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11.

I don't know who's gonna kiss you when I'm gone, so I'm gonna love you now, like it's all I have.

Love Me Now – John Legend.

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Si La Toscana durante el día le había parecido preciosa, la noche estaba probando no tener nada que envidiarle.

Lily se había escapado un momento de la fiesta que se desenvolvía en la piscina, buscando respirar aire con menos tabaco y hierba costosa, además de dejar de escuchar aquella música tan estruendosa, al menos durante unos segundos. Desde el jardín delantero todavía se escuchaba el murmullo, pero por suerte había encontrado un lugar para pensar.

Había dejado a James platicando con unos viejos amigos de su familia. La pelirroja había guardado la esperanza de que el pésimo humor que lo había acompañado luego del paseo de la tarde se le pasara con el inicio de la fiesta, pero había probado estar muy equivocada. Estaba tenso y preocupado, y nada de lo que ella dijera o hiciera parecía ser de ayuda, cosa que era imposiblemente frustrante. La mejor idea que había tenido era dejarlo a su aire por un rato, esperando que un cambio de compañía sirviera para animarlo.

—Ah, entonces aquí nos escondemos de los millonarios con la cabeza metida en el culo —la distrajo la voz de Sirius desde atrás, sonando divertido—. Perfecto, estuve buscando toda la noche.

—Ey, controla esa boca —lo reprendió la pelirroja por pura costumbre. Sabía que no haría diferencia—. Y no nos escondemos de nadie, solo pensamos. En silencio.

—Tendrás que cambiar esa oración a pasado porque eso se acabó —le dejó saber él, sonriendo burlón y dejándose caer en el banco junto a ella. Ignoró la mala mirada y siguió hablando—. ¿Y estás segura de que no nos escondemos de nadie? ¿Ni de su alteza real y su humor de mierda?

—Me atrapaste —respondió Lily, subiendo las cejas con una sorpresa fingida, bajando la mirada al notar lo que llevaba en la mano—. No sé de qué es esa botella, pero espero que pretendas compartir.

—Yo siempre comparto, pelirroja —dijo Sirius, entregándole una botella de vino caro y delicioso—. Incluso con las traidoras que dejan a mi mejor amigo solo con escoria. Contaba contigo para mantenerlo alejado de esos idiotas.

—Vamos, no se veían tan horribles —se excusó la pelirroja dándole un sorbo a la botella, tan sincera como pudo—. Al menos creo que pudo ser peor.

—Son unos idiotas patéticos —resopló el chico, doblando la boca con desagrado y recuperando su licor—. Si no voy a salvarlo es porque no tengo muchas ganas de partir narices. Estoy de buen humor.

Lily lo reprendió con la mirada antes de entornar los ojos y sacudir resignada la cabeza. Sirius era simplemente incorregible.

No había hablado mucho con los amigos de James, pero en general no le habían parecido malas personas. Creídos, sí, y muy diferente a Sirius y ella, pero no necesariamente malos.

—Oye, sé que James anda insoportable, pero no lo juzgues, ¿vale? —le pidió Sirius, atrayendo su atención con el tono afable, pero serio, que desprendía su voz—. Solo está preocupado por Mar. Y tiene razones para estarlo, esa chica Sarah… Bueno, solo diré que se las trae.

—Claro que no lo juzgo. Yo entiendo —quiso aclarar Lily, aunque un aire dudoso se coló en la oración—. En parte lo hago.

— ¿Pero…?

—Pero… Nada, ignórame —desestimó ella al final, no queriendo hablar de más y ser mal interpretada, o sonar entrometida—. Solo pensaba en que… Bueno, no era exactamente así como esperaba que fuera esta noche.

Se mordisqueó el labio con aflicción tras decir eso, preguntándose si habría sido mal interpretada de cualquier forma. La verdad era que a fiestas como esa seguro que podrían ir otras veces, y en cualquier parte del mundo. No había dicho nada porque no quería sonar como una malagradecida, pero sí había esperado hacer algo diferente estando en un país como ese.

—Bueno, pelirroja, eso lo podemos arreglar —señaló Sirius, sacándola de sus pensamientos con una sonrisa sugerente—. Si lo que quieres es sexo salvaje con James, solo tienes que pedírselo, dudo mucho que vaya a…

—Te llevó más de cinco minutos hacer un comentario asqueroso. Tu propio récord —resopló Lily con irritación. Volvió a rodar los ojos y se puso de pie con el eco de sus carcajadas rodeándola—. Anda, volvamos antes de que me obligues a matarte y dejar tu cuerpo en el extranjero.

—Inténtalo, pero te advierto que la princesa no estará feliz si por tu culpa sus necesidades dejan de ser atendidas…

El repertorio de comentarios desubicados y subidos de tono continuó todo el camino de vuelta a la piscina, como si las miradas asesinas de Lily y sus empujones hubieran perdido la capacidad de hacerlo callar. Ella, como siempre, estaba mayormente asqueada, pero secretamente también estaba agradecida. Era por Sirius por quién estaba soportando tantas pretensiones esa noche, incluso cuando parecía que su paciencia para ese tipo de eventos era de cero, la estaba salvando con su capacidad para sobrellevarlo.

Aunque había gente que parecía dispuesta a quebrar todos sus intentos.

— ¡Aquí están las dos personas más suertudas de Gran Bretaña! —exclamó Sarah, la amiga de Marlene, interceptándolos en la entrada de la piscina con una enorme sonrisa y un trago rojo en la mano—. Saben, podría tomarles una foto ahora y ganar mucho dinero en cualquiera parte del mundo.

—Imagino que sí —respondió Lily esbozando una sonrisa fingida y arqueando ambas cejas—. Pero confiamos en que no lo harás.

—Especialmente porque no queremos que tu millonario piense que su dinero no te alcanza —agregó Sirius, sonriendo con intención, ignorando la mirada significativa de su amiga—. Después se lleva el yate y nos quedamos sin fiesta.

—Agh, qué cosas dices, Sirius —se rió la chica, girando toda su atención hacia él y posando una mano en su antebrazo—. Tú siempre tan ocurrente.

Atónita, Lily parpadeó un par de veces, asegurándose de que estaba viendo bien. No fue necesario que hiciera demasiados esfuerzos, había convivido con Sirius demasiados años como para no conocer el comportamiento de las chicas a su alrededor.

—Creo que debería pensarlo mejor, quizás la suertuda es Mar y no tú —comentó Sarah, sin soltar su brazo y espiándolo por debajo de las pestañas mientras le daba un sorbo a su trago.

—A veces ella, a veces yo, de vez en cuando ambos. Pero eso depende de la posición —explicó Sirius, sonriéndole con sugerencia y haciendo que Lily rodara los ojos—. Y no que la charla no esté interesante, ¿pero me puedes decir dónde está Mar? La estaba buscando.

—Eres tan dulce, se ve que te preocupas por ella —señaló la chica sacando ligeramente el labio inferior y acariciando su brazo con delicadeza—. Ya veo por qué ha estado enamorada de ti desde… Bueno, siempre.

— ¿Ah? —saltó él, abriendo más los ojos y soltándose de su agarre con brusquedad—. ¿Qué estás diciendo?

—Sirius… —empezó a decir Lily, captando de golpe cómo le había caído aquel comentario—. Qué tal si...

—Ay, vamos, pero si es tan obvio —Desde que la conozco ha estado loquita por…

—Sirius, creo que Mar está sentada en el yate —se volvió a meter Lily, ahora con más brusquedad, obligando a Sarah a callarse y salvando a su amigo de recibir más información inesperada—. ¿Por qué no vas a buscarla? Seguro también te está esperando.

—Sí, mejor —decidió el aludido, aclarándose la garganta y mirando a las dos chicas con una expresión contrariada—. Entonces voy a…

El chico dejó la oración a la mitad, y en lugar de terminar, simplemente sacudió la cabeza y le dio un trago largo a su botella de vino a la vez que se alejaba en dirección al muelle.

—Eso fue bastante innecesario —le espetó Lily a su acompañante, no alcanzando a controlar el tono enfadado y acusador en su voz.

—Bah, no fue para tanto —desestimó Sarah, quien seguía sonriendo, pero había dejado el tono meloso de lado—. Qué Mar está colada por el mejor amigo de su hermano ha sido por años el secreto peor guardado de ese palacio. Y creo que él es algo cortito de mente, es el único que no lo sabía.

Lily se mordió la cara interna de la mejilla en orden de no gritar y atraer la atención de todos los invitados, medio ebrios, que disfrutaban de la fiesta alrededor de ellas. No le quedaba duda de que había hecho aquel comentario con toda la intención de que Sirius reaccionara exactamente cómo lo había hecho y estar tan segura la asqueó.

—De cualquier forma, no te correspondía a ti decírselo —continuó increpándola la pelirroja, a pesar de estar casi segura de que no iba a importarle—. Y para considerarlo cortito de mente lucías muy interesada en él.

