Los personajes de esta saga no me pertenecen, la historia es una locura fría y totalmente oscura de mi mente algo perturbada.

Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Beta FFAD

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—Puedes marcharte muchacha. —Las palabras no podían salir de mi boca, pero con toda la voluntad que había adquirido durante todos aquellos años, pedí a la muchacha que se marchara para poder aliviarme de alguna manera, corriendo hacia la licorera y bebiendo whisky a borbotones.

Ella me miró con ojos asombrados y salió en dirección a la puerta principal con una sonrisa tímida en sus labios.

No me giré para ver como cerraba la puerta, solo escuché el sonido de la puerta cerrarse, para correr hacia la pequeña habitación donde mi pequeño Ethan dormía plácidamente y, allí estaba, con su carita de ángel pegada a la almohada, teniendo seguramente, felices sueños. Aquellos que yo no albergaba hacían ya cinco malditos años.

Acaricié su cabeza de cabello tan oscuro como el mío y caminé a duras penas hacia el pequeño salón comedor que me protegía, recogiendo de nuevo aquella maldita misiva entre mis manos y arrugándola con toda la ira que tenía en aquellos momentos.

El maldito demonio sabía que estaba viva y, aunque eso era doloroso, era mucho peor tener el conocimiento que sabía de mi pequeño, hijo del fruto de aquellos días de sufrimiento.

Jadeé, mi boca seca quería un trago de algo fuerte que me quitara aquel congojo interno y caminé hacia la pequeña licorera donde decenas de botellas de whisky irlandés se disponían en pequeñas filas de tres, agarré una y sin perder tiempo en ir en busca de un vaso, la empiné sobre mi boca y bebí hasta casi perder el conocimiento.

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La voz de Ethan hizo que me estrellara con la realidad aquella lúgubre mañana.

Las caricias sobre mi rostro y su voz de niño me hicieron saltar sobre el sofá y sonreírle, a pesar de los pinchazos que me apuñalaban el cráneo. Miré la botella sin líquido alguno sobre la mesita de centro e intenté relajarme para que el niño no se diera cuenta de mi estado.

—¿No me llevas al colegio esta mañana, mami? —Su pregunta me hizo mirar el enorme reloj que se alojaba a mi espalda y bufé. Eran las diez de la mañana y ya se había hecho demasiado tarde para llevar a Ethan al colegio.

Sonreí y negué con la cabeza.

—Mamá ha estado enfermita toda la noche, Ethan. Hoy no irás al cole, pero mamá tiene que hacer unas cositas y te dejaré con los abuelos, ¿qué te parece?

El rostro del niño se convirtió en personificación de la alegría. Le encantaba visitar a Esme y a Carlisle, ya que "sus abuelos", como él los llamaba, lo colmaban de atenciones y caprichos cada vez que los veía.

—¡Biiiiiennn! ¿Y podré quedarme todo el día con ellos? —preguntó llenándome la cara de besos.

—Sí —respondí—. Quizás te quedes a dormir unos días allí, tengo que ir a visitar a un familiar a la casa del pueblo.

—¿La casa del pueblo? ¿Qué casa del pueblo? Nosotros no tenemos otra casa que no sea esta mami, ¿o sí?

Asentí.

—Sí, pero está lejos, es vieja y da miedo. Por eso no te he llevado nunca allí, tengo que ir porque un familiar necesita que vaya a verlo.

La mirada como el jade de Ethan hizo que se me helara la sangre por unos segundos. Aquellos ojos, aunque no era del mismo tono que los del demonio, tenían su forma. Como casi todo él, a excepción de aquel cabello oscuro con reflejos caobas.

—¿Vas a buscar a la tía Alice, mami? Su rostro serio, sus labios bien definidos y su voz de niño retumbaron en mi mente como un mal presagio.

—¿Por qué preguntas eso, mi niño? La tía Alice no está con nosotros, ya te lo expliqué.

El niño se alejó de mi lado y caminó hacia su habitación agarrando la ropa de calle que cada noche disponía él mismo. Ethan era un niño demasiado inteligente para su edad y aquello me hacía terriblemente difícil contestar a sus que preguntas sin decirle la verdad.

—Desayunaré en casa de los abuelos. Quiero que vayas a ese lugar y arregles lo que tienes que arreglar.

—Ethan... —quise agarrar sus manos y apretarlas con fuerza, pero él no me dejó. A veces Ethan no quería que lo tocara, recordándome de dónde venía y qué había de malo dentro de él, porque tenía la seguridad que lo había.

—Mami, no te preocupes. Yo estaré bien.

Observé cómo se vestía solo, comenzó a hacerlo con tan solo tres años; casi a la misma vez que comenzó a escribir perfectamente y por ende, a leer. Atarse los cordones era una tarea sin importancia para él, como también lo era lavarse la cara, las manos y los dientes.

Sentada, sin poder moverme del sitio, lo observé atentamente. Él se adecentaba como si yo no estuviera allí.

—Mamá, vístete; esa ropa que llevas es la misma que te pusiste ayer por la mañana —verbalizó sin mirarme.

