todo eso, pero sí, es exactamente eso.

Helga resopló, burlona. Arnold parpadeó.

—¿Y dices que solo lo has sentido desde hace… media hora?

—Exacto.

—Novato.

Arnold dio un respingo.

—¿Sabes qué es peor? —Helga continuó.

—¿Qué?

—Tener nueve años y entender que todo eso significa que estás enamorada. Y odiarlo, con todas tus fuerzas, porque tienes nueve años y estás escribiendo poesía y es emocionante e inspirador, pero es demasiado. Es demasiado y aunque sabes que es demasiado, no hay manera de ponerle remedio y lo tienes que aceptar aunque las posibilidades de que el niño bueno de tu clase se fije en ti, sean nulas.

—Helga…

—¡Lo peor son los festivales!, no, todavía más y peor son los encuentros en los parques porque podríamos encontrarnos y podrías descubrir que estoy teniendo un mal día porque un chico que me gusta, que no eres tú, me ha rechazado. Podrías tener la confirmación de que aunque has estado ahí toda mi vida, a mi me gustan otros chicos, nuevos, que no conozco lo suficiente, pero que me hacen hablar de amor y de relaciones complicadas.

—Quizá podría decírtelo.

—Quizá.

Arnold vio con tristeza cómo se moría el crepúsculo y comenzaba la noche. Siempre le habían gustado los atardeceres frente al mar y tenía la sensación de habérselo perdido y de haber perdido la oportunidad de explicarle a Helga por qué le gustaban. Solo cuando terminó de oscurecer y las tiendas comenzaron a prender las luces que colgaban de los techos de madera, se dio cuenta que habían pasado muchas horas y que realmente no había una respuesta para nada. Se levantó sin tener la menor idea de lo que iba a hacer, pero con la seguridad de que lo que fuese que sea ese momento, todavía quería pasarlo con Helga. Se sacudió los pantalones y le ofreció su mano a la rubia que lo miraba con curiosidad.

—Helga, ¿quieres pasear por el muelle?

Por un momento, Arnold creyó que ese sería el final de una de las conversaciones más largas que habían tenido. Helga se levantó sin ayuda, se sacudió los pantalones y se amarró el cabello con una liga de color azul que tenía en la muñeca. Fue todo muy rápido y muy breve, mientras bajaba su propia mano y Helga adelantaba la suya. Fue como si no hubiese pasado el tiempo y el reloj recién hubiese marcado las tres de la tarde. Todavía hacía calor y el muelle realmente no era tan largo, pero ni Arnold ni Helga estaban avanzando con prisa.

LXXVII. De cómo espiar a Arnold y a Helga

—No estoy seguro que esto esté bien.

Stinky sabía que definitivamente no estaba bien, pero las personas actúan más por instinto que por lógica, en ciertas ocasiones. Lo suyo fue el instinto que le duró cinco segundos, cinco segundos largos y angustiantes en los que se dio cuenta que quizá Helga Pataki no era el amor de su vida, pero le gustaba bastante y estaba preocupado por ella.

Lo sorprendente era otra cosa. Detenerse a mirar cómo tu ex se reúne con el chico que le gusta hubiese durado más que esos cinco segundos si Lila Sawyer no lo hubiese interrumpido. Fue un saludo alegre, vibrante y lleno de esa dulzura sureña que hablaba de tiempos simples y felices en una granja en medio de la nada. Stinky se distrajo y con esa distracción se acabó el verano del amor por Helga. Cuando volvió a mirar, las siluetas habían desaparecido y solo quedaban unos brillantes ojos verdes que le sonreían con curiosidad.

No le había quedado más remedio que señalar hacia la pareja que se perdía en las sombras del atardecer. Lila había suspirado, satisfecha por una razón que Stinky no alcanzaba a comprender, antes de indicarle, con la punta de su índice y una risita maliciosa, el camino que debían tomar para seguir a Arnold y a Helga. Supuso que Lila era como los demás chicos de las escuela, que también le causaba curiosidad la pareja extraña que formaban Arnold y Helga. No dijo nada porque no tenía ganas de regresar a su casa y porque la nostalgia le impedía sentirse más animado para proponer un rumbo distinto. La siguió despacio, distraído por las luces de las tiendas del muelle, jugando con el billete de cinco dólares que tenía en el bolsillo, preguntándose si podría comer un hot dog antes de ir a casa a cenar con su papá.

—No estoy seguro de que esto esté bien, —repitió sin mucho ánimo.

—¿Qué cosa?

—Espiar a Arnold y a Helga.

Lila se quedó callada un momento, se alisó la falda del vestido y se acomodó un mechón de cabello pelirrojo detrás de la oreja.

