Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. Esto es un compendio de autoras y la trama pertenece a: NikkyScully, Dark Warrior 1000, Betzacosta, Katlyn Cullen, Zoalesita, Susana Minguell, Aryam Shields Masen, Gery Whitlock, Saraes, Sarah Crish Cullen, Bertlin, Lakentsb, y Ginegine.


"Que se quemen mis largas pestañas y se partan mis uñas naturales si me convierto en un ser deplorable y fatuo que mendiga adulación".
Ginegine.


Enredos en San Valentín.
Capítulo IX.
9 de febrero de 2013.
Sábado.


El sonido del timbre llegó hasta la habitación de Emmett despertándolo la mañana del sábado, casi no había descansado porque el sueño decidió salir de fiesta dejándolo solo en su cama tratando de poner en orden los sentimientos que despertaron al ver a Rosalie y saber que ella sentía algo por él.

Se levantó de la cama y ni siquiera se preocupó en ponerse el pantalón de la pijama, estaba en su casa y él dormía como le daba la gana. Fue hasta la puerta restregando sus ojos para espantar el sueño y justo cuando abrió la puerta sin chequear por la mirilla un bostezo salió de su boca, sintió un piquete en una nalga y comenzó a rascarse.

Los insultos quedaron atascados en su garganta al encontrar a su madre y hermana paradas en la puerta que al verlo allí parado, bostezando, rascándose una nalga y vestido solamente con un boxer del Capitán América no aguantaron la carcajada.

-Hermanito, me gusta más Thor, y acabas de matar la poca estima que le tenía al Capitán América -le dijo Carly entre carcajadas.

-¿Pero qué dices, hija?, si mi pequeño se parece más bien al Capitán Cavernícola -dijo divertida su madre.

Emmett bufó y se hizo a un lado para que entraran.

-No es por ser descortés, pero, ¿qué las trae por aquí un sábado tan temprano? -Preguntó el castaño, viendo su muñeca para verificar la hora, pero se dio cuenta que no llevaba reloj.

-Son las diez de la mañana, hijo, pensamos que te encontraríamos ejercitándote como es tu costumbre y con una baja de azúcar en tu sistema; trajimos desayuno -dijo Clare a su hijo mostrándole las bolsas que traía en sus manos-. No sé en qué estado se encuentran las donas, sabes la manera loca en que conduce Carly –agregó la señora viendo a su hija con ojos entrecerrados.

-Mamá, dijiste que no querías que se enfriara el chocolate del pequeño -se mofó la joven divertida señalando la bandeja con los vasos de líquido humeante.

-¿Chocolate caliente con un toque de canela? -preguntó Emmett como un chiquillo emocionado a su madre que sonrió divertida al ver esa chispa infantil en su hijo y le acarició una mejilla con ternura.

-Tal como te gusta, hijo.

-Les perdono por haberme despertado, pero no me pidan que me vista, despertaron mi apetito -dijo mientras caminaba detrás de su madre y hermana y se sentaba en la mesa esperando que le sirvieran.

No era que él fuese un machista, no, él no tenía problema en servirse, cocinar y atender su apartamento. Pero su madre siempre le reñía porque ella disfrutaba de atenderlo, era lo menos que podía hacer por su hijo que había dejado todos sus planes a un lado para cuidar de su familia y la empresa.

Mientras desayunaban, la señora notó a su hijo melancólico, desde la muerte de su esposo fue como si una parte de su hijo hubiese muerto con su padre, ya sus ojos no brillaban y todo en la vida de su hija se resumía a trabajo y a pasar buenos ratos con diversas mujeres, no permitía que nadie más aparte de su familia y amigos cercanos entrara a su vida.

Cuando terminaron de desayunar, Carly se fue con la excusa de terminar un trabajo de matemáticas, Emmett le sonrió porque se dio cuenta que su hermanita tenía en mente hacerle alguna sucia jugada a su profesor de matemáticas por el castigo que le había impuesto al estropear su coche "accidentalmente". Él disfrutaba de la rebeldía de su hermanita porque de alguna manera era como si las viviera, por algo la ayudaba a escondidas de su madre a planificar sus jugadas.

Su madre lo condujo hasta la terraza, sabía lo mucho que le gustaba ese lugar al castaño ya que observar la bahía lo relajaba, y era precisamente lo que ella necesitaba, que estuviese relajado para poder interrogarlo.

Una vez sentados en las tumbonas fue directo al grano y preguntó lo que quería saber.

-Ahora sí, ¿me vas a decir qué es lo que te tiene tan abstraído de todo? Y no me digas que nada porque tanto Ben como Edward no han sabido decirme lo que te pasa, ni siquiera has hablado con ellos, y eso realmente me preocupa, ellos son tus confidentes. -Directo al grano y sin derecho a réplica, así eran los interrogatorios de Clare.

-Mamá, no tienes porqué interrogar a ese par de traidores –dijo Emmett tenso–, si no he hablado con ellos es porque han estado bastante ocupados con su vida personal, estoy concentrado en el trabajo, como siempre -le contestó evasivo.

-Y yo me voy a casar el día de san Valentín -le replicó burlona-. Hijo, tus ojos tienen una mezcla de sentimientos que me tienen mareada, a ratos te ves melancólico, luego esperanzado, después aterrorizado y para colmo ¡suspiras! – le rebatió.

Emmett no aguantó la risa y tomó la mano de su madre. El sentido del humor sin duda alguna lo había heredado de ella, aunque él no lloraba cuando se estresaba.

-Nunca he podido ocultarte nada, mamá -dijo suspirando, nuevamente, dándole la razón-. ¿Recuerdas a Rosalie? -le preguntó.

