Buenaas *asomándome por la puerta* jeje aquí está el nuevo capítulo. Un gran abrazo a todos los que hasta aquí han seguido la historia, gracias. Y gracias por los reviews (aunque me dejó pensando lo de los pandas perezosos...la verdad yo estaría cayéndome si caminara por días sin dormir, ¿no? jeje quizás no tengo mucha resistencia que digamos, en fin jeje). Y créanme, si les pudiera enviar un pastel con gusto, pero viven muy lejos, llegaría en mal estado :S Bueno xD los dejo con el capítulo. (Y como es una página de fanfics creo innecesario poner que los personajes de Kung Fu Panda no me pertenecen, y que escribo sobre ellos sin fin de lucro. Una vieja amiga hace mucho me aclaró eso, y por si las dudas lo escribo en este momento). Si, si, ya, ya me voy xD


Capítulo 11. Peleas

Fai Wu se encontraba en la oficina contigua a su habitación firmando una notable cantidad de autorizaciones y cartas pidiendo permiso tanto para uso de las tierras como para ser exonerados del pago de impuestos por "situaciones personales".

―Lo ricos son tan mezquinos ―se dijo a sí mismo aburrido y con la mano derecha cansada―, apuesto a que si voy a visitarlos los encontraría viviendo en casas espaciosas, con sirvientes bien entrenados. A veces ―siguió diciendo, pero con ironía esta vez― me pregunto quién será peor enemigo, si una villana como Fenghuang, o un rico al que se le quitaron privilegios.

Desde su oficina, podía ver a través de ventanales el bosque de árboles frutales. Dejó la pluma a un lado y relajó su vista observándolo por unos segundos.

―Es un lindo bosque, no sé por qué lo llaman Bosque de la Nube Angustiante. No le veo nada que pueda angustiar a alguien, es más ―sonrió―, ya me dieron ganas de dejar el trabajo e ir a recostarme bajo alguno de ellos. Pero no ―se regañó a sí mismo―, es necesario que siga trabajando, no puedo permitir que me gane la pereza.

Tomó la pluma una vez más, la remojó en el tintero, abrió un nuevo pergamino y siguió leyendo y firmando.

En el mismo bosque, pero más adentro, en el mismo claro en que Tigresa había recibido el pergamino la noche anterior, se encontraban los Cinco Furiosos, el Guerrero Dragón, la maestra Jing, y Lung, acompañados de un par de guardias.

―Bien ―dijo Jing―, tal y como ordenó el Gobernador, tendremos que hacer guardia en los alrededores del palacio. Y digo "tendremos" porque él me permitió ayudarles. Lung, tú no irás, te quedarás entrenando cuando me toque hacer guardia.

―No voy a hacerte caso, porque no eres superior a mí ―dijo Lung a punto de gritar.

―Soy tu maestra de Kung Fu, y por si no lo recuerdas ―contestó Jing con una media sonrisa de autosuficiencia que mostraba solo para molestarlo―, tu padre me dio autoridad sobre ti, así que tienes que obedecerme.

El rostro de Lung cambió de dorado en un tono más rojizo, por su ira contenida. Jing lo ignoró y dijo a los demás:

―¿Quiénes serán los primeros voluntarios?

Los demás se miraron entre sí, pero luego Grulla, Mono y Mantis se quedaron viendo a Po y Tigresa. Pero Po realmente deseaba quedarse con Tigresa entrenando a Lung, así que rogó a Mono:

―Mono, por favor, te doy 100 yuanes si vas tú con Mantis.

―Oh no, Po, todavía me debes 200 yuanes del concurso de chiles picantes de la semana pasada ―dijo serio.

―Grulla...

―Está bien, Po ―dijo el aludido en tono cansino—, iré yo.

Entonces Víbora se le acercó, y le preguntó:

—¿Puedo ir contigo? Después de tanto tiempo en cama me vendrá bien caminar un poco.

