Juguemos a que mañana no tendremos que matarnos.


-Por lo que parece estamos aliados.

Parpadeo confundida. ¿De qué me habla?

-¿Qué?

Da un par de pasos hacia mí y eso me pone alerta. Me pongo de pie de un salto y levanto el cuchillo teñido de rojo hacia él; mi aspecto y lo que le he hecho al cadáver que hay a mis pies son motivo suficiente para que un rictus de terror cruce su rostro. Se echa para atrás de nuevo.

-¡Ni lo intentes! -le amenazo.

Me molesta, me molesta cómo me estudian sus ojos.

-Hace diez minutos me has salvado la vida –dice –. Yo puedo curarte esos pies. Tienes la voz ronca y la cara muy roja, seguro que tienes fiebre; también puedo ayudarte con eso.

Los dedos se me están poniendo rígidos; llevaba varios días sin esta sensación y no me agrada nada volver a sentirla. Eso me recuerda que mi instinto me previno desde él primer momento, y tampoco he olvidado la última noche en el tejado.

Es verdad: casi paso por alto el maldito incidente.

-¿Qué demonios me hiciste? -exijo saber.

Shikamaru alza una ceja interrogativamente.

-¿De qué me hablas?

-¡De la noche de las entrevistas! Dime, ¿por qué amanecí con ropa distinta, eh? ¿A qué jugabas?

El rictus de terror es sustituido por indignación.

-¡Te iba a dar una sobredosis de somníferos! No sabía si habías tomado los suficientes como para que fuese mortal. ¿Sabes lo que eso habría significado? Todos tus músculos se hubiesen relajado hasta que ya no habrías podido usarlos, y eso incluye los de los pulmones. Es muy fácil asfixiarte así, y eso si los efectos de la intoxicación no te hubiesen matado antes: parada cardíaca, fallo renal, fallo...

-Vale, vale. Ya he captado el mensaje -le interrumpo gruñona. Ahora lo que siento es una mezcla de vergüenza y enfado: si me está diciendo la verdad ahora le debo "la vida". Y eso no me gusta, yo soy de las que tienen el mando y dirigen el cotarro, no de las que voy debiendo favores a chicos extraños.

¿Y qué gana él aliándose conmigo a estas alturas? Quizá habría tenido utilidad al comienzo de los Juegos, pero ahora...

-No vale la pena aliarse. No quedamos ni la mitad.

-Pero quedamos más de dos -opone él con contundencia. Luego añade por lo bajo :- ...y además es lo menos problemático.

-¿Lo menos problemático? ¿Acabo de apuñalar veinte veces a una persona y me calificas de poco problemática?

-No, créeme, sí que me lo pareces. Pero eres tan letal que haremos una buena combinación. Yo pongo el cerebro y tú la fuerza. ¿Qué te parece?

¡Sigue llevando las riendas de la conversación! ¡Y encima me está tentando! No consigo dejar de sentir que está manipulándome para llevarme por donde quiere. No tengo que olvidar que tuvo un once de nota: mejor no le pregunto cómo lo sacó. Pero tengo que dejar claro quién manda.

Le hago un rápido repaso visual para ver con qué está armado; yo me escondí los shuriken cerca de la entrepierna, él podría hacer algo parecido también. Eso me da una idea.

-Si quieres acercarte a mí, desnúdate primero -le ordeno.

La cara que pone es tan cómica que por primera vez me arranca una sonrisa.

-¿Desnudarme? ¿Es algún tipo de venganza?

¿Acaso lo dudabas? -No, idiota. Quiero ver qué armas llevas. No vas a conseguir engañarme.

Se pone rojo, no sabría decir si de ira o de vergüenza, pero sin decir nada empieza a desnudarse ahí mismo, dejándome perpleja con su decisión cuando se quita la chaqueta y la camiseta negra de cuello largo. El tatuaje de su brazo danza bajo los músculos que se contraen al quitarse la camiseta interior, y uno de los oblicuos rayos de de luz le arranca un destello a la hoja con laca verde que lleva al cuello. En un santiamén se libra de las botas y los pantalones. Por supuesto, no hay armas ocultas.

Siento una perversa satisfacción al ver en su rostro que él está tan incómodo como yo.

–¿Necesitas también que me quite los calzones? –sugiere con una mueca.

–Bah, vístete. Estás tan delgado que pareces una foto de guerra –le digo tratando de desviar la conversación.

–¡Mira quién fue a hablar! ¿Te has mirado al espejo últimamente?

Por desgracia tiene razón: los pies descalzos y destrozados, el pantalón cortado, el brazo herido...