Su madre se sorprendió y asintió con aprensión.

-La hermosa joven que te acompañaba durante tu último año de la universidad. -Emmett asintió sonriendo y comenzó a contarle a su madre todo lo que había pasado con Rosalie en los últimos años, el porqué se fue.

-¡Esa mala pécora, debió llamarse Raimunda en vez de Rita! –Exclamó la señora poniéndose de pie y parándose delante de su hijo con los brazos en su cadera–. Emmett McCarty, ¿qué estas esperando para ir y decirle a esa joven todo lo que llevas tantos años tratando de ocultar? –le preguntó sorprendiéndolo porque nunca pensó que su madre se hubiese dado cuenta de sus sentimientos.

-¡Mamá, no quiero decirle lo que siento y que luego reciba otro llamado de Dios o de quién sea y ella se vuelva a marchar y termine de destruirme! –exclamó levantándose también-. Ni siquiera se lo he contado a nadie hasta ahora porque temo que se esfume –terminó de decir más calmado y se volvió a dejar caer en la tumbona.

-Hijo, ella volvió, es una segunda oportunidad que mi valiente hijo no desperdiciaría por miedo –le dijo más calmada y acercándose a él acariciando su cabello. Emmett abrazó a su madre y se refugió en su regazo mientras analizaba las palabras de su madre.

Ella tenía razón, estaba perdiendo el tiempo por ser un marica cobarde, las palabras que le había dicho a Esme vinieron a su memoria, ella había regresado, le había dicho que sentía algo por él y en vez de estar con ella solo se conformaba con llamarla por teléfono porque no se creía capaz de resistir la tentación de besarla si la tenía en frente.

-Mamá –susurró antes de levantar la vista para ver que su madre le sonreía, Clare vio en los ojos de su hijo la determinación de ir por la mujer que amaba-. ¿Cómo se supone que puedo conquistar a una casi monja? –le preguntó conteniendo el aliento.

-Siendo tú mismo, pero también te ayudaría que la invitaras a cenar, es más, deja ya de ser un exhibicionista y ve a vestirte que iremos a comprar lo que necesito para preparar una cena especial. Mientras te viste, la llamarás y la invitarás a cenar aquí, no aceptes excusas, es hora que ella comience a conocer tu mundo real, el mundo del hombre en que te has convertido en estos seis años.

Emmett obedeció a su madre y no le costó nada que Rosalie aceptara la invitación, tenía un nuevo reto en su vida, y si bien él nunca haría que Rosalie cambiara su manera de ser, había llegado el momento que ella conociera el hombre que era ahora.


*ESV*


Con los nervios a flor de piel, Jacob se encontraba sentado en medio del pequeño salón del departamento de Leah, la tal Kim, el extraño Jared y de… del niño. Le era casi imposible mencionar su nombre sin poder tener que recordar cuando Leah le había dicho que estaba embarazada y él le había llamado mentirosa.

La lluvia torrencial y furiosa de esa mañana de enero estaba acorde al estado de ánimo de Jacob. El ruido estridente de los relámpagos y la fuerza de los rayos eran la voz de su alma enojada y víctima de la traición de la mujer que él creía que lo amaba. Aún, dos meses después, la herida seguía igual de abierta, como la primera vez que Emily se lo había dicho.

Que fácil había sido para ella todo ese teatro, el engañarlo y mantenerlo esperanzado con una ilusión de algo que jamás iba a ocurrir. "¿Cómo alguien podía ser tan cruel?", se preguntó mientras intentaba combatir sus frustraciones y agonías. El siguiente rayo resonó estrepitoso y alarmante alrededor de todo el cobertizo de su padre, trayendo consigo a una empapada y desesperada Leah. Su ropa goteaba a chorros sobre el suelo lleno de paja y su mirada era suplicante.

Jacob, lamento interrumpirte, sé que me dijiste que nunca regresara aquí, pero tenemos que hablar. —Su voz titubeante recorrió toda la espina dorsal de Jacob como hielo y escarcha y se pegó a su corazón con un ramalazo de ira.

Él continuó sus labores, sin prestarle el mínimo de caso. Quería fingir que el motor del auto en el que estaba trabajando era mucho más interesante que lo que ella tuviera que decirle o que ella estuviera allí. No la miró y siguió concentrado en su odio y en aquel motor.

Amor, por favor… —le pidió suplicante acercándose a él. Intentó poner su mano sobre su hombro para llamar su atención pero él huyo de ella como si fuera el diablo, poniendo una distancia considerable entre ambos. Leah lucía una expresión adolorida y de ansiedad.

No me llames nunca más así, Leah. ¡Lárgate de mi casa! –le gritó apretando sus manos en puños, a punto de lanzársele encima y matarla. Era asombroso que el tiempo no hubiese ayudado como tanto le hubieran dicho.

Jacob… por favor. Lo siento, lo siento, lo siento, créeme esta vez, porque te lo repito; sé que te mentí, pero no lo hice con mala intención. Sí me case con otro hombre, pero yo te amo a ti…

¡Cállate! —le ordenó iracundo—. No quiero escucharte más de lo que quise escucharlo dos meses atrás. No deseo escucharte decir cosas que no sientes.

Ella lo miró con tanto dolor que él quiso tomarla entre sus manos y destrozarla. ¿Cómo demonios se atrevía a hacerlo? ¡No tenía derecho!

Tenemos que hablar —dijo entonces. Derrotada y desesperada como si estuviera consciente de que él en cualquier momento la echaría de allí—, es algo sumamente importante.

