11. Un día en el Zoo
Se había levantado de la cama bastante tarde, la noche anterior estuvo de fiesta con unos amigos. Desayunaba tranquilamente, mirando a través de la ventana como en aquel veinticinco de Diciembre lucia un sol esplendido a pesar de ser Navidad y estar en pleno invierno. Pansy sonrió, aquel sol era algo bastante inusual para la fecha, pero le hacía sentirse bien. Se concentró de nuevo en su tazón de copos de avena, que ya habían comenzado a chocolatear la leche. Giró sus grandes ojos claros hacia el interior de su habitación y pudo ver, aun desde la noche anterior, un elegante vestido sobre el diván. Probablemente si hubiese decidido acudir a la fiesta de Ron, habría usado ese. Pero, aunque estuvo toda la tarde barajando la posibilidad de ir, finalmente no lo hizo. Y no lo hizo por tres razones muy claras (al menos para ella), la primera porque sabía a ciencia cierta que su primo Draco estaría allí y no le apetecía nada volver a discutir con aquel cabezota sin remedio. La segunda razón porque creyó (y creyó bien), que la invitación de Hermione fue pura cortesía y que en realidad lo que menos deseaba esa chica era su presencia en esa fiesta. Y por último, y a su juicio la razón más poderosa de todas, era Ron. Y lo era porque no podría haberse comportado con él como le hubiese gustado, con la mirada de Hermione clavada sobre ella todo el tiempo. Porque cada caricia o beso que diese a su novia, para ella hubiese sido como si una daga fría y afilada se clavase en su corazón. Lo era porque, aquella noche, en aquel ambiente distendido, no habría podido refrenar el impulso de besarlo, sin importarle las consecuencias. Por todo aquello, finalmente se quitó su vestido y lo dejó caer sobre el diván, justo donde aun seguía. Y se fue de fiesta con sus amigos. Muchos hombres se habían acercado a ella durante esa noche, y en otros tiempos no habría dudado pasarla con alguno de ellos, pero la realidad era que había estado abstraída casi todo el tiempo y no encontró nadie que pudiese apartar a Ron de su pensamiento, ni siquiera durante unas horas.
Se llevó la primera cucharada de su desayuno a la boca, pero no llegó a introducirla dentro. Tenía el estomago cerrado desde hacia varias semanas. Dejó la cuchara sobre el cuenco de leche y lo retiró de ella con mirándolo con repugnancia. Hundió la cara entre sus manos y exclamó en voz alta.
- ¡De todos los hombres del planeta, me enamoro del único con el que jamás tendré una maldita oportunidad!
Golpeó con ambos puños fuertemente la mesa y luego con el dorso de la mano empujó con furia el tazón y lo lanzó fuera. Todo quedó manchado de leche y los cereales se pegaban al suelo y a los muebles de la cocina. El rostro de Pansy dejaba ver una mezcla de angustia y frustración y su respiración era agitada. Luego intentando autocontrolarse para no llorar, se pasó la mano por el cabello, aun despeinado, y se levantó resignada dispuesta a limpiar todo lo que su arrebato pasional había ensuciado.
Ron se desperezaba en la cama, y a juzgar como lo hacía daba la sensación de que había crecido al menos veinte centímetros más. A su lado un cuerpo de mujer semi desnudo se giró y se abrazó a él. Ron miró cautivado a su novia que respiraba aun bajo el ritmo acompasado del sueño. A los pies de la cama de Hermione, se encontraba su vestido de seda marfil y la camisa blanca de Ron entrelazados. El pelirrojo pasó sus dedos por la espalda desnuda de la joven haciéndola estremecer y ella sin abrir los ojos sonrió diciendo.
- Buenos días.
- Buenos días dormilona. Feliz Navidad – Añadió él y dejó un suave beso sobre su hombro – Despierta, sabes que debemos levantarnos. Estoy seguro que Emma lleva ya una hora esperándonos.
Hermione abrió los ojos lentamente y vio como su novio la miraba con una sonrisa ladeada.
