Créditos: Ni la historia, ni los personajes me pertenecen, la primera es de Anne Mallory y los personajes principales de S. M. Yo solo dejo de hacer tarea.
Hola señoritas, paso a colgar un nuevo capi, nos leemos pronto. Espero Mañana antes de salir.
Gracias por darse tiempo a kien deja un comentario, nos agrega a favoritos o nos sigue con alerta y nos leemos pronto, si les gusto un comentario no está de más, y ni no les gusto, también. Por cierto no FF sigue sin permitirme contestar los comentarios.
Aki les dejo a un Edwar bien vivo, el si que saca probeche de su trabajo y lo hace para nada aburrido.
Arizona I.
Isabella se quitó la máscara en el carruaje. Usando la luz de las lámparas de gas y su pequeño espejo de bolsillo, intentó hacer desaparecer las manchas bajo sus ojos.
—El exceso de perfilador negro es perfecto. Te da un aspecto ardiente y sensual. —Cullen se recostó lánguidamente contra el respaldo de su asiento.
Al oír aquello, la joven se ruborizó violentamente. Nunca le habían atribuido un aspecto ardiente y sensual, aunque tampoco hubiera sido apropiado en absoluto. Sin embargo descubrió que no hería en lo más mínimo su sensibilidad. Alisó el escotado vestido con los dedos y observó detenidamente al hombre que se sentaba frente a ella.
Cullen se había cambiado y se había puesto un atuendo adecuado para un trabajador con pocos recursos. Le quedaba demasiado grande y colgaba por sus definidos hombros, pero Isabella tenía la sensación de que estaba hecho así a propósito. Se había puesto un sombrero que llevaba de modo desenfadado y le permitiría ocultar el color de sus ojos, sobre todo entre las sombras. Sus pómulos parecían menos marcados. Ella no le había estado prestando mucha atención, pero se había hecho algo con el perfilador negro. Sin embargo, a pesar de haberse disfrazado de estibador, todavía conseguiría que las mujeres volvieran la cabeza a su paso.
Parecía el tipo de hombre con el que las damas tenían órdenes estrictas de no hablar jamás.
El carruaje giró una esquina. Tenían que estar cerca.
—Recuerda que vamos simplemente para recabar información y saber qué patrulleros y vigilantes nocturnos se muestran amigables y quiénes no. Si surge la oportunidad de hacer preguntas, o si alguien menciona el tema del asesino, tienes que hacer ver que estás entusiasmada con todo lo relacionado con los crímenes, que eres una de esas mujeres que se excitan asistiendo a las ejecuciones.
La mano con la que Isabella sostenía el espejo cayó sobre su regazo al tiempo que se quedaba mirándolo fijamente.
— ¿Perdón?
Cullen descartó su pregunta con un gesto de la mano.
—Sólo muéstrate entusiasmada e intenta no ser demasiado aguda por muy difícil que te resulte.
Isabella se mordió la lengua ante su evidente diversión y guardó el espejo sin mirarlo.
— ¿También Hale le debe favores? —preguntó en un intento de cambiar de tema.
—No. Negocio con él habitualmente, pero nunca de la forma en que lo hago contigo. Los trabajos para Hale son gratuitos.
—Entonces, ¿una vez alguien se hace amigo suyo, le puede contratar gratuitamente?
— ¿Esperas hacerte amiga mía, Isabella? —Parecía divertido. No le dio la oportunidad de responder—. A Hale le gustan las habladurías y la intriga. Igual que a Emmet. Esos dos intentarán inmiscuirse. No dejes que te molesten. Saben cómo trabajo y nos presionarán todo lo que puedan para que les incluyamos en el equipo.
El White Stag se encontraba en la calle Greville, pero ellos pararon varios metros más allá.
Resultaría sospechoso que bajaran de un caro carruaje delante de la taberna con el aspecto que tenían en ese momento.
Edward habló con el cochero durante un minuto antes de alejarse del vehículo. Después puso el brazo sobre los hombros de la joven y ella se acercó a él mientras giraban la esquina en dirección a la taberna de la que les había hablado Seth.