Leah estaba inquieta, parecía como si el mundo se estuviera abriendo a sus pies y se la fuera a tragar. Había tanto sufrimiento en su mirada pero él no lo percibió más bien volvió a su anterior actitud, le dio la espalda ignorándola y acercó a una caja de herramientas que estaban encima de una mesa y empezó a guardar cada pieza usada con mucha parsimonia y ridícula paciencia.

Estoy embarazada—anunció ella con voz rota.

A Jacob se le paró el corazón por un mini segundo y luego comenzó a sentirse indignado por aquellas palabras que esa mentirosa se atrevía a decir como si estuviera hablando de los kilos de queso que compraría en el supermercado. Y estaba embarazada. Él había querido eso, también. Había fantaseado con tenerla, después de llegar de Irak se casarían y tendrían bebés… Ahora ella los tendría con él…

Es tuyo –culminó. Por un momento quedó paralizado.

Soñó con… inmediatamente negó con la cabeza. Eso lo enfureció más de lo que estaba y con una violencia indescriptible tiró todas las herramientas junto con la caja al suelo haciendo que Leah se asustara y comenzara a llorar, pero no le afectó más bien le brindó una mirada igual de violenta que destilaba todo el rencor que estaba sintiendo en esos momentos.

No, no lo es. ¡Eres una vil mentirosa y prefiero que me maten antes de creerte algo de nuevo! — la insultó sin ningún miramiento.

Es tuyo—aseguró con mucha vehemencia a pesar de estar aterrada y muy preocupada—. Estuvimos juntos y no nos cuidamos y Richard no puede tener hijos. Este niño que llevo en mi interior es tuyo y es en lo único que no he mentido. Es tu hijo…

No, señora Martin. —Negó nuevamente, Leah se encogió porque él decía su apellido de casada con una marcada intención de humillarla y de recordarle su gran falacia—. Ahora que se está divorciando no quiera usted endosarme el paquete de otro, es bastante inteligente y sé que está bastante capacitada para embalárselo a otro imbécil, si es que realmente está usted embarazada—sentenció con tirria y desdén—. ¡Vete de aquí! ¡Largo!

Había sido la última vez que la vio, había olvidado sus ojos dolidos y tristes, su llanto desgarrado cuando salió del cobertizo y de su vida. Suspiró y se restregó el rostro con las manos al sentirse el ser más vil y miserable del mundo.

No había dormido la noche anterior, había pasado todo el día vagando alrededor de su casa, meditando sobre ese día, sobre su historia, y sobre el hecho de que había perdido la oportunidad de conocer a su hijo por más de cinco años. Qué tonto había sido al pensar que ella había mentido en todo cuando evidentemente no había sido así. Frente a él, en una fotografía de 8x11 estaba la prueba tangible de aquella pequeña vida que había negado.

El niño era su viva imagen, tenía sus ojos oscuros al igual que el cabello y la piel de su tribu. Lo había observado con tanta sorpresa y fascinación cuando lo había recogido más temprano esa mañana y llevado a su clase de Judo; para su edad era un niño inteligente y muy perspicaz, era consciente de que las cosas entre sus padres no eran color de rosa y el niño sentía que era el protector indiscutible de su madre.

La genética de los Black era fuerte en él. Era su hijo, nieto de su padre y descendiente directo del primer jefe de la tribu de los Quileutes. Pero había estado lejos de él, de su hogar y de su herencia familiar por el orgullo irracional de un hombre que solamente pensó en su corazón a la hora de repudiar a su madre.

Siguió observando la fotografía del niño, en ella Jared lo cargaba entre sus brazos y ambos se encontraban en medio de Kim y Leah. Los cuatro lucían felices, en especial el niño, Jared y Leah. En otra Jared llevaba a Jake sobre sus hombros luciendo emocionado mientras Leah a su lado los miraba con alegría y algo de preocupación.

Era evidente que Jared era parte importante de aquella extraña ecuación familiar. Aún no le quedaba claro qué tipo de relación tenían él y Leah pero era muy lógico para Jacob ver que estaban demasiado compenetrados uno con el otro, sobre todo cuando la noche anterior los había visto llegar juntos con Jared cargando a su risueño hijo y llevando su brazo libre sobre los hombros de ella y bien pegada al costado de su cuerpo, luciendo así como una familia joven, como una pareja con un pequeño hijo.

Cortó rápidamente esa línea de pensamiento. Él no estaba allí para averiguar si Leah estaba o no estaba con un hombre, estaba ahí para poner en claro todo lo ocurrido con ellos en el pasado y sobre el hijo de ambos.

Volvió a escudriñar todo el lugar, era un departamento pequeño, una caja de zapatos, lo cual no esperaría dado que ella siempre había sido forrada de dinero; pero había calor de hogar en él. Se notaba en los cálidos colores de las paredes, los juegos infantiles esparcidos por todo el piso y el olor a canela proveniente del dispensador Glade conectado a la pared.

"Aquí debí vivir yo".

"Sí, claro", le dijo su subconsciente lleno de insolencia, recordándole que ya estaba demasiado grandecito y que debía ponerse las pilas porque esto no era Oz. Se llenó de impaciencia en ese momento, cuando llegó al lugar esa mañana Leah le invitó a pasar y le dijo que le esperara unos minutos mientras preparaba algo en la cocina.

Ella estaba retrasando lo inevitable y no la culpaba, pero esos minutos acabaron convirtiéndose en media hora y había estado a punto de ir en su búsqueda cuando la vio salir de la cocina con una taza azul en la mano que colocó en la mesa de café que estaba frente a él. El olor a té de cereza opacó al de canela y transportó a Jacob a Irak, cuando se veía en el campo queriendo regresar a casa para volver a tomar el suculento té de su chica.