Tragué en seco y me levanté lentamente, sonriendo como pude.

Caminé hacia mi habitación y allí tomé el teléfono y llamé a casa de tío Carlisle.

La voz de Esme, alegre me hizo sonreír sin tener ganas de hacerlo.

—¿Bella?

—Esme. ¿Está mi tío en casa? —Intenté que no notara mi preocupación, pero fue una tarea inútil.

—¿Qué ocurre? ¿Está bien Ethan? —la voz de Esme subió una octava y tomé asiento en mi cama.

—Sí, Ethan está bien. Me he dormido esta mañana y no lo he llevado al colegio. Esme tengo que salir por unos días, ¿Les importaría quedarse con Ethan? Es de vital importancia que salga inmediatamente.

—¡Dios mío, Bella! Haz el favor de decirme qué ocurre, creo que tengo todo el derecho de saber, no te cubras en Carlisle. No te voy a permitir que lo hagas, yo te amo y quiero saber lo que ocurre para que salgas en estampida de esa manera.

Respiré profundamente antes de contestar.

—Debo volver, Esme. Él sabe que existe Ethan —pude escuchar como Esme soltaba un lamento de dolor y a continuación comenzaba a llorar—. Ayer mandó a ese subordinado suyo. Creo que sé de quién se trata —omití la palabra "cuñado" de mi explicación—, quiere que vaya de nuevo al pueblo.

—¡No!, huiremos Bella. No puedo perderlos a ustedes también y tu tío tampoco lo hará. —Su voz era un quejido lastimero que me hizo atragantar con las lágrimas que hacía años que no podía derramar.

—Esme... debo hacerlo si no quiero que ocurra con Ethan lo que ocurrió con Alice.

El llanto de Esme me llegó a través de la línea telefónica y un susurro acongojado también.

—Está bien. Ahora mismo llamo a tu tío al despacho, le diré que vuelva inmediatamente a casa.

Colgó.

Solté el auricular y me desnudé caminando hacia el baño, allí me di una ducha fría y me vestí con lo primero que tuve a mano. No me entretuve en secar mi pelo ni en maquillarme. No tenía ganas de hacerlo.

Cuando salí, Ethan había encendido la tele y se mordía la manga del suéter, una manía que tenía desde que era apenas un bebé.

—¿Listo? —Su cabeza se giró para mirarme y sonrió.

—Sí.

Salí con Ethan de mi hogar, para volver sin él y por supuesto, con la esperanza que cuando lo viese de nuevo toda aquella pesadilla hubiese terminado.

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No tardé demasiado en arreglarlo todo para salir de viaje, fue mucho más difícil sofocar a Carlisle y su negativa a dejarme marchar o su deseo, sin ninguna replica, de acompañarme al lugar donde las pesadillas viven. Pero pude hacerle comprender que el demonio me quería sola allí y que yo sola tenía que ir a encontrarme con él.

Y ahora, de nuevo dentro de aquel pueblo pestilente a muerte y con la cercanía del cementerio de Salem a mi paso, puedo ver la enorme mansión Masen y sus lúgubres luces encendidas para darme la bienvenida.

—Señorita. ¿No baja? —Estaba paralizada por el terror y apenas oí la voz del chofer que había arrendado en la estación.

—Sí, perdone. Estaba perdida en mis pensamientos. —Abrí la puerta y contuve la respiración. Olía a muerto y a descomposición. El taxista bajó la maleta pequeña que me acompañaba y me pidió el dinero de la carrera hacia el infierno. Le di algo de propina y salió en estampida de allí sin siquiera darme cuenta.

La noche había caído y cuando me dispuse a dar el primer paso, pero el aullido lastimero de una criatura de la noche hizo que me paralizara aún más de terror. Me di fuerzas a mí misma y me dije que aquello era por Ethan y, por supuesto, por Alice.

Al llegar al caminillo de piedras casi caigo, pero la sensación de tener unos brazos invisibles que me sostenían me puso los vellos de punta. La escalinata estaba pulcramente cuidada; no era así como la recordaba y los setos de ambos lados estaban con sendas hojas en sus copas.

Suspiré antes de tomar el asidero para tocar, pero no hizo falta, ya que la gran puerta se abrió sola para darme paso.

Traspasar el umbral de la puerta y sentir el aire gélido traspasarme el rostro, fue como volver a vivir todo el infierno de mi sumisión a aquel bastardo; pero recompuse el gesto y caminé lo más decidida posible, acompañada por aquella semioscuridad que lo presidia todo.

—Isabella... —Un susurro de mujer me hizo soltar la maleta con fuerza al suelo y girarme a mis espaldas. La puerta principal se cerró y desde las sombras apareció el rostro bello de la rubia que recordaba como Rosalie. Su cabello estaba pulcramente peinado y lejos de lo que recordaba su vestimenta era nada suntuosa ni amoral.

—Rosalie —apenas reconocía mi voz. Estaba aterrada.

Ella caminó dos pasos y yo la rechacé alejándome de ella, aquellos dos pasos que ella había dado.

