Ningún personaje me pertenece, las dueñas son CLAMP. Excepto Daiki, Daiki es mi bebé.
¿Por qué las cosas no podían salirle redondas? Alguien de allí arriba la odiaba, pero más odiaba al estúpido de Li, quien se había propuesto pisotear su dignidad como sea. Si quería jugar duro Sakura Kinomoto lo haría, ¡y encantada! No permitiría que ese niño mimado le hiciera la vida imposible; ella le enseñaría que jugar con fuego es peligroso y él que era inmune a las quemaduras de alto grado.
"Dulce Venganza"
'Asuka-hime'
Capítulo Extra II: My dilemma, my hero.
(Syaoran)
Miércoles, 8 de julio.
A pesar de que el día era gris y pesado, seguía los pasos de las personas de mi clase hacia nuestra próxima asignatura: educación física. El aire era tan pesado como mi caminar. En realidad, no parecía un día de verano si no fuera por el agobiante calor que llegaba a hacer, el cielo encapotado había provocado que este se tornara oscuro, asemejando a una cárcel en la que no veía escapatoria.
Al estar al final de todo el grupo de compañeros que iban camino al gimnasio, no obstaculicé a nadie cuando me detuve a mitad del paseo —con las manos en los bolsillos— para comprobar que, efectivamente, no traspasaba ni un ínfimo rayo de sol por aquella gruesa capa de nubes. Sin embargo, este tiempo no me desagradaba. Mientras el clima no se tornara frío, me importaba poco que lloviera o tronara.
Cuando volví la mirada a la tierra, no encontré rastro de la clase por ningún lado, así que tuve que apurarme a llegar a nuestra siguiente asignatura antes de ganarme una falta, hecho que deseaba evitar a toda costa cuando recién acababa de llegar de Hong Kong. No quería que ningún profesor me introdujera en su lista negra innecesariamente y justo es en este periodo donde más vigilan al alumnado; buscando recalcar con rojo todos tus fallos y luego darte por perdido mientras bajan las notas sin razón.
Si me encontraba aquí era por una serie de condiciones que debía mantener y entre ellas también estaba conservar mis notas.
Tuve suerte y llegué justo a tiempo debido a que ninguno de mis compañeros se había cambiado la vestimenta. Una vez que yo tuve la ropa deportiva en mis manos, procedí a dirigirme a los vestuarios masculinos y allí me cambié. Cuando salí hacia la pista, el profesor ya nos estaba esperando en la mitad del campo con una pelota de fútbol en las manos. Fuimos él y yo en medio de la nada durante unos minutos en los que él disimuló con su libreta para no establecer conversación conmigo, cosa que agradecía.
Una vez que todos hicieron un círculo, que tenía más forma ovalada que circular, el profesor comenzó a indicar lo que haríamos en la clase. Después del calentamiento, la pelota de fútbol rodó hasta los pies de un chico, el cual la cogió con cuidado y procedió a formar su equipo, combatiendo por llevarse a los mejores antes que su rival. Aún no había conseguido aprenderme el nombre de ninguno de los dos.
—Sora, conmigo.
—Shino, aquí.
—Entonces… Mmmm… —Sus ojos aguamarina pasaron entre yo y un chico con la mirada perdida en uno de sus compañeros que estaba en el otro equipo, supongo que porque quería ir allí. Algo me dijo, más tarde, que el de ojos claros se percató de ello, así que por eso me señaló y sonrió—. ¿Cuál era tu nombre?
—Li. Syaoran Li.
—Muy bien. Yo soy Miyamoto Daiki, ¿te vienes a mi equipo?
Como no me importaba el equipo en el que tuviera que formar parte, me encogí de hombros y me coloqué con el resto para recibir órdenes del capitán, el tal Daiki Miyamoto. Nos dividió según nuestras cualidades y guardó a uno de gafas y ojos azules conmigo de comodín.
—Venga, chicos, vamos a darles una paliza —bramó, antes de dirigirse a su puesto. Justo en el último segundo antes de que la moneda girara y decidiéramos quién empezaba, se giró hacia mí y me gritó, con una sonrisa—: ¡Li, confío en ti!
Yo fruncí el ceño.
¿Qué mierda significaba eso? Ni si quiera me conocía de nada. ¿Por qué se permitió tener tantas confianzas?
Le hubiera preguntado, o rechistado, mejor dicho, si no fuera porque el balón se puso en juego y me vi obligado a correr detrás de un jugador del equipo contrario para evitar que avanzara mucho más allá en nuestro campo. Pude quitársela sin ningún problema y evitando hacer mucho contacto con él para que no se quejara o me echara la culpa de algo. Mi equipo dejó de utilizar la pose de defensa y pasó al ataque. Yo, mientras, intentaba correr todo lo que podía para ganar terreno y luego ya la pasaría para que hicieran la jugada aquellos que tenían dicha función. Sin embargo, casi fui interceptado en el camino. Y digo casi porque visualicé al tipo de las gafas en mi campo de visión a tiempo para que lograra entregársela. Los delanteros hicieron el trabajo que yo no debía hacer y enseguida tuvimos un punto en nuestro marcador.
El profesor nos daba de vez en cuando indicaciones y nos felicitaba por algunos pases. Yo tocaba el balón siempre que fuera totalmente necesario y para echar a correr entre los jugadores, preferí no monopolizar mucho tiempo el juego porque esto se trataba de un deporte de equipo.
El resultado fue favorecedor para nosotros. Ayudé a un par de goles con mis pases. No obstante, todo había que decirlo, el otro equipo no había jugado nada mal. Fue tanta su perseverancia que ahora me encontraba agotado y con ganas de beberme toda la fuente. Y a eso fui, sin esperar encontrarme con un montón de personas haciendo cola y charlando entre ellos. Yo me situé en el último lugar y esperé pacientemente a que el resto se echara agua en la cara y bebiera hasta saciarse. Cuando fue mi turno, hice exactamente lo mismo o al menos hasta que una mano se posó en mi espalda y tuve que dejar de beber.
Las gotas que resbalaron por mi pelo descendieron hasta mi barbilla para morir ahí. Mas no intenté deshacerme de ellas o sacudir la cabeza para que mi pelo se librara de parte del agua que le eché, no le di importancia a nada de eso. Aunque sí a que Miyamoto hubiera sido el que me había dado un toque de atención y que fuera él el que me sonreía ahí plantado, esperando a que terminara de beber.
—Buen partido —halagó.
—Lo mismo digo.
Su mueca se torció un poco, como si no estuviera de acuerdo en lo que acababa de decir, mas no rechistó. Creyendo que no diría nada más, volví a beber agua para que él también pudiera hacerlo y fuera a clases, tal y como haría. No obstante, volví a ser interceptado por sus ojos.
—¿Sabes qué tenemos ahora?
Suponiendo que se referiría a la clase murmuré de memoria:
—Japonés.
—Puf, no tengo ganas.
—Ya, yo tampoco.
Silencio. Asumí que este era el fin de la conversación, erróneamente.
—¿Te vas a acostumbrando a Tomoeda?
