Disclaimer: La historia y los personajes no me pertenecen, sus creadoras son Helen Brook y Stephanie Meyer respectivamente.


Capítulo 11


ALice pasó una noche terrible. Cuando el día empezó a clarear, se vio obligada a reconocer por fin que le había seguido el juego a Maria. No debería haber reaccionado como lo había hecho. Había dejado que la italiana le envenenara la sangre. ¿Y por qué? Porque ya tenía unos sentimientos demasiado profundos por Jasper. La relación que ella hubiera tenido con Maria o cualquier otra mujer, no tenía nada que ver con ella. No eran pareja. No estaba saliendo con él. Ella no tenía derecho alguno.

Mientras observaba cómo salía el sol, tuvo que enfrentarse al hecho de que lo que sentía por Jasper era ya mucho más fuerte de lo que había podido sentir antes. Eso significaba…

Que apreciaba a Jasper. No. Mucho más. Se había enamorado de él de un modo que demostraba que los sentimientos que había tenido hacia Peter no eran nada comparado con aquello.

Era el mayor error de su vida, pero había ocurrido. Lo mejor que podía hacer era enfrentarse a ello y pasar las pocas semanas que le quedaban allí sin esconder la cabeza en la arena. Aquella mañana se sentía lo suficientemente fuerte como para mencionar el altercado con Maria sin la indignidad de echarse a llorar. Simplemente le diría, sin entrar en detalles, que Maria se había mostrado hiriente hacia ella y que eso la había disgustado. Su comportamiento de la noche anterior se debía al hecho de que no se había sentido capaz de hablar sobre ello, un comportamiento que comprendía que había sido inaceptable.

Bastante nerviosa, se duchó y se vistió. Entonces, se recogió el cabello con una coleta sin preocuparse de maquillarse. Estaba lista mucho antes de que fuera la hora de desayunar, por lo que fue a sentarse en la terraza con un libro que ni siquiera abrió.

Estuvo algunos minutos contemplando la belleza del jardín. Entonces, vio a Jasper. Evidentemente, tenía la intención de darse un baño en la piscina. Caminaba rápidamente, sin mirar atrás, por lo que Alice se sintió segura observándole. Al llegar a la piscina, dejó caer la toalla sobre el suelo y se zambulló en el agua.

Alice lo observó atentamente, incapaz de apartar la mirada. Jasper hacía un largo tras otro a una sorprendente velocidad. Cuando se dio cuenta de que iba a salir por fin de la piscina, se metió rápidamente en su dormitorio. Se sentía tan culpable como un voyeur que había estado a punto de ser sorprendido.

Fue al cuarto de baño y se mojó el rostro con agua fría. Entonces, se miró en el espejo y vio el deseo que aún tenía reflejado en el rostro. Resultaba humillante aceptar que ella lo había estado espiando como una adolescente. Antes de conocer a Jasper, jamás hubiera dicho que su empuje sexual era demasiado alto, pero en aquellos momentos…

Se consoló por fin con el hecho de que Jasper no se había dado cuenta. Sin embargo, tuvo que admitir que ya no se reconocía. Ciertamente, ya no era la mujer que se había imaginado ser. Había esperado enamorarse de Italia, pero terminar haciéndolo de un italiano… Nunca. Un hombre como Jasper, un hombre que podía poseer a cualquier mujer que deseara, con una cultura diferente, era un hombre fuera de su alcance en todos los sentidos.

Cuando bajó a desayunar, había vuelto a recuperar el control, al menos aparentemente. Había hecho una promesa a Rosalie y no iba a romperla. No había más que decir.

Jasper estaba solo en el comedor. Alice se lanzó al discurso que llevaba practicando desde hacía una hora sin ni siquiera sentarse.

–Siento mucho lo de anoche. Sé que estropeé una velada muy agradable, pero me encontré con Maria en el tocador y eso me afectó bastante. Sé que no es excusa, pero…

Jasper se levantó y se acercó a ella. Le colocó un dedo sobre los labios e hizo que se sentara en la silla que había junto a la de él. Tomó asiento también.

–Siéntate. Toma un poco de zumo –le dijo tras servirle un vaso–. Hablaremos después.