— ¿Has visto a ese chico? Me haría revisar la vista de no estarlo —se excusó la chica, entornando los ojos y empezando a lucir fastidiada—. Y no te preocupes por la princesa, puede encontrar mil como él si así lo desea.

—Pero… ¡¿Qué estás…?!

—Sarah, estoy seguro de que la conversación con Lily está interesantísima —dijo la voz de James, llegando de repente y sobresaltando a su novia. Llevaba una sonrisa falsa y tensa en el rostro que le dejó saber a la chica que su humor no había mejorado—. Pero creo que es hora de que vayas a atender la fiesta que tú organizaste.

—Yo no veo a nadie quejándose de eso, príncipe —resolvió Sarah, respondiéndole una sonrisa igual de hipócrita—. Pero sí, creo que mejor los dejo y vuelvo con mi gente. Disfruten de la fiesta. ¡Estamos hablando, Lily!

A diferencia de ellos dos, la pelirroja no se molestó en fingir que sonreía ni en aparentar que no la detestaba. Lily se consideraba una persona muy gentil y paciente, pero al igual que todo el mundo, tenía un límite que no permitía retorno a quienes lo cruzaban.

—Ey, ¿estás bien? —le preguntó el chico cuando por fin estuvieron solos, posando una mano en la curva de su cintura—. No quería dejarte sola, pero…

—No me dejaste, yo fui a tomar aire —le cortó ella con una brusquedad que los sorprendió a ambos—. Y estaba con Sirius.

—Solo me refería a qué…

—Sé a lo que te referías —volvió a zanjar Lily, sin poder retener la hostilidad en su tono—. Pero yo puedo cuidarme sola, James.

Su actitud tajante no le pasó por alto al chico, que enarcó las cejas con impresión y apartó la mano con la que había intentado abrazarla, dando un paso hacia atrás para observarla mejor.

— ¿Segura qué estás bien, Lily? —insistió James, ajustándose los lentes y entrecerrando los ojos—. Porque luces algo…

—Sí, ya te dije que estoy bien —repitió ella, inhalando con fuerza para no volver a explotar. Se cruzó de brazos de manera casi enfurruñada y desvió la mirada—. Pero no eres el único que puede estar de mal humor.

—Yo no estoy de mal humor —se excusó el chico, cambiando drásticamente su expresión por una de mucha indignación. Chasqueó con la lengua cuando se ganó una mirada significativa al respecto—. No lo estoy, solo me preocupo —la corrigió, girando la cabeza para empezar a buscar con la mirada—. Y hablando de eso, sabes dónde está…

— ¡Mar también está bien, James! —explotó la pelirroja, demasiado exasperada para seguir tragándoselo. Volvió a suspirar y se pasó las manos por el cabello—. A ver, no quiero que me malinterpretes pero debes dejar de…

— ¿De qué? —soltó el príncipe, receloso y a la defensiva—. ¿A dónde quieres llegar, Lily?

Un nudo se apretó en el estómago de Lily cuando se dio cuenta de que las cosas se le empezaban a ir de las manos. Echó un vistazo a su alrededor y se sonrojó al darse cuenta de que estaban casi a mitad del patio y que más de una mirada estaba puesta sobre ellos. No era de interés para ninguno que su discusión fuera espiada, así que lo tomó de la mano y jaló lo suficiente para que él entendiera el punto y la siguiera hasta una zona más desalojada. La hallaron en otro patio no muy lejos del lugar de la fiesta, una especie de cobertizo que de día dejaba apreciar las preciosas florecillas que lo cubrían.

—A ver, James, te pedí que no me malinterpretaras… —casi le rogó ella, dedicándole una mirada suplicante y sintiendo su estómago se encogía de nervios—. Pero necesitas darle a tu hermana un respiro.

—Un… ¿Un respiro? —se extrañó el chico, frunciendo el ceño con total incomprensión—. ¿A qué te refieres con eso?

—Yo sé que cuidarla es una prioridad para ti, James. Sé lo mucho que te preocupas por ella y el por qué lo haces —empezó a explicarle la pelirroja, hablando pausada y con calma, tratando de hacerlo entender—. Pero tienes que confiar en ella, no puedes estar chequeándola y vigilándola todo el día. La vas a asfixiar y entonces será peor.

—Bueno, eso es más fácil decirlo que hacerlo —chasqueó James, sonando dolido y enfadado, haciendo que Lily se pateara mentalmente—. Especialmente si lo ves todo desde afuera.

El intento de Lily para que el comentario no le doliera resultó simplemente inútil. Cerró la boca de golpe y se recostó de la pared del cobertizo, arrepintiéndose de haberse metido dónde nadie la había llamado. No había querido, y se había tratado de convencer de no hacerlo, pero ya se preocupaba demasiado por ellos y ser solo participe externo no la hacía sentir nada cómoda.

Bajó la mirada para que él no notara su aflicción, pero James ya la conocía demasiado para eso.

—Maldición, Lily, no… Eso no fue lo que quise decir —se apresuró a corregirse, suavizando su voz y sonando mucho menos brusco— . Yo no…

—Lo siento, no debí meterme —lo interrumpió ella, suspirando y posando su mirada arrepentida en la de él—. Sé que no es mi asunto…

— ¿Qué? ¡Pero claro que sí! Digo… Sé que no me lo estás diciendo por mal, es solo que… —James resopló exasperado y se pasó ambas manos por el cabello, lucía estresado y ella no podía culparlo—. No te imaginas lo difícil que es esta mierda.

—Lo hago, me lo has contado —le recordó Lily, sonriéndole de manera dulce y comprensiva—. Por eso… Bueno, quería ayudarte, pero tienes razón. No puedo juzgar desde afuera…

—Tienes casi seis meses conviviendo con nosotros, Lily. Eso no es desde afuera —contradijo el chico, dedicándole una mirada de disculpas—. Reaccioné terrible, lo siento. Y sé que en general he estado siendo una pésima compañía toda la noche, pero… —tomó aire y se frotó el rostro por debajo de los anteojos—. Esa chica cerca de Mar me pone nervioso.

—No te culpo, de verdad —le prometió Lily, estirando el brazo para tomar una de sus manos entre las suyas—. Pero debes tenerle más confianza. Mar no va a volver a hacerse daño.

—Sí, en el fondo lo sé. Lo cual hace todo esto mucho peor —señaló él, soltando una risa amarga y entornando los ojos—. Sé que debo darle su espacio. Nos lo dijeron en terapia, pero… Eso, es difícil.

—Me lo imagino… Pero ey, si pudiste viajar entre Rio y Australia en cuarenta y ocho horas para ir del cumpleaños de Sirius a esa gira… —recordó la chica, sonriendo divertida con la intención de animarlo—. Creo que puedes con todo.

—No debí contarte eso, es más una vergüenza que un logro —gruñó James, sin ocultar del todo su sonrisa.

Lily se rió por lo bajo y, olvidando el enfado que pudo haber sentido, le permitió que la tomara por el cuello, obligándola a inclinar la cabeza para besarla.

El encontronazo con Sarah y el mal humor anterior pronto quedaron reducidos a insignificancias en la parte de atrás de su cabeza. No era capaz de pensar en nada que no fuera agradable y bueno cuando James la besaba de esa forma, con ganas y sentimiento, obligándola a aferrarse a sus antebrazos para no perder el equilibrio.

Recordó lo que había estado pensando un rato atrás mientras hablaba por Sirius y tuvo que reprenderse. Quizás no estaba recorriendo y conociendo todo el país, pero besar a James en un rincón escondido de Italia compensaba bastante.

—Ey… Ya estoy un poco aburrida de esta… De esta fiesta… —empezó a decirle ella, sonriendo entre besos—. Qué tal si… Montamos una propia…

—Creo que… Es la mejor idea que has tenido —concordó James, soltando una risita y llevando sus besos a su mejilla para llegar a su oído—. Y compré un tarro de helado para la idea que te comenté en el avión —Lily se estremeció entre sus brazos cuando atrapó la punta de su oreja con los dientes—. Si estás de acuerdo.

Soltó una risita por lo bajo y le sonrió emocionada, dejándole saber que estaba más que de acuerdo.

Eso, definitivamente, contaba como algo diferente en un país extranjero.


Era una suerte que aquella no estuviera siendo una de esas fiestas que se pasaban en plan de amigos, desde muy temprano todos habían tomado su propio rumbo y Remus estaba muy satisfecho de que así fuera.

Había conseguido un punto perfecto junto a la puerta del patio desde el que podía observar perfectamente todo lo que estaba ocurriendo, tanto en la piscina como en el yate y sus alrededores. De haberlo visto, James se habría indignado con él por no estar disfrutando de la noche y en su lugar, haber vuelto a su puesto, pero él lo prefería así.

Le daba tiempo para pensar. Tal vez demasiado.

No había esperado aquella fiesta, y mucho menos se había esperado que fuera a tener que ver con la amiga de Mar, Sarah, de quien tenía opiniones muy particulares, para no decir que no le gustaba para nada. Y en otra ocasión se hubiera enfadado por su total falta de criterio, pero esa vez lo dejó pasar. Por una parte, quería creer que ella sabía lo que estaba haciendo, y por otra, simplemente se había enterado en un momento en el que tenía la cabeza en otro sitio.