—Algo así —contesté, encogiéndome de hombros—. No es un mal lugar.
—En absoluto.
Parecía que iba a volver a decir algo más, por eso me quedé, sin embargo, una cosa situada detrás de mí le distrajo. Sus ojos azules se encontraron con los de alguien que le hizo sonreír y levantar una mano para saludar. Pareció ser correspondido porque agrandó la sonrisa y sus mejillas se tornaron un poco rojas. Evité el girarme a comprobar quién era porque no me interesaba, después de todo sólo era una conversación que él se había empeñado en establecer, yo no tenía nada que ver en su vida ni él en la mía. No obstante, más tarde la persona a la que saludó se cruzó por nuestro lado y le dijo algo que no entendí pero que le hizo soltar una pequeña risita. Comprobé que era la chica que se sentaba delante de mí y que también se había propuesto a intentar hablarme, sobre todo por las mañanas, pues no había una que no me saludara.
Eran tal para cual. Ambos parecían la réplica del otro en sexos totalmente distintos.
—Me marcho —anuncié, introduciendo las manos en los bolsillos.
—Está bien —murmuró, sonriente, antes de acercarse a la fuente y beber agua—. Gracias por el partido, Li.
No me detuve. Escuché eso último de espaldas y, sin embargo, me pareció tan lejano como si estuviera al otro lado del mundo. Si había algo que no entendía era su afán en agradecer algo que hubiera tenido que realizar, pues si no era con él, hubiera sido con el otro capitán, y menos por qué parecía tan sobresaliente para él algo tan extraño como eso, porque era evidente que le resultaba importante cuando no paraba de repetírmelo.
Daiki Miyamoto era alguien raro.
Jueves, 9 de julio.
De pasada, me había enterado por qué nadie se había atrevido a acercarse a mí. Esta mañana no fueron cuidadosos en saber si estaba yo cerca y casualmente tenía la música en silencio, porque estaba buscando una canción en concreto, cuando un grupo empezó a despotricar hacia mi persona. Si había escuchado bien, supuestamente daba miedo. Se habían montado una historia tan increíble que casi me echo a reír en el momento porque imaginación sí que tenían. Sólo les faltó decir que tenía quinientos años y vivía en los Cárpatos. Probablemente ya se le hubiera ocurrido a alguien ambas cosas, no me extrañaría.
No obstante, no me importaba.
En realidad, no necesitaba personas a mi alrededor que se creyera semejantes historietas, prefería continuar como ahora. Tampoco es como si hubiera empeorado al llegar a Tomoeda, en Hong Kong la única persona más cercana a mí en el colegio era Meiling, el resto sólo se aproximaba a mí para preguntarme por los ejercicios, apoyo en matemáticas o una cita. Aquí no se habían dado ninguno de los casos todavía, gracias al cielo. Estaba acostumbrado a la soledad y no me molestaba, al menos así no tendría que aguantar comentarios idiotas o personas que tenían como objetivo algo de mí. La verdad es que me aliviaba en cierta forma que se hubieran inventado eso.
Prefería quedarme aquí mirando cómo la gente salía camino a la cafetería después de que sonara la campana. Se había hecho costumbre que, en las semanas que llevaba aquí, me quedara a comer en la clase solo. Me entretenía mirando por la ventana y disfrutando del escaso aire que me ofrecía la altura y las ventanas abiertas. Porque, a pesar de que siempre llevaba la camisa remangada y me había desecho de la corbata en este tiempo, tenía un calor de infarto.
Así pasaba el tiempo hasta que la gente empezaba a entrar de nuevo. No obstante, hoy no fui consciente de que no seguiría con mi habitual rutina; no hasta que unos pasos se acercaron a mí.
—¿Li?
Dejé de reposar la cabeza entre las manos y la giré hasta encontrarme con dos ojos aguamarina que reconocí al instante.
Era el chico extraño de ayer. Su nombre… ¿Miyoko? ¿Misaki? ¿Miya… Miyamoto? Daiki, Daiki Miyamoto. O al menos eso creía.
—¿Hmp?
Preferí no arriesgarme y contestar con un gruñido. Fue lo que necesitó para situarse enfrente de mí y echarse en la silla de la persona que se situaba delante de mi pupitre.
—¿Qué haces aquí? —Señalé mi almuerzo como respuesta. Él arqueó una ceja y se cruzó de brazos—. ¿Comes solo, en la clase?
—No le veo el problema.
—¿Le tienes alergia al sol o algo?
—No —gruñí. No me agradó su burla—. Aquí hace aire.
Supongo que esa fue la explicación exacta que necesitó pues su boca formó un círculo perfecto antes de asentir un par de veces con la cabeza. Por desgracia, no parecía venir precisamente a que le diera explicaciones innecesarias.
—Oye, conozco un sitio donde hace también aire. —Se mantuvo en silencio, esperando una respuesta de mi parte que nunca llegó—. ¿Por qué no vienes?
Arqueé una ceja.
Empezaba a sospechar que me había equivocado. No era raro, era de otro mundo. ¿Acaso me había visto cara de ir con cualquier persona sin saber qué mierda quería? Y más después del rumor que escuché. Probablemente querría algo, personas como él eran las primeras que engañaban con su sonrisa habitual, el ligero color de sus mejillas y ese aire pacífico. Sin embargo, a pesar de que todas mis alarmas saltaban por el peligro, rezumaba inocencia en su mirada.
Había empezado a notar que su mirada era bastante expresiva y que gracias a ella podía comprobar algunas cosas, como que parecía alguien que no sabía llevarse mal con nadie, sonriente, charlatán, genuino, pero —sobre todo— inocente. Supongo que por eso me encogí de hombros.
Lo que no esperé fue que su sonrisa creciera de golpe y suspirara aliviado.
—Creía que rechazarías la invitación —soltó, con cierto regocijo al no haber tenido razón esta vez.
—¿Por qué tendría que rechazarla?
—Siempre se te ve muy solo —murmuró pensativo, con un dedo en la barbilla y la mirada en algún punto del pulcro techo—. No sabía si no querías estar con nadie. Pensaba que si realmente era así, creí que te molestaría que fuera tan directo y me mandarías a volar lejos. Estoy contento de que no haya sido así.
Su sonrisa de oreja a oreja calcaba sus palabras en su rostro, el cual era perturbado por esa mueca de felicidad que coloreaba sus mejillas. Yo me sorprendí por su franqueza y sinceridad. Aunque había notado que no era una persona que se guardara lo que pensara, no creía que fuera tan directo.
No dije nada. ¿Qué mierda iba a decir? Parecía que me había equivocado y, más que extraño, Miyamoto era una caja de sorpresas que no sabía si quería descubrir. Algo me decía que una vez dentro sería difícil escapar, no sabía si eso era de verdad lo que quería. Era o arriesgarme a conocerle o…
En realidad no quería averiguar la otra opción.
—¿Entonces vas a decirme dónde es?
El brillo de sus ojos creció antes de asentir, decidido. Dejó de apoyarse en la mesa y pasó por mi lado para dirigirse a la salida y así enseñarme el lugar, aunque antes me guiñó un ojo y susurró:
—Sígueme, prometo no violarte.
