Hola a todos, les presento un nuevo capitulo de mi nueva historia maquinada por mi cabecita loca. Los personajes son de la maravillosa Mangaka Rumiko Takahashi (lastima todos queremos que sean nuestros T-T), sin embargo la historia es mía y cualquier reproducción total o parcial de esta es plagio y esta penado por la ley.

Dejenme reviews por fis :3 y marquen la historia como favorita.

Un saludo a mis hermanas del circulo mercenario que siempre me apoyan en mis locas ideas y me gustaria que al igual que con las adaptaciones me apoyaran en mi historia. Les agregaré varias canciones, espero que las disfruten.

Me considero absolutamente una mala persona por haber descuidado mi fic tanto tiempo pero les prometo que en estas largas vacaciones me pongo al corriente, y quién sabe, tal vez hasta pueda meterme en un reto navideño que me gustó y está por ahí.

Les prometo que pronto tendrán noticias de mí de nuevo jaja XD

Sin mas, A LEER! :3

Saludos :*


If I Lose Myself- OneRepublic

Me desperté por la luz del sol
Pensé en toda la gente, lugares y cosas que amé
Me desperté sólo para ver
Todos esos rostros
Y fuiste la única que estaba a mi lado


Ya No Quiero

Capitulo 10

- ¿Dónde estoy?- decía la colegiala, al percatarse de que se encontraba en un vacío profundo. Todo era oscuro a su alrededor.

Una sensación de terror desde la parte baja de su estomago la invadió.

- ¿Hay alguien aquí? ¿Hola?- murmuró la azabache, la desesperación colándose por su voz.

Sin embargo no obtuvo respuesta.

Desde que era niña le tenía un enorme pavor a la oscuridad, le recordaba la sensación de soledad de cuando se quedó encerrada en una de las tantas pagodas que había en el templo. Lo seguía recordando, la misma sensación de pesadez y rigidez le recorrían la columna ése día tan fatídico y triste para ella.

~ . - . - . - . ~

Una pequeña niña de cabellos color azabache corría por el templo buscando a su pequeño gato Buyo.

Llevaba un vestido de tirantes gruesos color rosado, con una camiseta interior blanca. Unos moños rosas adornaban ambos lados de su cabeza, confiriéndole un aspecto delicado.

La pequeña Kagome era los ojos de su papá…

Takeda Higurashi era un hombre dedicado, un poco frio con las demás personas, serio y parecía que el mundo le era indiferente.

Pero todo cambiaba cuando le venían a le mente su bella esposa Naomi, su pequeña nena Kagome y su pequeñín Souta.

Él y su pequeña Kagome tenían una especie de acuerdo silencioso, se contaban muchas cosas, claro está, no eran tantas cosas y preocupaciones las que envolvían a una niña de cinco años.

Después de un largo día de trabajo, por fin pudo terminar con sus labores en la fábrica. Iba dirigiéndose al templo, cuando pasó por una veterinaria. Afuera de ésta, había una mesa con una jaula. En ella había cinco gatos. Todos eran diferentes; había uno negro, uno gris, uno blanco con manchas cafés, uno naranja y uno color beige.

En cuanto vio la jaula pensó en su pequeña princesa, y en lo mucho que le había insistido por que le comprase una mascota cuando en su salón de pre escolar, sus compañeros habían hablado de las mascotas que tenían, y ella no contaba con ninguna.

Ése día había llegado a casa con los ojos hinchados y con las mejillas infladas haciendo un puchero, su esposa traía de la mano a la niña que se resistía a entrar a la casa por el berrinche que no se le estaba cumpliendo, pero cuando había escuchado hablar a su padre a sus espaldas, había soltado la mano de su madre y había corrido a los brazos de su progenitor.

La niña se refugiaba, estaba llorando, contándole lo excluida que se había sentido al enterarse que sus compañeros tenían una mascota y ella no. La escucho llorar, le empezó a acariciar la espalda despacio para calmarla un poco, lo cual logró. Kagome se había quedado dormida en cuestión de minutos.

- Sigo sin saber cómo lo haces- escuchó la voz de su esposa que se dirigía a él.