En el mismo dónde la había tenido toda la tarde.

Los recuerdos no tardaron en acudir a su mente, provocando que un líquido pesado y cálido se regara por su pecho. La sequedad que sintió en la garganta lo llevó a tomar la decisión de entrar a la cocina y buscar un vaso de agua. No consideraba prudente tomar nada que tuviera alcohol.

Fue una desagradable sorpresa encontrar a más de un invitado dentro de la casa. Había sugerido que cerraran las puertas, pero Mar había insistido y al final había hecho lo que le había dado la gana, como siempre. A él lo incomodaba demasiado saber que había gente que no conocían de nada pasando su borrachera o montando su fiesta privada en el lugar dónde ellos estaban viviendo. Desde luego, al resto de sus amigos los tenía sin cuidado.

Para ese momento de la noche él los hacía a todos en el yate o en sus habitaciones, por eso le sorprendió tanto pasar frente a uno de los salones y escuchar una voz no italiana y que pudo reconocer.

—A mí me parece que te ves bien… —escuchó que decía Peter, sonando nervioso y abochornado—. Digo… Es un lindo vestido.

—Ay, no sé, a mí me resulta algo incómodo —le respondió Mary, con un hilito de voz tan fino que a Remus le sorprendió haberla entendido—. No me gusta usar nada tan… Descotado —se le trabó la lengua un poco al decir eso, pero logró componerse—. Pero bueno, no tuve mucha opción. Mar me lo metió a la fuerza.

—Sí, eso es lo que ella hace. A mí no me parece que sea muy… ¡No que haya estado viendo! Pero… Quiero decir…

Como los años junto a Sirius no pasaban en vano, Remus no logró contener el impulso de echar un ojo por la puerta entreabierta, dejando que su lado cotilla le ganara. Los encontró en un sofá junto a la ventana, sentados uno junto al otro, con solo milímetros de separación, lo cual le pareció simplemente sorprendente. No tanto como que los dos estaban tan sonrojados que temía que no tardaran en explotar.

—Tranquilo, entendí —le aseguró la chica, ahorrándole la tortura de seguir hablando. Esbozó una sonrisa pequeñísima y continuó—. Y, eh… Ya, gracias.

Remus apretó los labios, tragándose una risita divertida y haciendo uso de toda su prudencia para volver a alejarse tan silenciosamente como había regresado.

Le parecía muy justo que esos dos se estuvieran acercando, de todos los que estaban ahí eran los que más merecían una noche libre de preocupaciones, tomando en cuenta que tenían que soportar a Sirius y a Mar más de lo que cualquier ser humano normal tendría capacidad.

Aunque si de algo estaba seguro, era que ambos lo disfrutaban. Al menos un poco.

Con gusto habría dirigido todos sus pensamientos a ellos por un rato, estaba dispuesto a pensar en cualquier pequeñez que fuera capaz de distraerlo, pero entonces entró a la cocina, y la vio, y sus planes terminaron de golpe.

—Ey, hola, por fin te veo —lo saludó Tonks, cerrando el refrigerador y girándose hacia él con una enorme sonrisa y una manzana en la mano—. Pensé que te habías mudado a un hotel para no soportar el ruido.

—No creas que no lo pensé —murmuró el chico, devolviéndole la sonrisa, pero apenas encontrando su mirada—. Pero James piensa que debo aprender a divertirme.

—Lo pensamos todos, no sé si te enteraste —soltó la chica con ironía, entornando los ojos—. Y por lo que veo, no has captado la indirecta.

—Hago lo que puedo —mintió Remus, empezando a caminar hacia ella, pero dudando a último minuto—. Eh, yo iba a…

—Toda tuya —adivinó Tonks, haciéndose a un lado para dejarle libre el espacio—. Supongo que también necesitaras algo con que absorber tanto alcohol.

—No he bebido nada, más bien necesito agua —le explicó él, volviendo a sentir la cabeza pesada cuando recordó la razón—. Hacía calor afuera.

—Uf, ni me lo digas —resopló ella, subiéndose al mesón de granito, ignorando lo costoso que era—. Está temperatura es una locura, creí que no superaría a la tarde, pero…

Remus agradeció no haber dado el primer trago de agua, estaba seguro de que se habría atragantado de lo contrario. Ella debió haberse dado cuenta, muy tarde, de lo que había implicado con su respuesta, porque el aire alrededor de ellos se espesó casi de inmediato, haciendo más insoportable el silencio que se estableció.

—No quise… —empezó a decir ella, quebrándolo, dubitativa—. No me refería…

—Ya sé —le cortó Remus, nuevamente negado a encontrar su mirada. Sintió que la garganta volvía a secarse y apuró su vaso de agua—. Olvídalo.

—Digo… Sigue teniendo sentido, pero…

—Ya te entendí —la interrumpió el chico, suspirando con pesadez—. No es necesario que…

—Remus.

— ¿Si?

—Ya basta. Mírame.

La orden fue tan rotunda y firme que no le quedó más que obedecerla. Tragó saliva disimuladamente y finalmente se permitió encontrarla con la mirada.

Estaba seguro de que era la única a la que las tijeras y el estilo de Mar no había tocado, y él estaba agradecido por eso. Así estaba perfecta.

— ¿Qué ocurre? —fue lo único que se le ocurrió preguntar, aunque ambos sabían muy bien la respuesta.

—Deja de tratarme como si tuviera doce —le pidió la chica, bastante irritada—. Sé que la mayoría del tiempo no lo parezco, pero soy una mujer adulta.

—Lo siento, no fue eso lo que quise implicar —se disculpó él, pateándose mentalmente y sintiéndose como un idiota—. Pero… No estoy seguro de que debo hacer. Esto se nos salió de las manos y no…

—Te ruego que no empieces con ese discurso —lo interrumpió Tonks, dedicándole una mirada tan fastidiada como suplicante—. No quiero escuchar que fue un error y que no debimos hacerlo, blah, blah…

—No lo diré si no lo deseas —concedió Remus, preguntándose si habría una forma de no soltar tantas estupideces—. Pero sí creo que no debimos…

—A ver, si tienes una enfermedad rara, es hora de que me lo digas. ¿Es eso?

— ¿Qué? Claro que no —soltó él, parpadeando con extrañeza—. Es solo que…

—Entonces no hagas un drama —chasqueó ella, encogiéndose de hombros con un desinterés que a él no le pareció muy real—. Son cosas que pasan, todo el tiempo en todas partes del mundo la gente lo está haciendo. ¿Tú no lo habías hecho nunca?

Remus pensó que no, desde luego que no. Podía pasarle a todo el mundo, pero no a él. Él nunca se permitía esos momentos de debilidad, no se dejaba llevar por sus impulsos de esa manera.

Pero con ella, había sido imposible de resistirse.

— ¡Este lugar es increíble! —había exclamado la chica, apuntando su cámara al horizonte con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Y yo que pensaba que la vista desde la casa era preciosa! ¡Qué estafa!

Remus se rió por lo bajo y sacudió la cabeza, incapaz de quitarle la mirada de encima, ignorante completamente de lo que pasaría en unos minutos.

Había sido muchas horas antes de la fiesta, cuando se habían escapado un rato de la excursión planeada por sus amigos. El brillante sol del mediodía estaba en pleno apogeo, amenazando con pasar por encima de la crema protectora y quemarles la piel, pero ninguno de los dos parecía preocupado por eso.

Remus había descubierto esa colina perdida del mundo la primera vez que había visitado ese lugar, un par de años atrás. Estaba alejado de cualquier pueblo y dejaba una vista preciosa de toda la costa y las montañas verdosas. No iban a encontrar un mejor lugar para fotografiar y estaba feliz de haberla llevado.

—Te dije que lo era —le recordó sin dejar de sonreír, sentado en el capó del auto que había tomado prestado para llevarlos allí—. Me sorprende que no esté lleno de turistas. Es perfecto.

—Bueno, para el común denominador es más divertido solo ir a la playa y comer pizza —supuso la chica, encogiéndose de hombros. Pareció ocurrírsele algo a último momento, ya que bajó la cámara y lo miró, pensativa—. Aunque eso último no suena mal. Deberíamos pensarlo.

—Estoy de acuerdo —asintió Remus, ignorando las voces que le recordaban que no era prudente seguir haciendo planes con ella—. Solo avísame cuando termines y vamos.

—Creo que ya estoy lista, no sé qué más puedo capturar —comentó, revisando risueña las fotografías que ya tenía—. Mamá va a estar feliz. ¡Y podré mostrarlas en alguna de mis clases! Esto será un diez seguro. Gracias, Remus.

—Me alegra haber ayudado —dijo el chico con toda la sinceridad del mundo—. A ver, muéstrame.

Ella asintió varias veces y saltó hasta el auto, sentándose a su lado y entregándole su cámara, indicándole dónde tocar y dónde no hacerlo.