Antes de que pueda pestañear se ha vuelto a poner los pantalones y la camiseta interior. Se acerca unos pasos hacia mí con cautela y cuando ve que dejo de amenazarle con el cuchillo avanza hasta llegar al cadáver de Kin. No me gusta tener que mirar el destrozo que le he hecho, pero cuando veo que empieza a desabrocharle los pantalones doy un grito.

–¡Se puede saber qué haces!

–No grites tanto –gruñe él –, te estoy ayudando.

Oh. Le está quitando los pantalones para que me los pueda poner yo. De nuevo siento vergüenza. Aparto sus manos de la cremallera del pantalón de Kin.

–Trae, ponte tú con las botas.

Cuando terminamos con la desagradable tarea de arrancarle todas las flechas al cuerpo de Kin –debo recuperarlas, no tengo un número ilimitado de ellas – y quitarle las botas y los pantalones registramos su mochila en busca de armas y alimentos. Descubrimos ocho minas que nos hacen temblar, pero también agua, paquetes de cecina, barritas energéticas, manzanas y un botiquín de primeros auxilios. También está el cuchillo que ha dejado caer y las agujas con las que pretendía atacarme. Sacamos todo menos las minas y le dejamos la mochila bien enganchada para que se vayan con ella. Nos alejamos varios metros y un aerodeslizador no tarda en bajar del cielo. Unos segundos más tarde las pruebas de mi primer asesinato han desaparecido del bosque y los pájaros reanudan su fiesta particular.

Empiezo a desabrocharme mis pantalones para cambiármelos cuando veo que Shikamaru me está mirando fijamente.

–¿Qué miras?

–Acabo de desnudarme delante tuyo para enseñarte mis armas. ¿No deberías hacer tú lo mismo?

–Me quitaste todo lo que llevaba encima el otro día, ya sabes lo que tengo.

–¿Sigues llevando la cosa punzante en la entrepierna?

–¿Cómo sabes que…? ...

Hijo de perra...

Con un par de hábiles sacudidas saco los shuriken de las mangas de mi chaqueta y se las muestro de forma intimidatoria. Me encantaría lanzarle una y reventarle un ojo, pero templo mis emociones y después de guardarlas de nuevo en mis bolsillos me cambio los pantalones. Esta vez el que pone cara de perversa satisfacción es él.

Ya me las pagará.

Antes de ir a ponerme las botas me para.

–Espera, mejor te curo antes esos pies. No sé ni cómo sigues viva en las condiciones en las que estás...

Después de buscar en el bosque la flecha que le disparé a Zaku me hace subir al árbol, sorprendiéndose con lo fácil que me resulta escalar. Cuando llegamos a la rama donde había preparado el nido para él y Shiho nos llevamos la grata sorpresa de encontrarnos un paracaídas plateado unido a un botecito de plástico.

Insisto en que lo abra él, al fin y al cabo ha aparecido encima de sus cosas. Lo abre y lo olisquea, pero es obvio que es algún tipo de medicina. Se queda dos segundos pensando y después dice:

–Vamos a limpiarte esos pies.

Le observo ceñuda mientras saca una botella de agua y una gasa y empieza a restregarme las molestas heridas y ampollas. Desnudarme delante suyo me ha molestado, pero que toque una parte de mí provoca otro tipo de incomodidad. Entonces veo que hunde dos dedos en la sustancia del bote que acaba de recibir y me lo aplica en las ampollas. El efecto calmante es instantáneo.

–Oh –se me escapa un suspiro –, al fin.

–Tal y como sospechaba –murmura él dando vueltas al botecito en su mano. Arruga el ceño, gesto que ya me estoy acostumbrando a identificar como que hay algo a lo que le está dando vueltas en su cabeza.

Creo que sé perfectamente qué es. El paracaídas estaba claramente sobre sus cosas, pero él no tiene heridas y muchos menos quemaduras como las mías. ¿Por qué iba a mandarle su mentor medicamentos para mí? ¿O acaso ha sido Baki el que ha decidido dejarlo encima de las cosas de Shikamaru para que fuese él el que lo encontraba?

Sólo se me ocurre una idea: ¿están apoyando nuestros mentores nuestra alianza? En ese caso daría igual cuál de los dos lo ha mandado, si Baki o el mentor de Shikamaru, incluso puede que hayan tomado la decisión conjuntamente. Además a estas alturas los regalos ya estarán muy caros, deben haberse dejado un montón de dinero para demostrarnos esto.

Sólo ahora decido que he hecho bien dejando que se alíe conmigo.

