Este es un copy-paste. El nombre del libro lo dire al final.
Los personajes de SCC son propiedad de CLAMP.

¿Quién es el jefe?

Capítulo Diez

La tocaba, al fin la tocaba. Le pasó los dedos por todo el cuerpo haciéndola temblar de placer y anticipación. Cuando la besó, lenta, honda y prolongadamente, la mareó de deseo… y ella gimió y suplicó más.

Él apartó la colcha y la luz de la luna brilló sobre sus cuerpos. El de Touya era perfecto, duro y palpitante de vida. Ella siempre había considerado que el suyo era demasiado blando… excesivo, pero él susurró lo hermosa que era, lo bien que sabía, y al ver el encendido calor en sus ojos, le creyó.

Por primera vez en su vida se sintió realmente hermosa. Deseable.

Al volver a besarla, le acarició el rostro, la garganta, la espalda, las piernas, la espalda otra vez, para detenerse en esa parte que ardía por él.

La miró al alzar la cabeza.

—Te deseo —susurró con voz ronca—. Te deseo tanto… —con los dedos la acarició, tentándola, provocándola, hasta que ella se arqueó.

—Yo también te deseo —lo rodeó y lo atrajo hacia sí—. Te amo, Touya. Mucho.

—No —habló con voz temblorosa—. No me conoces.

—Conozco lo suficiente.

—No… soy un hombre fácil —tenía los ojos encendidos y la voz estrangulada por la emoción—. Y Dios sabe que no te merezco, pero, Tomoyo, no me dejes. No me dejes nunca.

Ella fue a sacudir la cabeza, pero los dedos de Touya labraron su magia y todo el cuerpo empezó a temblarle.

—¡Touya! —gritó desde el borde de un precipicio…

Despertó enredada en las sábanas, mojada por el sudor y respirando como si acabara de correr una maratón.

Un sueño. Sólo un sueño. El más real y perfecto que jamás había tenido.

Estaba sola en la cama iluminada por la luna, rodeada de cajas. En una estantería vacía había un gato de porcelana, lleno de pétalos de rosa. Había sido su primera compra para su apartamento; no había querido guardarlo porque entonces el traslado sería real.

Se iba.

Yació en la cama, sola, sin aliento, temblando. Sola y… excitada. Muy excitada.

Se había enamorado de Touya.

Esa no había sido su intención, pero había sucedido y se encontraba en problemas porque él jamás se permitiría amarla. Podía dar y dar hasta quedar exhausta, y, sin embargo, Touya nunca daría.

Agitada por la pasión no satisfecha, Tomoyo hizo lo único que podía. Hundió la cara en la almohada y prorrumpió en sollozos.

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La mañana del sábado amaneció brillante y Tomoyo despertó demasiado pronto. Aún le hormigueaba el cuerpo, todavía se sentía un poco abandonada, un poco necesitada. Ese sueño la había sacudido, y si hubiera tenido la energía, puede que hubiese ahogado sus penas en una ducha helada.

Cuando llamaron a la puerta, se irguió con pánico al recordar que era su día de traslado. Un día para comienzos nuevos.

«Sí, claro». Se parecía más al día en que dejaba el apartamento de la playa para irse a otro cochambroso. Bueno, podía ser peor. Podría estar empujando un carrito y hablando sola en Venice Beach.

Debía mantenerse positiva. Dependía de sí misma y se mantenía por sus propios medios, algo nuevo para ella. El orgullo le animó el espíritu, pero también le dio miedo. La vida en el mundo real, con preocupaciones, dudas e inseguridades reales acerca de la supervivencia.

Un día de cambio.

Volvieron a llamar, en esa ocasión con menos paciencia; rió y saltó de la cama. Eriol había mantenido su promesa de ir a ayudarla, de traerse a los gemelos y a Amy. La idea de tener amigos a su alrededor la alegró.

Mientras se ponía una minifalda vaquera y un top, hizo a un lado el pensamiento de que una pequeña parte de ella deseaba que fuera Touya. Él no tenía sitio en su vida.

«Ningún sitio», pensó al abrir la puerta un momento después y ver… al hombre de sus sueños.