—Gracias —fue lo único que pudo decir porque se le estaba formando un nudo en la garganta.

—De nada —respondió ella al tomar asiento en la esquina contraria del sofá visiblemente nerviosa—. ¿Cómo me encontraste? —le preguntó sin mirarle.

—Un amigo —respondió cortante pero se obligó a bajar un poco su descortesía natural. No había ido allí a discutir, estaba tan cansado de eso y ya ambos habían pasado por eso en el parque—. Pensé que vivías en Forks —comentó contrariado, odiando todas sus antiguas suposiciones de que si ella aún continuaba casada, que sí se había largado del país o que se había muerto.

—No tengo a nadie en Forks. —Estuvo a punto de replicar eso hasta que ella lo detuvo con su mirada triste—. Mi madre no me habla porque no fui la hija que ella quiso que fuera.

—¿Por qué no me buscaste? —demandó y Leah le brindó una sonrisa amarga dejándole recordar nuevamente que lo había hecho y él le había dado la espalda—. Debiste insistir.

—¿Y suplicarte, arrastrarme como un perro y pedirte perdón por el daño que te causé? —le preguntó ella de vuelta, poniéndole más sal a la herida.

—Lo alejaste de mí —contestó a la defensiva—. No me diste la oportunidad de ser su padre, te rendiste a la primera y te largaste —expresó con vehemencia, no dispuesto a dejar que ella se convirtiera en la victima de la película cuando en realidad era él.

Leah se paró del sofá como impulsada por un resorte perturbando completamente a Jacob. Ella tenía un temperamento tranquilo pero desde el parque le había quedado demostrado que ella había cambiado demasiado.

—Sí, lo sé, jodí las cosas, pero no me culpes de que él creciera lejos de ti —exigió desaforada y con una mirada que intimidó a Jacob—. Yo te lo dije y no me creíste. Me tocó vivir con eso, vivir sola con él y sacarlo adelante mientras tú negabas tu paternidad y te largabas a Dios sabe dónde —concluyó con ira y enfado.

Se sostuvieron por un segundo las miradas hasta que él la retiró. Estaba sintiendo vergüenza y la culpa que probablemente ella estaba siendo. Ella se había equivocado pero él se había equivocado el doble.

—¿A dónde fuiste? —preguntó con curiosidad.

—¿Eso qué diablos importa ahora? —Fue su respuesta cuando se cruzó de brazos—. La maldita vida continúa y nosotros también debemos hacerlo— dijo con pesar.

Volvió a sorprenderse porque su antigua Leah no maldecía, ni gritaba y solo golpeaba cuando él se lo pedía. Esta era otra Leah, la Leah que había construido con su rechazo, odio, rencor y desprecio.

—Leah, ¿qué nos pasó? —preguntó. La vio dar un respingo ante la pregunta y cerrar los ojos como muestra de dolor. Lucía cansada y agotada, y él lamentaba ponerla en esa situación—. No fui un mal hombre.

—No, no lo fuiste —afirmó susurrante—, eras encantador y… —Detuvo en seco sus palabras, como queriendo evitar decir cosas que no quería decir. Se pasó las manos por el pelo con cierto nerviosismo y luego lo miró fijamente—. Jacob, ¿a qué has venido? ¿Qué quieres? —preguntó con interés.

—Antes no quería nada —respondió con sinceridad, sintiendo que el destino por fin ponía las cosas en su lugar. Tomó la taza de té en sus manos, le dio un sorbo disfrutando el sabor agridulce del té como en los viejos tiempos y mirando a una catatónica Leah que tampoco le quitaba la vista de encima—. Ahora solo quiero a mi hijo. —La expresión de Leah se volvió de alarma y él se apresuró a sacarla del estado de miedo en que se estaba sumiendo—. No, no pienso quitártelo —aclaró mientras se ponía de pie y metía sus manos en los bolsillos de su cazadora—. Ya le dejé sin un padre una vez y no pienso cometer el mismo error dos veces.

El alivio de ella fue palpable y él se dio unas palmaditas mentales en la espalda por ello. Sabía que podía hacerlo bien si se lo proponía. Ya habían sufrido demasiado y su odio hacia ella no podía arruinar la relación que ella tenía con Jake ni la que habría en el futuro con él, su padre.

—Lo nuestro es cosa del pasado y debemos concentrarnos en esto, en Jake —comentó convencido. Leah asintió mostrándose de acuerdo.

—Él cree que has venido para quedarte a vivir con nosotros —comentó ella con voz contenida.

—Hablaré con él y le diré que estaré siempre a su lado, aunque no viviré aquí. No quiero mentirle en nada. Ya ha habido demasiadas mentiras en esta historia… —Dijo tajante y volviendo a sentir esa quemazón de enfado en su interior

Sus palabras eran acusadoras y supo que Leah las había tomado todas para ellas. Las heridas estaban ahí y no podía ignorarlas. Aunque él tenía su gota de culpa en todo ello también, había sido ruin y el orgullo convirtió las vidas de ambos en un infierno.

—Pero tuviste razón en lo que dijiste ayer, nuestra historia no tiene nada que ver con él. Iré a recogerlo a su clase y pasaré el resto del día con él. Mañana es domingo, tal vez lo lleve a algún partido de Jockey —le dijo con impaciencia, volviendo a mirar las fotografías, lo que veía en ellas y no tenía. Sin decir más nada y sin esperar a que ella le diera su autorización para que pudiera pasar el día con el niño salió del departamento como si algo se estuviera incendiando y él era el único que podía apagar las llamas.