- Tienes razón, pero no quiero levantarme – Reconoció casi ronroneando como una gatita abrazándose a él con mas fuerza.
Ambos notaron el calor que emitían la piel de sus cuerpos desnudos.
- ¡Oh Dios Hermione!... No seas cruel conmigo, si haces esto no podré levantarme de aquí en todo el día y prometimos llevar a Emma al zoológico – Dijo casi suplicando, pero sin poder evitar acercar sus labios a los de ella para besarla.
Hermione entrelazó los dedos por el cabello de Ron y con un movimiento lo acercó a ella con fuerza. Ron comenzó a acariciar el suave cuerpo de su novia y ella sonreía bajo los labios del joven. Nada podía evitar que volviesen a entregarse el uno al otro… bueno, tal vez hubo algo. Una inoportuna llamada de Julie, algo alterada, preguntando porque diablos no estaban ya en la mansión. Su hija llevaba más de una hora esperándolos. La pareja tuvo que aplazar su instante de pasión para otro momento. Ron resoplaba bastante malhumorado mientras se embutía en unos tejanos y se colocaba un jersey azul de cuello de cisne, que escogió de entre la ropa que guardaba en el armario de Hermione. La chica sin embargo se lo tomó con algo más de filosofía y ahogaba alguna que otra risa al ver el rostro contraído de su novio.
Sin detenerse a desayunar, llegaron en menos de media hora a la mansión. Nada mas entrar en el comedor, se encontraron de bruces con la inquietante mirada oscura de Julie que parecía querer lanzarle cuchillos. Hermione se sonrojó, pero Ron se sentó a la mesa y se sirvió un poco de café, estaba hambriento.
- Una hora Ron… ¡Santo cielo!... ¿Qué demonios estabais haciendo? – les regañaba en voz baja para que la niña no la oyese.
Los dos jóvenes se miraron el uno al otro, Hermione se sonrojó aun mas… notaba como le ardían las mejillas, se sentó junto a su novio y echó en un vaso vacío un poco de zumo de naranja. Ron resopló con fuerza y le dio un mordisco a una fresca y apetitosa manzana, su madrina lo miró desaprobación.
- ¡Ron!... Al fin llegaste… ¿Cuándo nos vamos?
Emma acababa de entrar en el comedor portando en sus manos la muñeca que Santa Claus, le había dejado aquella misma noche como regalo de Navidad. Su madre la miró regañándola por su falta de educación y la niña añadió bajito y sonrojándose.
- Buenos días, Feliz Navidad – Pero no pudo reprimir volver a preguntar - ¿Cuándo nos vamos?
- Cuando este par de dormilones terminen su desayuno y Harry y… - Julie dejó de hablar porque oyó como llamaban a la puerta y Harry y Ginny entraron al comedor un instante después, la madrina de Ron les sonrió y añadió mirando a su hija – Bueno cariño, a ellos no vas a tener que esperarlos. Buenos días pareja.
- Buenos días. Feliz Navidad – Saludaron.
El día anterior Ron y Hermione habían prometido a Emma que la llevarían al zoológico como regalo de Navidad. Así que la niña estaba muy entusiasmada y había insistido que Kingsley la recogiese de casa de los Tonks muy temprano para estar lista pronto. Le encantaba pasar todo un día en compañía de su hermano y la novia de éste, personas a las que adoraba tanto como a sus padres y a Teddy. Harry y Ginny se habían apuntado a la excursión con ellos cuando se enteraron de sus planes. Y así fue como en menos de una hora ya cruzaban las puertas del recinto de los animales. Aunque pareciese increíble, el zoológico estaba repleto de gente, que al igual que Ron y los demás, habían decidido pasar allí aquel soleado día de Navidad en compañía de sus hijos, hermanos o nietos. Emma estaba muy feliz y se notaba en sus ojitos azules, porque brillaban con tanta intensidad que parecían llenos de luminosas estrellitas. Lo único que echaba en falta era a su amigo Teddy, pero éste pasaba siempre ese día en familia y en casa de sus abuelos maternos.