Sentí las comisuras de mis labios elevarse ligeramente y me levanté, dispuesto a seguirlo.
—¿Por qué no?
—Porque si te dejas no es violación —se mofó.
Con otra persona me hubiera sentado como una verdadera patada en el trasero que dijera eso. Normalmente odiaba que bromearan sobre mi persona, no obstante, Miyamoto tenía un aura de tranquilidad y llena de sonrisas que lograba que al menos pudiera permitirme bromear sobre cualquier cosa. A pesar de que no sabía en realidad cómo era y no le conociera de nada, no me importaba que actuara así. Es más, le prefería así antes que agradeciendo cualquier cosa y sonriendo por un comentario que dijera. Me resultaba más cómodo lidiar con Miyamoto en tal estado.
Salimos de la clase bromeando sobre quién de los dos realmente se dejaría violar por el otro. Él no paraba de reír durante todo el trayecto hasta el recibidor donde ambos callamos y empezó a adelantarse. Sus zancadas eran más largas que las mías y parecía más ilusionado por llegar que yo, aunque a pesar de eso, estuvo pendiente de que el marguen que nos separaba no fuera muy extenso y que todavía seguía allí. Todo el rato. Como si temiera que de un momento a otro me esfumara como el polvo y no volviera a lograr hablar conmigo.
Una vez fuera de las cuatro paredes que nos rodeaban, decidió dejar de adelantarse dos pasos delante de mí y se situó más cerca, dejando ver la diferencia —mínima, mas diferencia al fin y al cabo— de altura entre él y yo, unos centímetros a su favor. Las afueras del instituto parecían plagadas de gente masoquista que se exponía al sol con tanta vitalidad. La gente corría de aquí para allá con agua en las manos o globos, otros preferían resguardarse del criminal astro, que en esta época del año parecía más arrebatador que nunca, muchos estarían desaparecidos en la cafetería o en el lugar más fresco del colegio.
Me preguntaba a dónde me llevaría y cuál era ese lugar tan apacible y tranquilo, según habían transmitido sus ojos. Podría decirse que una poca curiosidad me carcomía y él no parecía darse cuenta en absoluto. Distraído, en su mundo, caminaba sonriente. Parecía que flotaba sobre una nube frágil durante todo el rato, es como si viviera en una realidad paralela a la mía.
—¡Miyamoto!
Casi me choco con él porque el margen entre ambos era muy escaso para reaccionar. Por suerte, tuve los reflejos suficientes para no terminar estampando mi barbilla en su hombro, habría dolido bastante.
—¡Kinomoto!
Elevó una mano y la agitó como respuesta a la chica que le saludaba, la cual se levantó corriendo, tras pronunciarles unas palabras a sus amigas, y se acercó a nosotros con una gran sonrisa en la cara. Cuando llegó, colocó las manos detrás de ella y cerró los ojos. Miyamoto tenía la misma cara.
—¡Hola, Miyamoto! —Al abrir los ojos se percató de mi presencia. Su sonrisa fue más pequeña pero no menos luminosa—. Hola, Li. —Cabeceé como respuesta, como siempre solía hacer cuando me hablaba. Se dio por satisfecha con eso y volvió a dirigir sus ojos verdes a los aguamarinas—. ¿Adónde vais?
—Voy a enseñarle un sitio a Li.
—Ya veo… —Me observó de reojo. Creí que molestaba durante unos segundos, ni si quiera sabía qué relación mantenía ella y Miyamoto, no obstante, parecía bastante cercana. Por desgracia, era una caja de sorpresas porque, en vez de mirarme de nuevo y esta vez recelosa de lo que pudiéramos realizar o de encapricharse por acompañarnos, volvió a plantar esa mueca de felicidad absoluta y susurró—: ¡Me alegro mucho de que estés con Li, Miyamoto! ¡Pasad un buen rato!
Tras eso, echó a correr por donde había venido, despidiéndose de ambos con la mano, una vez que le dio un rápido beso en la mejilla a Miyamoto y le susurró que luego hablaría con él y algo de que estaba agradecida. ¿La razón? Ni idea. Probablemente no tendría que haber escuchado ni visto eso, así que no pregunté absolutamente nada. No era nadie para meterme en sus asuntos.
Esperé hasta que Miyamoto reaccionó una vez que la vio sentada en su lugar. Parecía que ese beso le había desconcertado un poco, como si realmente no se lo esperara. Mas, siendo él, no le veía actuando de otra forma ante un beso. Le conocía poco, sí, sin embargo, su forma de ser no me gritaba que le fuera impasible el contacto físico o pudiera reaccionar como si nada. Aunque bueno, todo eran suposiciones, no era nadie en su vida como para saberlo a ciencia cierta.
Esta vez andaba medio en la luna, probablemente pensando en miles de cosas. No interrumpí sus pensamientos ni para preguntarle si realmente sabía a dónde íbamos. Me entretuve en observar su grado de rojez, el cual —desde que le dio el beso hasta ahora— no había disminuido casi nada. Al contrario, parecía ganar un color cada vez más vivo y brillante.
Todo esto, sin embargo, no le impidió ser consciente, aunque yo creía que sí, de dónde estaba porque al rato se detuvo en la nada. Yo me detuve un par de pasos adelante debido a que no esperaba que se parara de repente, no mostró signos en ningún momento de que lo haría. Me giré un poco, preguntándome si le habría pasado algo o alguno de los pensamientos que le estaban asfixiando había sido el causante de que quedara estático.
Estaba incómodo —hasta el punto de que esta vez fui yo el que se sonrojó— porque no entendía bien qué estaba haciendo aquí con él todavía, porque a él parecía agradarle que le hubiera acompañado, porque no sabía bien si estaba haciendo lo correcto y por qué parecía agradarme tanto su compañía. Al menos era liviana. Lograba calmar a la gente de su alrededor con su aura modesta y tranquila. Inspiraba una confianza que no sabía si realmente necesitaba en mi vida. En realidad, más que requerir era si de verdad podía confiar en ella. Esperaba que en cualquier momento me proporcionara la puñalada trapera y se riera de mí por actuar de forma tan inconsciente y aceptar su compañía.
Mas no hice nada por evitarla.
Él se sentó en el césped y más tarde se estiró, colocando las manos detrás de su cabeza, admirando el celeste cielo desde lo más profundo de su pupila, grabando en ella toda la belleza que había allí arriba. Al ver que no le seguía, giró un poco la cabeza hacia mí y volvió a sonreírme mientras golpeaba el suelo de su lado.
Como si fuera un perro obedeciendo a su dueño, recorrí la distancia que había andado de más y seguí sus pasos, completamente en silencio.
No recordé cuál fue la condición para seguirle hasta que una ráfaga de aire revolvió nuestra ropa y cabellos. Le escuché inspirar hondo a mi lado y, al girar la cabeza, le hallé con los ojos cerrados y disfrutando del aire que era agradable en un día tan caluroso como este. Así: acostado, con la camisa hecha un desastre por remangarse las mangas, desabrochados un par de botones de la misma y alzando las manos hasta colocarlas de almohada, los ojos cerrados, una mueca de agrado reinando en su rostro —acariciado apenas por unos mechones de su pelo castaño que le hacían cosquillas en las mejillas coloradas—, parecía el doble de tranquilo que antes.