Llevaba vaqueros negros y un polo negro del mismo color, que ese día había metido bajo el pantalón. El ceño fruncido que exhibía hacía juego con su ropa, lo que volvió a recordarle al pirata moderno. Y al saber que incluso besaba como un renegado, se le aflojaron las rodillas al mirarlo. Parecía tan grande, tan alto. Lamentó no haberse puesto las sandalias con plataforma para reafirmar su confianza.

—Touya —¿era esa su voz, tan jadeante y excitada? Carraspeó y volvió a intentarlo—. ¿Qué haces aquí?

Touya deseó saberlo. Lo que sí sabía era que jamás se había sentido tan solo como la noche anterior. Por primera vez en su vida, había experimentado una necesidad profunda y ardiente de estar con alguien que lo quisiera.

Para mitigar ese anhelo había buscado en otra parte, sin encontrar a nadie. Sólo había dejado a otra persona entrar en su vida, pero Sonomi ya no estaba. En un intento por rememorarla, Touya había repasado la gruesa copia de su testamento. Lo que descubrió al final de la carpeta lo había atontado… una nota personal de la difunta. De Sonomi… la nota que en ese momento llevaba en el bolsillo.

Touya,

Si estás leyendo esto, para mí todo habrá terminado. Para serte sincera, hace un tiempo que se ha acabado. Estos últimos años invertí con demasiado riesgo, y el precio ha sido alto. Todos mis bienes irán a parar a manos de los inversores, con la excepción de CompuSoft, que, además, de corazón siempre ha sido tuya.

Cerciórate de que Tomoyo obtenga ese trabajo del que hablamos. Será todo lo que posea… no me queda nada para darle. Ahora tendrá que aprender a cuidar de sí misma, y no hay nadie en el mundo mejor capacitado que tú para eso.

Enséñale, Touya. Sé que no te gustará esta intrusión, pero también sé que la ayudarás a mostrarle lo que yo no pude. Por favor, por mi memoria, no le digas lo estúpida que he sido. Al menos deja que me quede con eso. Pero ayúdala.

Te necesitará.

Como siempre, te deseo lo mejor.

Con el alma atribulada, Touya había permanecido despierto toda la noche. Sonomi se había enfrentado al desastre financiero sin que él lo supiera. Tomoyo había sufrido por ello, y no le había prestado atención. Incluso había demostrado una y otra vez su valía, y le había cerrado los ojos.

Todas esas ocasiones en que se mostró tan rudo. Tan cruel. Ella había dado todo lo que tenía en la primera situación adversa de su vida, luchando con ahínco para sobrevivir, y él sólo se había quejado del problema que representaba. Sonomi se habría avergonzado de él; nunca en su vida se había sentido tan asqueado.

—¿Touya? —Tomoyo lo miraba con expectación—. ¿Por qué has venido?

—Dejas que esa Chastity se lleve todas tus posesiones en vez de aceptar mi ayuda —dijo con voz muy controlada y suave—. Odio eso, Tomoyo.

—¿Sí?

Con gentileza la apartó y pasó, y su estado de ánimo se ensombreció al ver todas las cajas.

—¿Por qué no dejaste que te ayudara?

—Quizá quería hacerlo por mí misma —pareció tan sobresaltado al oír eso que ella no pudo evitar reír—. ¿Qué pasa? ¿No creíste que la niña malcriada fuera capaz de hacerlo?

—No —repuso con brutal sinceridad, sin apartar la vista de sus ojos—. No lo creí. Pero eso fue antes de conocerte. Empiezo a darme cuenta de que eres capaz de hacer casi todo.

—Lo soy —incapaz de estar ahí de pie sin recordar su sueño, se volvió.

—¿Te vas a poner eso para el traslado?

Ella bajó la vista. El top mostraba una enorme cara sonriente en el pecho. Se sentía cómoda. Pero no lo bastante alta…

—Sí, pero dame un segundo —exclamó y subió corriendo las escaleras—. Lo siento, Chastity —murmuró al meter la mano en una de las diez cajas enormes con zapatos que había aceptado venderle—. Tendrás que arreglártelas sin esto.

Después de ponerse las sandalias transparentes con plataforma, se sintió mejor. Mucho mejor. Salió del cuarto con el gato de porcelana lleno de pétalos de rosa, decidiendo que tampoco le iba a entregar eso.