Matthew descendía por las escaleras, desperezándose. Hacía mucho tiempo que estaba despierto pero había estado repasando algunos documentos importantes sin levantarse de la cama. Su esposa le había subido el desayuno para que su nerviosa hija no lo importunara. Aun quedaban empleados deambulando por la casa, limpiando los restos de la fiesta de la noche anterior. Según bajaba vio como Julie salía del salón y le sonreía apoyada en la barandilla de la escalera.
- ¿Ya se fueron los chicos?
- Sí, al fin. Más de una hora han tenido esperando a la pobre Emma. Esos chicos pierden la noción del tiempo cuando están juntos – Dijo Julie rodando los ojos.
- Los entiendo perfectamente, a mí me pasa igual contigo – Añadió él con voz seductora acercándose a ella y tomándolas por la cintura - ¿Te has dado cuenta de que estamos solos?
Julie miró a su alrededor, los empleados iban y venían de un lado a otro y Minerva asomaba de vez en cuando la cabeza por el umbral de la cocina para ver si todo iba bien, pero lo hacía a escondidas para evitar una regañina por parte de la madrina de Ron.
- ¿Solos? – rió Julie.
- Ya sabes a lo que me refiero, sin Emma rondándonos todo el tiempo… ¿Cuánto tiempo hace que no lo estamos?... ¡Cinco años!... ¡Uf! Casi ni me acuerdo de esa sensación – dijo él – Voy a llevarte a almorzar al mejor sitio de Londres. Tendremos una relajada y deliciosa comida, y luego volveremos a casa pronto, y haremos el amor hasta que solo nos queden fuerzas para respirar.
- ¡Matt! – exclamó Julie ruborizándose y golpeándole con la palma de la mano en el pecho, mirando hacia los lados convulsivamente, rogando para que ningún empleado lo hubiese escuchado.
Matthew rió ante el pueril bochorno de su esposa y plantándole un sonoro beso en los labios se alejó hacia el comedor mientras añadía.
- No es necesario que te diga que te pongas guapa porque lo eres, pero arréglate porque nos vamos pronto… ¡Ah! Ponte algo informal.
Julie suspiró, a sus treinta y seis años, aquel hombre la hacía sentir como una fascinada adolescente de quince. Sintió un agradable escalofrío recorrer su cuerpo cuando pensó en el maravilloso día que le esperaba y subió con presteza las escaleras hacia el piso superior.
- ¿Estás lista? – Gritó Neville desde el salón.
Cho no contestó y salió del dormitorio luciendo increíblemente bella. Neville lanzó un suspiro que hizo reír a su novia.
- Vivo con un ángel – Añadió.
Cho se ruborizo inexplicablemente y primera vez en su vida sintió algo dentro de ella, algo que le hizo sentir nauseas y que comprendió al instante que había sido un remordimiento.
- No soy un ángel – Dijo convencida de ello.
Neville no hizo caso al comentario de su novia y colocándole el abrigo sobre los hombros abandonaron el apartamento.
Los Longbottom organizaban cada año una comida familiar en su mansión y ese año Neville iba a ir acompañado de una mujer. Luna solía acudir con su padre a aquella reunión. Ambas familias eran grandes amigas y desde que la Cyntia Lovegood abandonara a su esposo y a su hija, estos solían pasar el día de Navidad con la familia de Neville. Ese año iba a ser igual que todos los años y los invitados los mismos, solo había una excepción, el hijo de Frank y Alice Longbottom tenía novia, y por lo tanto Luna ya no sería su pareja en la mesa.
Cho estaba nerviosa, su farsa estaba llegando muy lejos. Neville la llevaba a su casa por primera vez para presentársela oficialmente a sus padres. Ella nunca imaginó que aquel cruel juego pudiese durar tanto. Pensó que al saberlo, Luna correría a contarles el chisme a sus amigos y éstos pondrían el grito en el cielo, pero que terminarían aceptando a Neville sin condiciones. Pero la rubia había mantenido el secreto ¡Dos meses! Y en aquel tiempo, y hasta ahora, ya había pasado medio año, y su relación con Neville había avanzado demasiado y ya casi no podía controlar nada. Eso sin contar que cada día que pasaba junto a él se sentía la persona más abominable del planeta.