De repente, Isabella tuvo un horrible pensamiento.
— ¿Y si el señor Newton está aquí esta noche?
—Le concerté una cita en Windsor para recibir un premio por su valor. La celebración se prolongará hasta bien entrada la noche. No regresará a tiempo para pasar por la taberna.
El alivio la inundó, y tuvo que admirar el sentido previsor de Edward. Volvió a preguntarse por qué estaba haciendo aquello. ¿Por qué aceptaba casos como el suyo en los que no se le pagaría? Por mucho que reflexionara sobre el tema, no podía imaginar qué favores iba a requerir de ella.
Entraron en la taberna y a Isabella le sorprendió ver la gran cantidad de gente que había en su interior. Hasta ese momento no había sido consciente de cuántas personas podían caber en un mismo espacio. No era de extrañar que Seth se hubiera sentido atraído por ese lugar.
Le dieron un empujón y Cullen la apretó con más firmeza contra su costado, acomodándola bajo su cálido brazo.
El azar hizo que pasaran junto a una mesa que quedó libre justo en ese momento. No estaba situada en el mejor punto del local, pues estaba en la parte delantera, pero era un buen lugar para pasar desapercibidos y ver cómo los diferentes grupos se relacionaban en la taberna.
Afortunadamente, estaba junto a una pared. Cullen colocó las sillas de forma que pudieran sentarse uno al lado del otro mirando hacia el interior del local.
Se inclinó hacia ella y le levantó la barbilla.
— ¿Estás lista, Isabella?
Ella asintió y tragó saliva. Seth. Estaba haciendo todo aquello por Seth.
Nadie la reconocería allí y ya no tenía ningún futuro que preservar. La algarabía de la taberna se confundió con el constante latido de su corazón.
Había esperado que se desbocara, pero simplemente seguía un ritmo constante, un ritmo que se mantenía a la expectativa.
—Sonríeme. —Cullen trazó una línea desde la mandíbula hasta su nuca y bajó siguiendo su clavícula. Las puntas de sus dedos eran ligeras y reconfortantes, y al mismo tiempo, hacían que su cuerpo se inclinara hacia el suyo en busca de más.
Podía parecerle hasta casi risible el hecho de que la hubiera descrito como ardiente y sensual cuando era evidente que ésas eran cualidades innatas en él. Sus ojos se clavaron en los de ella y en lo único que pudo pensar Isabella fue en palabras como abrumador, sexual y pecaminoso, fuerte y firme. La última le hubiera dado más que pensar si Cullen no hubiera soltado de repente una suave risa y sus ojos no brillaran de forma inquietante.
—Me estoy olvidando de mi papel. Así no es como se supone que debería actuar vestido de este modo.
Su mano se movió repentinamente y empezó a acariciarle la pierna.
Asombrada, Isabella dio un respingo y Cullen la sujetó con fuerza.
—Estamos interpretando un papel, ¿lo recuerdas?
La sonrisa de Isabella se tensó cuando los dedos de Cullen empezaron a subir y bajar por su muslo, levantándole el vestido. Su mente se rebeló cuando quedaron al descubierto sus tobillos, las pantorrillas, la parte inferior de sus rodillas...
Las puntas de los dedos masculinos se hundieron bajo la tela y entre sus rodillas, y ella no pudo soportarlo más. Le golpeó la mano en un gesto instintivo y volvió a bajarse el vestido.
Cullen soltó una risotada; un sonido desconocido para los oídos de la joven y nada típico de él. Acto seguido, la atrajo hacia su cuerpo y le dio un intenso beso que la dejó aturdida. En vez de utilizar la suave seducción anterior, en aquella ocasión se mostró brusco, casi violento y carente de cualquier clase de delicadeza. Sin embargo, a pesar de que estaba representando un papel, sus actos consiguieron acelerar el corazón de Isabella y que sus mejillas ardieran. La joven pensó que seguramente a ese hombre le resultaba imposible besar mal. No es que tuviera mucha experiencia, pero a veces la intuición no mentía.
