El italiano y su ama de llaves
Nessa Sumosa
Perdon por la tardanza pero aqui esta un nuevo capi!
Capítulo 11
Bella se estiró perezosamente, adormilada… acurrucándose entre las sábanas y recordando la noche anterior. Una cálida noche marroquí…
Abrió los ojos y miró a su alrededor, pero no había señal de Edward. Bostezando, se sentó en la cama y miró su reloj. ¡Eran las diez de la mañana! Se preguntó cómo podía haber dormido tanto.
Pero en realidad era normal ya que no habían dormido mucho durante la noche. De hecho, parecía que el fin de semana había pasado en una nube de noches sensuales y perezosas, así como de eróticas mañanas. Tras soler desayunar tarde, habían salido a visitar la ciudad con Carlisle y Jane. Siempre habían ido seguidos por un par de guardaespaldas, pero los largos vestidos que llevaba el jeque le permitían mezclarse con la gente de la ciudad. ¡Bella se había preguntado qué dirían los turistas si supieran que un jeque árabe estaba andando entre ellos como si nada!
La ciudad era muy exótica y estaba amenizada por tambores y encantadores de serpientes. A Bella le encantó el Palacio Badi y las tumbas de Saadian, así como los zocos y los increíblemente hermosos jardines que rodeaban la ciudad. Era un lugar maravilloso.
Después de comer, habían acostumbrado regresar al riad, donde Edward y ella se retiraban para dormir la siesta… había algo muy decadente y maravilloso sobre el hecho de poder irse juntos a la cama por la tarde tan libremente… Pero no sólo habían ido a la cama. Los cojines que había en los divanes habían actuado como un remanso de paz para sus cuerpos, al igual que el frío mármol del suelo había contrastado tan eróticamente con la acalorada delicadeza de sus excitadas carnes…
En una ocasión se había acercado a mirarse en el espejo y había oído a Edward moverse tras de ella. Había levantado la cabeza y había visto la intensa mirada que habían reflejado los ojos de él… una mirada que había dejado claro sus intenciones sexuales. Entonces Bella había sentido cómo él le exploraba el cuerpo y, al igual que ella, la había mirado a través del espejo y había visto cómo se le dilataban las pupilas debido al gran placer que había sentido al haberla penetrado.
Bella también se había convertido en una atrevida y se sentía libre para tocarlo de la manera en que lo había deseado hacer desde casi el momento en que lo había conocido.
Le había encantado ver aquella autocrática cara dulcificarse bajo sus labios, ver cómo él se perdía en aquel dulce momento de alivio. Había pensado que se podía acostumbrar a aquello.
Un ruido la hizo dejar de estar absorta en sus pensamientos y levantó la mirada para ver a Edward entrar en la habitación. Llevaba consigo una bandeja con zumo y café. Ella se percató de que él ya estaba vestido y afeitado, ante lo que se le revolucionó el corazón.
Se preguntó si aquel fin de semana había cambiado algo, si él se había dado cuenta de lo que ella sentía en realidad… que entre ambos había algo muy especial, algo real y sin conexión con la razón inicial por la que habían iniciado todo aquello. Se preguntó si él estaría dispuesto a reconocerlo.
—Buenos días —dijo ella vergonzosamente.
—Hola —dijo él, que mientras ponía la bandeja sobre la mesilla reconoció la expresión de la cara de ella.
Sintió el corazón acongojado y pensó que aquello era lo que hacían las mujeres. Eran como fieros y exigentes tigres en la cama y entonces se volvían tímidas. Querían que les reafirmaran que las deseaban de igual manera por la mañana.
Pero él sabía que debía tener mucho cuidado. Si se les reafirmaban demasiadas cosas se les daba una idea equivocada… y él no podía permitirse hacer eso. No con Bella… con la que ya había roto todas las normas…
—¿Quieres un poco de café?
—Preferiría que volvieses a la cama —dijo ella dulcemente.
Edward sonrió frágilmente y se forzó a permanecer donde estaba… aunque su cuerpo ansiaba más de la dulzura de ella.
—Bueno… me temo que vas a tener mala suerte… tengo que realizar un par de llamadas telefónicas antes de salir para el aeropuerto —dijo.
—¿Llamadas telefónicas?
Él frunció el ceño al percibir el tono de objeción en la voz de ella y se preguntó si Bella pensaba que aquello era una luna de miel, si se había olvidado de que estaban actuando y de que lo que había ocurrido era que se les había ido un poco de las manos debido a la química sexual que él había tontamente alimentado.
—En realidad tengoque trabajar —dijo con una severa voz.
—Claro que sí —se apresuró a decir ella, sintiendo cómo regresaba a su antiguo papel.
La obediente Bella. La dócil Bella.
La fría distancia que reflejaban los ojos de él hizo que a ella le diera un vuelco el corazón debido al terror que sintió. Se suponía que las cosas no debían ser de aquella manera… no después de lo que había ocurrido entre ambos. Seguro que ni él podía negar que habían estado increíblemente bien juntos, que lo que había comenzado como una farsa se había convertido en algo muy diferente.