Neville conducía con cautela, era un chico responsable y muy precavido y nunca, bajo ningún concepto apartaba la vista de la carretera. Cho lo observó durante unos minutos. Aquel muchacho era tan inocente, le había sido tan sencillo engañarlo que sentía pena por él. Neville fue un objetivo fácil de alcanzar, al contrario que Draco, que aun se le resistía. Todo lo concerniente a ese rubio tentador la volvía loca y no dudaba que Neville era un buen chico, que la amaba y que si ella se lo propusiese sería muy feliz a su lado. Pero había algo que no podía evitar y ese algo era que no lo amaba y no lo amaría nunca. Aparto la vista de su novio y miró al frente, cerró los ojos con fuerza… Sabía que estaba siendo muy cruel con él y que aquel muchacho de mirada ingenua y sonrisa amable sufriría mucho por su culpa y tenía muy claro que ella no era más que una cobarde. Pero hacía muchos años que había decidido que no lo importaba el sufrimiento ajeno, solo el suyo propio… porque a fin de cuentas, nadie nunca se había preocupado por lo que ella pudiese llegar a sentir o a sufrir…
Neville detuvo el coche y salió él para abrir caballerosamente la puerta a su novia.
- ¿Nerviosa? – Preguntó.
- Sí – Contestó ella con sinceridad.
- No te preocupes, te van a adorar igual que te adoro yo – vaticinó él.
Y tomándola por la cintura, caminó junto a ella hacia la casa de sus padres mientras inconscientemente, se palpaba el bolsillo del pantalón y sonrió feliz.
- ¿A que hora tomaron el avión? – Preguntó Ron mientras saqueaba sin piedad una bolsa gigante de patatas fritas, sin apartar la vista de Emma que estaba junto a Hermione y trataba que una cebra comiese una zanahoria de su diminuta mano.
- Creo que a las nueve de la mañana – Contestó Ginny, mirando también a la niña - ¡Emma te va a morder!... ¡Deja tranquilo al animal! – Gritó cuando vio como el cuadrúpedo abría demasiado la boca para alcanzar la apetitosa raíz.
- A Draco no le apetecía nada ir, pero todos los años pasan el día de Navidad con los abuelos maternos de Lavender y éste no iba a ser una excepción, ya deben estar allí – Aclaró Harry introduciendo una mano en la bolsa de patatas de Ron.
De pronto los tres jóvenes miraron hacia donde estaban la niña y Hermione, la muchacha había dejado oír una carcajada cuando la cebra arrebató repentinamente la zanahoria de la mano de Emma y ésta sobresaltada, cayó de nalgas en el suelo. Hermione la ayudó a levantarse y le sacudían el vestido, ante la horrorizada mirada de Ginny que se había llevado un buen susto. Caminando lentamente se reunieron con los demás. Ron se limpió las manos aceitosas por las patatas y cogió a la niña en brazos que lloriqueaba buscando los mimos de su hermano ante la divertida mirada de los otros.
- Creo que ya es buena hora para pensar en acercarnos al restaurante y almorzar algo – Convino Harry.
Todos asintieron y caminaron en busca de una deliciosa comida con la que saciar el apetito. Emma se calmó enseguida, los sollozos habían sido puro teatro únicamente para captar la atención del pelirrojo, pero como ya lo había logrado, olvidó su 'accidente' con rapidez. El restaurante estaba a medio llenar y no les fue difícil adquirir una mesa, ordenaron la comida y almorzaron tranquilamente disfrutando de la gastronomía e intentando que Emma probase un poco de todo. Cuando terminaron, Harry y Ginny decidieron pasar por la tienda de regalos del Zoológico. Pero Ron había comido demasiado y necesitaba sentarse en algún lugar donde hacer apaciblemente la digestión y así poder seguir el ritmo incansable de Emma. Así pues, se separaron, pero quedaron en verse de nuevo una hora mas tarde frente a la puerta del restaurante.
