Capítulo 11
Cara:
Estaba segura de que ese rubor estaba permanentemente en mis mejillas. Cuando Sam, Jared y yo conseguimos llegar hacia Jake por fin, casi era demasiado tarde. Y él estaba completamente desnudo. Intenté mirar a otro lado, pero no pude evitar las miradas ocasionales mientras lo llevábamos a casa.
Era precioso. De verdad. Incluso golpeado, maltratado y roto, no pude por más que maravillarme ante su pecho y… otras extremidades. Un deseo incontrolable se mezclaba con la abrumadora preocupación. El corazón aún no se me había tranquilizado.
Durante toda la noche me paseé por la sala de espera del hospital. Al final habíamos tenido que llevarlo al hospital de Forks, ya que el de la reserva no estaba tan… actualizado. Me movía nerviosa constantemente para no híper ventilar. ¿Y si tenía hemorragias internas? ¿Y si no podían curarlo? ¿Y si…?
No podía hacerme a mí misma pensar el último y si. Miré a Billy en su silla de ruedas, la cara arrugada con una preocupación casi tan intensa como la mía. Cuando su mirada se cruzó con la mía, yo fui la primera en desviarla. Sentía que esto era por mi culpa. Si tan sólo hubiera sido más rápida, quizás él estaría bien y quizás hubiéramos atrapado al tío.
Tantos "y si"es y "si tan sólo"s y "quizás"es.
Tras horas de espera, estaba cerca de las lágrimas, con un bulto del tamaño de Guam(1) alojado en mi garganta. Más que nada, quería llorar. Deshacerme así de mi dolor y angustia.
Finalmente, el Doctor Cullen (uno de los vampiros que nos pidieron ayuda) salió, su cara cerrada y sin expresión. Sus ojos eran dorados y extrañamente hipnóticos. Sonrió cuando se dio cuenta de que me había quedado mirándolo y bajé la mirada sonrojándome.
-Tenía cuatro costillas rotas, un brazo fracturado severamente y recibió una conmoción seria del golpe en la cabeza, junto con varios arañazos y cortes. Pero estará bien con el tiempo –no estoy segura de si se dio cuenta de lo cerca que estuve de echarle los brazos al cuello allí mismo, pero el olor fue suficiente para pararme.
-¿Cuándo puedo… podemos verle? –pregunté, ansiosa por ver la sonrisa de Jake, de sentir su caluroso contacto.
-Estará inconsciente unas horas, pero cuando se despierte podréis visitarlo un rato. Podréis llevarlo a casa en unos días. Aunque necesitará descansar. –dijo el Dr. Cullen (haciéndome sonrojar por lo que su mirada ocultaba) y, con un asentimiento, él y Sam desaparecieron en su oficina.
Me hundí en mi asiento, deshecha y agotada. El aire de la sala de espera parecía mucho menos tenso, menos coartado, y por fin se podía respirar. Embry me cubrió el hombro con el brazo mientras suspiraba y Paul reía nervioso.
-Está bien –murmuró Quil, para hacérselo creer a sí mismo, y lo repitió más alto- ¡Él está bien!
Quil, Billy y yo esperamos horas hasta que Jacob despertó. Jared y Paul se fueron a casa por la noche, pero prometieron darle alguna excusa a mi padre. Además, Paul tenía clase por la mañana. De repente me di cuenta de que yo no tendría que ir. Gracias a Dios.
Los minutos pasaban tan despacio que sentí que fueron años hasta que una mano caliente me despertó suavemente. Habían pasado cinco horas y casi no lo había notado, imágenes al azar me venían a la memoria. Estaba apoyada en el hombro de Quil, tan cansada que podría haber dormido días.
-Está despierto –susurró, y todo rastro de sueño se esfumó. Quil me enseñó esa sonrisa dulce y tontorrona mientras nos levantábamos.
La enfermera nos llevó a su habitación de la UCI y de repente me entraron los nervios. No quería verle y, al mismo tiempo, sí quería. No quería ver lo herido que estaba, cómo de grave era el daño. Pero, al mismo tiempo, lo necesitaba, para asegurarme de que estaba realmente bien. Eso era lo único que podía hacer que mi corazón dejara de revolotear y dolerme.
Una puerta se abrió, y ahí estaba. Encaramado contra unas doce almohadas, con el brazo escayolado en un cabestrillo. Parecía que acababa de sobrevivir a una guerra. Tenía el labio partido y la cabeza vendada. Sin camiseta, solo una escayola que no parecía demasiado cómoda que le mantenía incorporado rígido en la cama. Cuando nos vio, intentó sonreír, pero hizo una pequeña mueca.
-Oh, Jake –dije suavemente, y me puse a su lado en un instante, cogiéndole la mano que no tenía herida. Había pequeñas líneas rosas sobre todo su brazo, el recordatorio de heridas largas y profundas, y arañazos que se estaban curando rápidamente en el hombro y algunas en el cuello.
-No es nada –dijo, quitándose de encima mis miradas de preocupación. ¿Nada? Podría haberlo aplastado un tren.
-Tío… me ha atropellado un coche antes y puedo decir honestamente que esto es algo. –Quil cruzó los brazos sobre el pecho. Durante un segundo me pregunté dónde estaba Billy, pero aparté el pensamiento.
-Ya me siento mejor –el falso optimismo de Jake era casi peor que si se hubiera echado a llorar. Eso significaba que sabía lo cerca que había estado y estaba intentando olvidarlo. Nunca aprendería.
-Jake –dije desaprobadora, pero no podía gritarle, sin importar cuánto quisiera hacerlo. Además, no se lo merecía. Debería haber sido más rápida. Y él también debería haberlo sabido.
Hablamos un rato, intentando no sacar lo que iba a salir más tarde. Y tras unos minutos, vi cómo empezaba a marchitarse, los ojos se le cerraban. Suavemente, me incliné y le di un beso en los labios, con cuidado de la herida que ya se estaba curando. Segundos más tarde, estaba durmiendo sonoramente.
-Entonces, ¿necesitas que te acerque a casa? –preguntó Quil en el vestíbulo, haciendo sonar las llaves del Rabbit en frente de mí.
Una idea repentina me vino a la cabeza. Mi padre me mataría si no volviera a casa, Jake me mataría sólo por pensar lo que estaba pensando. De hecho, yo también estaba asustada de que lo que iba a hacer me mataría, pero pensé que era lo correcto.
-No… pero volveré a La Push más tarde, ¿vale? –me fui por el vestíbulo rápidamente, sin girarme y sin esperar una respuesta de Quil.
-¿Por qué tengo un mal presentimiento sobre esto?... ¡¿Cara?! –me llamó, pero mi plan ya estaba establecido. Con suerte, no me arrepentiría demasiado. Había empezado a llover en Forks, como siempre, y me puse la capucha de la sudadera, sin estar segura de a dónde iba, pero confiando en que mis sentidos me guiaran.
Automáticamente cogí la esencia, ese aroma no demasiado vivo pero tampoco muerto del todo. Estaba esparcido por toda la ciudad pero había uno en especial que estaba buscando. Unido a champú de fresa y no tan fuerte como los otros…
Esperaba que Isabella Cullen no tuviera planes, porque estaba de camino. Teníamos que hablar.
(1) Guam es una isla del Pacífico.
