Domingo. Domingo antes de navidad. Bufa con pesadez mientras entierra la cabeza en la almohada de nuevo, mientras suena una canción muy conocida para él. Debería ponerse en marcha y mover su destrozado cuerpo hacia el campo de quidditch para el dichoso entrenamiento pero la voz de ese hombre tiene la capacidad de retenerlo de tal manera que, seguramente, llegue tarde. Nott está en su cama, a su lado, leyendo para variar mientras aporrea las tapas del libro con suavidad, al ritmo de la música. No los ha escuchado antes pero no parece disgustarle, en realidad, nadie en ese castillo los había escuchado nunca… Mentira, mentiroso. Ella. Ella sí.
Se remueve contra las sabanas echando un brazo a un lado de la cama, casi rozando el suelo, llevándose por delante el termo, que aun seguía en su poder. De todas las personas que habitaban aquel asqueroso castillo tenía que haberse fijado en ella. Y justo, descubrir que ella los conocía ¡Cómo era posible! ¡No lo era! ¡No, no, no y no! Recuerda a la perfección como los escuchó por primera vez, había salido corriendo de la mansión, no era la primera ni la última vez ya que, huía de casa una media de tres veces cada vez que volvía para as vacaciones. No supo como llegó a aquel antro muggle ni como consiguió colarse cuando la entrada valía dinero pero para cuando se quiso dar cuenta se encontraba casi en primera fila siendo arrastrado por un montón de gente que coreaba al unísono canciones en inglés. Se pasó embobado medio concierto, hipnotizado por los ritmos de guitarra y batería, sin dar crédito.
De aquello hacía tres años, y en ¡Tres malditos años! No había conocido a nadie que los conociese ni que siquiera se interesase por ellos, por la única razón de que eran muggles. Un día que le explicó a Nott que le parecía increíblemente hipócrita que los sangre limpia repudiasen la música solo por ser muggle cuando la música en si era magia. A veces te emocionas y todo eh.
-Vas a llegar tarde…
-Una más y me muevo.
-Llevas diciendo eso desde que has puesto este disco… mueve ese culo alemán antes de que Malfoy quiera petartelo a escobazos.
Por cosas como esas le gusta Nott, silencioso pero conciso. Sale con él y lo acompaña, sin dejar su libro. Maldito Ravenclaw relegado a una casa de serpientes. No ve a Ginny desde la noche anterior y ya se siente extraño, por esa razón se ha pasado la mayoría del día sin salir de la habitación. Por eso y porque la escuchó cantar She's thunderstorms cuando llegó a la cocina y tuvo que controlarse mucho para no morir allí mismo, o matarla o comérsela. O lo que fuese.
Se la encuentra al llegar al campo, sentada en las gradas, acompañada de la rubia loca y la francesa ¿Qué haces ahí? De repente se pone nervioso y mira hacia otro lado, contrariado porque está allí.
-Vienen a espiar.
Maldito Malfoy, cierra esa puta boca sucia que tienes. Observa anonadado como Nott se ha sentado al lado de la loca a ver el entrenamiento ¡Están hasta hablando! Pasa el resto del entrenamiento intentando no pensar que tiene a la pelirroja ahí, sentada, mirando como vuela. Lo hace bien, es bueno, marca un par de tantos e ignora a Malfoy todo el tiempo, cuando acaba y posa los pies en el suelo un torbellino pelirrojo y que no le llega a la barbilla lo asalta.
-Eres bueno Lestrange ¿Cuándo dices que compites contra mi?
-Nunca, enana.
-¿Cómo que nunca?
-Nunca, porque te daré tal paliza que desearás no haberme conocido… -se da media vuelta dejándola ahí, apretando los puños.
-¿CÓMO QUE ENANA?
Huye a las duchas y no vuelve a verla hasta la cena, la mira si continua con la imagen de ella cantando, en su interior, abrasándole el cráneo, todo es fuego desde que la conoció, y a él nunca le había ido eso del fuego. Pregúntale, pedazo de memo, pregúntale como los conoce.
No lo hace hasta tres días después, están ambos en un aula del tercer piso, de las que están en desuso. No sabe porque han acabado allí pero benditas aulas vacías. La mira corretear por el aula, con una mochila ajada al hombro y aquellos malditos calcetines hasta las rodillas. Acaba subiéndose a una mesa, colgando las piernas, abriendo el libro de Transformaciones.
-¿Qué haces?
-La redacción de Transformaciones.
-¿Para eso me traes aquí?
-Tú también tienes que hacerla…
Hacer, hacer, hacer. con las piernas ahí, bailando en el aire, no puede hacer nada, nada más que recordar como se respira. Se acerca, y niega con la cabeza, no, nada de redacciones. Dudas. Él tenía dudas. ¿Qué somos? ¿Qué hacemos? ¿Por qué fuego? ¿Por qué mierdas conoces a los Arctic y me haces sufrir así? Aquella última coincidencia lo destrozaba, lo hacía arder.
-Dime como conoces a Arctic Monkeys… -se acerca a ella y se lo susurra al oído, notando como se estremece y observando, con gusto, como deja resbalar el libro de transformaciones.
-Mi padre me regaló una radio muggle trucada cuando cumplí los nueve… -susurra, está inquieta al tenerlo tan cerca.
-¿Por qué? ¿Por qué de toda la gente que he conocido en este castillo eres tú justo tú…?
-Oye, que estamos igual…
Maldita enana borde. Frunce el ceño aun en su cuello, bastante enfadado porque lo ha interrumpido. Cierra los ojos y sabe que, ahí, bien estirada, mirando a un punto fijo frente a ella, Ginny, cree que ha ganado. No, pelirroja, nunca. Posa de nuevo los labios en su cuello pero en vez de besarlo, lo muerde, sin fuerza, nota como se revuelve y se aleja.
-No me interrumpas… -gruñe poniéndose de nuevo frente a ella, disfrutando de su cara.
-Lo hago si quiero.
Sabe que está jugando con fuego. Nunca mejor dicho. Porque sabe que la pelirroja no es de las personas que aceptan ordenes, ni de las que se deja manejar. No, nada de eso. Y lo sabe. Pero todo aquello lo supera demasiado, las coincidencias, el café, la necesidad. No le gusta esa sensación de necesidad, para nada, porque esa necesidad solo puede significar una cosa. Y eso si que no. No.