Había partes en ese papel que no eran en absoluto difíciles de interpretar.
Cuando alzó la mirada, se encontró con una camarera parada frente a la mesa. Isabella quedó impresionada por la rapidez con la que había atravesado el gentío. La mujer llevaba un atuendo similar al suyo, completamente ceñido a su cuerpo, de forma que su amplio pecho casi se salía del corpiño. Pero su rostro reflejaba dureza, y las arrugas alrededor de sus ojos y su boca eran muy marcadas.
— ¿Qué os pongo?
—Dos cervezas, por favor. La marca que tú nos recomiendes, preciosa. —Edward mantenía una expresión de macho conquistador y miraba a la mujer con los ojos entrecerrados.
La camarera arqueó una ceja y su mirada se suavizó un poco, como si él fuera precisamente el tipo de hombre que la haría mostrarse dócil.
—Enseguida, tesoro. —La mujer le guiñó un ojo y apenas malgastó una mirada con Isabella.
Cullen se recostó y pasó el brazo por el respaldo de la silla de la joven. Le lanzó una ardiente mirada con los ojos entornados que le abrasó la piel y que hizo que encogiera los dedos de los pies, aunque sabía que no era verdadera. Cullen había sido muy claro en el carruaje: Voy a interpretar el papel de un estibador que intenta colarse bajo el vestido de la típica chica bonita de las tabernas. Te cortejaré, en cierto modo. No te sorprendas de lo que ocurra al final de la noche, una vez que nos hayamos tomado una o dos rondas.
Isabella podía hacerse una idea.
Se inclinó más hacia ella e hizo que sus hombros se tocaran. No iba a volver a intentarlo, ¿verdad? De pronto se sintió expuesta, incómoda y horrorizada al ser consciente de que el contacto de Cullen la excitaba. Por el rabillo del ojo, observó cómo algunos de los clientes los miraban.
— ¿Qué está haciendo? —siseó—. ¿Es esto necesario después de lo de antes?
—Estoy haciendo que seamos invisibles para todos, excepto para los que se excitan con esta clase de cosas.
— ¿Cómo?
Edward le señaló con la cabeza un rincón. A través de los cuerpos que pasaban de un lado y otro, pudo ver a un hombre y una mujer abrazándose estrechamente, con las bocas pegadas y las manos colocadas en lugares indecoros. Nadie les prestaba ninguna atención.
—Nosotros no vamos a hacer eso.
Cullen tuvo la osadía de reírse de forma cálida y sonora.
Enseguida les trajeron las bebidas. Isabella pensó que no había probado nunca algo tan horrible como la cerveza que tenía delante de ella, pero se obligó a bebería en pequeños sorbos.
Edward y ella se susurraban el uno al otro mientras bebían la cerveza y observaban a los clientes habituales. De vez en cuando, él la sumergía en un beso turbador si habían pasado demasiado tiempo sin darse uno.
Su estrategia parecía estar funcionando. Habían pasado la inspección inicial y ahora prácticamente estaban siendo ignorados.
La jerarquía en el local pronto se hizo evidente. Los hombres alrededor de la barra se aglomeraban alrededor de unas cuantas figuras centrales, los líderes, mientras que unos pocos, sus hombres de confianza, mantenían la cabeza alta. El resto competía por conseguir atención o escuchaban atentamente.
Los que ocupaban las mesas parecían más democráticos en sus agrupaciones. No obstante, el grupo de la barra sustentaba el poder. Era allí donde encontrarían la información sin hacer preguntas directas, pues parecía como si aquellos hombres desearan tener oyentes dispuestos a escuchar.
Isabella ni siquiera había necesitado que Cullen se los señalara sutilmente con el dedo. Y cuando otro grupo de hombres se abrió paso hasta la zona de la barra con aspecto intimidatorio, fue como ver a dos bandos competir por un premio.
