NdA: Este capi está dedicado a Juanma_sgb por su cumpleaños. ¡Que ya son dieciocho! Bienvenido a la mayoría de edad. Espero que ayer lo celebraras como se merece y que te lo pasaras genial. Creo que eres un chico muy simpático aunque amenaces con secuestrarme al estilo Misery XD ¡Besitos y muchas felicidades!

Aparte de felicitar a Juanma quería comentaros una cosa. Muchísimos de vosotros me habéis dicho que os gustaría que hubiera más de un capi a la semana; he estado pensando y tengo una propuesta que haceros. Podemos seguir como hasta ahora o puedo subir dos a la semana y contestar sólo los comentarios que me dé tiempo. Eso sí, pensad que si escogéis la segunda opción, tendréis que esperar más tiempo entre fic y fic de la saga. Lo único que os pido es que no dejéis de dejar comentarios si se quedan sin contestar. Yo los voy a seguir leyendo, por supuestísimo, y me van a dar los mismos ánimos que me dan siempre.

Así que la mayoría decide (cuentan los votos de aquí y los de SH). Decidme lo que preferís cuando comentéis el capi. ¡Besitos!

Capítulo 11 El primer partido de Scorpius

Después de un buen rato vagando por el castillo, Scorpius, Damon y Diana dieron por fin con el Barón Sanguinario, que estaba rondando la entrada a la Torre de Ravenclaw. En vida, el barón había sido un hombre alto, corpulento, de pelo rubio y poblado bigote; como fantasma también resultaba intimidante, especialmente por las manchas de sangre plateada que le cubrían de arriba abajo.

-¿Qué hacéis aquí, joven Malfoy y compañía?

-Buenas tardes, Excelencia –contestó Scorpius, con una leve y formal inclinación de cabeza. El Barón alentaba a menudo a los alumnos de Slytherin a mostrarse insolentes y arrogantes, pero no precisamente con él-. Os estábamos buscando para haceros una pregunta.

-¿De qué se trata?

Scorpius miró a sus amigos, quienes le hicieron gestos de ánimo.

-Nos preguntábamos si vos sabéis cuánto tiempo lleva el profesor Binns enseñando en Hogwarts. Se lo hemos preguntado al profesor Slughorn y al profesor Zabini, pero ellos no lo saben.

El Barón hizo un gesto de desprecio.

-El profesor Slughorn no sabe nada que no tenga que ver con pociones o con dulces. El profesor Binns empezó a enseñar aquí… a principios del siglo XVII, si no me equivoco. No, quizás más tarde, a mediados de siglo

Scorpius se quedó un poco sorprendido; por alguna razón había pensado que Binns sólo llevaba muerto unos doscientos años como mucho.

-Y si no es indiscreción, ¿sería posible saber qué le hizo quedarse en Hogwarts cuando murió?

En cuanto vio cómo el Barón fruncía el ceño, Scorpius supo que esa pregunta no había sido una buena idea.

-No se considera de buena educación preguntar eso, muchacho.

-Lo sentimos, Excelencia, no lo sabíamos –se disculpó Scorpius al momento, acompañado de gestos de asentimiento de Diana y Damon. Pero por si acaso, decidió arriesgar su suerte un poco más-. Sólo queríamos saber si existe la posibilidad de ayudarlo a pasar al otro lado.

El Barón lo estudió detenidamente.

-¿Y por qué iba un hijo de la Casa de Slytherin a ponerse a ayudar a los fantasmas?

Scorpius se permitió sentir una ligera esperanza.

-Las clases de Historia serían más interesantes con otro profesor.

-El profesor Binns sólo habla de revueltas de duendes, señor –añadió Damon-. Y cuenta mentiras sobre la Edad de las Hogueras. Nos hace leer libros que cuentan que ninguna bruja fue quemada en la hoguera y se salta cosas como la matanza de Thompson o el crimen de Belladonna Black.