Cho se sentía como pez fuera del agua, los padres de Neville la habían recibido con mucho entusiasmo, solo la anciana Señora Longbotton, la abuela de Neville, fue más recatada con su saludo. La muchacha mostraba una sonrisa mecánica en su rostro pero en el fondo deseaba salir de allí cuanto antes. Los Lovegood aun no habían llegado y Cho agradecía que fuese así. Luna la ponía nervosa, intuía que aquella chica estaba enamorada de su novio y lo pudo confirmar cuando le lanzó aquel horrible comentario en la boda de Harry y Ginny. El control que mantuvo Luna para no romperle la cara en ese mismo instante, la dejó muy sorprendida porque aquello que le dijo fue realmente cruel por su parte. Y luego aquella misma muchacha, la llamó para invitarla a pasar, con ella y sus amigas, una tarde de compras. Sinceramente Luna Lovegood la desconcertaba mucho. En su lugar ella le abría arrancado los ojos con una cucharilla de té y por supuesto no la habría invitado a ningún sitio. Sumida estaba en esos pensamientos y por ello no oyó que habían tocado a la puerta, pero cunado se vino a dar cuenta, Xenophilius Lovegood y su hija entraban en el salón. Frank Longbottom se acercó a su gran amigo y lo abrazó con efusividad. Luego besó paternalmente a Luna en la frente añadiendo.
- Lovegood cada año tu hija está más bella.
Xenophilius asintió orgulloso de su pequeña, pero Luna estaba demasiado ocupada buscando con la mirada a Neville como para agradecer cumplidos. Y lo vio, allí, junto a su abuela, riendo, y sosteniendo una bebida en una mano y un canapé en la otra. Sintió como el pecho se le hinchaba de aire y de sus labios se escapaba un suspiro incontrolado. Cho que al fin la se había dado cuenta de su presencia, intento camuflarse entre los invitados para poder observarla con detenimiento. Notó como los ojos de la que tiempo atrás fue su compañera de colegio y con la que paso buenos momentos, brillaban, tenía las mejillas sonrojadas y sonreía con cara de boba mientras contemplaba a Neville. Por un momento se detuvo a pensar que Luna y ella tenían mas cosas en común de lo que suponían, porque ambas amaban a personas que no las correspondían, y no hay nada en el mundo peor que amar sin ser correspondido. Neville giró la cabeza hacia Luna y sonrió. El muchacho había pensado que después de lo ocurrido entre ellos, su amiga no acudiría aquel año a la reunión, pero lo había hecho y se lo agradecía enormemente. Dejó a su abuela casi con la palabra en la boca y se acercó a ella tomandola de las manos, con aquel contacto consiguio que el corazón de la joven saltase dentro de su pecho. Cho no apartó la vista de ellos y seguía la escena con atención.
- Estás preciosa – Dijo y no era un cumplido, lo pensaba de verdad.
- Gracias – Contestó ella sonrojándose aun mas.
- No Luna, gracias a ti por venir. No imaginas lo importante que es para mí tu presencia hoy aquí.
Cho decidió que ya era la hora de dar la cara y salió de su escondite en dirección a ellos.
- Hola – Saludó intentando parecer amable.
- ¿Estás aquí?... ¿Dónde te habías metido? – Pregunto Neville tomándola por la cintura.
Luna no contestó al saludo de Cho, el brillo de sus ojos había desaparecido por completo y una sombra gris cubría ahora su pálido rostro. Cho notó el cambio de ánimo de la muchacha pero intentó mostrar indiferencia.
- Creo que ya es hora de pasar al comedor – Advirtió la novia de Neville cuando vio como los demás invitados tomaban esa dirección.
Neville asintió y sin soltar la cintura de Cho, pasaron dentro. Luna los siguió arrastrando los pies con apatía.