No le culpaba. En este lugar reinaba el silencio y la paz bailaba con cada hoja que el aire movía. A mí también me ayudó a cerrar los ojos y respirar profundamente, permitiendo que el resto de sentidos me guiara y pudiera sentir cada ráfaga de aire por todo mi cuerpo como la única.
Debería agradecerle luego por esto porque, por primera vez desde que llegué aquí y después de tantos años de peso sobre mis hombros, me sentía realmente bien. Como si cuando abriera los ojos estuviera el paraíso delante de mí, al alcance de mis manos: todas mis metas cumplidas, todo el peso liberado sobre mí y mi familia, todo más tranquilo, más…
Más agradable.
Lunes, 13 de julio.
El sol brillaba tanto que creía que me quedaría ciego, no obstante, tenía algo de masoquista y no retiré la mirada de la ventana en ningún momento y bajo ningún concepto.
A mi derecha, escuchaba la puerta abrirse y cerrarse. Mis compañeros de clase entraban y salían de esta con total libertad, saludándose entre unos y otros, haciendo los ejercicios lo más rápido que podían porque los habían olvidado, adentrándose en las otras clases para ver a sus compañeros… Y así todo el rato.
No tenía otra cosa más interesante que hacer que ser kamikaze e intentar perder la vista, ¿no?
Miré el reloj en mi móvil y suspiré. Aún quedaban unos minutos para la habitual entrada de Hiiragizawa, Yamazaki y Miyamoto. Normalmente llegaban con tiempo de sobra y se sentaban alrededor de la mesa de Hiiragizawa y la mía mientras hablaban. Se había hecho una costumbre, al menos así me parecía a pesar de que había sido sólo un día después de que Miyamoto decidiera comer conmigo, trayendo a sus amigos en el trayecto. Habían dicho que comeríamos por ahí en los recreos, juntos: los pasillos, alguna clase abandonada, la cafetería, los jardines próximos al recinto… Cualquier sitio era perfecto para sentarnos y disfrutar de nuestra comida.
Ellos hablaban y hablan, por eso fui el primero en terminarme el almuerzo y se burlaron de ello. Miyamoto, en apenas dos días, me había demostrado lo abierto y transparente que podía llegar a ser. También se encargó de defenderme cuando no hacía ninguna falta. Había empezado a comprender cómo era Hiiragizawa y mis contestaciones parecían agradarle más últimamente porque había logrado reducir sus burlas. También había aprendido que Yamazaki solía contar muchas historias increíbles y que era una gran e inteligente persona. Ciertamente, era un grupo bastante curioso.
Aunque eso no quedaba sólo ahí. La persona que se sentaba delante de mí, Kinomoto, estuvo el viernes hablándome durante todos los cambios de clase junto con Miyamoto. Seguía pensando que ambos eran exactamente iguales en muchos aspectos. Incluso se sonrojaban con gran frecuencia cuando hablaban de cualquier cosa.
Ese mismo día, Miyamoto me pidió antes de ir a casa mi número de teléfono y correo electrónico. No puse inconvenientes en dárselo porque aseguró que sólo era por si necesitaba algo realmente urgente. Tampoco es como si fuera un psicópata, no precisé de todas las explicaciones que me dio, sin embargo, me las tragué.
No había vuelto a hablar con ninguno desde entonces, así que imaginé que hoy tendrían mucho que contar y hablarían todo el día, más Miyamoto, que no parecía callar ni debajo del agua.
Bueno. No es como si tuviera yo algo importante que decirles.
—¡Felicidades!
Ni si quiera escuché la puerta abrirse o si lo hice, no lo recuerdo. No obstante, estaba claro que esa voz no podía ser de otra persona y menos esas confianzas.
Miyamoto corrió hacia mí y me abrazó por los hombros mientras con una mano me revolvía el pelo. Ejerció bastante fuerza con los nudillos, pero no por eso abrí los ojos tanto y me quedé estático en el sitio. No me esperaba que hiciera contacto físico tan de repente, sin embargo, su agarre sobre mi cuello asfixiaba.
Echó la cabeza sobre la mía y rio al ver mi expresión estupefacta. Ejerció un poco más de fuerza, esta vez sin hacerme daño, mas no evitó que cerrara un ojo e intentara reaccionar.
Porque… Diablos. ¿De qué mierda iba todo esto?
—¿Qué…?
—¡Feliz cumpleaños, Li! —rio, con tanta naturalidad como siempre.
Iba a quejarme, por fin, de que estaba tan cerca que le sentía revolver mi pelo con cada respiración cuando una mano golpeó mi espalda un par de veces. Hiiragizawa, acto seguido, se movió hasta mi escaso campo de visión con una sonrisa pequeña mas apreciable.
—Felicidades.
—Yo también te deseo un feliz cumpleaños —acotó Yamazaki.
Los pares de ojos curiosos de la clase nos miraron. De golpe, fui el centro de atención de todo el colegio por el estruendo que habían armado. Eso consiguió incomodarme tanto que volví a sentir calor en mis mejillas, extendiéndose hasta las orejas.
—¡Suéltame! —bramé.
Cerré los ojos con fuerza. Creía que al menos así haría desaparecer todas las miradas y el enganche que me inmovilizaba, sin embargo, me equivocaba. Y además de ver perfectamente en mi cabeza todas las cosas que me negaba a visualizar por los ojos, le sumé el hecho de que no sabía cómo narices habían logrado saber que hoy era mi cumpleaños.
Mierda. Aunque lo fuera, un espectáculo así…
—¡Felicidades!
Todo el silencio anterior se interrumpió por un coro de voces que me dijeron unas cuantas palabras. No quise saber quiénes eran, sólo cómo librarme del agarre de Miyamoto, aunque parecía misión imposible. Para cuando creí que había sabía la fórmula mágica para soltarme, la gente ya continuaba con sus cosas y una voz femenina, cerca de mí, procedió a felicitarme.
—Feliz cumpleaños, Li.
Al abrir los ojos me encontré con dos obres amatistas. Transmitían gentilidad y un sentimiento apacible que logró tranquilizarme un poco. Si no recordaba mal era amiga de Kinomoto, su nombre era… ¿Daidoji? ¿Puede ser? El caso es que daba una imagen totalmente contraria a la de su amiga. Había notado que era más observadora y estaba muy pendiente de ella, como si temiera que en cualquier momento se resquebrajaría. Allí estaría ella para coger todos los trocitos y recomponerla, así tuviera que tirarse años. Era como un ángel de la guardia para Kinomoto, no obstante, esta no parecía notarlo.
Es más, había empezado a notar que probablemente Kinomoto no le fuera indiferente en algún que otro sentido. Sin embargo, no me metí en eso. Supongo que ella sabría bien lo que quería y había decidido los pros y contras de la situación, era una chica con bastante sensatez.