Belladonna Black había sido una estudiante de Slytherin del siglo XV que había sido salvajemente violada y asesinada por tres sangremuggle que después alegaron haber sido tentados por el diablo. Scorpius conocía la historia porque ella había sido una de sus antepasadas y había un cuadro de su padre en Malfoy manor. Pero nunca había oído hablar de la matanza de Thompson; el hecho de haber vivido en el extranjero tanto tiempo había provocado algunas lagunas en su conocimiento de historia mágica británica.

-Hay cierto código de conducta entre fantasmas, jóvenes señores, y la historia de Cuthbert Binns no es mía para poder contarla.-Sus ojos brillaron con una luz malevolente que no iba exactamente dirigidos a ellos y bajó la voz-. Pero sí puedo contaros que no estamos solos. Vuestro porcino compañero está escondido detrás de ese pilar tratando de escuchar lo que hablamos.

Watson…

Los tres niños fueron hacia él; el ruido de sus pasos debió alertar a Watson, a quien no le quedó más remedio que tratar de salir huyendo. En cuanto se dejó ver, convirtiéndose en un buen blanco, Damon y Scorpius le apuntaron con sus varitas, pero Scorpius recordó que el partido contra Ravenclaw era ese mismo sábado y en vez de dispararle un hechizo a Watson, impidió que lo hiciera Damon.

-¡Espera!

-¿Qué pasa? –gruñó Damon.

-Si le hacemos algo y se chiva, Longbottom podría convencer a Slughorn de que me dejara sin jugar este sábado a modo de castigo.-Damon lo miró con cierta alarma y asintió, aunque era obvio que aún ardía en deseos de ajustar cuentas con Watson. Scorpius imitó la sonrisa malevolente del Barón-. Ya nos vengaremos después del partido.


El sábado amaneció con un cielo limpio de nubes y sólo una pequeña brisa. En cuanto abrió los ojos, Scorpius pensó en el partido que jugaría al cabo de unas pocas horas. El estómago le hormigueó con una maravillosa mezcla de impaciencia y nerviosismo al imaginarse el encuentro. Tenía que ganar. El Buscador de Ravenclaw, Marius Littletree, era sólo marginalmente mejor que Belak; Scorpius era mejor y tenía una mejor escoba, y sólo los nervios o la mala suerte podrían hacerle perder.

Los demás aún dormían. Scorpius miró a Hector, que estaba hecho un ovillo y a Damon, que dormía boca arriba, abierto de piernas y con los brazos casi en cruz como si quisiera asegurarse de que ocupaba toda la cama. Watson siempre corría las cortinas y había aprendido un hechizo para que nadie excepto él pudiera abrirlas, lo cual le permitía dormir con cierta tranquilidad. Scorpius entornó los ojos en su dirección, pensando por millonésima vez lo horrible que era no poder relajarse ni en su propia habitación, pero enseguida decidió olvidarse de él porque no quería que le distrajeran de lo verdaderamente importante.

Su padre le había enviado una carta diciéndole que le gustaría mucho verlo estrenarse como Buscador, pero que su presencia allí podía traer problemas. "No quiero que te desconcentres por mi culpa y quizás será mejor que vaya sólo tu madre", le había dicho. Pero también le había dejado a él la decisión y Scorpius le había contestado que esperaba verlos a ambos, incluso a sus abuelos, en las gradas de Slytherin.

Aunque era un poco pronto, sobre todo para ser un sábado, Scorpius sabía que ya no iba a dormir más, así que se levantó y fue al cuarto de baño. Cuando terminó de asearse, fue hacia su baúl y sacó de allí su uniforme de quidditch. Sólo se lo había puesto una vez, para asegurarse de que era exactamente de su talla, y aún olía a nuevo. Scorpius acarició la tele gris y verde del suéter de lana, diciéndose que los Slytherin merecían una victoria. Habían estado pagando demasiado tiempo por los crímenes y errores que estudiantes y ex estudiantes de esa Casa habían cometido más de veinte años atrás.