Se giró a verla para verla con Souta en brazos, sonriéndole desde la puerta de la cocina. Suspiró y tomó a su pequeña entre sus brazos y subió las escaleras para posteriormente dejarla en su cómoda cama. Quito el edredón amarillo, para después arroparla con éste. Le dio un beso en la frente, y salió de puntillas para que un ruido no despertara a la niña que se encontraba retorciendo su pequeño cuerpo entre las sábanas. No pudo reprimir una sonrisa cuando cerró la puerta de la habitación.

Le llevaría una mascota a su pequeña, decidió.


- ¿Busca algo en especial?- preguntó una anciana. Se apretaba el chándal contra sus hombros, ya que estaba empezando a refrescar, y sus ojos lo miraban con curiosidad por debajo de esos lentes.

- Estoy viendo, gracias- respondió Takeda con simpleza. No quería comprometerse demasiado.

No se decidía, pero al observar al pequeño gato blanco con manchas, que estaba bostezando y se restregaba la cara con sus patas y se estiraba lentamente, decidió que ése sería el ideal.

- Quiero ése- dijo señalándolo con el dedo.

- Acompáñeme- dijo la anciana.

Se introdujeron en la tienda, le dieron su certificado del animalito, y pagó por una jaula para introducir al pequeño gato, estaba seguro que su estrella mañanera estaría muy contenta…

- . ~ . –

- Buyo, ¿Dónde estás?- gritaba la niña por el recinto. Ya casi era la hora de cenar y su papá no tardaría en llegar, quería estar en la cocina para recibirlo cuando entrara por la puerta.

Al no obtener ruido que demostrara la ubicación por parte del minino, comenzó a desesperarse.

No podía perderse tan pronto, ¿o sí?

Comenzó a abrir las puertas de todas las pagodas buscando al gato, pero no había señales de él. Al fondo pudo divisar una pagoda en la que no había entrado, y con esfuerzo abrió la puerta.

Estaba comenzando a refrescar y si no se apresuraba, no podría esperar a su papá.

Observó el cielo, y posteriormente a su alrededor. El fuerte viento mecía con fuerza las hojas del Goshimboku. Estaba segura de que se acercaba una tormenta.

Se introdujo en la oscura caseta que era iluminada solamente por la luz del atardecer que había fuera.

Comenzó a abrir los armarios y a buscar en los estantes para ver si así podía localizar a su peludo amigo. Estaba tan concentrada buscando, que cuando el viento arreció y cerró la puerta de la pagoda, no tuvo tiempo de reaccionar.

Estaba oscuro y con el paso de los minutos comenzó a entrar en pánico. Aporreó la puerta con toda la fuerza que le permitían sus pequeñas manos, y gritaba con fuerza hasta casi quedarse ronca.

No la escuchaban.

Su mamá y su papá no la escucharían y se quedaría en la oscuridad para siempre.

No vería a sus amigos de nuevo.

Ni a Buyo.

Ni a Souta.

No volvería a escuchar las locas historias de su abuelo.

Sus pequeñas manos formaron puños. Se acurrucó junto a la puerta, y se abrazó las rodillas.

Por sus mejillas las lágrimas se deslizaban como ríos.

Ése día, lloró hasta la inconsciencia.

Al día siguiente, estaba acostada en su cama, arropada con mantas. Levantó la cabeza para observar a su madre, vestida de negro, mirando a la nada con las manos formadas en puños apoyadas sobre sus muslos.

La miró y se percató de que tenia en los ojos lagrimas sin derramar.

Se levantó y su Naomi, al percatarse del movimiento, corrió a auxiliarla con lágrimas en los ojos.

- ¡Kagome!- exclamó la mujer, echándole los brazos al cuello para apretarla más contra ella.

No soportaría una pérdida más.

- Mami, ¿Estás bien? ¿Dónde está papi?- interrogó la niña con curiosidad. Su mamá jamás usaba negro.

Los ojos de la joven madre se cristalizaron de nuevo.

- Veras Kagome, papi no está con nosotros- dijo la mujer con voz ahogada, mirando a la ventana.

- Pero vendrá para cenar, ¿verdad?

La niña escuchó como la mujer soltó un sollozo y se tapaba la cara para que su pequeña hija no la viera llorar.