Desde lo alto de las escaleras, le sonrió a un impaciente Touya. En ese momento, se sentía en la cumbre del mundo. Realmente intocable.

Al pisar el segundo escalón, el tacón del pie derecho se enganchó. Sin advertencia previa cayó sobre su trasero y bajó por la escalera. El aire se llenó de una lluvia de pétalos.

Al llegar al fondo, Touya estaba allí de rodillas, con el rostro grave.

—¿Te encuentras bien? —los pétalos brillaban en su pelo y hombros—. ¡Tomoyo! Respóndeme, maldición.

Lo único que le dolía en ese momento era su orgullo. Bueno, y quizá también un poco el trasero.

—Sobreviviré.

Él estaba tan ridículo con esa expresión fiera en el rostro mientras le caían pétalos de rosa por la nariz, pero ella no se atrevió a reírse. Estuvo a punto de ahogarse hasta que ya no pudo más. Touya la miró con el ceño fruncido.

—¿Seguro que no estás herida? Sé que no puedes haberte roto esa cabeza tan dura, pero… —Tomoyo siguió riendo, incapaz de parar. Él se mordió el labio, luego la imitó—. Eres increíble —comentó cuando pudo hablar—. Quítate esos malditos tacones antes de que me mates.

—¿Matarte? —jadeó, secándose las lágrimas de alegría.

—Sí —dijo con voz ronca y profunda.

Ella siguió su mirada.

Tenía la falda subida de forma indecente, dejando al descubierto todo el muslo e incluso un poco de sus braguitas. Se la bajó ruborizada.

—Hacen juego —musitó él.

Desconcertada, Tomoyo observó la cara feliz bordada en la pechera del top. Pensó que nada podría avergonzarla más que su caída sobre el trasero, pero se había equivocado. Las braguitas rosadas también tenían caras en su superficie.

La venganza fue sencilla.

Cuando aparecieron Eriol, Yukito y Yue, los puso a trabajar con Chastity y los transportistas que había traído.

—Esto es perfecto —comentó Tomoyo varias horas después.

Yue, Yukito y Touya pasaron a su lado trastabillando bajo el peso de una caja enorme. Touya se detuvo con respiración entrecortada y los músculos congestionados.

—¿Qué es perfecto? ¿Que nosotros hagamos todo el trabajo o que para variar seas tú la jefa?

—¡Ambas cosas! —sonrió, cumplida su venganza.

Más tarde, Eriol la llevó a un lado.

—¿De verdad estás bien?

—Eh, tengo a cuatro hombres a mi disposición —se fijó en el chándal de marca que llevaba y lo comparó con los vaqueros de los otros. Tuvo que reírse—. Bueno, a tres obreros y a un hombre elegantemente vestido. No se me ocurre ningún motivo para no estar bien.

—El que lo estás perdiendo todo —comentó con suavidad al tiempo que le pasaba la mano por el brazo.

—Gracias por recordármelo.

—¿Estás segura de lo que haces, Tomoyo? —preguntó Eriol preocupado—. ¿Estás segura de que no te precipitaste en la elección?

Ella tardó un minuto en darse cuenta de que hablaba de su elección de apartamento y no del hombre del que se había enamorado.

—Anoche busqué tu nueva dirección en el callejero, y no me parece que sea un gran barrio.

Ella sabía que no lo era, pero no había dispuesto de muchas alternativas. Empezaba a resultarle difícil mantenerse alegre con Eriol recordándole todo aquello en lo que había intentado no pensar.

—Bueno, al menos no me robarán el coche.

—¿Por qué?

—Porque ya me lo han quitado, ¿te acuerdas?

—Tomoyo —Eriol la miró—. Podrías venirte conmigo. Tomarte tu tiempo para buscar algo mejor.

—No lo creo —comentó Touya con ligereza y voz de acero al volver al entrar.

Yue, que sin duda percibió la súbita tensión, juntó las manos y anunció con alegría:

—Bueno, ya hemos terminado, Tomoyo. Voto para que paremos a tomar una pizza de camino al apartamento nuevo.

—Una vegetal —dijo Yukito—. Con anchoas.

—Con salchichas —gimió Yue.

Eriol los ignoró y contempló a Touya.