El comedor de los Longbottom era bastante amplio casi tanto como el de la Mansión Dashwood. Alrededor de un extensa y barroca mesa de roble, habían dispuesta una doce sillas. Era sin duda una reunión familiar e íntima, en la que solo había tres personas que no llevaban el apellido Longbottom, Cho y los Lovegood. Como era de esperar aquel año, Luna no ocupó la silla que quedaba junto a Neville y en su lugar lo hizo Cho. La rubia tuvo que conformarse con sentarse junto a un primo de su amigo que vivía en Belfast y solo visitaba Londres para acudir a aquella reunión anual. Y al otro lado de la joven se sentaba la abuela de Neville.
La comida fue relajada como el carácter de los Longbottom. Luna engullía con dificultad su lomo de ternera sin levantar la vista del plato, aunque de vez en cuando y casi de forma inconsciente, miraba a Neville durante unos segundos para luego volver a fijar la vista en la loza, donde aun quedaban bastantes restos de comida. Cho tampoco podía evitar mirar en ocasiones a la hija de Lovegood y se sentía tan incómoda como si alguien la hubiese sentado encima de un montón de zarzas. Cuando el almuerzo llegó a su fin, y los empleados comenzaron a depositar sobre la mesa los platos que contenían los deliciosos postres cubiertos de nata y sirope de fresa, Neville se levantó de pronto y carraspeó para llamar la atención de todos los comensales.
- Primero debo daros las gracias por tener la gentileza de acudir un año mas a nuestra tradicional comida de Navidad – Desvío sus ojos hacia Luna y sonrió, la joven le devolvió la sonrisa – Quizá este año es para mi mucho mas importante vuestra presencia porque como habéis podido comprobar, soy un chico muy afortunado – Esta vez clavó los ojos en su novia, que ruborizada miraba los extraños dibujos que el sirope de fresa hacia sobre la blanca nata. Neville se palpó de nuevo el bolsillo de su pantalón y continuó hablando – Llevo mucho tiempo queriendo hacer esto y he pensado que hoy, con todos vosotros como testigos, es el momento idóneo.
Y diciendo esas palabras, retiró unos centímetros la silla donde se sentaba y se postró hincando una rodilla en el suelo frente a Cho mientras la tomaba de la mano. Luna palideció y se aferró al mantel con ambas manos arrugándolo, y haciendo que las copas que habían cerca de ella temblasen levemente. La anciana Señora Longbottom observó la reacción de la joven extrañada. El resto de la familia contemplaba a la pareja expectantes.
- Cho – Comenzó a decir Neville con la voz vibrando por los nervios y la emoción – Sé que no llevamos mucho tiempo juntos, aunque nos conocemos desde que éramos niños. También soy conciente, que para nada soy el tipo de hombre con el que soñaste que pasarías el resto de tu vida, pero quiero que sepas que te amo y que sería el hombre mas feliz de la tierra si aceptas convertirte en mi esposa – Entonces fue cuando sacó de su bolsillo aquello que había palpado en varias ocasiones y que no era otra cosa que la cajita donde guardaba el anillo. La abrió con sumo cuidado y se lo mostró.
Era difícil definir el color exacto que había adquirido el rostro de Cho. En ocasiones parecía rojo, pero de pronto se volvía verdoso y luego palidecía hasta ser casi trasparente. En su mente solo había cabida para una pregunta… ¿Cómo no había parado eso antes?... Todas las miradas de la familia de Neville, de Xenophilius y de Luna se clavaban en ella. La rubia seguía cerrando los puños cada vez con más fuerza, arrugando el mantel mucho más y volcando la copa de agua de la anciana, que no dejaba de observarla bajo ninguna circunstancia… 'Di que no' pensaba con desesperación… 'No aceptes por el amor de Dios'.
La mente de Cho trabajaba tan deprisa que comenzó a sentir un agudo dolor en las sienes. Miró a Neville, que aun seguía hincado sobre su rodilla derecha, esperando una respuesta y mostrándole una joya, que era tan perfecta, como debía haber sido ese momento si el portador de aquel anillo hubiese sido un chico rubio de sonrisa ladeada… No, no debía aceptar… Aquello sobrepasaba sus intenciones. Pero Neville haría el ridículo más espantoso del mundo si ella lo rechazaba delante de toda su familia, que seguían mirándola esperanzados con la respuesta de la joven. Cerró los ojos con fuerza y tomó entonces la decisión mas cobarde que había tomado en su vida.