Pero entonces se dijo a sí misma que quizá la manera en la que le había hecho sentir, como si fuese la única mujer en el universo, y las cosas que le había susurrado mientras habían hecho el amor era lo que le decía a cada nueva mujer con la que se iba a la cama.
—Te dejaré a solas para que te vistas —dijo él.
—Sí.
—Desayunaremos en la azotea con Carlisle y Jane. Te veré allí. Ahora ya sabes ir sola, ¿no?
Bella pensó que él no podía siquiera esperar para alejarse de ella.
—Creo que me las podré arreglar sin un mapa —dijo en tono agradable. No pretendía que él viera lo dolida y enfadada que estaba. Pero, en realidad, su enfado era consigo misma… por permitirse sentirse herida.
Tenía que reconocer que Edward no le había prometido nada.
Forzó una sonrisa, dándose cuenta de que él no la había tocado. No la había besado. Ni la había mirado. Ni le había comentado nada. No le había indicado que ella le importara.
Esperó a que él se hubiese marchado antes de beberse el café y de pensar en la mejor manera de manejar todo aquello. Como iban a regresar a Inglaterra, él estaba trabajando duro para restablecer los límites entre ellos y había decidido que lo que había ocurrido había sido un error.
Podía seducirlo… o suplicarle que le hiciera el amor.
O podía mantener su orgullo y dignidad, encogiéndose de hombros como si no importara… aunque sintiera como si su corazón se estuviera rompiendo en mil pedazos.
Se duchó y se vistió, admitiendo que el maquillaje servía para algo más que para acentuar las facciones bonitas de las mujeres. Era una máscara bajo la que te podías esconder… y ella necesitaba desesperadamente algún tipo de camuflaje aquella mañana…
Se puso un vestido blanco y se arregló el pelo en un moño en lo alto de la cabeza.
Pero mientras subía a la terraza se sintió nerviosa y se preguntó qué iría a ocurrir.
Ambos hombres estaban a solas, conversando. Cuando la miraron, a ella le pareció ver una especie de culpareflejada en las caras de ambos… aunque también pensó que se estaba volviendo paranoica.
Pero entonces Carlisle, como para compensar el inconfundible frío lenguaje del cuerpo de Edward, se inclinó ante ella y dio unas palmas para que sirvieran el desayuno.
—¿Dónde está Jane? —preguntó ella.
—Está en su habitación y, desafortunadamente, no nos acompañará —dijo Carlisle.
—¿Oh? —dijo Bella—. Es una pena.
—Desde luego que lo es —dijo el jeque con mucha labia—. Pero te manda sus mejores deseos y se despide de ti. Yo le he dicho a Edward que debe llevarte a visitar mi país, cuando lo desees.
—Creo que Bella ya ha tenido suficiente con este viaje para mucho tiempo… ¿no es así, cara?
Ella casi se atragantó con un fruto seco, pero, por lo menos, masticarlo le permitió centrarse en ello y así evitar que su enfado la superara. Se preguntó cómo se atrevía él a tratarla como una especie de mercancía a la que podía tomar y dejar a su antojo. Quizá pensaba que ella no tenía sentimientos.
Pero el orgullo funcionaba de manera curiosa… en cuanto lo herían comenzaba a curarse para poder proteger. Sonrió abiertamente a Carlisle y le dijo que apreciaba mucho su amable oferta, así como que pretendía regresar algún día a Marruecos con su hijo.
—¿Tienes un hijo? —preguntó Carlisle, asombrado.
—Sí, tiene cinco años —dijo ella.
Pero entonces vio cómo el jeque comenzó a hacer cálculos mentales y decidió aclararlo.
—Rompí con su padre cuando todavía estaba embarazada.
—¿Tiene cinco años? ¡Tú debiste de ser poco más que una niña cuando lo tuviste!
De alguna manera, Bella logró permanecer allí sentada desayunando. Tras ello, una vez se hubo despedido de Carlisle y éste se hubo marchado, se levantó.
—¿Por qué tienes tanta prisa? —preguntó Edward.
—¡Para hacer las maletas, desde luego! —espetó, comenzando a alejarse.
Edward esbozó una mueca y se levantó, siguiéndola hasta la suite que habían compartido, donde la agarró y le dio la vuelta para que lo mirara.
—Quizá deberíamos retrasar nuestro vuelo durante unas horas —dijo con voz ronca.
—¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Qué otra cosa tienes en mente? —preguntó Bella, mirándolo fijamente.
—Esa es una pregunta muy tendenciosa, cara —dijo, acercándola hacia su cuerpo y aproximando sus labios al cuello de ella. Se deleitó con el inconfundible aroma de su piel—. Puedo pensar en muchas cosas que me gustaría hacer ahora.
Y ella también. Cosas que tenían que ver con la cálida caricia de él y con la manera en la que sentía la dureza del excitado sexo de él presionando contra su cuerpo…
—¿Ah, sí? —dijo.