Era suficiente, no podía seguir allí porque ya había contenido muchas cosas que quería decir y tenía miedo de expresarlas. No era el momento de ellos dos, era el momento de su hijo y eso era lo esencial. El pasado no importaba, ni sus sentimientos, ni los de ella. Solo ese niño que no tuvo la culpa de nada y nació en medio de la guerra mental y a distancia de sus progenitores.


*ESV*


Bella se removió estirándose para buscar por Edward y se sentó de golpe, al notar que no estaba cerca, aunque viendo el reloj de la mesilla notó que pasaba de las dos de la tarde, lo cual era lógico porque se habían dormido al amanecer.

-¿Edward? –preguntó aún con la voz ronca y frunció el ceño preguntándose qué estaría tramando ahora. Le costaba entender su necesidad de hacer grandes gestos para demostrarle que la quería y la ponía de los nervios cuando esos gestos eran públicos. Ella no necesitaba ese tipo de cosas, de hecho renegaba de ellas, tal vez porque no creía en la ostentación sino que pensaba que el amor se demostraba mejor con pequeños gestos día a día. Así pensaba y así actuaba también, por eso se había desilusionado tanto otras veces.

Sacudiendo la cabeza para alejar los recuerdos que la entristecían, se levantó de la cama y se acercó a la ventana sin importarle su estado de desnudez, solo Dios sabía dónde había quedado su ropa. El bosque de Washington era precioso en esa época del año y se estaban alojando en una cabaña hermosa.

El día anterior Edward se había presentado en la oficina y la había seudo secuestrado con la anuencia de su jefe y delante de sus compañeros de trabajo, quienes los habían despedido entre risas y aplausos. Una de sus sorpresas, había dicho y ella había salido junto a él sin cuestionamientos…

No se quejaba para nada, la noche anterior había sido intensa, pero sentía que todo era un poco irreal, como salido de una novela romántica. Ni siquiera le había preguntado si tenía planes, si necesitaba tiempo para organizar la fiesta… nada.

Pasó por el baño, como decía Bree "las noches pueden ser intensas pero no hay excusas para que tu aliento se parezca al de un perro la mañana siguiente". Al menos él le había procurado un neceser básico que incluía un cepillo de dientes.

Cuando terminó de adecentarse, se envolvió en el edredón y bajó a buscarlo.

-¿Edward? –llamó de nuevo preguntándose si no estaba fuera de casa.

-Aquí… -escuchó que le respondía y caminó hasta ese punto. Quedando paralizada en la entrada por varias razones.

Primero; había perdido el aliento al verlo imponente y más allá de hermoso, usando la parte de abajo de su pijama, y con la camisa abierta. Segundo; por la decoración. Al parecer, tenía horas despierto, y lo imaginaba porque alrededor del comedor habían flores, algunas de la temporada y otras no; ni siquiera quería comenzar a pensar cómo había hecho para conseguir la mezcla de lirios y margaritas. Además en la mesa estaba disperso un desayuno, entre frutas, sándwiches, jugos y otras cosas.

-Una chica puede muy bien acostumbrarse a esto… -le susurró y él dejó de acomodar uno de los platos y giró para sonreírle ampliamente.

-Ese es el objetivo, que te acostumbres a ello… -le respondió y ella se acercó para besarlo.

-¿Cuáles son los planes? –le preguntó ella al liberarlo, a pesar de que no había soltado su sujeción de su cintura.

-Disfrutar de los placeres que nos da la vida… -contestó con voz un poco melosa.

-Me gusta, ¡me gusta! –le gritó dando un brinquillo mientras se dejaba guiar para comer.

Ambos se sentaron, Edward había organizado todo para quedar en una silla al lado del otro, y después de servir y comenzar a comer, sintió que él entrelazaba una de sus manos.

-Creo que la necesito para comer… -se jugó ella cuando vio que la alzaba para darle un pequeño mordisquito, causando que soltara una risilla.

-Te la arreglaras sin ella, porque yo la necesito más –le respondió agachando su cabeza y besando su mejilla, antes de continuar comiendo con una sola mano.

El desayuno se sintió corto y largo a la vez; largo, por el hecho de maniobrar todo con una sola mano; corto porque él aprovechaba cada momento para besar su cuello, hombro, dejándola encendida y sin concentrarse en qué demonios estaba comiendo. Estaba jugando al juego de la seducción como no había hecho nunca hasta ahora.

Bella sonrió. James había tenido razón cuando le había dicho que tenía que verla como era. Por eso había decidido llevarlo el jueves al Trinity en vez de decirle que iba a salir únicamente con su amigo.

Además, lo que vio había sido también una especie de preparación, no quería que la celebración del catorce lo dejara totalmente aturdido, como si le hubiese explotado una bomba nuclear en su patio, sin poder siquiera poner una barrera protectora.

Sentía que él era la persona correcta, no podía expresarlo con palabras era algo que le vibraba dentro y por eso estaba dispuesta a mostrarse como lo hacía con Bree o con James. Estaban en un punto de inflexión en el que necesitaban que su relación se profundizara y para eso era necesario que los dos se abrieran. Ya le había dicho que él la calmaba, y él incluso había dicho que lo aceleraba, una especie de locura, pero lo tomaba, quería siempre acelerarlo, motivarlo y enamorarlo.

-Cuéntame algo de ti… -le pidió ella girando y pegando su cadera contra el mesón de la cocina.

-¿Algo de mí? –le preguntó Edward confundido.