—Oye, estas están increíbles —le dejó saber él, admirando las imágenes, agradablemente sorprendido—. En serio, son un gran trabajo.

—Pues muchas gracias —sonrió Tonks, halagada—. Me gusta mucho la fotografía. Incluso esta que es bastante aburrida.

— ¿A qué te refieres? —se extrañó Remus, girando la mirada hacia ella.

—Bueno, no es algo que sepa mucha gente… —empezó a contarle la chica, bajando la voz y mirándolo con complicidad—. Estoy obsesionada con la fotografía de guerra.

—No —soltó Remus de golpe, mirándola con escepticismo, demasiado acostumbrado a tratar con Sirius y pensando que le estaba jugando una broma. Pero su expresión honesta le reveló que estaba hablando muy en serio—. ¿Es…? ¿De verdad?

—Sip. De verdad, verdad.

—Yo… No tenía idea… ¡Me parece fantástico! —se apresuró a agregar, no queriendo que pensara lo contrario—. En serio, solo que… No lo esperaba para nada.

— ¿Por qué? ¿Por qué soy una ternura? —le preguntó ella, batiendo las pestañas de manera coqueta y haciéndolo soltar una risita—. No hablo mucho de eso, pero en serio me parece fascinante.

—Y bastante aterrador —señaló él, subiendo las cejas con impresión—. No conozco mucho al respecto, pero es bastante peligroso.

—Lo sé —respondió Tonks, equilibrando tranquilidad con la seriedad que el asunto ameritaba—. Pero siempre he querido fotografiar una parte más real de la vida. Es lindo tomar paisajes y cosas así, pero creo que tengo estómago para más.

—No sé por qué, pero me resulta fácil de creer —asintió Remus, riendo con incredulidad—. Qué increíble. Yo queriendo una vida más tranquila y tú buscando el peligro.

—No entiendo cómo buscas una vida más tranquila si no quieres dejar de trabajar —señaló la chica, dedicándole una mirada significativa—. Sigo sorprendida de que te tomaras en serio las vacaciones.

—Bueno, no me dejaron mucha opción… —masculló de mala gana, haciendo una mueca al recordar todas las discusiones al respecto que había tenido con James.

— ¿Hablas solo del viaje o en general?

— ¿Hay alguna diferencia? —le preguntó él, permitiendo que sus comisuras se elevaran en una sonrisa amarga.

—Pues muchísima —exclamó Tonks, girando todo su cuerpo hacia él, mirándolo con absoluta seriedad—. Si hablas de la vida en general, creo que es necesario que entiendas que tienes más opciones de las que crees.

—También tengo un deber que cumplir —puntualizó Remus, subiendo la barbilla con solemnidad—.Tengo que cuidar de James y de Mar…

—Ellos no querrían que desperdiciaras tu vida cuidándolos —replicó ella, dedicándole una sonrisa dulce y comprensiva que se le antojó tan linda como dolorosa—. Remus, ambos te quieren demasiado para eso.

Esa vez no se le ocurrió nada honorable qué responder, el nudo que se apretaba su estómago se lo impidió. Le hubiera gustado desmentirlo, pero hubiera sido injusto con sus amigos que durante años le habían demostrado justo lo que ella estaba diciendo.

—Nadie merece pasarse la vida haciendo algo que no lo apasiona —continuó Tonks al ver que él no respondía. No había dejado de sonreírle, lo que le hacía imposible desviar la mirada—. Y este trabajo creo que no te apasiona mucho…

—La pasión no quita el hambre, Tonks —razonó él, esperando que eso fuera suficiente.

—Sí, como si tus amigos fueran a dejarte pasando hambre —se carcajeó ella, provocando que una sensación burbujeante se adueñara de su pecho—. Comparto un dormitorio con Lily, las excusas ridículas ya las conozco de la A a la Z. Así que respétame.

—Ya, mi error —Remus se permitió reír, era imposible no hacerlo cuando la risa de ella era tan contagiosa. Se detuvo unos segundos después, pero solo para dedicarle la sonrisa más sincera que tenía—. Creo que Lily tiene mucha suerte.

Más tarde, Remus iba a tratar de entender cómo las tornas del paseo habían cambiado luego de eso, y la única explicación coherente que encontraría sería la expresión radiante y luminosa que ella le dedicó en ese momento, opacando por completo la claridad del día.

—Bueno, tú podrías tenerla también —susurró Tonks al cabo de unos segundos, mordisqueándose el labio y encogiéndose de hombros—. Si quieres, claro.

Por suerte para él, aquella fue una propuesta sencilla, porque pudo haberle pedido que se lanzaran en caída libre de aquella colina y seguramente habría dicho que sí.

Luego supondría que la parte de su cerebro acostumbrada a actuar de manera racional habría obedecido a sus amigos y se había tomado unas vacaciones. Fue la única explicación que encontró para, de un momento a otro, haber colocado una mano en su nunca, sujetándola con la suficiente firmeza para obligarla a elevar el rostro. Y besarla.

—No me parece que estuviera mal.

— ¿Qué? —soltó Remus de golpe, volviendo a la cocina de la casa, alejándose de la tarde y del sol. Conseguir que su voz saliera con normalidad fue imposible—. ¿Qué dices?

—Lo que hicimos —le explicó ella, suspirando y mirándolo a los ojos. Su mirada se había vuelto repentinamente oscura—. No se sintió mal, al menos no para mí.

Remus la imitó y tomó una respiración, propia tratando de controlar las reacciones de su cuerpo ante todos esos recuerdos.

El besó se había elevado sin que él pudiera evitarlo. Todo había pasado muy rápido, pero de repente se había encontrado dentro del auto en el asiento del copiloto, con ella sentada a horcajadas sobre él, presionando su intimidad con la zona de su pantalón que no había tardado en endurecerse.

No había estado demasiadas veces en una situación como esa, pero recordaba todas muy claramente y sabía perfectamente que ninguna se había sentido así de bien.

Había sido simplemente increíble. Tenerla de esa forma, sentada sobre él, subiendo y bajando a su propio acorde, permitiéndole enterrarse en esa cálida humedad que lo había llevado al borde del delirio. No podía sacárselo de la cabeza. Ni sus pechos rebotando frente a sus ojos, ni sus gemidos dolientes inundando el auto. Mucho menos las expresiones llenas de placer que habían quedado tatuadas en su mente.

—Tú no parecías pasarlo mal tampoco…

—Ya, entendí —le cortó él con una voz gruesa que no se reconoció. Sacudió la cabeza con brusquedad, necesitando apartar esos pensamientos para no dejarse llevar de nuevo—. Ese no es el punto, Tonks…

—Remus, escucha. Si no… Está bien si no quieres que hablemos más del asunto —aclaró ella, aunque la expresión de su rostro la desmentía completamente—. Lo entiendo, de verdad. Lo que ocurrió puede quedarse aquí en Italia, ¿está bien?

Él no pudo evitar pensar que sí, de hecho eso habría sido lo más sabio.

Pero definitivamente no iba a estar bien.

—Oye, no… Aún no me he subido al fulano yate —soltó él, casi balbuceando. No fue lo más inteligente que pudo soltar, pero no se le ocurría nada mejor—. ¿Te gustaría acompañarme?

Al principio ella lo miró con una mezcla de impresión e incredulidad que a él se le antojó especialmente tierna, pero definitivamente no tanto como la sonrisa ilusionada y llena de emoción que esbozó después.

— ¡Pero claro que sí! Ya yo lo recorrí todo apenas llegó así que hasta puedo hacerte un tour —le dejó saber ella, bajándose del mesón de un salto y tomándolo de la mano para arrastrarlo hacia la salida— ¡Es espectacular! ¡El mejor yate que he visto! No que haya visto muchos, claro, pero este sigue siendo el mejor…

Remus no tenía mucho que aportar a eso. O quizás sí, pero prefería dejar que ella hablara. Así que eso hizo, riéndose y escuchando encantando sus ocurrencias mientras pensaba que, si sus amigos le habían enseñado algo, era que las decisiones impulsivas solían acarrear consecuencias negativas.

Pero algo le decía que esa iba a ser la excepción.


— ¿Ya vas a decirme qué te ocurre?

Sirius detuvo a medio camino la tarea de encasquetarse los pantalones, quedándose inmóvil mientras pensaba una respuesta. Mar enarcó una ceja mientras esperaba, aún sin levantarse de la cama y con los ojos clavados a su espalda definida, regodeándose en las marcas rojas que sus uñas le habían dejado.

— ¿Y qué me va a ocurrir, Marlene? —repuso él, recuperándose del momentáneo estupor y terminando de abrocharse la bragueta y el cinturón. El tono de su voz volvía a ser divertido y burlón, por lo que supo que no obtendría una respuesta sincera—. Estoy exhausto, ¿o acaso crees que hacer que te corras dos veces es muy fácil?