Damon le había explicado qué era la Matanza de Thompson. Había sucedido a finales del siglo XIV. John Thompson había sido un mago de origen muggle, un Gryffindor. En su cuarto curso, aleccionado después de todo un verano oyendo hablar a un sacerdote de su familia, Thompson había asesinado a sus cinco compañeros de habitación y había intentado hacer lo mismo con dos chicas que estaban en ese momento en su Sala Común. Si los violadores de Belladonna Black habían culpado al demonio, Thompson había dicho que todos los magos y brujas merecían arder en el infierno. Sí, nadie contaba que en la Edad de las Hogueras, los magos de origen muggle daban más problemas que otra cosa. La mayoría llegaban llenos de supersticiones estúpidas, sin saber leer ni escribir; más de la mitad abandonaban Hogwarts antes o después por miedo a estar jugándose la vida eterna en la que creían. En aquella época, Slytherin, siempre renuente a aceptar alumnos con sangre muggle, era la casa de la gente civilizada, donde nadie quería apedrear a nadie por sodomita, donde nadie tenía crisis religiosas que les llevaba a decidir que magos y brujas merecían en realidad la hoguera.

Curiosamente, entonces eran los Gryffindor quienes causaban más problemas. Los sangremuggle de Hufflepuff eran demasiado comodones para que les gustara armar gresca y los Ravenclaw, en general, no eran personas de acción. Pero los Gryffindor tenían el genio vivo y era normalmente allí donde había más posibilidades de que algún alumno decidiera que lo correcto realmente era hacerse perdonar su propio pecado de brujería matando unos cuantos magos y brujas en nombre de su Dios.

No, ahora Slytherin estaba cargando con toda la mala fama, como si los demás nunca hubieran hecho un hechizo zancadilla en toda su vida, pero Scorpius sabía que no siempre había sido así, que no tenía por qué seguir siendo así. La mala fama acabaría pasando y entonces quizás serían otros los que cargarían con el peso de ser la Casa maldita. Y mientras empezaba a vestirse con los colores que amaba, se dijo que conseguiría que al menos ese día todos se sintieran orgullosos de Slytherin.


Cuando Draco llegó a Hogwarts sintió una punzada en el pecho que no sabía si era buena o mala. No había vuelto a poner allí los pies desde el día en que Voldemort había muerto y la visión del castillo despertó demasiados recuerdos en él. Astoria, que iba a su lado, le apretó cariñosamente el hombro y Draco respiró hondo para poner orden en el torbellino de pensamientos que en ese momento le cruzaban por la cabeza. No iba a ver a Vince en esos pasillos, ni a Snape.

Ni a Dumbledore.

Al contrario que Astoria, Draco no guardaba un buen recuerdo del castillo. Había pasado buenos ratos, pero todos se veían oscurecidos por las continuas victorias de Potter sobre él, por la agonía de sexto y séptimo y, especialmente, por ese último día en Hogwarts, cuando Vince había muerto y él había tocado fondo al ser rescatado dos veces por Potter. Pero se dijo a sí mismo que había ido allí a ver jugar el primer partido como Buscador de Scorpius, quien sí parecía ser feliz en Hogwarts. El pasado sólo era eso, pasado.

Blaise sabía que venían y les esperaba en el vestíbulo para llevarlos a su despacho para que pudieran saludar allí a Scorpius. Por el camino, Astoria le preguntó cómo le estaba yendo al niño.

-Es muy sensato. Si no se pareciera tanto a ti, Draco, pensaría que el padre es otro.

-Como siempre, tu ingenio me deja sin habla.

Blaise le dedicó una sonrisita burlona y se dirigió a Astoria.

-Es de los mejores de su curso y no se mete en líos. Podéis estar tranquilos.

Draco intercambió una sonrisa satisfecha con su mujer y luego se giró hacia Blaise.

-¿Y cómo te va a ti? ¿Sigue tu idilio con Longbottom?

Como se habían escrito algunas cartas, Draco sabía perfectamente la rivalidad que existía ahora entre ambos.

-Es con diferencia el ser más irritante del castillo y estoy incluyendo a Peeves. Sinceramente, no me parece que esté equilibrado del todo.