-Algo que nadie más sepa… -dijo con tono divertido.

-Pues… -Nervioso se pasó una mano por el cabello-. Dios, esto es tan patético...

-¿Qué? –preguntó ella con una sombra de duda.

-No tengo esqueletos en el armario –le respondió serio-. No sé qué podría llegar a contarte que no conocieras ya.

-No conozco todo de tu vida, Edward, y tú tampoco conoces todo de la mía -le replicó dulcemente-. También de eso se trata estar juntos.

Él guardó silencio por un instante, meditando lo que acaba de decirle, y como de la nada le soltó–: Me gustaría tener una pareja como la que tienen mis padres -le dijo en voz queda-. Muchos de mis amigos venían de matrimonios separados y los míos, se amaban tanto, que necesitaban decírselos de todas las formas… Quiero eso… -Ella parpadeó ante esas palabras y después acarició su pecho.

-Tus padres son maravillosos… -comentó recordando que los había conocido en acción de gracias y eran muy agradables. Edward había conocido a su madre en navidad, ya a su padre lo conoció por una visita que este le hizo a Seattle el año anterior.

-¿Qué tus padres estén separados tiene que ver con la fiesta que se te ocurriera organizar la fiesta? -le preguntó sorprendiéndola.

-No, ¿por qué lo crees?

-Es algo tan lleno de resentimiento… -respondió dudoso.

-Claro que no lo es, de veras te vas a divertir… -le indicó desesperada por cambiar el tema-. Estoy segura que te gustará, es algo mágico. -Él la miró escéptico y ella acarició su mejilla-. Es importante para mí, me ayudo a conseguir cosas que antes no creía que tendría. Es tipo un club de pelea, o lo que imagino que haría un equipo de futbol…

-No entiendo a qué quieres llegar con eso. No creo que ser parte de un equipo y esa fiesta tenga algo en común.

Bella lo miró con el ceño fruncido y se preguntó por qué era tan difícil que comprendiera eso, James lo había hecho tan fácilmente, inclusive antes de que ella lo supiera.

-Te ayuda a pertenecer a alguna parte, ¿no es así? –le inquirió. Edward ladeó la cabeza y después se encogió de hombros-. Yo conocí a muchos de mis amigos por esas fiestas, por ejemplo Bree, y allí van personas que sé que si lo necesitara, correrían a auxiliarme, porque ha sucedido, y para mí, es una de las cosas más importantes, porque también saben, sin lugar a dudas, que yo haría lo mismo…

-Supongo… aunque no termino de comprender. Eres exitosa, tienes amigos, me tienes a mí, perteneces aquí conmigo, ¿para qué la sigues haciendo?

-Porque es divertido, y es como si fuera una reunión, se involucra lo viejo, lo nuevo, es una tradición, lo único constante en mi vida, y en la de James… Y porque es justo, en parte quiero darle a las personas que lo necesitan lo que yo obtuve. Ya lo verás…

-Imagino, este año ya estás hasta el cuello en ello. ¿Ya organizaste todo?

-No todo, faltan detalles, a veces siento que voy a volverme loca, pero cuando tengo el resultado frente mis ojos, es como si todo valió la pena, te aseguro que los últimos dos días, son terribles…

-Pero tenemos una cita el trece –escuchó que le advertía.

-Lo sé. Tenemos un trato, ¿recuerdas? –le interrumpió Y eso es importante para mí, yo también respeto las cosas que son importantes para ti…

-Lo sé… -comentó él.

-Ambos debemos cumplirlo, nos guste o no…

-¿No te gusta esto? ¿No ves que esto sí tiene que ver con nosotros? –preguntó interrumpiéndola y Bella negó con la cabeza, rápidamente.

-Me encanta esto, me encantó la sorpresa y el desayuno pero….

-¡Hablando sobre ello! –le interrumpió y se apartó. Bella miró con horror como se alejaba.

"Por favor, que no sea otro Cupido, o un globo… Dios, ¿qué mal hice para…? No, olvídalo, no te pregunté eso, no tienes que contestarme… ¡No me contestes!", debatió internamente.

-¿Me trajiste uno de los regalos? –preguntó con miedo. Escuchó que soltaba una risilla, caminando hacia la sala.

-Sí, se nota que estás emocionada… -escuchó que le replicaba con tono mordaz y Bella sintió que se le paraba el corazón.

-Eso… Eso… ¿Eso fue un comentario irónico? –preguntó casi sin voz y balbuceando.

La emoción que la embargó fue tanta que salió corriendo hacia él, lanzándosele contra su espalda y abrazándolo con sus piernas, mientras besaba su cuello-. ¡Oh, por Dios bendito, lo fue!

-¡Bella! –escuchó que gritaba carcajeándose pero no le importó sino que lo abrazó más fuerte.

-Dios, me encanta…–gritó removiéndose como si estuviera dando pequeños saltos, causando que cayeran contra el suelo.

Como pudo se movió para que él quedara contra su espalda y acarició su pecho. Él no lo entendía, pero que se diera permiso para moverse de la zona de lo "políticamente correcto" a ser mordaz delante de ella significaba que se animaba a mostrarse a sí mismo.

-Dilo otra vez, Edward, ¡ya!

Él se carcajeó de nuevo y la acarició subiendo su vestido mientras ponía los ojos en blanco. Ella dio un salto y rodeó sus piernas con sus muslos, con tanto énfasis que quedaron los dos enredados en el suelo.

-Vaya, haberlo sabido antes… me hubiera bajado las mejores frases de House o de Groucho Marx y no hubiera necesitado hacer planes…

-¡Oh, por Dios, y allí va otra vez! –Gritó soltando una carcajada, siendo recompensada por una de él. Lo besó furiosamente, con ganas, apasionada, libremente, como era en toda su vida.