Grulla se sonrojó un poco, pero contestó manteniendo su porte:

—Claro que sí, Víbora —sonrió y la miró a los ojos, y ella tenía en su rostro una dulce expresión, y una cálida sonrisa.

—Muy bien, ya pueden irse, entonces —dijo Jing, rompiendo el momentáneo silencio que se había formado.

Los guardias se fueron seguidos por el ave, la reptil, y Dan.

—Ustedes vengan conmigo —dijo Jing en tono neutro a los que se habían quedado—, les mostraré dónde entrenará Lung este día.

Unos cinco minutos después llegaron a un acantilado que daba fin al bosque por el sur. Un acantilado afilado, recto, como si en ese lugar la tierra y la piedra hubiera sido cortado con un enorme cuchillo de carnicero, de un solo golpe. La vista era impactante, ya que al mirar el precipicio el fondo no se veía porque la niebla lo cubría. A lo lejos se veían montañas imponentes, cubiertas de árboles y lianas que caían de ellos.

—¿Les gusta el acantilado? —Dijo Jing sonriendo cuando vio que los demás se asomaban asombrados —espero que no se caigan.

Eso fue suficiente para que todos se alejaran de allí, y se acercaran a ella.

—Bajé hasta el fondo, y es interesante, muy interesante, te gustará, Lung —el puma no le creía. Cruzó los brazos una vez más —. Está bien, no me creas, lo verás por ti mismo, porque descenderemos por él.

—¿QUÉ? —gritó Lung. Mono y Mantis se miraron entre sí, asustados, y Po pronto les acompañó en su sentimiento. Solo Tigresa lo tomó con la misma emoción de Jing— Sabía que estabas loca, pero esto es demasiado, no lo haré, olvídalo.

Jing esperaba esa respuesta, así que ya tenía pensado lo que haría al respecto. A pesar de que le era muy difícil lograr que Lung aprendiera, le divertía cuando las cosas le iban mal por obstinado. Su plan tenía por objetivo atacar algo a lo que Lung se aferraba con fiereza: su orgullo.

—Voy a proponerte algo, si logras vencer a la maestra Tigresa en un combate sin armas no bajarás el precipicio.

—Hecho —respondió Lung sin pensarlo. Apenas escuchó la propuesta le pareció bien, ya que, según él, no sería difícil vencer a una hermosa hembra como Tigresa.

Po se sentó en una piedra atento hasta el último detalle. Mono y Mantis le siguieron. Se sentían como si estuvieran sentados en primera fila para un espectáculo sumamente entretenido. "Tigresa le pateará el trasero, y ¡estoy aquí para verlo! Hoy sí que es un gran día", pensó Po. "No tiene idea de con quién va a pelear", pensó Mono. "Pobre chico", pensó Mantis.

Tigresa por su parte pensaba que eso era una mala idea. Le era incómodo y molesto ver al puma guiñándole un ojo, o mirándola de arriba a abajo con descaro. Aunque ya que estaba en esa situación no permitiría que se le acercara.

—¡Comiencen! —dijo Jing.

Entonces Tigresa y Lung caminaron en círculos unos cuatro pasos, pero manteniendo una posición base de Kung Fu. Lung se lanzó primero, corriendo en cuatro patas, luego lanzó un puñetazo a su cara, pero Tigresa lo detuvo con una mano, lo giró rápidamente, y lo dejó caer de cara al suelo.

—Prepara la cuerda, Jing, porque… —empezó a decir Tigresa, tranquila porque eso había sido muy fácil.

—Todavía no he sido derrotado —dijo Lung levantándose girando en el suelo ayudándose con sus piernas. Ya de pie le propinó una patada lateral que Tigresa bloqueó. Después de algunas patadas laterales más, Tigresa se agachó y giró su pierna en forma circular, haciendo tropezar a Lung, que una vez más cayó de cara.