-¿Y qué tal es el profesor Zhou? Scorpius sigue contando maravillas de él, y por lo que dice Daphne, lo mismo hacen Morrigan y Gabriel.

Blaise tardó un poco en contestar.

-Al principio recuerda un poco a Dumbledore. –Draco arrugó ligeramente la nariz: una cosa era no querer matarlo y otra, sentir simpatía por él-. Pero cuando lo tratas un poco más, te das cuenta de que realmente está interesado en todos los alumnos. Y tiene la conversación más interesante de todo el profesorado, debo admitir.

Bien, saltaba a la vista que el misterioso profesor Zhou tenía un admirador más. A Draco le habría gustado conocerlo y se preguntó si tendría la oportunidad de hablar con él durante el partido.

Mientras caminaban por los familiares pasillos de piedra se encontraron con algunos alumnos. Draco se dio cuenta de que una parte de los más mayores se los quedaban mirando con el reconocimiento claramente visible en los ojos. Un par de ellos parecieron prestarle mucha más atención a Astoria, que estaba muy guapa con su túnica malva. Él iba con una casaca y unos pantalones grises, botas altas negras, una camisa blanca y un chaleco color mostaza; llevaba el pelo pulcramente peinado, pero sin gomina. Astoria le había dicho mucho tiempo atrás que estaba mucho más guapo sin gomina.

Blaise los dejó en su despacho mientras iba a buscar a Scorpius, y en cuanto se quedaron solos, Astoria le cogió de la mano.

-¿Qué tal lo llevas?

-Es raro estar aquí –admitió-. Está todo tal y como lo recuerdo… menos la gente.

Ella sonrió un poco.

-Piensa en los buenos tiempos.

Al cabo de cinco minutos, Blaise regresó con Scorpius, que ya iba vestido con el traje de quidditch y llevaba su escoba nueva en la mano. Draco dejó que Astoria pudiera abrazarlo y besarlo a gusto y mientras se fijó en su aspecto. Había crecido un poquito desde el verano y en su cara se notaba la excitación del partido. Cuando Astoria le dejó libre, él se acercó a su hijo y le dio un corto abrazo.

-¿Estás nervioso?

-Sólo un poco.-Draco buscó en él señales de que estuviera disimulando y no las encontró-. El Buscador de Ravenclaw es bastante malo, tengo suerte de enfrentarme con él en el primer partido.

-Si vuelas igual de bien que este verano le ganarás –dijo Draco, con convicción.

Scorpius sonrió.

-Eso espero. ¿Por qué no ha venido Cassandra?

-Hogwarts está protegido por un Fidelius –explicó Draco-. Hasta que no cumples los once años y no recibes tu carta, no puedes venir aquí.

-Pero te envía muchos recuerdos, igual que los abuelos y los tíos –añadió Astoria, acariciándole el pelo. Como no se lo había cortado desde el verano, lo llevaba un poco largo y el flequillo se le metía un poco en los ojos. Draco sabía que la mitad de chicos de Hogwarts tendrían un aspecto similar, a no ser que tuvieran alguna amiga –generalmente eran chicas- a la que le gustara hacer de peluquera.

-Acércate, Scorpius –dijo entonces. El niño obedeció con expresión inquisitiva y Draco sacó su varita. Después le apuntó al pelo-. No te muevas.

Un suave movimiento de varita y un hechizo le cortó el flequillo de manera que ya no le cayera sobre los ojos. Después Draco hizo desaparecer el pelo que había caído al suelo, no sólo por limpieza, sino también porque era altamente peligroso ir dejando por ahí restos de pelo o incluso uñas que podían utilizarse para pociones verdaderamente desagradables.

-Así está mejor. Ya no se te meterá el pelo en los ojos mientras persigas la snitch.

Scorpius se llevó la mano al pelo protectoramente, como si no se fiara de lo que se iba a encontrar. Draco no pudo evitar resoplar un poco ante la desconfianza de su hijo y Astoria reprimió una sonrisa.