—Ah, ¿es por eso que tardas tanto en lograrlo? —contraatacó ella, obligándolo a girarse para dedicarle una mirada ofendida que la hizo sonreír irremediablemente—. Estabas muy extraño allá arriba, no creas que no me doy cuenta.

—Estaba extraño porque tenía ganas de follar —explicó Sirius con brusquedad, poniéndose la camiseta con un encogimiento de hombros—. Ya me las quité y vuelvo a estar bien, ¿contenta?

Mar entornó los ojos y movió una mano para desestimarlo, rendida y demasiado satisfecha para dejar que lo arruinara con sus estupideces. Se estiró en la cama, aún sintiendo cosquillas en sus relajadas extremidades, y posó la mirada en las ventanas que rozaban el techo del camarote, dejándole una vista preciosa de cielo estrellado.

La fiesta estaba yendo bien, no era la mejor ni la peor en la que había estado, pero le parecía una buena forma de disfrutar su última noche en aquel lugar. No había visto a Sarah más que al principio de la velada cuando había llegado con el yate y más o menos la mitad de los invitados. La tenía sin cuidado, su época de no despegarse de ella había quedado en el olvido hacía mucho.

Prefería estar con Sirius.

Incluso cuando estaba actuando de una manera tan peculiar. No sabía qué pasaba, lo había perdido por media hora y a su regreso había notado el cambio que era muy evidente para no notarlo. Estaba taciturno y pensativo, respondiéndole con monosílabos y apenas encontrando su mirada, dejando notar un brillo de incertidumbre en sus ojos cuando lo hacía. Mar no era buena para conseguir que las personas hablaran de sus problemas, especialmente porque no le gustaba que se lo hicieran a ella, por eso había hecho lo que parecía más útil.

Desde luego, tomarlo de la mano y llevarlo hasta los lujosos camarotes había logrado devolverle la sonrisa sucia y mal intencionada al rostro.

Había vuelto a ser el mismo de siempre casi de inmediato, y sin embargo, había algo que Mar había sentido diferente al resto de sus encuentros. No se atrevía a señalar exactamente qué, pero definitivamente había habido algo. Su forma de besarla, de acariciarla, de enterrarse en ella y hacerla delirar. Todo se había sentido distinto. Mejor, de alguna forma, y eso era decir demasiado.

—Ey, ¿está bonito el paisaje? —la llamó él al cabo de unos segundos, sacándola de sus pensamientos—. Acabas de verme desnudo, así que dudo que la vista sea superable…

—Para una vista insuperable solo tengo que bajar la mirada —replicó Mar, sonriendo con todos los dientes y abriendo los brazos en cruz, dejándose admirar en toda su desnudez.

—Eso está certificado —coincidió Sirius, esbozando una sonrisa brillante y volviendo a comérsela con los ojos—. ¿Puedo tomar una foto de recuerdo?

—Qué asqueroso —fingió ofenderse ella, arrancándole una carcajada cuando la vio estirar el brazo para coger el vestido que había quedado olvidado en el suelo—. Mejor vámonos, no quiero entorpecer a dos almas que vengan buscando lo mismo que nosotros.

—También podemos quedarnos y hacerles compañía —sugirió Sirius, tan tranquilo como si estuviera hablando del clima—. Aún recuerdo que me dijiste que no lo has hecho con más de una persona a la vez y eso es…

—Problema de cualquiera menos tuyo —le cortó Mar, que ya se había levantado y colocado las bragas. Se tomó un momento para mirarse al espejo y asegurarse de que se veía presentable—. Así que cierra la boca.

—Yo solo te ofrecía una solución —se desentendió él con fingida inocencia, inclinándose para recoger su chaqueta—. Pero como tú prefieras…

—Eso es obvio —aceptó la chica, apresurándose a tomar la prenda antes de que él lo hiciera. Sonrió ante su expresión sorprendida y se la echó sobre los hombros—. No sé cuando vas a entenderlo, pero a mí me queda mejor.

Salió de la habitación antes de que él pudiera responder, pero alcanzó a escucharlo soltar una risita encantada antes de seguirla.

La cubierta del yate los recibió mucho más vacía de lo que había estado cuando bajaron. Había pasado un rato desde entonces, por lo que supuso que algunos invitados ya se habrían marchado. Los que aún quedaban habían empezado a rezagarse, demasiado ebrios, en diferentes esquinas del ridículamente inmenso barco. No encontró a ninguno de sus amigos ni a James, tampoco recordaba la última vez que lo había hecho, pero esperaba que estuvieran haciendo lo mismo que ella unos minutos atrás. Se lo merecían, en especial Remus y Mary que tenían tanto trabajo en días normales.

—Nunca había estado en un mismo barco con tantos millonarios imbéciles juntos —comentó Sirius, chasqueando la lengua con desagrado, lo suficiente alto para que cualquiera lo escuchara—. Y eso es mucho decir, tomando en cuenta que el hermano de mi madre tenía uno en… No lo recuerdo, algún círculo del infierno.

—No exageres, apenas y has tenido que hablarles —desestimó Mar, yendo hacia el bar del yate y tomando una botella del vino que habían estado bebiendo toda la noche—. Sabes tan bien como yo que podría ser mil veces peor.

—Entre que me golpeen en la entrepierna con un martillo o con una bola de bolicihe, prefiero que no me golpeen y ya —razonó él, gruñendo y enarcando una ceja en su dirección—. Pensé que ya nos íbamos.

—En un momento. Sígueme.

Mar no recordaba en qué momento Sirius se había vuelto tan obediente, pero últimamente no recordaba demasiadas ocasiones en que se hubiera negado a algo que ella dijera. No quería detenerse a pensar en qué podía significar aquello, prefería simplemente disfrutar lo agradable que se sentía.

—Estoy casi seguro de que hacer esto es ilegal —mencionó el chico cuando adivinó a dónde lo llevaba, esbozando una sonrisa divertida que le dejó saber que no le daba verdadera importancia a lo que decía—. Y te informo que el agua no está precisamente caliente.

—Entonces no te caigas —resolvió Mar, sonriendo con emoción y apoyándose en él para pasarse a la proa del yate—. Anda, no seas aburrido…

—Nunca —contestó Sirius, siguiéndola de inmediato.

—Así me gusta —lo felicitó la chica, caminando con cuidado para no resbalar por la encerada superficie—. Sabes, pueden decir lo que quieran de Sarah, pero soportarla nos trajo esta maravilla.

—Definitivamente no compensa su presencia —masculló él de mala gana. —Ni que hubiera traído el Titanic lo compensaría.

—Ya, no te pongas como James. Aquí está bien —decidió ella, deteniéndose unos centímetros antes de llegar a la punta y haciéndole una seña para que se sentara—. Sé por qué la odian, pero de verdad, exageran.

—No lo hacemos —replicó Sirius con firmeza y rotundidad. Como ella le había indicado, se recostó a su lado cuidadosamente, apoyándose sobre un codo para poder verla—. Y si vamos a hablar de ella, voy a necesitar alcohol. Dame esa mierda.

—Qué delicado —ironizó ella, destapando la botella y dándole un trago antes de entregársela—. Sé que es imposible de creer para ustedes, pero sí puedo estar cerca de ella sin hacer estupideces ni meterme alguna mierda en la nariz.

—Eso lo sabemos. Lo sé yo, lo sabe James y lo sabe la pareja de ancianos que nos encontramos más temprano —enumeró Sirius, gruñendo contra el pico de la botella—. Eso no cambia que sea una pedante interesada que no merece un segundo de tu tiempo.

—La única que decide quién es merecedor de mi tiempo soy yo —aseveró Marlene, empezando a cansarse del tema—. Lo cual deberías agradecer, sino no estarías aquí conmigo.

—En eso podemos estar de acuerdo —asintió Sirius, echándose hacia atrás para recostarse de ambos codos, fijando la mirada en el cielo—. En eso y en que tus decisiones son una mierda.

—Tal vez —murmuró la princesa, encogiéndose de hombros con serenidad—. Pero son mías.

Sirius resopló con hastío, pero no le llevó la contraria. Él mejor que nadie la entendía.

Mar cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, tomando una profunda inhalación por la nariz, embriagándose en el olor del vino mezclado con la sal del mar que rompía contra el barco, meciéndolo suavemente.

No era estúpida, y no había pasado por alto el tono amargo con el que él había soltado aquella última oración. Habían pasado juntos demasiado tiempo como para no notar que, de vez en cuando, hacía comentarios muy parecidos a ese. Era consciente de que tras esas frases se ocultaban muchas verdades que ninguno de los dos quería enfrentar, pero si había algo en lo que Mar era una experta, era en ignorar la realidad y estirar el momento de afrontarla como una liga elástica… Que al final se terminaba rompiendo.

—Deberíamos hacer un viaje —soltó de repente, necesitando desesperadamente pensar en otra cosa.

— ¿Qué? ¿Y ahora de qué hablas? —le preguntó Sirius, sonando perdido.

—De viajar —dio ella por toda explicación, abriendo los ojos y girando el rostro para encontrarse con su expresión confundida—. Tú y yo.