- Sí… – Contestó con voz débil, casi inaudible – acepto.
Neville gritó de la emoción y deslizó el anillo en el dedo de su prometida para luego besarla. Su familia aplaudió y vitoreó entusiasmada levantándose de sus respectivas sillas para dar la enhorabuena a la pareja. Luna había dejado en paz el mantel, temblaba y respiraba con lentitud pero profundamente presa de la angustia y la desesperación… ¿En que demonios pensaba esa chica?... ¿Por qué había aceptado?... La abuela de Neville, que durante todo el episodio no había apartado los ojos de la muchacha, desplazó su ajada mano por el maltrecho mantel y la posó sobre la de Luna. La chica se sobresaltó y miró a la anciana que le sonreía con amabilidad.
- Mi nieto está ciego y no ve lo que tiene delante aunque tropiece con ello.
La barbilla de Luna tembló y sus ojos se llenaron de dolorosas y amargas lágrimas.
- Eres una buena chica Luna y casi una nieta para mí. Por eso no me gusta verte sufrir, olvídate de ese necio y sé feliz junto a alguien que pueda valorar a la gran mujer en la que te estás convirtiendo.
La anciana Señora Longbottom se aproximó a ella y la besó con ternura en la frente. Luna sonrió agradecida con tristeza y secó con los dedos las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Tomó aire y se levantó caminando lentamente hacia la pareja. Neville la vio llegar y le sonrió feliz.
- Te felicito Neville – Dijo sin sentirlo y se acercó a él para darle un beso en la mejilla.
Neville cerró los ojos y suspiró inconscientemente mientras el aroma a vainilla que emanaba del cabello dorado de Luna, lo envolvió completamente. Sintió como su corazón bombeaba sangre con algo mas de violencia y el aroma a vainilla se desvaneció un poco cuando su amiga se separo de él. La rubia posó entonces los ojos sobre la prometida de Neville y su rostro se contrajo de rabia. Cho no pudo mantener la intensa mirada de la joven y desvió la vista al suelo pero volvió a alzarla un momento después y la miró de nuevo fijamente.
- Solo deseo que sepas que tienes a tu lado a la persona mas maravillosa del mundo – Dijo con voz firme ante la sorpresa de Neville – Y espero de todo corazón que lo hagas tan feliz como se merece.
Y diciendo aquello, retrocedió unos pasos, se giró y se alejó de ellos con parsimonia. Neville la observó mientras se alejaba y algo extraño se movió en su interior… ¿Desde cuando Luna pensaba que él, el insignificante Neville Longbottom, era la persona mas maravillosa del mundo?... ¿Y por qué aquel aroma a vanilla, que siempre había identificado a su amiga, ahora lo hechizaba tanto?... Se sacudió la cabeza confundido y sin saber como pasó, sus ojos y los de su anciana abuela se encontraron de pronto. Ella era la única que no se había dignado a levantarse para felicitarlo, Neville tragó saliva y su abuela movió resignada la cabeza de un lado a otro. El muchacho no comprendió el gesto de la anciana y se centró nuevamente en su prometida. Cho abrumada por todo lo que se le venía encima, sintió unas nauseas horribles que pronto se convirtieron en unas enormes ganas de vomitar.
- Necesito ir al baño – Dijo con el semblante descompuesto y se alejó veloz de su novio que no le dio demasiada importancia.
Luna, que escuchaba con interés, una absurda conversación sobre hormigas chilenas de cabeza roja que su padre mantenía con el primo de Belfast de Neville, vio correr a Cho hacia el cuarto de baño y separándose un poco de los dos hombres, caminó en la misma dirección que la reciente prometida de su mejor amigo.