—¿Has visto su nueva casa? En ese caso, no puedes creer que allí va a estar a salvo.

—¿Y lo estará contigo?

—Vale —Tomoyo se interpuso entre los dos con una sonrisa trémula en la cara—. Decidido, la pizza. Lo siento, Yukito. Las anchoas no me gustan. Que te las den aparte.

—No puedo creer que hayas hecho ese comentario —le dijo Eriol a Touya.

—¿Por qué no? Llevas semanas babeando por ella como un tonto enamorado.

—¿Y qué has estado haciendo tú, Touya? —Eriol sacudió la cabeza con gesto disgustado—. Porque lo que no has hecho ha sido trabajar en tu programa.

—¡Oh, basta ya los dos! —Tomoyo intentó apelar a su sentido común, pero los hombres, dominados por la testosterona, no escucharon—. Si no, me voy a poner muy dura y a obligaros a daros un beso y hacer las paces.

Ayudada por Yukito y Yue, empujó a cada uno por la puerta hacia la furgoneta de Eriol, donde todo estaba cargado. Lo más deprisa que pudo contó tres chistes verdes seguidos, con lo que consiguió que Yue y Yukito se partieran de risa. Incluso Eriol esbozó una sonrisa al sentarse ante el volante.

Pero Touya se mantuvo solemne y en silencio.

Hasta que llegaron al apartamento nuevo y descubrieron que lo habían alquilado apenas dos horas antes. El cheque de depósito de Tomoyo había sido devuelto.

Tomoyo se había esforzado, de verdad. Pero perdió todo rastro de alegría cuando una hora más tarde entró con los pies a rastras en su viejo apartamento.

—Lo siento mucho —musitó Yukito, tomándole la mano.

—No es tu culpa que no tuviera otro apartamento disponible —comentó con voz cansada—. No os preocupéis, chicos. Ya se me ocurrirá algo.

Touya hizo un gesto a los gemelos y estos se marcharon con renuencia.

Eriol se demoró en la puerta.

—Quiero que vengas conmigo. Prácticamente te has quedado sin techo.

—No. Gracias a Touya, si quiero puedo vivir en este piso vacío hasta fin de mes —Eriol y Touya se miraron—. Otra vez, no —se frotó la cabeza al borde de las lágrimas—. En este momento, no podría sobrellevarlo, chicos. Me gustaría quedarme a solas.

A Touya se le partió el corazón al ver la expresión de desolación en la cara de Tomoyo. No pudo soportarlo.

—Ven conmigo.

Ella abrió mucho los ojos, y también él al darse cuenta de lo que acababa de decir, pero no pensaba retirarlo, no con Eriol de testigo.

—Si prefieres, puedes venir a mi casa —musitó Eriol.

—Eriol…

—Puedes quedarte conmigo el tiempo que quieras.

—Lo siento —una tristeza inconmensurable dominó la expresión de ella al dirigirse al principal técnico de Touya—. No… puedo —la mirada confusa de él la estudió largo rato—. No me odies —susurró Tomoyo al apretarle la mano—. Sé que suena estúpido y tópico, pero de verdad, de verdad, necesito tu amistad.

—Siempre seré tu amigo, Tomoyo. Siempre. Pero también es probable que siempre espere que cambies de parecer —con un gesto seco de la cabeza en dirección a Touya, preguntó—: ¿Tienes alguna idea de dónde te estás metiendo?

—Vaga —reconoció ella.

—¿Podríais dejar de hablar de mí como si no estuviera aquí? —demandó Touya.

—¿Ves? Tiene mal humor y es grosero como mil demonios —enunció Eriol de forma implacable.

—También es leal, generoso, compasivo y el hombre más maravilloso que he conocido, y tú lo sabes porque es tu mejor amigo.

—Sí —Eriol asintió despacio—, lo es, y me importa tanto como has llegado a importarme tú. Mis condolencias, Tomoyo.

—¿Por qué? —ella ladeó la cabeza, desconcertada.

—Te has enamorado de él, ¿verdad?

—Sí —susurró con sonrisa temblorosa.

El corazón de Touya se detuvo.

Nota:

Juro que no estoy llorando, juro que no estoy llorando.

Jamás vuelvo a hacer un copy-paste sin antes haber leído el libro ;—;