Cuando termino con mis deducciones me doy cuenta de que Shikamaru me está mirando de nuevo con uno de sus gestos extraños. Seguramente haya pensado lo mismo que yo, pero comentarlo en voz alta es demasiado arriesgado. En los Juegos no hay amigos, y al público no le gusta ver ni piedad, ni compañerismo, ni nada del estilo. Tan sólo sangre y traiciones.

–Parece que mi actuación con Kin ha impresionado a algún que otro patrocinador–comento con falsa superioridad, aunque la amargura se me nota.

Espero que la gente se crea esa morbosa alternativa –aunque igualmente posible. Shikamaru hace una mueca y sigue aplicándome el ungüento. Sus dedos en mis tobillos me hacen cosquillas.

–¿Cómo te hiciste esto? ¿Te pilló muy cerca el incendio? –me pregunta para romper el silencio.

–Son quemaduras, pero no de fuego. El segundo día hubo una especie de marea de ácido que subió desde la orilla del mar.

–¿En serio? –dice él con un preocupación – ¿El mar es de ácido?

–Sí. Bueno, al principio no. El primer día había una playa normal, incluso había rocas con crustáceos. Pero por la noche desapareció con la explosión.

Eso despierta todavía más su atención. Se pone muy serio y yo de repente recuerdo que su última conversación con Shiho trataba de las explosiones.

–¿Quieres decir que después de la explosión hubo una marea de ácido?

–No sabría decir –sacudo la cabeza intentando recordar –. No, más bien con la explosión subió el nivel del mar y la playa desapareció bajo el agua... Pero juraría que por la mañana cuando me acerqué a mirar todavía era agua y no ácido. La trataron a lo largo del día.

–A ver si me aclaro –dice él parando las curas un momento–: hay una explosión, la playa desaparece, sube el agua y al día siguiente en algún momento pasa a ser ácido y vuelve a ascender.

–Sí –digo a regañadientes. No me siento muy segura dándole tanta explicación, puedo estar dándole ventaja sobre mí.

–¿Y cuándo paró?

–Cuando llegó al segundo poste.

–¿El poste? ¿Te refieres a esos que llegan desde la Cornucopia hasta abajo del todo?

–¿Llegan hasta la Cornucopia? –bueno, al menos con este intercambio yo también gano algo de información.

Shikamaru asiente, pensativo. Juguetea con sus dedos unos minutos y después los deja quietos, cada uno apoyado sobre su gemelo de la mano contraria. No sale de sus pensamientos hasta que vuelvo a intentar ponerme las botas.

–No, hoy no. Tienes que dejar que la herida respire mientras se cura. Espera, te saco una manta y te los envuelves con ella, así no se te quedarán fríos.

Teniendo en cuenta la de noches que llevo durmiendo descalza eso casi me parece un lujo. La manta es gruesa y, aunque no sea muy suave, en estas condiciones me parece seda.

Decidimos organizarnos. Shikamaru comienza enseñándome las cosas que tiene, ya que él me quitó mi mochila y por tanto mis posesiones las conoce: contando con lo de Shiho, cuenta con dos sacos de dormir, la manta que me ha dejado para los pies, unos calcetines de repuesto, cerillas, un cazo metálico, un cuchillo, distintos paquetes de comida, dos botellas de agua, unas extrañas gafas de sol y un botiquín del que ha sacado las gasas con las que ha limpiado mis heridas. También ha recolectado un montón de plantas, algunas comestibles y la gran mayoría medicinales. Me enseña también lo que queda de la ardilla que cacé y que todavía no me había comido en su momento.

–Lo siento, había hambre –me dice sin parecer verdaderamente arrepentido.

Yo le enseño lo único que no conoce de todo mi arsenal: saco del bolsillo de mi antiguo pantalón el puñado de semillas de ricino. Él coge una y me echa una mirada incrédula.

–Espero que no te hayas dedicado a comer esto.

–Imbécil, sé lo que es el ricino.

–¿Y para qué las querías?

–Bueno, la chica del 1 murió por unas cuantas de estas semillas.

Su rostro pasa de la incredulidad a la sorpresa.

–¿La mataste tú? ¿Cómo conseguiste que se las tomara?

–Estaba durmiendo debajo de mi árbol y le mandaron un paracaídas con un zumo –digo con una sonrisa malvada.

–Qué final tan horrible. No tendrás que ver con la muerte de su compañero, ¿verdad?

–Bueno... –mantengo la sonrisa –, en cierto modo sí. El resto de profesionales quería matarla desde que vieron que estaba enferma. Él trató de defenderla.

Suelta un bufido.

–Desde luego, sí que eres problemática.