Alice dio unos sorbos y se preparó para la conversación que iban a tener.

–Ahora, quiero que me digas lo que te dijo Maria.

–Eso no importa. Baste decir que a ella no le gusta que yo me aloje aquí ni que esté ayudando a Rosalie. Creo que toma el hecho de que yo no sea italiana como una especie de afrenta personal.

–Dime qué fue exactamente lo que te dijo –insistió él.

–No.

–Evidentemente, te disgustó bastante, así que insisto.

–Ya te lo he contado poco más o menos. No lo recuerdo palabra por palabra.

–Eres la mujer más exasperante que he conocido nunca, ¿lo sabías? –dijo él dándose cuenta de que no iba a ganar aquella batalla–. A pesar de que parece que tienes dieciséis años, eres una mujer hecha y derecha –añadió. Entonces, se levantó y le agarró la mano a Alice para obligarla a levantarse–. Iremos a pasear un rato por el jardín antes de desayunar. Quiero hablarte de Maria en privado.

–No tienes que…

Jasper no la escuchó. Cuando estuvieron en el jardín, él siguió sin soltarle la mano. Entonces, empezó a hablar.

–Maria es la esposa de mi amigo y, por esa razón, sería una falta de respeto a Garrett que nos oyeran hablar de ella. No es un matrimonio feliz. No creo que Maria sea capaz de hacer feliz a ningún hombre y sé que yo tuve la suerte de escapar de ella hace muchos años. No tardé mucho en darme cuenta de que lo que había sentido por ella no era amor, sino algo completamente diferente, más terrenal. Cuando uno es joven, los deseos del cuerpo son lo más importante y, tal vez, también cuando no lo es tanto. Comprendí esto justo a tiempo y ha gobernado mi vida desde entonces. ¿Comprendes lo que estoy diciendo?

–¿Que el deseo sexual no es amor?

–Sí. Sin embargo, volvamos de nuevo a Maria. Garrett es un buen marido. Digo esto no solo porque es mi amigo, sino porque sé que es cierto. Le ha seguido siendo fiel a pesar las extremas provocaciones. Ella ha tenido muchos amantes. Sin embargo, es la esposa de Garrett y por esa razón la tolero. No hacerlo significaría perder a mi amigo. ¿Lo comprendes?

Alice asintió. Habían llegado a un punto del sendero en el que una parte los devolvía hacia la casa.

–Maria no tenía derecho alguno a comentar nada sobre tu presencia en mi casa y me gustaría que olvidaras lo que te dijo. ¿Lo harás, Alice? Es muy importante para mí.

Ella asintió, a pesar de que sabía que eso sería imposible.

–Me alegro –dijo. Entonces, la tomó entre sus brazos y le dio un beso en los labios–. Ahora, vamos a desayunar –añadió con satisfacción, como si todo se hubiera solucionado.

Sin embargo, para ella no había sido así. Alice era incluso más consciente de que el abismo que los separaba era inmenso. La experiencia que Jasper había tenido con Maria había amargado la idea que él tenía del amor. Para él, no había más que satisfacción sexual y aventuras que no suponían compromiso alguno más allá de divertirse y de gozar mutuamente.

Si Alice estuviera tan solo interesada en satisfacer sus necesidades físicas, la situación sería perfecta. Sin embargo, no era así. Para hacer el amor con un hombre tendría que entregarse en cuerpo y alma. Así era para ella. Sería para siempre. Por supuesto, aquella perspectiva la asustaba. No tenía ninguna duda de que Jasper tan solo la quería para una breve aventura. Lo sabía perfectamente, pero hasta aquello sería un desastre. Ella no tenía experiencia sexual alguna, como las otras mujeres. No tendría ni idea de cómo mantenerlo interesado en la cama.

–¿Seguimos siendo amigos? –le preguntó él justo antes de que entraran en la casa.

–Por supuesto.

–Entonces, mañana te llevaré a ver la Grotte de Castellana –anunció Jasper–. Estalactitas y estalagmitas. Rosalie me ha dicho que te interesan esas cosas. Luego, podríamos ir a ver el museo de Taranto y la muralla Mesapiana, en Mandura. Lo veremos todo durante las próximas semanas. Te lo prometo. Juntos, mia piccola.