Ron miraba su reloj de pulsera con impaciencia, Harry y Ginny se demoraban demasiado y Emma comenzaba a estar un poco irascible. Hermione intentaba distraerla, pero la niña pataleaba molesta por no haber visitado aun la jaula de los leones. El pelirrojo sacó su teléfono móvil para llamar a su amigo cuando Hermione dijo.
- Por ahí vienen Emma, ya podremos ir a ver las jaulas de las fieras.
Ron volteó la cabeza y pudo ver como la feliz pareja caminaba lentamente con bolsas en las manos. Sonreían y parecían inmersos en una agradable conversación.
- ¡Por fin! – Exclamó Ron al que los lloriqueos de Emma habían comenzado a sacarlo de quicio.
- ¡Oh cielos!... Lo sentimos de veras, pero había tantas cosas bonitas en esa tienda que el tiempo se nos pasó volando – Se disculpó Ginny en un tono suave para apaciguar un poco al pelirrojo.
Emma tiraba de la mano de Ron porque se moría de ganas de ver a sus animales favoritos, pero el muchacho parecía mas atraído en ver que era lo que sus amigos habían encontrado tan interesante, como para hacerlos esperar casi veinte minutos mas de la hora acordada. Ginny sacó de una de las bolsas una camiseta rosa con la foto impresa de una jiraza, cuyo cuello se enredaba en la parte delantera y terminaba en la de atrás (aquella prenda entusiasmo a Hermione). Por otra parte, Harry mostró una foto que el retratista del zoológico les había tomado a los cinco cuando entraron en el parque. El pelirrojo soltó instintivamente la mano de Emma para ver mejor la imagen mientras Ginny seguía sacando pequeños recuerdos de su bolsa, ante el júbilo de su amiga. Finalmente sacó un león de peluche que había comprado exclusivamente para la pequeña.
- Y esto es para la niña más bonita del mundo… ¿Emma?
Todas las cabezas se giraron al mismo tiempo hacia el lugar, donde solo un minuto antes, había estado la niña, sin embargo, allí no había ni rastro de ella.
- ¿Dónde está Emma? – Preguntó Ron notando como el corazón se le subía a la garganta y le latía casi en la boca.
- Estaba aquí… ¡Justo aquí, hace solo un segundo! – Exclamó Hermione con el rostro desencajado.
- ¡Emma! – Vociferó Ron.
Y comenzó a caminar convulsivamente en todas direcciones, buscando con la mirada cualquier rincón cercano a ellos donde la niña pudiera haberse escondido.
- ¡Oh Dios mío!... ¡¿La hemos perdido?! – Prorrumpió Ginny mientras dejaba caer las bolsas al suelo llevándose la mano al corazón y respirando con dificultad.
Harry, que se había puesto muy nervioso, imitó a su amigo y comenzó a caminar de un lado a otro preguntando a los transeúntes, que se cruzaban en su camino, si habían visto a una niña pequeña mientras gesticulaba con las manos indicándoles la altura, la longitud de su cabello, la constitución de Emma… Pero nadie había visto nada. Ron se frenó de golpe cuando la imagen de Julie y Matthew invadió su mente… Él la había soltado de la mano, él había sido tan poco cauteloso para dejar de observarla durante un minuto… ¿Dónde estaba Emma?... Sintió nauseas y notó como toda la comida del almuerzo se arremolinaba en su estomago. A su alrededor Hermione, Ginny y Harry preguntaban presos de la angustia a los visitantes, por una niña de cinco años con el cabello oscuro y unos hermosos, y brillantes ojos azules, que lo único que deseaba aquella tarde era visitar la jaula de sus animales favorito… los leones.
A las puertas del restaurante, los pies anónimos de decenas de personas, pisoteaban sin piedad la fotografía donde cuatro jóvenes y una niña que sonreían felices mientras entraban en el Zoológico, dispuestos a pasar uno de los mejores días de sus vidas… Pero eso ya no iba a ser así.
Bueno éste es el capítulo a partir del cual comenzará realmente la historia... La desaparición de Emma será crucial.
Gracias por seguir ahí.