—¡Oye Lung! —Dijo Po riéndose a carcajadas— no comas tanta tierra, te hará daño.

—¡Ya cállate, idi.. —empezó a decir Lung, cuando se levantaba, pero Tigresa no lo dejó acabar, porque de un puñetazo lo estrelló en un árbol.

"No creía que esto iba a ser divertido, pero lo es", pensó Tigresa, sonriendo en su interior.

—Es suficiente, Tigresa —dijo Jing satisfecha—. Eres excelente, me impresionaste.

—Gracias —dijo ella tranquila, sin sudar ni jadear, porque apenas si se había esforzado al pelear.

—Lung, levántate —dijo Jing con seriedad. Ya era hora de repasar lo aprendido, porque las técnicas básicas no las había ejecutado correctamente.

El puma se levantó, y sus primeros pasos fueron torpes, porque seguía aturdido del golpe. Se sacudió los pantalones blancos (que ya no lo eran tanto), y se acercó a ella, obstinado.

—Si escucharas mis consejos —le reprochó la oveja— no hubieras perdido tan rápido. Debes canalizar tu ira…

—¡No quiero aprender esta tontería! ¡Odio el Kung Fu! —gritó Lung, interrumpiéndola.

—¿Qué acabas de decir? —dijo Po, que al escuchar tal afirmación se levantó y caminó hacia el chico dando grandes pasos, señalándolo con el dedo.

—¡Lo que oíste, panda! —Dijo Lung— O ¿acaso estás sordo? El Kung Fu es un asco —su gesto de repulsión reafirmó sus palabras.

Un gran puño negro en su cara fue lo siguiente que vio el puma, antes de quedar inconsciente contra un árbol de mediano grosor, que se partió por el impacto. Tigresa pocas veces lo había visto tan furioso; sus ojos muy abiertos mostraron su impresión.

—El Kung Fu es un arte sagrado, imbécil —dijo Po contrayendo el rostro en un gesto furioso. Eso había sido el colmo de las descaradas acciones del prepotente y despreocupado puma.

Jing por su parte fue por Lung. Se atemorizó al ver que pasaba el tiempo y no despertaba.

—Lung —le dijo ella—, Lung ya no te hagas el tonto, despierta. —Esperó unos segundos y nada— Lung esto no es gracioso, te castigaré muy duro si esto es una broma —empezó a sudar frío. Puso su oído en su pecho; su corazón latía, y sus pulmones se movían, pero a un ritmo irregular. —¡Lung, ya basta, despierta! —gritó, y entonces por el sobresalto el puma abrió los ojos de golpe, y luego los cerró y abrió de nuevo más despacio y más cauteloso. La luz del sol le había sorprendido. Los profundos ojos negros de Jing le dieron la bienvenida al mundo real. Los miró un momento porque le recordaron la oscuridad en la que estuvo inmerso un rato antes. Más aturdido que nunca se levantó, sosteniéndose de la mano, y luego del hombro de Jing. No la apartó porque solo pensaba en una cosa: dolor, dolor en todo el cuerpo.

—Po, lo golpeaste demasiado fuerte —dijo Jing, que reprobó la acción del Guerrero Dragón—, él todavía no tiene la resistencia que tienen ustedes, que llevan años entrenando. Él empezó a entrenar hasta hace unas semanas. Voy a llevarlo a su habitación, y que allí lo vea el médico. No sé qué harán ustedes, pero el entrenamiento de Lung terminó por hoy.

Con Lung sosteniéndose de su hombro caminando a paso lento y jadeando, se fue de regreso al palacio. Los demás se quedaron en el mismo sitio, pero después de que Jing se alejó, Mono, Mantis y Tigresa voltearon a ver a Po.

—No solo Lung debe controlar su ira —le reprochó Mantis.

—Si —dijo Mono con un tono de voz acusador—, es un chico que no tenía idea de lo que decía.