Nos repartimos lo que le hemos quitado a Kin; él se queda con las agujas, aunque insiste en que no sabe usarlas, y con un paquete de comida. Yo me quedo con el cuchillo, la botella de agua, el botiquín y el resto de comida. Antes de empaquetar las cosas en las dos mochilas más grandes pone en mi mano un puñado de flores blancas. Me las acerco a la nariz y descubro que liberan un olor dulzón.

–¿Qué es esto?

–Flores de tilo; se hace una infusión con ellas. No creo que te libren del insomnio, pero quizá te ayuden a relajarte. Tienes problemas con el sueño, ¿verdad?

Tuerzo el morro. Me suena la tila, creo haber leído algo en los libros de mi padre, pero no recuerdo su aspecto. Y también recuerdo haberle dicho algo a Shikamaru sobre mi insomnio la fatídica noche de la entrevista. Vuelvo a olisquear las flores.

–¿Cómo sé que no intentas envenenarme?

Pone los ojos en blanco. Coge una flor, se la mete en la boca y la mastica hasta tragarla.

–¿Te vale?

La noche está cayendo sobre el bosque cuando decidimos cenar. Dividimos en dos lo que queda de ardilla y lo acompañamos con raíces de nenúfar, moras y otras bayas que Shikamaru dice que se llaman grosellas; son rojas y ácidas. También sacrificamos uno de los paquetes de comida, en concreto uno de galletas saladas. Shikamaru me da permiso para beberme yo sola una de las botellas de agua.

Llega el momento de decidir qué hacer esta noche. Ambos queremos acampar y descansar un poco, pero Sasori y Zaku podría estar no muy lejos. Es cierto que el primero no tiene pinta de ir a venir a por nosotros –podría haberme matado fácilmente hoy – y Zaku tiene un brazo roto, pero no dejan de ser una amenaza. Decidimos que lo mejor es turnarnos para montar guardias.

Sin embargo Shikamaru parece empeñado en vigilar él toda la noche.

–Estás hecha una mierda.

–No confío en ti.

–Tienes algo de fiebre, apenas puedes andar y, además, he tenido oportunidades de sobra para matarte. ¿Qué más quieres?

Un motivo, pienso. Un puto motivo con el cual entienda por qué no lo has hecho ya.

Acabo cediendo. La noche está apretando y he comenzado a tiritar, no hay nada más tentador ahora que el calentito sueño que me ofrece. Shikamaru también tiene frío, porque se pone la chaqueta y se frota las manos para calentarlas. Nos metemos en los sacos y nos acomodamos como podemos el uno junto al otro. Me resulta muy violento, pero es la mejor manera de hacer calor; al menos no tenemos que compartir un solo saco.

El himno interrumpe el silencio del bosque; desde donde estamos tan sólo hace falta mirar al cielo, sin necesidad de rebuscar entre las ramas. El sello del Capitolio flota en el cielo estrellado hasta que termina la música. Después llegan las caídas: primero sale Kin, tan distinta en la foto a como la he dejado yo. Luego viene Shiho.

–Hasta la próxima –oigo que Shikamaru susurra muy, muy bajito. Un estremecimiento me sacude.

El sello del Capitolio vuelve a invadir el manto estrellado unos instantes hasta desaparecer definitivamente.

Como ya no hay razones para que siga tratando de mantenerme despierta mastico varias de las flores de tilo que Shikamaru me ha dado; también me tomo una pastilla para bajar la temperatura, ya que me lleva diciendo toda la tarde que tengo fiebre. Después enrollo bien la manta en torno a mis pies, cuidando que no me queden destapados dentro del saco. Antes de cerrar los ojos digo:

–Despiértame cuando necesites cambiar.

–Sí, sí –contesta distraídamente. Parece que de nuevo está perdido en sus pensamientos, los dedos de sus manos juntos otra vez.

Me acurruco en mi saco y me abandono a placer del descanso. Hacía días que no me sentía tan bien: vuelvo a tener calzado, pantalones enteros, parece que algún que otro patrocinador... sigo viva... No está mal. Además, ya estamos a la mitad de los Juegos y he sobrevivido a unos cuantos momentos muy tensos. Puede que hoy no duerma, quién sabe, pero al menos no estaré continuamente al borde de un ataque de nervios.

O quizá sí. Ha pasado ya un largo rato desde que decidí dormirme, quizá una hora, pero eso no quita que al oír un extraño ruido proveniente de Shikamaru me ponga alerta de nuevo. Agudizo el oído: era algo de su respiración, como si estuviera conteniéndola por algo. No me atrevo a abrir los ojos y mirar directamente; si estuviese planeando algo contra mí me delataría al instante y podría armarse. Tengo todavía los shuriken en las mangas; puedo defenderme si lo necesito.