Ahí fue cuando lo entendió.

Su papi no volvería con ellas.

Con las lágrimas inundando sus ojos cafés, con ayuda de sus pequeñas bracitos, se lanzó al cuello de la joven mujer y comenzó a acariciarle la cabeza suavemente.

- Vamos a estar bien mami.

La joven mujer lloró más fuerte y las lágrimas se deslizaban como ríos por sus mejillas.

Se habia reprimido de llorar por su difunto marido hasta que la encontraran.

Maldecía constantemente, lo cual no era su manera de ser, la mala suerte de su marido.

Que al haber salido a buscar a Kagome, habia sido atropellado por un conductor ebrio.

No habia podido derramar las lagrimas ni darle un duelo digno a su esposo, ya que se encontraba preocupada por su pequeña niña.

Si bien, al dia siguiente del fallecimiento, habían encontrado a la niña, tuvieron que llevarla al hospital por que habia sufrido deshidratación por el asfixiante clima que azoraba las callejuelas de Tokio.

Pero ahora, en los brazos de su estrella, pudo llorar y soltar amargos gemidos que salían desde el fondo de su corazón. Su pequeña niña entendia. Kagome era la que era fuerte por ambas.

Después de ahogarse en sollozos un buen tiempo, no supo si eran horas o minutos, el tiempo habia pasado y los brazos que se apretaban a su alrededor no se habían movido ni un apice, decidió levantarse. Se limpió las mejillas empapadas por las lagrimas, besó la frente de su pequeña y se juró a sí misma, que ella era la que sería fuerte por todos.

Por Kagome.

Por Souta.

Por Ji-chan.

Por Takeda.

Por sí misma.


Vislumbrando una luz, la azabache comenzó a correr por el vacío.

Corrió y corrió con todas las fuerzas que le permitían sus piernas.

Su cabello se ondeaba a su alrededor mientras sentía que se le acababa el aire de los pulmones y que la luz se encontraba igual de lejana.

Se detuvo, y visualizó a Inuyasha.

Se acercaba a ella con los brazos extendidos y corría como si el alma se le fuera en ello. Con una sonrisa, la azabache comenzó a trotar a su encuentro.

Abrió los brazos, pero nunca pudo sentir el abrazo de vuelta por parte de Inuyasha. Miró tras ella y encontró que acunaba a Kikyo entre sus fuertes brazos y se quitaba el traje de rata de fuego para depositarlo sobre los hombros de la sacerdotisa, que posteriormente le dedicó una sonrisa dulce.

Fue entonces cuando la historia de Kikyo e Inuyasha pasó ante sus ojos.

Sintió el dolor de ambos al sentirse traicionados por el otro.

Sintió la impotencia de no estar con el ser querido.

Sintió el fuerte amor que se habían demostrado.

Y eso resquebrajó su corazón en más partes de la que ya lo estaba.

Fue ahí cuando entendió que Inuyasha nunca sería para ella.

Que había soñado tanto con las historias de amor que veía que pasaban en tantos lugares, de la que Inuyasha y Kikyo eran participes.

Que ella quería sentirse amada y necesitada de igual manera.

Con una sonrisa triste se resignó, Inuyasha no la amaba y debía dejarlo en paz. Debía entender que no estarían juntos.

Se llenó de impotencia al darse cuenta de que ella estaba dispuesta a dejar su vida por vivir al lado de su amado hanyou, pero ¿Qué pensaría Inuyasha?

Estaba bastante segura de que Inuyasha no dejaría su vida para vivir en el futuro con ella. Si bien, amaba a sus amigos de la época feudal, sabía que ella no pertenecía al Sengoku Jidai, y nunca hubiese querido que Inuyasha abandonara su vida para entrar a otra que no le pertenecía.

Se preguntó cuántas veces había visto a Kikyo en ella.

Cayendo de rodillas, se abrazó las piernas con fuerza y comenzó a sollozar.

Quería olvidar.

Quería que no hubiesen pasado tantas cosas.

No quería que su papá muriera, no quería que Bankotsu hubiera ido tras ella en el pozo, no quería haber conocido a Inuyasha jamás.

No.

Nunca se arrepentiría de todas las cosas que habían pasado.