Edward se inclinó sobre la joven, le besó el cuello y le sujetó la mano con la suya cuando ella se sobresaltó.
—Relájate, Isabella. Observa a los dos hombres que hay cerca del extremo de la barra. Los que lideran los grupos. Disimula. Echa la cabeza hacia atrás.
Muy bien. —Le rozaba la garganta con la mejilla y sus labios dejaban un rastro de besos a su paso. La joven no podía pensar mientras le hacía eso. Edward cerró la boca alrededor del punto donde podía sentirse su pulso y todo pareció desvanecerse a su alrededor—. No —susurró él—. No cierres los ojos. Susúrrame lo que ves.
—El hombre de verde... —Se quedó sin aliento— ...está discutiendo con el de azul.
Algunos retazos de la conversación llegaron hasta ellos. La multitud se movió y el sonido se apagó, como si todos quisieran enterarse también de lo que estaba sucediendo.
—Me da igual lo que creas que puedes hacer, patrullero, nosotros controlamos esta zona.
— ¿Quién ha dicho eso? —Le susurró Cullen en el oído mientras su mano subía por su costado y su dedo pulgar le rozaba un seno.
—El de verde —consiguió responder entrecortadamente.
—... como si tú pudieras controlar tu propio distrito.
El dedo de Cullen empezó a trazar un lento círculo alrededor de su pecho.
La tela del vestido, el corsé y la camisola no representaban ninguna protección frente a su seducción.
—Azul. —La palabra quedó estrangulada en la garganta de la joven cuando él le rozó el pezón.
—Shhh... — Susurró él contra la piel que había bajo su oreja—. Muy bien. Sólo relájate y observa. Yo te escucharé.
Isabella estaba segura de que le resultaría imposible relajarse. Cualquier rastro de indignación o de pudor que le quedara se había esfumado en el momento en que entraron en la taberna. Su cuerpo estaba vibrando, fundiéndose con el de Edward. Sus ojos luchaban por mantenerse abiertos al tiempo que los seductores labios masculinos se movían contra su garganta, bajo su oreja, por debajo de su barbilla...
—Isabella, no te distraigas. —Su mano se deslizó por el vientre de la joven creando un ardiente sendero a su paso que llegó hasta la unión entre las piernas.
Aquello hizo que Isabella abriera los ojos de par en par. Cullen retiró la mano y la apoyó sobre su muslo, que a esas alturas era el lugar más inocente en el que podría dejarla.
—Malditos patrulleros, piensan que pueden dirigirlo todo. Quedaos en Holborn que es donde debéis estar.
—Escúchales quejarse, Sam. Por sus palabras podría decirse que los pobres vigilantes no necesitan ayuda con sus peleas callejeras.
Isabella apenas podía concentrarse lo suficiente para ver al líder de azul decir aquello a uno de sus seguidores por encima del hombro.
El líder de los vigilantes se encrespó visiblemente, sacó pecho y dió un paso adelante.
—Como si hubierais ayudado en la última pelea. Davey y los chicos lo tenían todo bajo control. Vosotros sólo lo empeorasteis.
Su oponente se acercó hasta que sus narices quedaron a pocos milímetros.
—Estabais peligrosamente cerca del territorio de Holborn, y ésa es nuestra jurisdicción.
—Como si lo hubiéramos olvidado. ¿Cómo íbamos a hacerlo con vosotros recordándonoslo todo el tiempo? —se burló el jefe de los vigilantes, esbozando una desagradable sonrisa.
—Vosotros seguís creyendo que podéis mantener el control de las calles, aunque somos nosotros quienes realmente hacemos el trabajo. —La frase fue pronunciada con deliberada calma, pero los puños fuertemente apretados del patrullero decían otra cosa.
— ¿Algún problema? —Una nueva voz se incorporó a la refriega, e Isabella disfrutó de un respiro cuando Cullen la liberó de la tortura a la que la estaba sometiendo, para mirar a hurtadillas al recién llegado.
Esta historia continuará…