Iba a contestarle cuando la puerta se abrió de nuevo y un saludo de buenos días inundó la habitación. La sonrisa que me había dedicado Daidoji se extendió hasta tal punto que cerró los ojos. Acto seguido dejó caer las cosas en su sitio, esperando que el remolino se acercara. No tardó mucho en llegar a su sitio con una sonrisa de oreja a oreja que nos dedicó a todos cuando se dio cuenta de que estábamos detrás de ella.
—Buenos días, Hiiragizawa. Buenos días, Yamazaki. Buenos días, Miya… ¡Oh, Li! ¡Feliz cumpleaños!
Temí que también decidiera comportarse como Miyamoto, ya dije que eran muy parecidos, mas ella no se abalanzó sobre mí. Sus mejillas se colorearon de carmín y sus ojos verdes brillaron bajo la luz que el sol dejaba caer sobre nosotros. Sonrió. Una sonrisa de oreja a oreja. Parecía realmente feliz de que fuera mi cumpleaños y que pudiera felicitarme. No comprendía por qué ni el entusiasmo de todos por algo tan pequeño como eso.
El caso era responder.
¿Tenía que hacerlo? Porque, mierda, ¿cómo sabían que era mi cumpleaños si no dije absolutamente nada?
—¿Cómo sabéis que es mi cumpleaños?
—Estuve investigando en tu correo —soltó Miyamoto, dejándome libre de su agarre por fin y estableciendo contacto visual conmigo—. ¿Acaso no es hoy?
¿Por qué estaban tan interesados en mí? Porque, por las caras atentas del resto, todos parecían haber estado metidos en el asunto aunque fuera él el que encabezara la investigación. No lograba entender tanto interés en mí, mas lo dejé estar esta vez, algunos parecían ilusionados con esto.
—Es hoy.
Su rostro se iluminó de golpe, probablemente porque creía haber metido la pata con el comentario.
—¡Menos mal! Creía que había visto mal y…
—Todos a sus asientos.
El profesor detuvo su, seguramente, larguísima charla de disculpa y sofocación por haber creído que fallaba. No se había dado cuenta de que no me importaba realmente que investigara sobre mi cumpleaños, sino el interés de saber de mí. Supongo que era una de sus cualidades: no ver las cosas como debe.
Y lo demostraba cuando, a pesar de que me había mostrado tan reticente, me sonrió con los ojos cerrados antes de partir a su asiento, tal y como había ordenado el profesor. Me era imposible entenderlo, sinceramente. Aunque pareciera una persona tan sencilla en la superficie, dentro, los engranajes se movían enredándose entre unos y otros de forma inverosímil. Pero funcionaban, sin ningún problema.
Era realmente sorprendente.
Tanto como Kinomoto, la cual seguía de pie observándome a pesar de que la gente ya había empezado a sacar los libros. En cuanto volví la cabeza hacia ella, pareció ser el estímulo que necesitaba para que la burbuja en la que estaba sumida explotara, ganándose un sonrojo que llegó hasta sus orejas de regalo. Sus manos entorpecieron la tarea de sentarse y casi se cae por no calcular las distancias.
Ella también era un espécimen de otro mundo, tal vez del mismo planeta que Miyamoto o al menos vecinos.
Sábado, 18 de julio.
"¿Por qué no vienes este sábado a mi casa?"
Esa había sido la propuesta que había hecho a mis piernas andar un fresco sábado de verano por las calles de Tomoeda. Normalmente este día lo solía aprovechar de otras maneras: escuchando música mientras leía algo, perdiendo la tarde en el ordenador o incluso estudiando por adelantado. No salía con nadie. Ni aquí ni en Hong Kong. Si lo hacía, era por culpa de Meiling que me habría arrastrado a algún sitio con la excusa de que no quería ir sola aunque se negaba a no ir. El resto del tiempo se quejaba de que, según ella, era aburrido y monótono.
¿Que por qué había decidido salir hoy?
Bien, era simple: Miyamoto se veía tan ilusionado y esperanzado porque nos encontráramos que ni se me pasó por la cabeza decir que no. Era la primera vez que de verdad tenía ganas de pasar la tarde en compañía de los tres que me habían acogido durante un poco más de una semana. Simplemente porque me sentía a gusto.
Aunque había un problema con el que no contaba: la dificultad de llegar a su casa.
Ayer me había llamado, completamente emocionado, para darme su dirección e indicarme dos o tres señales que me podrían servir de guía para llegar. Sin embargo, aun así, me había perdido. Y eso que mi sentido de la orientación no era nada malo.
Podría echarle la culpa a que no conocía Tomoeda y menos esta zona. Miyamoto vivía en un lugar algo alejado en la que las casas estaban separadas unas de otras por unos metros. Entre medio, un descampado lleno de matojos y flores medio secas. La hierba de los jardines, sin embargo, parecía fresca. Todavía no me había cruzado con nadie excepto dos perros que jugueteaban entre ellos antes de entrar a una casa. Ningún vecino en las calles, nadie deambulando como yo.
Estaba solo.
Solo en una carretera que no parecía tener fondo.
No obstante, esta vez podía asegurar que no me había equivocado de rumbo. Hace un rato Miyamoto me había llamado e indicado cómo llegar desde donde me encontraba, un sitio al que no sé cómo llegué ni cómo salí. Luego de confirmar que iba por el buen camino, cortó la llamada con la excusa de que estaba preparando un par de cosas para cuando llegáramos y que me esperaba.
El sol se ponía a lo lejos, bañándome con los últimos rayos anaranjados. Mis manos se sentían agradables en los bolsillos mientras que una corriente de aire movía cada milímetro de mi ropa y cabello. Los números de las casas se me antojaban eternos, infinitos. La distancia que recorría era mínima para la que de verdad andaba. La carretera parecía ser eterna y mi destino no llegar nunca. Es como si estuviera condenado a andar por esta solitaria carretera durante toda mi vida. Nadie conseguiría sacarme de este círculo vicioso, nadie excepto el número de la casa de Miyamoto, el cual vislumbré de reojo.
Ante mis ojos, se exponía un edificio grande con un pequeño jardín delantero y, probablemente, unido a uno trasero. Estaba rodeada por un muro de piedra alto que la hacía ver más rústica. Un gran árbol reflejaba su gran sombra en la entrada, la cual estaba sellada por una pequeña puerta de hierro que chirrió cuando la abrí. Ya dentro, un pequeño sendero de piedras en el suelo me guio hasta la puerta, protegida por un ínfimo porche con dos pilares.
Toqué un par de veces con los nudillos, luego recordé que la casa era lo suficientemente grande como para que no me escuchara, así que timbré dos veces y esperé, con las manos de nuevo en los bolsillos y mirando mis zapatos. En realidad, estaba algo nervioso, mayormente porque esta era de las pocas veces que había salido a la casa de algún amigo y la primera vez si no contábamos la de los trabajos en grupo, los cuales siempre intentaba dividir para no tener que reunirnos. No sabía qué íbamos a hacer y mucho menos qué decir, aunque tampoco era como si me diera mucho tiempo a pensarlo.