Cuando lo liberó se acostó sobre su pecho y lo sintió suspirar.

-Ehm, Bella, estamos acostados en el suelo. Está sucio… -comentó pero ella en vez de apartarse, se movió para que mitad del cuerpo cayera en este.

-¿Y cuál es el problema? –le preguntó sin quitarse-. El suelo es maravilloso…

-No… -comentó.

-Eres parte de la naturaleza cuando estás en el suelo. Te llama, ¿no lo sientes?

Él la miró como si estuviera loca, pero esa vez no quiso amedrentarse, incluso no dejó que se moviera.

-James y yo hicimos una vez una competencia de cuánto tiempo aguantábamos en el suelo –le confesó divertida, antes de acostarse contra su espalda y entrelazar sus manos. Él por lo menos no había luchado por irse, tan rápidamente.

-¿Y qué ganaron?

-Un dolor de coxis… -se jugó antes de reír-. Cierra los ojos y siéntelo…

-¿Cómo suben las bacterias a tu cuerpo o cómo se te quiebran las vértebras? –gruñó él y Bella se carcajeó.

-No, tonto, cómo te relajas solamente por estar acostado.

-No puedo creer esto… -masculló y Bella sonrió ligeramente, antes de moverse de nuevo y abrazarlo–. ¿Si digo alguna frase me dejas llevarte a la cama?

Ella se carcajeó y asintió vehementemente.


*ESV*


Echando una última ojeada a su alrededor, una sonrisa satisfecha surcó la cara de Alice; había salido como un huracán de la escuela, para poner orden en su desastroso dormitorio. Ahora la ropa estaba perfectamente guardada en el armario; los libros y el torreón de revistas de moda en una esquina de su escritorio, y los cojines perfectamente ordenados y alineados encima de su cama.

También se había asegurado de haber encendido su portátil, y dejar el material que pudiesen necesitar Jasper y ella para el trabajo de ciencias que tenían que hacer juntos. Dejándose caer en la cama, su mente procesó los sucesos del día anterior; ella simplemente quería que, viviendo de nuevo ese trauma, de forma más controlada, algo explotara en su interior, y que le permitiera desahogarse.

Ayer, durante su particular excursión al Paint—ball, Jasper terminó por derrumbarse y llorando en sus brazos, llamando a sus padres una y otra vez. Ella, profundamente afectada al verle así, no pudo hacer otra cosa que abrazarle y consolarle, repitiendo una y otra vez que todo estaba bien, y que si quería, ella estaba allí para él. Nunca lo había visto tan vulnerable como en esos instantes... pensó que Jasper iba a sufrir un ataque de pánico o algo por el estilo.

Escuchó el timbre de la puerta, así que se levantó de la cama prácticamente pegando un bote para mirarse por última vez en el espejo; vaqueros... en su sitio; camiseta lila y rosa... perfecta; sombra discreta de ojos y la respectiva máscara... perfectos. Apenas le dio tiempo a girarse, ya que la puerta de su habitación se abrió.

—Alice —la llamó su madre—, ha llegado Jasper. —se hizo un lado, para dejar avanzar unos pasos al chico, que aturdido miraba hacia todos los lados—. ¿Queréis que os traiga algo para merendar?

—¿Jasper? —preguntó ella, dirigiéndole una sonrisa tímida.

—No es necesario, gracias —agradeció el chico, cambiando su peso de un pie a otro.

—Gracias mamá; si luego tenemos hambre, iremos a la cocina. —Marie asintió, dejándoles a solas y cerrado la puerta a sus espaldas.

—¿Tienes alguna especie de obsesión maníaco compulsiva con el color rosa? —interrogó incrédulo Jasper, mirando hacia todos los lados; colcha rosa fucsia; cojines en distintos tonos rosados; cortinas violetas...—. Parece que estoy en el castillo de Barbie —masculló entre dientes.

—Ya quisieras tú ser Ken —respondió esta, arrancándole una pequeña carcajada; en verdad era muy graciosa e ingeniosa—. ¿Has traído ese libro que mencionaste en clase, para poder tener a mano las características de los distintos árboles?

—Aquí está. —Lo sostuvo en el aire, antes de dejarlo caer encima de la cama; en ese libro estaban todas las fotos que necesitaban para el dichoso trabajo.

Todavía le costaba digerir lo que había ocurrido el día anterior, y como la pequeña hormiga saltarina le había tendido esa pequeña trampa... ¿Cómo demonios se le ocurría llevarle al sitio ese, dónde la gente se dedicaba a disparar bolas infernales llenas de pintura?

Los recuerdos se habían agolpado en su mente, machacando una y otra vez su corazón y sus recuerdos; no sentía nada por esa pequeña duende que siempre parecía necesitar una docena de tilas para permanecer serena... pero cuando vio que los extraños del equipo contrario se cebaban con su pequeño cuerpo, apuntándola, no pudo contenerse, algo en su interior le dijo que no podía dejar que le hicieran daño.

Alice observó en silencio cómo se acomodó en la silla de su escritorio, mientras sacaba el resto del material que necesitarían; apenas la miraba de manera directa, y eso, después de lo que ambos habían vivido ayer, le dolía y mucho. Había pensado que ahora conseguiría que él se abriera más, y que hablara con ella... pero nada, ni una palabra referente al asunto durante todo el día.

—¿Empezamos?— le instó él, mirando su reloj.