-Te queda bien, cariño.

Blaise hizo un ruidito para llamar su atención.

-Scorpius debería irse ya al campo; sus compañeros ya deben de estar allí.

Ellos asintieron.

-De acuerdo. Te vemos después del partido, hijo. Buena suerte.

-Buena suerte, Scorpius –dijo Astoria.

Scorpius sonrió.

-Gracias.


Draco no acompañó a Astoria y a Blaise al campo. Dijo que tenía que ir al baño antes y que fueran sin él. Y no mentía, quería ir al baño, aunque a uno muy concreto, y no precisamente por lo que ellos creían.

Su objetivo estaba en la segunda planta. No se cruzó con nadie, todos estaban ya en el campo de quidditch o de camino hasta allí.

Draco llegó entonces al baño que buscaba y entró. Estaba abandonado, con los espejos astillados aquí y allá. Tal y como lo recordaba. Draco se aclaró un poco la garganta y la llamó.

-¡Myrtle! ¡Myrtle, soy yo, Draco Malfoy!

Casi al momento, Draco oyó un chillido que parecía provenir de los desagües y Myrtle se materializó delante de él. Draco tuvo que sonreír al ver su cara de alegría; ella era el único ser en el que había podido confiar durante aquel horrible sexto año. El lugar estaba repleto de recuerdos de la espantosa desesperación de aquellos días, de las cartas de su tía Bellatrix explicando que Voldemort estaba furioso por su tardanza en cumplir con su misión y había torturado cruelmente a su madre. Pero a pesar de eso, siempre había sentido que le debía a Myrtle, al menos, una última visita.

-¡Draco! ¡Draco, has venido! –Él asintió-. ¿Todo salió bien? ¿Conseguiste salvar a tus padres? Pobre bebé, estabas tan asustado.

Myrtle era la única persona a la que le habría consentido que lo llamara bebé. Sobre todo porque era un fantasma y ya no podía matarla por tamaña ofensa.

-Los dos están bien.

Ella palmoteó.

-Oh, ¡cuánto me alegro! ¿Lo ves? ¡Te dije que todo saldría bien!

-Gracias por ayudarme entonces, Myrtle –dijo, de corazón-. Me habría vuelto loco si no hubiera podido hablar contigo.

-Pobrecito, lo estabas pasando tan mal… Fue un placer ayudarte. Pero… estás distinto, Draco.

-Bueno, ya no tengo diecisiete años. Ha pasado mucho tiempo desde entonces.

A Myrtle le gustaban jovencitos –al fin y al cabo, mentalmente tenía quince años-, pero después de observarlo con aire crítico unos segundos volvió a mirarlo con ojos encandilados.

-Ahora tienes un aspecto muy interesante –le halagó-. Dime, bebé, ¿has venido a quedarte conmigo? Conozco venenos que no te harían el menor daño y lo pasaríamos tan bien juntos…

Aquello no era en absoluto una opción, pero Draco no quería tampoco herir sus sentimientos.

-Lo siento, Myrtle, pero eso no puede ser. Tengo familia, una mujer y dos hijos, y no puedo dejarlos solos. Y menos ahora, que algunas cosas se están poniendo feas. Sólo quería… bueno, ver cómo estabas, contarte cómo había acabado todo y darte las gracias.

Myrtle no ocultó su decepción, pero no se enfadó con él. Nunca lo había hecho. Draco había oído a algunas personas quejarse de que Myrtle tenía muy mal genio, y que se ponía a chillar o a llorar por cualquier cosa, pero con él siempre había sido solícita y comprensiva.

-Oh… Bueno, me alegra que al menos te hayas pasado a decirme hola.

-Tenía que hacerlo. Pero ahora he de irme. No tengo permiso para andar por aquí, y ya soy demasiado mayor para que McGonagall me llame a su despacho para echarme la bronca. Cuídate, Myrtle, ¿de acuerdo?