Me observó con mirada triste y apenas sonrió.

—No te voy a hacer daño. Me alegro de que sobrevivieras... a todo. De verdad, créelo.

Cerré los ojos con fuerza. Aquello no era cierto, no había sobrevivido a todo.

—Te equivocas. Estoy viva, sí, pero no he sobrevivido al terror de la pena de una hermana, por vivir.

—Isabella, te equivocas...

Alcé una mano y la detuve. No deseaba hablar con ella más de lo necesario. Quería verlo a él, que soltara por aquella boca de demonio lo que deseaba y volver al cuidado de mi hijo.

—Mira, llévame con él. Donde quiera que esté, me importa un comino si se encuentra en una de esas orgías satánicas que organiza o en el mismo infierno, pero no he venido de vacaciones y desearía largarme lo antes posible.

—Está bien. Pero te llevaré a una habitación para que te alojes primero. Debes estar cansada. Sígueme por favor. —Se adelantó a mi persona y la seguí conteniendo el castañeo de mis dientes.

—¿Ahora que eres una especie de criada? —pregunté con verdadera curiosidad.

Ella rió un momento, girando su cabeza levemente para mirarme.

—No, esta es mi casa. Sólo trato de ser hospitalaria con un miembro de mi familia.

¿De su familia? Yo no era miembro de su familia ni por asomo, ni deseaba serlo. Aquella frase me hizo sospechar que algo horrendo me deparaba entre aquel halo a ciénaga repugnante.

Caminamos bastante hasta llegar a un gran pasillo con lámparas de cristal a los lados. Varias puertas se alojaban en las paredes y Rosalie se paró delante de una de ellas, sacando una llave y girándola dentro de su cerradura.

Se quedó mirándome y dándome paso sin decir nada, yo traspasé el umbral, quedándome algo perpleja por el lujo de la decoración y la pulcritud.

—¿Seguro que no te has equivocado? —pregunté antes de cerrar la puerta.

—No. Esta es tu habitación por el momento.

Se dio la vuelta antes de que yo cerrara la puerta y me resbalé completamente abatida por el momento vivido. Hiperventilé antes de volver a enderezarme y fui hacia la cama, lujosa y de estilo barroco para comenzar a desvalijar mi maleta. Pero un papel escrito encima de esta, hizo que me paralizara y soltara la maleta de nuevo en el suelo, con despreocupación.

"La familia está deseando verte de nuevo, Bella, no te demores. Refréscate con una buena ducha y prepárate. Te recuerdo bella, como tú mismo nombre. Estoy deseando abrazarte de nuevo"

A.

No podía creerlo.

¿Que pretendía aquel bastardo?

No podía creer que aquellas palabras estuviesen redactadas por un ser tan cruel y desalmado. Negué antes de lanzar el papel sobre el lecho de nuevo y me dispuse a organizar mis ropas dentro de un gran armario ropero. Al abrirlo, me quede algo paralizada al ver todos los ropajes que este contenía. Había decenas de vestidos preciosos.

Agarré uno y lo miré con detenimiento. La etiqueta estaba colgando de una de las mangas y pude comprobar que era de una marca elitista. El precio no se divisaba en la etiqueta pero deduje rápidamente que debían de ser carísimos.

Organizada mi ropa con manos temblorosas, por la situación en la que me encontraba, me desnudé y llené la gran bañera que presidia el gran lavabo. Me tomé mi tiempo para asearme, poniendo énfasis en relajarme debidamente antes de salir de aquella habitación.

Quedé algo adormilada y salí de la bañera antes de agarrar un resfriado. Me vestí lo más elegante que pude, ya que mis ropas no tenían esa peculiaridad, calzando unos zapatos de tacón medio. Maquillé algo mi rostro y dejé mi cabello suelto tal y como lo llevaba normalmente.

Unos toques en la puerta me alarmaron, haciendo que mi corazón se acelerara angustiado.

—¿Quién es? —pregunté decidida.

—Soy yo, Bella, Rosalie. He venido a llevarte al salón. ¿Estás preparada? —La voz de Rosalie era mucho más que educada y respiré hondo antes de abrir la puerta y encontrarme de nuevo con la rubia.

—Sí, estoy lista.

Ella sonrió, dándome paso. Caminé a su lado, haciendo un largo peregrinaje hasta donde quiera que me llevara.

—¿Me llevas ante él? —pregunté con una crudeza antinatural en mi voz.

—Sí. Ante él y toda la familia.

La miré por el rabillo del ojo. "¿Desde cuándo eran una maldita familia y quienes la formaban?"

Oí voces que a cada paso se hacían más cercanas. Llegamos a una gran puerta y Rosalie la abrió sin demorarse, pasando delante de mí.

—Traigo a Bella.

Puse lo ojos en blanco.

Rosalie me cedió el paso y tuve que agarrarme a una de las columnas de mármol de aquella entrada, porque corría el riesgo de caerme de la impresión por lo que mis ojos estaban viendo.

—Hola, hermanita.

Continuará...

Gracias por la espera preciosas.

Un besote grandeeeeee!