De golpe, escuché unos pasos acelerados y, al segundo, siguiente unos zapatos se colocaron enfrente de los míos. Alcé la cabeza para encontrarme una camiseta de manga larga negra tan ancha que me dejaba ver otra blanca de debajo. Al subir un poco más los ojos visualicé los aguamarina de Miyamoto observándome con sorpresa, como si no creyera que estuviera allí.
—¡Estás aquí! Estaba a punto de llamarte e ir en tu búsqueda.
—Vives en el último rincón del mundo.
—Lo sé —rio, sin estar molesto por mi acusación que sonó enfadada cuando no lo pretendía—. Pero, ¡pasa! Takashi y Eriol ya están aquí.
Se echó a un lado. Obedecí su orden susurrando un "con permiso" y me quedé en el recibidor hasta que él cerró la puerta y se colocó a mi lado con una de sus famosas sonrisas, una de esas que me parecían llenas de confianza y cariño —sentimientos que brillaban en el fondo de sus pupilas—.
—Sígueme, y deja de estar tan tenso. Ya te dije que no voy a violarte.
No había notado que estaba más recto que una vara hasta que bromeó con eso de nuevo. Mis hombros se relajaron un poco e intenté soltar todo el aire que mis pulmones habían acogido con ganas. Con una mano fuera de los bolsillos, me revolví el pelo un poco y sentí mis mejillas arder ligeramente.
—Es un sitio muy apartado, cualquiera diría que harías eso. —Intenté continuar la broma porque parecía que así me sentía más cómodo.
—Pero ya te lo dije, ¿no? Si de verdad tienes ganas no es una violación, Li. —Imitó su gesto de aquel día y me guiñó un ojo, acompañándolo con una sonrisa de medio lado.
Acto seguido, comenzó a adentrarse en la casa con parsimonia e incluso llegó a detenerse y girarse hacia mí para esperarme cuando me quedé durante unos segundos en el sitio. Una vez que alcancé sus pasos, avanzamos por el largo pasillo que parecía no tener fin. Estaba adornado con algunos cuadros y fotografías donde siempre había una gran cantidad de gente. Con esta velocidad pude incluso identificar a Miyamoto de pequeño en algunas de ellas: en las primeras sólo eran él y los que imaginé que serían sus padres, luego fueron aumentando el número de personas y él fue creciendo. En algunas, sostenía a bebés o jugaba con algunos de los más pequeños. Sin embargo, algo que destacaba de él, es que su mirada no había perdido el brillo ni mucho menos se había esfumado su sonrisa.
Miyamoto había crecido en altura, no obstante, se mantenía idéntico a su niñez.
—¿Quiénes son?
Al principio no supo bien a qué me refería y tuvo que retroceder un par de pasos andados de más. Cuando le señalé uno de los cuadros, pareció aclararse todo.
—Son mis hermanos. —Creo que se percató de mi cara de sorpresa y por eso rio ligeramente. Aunque, vamos, no pude evitarlo, es que, a parte de él y sus padres, eran cinco niños más los que posaban en la foto—. Parece mentira, ¿verdad?
Ahora empezaba a entender por qué la casa era tan gigantesca y, sin embargo, todo estaba decorado con sobriedad, habiendo únicamente las cosas imprescindibles. En todo el pasillo no había visto un jarrón con flores o una mesita para decorar. Las paredes estaban pintadas de un blanco apagado, probablemente para volver a repasarlas si alguno las manchaba al jugar. El suelo no tenía el brillo normal. Miyamoto vivía en un entorno humilde y rodeado de energía.
Eso me hizo entender por qué era así de protector y siempre conseguía tener un aura a su alrededor de tranquilidad. Su familia lo necesitaba.
—¿Cuántos años te llevas con ellos?
—La más pequeña, Nozomi, tiene sólo seis añitos. Yoshiro apenas cumplirá los ocho la próxima semana junto a su gemelo Haruto. Saburo acaba de entrar en la adolescencia con sus diez años y Asashi es el más cercano a mí. Si no recuerdo mal tiene trece años. —Conforme me los iba mencionando, los señalaba en la fotografía con cariño—. Soy el mayor de todos.
En la fotografía que habíamos utilizado de guía, Miyamoto sostenía a su hermana pequeña con tanta ternura y cuidado que parecía muy frágil. Ambos tenían los ojos del mismo color y sonreían tan parecido que se me antojaron iguales, sólo con unos cuantos años menos y con otro sexo. Sin embargo, hasta las mejillas tenían el mismo grado de rojez; eran increíbles juntos.
No obstante, el resto de sus hermanos eran muy diferentes. Los gemelos eran visualmente iguales pero uno parecía estar molesto y el otro era más pacífico —al menos en la imagen lo eran—. Yoshiro, el pequeño de los gemelos, intentaba subirse encima del que se acercaba más a Miyamoto en edad mientras que el mediano parecía estar más ausente en la fotografía que nadie.
Eran como como el agua y el aceite. Entre los hermanos eran totalmente diferentes, exceptuando a la pequeña. Me parecía tan increíble como surrealista, mas no pronuncié palabra sobre ello; no tenía derecho.
—Tu hermana…
—Nozomi —aclaró, al verme dudar.
—Se parece mucho a ti —continué—. ¿También intenta violar a personas?
Soltó una carcajada que duró más de lo que esperé.
—En realidad podría decirse que sí. Le encanta estar cogida en brazos de chicos.
—Vaya, qué ágil.
—Es bastante pilla —rio—, aunque tiene unos ojos preciosos.
Iba a abrir la boca para decirle que él tenía sus mismos ojos, mas me di cuenta de todo lo que podía significar eso y preferí callarme. Seguimos caminando hasta la última puerta, en la cual se detuvo durante unos segundos y me sonrió como si él supiera algo que yo no. Al abrirla, la oscuridad se posó delante de nuestras miradas, o eso al menos un rato porque, segundos después, un montón de luces se encendieron, de todas partes salió un montón de gente con gorros de cumpleaños y tiraron lo que me pareció un paquete de serpentinas encima de mí mientras gritaban:
—¡Felicidades!
Vale. ¿Qué mierda estaba pasando?
¿Por qué me habían gritado así? ¿Qué eran esos globos y carteles llenos de buenos deseos? ¿La comida en cantidad cubriendo las mesas? ¿Todas esas sonrisas y caras conocidas? ¿Las serpentinas y matasuegras?
Todo.
¿Por qué?
Por poco y pude reconocer a los presentes, que no eran más que Yamazaki y Hiiragizawa acompañados de Kinomoto, Daidoji, Mihara, Sasaki y Yanagisawa. Todos con un pequeño gorro de colores como el que Miyamoto no tardó en colocarme dentro de mi estupefacción. Ni me había dado tiempo a cerrar la boca o volver a recuperar el grado de apertura en mis ojos. El tiempo parecía adelantarse a mí y no me dejaba reaccionar.