—Está bien, me pasé —dijo Po arrepentido, aunque al instante cambió de actitud—, pero ¿por qué lo defienden? —ahora se encontraba a la defensiva— No es un niño, es un adulto obstinado que no teme ofender algo tan sagrado como el Kung Fu.

—Comprendo tu punto, Po —dijo Tigresa, tratando de sonar comprensiva—, pero cuando esté mejor deberías disculparte por golpearlo tan fuerte. Seremos sus maestros, y tenemos que darle un buen ejemplo.

Tenía razón, si no se disculpaba solo le daba a entender que sus propios maestros eran irascibles, y nada de lo que le digan después hará efecto, porque las palabras perderán efecto frente a las acciones. Po solo entendió la parte de dar un buen ejemplo, así que asintió, y se fue de regreso al palacio, con los demás siguiéndolo.

Por otro lado, lejos de ese bosque, Fenghuang entrenaba con los dos hermanos felinos que había salvado de una nueva reclusión. Los chacales se habían sentado alrededor de ellos, llenando la cueva de ojos impresionados.

—¿Viste eso? —dijo un chacal.

—Cómo no verlo —dijo otro—, esa luz púrpura es imposible de ignorar.

—Tienes razón —dijo un tercero, comiéndose una bola de arroz—, ¿y te diste cuenta de que tiene que girar 20 veces para lograrlo?

Los otros se le quedaron viendo, sorprendidos.

—¿Qué? Es cierto, si gira más o menos veces antes de aletear hacia atrás, no funciona. ¡Miren! Acaba de hacerlo de nuevo —dijo el chacal, que podía contar los movimientos de ella, mientras los demás solo giraban la cabeza asombrados.

—No sé cómo lo haces, viejo, pero yo solo veo un par de giros y la luz púrpura —dijo otro con aire despreocupado.

El que comía no dijo más, solo encogió los hombros, para expresar que no sabía cómo era capaz, pero lo era, su mirada percibía hasta los movimientos más rápidos.

Fenghuang se detuvo. Escuchó la conversación, y le intrigó el puma comelón que aprendía rápido.

—Oye tú —le dijo ella. Él se señaló, porque tenía la boca llena para hablar. —Acércate —ordenó, y él acudió—. Escuché que logras ver cada uno de mis movimientos, aunque son demasiado rápidos.

—Así es, mi señora —dijo el chacal cuando tragó —, y también los memoricé.

—¿En serio? Demuéstralo.

La búho le lanzó una patada, pero él la bloqueó cruzando los brazos, luego los alzó manteniéndolos cruzados, y los separó de golpe, llevándolos a sus costados, creando así una pequeña ráfaga eléctrica que estremeció todas las plumas de ella. Entonces, no muy convencida todavía, giró sus alas a gran velocidad, pero el chacal saltó golpeando su cabeza con sus pies, haciendo que perdiera el equilibrio y se detuviera su movimiento circular.

—No está mal, efectivamente aprendiste algunos de mis trucos —sonrió—, creo que deberías entrenarte junto con los tigres.

—Sería un honor, mi señora —dijo el chacal inclinando la cabeza.

—Entonces es un hecho, no desperdiciaré tu habilidad, te entrenaré con ellos —dijo ella, pareciendo simpática.

—Muchas, gracias, maestra Fenghuang —dijo el chacal felizmente. Había logrado lo que tanto deseaba.

En ese momento un ave aterrizó elegantemente en la entrada de la cueva. Tenía un abrigo puesto, porque no le gustaba la nieve (no el frío, la nieve). Fenghuang sonrió ampliamente al verlo.

—Miren quién está aquí —dijo ella, y se acercó más a él—, ¿qué noticias traes, cariño?

El ave se apartó un poco, reacia a la actitud del astuto búho. Se quitó el abrigo y sacudió sus plumas y su ropa amarilla.

—Traigo noticias del Palacio de Kaishan.

Continuará…