—Mmm —gimió él, acariciándole el oído—. ¿No puedes hacerlo tú?
—Edward, por favor…
—¿Por favor qué, cara?
Ella quería decirle que por favor dejara de tocarle los pechos de la manera en la que lo estaba haciendo. Pero parecía que su cuerpo tenía otras ideas… ya que estaba deleitándose con aquello.
—¡Oh! —gimió al subirle él el vestido.
Edward no estaba perdiendo el tiempo con ternura y le estaba bajando las bragas. Ella gimió de nuevo al comenzar él a tocarle donde más lo deseaba.
—¡Edward! —exclamó cuando ya no pudo hacer otra cosa que dejarse llevar.
—Sí —dijo él, bajándose la cremallera del pantalón con desesperación y acercando a Bella la pared.
Miró los labios de ella y sus enormes ojos antes de penetrarla con tanta fuerza y tan profundamente que su suspiro de satisfacción se convirtió en un gemido muy profundo.
No hubo tiempo para pensar, ni para hablar, ni para quejarse… ni siquiera para besar. El orgasmo que se apoderó del cuerpo de ella fue tan repentino e inesperado que Bella se sintió casi estafada. Como si él le hubiese robado algo que no sabía muy bien lo que era. Edward le acompañó en el océano de placer casi inmediatamente, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba mientras la abrazaba con fuerza, maldiciendo en italiano…
Ella esperó a que él se hubiera tranquilizado antes de apartarlo, empujándole el pecho. Él la había utilizado…había utilizado su cuerpo para satisfacer sus necesidades…
—¿Bells? —dijo Edward, impresionado por lo que acababa de pasar—. ¿Estás bien?
Ella estaba muy mal, muy herida. Pero el signor nunca lo sabría.
—Sí, estoy perfectamente. ¿Por qué no iría a estarlo? Y ahora me gustaría que nos marcháramos al aeropuerto y tomáramos un avión. ¿O se dice subir a un avión? No estoy segura. Antes de este viaje no había viajado en avión… desde luego que no en uno privado… pero tú eres el experto, ¿verdad, Edward? Tú eres el experto en casi todo. Dímelo tú.
—¿No íbamos a retrasar nuestro regreso? —preguntó él.
—Pero ya no tenemos que hacerlo. Ahora no —dijo ella, apartándose de él.
—¿De qué estás hablando?
Ella se dijo a sí misma que se lo dijera.
—Bueno, acabamos de practicar sexo, ¿no es así? Por lo cual ya nos podemos marchar. A no ser que tú estés planeando realizar un par de asaltos más antes de marcharnos.
—¿Asaltos? ¡No estamos hablando de un combate de boxeo! —exclamó él, encolerizado—. Y no tenías por qué haberlo dicho de esa manera tan… clínica.
—Oh, por favor, Edward… ¡no enmascaremos los hechos para hacerlos parecer más agradables! Es sobre lo que ha versado todo este fin de semana, ¿no es así? Sexo, puro y simple, una necesidad básica de los humanos que ambos hemos satisfecho.
—¿Por qué estás hablando así de repente? —exigió saber él.
—¡Porque es la verdad! ¡Y lo sabes! —espetó, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia su vestidor antes de que él pudiera tocarla. Sabía que no iba a ser fácil.
A lo largo de los años había aprendido a amarlo… y, en aquel momento, iba a tener que aprender a odiarlo. Para Edward, ella no era otra cosa que una persona que podía serle útil.
Quizá la única manera en la que podía recuperar la cordura seria volviendo a ejercer el papel que le correspondía. Volver a ser quien era. Quien siempre había sido. Su empleada… nada más ni nada menos.
Estaba metiendo la ropa interior en la maleta cuando Edward entró al vestidor.
—Tenemos que hablar sobre lo que vamos a hacer cuando regresemos a Inglaterra —dijo él cortantemente—. ¿Estás dispuesta a continuar con nuestro acuerdo?
—Durante el tiempo que sea necesario, continuaremos con nuestro acuerdo —contestó ella, que no estaba dispuesta a dejarle saber lo vulnerable que se sentía—. Y, como la prensa no tiene acceso a la habitación, no sabrán que no es una relación de verdad, ¿no es así? Cuando Alice se ponga bien y tú decidas que ya no es necesario que sigamos con la farsa, entonces dejaremos que todo se vaya apagando. Para ese entonces ya habrá una nueva historia y la deuda que yo tengo contigo habrá sido pagada.
Edward se quedó mirándola, viendo reflejado en sus ojos algo que nunca antes había visto, como una especie de nueva frialdad. La habitual adoración había desaparecido.
—¿Es así como lo ves? ¿Cómo el pago de una deuda? ¿Eso es lo que piensas de todo lo que ha ocurrido entre ambos? —exigió saber.
—Dejemos nuestros egos aparte y ciñámonos a los hechos, ¿te parece, Edward?