Ellos sonreían y señalaban el gorro que había sobre mi cabeza mientras que yo no podía mover ni un sólo ápice de mi cuerpo. Y quería. Quería poder decir algo, pero lo más inteligente que pude lograr fue dejarme arrastrar por la mano de Miyamoto en mi espalda hasta un sofá donde, con un ligero empujón, logró sentarme.
Al segundo siguiente, había muchas personas a mi alrededor felicitándome y comiendo mientras hablaban de lo complicado que había sido adornar la casa aunque que se habían divertido mucho. A mi lado, Kinomoto no paraba de ofrecerme algo de beber y repetía que era yo el que debía sentirme a gusto; al otro, Hiiragizawa bromeaba sobre mi expresión.
Después de unos minutos de charla, conseguí volver en mí y actuar con más tranquilidad gracias a que las manecillas del reloj volvieron a moverse como siempre. Aunque no me uní a la conversación, sí pude seguirla y cumplí el deseo de Kinomoto de echarme algo para beber. Miyamoto nos entregaba platos con más comida mientras que gritaba que nos diéramos prisa o se acabaría.
Efectivamente, así fue.
En poco tiempo, menos de media hora, no había ni una pizca de nada encima de ellos. Eran como lobos hambrientos. Le echaron la culpa a la prisa que se tuvieron que dar y me agradecieron haberme perdido, eso sí causó efecto en mí y llegué a fruncir el ceño. Saber que eran conscientes de mi poca orientación hoy no me agradaba, sin embargo, ninguno intentó bromear sobre ello, ni si quiera Hiiragizawa.
Con la barriga llena, empezaron a sacar juegos de mesa y en grupo. Al ser la celebración de mi cumpleaños me obligaron a decidir. Segundos antes de eso, varios de ellos empezaban a discutir por los juegos. Yo pasé la mirada por encima de todos y me negué a jugar a alguno, mas me encogí de hombros y cerré los ojos para señalar cualquiera con el dedo.
Tocó el Twister.
Mientras ellos peleaban por mantenerse en pie, yo giraba la aguja para indicarles su próximo movimiento. Poco a poco fueron cayendo hasta quedar dos en juego: Kinomoto y Yamazaki.
Ambos resistían con fuerza. Parecía ser que Yamazaki tenía más de un talento escondido. Kinomoto, en cambio, resultaba ser capitana de las porristas y amante del deporte, así que era algo más sencillo resistir a esas posturas. Ya había sido consciente de su entusiasmo y perseverancia en clase de gimnasia, no hace mucho que nos tocó competir en atletismo y confesaría que corría bastante bien. Incluso fue ella la que ganó.
—¡Vamos, Sakurita!
—Pie derecho en el rojo —ordené.
—¡Más rápido! Me empiezo a cansar —lloriqueó. Me di cuenta de que había empezado a temblar ligeramente, amenazando con caer en algún momento sobre Yamazaki, el cual estaba debajo con cara de sofocación y circunstancia.
Hice caso a su orden y aumenté el ritmo. No obstante, el destino de alguno de los dos era caer y ese fue el de Yamazaki, el cual —en un movimiento en falso— perdió todo el equilibrio y terminó en el suelo de cara. Kinomoto se dejó caer a su lado acto seguido, jadeando y con las mejillas arreboladas. Ambos comenzaron a reír y los jugadores descalificados fueron a felicitarles por tan buen juego. Yo esperé sentado y cuando Kinomoto me miró, le sonreí ligeramente y asentí. Ella enrojeció un poco más y acto seguido cerró los ojos en una gran sonrisa.
No quisieron seguir jugando. Todos parecían estar algo cansados y preferían escuchar algo de música mientras hablaban. Hiiragizawa fue a por algo a la cocina, seguido de Miyamoto. Creía que Yamazaki también desaparecería, pero se mantuvo a mi lado contándome una grandiosa historia sobre los juegos en la antigüedad hasta que Mihara se acercó a nosotros e interrumpió la conversación con un tirón de orejas a Yamazaki. Al parecer estaba diciendo alguna mentira. Confesaría que le creí, pero conseguí maquillar la verdad poniendo cara de póker. Kinomoto no tuvo tanta suerte y se le escapó una interjección de incredulidad mientras Daidoji le arreglaba el vuelo de su vestido aguamarina.
A los segundos después de que Daidoji le sonriera con sencillez mientras le colocaba mejor el pequeño moño casi desecho y los adornos que decoraban su pelo castaño, las luces volvieron a apagarse y todas las voces se unieron para cantarme cumpleaños feliz mientras que Miyamoto y Hiiragizawa traían una tarta con quince velas.
Exigía un sitio donde esconderme.
—Te deseamos todos: ¡cumpleaños feliz!
Un montón de aplausos le siguieron a las risas y esa canción del diablo. Intentando que todo esto pasara rápido, soplé con ganas todas las velas, sin embargo, tuve que repetir el mismo proceso un par de veces más porque algunas parecían querer burlarse de mí.
Volvieron a armar escándalo para ver quién partiría la tarta. Al final, la elegida fue Sasaki. Ninguno robó ningún plato hasta que la tarta quedó totalmente repartida, ahí fue cuando compararon el tamaño de todos y me dieron el más grande por ser la celebración de mi cumpleaños. No sé cómo lo averiguaron, pero la tarta era de chocolate porque habían descubierto que me gustaba.
Me preguntaba cuántas sorpresas más me podrían dar cuando sentí la necesidad de ir al baño, una vez terminada la tarta.
Le pedí a Miyamoto indicaciones y las seguí, abandonando todo el jaleo a mi espalda. No me costó mucho llegar. Dentro, abrí el grifo y me eché agua en la cara. Un pequeño espejo delante de mí me mostró lo colorado que estaba y no me había dado cuenta; tampoco me sorprendía tanto, el aire del salón se había vuelto tan pesado que me dolía la cabeza.
Necesitaba algo de aire fresco.
Gracias a que el cielo escuchó mis plegarias, al salir del baño, me di cuenta de que había una pequeña puerta cerca que conducía al jardín trasero.
No es como si me fueran a echar mucho de menos, ¿no? No iba a pasar nada porque decidiera quedarme un poco fuera.
Así, terminé girando el pomo. Inmediatamente, una corriente de aire movió mi cabello y ropa bajo el cielo estrellado. El césped estaba bastante bien cuidado y la extensión de tierra era lo suficientemente grande para tantos hijos. Incluso tenían un par de columpios y juguetes.
Anduve, con las manos en los bolsillos, hasta encontrarme en mitad del jardín. Ahora no tenía ninguna gana de entrar de nuevo; prefería sentarme allí y admirar el cielo durante toda la noche, me resultaba una idea tan tentadora que al final terminé con el trasero en el suelo.
La tranquilidad de la noche me rodeó. Parecía que el tiempo no pasaba mientras los grillos cantaban y el aire hacía susurrar a las hojas de los árboles. Me arrepentí en ese momento de no haberme echado una chaqueta y sólo llevar una camisa, ahora empezaba a tener algo de frío. Y eso que estábamos en verano.
—Así que aquí estabas.