Otra vez el ruido. Esta vez abro los ojos, muy lentamente, para ver qué demonios está pasando. Se me cae el alma a los pies: no está haciendo nada malo... tan sólo está llorando.

Idiota. Soy siempre una maldita idiota. No sé cómo no lo he pensado antes... Shiho ha muerto hace apenas unas horas. Ella y Shikamaru eran amigos, por lo que parecía bastante cercanos. Y yo aquí obsesionada con su traición... Seguramente ni siquiera tenga cuerpo ahora mismo para nada. ¿Cómo puedo ser tan fría?

Me pregunto cómo me sentiría yo si Sasori hubiese muerto hoy –si hubiese sido así seguramente habría sido por mi arco –. No puedo decir que vaya a echarle de menos porque nunca ha sido mi amigo, ni siquiera nos prestábamos atención cuando vivía en la aduana. Pero me ha – nos hemos – dejado escapar hoy. Incluso ha renunciado a parte de sus aliados, aunque eso no signifique para él nada que no sea menos personas a las que asesinar. ¿Habré hecho mal manteniéndome alejada de él, sin tan siquiera darle la oportunidad de ser cordial conmigo?

Recuerdo cómo ha mencionado hoy a Kankurô y eso sólo hace que me sienta peor. Aunque no lo quiera reconocer le debo un montón a Sasori. Gracias a él mi hermano está en casa, quizá durmiendo, quizá con Gaara y Yashamaru, quizá viéndome sobrevivir a través de la pantalla. Gracias a Sasori yo sigo viva y no he tenido que pelear contra mi hermano. Gracias a él estamos los dos vivos; si él no se hubiese declarado voluntario en la Cosecha quizá Gaara estaría ahora mismo como está Shikamaru ahora, llorando en silencio nuestra muerte, sabiendo que no íbamos a volver jamás de la arena.

Porque así es como está Gaara todas las noches: con esa mirada perdida y esa desolación en el rostro. Parece que le ha prestado el gesto al chico del Distrito 7.

Me gustaría poder pedir perdón a Sasori, y a Shikamaru, a quien fuese... Me gustaría poder abrazar a Gaara ahora mismo y consolarle, me gustaría hacer lo mismo con Shikamaru y soñar conque abrazo a uno de mis hermanos, o incluso mi tío... pero estoy en los Juegos del Hambre y aquí sólo hay espacio para presas y cazadores.

Por eso me hago la dormida cuando, premeditamente, me muevo dentro de mi saco, volviéndome hacia Shikamaru y apoyándome en su costado. La sangre fluye rápida a través de mi corazón y los dedos me hormiguean. Ojalá entienda, ojalá comprenda que echo de menos a mis hermanos y a mi tío, y que necesito no sentirme tan sola esta noche. Ojalá entienda que me gustaría poder ser su amiga mientras durmamos y consolarle.

Él, a modo de respuesta, saca su brazo de entre nosotros dos y me rodea, acercándome hacia su pecho. Huele a sudor, a tierra mojada y a grosella.

Los dos sabemos que mañana no seremos los de esta noche.

En algún momento me quedo dormida.


Mi niño no quiere dormir - Niños Mutantes - para el youtube: /watch?v=Z0_AcnYtcWM


Son las dos menos veinte de la madrugada; a las siete y cuarto mi despertador sonará para que me levante. Digo esto porque quería que supieseis que este fic me está costando un esfuerzo, más del que puede parecer desde vuestro lado de la pantalla.

En otros momentos me importa una mierda la opinión de los demás y escribo simplemente porque me apetece, pero en días como hoy, que si no he subido el capítulo antes es porque tengo mucho trabajo que hacer, los pequeños ánimos son los que hacen que me ponga delante del ordenador para escribir y pierda mis preciosas horas de sueño.

¿Por qué entro hoy de repente con esto? Bueno, me pone bastante triste ver que, por ejemplo, del país que más me lee según las estadísticas en mi cuenta (más del doble de gente que el segundo país en la estadística), no tengo ni un sólo review. Ese país es el mío.

No puedo pedir a nadie que me deje un comentario bonito porque no soy una persona piadosa en el mundo de la escritura, soy tan crítica que la mayoría de las veces me callo. De hecho, tampoco puedo exigir un review, porque tampoco soy una personas muy considerada.

En fin, es posible que el karma me castigue por alguna acción pasada de esta manera.

Aún así, muchas gracias por leer, y para las que me escribís, muchísisisisímas gracias. La mayoría de las veces me siento a escribir por esos reviews y nada más :)

Hasta la próxima semana...

~Yoake.