Porque si su padre no hubiese muerto, nunca hubiera conocido a Inuyasha jamás, y si Inuyasha no le hubiese roto el corazón, no hubiera conocido el lado pasivo de Bankotsu.

Pero la vida no se basaba solamente en las cosas que hubiesen pasado o no.

Se abrazó a sí misma con mayor fuerza mientras las lágrimas surcaban sus pálidas mejillas.

Kagome.

Escuchaba que la llamaban pero decidió no darle importancia. Lo más probable es que ya estuviera alucinando.

Kagome.

Era una mujer, se dijo. Era una voz suave como el terciopelo y fresca como un río de verano. Decidió no pensar más, y pensó que si moría, estaba agradecida porque la muerte la recibiría con una mujer de bella voz. Se preguntó si es que en verdad había un cielo y un infierno. Si de verdad habría lo bueno y lo malo. Que si cada quien al morir va a una parte distinta según lo que hiciera en su vida. Se preguntó si iría al cielo.

Cerró los ojos y se dejó envolver por la suave voz que la arrullaba.

No eres débil, Kagome.

Ahí fue cuando abrió los ojos sorprendida, y su exclamación fue aún mayor cuando encontró a una mujer con largos cabellos negros, con piel blanca y suave, con un traje de Miko y sobre éste una armadura. La miraba fijamente con unos ojos cafés que le introducían la paz en cada resquicio de su alma.

Era Midoriko.

Con suavidad, la Miko tomó a Kagome entre sus brazos y la acunó con fuerza.

- ¿Te sientes mejor?- preguntó la mujer de oscuros cabellos mientras la observaba con curiosidad.

La azabache se dijo que la joven sacerdotisa era como un chocolate en el crudo invierno, se encontraba ahí cuando de verdad se necesitaba, por lo que dejándose abrazar, suspiró y asintió lentamente.

La mujer la tomó de los hombros para que la mirara y le dijo:

- Cada quien es tan débil como quiere ser, ¿eso quieres, Kagome? ¿Quieres seguir pensando que eres débil?- interrogó la mujer que la miraba con decisión.

- Pero… - intentó responder la azabache, siendo cortada por la sacerdotisa.

- No pienses en los demás, ¿crees que lo eres, Kagome?

La colegiala meditó su pregunta, y después cuando se aclaró su mente, negó con la cabeza. La creadora de la perla de Shikon miró con ternura a la portadora de la joya de las cuatro almas.

- ¿Entonces qué es lo que estás esperando?- preguntó la mujer con curiosidad.

Sabía que a la muchacha le quedaba un espinoso camino por recorrer, pero sabía que ese gran corazón que tenía era más fuerte que el de todos los que la rodeaban. La miró con curiosidad esperando su respuesta.

- Necesito ayuda- dijo Kagome para sí misma.

La mujer la vio con amor reflejado en sus ojos y la abrazó fuertemente.

Kagome sintió que todo le daba vueltas, y que el vacío temblaba para dar paso a una vertiginosa sensación de espiral.

Estaba parpadeando lentamente cuando la voz de un mercenario de ojos azules la observaba con una sonrisa arrogante y Midoriko le susurraba:

- Recuerda Kagome, no eres débil, eres la guardiana de la Shikon y si te abrieras a las posibilidades, te dieras cuenta de que estas menos sola de lo que piensas.

Sonrió y agradeció a la mujer, perdiéndose en el mar azul de ese iris que la rodeaba y con una sonrisa adornando en sus labios, cerró los ojos dejándose llevar por la calidez que la rodeaba.

Linitha-Chan*


hola hola :)

Gracias a:

yuli

Nicole Ig

Aidee Gv

euridice

rogue85

Nina Shichinintai

Threylanx Schwarze

Fallen Angel

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Nina Shichinintai

rogue85

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GabiiSesshYue

anny

miko kaoru-sama

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valquiria26

Pamalg

Pao 59

Aniz

frangarrido1993 (que por culpa de tu review me animé a leer todo de nuevo, para poder darle sentido a lo que tenía por ahí escrito)

TsukihimePrincess

Patty

por dejarme reviews que me animan a continuar la historia.

Nos leemos en el próximo capitulo...

Saludos :*