Alice sintió que se le hacía un nudo en el estómago. No sabía si podría soportarlo sin dejar a un lado su moralidad y su orgullo.

–Eso no será necesario.

–Claro que lo es. Es necesario para mí y creo que también un poco para ti. Quiero estar contigo, Alice. Siento celos al pensar que podrías ver todas esas cosas con otra persona o incluso sin mí. Te prometo que me comportaré. Sé que no confías en mí, lo veo en tus ojos, pero el tiempo te lo demostrará. No te haré el amor hasta que no confíes en mí.

–¿Hacerme el amor? –repitió ella febrilmente–. Pensé que habíamos acordado que eso sería imposible. Me he quedado aquí para ayudar a Rosalie. No quiero…

–En ese caso, deja que sea yo quien quiera por los dos.

Antes de que ella pudiera reaccionar ante aquella descarada violación de las reglas, él la besó. No fue un beso casto y rápido. Labios y lengua se apoderaron de los de ella en un apasionado beso. Cuando Jasper levantó la cabeza, ella estaba temblando.

–Tú… dijiste que nada de besos –susurró ella–. Era… era parte del trato.

–Este trato es nuevo –replicó él con una sonrisa–. Ahora se permiten los besos. Un hombre sediento debe al menos tener una gota o dos de agua para poder sobrevivir.

Aquella comparación tan dramática resultaba tan ridícula que ella no pudo menos que sonreír.

Jasper sonrió también. Presintió la victoria.

–Vamos a desayunar –dijo–. Mañana pasaremos el día juntos.

Era el primero de muchos días similares a lo largo de las semanas que faltaban para la boda y cada uno de ellos era un dulce tormento.

Puglia tenía una historia muy rica, pero no tenía una gran infraestructura turística, por lo que la presencia de una extranjera resultaba sorprendente para sus habitantes. Alice comprendió que visitar la zona con Jasper le proporcionaba lo mejor de ambos mundos.

Alternaban las visitas más culturales con salidas a la playa. Allí, compartían la comida que Gilda les había preparado después de nadar en el mar y luego cenaban en sencillos restaurantes. Regresaban a la casa al atardecer.

La primera vez que disfrutaron de un día así, Alice estaba muy nerviosa. Jasper no parecía darse cuenta de lo intimidante que resultaba su magnífica masculinidad. Se comportaba muy naturalmente a pesar de estar prácticamente desnudo. Alice se había comprado otro traje de baño en Bari, que consideraba mucho más recatado. Tenía que bañarse constantemente en el agua fría para poder protegerse contra el ardiente deseo que la atenazaba, pero, para su pesar, Jasper no parecía sentirse afectado. Se había imaginado que, tras el apasionado beso en el jardín, tendría que estar quitándoselo de encima constantemente, pero, aunque él no eludía el contacto físico y le tomaba la mano o la abrazaba, se mostraba más que correcto. Esto molestaba a Alice.

Cuando no veía a Jasper, Rosalie y ella trabajaban en los preparativos para la boda. La ceremonia iba a tener lugar la primera semana de julio. Aunque Jasper se había gastado mucho dinero y había más de trescientos invitados, iba a ser una ceremonia informal y orientada a la familia, sin los estrictos horarios de una boda en Inglaterra.

A medida que la fecha iba acercándose, Alice sabía que también se acercaba su partida. Le había prometido a Rosalie que se quedaría para la boda, pero había decidido que se marcharía el día después del casamiento. Ya había llamado a la empresa de alquiler de coches y les había pedido que llevaran un coche a la finca de los Hale la mañana después de la boda. No se lo dijo ni a Jasper ni a Rosalie, pero se había sentido mucho mejor después de hacer la llamada. Había agarrado el toro por los cuernos y se había enfrentado a la realidad, por muy dolorosa que esta fuera. Aquel mágico interludio estaba a punto de llegar a su fin y, aunque Alice no sabía cómo iba a poder soportarlo, sabía que no tenía otra opción.


¡Capitulo 11... Listo! :)

XOXO