El fantasma asintió, haciendo un par de pucheros, y desapareció por uno de los desagües. Draco, más incómodo en aquel sitio ahora que ella no estaba, se apresuró a marcharse para ir a ver el partido.


Cuando salió del castillo, andando rápidamente hacia el campo, Scorpius se cruzó con un nutrido grupo de Gryffindors de segundo que ya iban hacia allí también. Entre ellos estaba Albus, quien esbozó una sonrisa fugaz y disimulada en su dirección, y Urien, quien le deseó suerte abiertamente. Scorpius le dio las gracias y lo último que oyó antes de distanciarse de ellos fue a Peter Williamson preguntándole a Urien por qué diablos le deseaba suerte a los Slytherin y a Urien diciendo que hacía lo que le daba la gana. Albus le contaría después cómo había terminado la discusión.

Tal y como había dicho el profesor Zabini, el resto de los Slytherin ya estaban en los vestuarios anexos al campo. Todos se habían vestido ya con el uniforme de quidditch antes de bajar a desayunar, pero allí se colocaron los guantes y las capas. Además, la reunión resultaba útil para ultimar detalles estratégicos sin ser escuchados por nadie.

-Malfoy, quiero que sepas que si no atrapas la snitch, te descalabro –dijo Furmage, muy serio-. Littletree no es rival para ti, ¿está claro?

Scorpius asintió. Llevaba diciéndose lo mismo desde que se había levantado aquella mañana. Y aquella no era la primera vez que Furmage lo amenazaba con hacerle algo desagradable si no ganaba a los Ravenclaw: era lo que entendía por incentivar a los jugadores.

Pero él no necesitaba que lo incentivaran más. Estaba ansioso por salir y conseguir la victoria para su equipo.

Furmage repartió unas cuantas indicaciones y consejos de última hora y por fin subieron a sus escobas y volaron por el pasillo hasta salir al campo de quidditch. Scorpius lanzó una exclamación de sorpresa por lo bajo al ver las gradas repletas de alumnos, profesores y visitantes, las torres engalanadas, el griterío. Era muy diferente a verlo desde uno de los asientos y por un momento, se sintió realmente impresionado. Pero entonces Morana, la Guardiana del equipo, pasó por su lado y le hizo una mueca feroz.

-Olvídate de la gente y concéntrate en la snitch, Malfoy. Eso es lo único que debe importante.

Scorpius asintió, pues aquel era un gran consejo, el mejor que podía recibir en ese momento y se fijó en madame Hooch, que hacía acercarse a los dos capitanes y les advertía, dirigiéndose especialmente a Furmage, que no quería juego sucio. Entonces se llevó la mano al silbato que llevaba colgando del pecho, se lo acercó a los labios y dio comienzo al partido. Los jugadores se alzaron en el aire, volando raudos hacia sus puestos, mientras Scorpius y Littletree se lanzaban a recorrer el campo de juego en busca de la snitch.

Aún no había necesidad de volar demasiado rápido; era mejor adoptar una velocidad que permitiera distinguir el brillo dorado de la snitch. Scorpius aprovechó para lanzarles una mirada a sus padres cuando pasó por delante de ellos y otra a Albus, más disimulada, cuando se acercó a las gradas de Gryffindor. Un aviso de uno de sus propios Bateadores le hizo girarse; una Bludger iba directa hacia él. Scorpius hizo un cambio de dirección para evitarla y voló hacia el Bateador que le había avisado para que éste se la quitara de encima con el bate.

Los Slytherin fueron los primeros en inaugurar el marcador, pero los Ravenclaw no tardaron demasiado en igualarlo. Al cabo de media hora de juego, iban empatados a cuarenta puntos y daba la sensación de que cualquiera de los dos equipos podía volver a ponerse por delante. Scorpius había tenido que esquivar algunas bludgers, pero eso había sido todo. Littletree ni siquiera se había acercado a provocarlo; a Scorpius le resultaba raro competir con alguien que no se metía con él. Su padre siempre se burlaba de él para intentar descentrarlo y los entrenamientos en Hogwarts con los Slytherin seguían la misma pauta; Scorpius estaba tan acostumbrado a volar entre insultos y pullas que casi agradecía que los Gryffindor le abuchearan cada vez que pasaba cerca de ellos.