—Ya, ¿y se supone que esto que estamos haciendo…?

—Solos.

La palabra flotó entre ambos por un segundo interminable, dándoles tiempo para que se sumergieran en la mirada del otro. A Mar no le quedaban dudas de que los ojos de Sirius eran sus favoritos en el mundo, nunca había visto unos de ese color y estaba segura de que podía mirarlos durantes sin ser perturbada.

—Podríamos ir a algún sitio que ninguno haya visitado —susurró ella al final, quebrando el silencio sin variar su expresión.

—Eso lo veo difícil —murmuró Sirius, esbozando una sonrisa de lado. Irónica—. Tú has viajado por todo el puto mundo.

—No es cierto, hay lugares que no conozco —objetó la chica, haciendo un veloz recorrido mental para tratar de encontrar una prueba—. Nunca he estado en Rusia.

—Por supuesto que no, eres la imagen de una monarquía imperialista. Los rusos no te quieren, Mar.

—Gracioso —resopló la princesa, no logrando contener una sonrisa—. Hablo en serio.

—Ajá, ¿y qué haríamos en Rusia? —inquirió Sirius, enarcando una ceja y dejando que la diversión se colara en su rostro—. Aparte de no entender una puta mierda.

—Pues conocer otra cultura. Probar comida nueva, comprar recuerdos…

—Follar —intervino él, incrementando su sonrisa y utilizando una voz gruesa que le arrancó un jalón en el vientre.

—Eso siempre va dentro del paquete —concordó Mar, devolviéndole la sonrisa y mordisqueándose el labio inferior—. Si vamos a seguir tachando lugares públicos de nuestra lista, La Plaza Roja me parece una buena elección.

—Cualquier sitio es buena elección —soltó él, con una sinceridad que inundó todos sus sentidos.

— ¿Puedo tomarlo como que sí vamos a ir? —quiso saber ella, sintiendo como su corazón aceleraba sus latidos.

Sirius suspiró con pesadez y cambió su sonrisa por una menos divertida, más amarga… Más triste. Mar volvió a hundirse en sus ojos para poder ignorarla, para no tener que comprender lo que ella misma ya sabía.

—Iremos —le prometió Sirius, moviendo la cabeza en un asentimiento—. Algún día.

Era ridículo e improbable el pensar que una persona con la vida de Mar, con todos sus privilegios y comodidades, pudiera llegar a aferrarse con uñas y dientes a una promesa tan ambigua como esa. Y, sin embargo, eso era justo lo que estaba haciendo.

—Sirius…

El resto de la oración se perdió en el momento que Sirius volvió a girarse, inclinándose sobre ella y robándole un beso de los labios.

Mar suspiró resignada y le echó los brazos al cuello, olvidándose de la estupidez que casi había soltado, convenciéndose de que hacerlo habría sido un error.

Dejó que envolviera un brazo en su cintura y la acercara más a él, pegando sus cuerpos e intensificando el beso que ninguno quería terminar. Otra vez, se sentía muy diferente a los otros que habían compartido a lo largo de esos meses, solo que esa vez, ya sin la calentura y la excitación nublándolo todo, aquella nueva sensación provocó en Mar una espesa oleada de miedo.

Lo besó entonces con más fuerza, buscando apartar esa amarga sensación que se negaba a dar tregua, buscando inmiscuirse en cada rincón de su corazón, como un recordatorio cruel de que aquello no podía durar para siempre. O peor, que ya había durado demasiado.

Si desde niña no la hubiesen enseñado a controlar sus emociones, seguro habría roto a llorar.

—Vámonos de aquí —le susurró Sirius, separándose apenas, echándole su aliento caliente contra los labios.

Mar no lo pensó dos veces para asentir, esperando que al pisar tierra sus pensamientos volvieran a ordenarse y pudiera salir de aquella espiral de revelaciones que de repente la había envuelto.

Mientras caminaban de regreso a la casa se prometió a sí misma guardar cuidadosamente cada momento que viviera junto a él en ese viaje.

Esperaba que le cumpliera y algún día fueran a Rusia, pero si no pasaba, confiaba en que siempre tendrían Italia.


Los rayos de claridad filtrándose por el ventanal que daba hacia el balcón no tardaron en despertar a Sirius, regalándole una caricia caliente como recordatorio de que la noche ya había llegado a su fin.

Gruñó con el tradicional desprecio que siempre había sentido por las mañanas, y parpadeó varias veces, permitiendo que sus ojos se acostumbraran a la luz del sol y al día naciente. Se sintió brevemente invadido por la incertidumbre típica de quien ha dormido en un lugar diferente al que acostumbra, pero logró despejar su mente adormilada de la inconsciencia lo suficiente para recordar dónde estaba. El ventilador en el techo proporcionándoles aire fresco y el rumor de las olas rompiendo contra el muelle le facilitó la tarea.

Se removió en la cama y miró a su alrededor. Era la habitación más grande de aquella casa, no se las habían cedido por la bondad de la que presumían sus amigos, Mar se la había ganado a James en un ridículo juego de manos que les había llevado todo el camino del aeropuerto. Le hizo gracia recordar cómo su amigo había estado demasiado cansado del viaje para darse cuenta de que su hermana le había hecho trampa en cada movimiento. Desde que podía recordar, Mar siempre le hacía lo mismo, así que no tenía sentido como él seguía sin notarlo.

Sirius se encontró pensando que esa vena tramposa que tenía la chica era más un beneficio que otra cosa. No solo les había conseguido esa habitación, también los había llevado hasta dónde estaban.

Soltó un suspiro y se giró en la cama para poder verla. Seguía durmiendo, con la boca semiabierta y los mechones de cabello rubio cayendo de cualquier forma sobre su frente. Acercó su mano para apartarlos con delicadez y tener una imagen completa de su rostro. Marlene parecía dormir con la tranquilidad de quien no ha pasado las últimas diez horas dándole vuelta al mismo asunto. Como sí le había pasado a él.

«Ya veo por qué ha estado enamorada de ti desde… Bueno, siempre».

Su corazón se saltó varios latidos al recordar esa frase, al recordar la voz de Sarah soltándola con tanto aplomo sin saber que estaba quebrándole todos los esquemas. O tal vez sí lo sabía, y justamente por eso lo hacía, pero en el fondo no había ninguna diferencia.

Sabía que cualquier palabra que saliera de la boca de esa chica no probaba nada, pero ya había pasado el tiempo de engañarse con lo obvio. No hacía falta que creyera en lo que Sarah había dicho, le bastaba con ser sincero consigo mismo y recordar todos los momentos que había tenido con Mar desde que la conocía, en especial los últimos meses. En especial la noche anterior, cuando sus ojos le habían gritado toda la verdad y sus besos se lo habían confirmado.

Se sentía como un imbécil. Sabía que lo era. Un inmenso imbécil que se había mentido desde el principio, asegurándose que solo sería un juego y que alguno de los dos lo cortaría cuando fuera el momento. No se había dado cuenta de que el momento había llegado mil veces, con señales por todas partes que le indicaban que si seguía alargando esa locura, se iba a arrepentir.

Había sido imbécil y se había dejado llevar por ella. Por esa princesa malcriada, infantil e insoportable que le había robado el corazón. Y que, si la conocía tan bien como creía, no tendría ningún interés en devolverlo.

No tenía sentido. Ese sentimiento no tenía ningún puto sentido, no era coherente y simplemente no encajaba. Ellos no encajaban. O al menos no sus vidas. Él no era lo que Marlene necesitaba, mucho menos lo que merecía, no era el tipo de persona que podía tener a su lado y la certeza era asfixiante e imposible de ignorar.

Deseó que existiera una forma de cambiar eso, pero él sabía perfectamente que aquel mundo de ella no cambiaba ni se ajustaba a los caprichos de nadie. Era cruel, injusto y férreo. Sirius ya había sido parte de ese mundo y sabía que volver sería firmar una condena que no iba a soportar.

El destino de Mar había sido pintado para ella desde antes de nacer, y él no figuraba en ningún rincón de aquella pintura.

Había sido un buen sueño, tal vez el mejor de sus vidas, pero había llegado la hora de despertar.


Lily se había despertado mucho antes de lo que había deseado, James no le había dejado otra opción cuando se había levantado para ir a correr. Si no se había enfadado había sido por sus tiernos intentos de no hacer ruido, infructuosos debido a que no era la persona más delicada del mundo.

Por otra parte, la noche que habían pasado seguía muy fresca en su memoria como para molestarse con él.

Se mordió el labio inferior para no dejar que una sonrisa ridículamente grande se adueñara de su rostro sonrojado. Sintió como todo se le apretaba deliciosamente ante el recuerdo, que hubiera sido suficiente para volver a calentarla de no haber tenido los pies metidos en el agua fresca de la piscina.

Quizás su criterio ya estaba sesgado, pero a partir de ese viaje iba a considerar el helado italiano como uno de los mejores.