—Estamos paseando, Stinky, —caminó unos pasos delante de él y se dio la vuelta para mirarlo—, me gustaría que pensaras que estamos paseando.

Stinky parpadeó confundido, sonrió nervioso y apretó el billete de cinco dólares que tenía en el bolsillo.

LXXVIII. De cómo contar las pecas en las mejillas de miss Lila Sawyer

—¡Qué suerte!

Habían días buenos y días malos, días más o menos bien o más o más o menos mal que podía reducirse al tránsito lento de las horas o a la casualidad intempestiva de un encuentro en el muelle. Podías estar teniendo el peor día de la semana, del mes o del año, pero un pequeño evento, irregular y transitorio, podía cambiar el rumbo de esa mala fortuna aparentemente perenne.

Así lo creyó Sid, que por uno de esos misterios inexplicables de la vida, se había encontrado con Lila Sawyer.

Bueno, con Lila Sawyer y Stinky Peterson, pero eso todavía podía contar dentro de su lista de "eventos afortunados para cambiar un día de mierda". A Stinky le gustaba Helga (aún no entendía la parte de Helga y de gustar, pero las rarezas de los amigos uno las pasaba por alto o corría el riesgo de no tener amigos), así que la posibilidad de que estuviese paseando con Lila en el muelle perdía cualquier significancia romántica que lo perjudicara. Sid jamás sería como Harold, por ejemplo, que decía que le gustaba Patty, pero todos sabían que se metía a los armarios con Rhonda. Rhonda, la misma que decía que jamás saldría con un energúmeno simplón como Harold, pero que lo tomaba de la mano en las clases de química y siempre encontraba una excusa para escabullirse de la biblioteca y llevarse a Harold con ella. No a que a Sid le importara. No que a Sid le gustara Rhonda, por ejemplo, porque si tenía que elegir entre una niña bonita, caprichosa y rica, y una niña linda, pelirroja y amable, definitivamente iba por la segunda.

Sid palmeó a Stinky en el brazo.

—¡Qué suerte haberte encontrado, amigo! —susurró con discreción, para que Lila, que estaba a unos pasos, no los escuchara—. No sabía que Lila paseaba por aquí.

Stinky le sonrió de medio lado y se encogió de hombros.

—¿No están en una cita, verdad? —preguntó en una semi carcajada, solo lo había hecho con educación, para que Stinky no creyera que no lo respetaba o algo parecido.

—No, —hubo una pausa breve— solo estábamos paseando.

—Genial.

—Genial.

Lila seguía mirando uno de los puestos, las luces del muelle le iluminaban el rostro.

—Puedo quedarme con ella si quieres, Stinky, —volvió a darle una palmada— si sabes a lo que me refiero.

Solo el rostro pálido, innumerables pecas se caían poco a poco, perezosas, acariciando el puente de la nariz y los pómulos, deslizándose en el cuello largo y delicado. Eran pocas, pero parecían muchas, infinitas y desastrosas, marcadas en el rostro más bonito de Hillwood.

—Sé a lo que te refieres.

Cuando la luz caía con más intensidad, casi parecía que no estuvieran ahí, como si el camino que recorrían desapareciera en la claridad artificial de ese paseo no programado. Era como un milagro, la luz y la sombra de las pecas.


Nota de la autora:

Je.

¡Volví! Antes de que me maten quisiera dejar algunos alegatos, digo, algunas explicaciones que es más o menos el momento en el que les cuento mi vida (¿ya les dije que cumplí años el martes?).

Este año ha sido muy duro para mi por varios motivos, pero los más importantes son los que se refieren al trabajo y los estudios. He tenido mucho trabajo (pues trabajo en diferentes lugares) y he comenzado a estudiar de nuevo (master), así que ha sido muy chungo en términos de tiempo y de vida social. Aparte que no me encontraba inspirada por diferentes motivos. Esto lo he escrito en los pequeños arranques de inspiración que me veían porque me niego a mostrar algo que no esté aceptable, así que ha sido un poco accidentado. Los que me siguen en facebook ya lo saben, pero lo repito por si hace falta: esto tiene 100 partes, vamos en la 78, así que no resta mucho. Nuevamente, les agradezco mucho que no se rindan conmigo, sé que es frustrante comenzar a leer algo y esperar 100 años para ver la actualización, pero les prometo que no es afán de aplazamiento. Me verán activa por estas semanas, así que espero no molestarles demasiado. Piensen que nuestro amor es como el de Penélope y Ulises, nos encontraremos al final de todo. Los amo, retoños de mi corazón.

Les contesté los reviews con todo mi amor, si alguno no fue respondido, por favor háganmelo saber, lo responderé de inmediato.

¡Muchas gracias por todo!

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