Un clamor cerca de las gradas donde se ponían los Hufflepuff atrajo su atención y entrecerró los ojos mientras enfilaba la escoba en esa dirección. Y entonces vio la snitch, haciendo zigzags en lo más alto de las gradas. Sin pensárselo dos veces inclinó el cuerpo hacia delante e hizo volar la escoba a toda velocidad. Littletree estaba yendo también hacia allí, proveniente del otro lado del campo, y Scorpius trató de conseguir aún más velocidad para asegurarse de que llegaba antes que él. Sin embargo, cuando estaba sólo a diez o doce metros, la snitch salió huyendo de los dos. Scorpius se inclinó un poco hacia la derecha para corregir el rumbo y voló tras ella. Littletree estaba un par de metros por detrás de él y Scorpius trató de colocarse de modo que su propio cuerpo le tapara la vista de la snitch; así, si la snitch cambiaba de dirección, Littletree no lo sabría hasta que viera a Scorpius cambiar también su rumbo y eso le retrasaría aún más.

Una bludger de los Ravenclaw les obligó a maniobrar a ambos y cuando quisieron reanudar la persecución de la snitch se dieron cuenta de que la habían perdido. Scorpius miró frenéticamente a su alrededor, tratando de encontrarla, y casi al momento, Littletree inició una zambullida. Scorpius no se lo pensó dos veces y fue tras él, comprendiendo que tenía que haber visto la snitch. Y allí estaba, a punto de entrar dentro de los armazones de madera que sujetaban las gradas. Scorpius forzó la escoba todo lo que pudo para adelantar a Littletree y entrar primero a ese pasillo oculto y lo consiguió en el último segundo. Littletree, más grande que él, se movía con menos facilidad entre los listones de madera del armazón, y Scorpius consiguió sacarle de nuevo un par de metros de distancia.

La snitch volvió a salir a campo abierto, en una dirección ligeramente ascendente. El público aumentó su griterío al ver de nuevo a los Buscadores y aunque Scorpius no sabía si lo animaban a él o a Littletree, sintió una oleada de energía al escucharlos. La snitch estaba ahora cada vez más cerca y Scorpius alargó el brazo todo lo que pudo, notando en las puntas de los dedos el aleteo de sus alas. De pronto, la snitch frenó en seco y cayó casi en picado. Scorpius no se lo pensó dos veces y en lugar de escorar la escoba hacia abajo para perseguirla, dio un brusco giro de muñeca para dar una vuelta en el aire hacia atrás y cuando estaba boca abajo alargó de nuevo el brazo e interceptó la snitch.

El mismo impulso le hizo volver a quedar boca arriba, pero Scorpius habría sentido el mismo júbilo si hubiera quedado colgando de los pies. Todo había sido tan rápido que el estadio se quedó mudo durante una fracción de segundo, inseguro respecto a lo que había pasado, pero en cuanto Scorpius alzó victoriosamente el brazo, mostrando la snitch, los alumnos de Slytherin prorrumpieron en aplausos y gritos triunfales. Scorpius se vio arrollado entonces por sus propios compañeros, que estuvieron a punto de tirarlo de la escoba a base de palmadas en la espalda.

-¡Bien hecho, Malfoy!

-¡Hemos ganado!

Scorpius sonreía de oreja a oreja mientras sus compañeros lo zarandeaban, tan feliz que tenía la sensación de que no necesitaba la escoba para volar, pero mientras pensaba en la victoria y en toda la gente que estaba coreando su nombre se acordó de sus padres. Tenía que ver a sus padres. Entonces se quitó de encima como pudo a sus compañeros y se acercó a la Torre de Slytherin. Allí estaban los dos, aplaudiendo de pie, sonrientes. Scorpius los saludó con la mano, disfrutando de sus miradas de orgullo, y regresó con sus compañeros.

Continuará