Estaba dispuesta a repasar cada instante que la había llevado a esa conclusión, pero el sonido de la puerta deslizante que daba al jardín, seguido de unos pasos que se acercaban, captaron su atención. Se volvió con la esperanza de que James ya hubiera regresado, y aunque la decepcionó un poco ver que no era él, no podía decir que le molestara ver a su amigo.

—Ah, pero miren que volvió a despertarse antes del mediodía —le dijo ella a modo de saludo, sonriéndole con diversión y afecto—. Dos días seguidos, Sirius, me impresionas. Vamos a tener que regalarte una plaquita.

—Regálame una foto en ese bikini que traes y quedaré satisfecho —contraatacó el chico, tan negado como siempre a quedarse con la pulla—. Y ya que estamos, yo también podría regalarte una placa. A la pelirroja más insoportable que ha pisado Italia. O Europa, quiero darte todo el crédito que mereces…

Como venganza, Lily le permitió llegar al borde de la piscina solo para sacar un pie de ésta cuando lo hizo, levantando una lluvia de gotas lo suficientemente gruesas para mojarle el pantalón.

—Ah, qué recibimiento más bonito de tu parte —soltó Sirius con sarcasmo, enarcando ambas cejas y sentándose a su lado—. Siempre tan hospitalaria.

—A tus servicios —Lily le sonrió de manera encantadora y se quedó esperando por la risa divertida o el comentario desagradable, pero ninguno llegó—. Y buenos días. ¿Dormiste bien?

—Tuve mucho sexo, si eso responde tu pregunta —contestó él, dedicándole una sonrisa sugerente que a ella se le antojó demasiado amarga—. ¿Y tú qué tal? ¿Tuviste suerte?

—Eso no es problema tuyo —zanjó ella, levantando la barbilla para mantener su dignidad. Lamentablemente, la sangre que corrió a sus mejillas le restó efecto.

—Gracias, tu sonrojo es más que suficiente respuesta… Ya, ya —la detuvo él, tomando su pie con una mano, adivinando a tiempo sus intenciones—. Es muy temprano para bañarse.

—Cerdo —le espetó ella, resoplando y pateando su mano para que la soltara—. El cómo Mar comparte una cama contigo sigue siendo un misterio para mí. Ella que es tan pulcra y tú tan…

El resto de la oración murió en la garganta de la pelirroja antes de poder salir a la luz. Desde el primer momento, Lily había notado que algo andaba mal con Sirius, podía sentirlo en su tono de voz y en su lenguaje corporal, pero fue la expresión amarga y llena de sentimientos encontrados que cargaba en ese momento quien se lo confirmó.

—Ey, ¿todo bien? —se preocupó ella, rodándose para quedar más cerca de él y poder inspeccionarlo mejor—. ¿Ocurre algo…?

—Nada que valga la pena comentar —le mintió su amigo, encogiéndose de hombros y doblando la boca en una mueca—. Solo un montón de mierda.

—En ese caso creo que sí vale la pena comentarlo —opinó Lily, frunciendo el ceño y tratando de dar con algo que pudiera explicar su actitud—.Sirius…

El aludido inhaló con fuerza y botó el aire en forma de bufido. Dobló las rodillas hasta su pecho y recostó los codos de ellas, posando la mirada en el horizonte frente a ellos. Lily lo imitó, encontrando que el lugar dónde el yate había pasado la estaba vacío, haciéndoles saber que se había marchado y dejando la vista libre para admirar las aguas cristalinas y las montañas verdosas y brillantes.

—Se acabó —soltó Sirius, quebrando el silencio, con una voz firme y seria que la desconcertó.

— ¿De qué hablas? —se extrañó ella, mirándolo sorprendida y ligeramente temerosa—. ¿Qué se acabó?

—Lo que sea que tengo con Mar —explicó él con gravedad, provocando que el corazón de Lily se saltara un latido—. Voy a terminarlo.

Al principio ella no le creyó, no pudo, le parecía una completa locura y un sinsentido. Chasqueó con la lengua y lo miró con escepticismo, esperando que se echara a reír de un momento a otro, burlándose de cómo había caído en otra de sus ridículas bromas. Pero nada de eso pasó. Sirius ni se rió ni varió la máscara de amargura que cubría su rostro.

Estaba hablando en serio, y Lily sintió como su corazón caía de su estómago ante eso.

— ¿Qué? P-pero… —Al principio solo balbuceó incoherencias, demasiado impresionada y atónita como para soltar algo con sentido— . ¿Por qué?

—Porque para empezar nunca debió haber iniciado—Fue la respuesta que Sirius dio, doblando la boca en una sonrisa irónica—. Por eso.

—Sirius, no… No entiendo nada —se sinceró Lily, tratando de recopilar en su mente algo que le indicara de dónde había venido esa decisión tan firme—. ¡Si ayer estaban bien! Estaban perfectos de hecho —señaló ella, rememorando todas las ridiculeces que habían dicho y hecho en el paseo—. ¿Qué ocurrió? ¿Acaso…? —entonces el recuerdo la golpeó y sintió que la sangre empezaba a hervirle—. ¿No será por lo que dijo Sarah, cierto? ¡Porque, Sirius, eso es…!

— ¿Es qué? —le cortó él con hostilidad, girando la cabeza para finalmente encontrar su mirada—. ¿Mentira?

Lily abrió la boca para responderle, pero tuvo que cerrarla al no saber qué decir. No quería decir lo que creía y terminar arruinándolo todo, pero tampoco le parecía correcto mentir ante algo tan obvio.

—Ya, eso creí —resopló el chico, sacudiendo la cabeza y volviendo a desviar la mirada—. Será para mejor, Lily, déjalo así…

— ¿Mejor para quién, Sirius? —quiso saber Lily, enarcando una ceja y empezando a molestarse—. Para Mar definitivamente no.

—Especialmente para ella…

—No tienes idea de lo que dices —aseveró la pelirroja, sintiendo desesperadamente la necesidad de hacerlo pensar coherentemente—. Sirius, sé que esto es nuevo para ti y puede que no sepas…

— ¿Crees que de eso se trata? ¿De qué me estoy acobardando por qué soy un inepto sentimental?

—Pues… Sí, eso creo.

—Bueno, gracias por la fe, pelirroja —enarcó las cejas con ironía y puso los ojos en blanco—. Pero es obvio que no entiendes una mierda —Lily abrió la boca para replicar, pero Sirius se le adelantó—. ¿Qué no lo ves? Esto no tiene ningún puto sentido. Nunca lo tuvo —resopló y se pasó una mano por el cabello—. Ella es una maldita princesa, por Dios.

A Lily la respuesta le pegó en el estómago, casi dejándola sin aire. Se sintió estúpida por no haberlo adivinado, a pesar de que era dolorosamente obvio. Aunque en parte no podía culparse, ninguno de los dos había comentado nada al respecto, no lo habían hecho ver como un inconveniente, tal vez Camille, pero ella no contaba.

Y sin embargo, lo entendió de inmediato.

—Sirius, eso no…

—Ya sé lo que vas a decirme, Lily. Que no es importante, que no afecta en nada, blah, blah… —empezó a mencionar él, suspirando con fuerza y dejando que la molestia se adueñara de su rostro—. Pero todo eso es una mentira, porque sí importa y sí afecta, y ya es hora de que todos dejemos de ser unos malditos estúpidos e ignorar lo obvio.

—Pero Mar y tú…

—No debimos haber empezado nada, ya te lo dije —repitió Sirius, sacudiendo la cabeza con pesar—. O al menos no debimos dejar que se prolongara tanto. No debió haber sido más de un polvo. Fue una estupidez permitir que durara tanto tiempo y tenemos que terminarlo ya porque esto no nos va a llevar a ningún lado.

—Eso no lo sabes… —intentó convencerlo ella, con una voz triste y no lo suficientemente fuerte para ser tomada en serio.

— ¿Ah no? Bueno, vamos a evaluar la situación… —empezó a decir él, con sarcasmo y hostilidad, haciendo que Lily se prepara para todo lo que podía soltar—. Lo único, Lily, lo único que se espera de James y de Marlene, aparte de que sonrían y luzcan lindos en las fotos, es que se casen y tengan un montón de mocosos para prolongar su legado de mierda. Ahora dime, ¿qué papel pinto yo en todo eso?

—Pero eso… Sirius, por favor, faltan muchos años para eso —se exasperó Lily, sintiendo como una garra fría empezaba a cerrarse alrededor de su corazón—. Solo tienen seis meses juntos, no sabes qué va a pasar o si durará. Digo, no tienes que terminarlo ahora…

—Y si no es ahora, ¿cuándo? ¿Cuándo ya todo sea demasiado grande y nos explote la mierda en la cara? —inquirió Sirius con brusquedad, subiendo las comisuras en una sonrisa distorsionada y amarga—. Ahora las cosas no son tan complicadas, Lily, podemos acabarlo sin hacer más desastre del necesario. Es el momento perfecto.