No había escuchado ningún paso. Su voz hizo que un repullo recorriera mi cuerpo. Aunque, vamos, había sido idiota al no pensar que me buscarían cuando me hallara mucho tiempo desaparecido. Era el centro de atención y estaba en una casa ajena. Además, me había perdido al llegar aquí, seguramente pensarían que tenía poco sentido de la orientación.
Eché la cabeza hacia atrás. Allí estaba Miyamoto con mirada de preocupación del revés desde mi perspectiva. Comenzó a andar hasta quedarse a mi lado, donde se puso de cuclillas. Creía que empezaría a hablar o a preguntarme qué hacía aquí, no obstante, para mi sorpresa, se mantuvo callado mirando la cúspide estrellada encima de nosotros. Al ver que no iba a empezar a parlotear, yo también lo hice.
Por desgracia, el silencio no duró demasiado.
—Li.
—¿Hmp?
—Gracias por venir.
Ninguno de los dos nos miramos, no hasta que dijo eso. Ahí había vuelto a utilizar ese tono melancólico de siempre. No entendía esa necesidad de agradecer todo lo que hiciera como si fuera un gran esfuerzo. Por eso, terminé rechistando:
—Vine porque quería. Quería estar aquí con vosotros.
Sus ojos se abrieron tanto que creí que se saldrían de su órbita. Parecía que no se había esperado mis palabras por nada del mundo. Tampoco entendía eso, mas lo dejé pasar; en este momento me preocupaba más su cara de auténtica sorpresa durante todo ese tiempo. Parecía que el segundero se había detenido y le había dejado así de estático mirándome. Y habría pensado que realmente había sido así si el aire no siguiera revolviendo todo lo que se encontraba a su paso.
De golpe reaccionó.
Hundió la cabeza en sus piernas y las abrazó, convirtiéndose en una pequeña bola que ocupaba el menor espacio posible, manteniéndose en el sitio gracias a sus pies. Empezaba a pensar que le había ocurrido algo o lo que acababa de decir estaba prohibido o que le desagradaba cuando vi sus hombros moverse ligeramente.
Si yo le había dejado estupefacto, ahora era su turno.
En menos que cantaba un gallo, consiguió reaccionar y se echó hacia atrás, terminando de culo en el suelo. Por sus labios salía una gran y estridente carcajada que mutó completamente la expresión de su cara. El brillo de sus mejillas se mezclaba con el de su sonrisa. Pensaría que estaba demente si no fuera porque en su cara, en vez de reinar una mueca psicópata, lo hacía una llena de satisfacción. Su risa me causó sorpresa a mí esta vez y fue mi turno de abrir los ojos tanto como me fue posible pero Miyamoto no fue consciente de ello porque los suyos estaban cerrados y su cara se encontraba en dirección al cielo.
Quise preguntar qué le parecía tan gracioso, pero él se adelantó abriendo sus ojos y dirigiéndolos a mí y mi boca medio abierta.
Fue ahí cuando me percaté de que, a pesar de que todo estuviera a oscuras, Miyamoto brillaba como miles de soles.
—Mierda, me hace tan feliz que hayas dicho eso —canturreó, con las mejillas como dos luceros.
—¿Eh?
—Creía que me odiabas por meterme tanto con tu vida. —Resopló, satisfecho de que así no fuera—. Estoy tan feliz, diablos.
No hacía falta que lo jurara. Si bien ya había visto que Miyamoto sonreía con asiduidad, era la primera vez que lograba ver esa expresión de felicidad absoluta. No una cualquiera, una que de verdad parecía hacerle dichoso. Era como si no pidiera más, como si su mayor deseo fuera que le dijera eso y por fin se viera cumplido.
Mierda. Realmente no sabía qué decirle, así que terminé por sonreírle yo también con toda la euforia que bombeaba mi corazón en este momento.
Allí estábamos los dos idiotas: bajo un manto de estrellas, sonriendo como dos gilipollas por algo tan sencillo como que de verdad estábamos a gusto el uno con el otro. Era estúpido y simple, sin embargo, lo importante era que estaba ocurriendo.
—¿Puedo pedirte algo? —cuestionó, luego de inspirar hondo y soltar todo el aire con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué?
—Puedo… ¿Puedo llamarte Syaoran?
En vez de asombrarme con esa pregunta, consiguió que las comisuras de mis labios subieran un poco más.
—¿Por qué no, Daiki?
No me había dado cuenta hasta entonces de que estaba muy cerca de mí y que su mano se extendía hacia mí para ser tomada. Lo hice con determinación, sellando algo que me pareció una amistad.
—Oh.
Ambos volvimos la cabeza hacia atrás, buscando a la persona que había pronunciado aquello. Encontramos a Kinomoto y su vestido moviéndose ligeramente. Tenía las mejillas coloradas y parecía haberse dado cuenta de que había interrumpido algo aunque la verdad no fuera así; Daiki y yo ya habíamos hablado todo lo que teníamos por decir. Así que él le ofreció sentarse con nosotros a contemplar el cielo y se movió para que ella quedara en medio.
Obedeció su petición con parsimonia y algo avergonzada, hasta tal punto que pidió perdón un par de veces. Daiki se encargó de hacerle ver que no sucedía nada y empezó a parlotear sobre la lluvia de estrellas que ya había comenzado sin que nos diéramos cuenta.
Fue entonces, sentado en el jardín de Daiki, con una corriente de aire colándose entre los tres y Kinomoto y Daiki sonriendo y comentando sobre las estrellas del firmamento que caían, cuando me di realmente cuenta de algo:
Podría quedarme en Tomoeda para siempre con ellos.
Notas de la autora:
¡Hola!
¿Qué puedo decir? Es sólo un extra. Era algo que quería escribir desde hace tiempo, hacer ver que la relación de Daiki y Syaoran no es cualquier cosa y dar explicaciones de por qué actúan así a veces. Espero que os haya servido porque será importante para capítulos futuros. Además, fui dejando pequeñas retazos de otros temas.
Gracias a un manga que leí hace un par de semanas, estuve lo suficientemente inspirada para poner lo que mi mente trabajaba desde hace tiempo. Si alguien desea saberlo, se llama Seven days (advierto que es relación chicoxchico).
El siguiente capítulo ni si quiera está empezado y entro en mis dos semanas en exámenes complicados, así que lo siento mucho. Subo este extra hoy para compensar la espera y agradecer todo lo que me apoyáis y decís. No pude contestar todos los reviews la otra vez, pero eso no significa que no vaya a hacerlo, gracias a ellos me ayudáis a seguir adelante.
Gracias a todos por el apoyo tanto aquí como en Facebook, sobre todo después de esta temporada pasada donde no todo fue muy bien. Estoy deseando leer vuestra opinión después de este extra y sobre su relación incluso más, creo que no es secreto lo mucho que les adoro así y el cariño que le tengo a Daiki. Aunque que eso no os impida, ni mucho menos, decirme lo que vosotros pensáis.
Sin más, me retiro hasta dentro de pronto.
Un gran abrazo de gatito recién despierto.
Como siempre, ¡gracias por leer!
'Asuka-hime'