Lily no estaba segura de si Sirius en serio estaría creyéndose lo que decía. Sí, posiblemente si lo dejaban correr al final el resultado sería terrible e incluso más doloroso, pero eso no cambiaba el hecho de que en ese momento también fuera a serlo, como él quería hacerlo parecer. Lily no podía decir que conocía a Mar completamente, pero por lo que había convivido con ella podía asegurar, sin temor a equivocarse, que estaba absolutamente loca por él. Y también sabía, por lo que James le había contado, que poseía una estabilidad emocional frágil que debía ser tratada con cuidado. Eso era lo que más la preocupaba.

—Esto no es justo, Sirius —murmuró al cabo de unos segundos, tragándose todos sus pensamientos anteriores.

—Nada en ese maldito mundo de mierda lo es —escupió de mala gana, imprimiéndole odio y resentimiento a cada palabra—. Por eso me largué y no tengo ningún interés en regresar.

— ¿Ni siquiera por Mar?

—No, ni siquiera por ella —soltó, demasiado rápido y casi sin pensarlo, aunque eso no impidió que Lily notara el tono amargo en su voz—. No funcionaría, Lily, nosotros… Somos demasiado distintos.

—Eso dices tú —apuntó la pelirroja, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Para mí son dos de las personas más parecidas que he conocido.

—Sí, tenemos un problema de temperamento y un vocabulario pésimo, seguro que eso hace a una pareja estrella —resopló con ironía, dedicándole una mirada significativa—. Aparte de eso, ella es la hija del Rey y segunda en la línea de sucesión al trono. Y yo… Bueno, yo con suerte voy a graduarme y a montar un taller de autos en algún basurero.

—Estás siendo muy duro contigo mismo —opinó Lily, con la voz estrangulada por el nudo que empezaba a apretarle la garganta.

—Estoy siendo realista, lo cual es diferente —la corrigió Sirius, encogiéndose de hombros y volviendo a desviar la mirada hacia el mar—. No sé qué películas has estado viendo, Lily, pero en las que yo he visto: las princesas no se quedan con el mecánico del reino.

—Esto no es una película.

—No, es la vida real. Por eso es una puta mierda.

Esa vez Lily no alcanzó a replicar nada ni a intentar razonar con él, estaba muy ocupada digiriendo todo lo que Sirius acababa de decirle y tratando de no desviarlo a su propia vida ni tomárselo personal, pero le estaba resultando casi imposible.

Desde el primer día, sus obvias diferencias con James habían sido una causa de inseguridad para ella, incluso entonces, después de todos esos meses juntos, a Lily seguía preocupándola el no poder encajar en su mundo, pero poco a poco lo había dejado colar, porque parecía que más nadie se preocupaba al respecto. Pero tener a Sirius, que no se acomplejaba por nada, soltándole todo eso sin anestesia, estaba causando que todo volviera a salir a la superficie, haciéndola sentir imposiblemente abrumada.

—Creo… —Lily suspiró y sacó los pies del agua, llevándose las rodillas al pecho y abrazándose a ellas—. Creo que debiste haberme comentado esto con anterioridad.

— ¿Qué estás…? ¡No me jodas, Lily! —exclamó él de golpe, haciéndola sobresaltar. La veía con irritación e incredulidad—. No te tomes esta mierda para ti. Esto no tiene nada que ver contigo.

—Ya, un poco difícil tomando en cuenta todo lo que dijiste —comentó ella, chasqueando con la lengua y mordiéndose el labio—. Si Mar es la segunda en línea, déjame recordarte que James es el primero, y que yo…

—Tú, pelirroja necia, podrías pasar por una princesa cualquier día de tu vida —la interrumpió Sirius, girando los ojos y, por primera vez en todo ese rato, esbozando una sonrisa más sincera y libre de pesimismo—. Yo, en cambio, no quedo muy bien como príncipe azul.

Claro que no era un príncipe, nadie racional se habría atrevido a negar ese hecho. Pero el caso era que Mar no quería un príncipe, lo quería a él.

—James y tú son un caso aparte —soltó Sirius al final, desestimándolo con un sutil movimiento de su mano—. No tienes que preocuparte por esto.

Le hubiera gustado que eso fuera tan fácil de hacer como de decir, habría sido maravilloso volver a guardar todos esos temores en una parte de su mente donde no perturbaran la relación tan linda y especial que había construido a su lado. Pero no importaba que Sirius dijera que era diferente, en el fondo, ¿qué tanto podía serlo? Después de todo, James seguía siendo el chico que en unos años se convertiría en Rey. Ella solo era Lily. Una estudiante de arte que esperaba que la vida le alcanzara para poder pagar todos los créditos universitarios que tenía.

— ¿Y cuándo piensas hacerlo? —se encontró preguntándole al cabo de unos segundos, en susurro.

—Pronto, supongo, Mientras más rápido salga de esto mejor.

— ¿Tengo que recordarte que el cumpleaños de Mar es en dos semanas?

—No, no tienes que hacerlo —chasqueó Sirius, suspirando y pasándose una mano por el rostro—. No tengo todo planeado, Lily, solo… Pronto, aunque no sé qué tanto.

Ella asintió y lo dejó estar, guardándose para ella el inmenso abrazo que hubiera querido darle a su amigo. Aunque seguramente que lo necesitaba, sabía que no iba a apreciarlo.

Quizás una palabra de aliento habría servido, pero su ánimo se había quebrado a sus pies, dejándola sin la capacidad de hacer que otra persona se sintiera mejor.

Se quedaron en silencio por un largo rato, con la cabeza llena de pensamientos que seguían el mismo hilo y el corazón apretado en un puño, sin saber que al otro lado de la puerta que daba al patio, había alguien sintiéndose exactamente igual.

James no había querido escuchar, nunca había sido esa su intención. Había llegado de correr y los había divisado en su camino a las escaleras, deteniendo de golpe sus deseos de acercarse y saludar cuando escuchó por dónde iba la conversación.

Y en se momento, se odiaba por no haberse marchado, por haberse quedado ahí parado, escuchando todo.

Con todo eso en la mente, fue incapaz de seguir mirándola. No podía hacerlo en ese momento, no con todas las dudas y los arrepentimientos que habían empezado a asaltarlo. Sacudió la cabeza, tratando de despejarse sin éxito, y se alejó casi corriendo, esperando que la ducha fuera capaz de borrar esa sensación de amargura que se le había pegado en la piel.

No entendía cómo, en menos diez minutos, Sirius y Lily abrían una caja de pandora llena de verdades y realidades que él, en todos esos meses, ni se había atrevido a ojear, pero que definitivamente ya no podría olvidar.


¡Hola, mis amores!

Ya ni me voy a molestar en disculparme por subir una vez al mes porque ya deben odiarme y eso no tiene solución, así que vamos a ahorrarnos esa parte. Pero si me odian y todavía siguen ahí, ¡son los mejores del mundo y los amo! ¡Gracias!

Me estoy cayendo del sueño así que trataré de hacer esta nota lo más rápida y concisa posible. Quiero decirles que estoy muy orgullosa de haber llegado hasta aquí y, finalmente, cumplir conmigo misma y escribir este capítulo. La mayoría son escenas que tengo pensadas desde hace muchísimo tiempo y haberlas podido plasmar es un logro personal, estoy muy orgullosa y lo único que puede hacerme más feliz es que les haya gustado. Espero que sí.

El blackinnon volvió a robarse el capítulo, porque ellos no entienden que son CO protagonistas, así que empecemos por ahí. No me odien, ¿okay? Todos los pensamientos de Sirius y las conclusiones a las que llegó fueron tan dolorosas para mí como seguro lo están siendo para ustedes. Siempre tuve en mente hacer este fic tan realista como se pudiera, sé que no lo he logrado del todo, pero mantener la esencia de lo que implica ser parte de la familia real era importante para mí. Alguno de los dos tenía que darse cuenta de que la suya es una relación complicada, de hecho ya se había tardado.

Y el Jily estaba muy feliz, ya les hacía falta algo de drama como muchos me estaban pidiendo jajaja. Sé que las revelaciones de James no son muy explícitas, pero pretendo devolverles el protagonismo en el próximo capítulos y explicar mucho mejor todo. Pero superficialmente, se trata de él, otra vez, haciéndole honor a su alma de príncipe y destrozando nuestros corazones. Solo eso.

Y bueno, el Remadora y PeterxMary un poquito de dulzor para nuestras almas tras la amargura del blackinnon. Puede que la escena de los primeros haya sido bastante… Inesperada. Pero aquí Remus es un chico normal, sin licantropía ni tantos traumas. Se merecía todo lo que no puedo darle (tan fácil) en LU, jiji.

Creo que eso es todo. Como siempre, si me falto algo por aclarar pueden dejármelo en los reviews. Sé que no he estado siendo la más responsable en esa área (PERDÖN!) pero prometo volver a ponerme seria y responderles en un tiempo decente. Confío en que la actualización compense esa falta, shi? Me muero por leer sus opiniones en este capítulo que es CRUCIAL para la historia.

¡Me despido por ahora! Gracias por esperarme y leerme. Les envío un beso enorme, nos estamos leyendo pronto. Bye.