—Claro —accedió Alice, meneando la cabeza y saliendo de su ensoñación—. ¿Te parece que primero hagamos un borrador, con el esquema principal?

—Bien —aprobó Jasper, viendo como tomaba asiento a su lado.

—Podemos hacer una pequeña introducción, explicando brevemente las distintas especies que habitan en los bosques de Seattle, ya que todas tienen cosas en común. —Jasper levantó la vista del cuaderno, mirándola de reojo mientras mordisqueaba el bolígrafo y sus cejas se juntaban mientras pensaba, originando una pequeña y divertida mueca.

El episodio del día anterior había dejado a Jasper confundido; nadie podía sustituir a sus padres, eso era un hecho; pero el abrazo de cariño y consuelo que ese pequeño terremoto llamado Alice Brandon le dedicó ayer hizo que se sintiera extraño. Ella le transmitió su pesar, su ánimo... y qué demonios, se sentía bien al tenerla cerca.

Durante más de media hora ambos se enfrascaron en el dicho proyecto de ciencias; una vez que idearon el esquema con las ideas generales, se repartieron el trabajo de manera equitativa, así les daría tiempo a revisarlo conjuntamente antes de entregarlo.

—Estoy harto de mirar una y otra vez las fotos; a mí personalmente, todos me parecen iguales —protestó Jasper, soltando el libro y frotándose los ojos.

—Pero tenemos que saber distinguir las características de cada uno —exclamó ella, sin dejar de tomar notas en su cuaderno—. Si en el momento de presentar el trabajo ante la clase no sabemos decir las características de cada árbol, no aprobaremos.

—Hasta ahí llego, hormiguita saltarina —se burló Jasper con cariño.

—¿Hormiguita saltarina? —enarcó una de sus finas y perfectas cejas.

—Siempre estás dando saltitos —Se encogió de hombros—. ¿Nunca te cansas?

—Soy así —sonrió ella, azorada—, mi padre dice que nací pataleando, y dando guerra.

—En eso lleva razón —rio Jasper.

—¿Y tú... cómo eras de pequeño? —dejó los apuntes encima de la mesa, y subió los pies a la silla, y abrazando sus piernas.

—Bueno... —meditó unos segundos la respuesta—. Mi madre siempre decía que, desde que tengo uso de palabra, estaba tarareando melodías. —La cara de Alice se iluminó.

—¡Yo adoro la música! —chilló alborozada, con las manos cruzadas en su pecho —mi sueño es ser cantante.

—¿Ah, sí? —se cruzó de brazos Jasper, sonriendo de forma maquiavélica—. ¿Y qué estilo cantarías?

—Me gusta mucho Celine Dion; las letras de sus canciones son taaaaan románticas.

—Tiene buena voz, lo admito... te pega —aprobó este con la cabeza—. ¿Algún grupo más, o género que te guste?

—¡Metallica! —exclamó, haciendo que el chico soltara una sonora carcajada—. ¿Qué tiene de malo? —preguntó, visiblemente ofendida.

—Perd... perdona... —intentaba hablar, a la vez que se partía de risa—, pero me resulta difícil de creer.

—"Nothing else matters" me encanta —seguía relatándole ella— y muchas otras canciones del grupo. —Jasper no podía creer que compartiera gusto alguno con una chica que vivía rodeada de cosas color rosa.

—Increíble —meneaba la cabeza—, no te veo con una camiseta negra, botando en uno de sus conciertos.

—No tiene por qué ser negra. —De un saltito se levantó de la silla, para abrir su armario y revolverlo; asomó la cabeza al cabo de un minuto, sosteniendo en alto una camiseta rosa, con el logo del grupo en color gris—. ¿Ves qué fashion?

—No lo puedo creer —negaba con la cabeza, divertido; por el amor de dios... esta chica era toda una caja de sorpresas.

Pero sus ojos, azules como el cielo de verano, transmitían tantas cosas... alegría, confianza, bondad... y muchas más cosas. Ella también se quedó parada, observándole; estaba tan guapo cuando sonreía así, feliz y despreocupado por los malos recuerdos. Y ella lo había conseguido.

—¿Qué ocurre? —Jasper se acercó a ella con cautela, sin abandonar el azul de sus ojos un momento.

—Estás riéndote, y contento. —Se encogió de hombros, a la vez que sonreía azorada—. Me alegra mucho verte así. —Esa revelación, tan insignificante, pero a la vez tan sincera, terminó por desarmarle por completo. Es cierto que a veces podía llegar a ser irritante y pesada, pero su pequeña hormiga saltarina tenía algo que lo estaba cautivando por completo.

Poco a poco fue acercando su cara a la suya; el corazón de Alice empezó a latir de manera errática… "Dios; va... va a..."

Su pregunta mental quedó suspendida en el aire, ya que los labios de Jasper se posaron con delicadeza en los suyos. Su respiración se colapsó, a la vez que en su estómago empezaban a acampar miles de mariposas; Dios... su primer beso... y qué beso.

Nunca se había sentido así, parecía que estaba en una nube; ¿esto era lo que sentía cuando alguien te besaba? Quería que esa maravillosa sensación no se acabara nunca, quería más... Su príncipe azul estaba frente a sus narices, y no se había dado cuenta hasta ahora...

La mente de Jasper no procesaba nada con coherencia; no sabía de dónde había salido ese impulso, pero había algo en esa chica; ¿qué le estaba haciendo...?. Pero justo antes de cerrar los ojos, y dejarse llevar por las sensaciones que le provocaba ese beso, algo en su mente le decía que debía parar... esto no estaba bien.

Con sumo cuidado la alejó de él, agarrando con delicadeza sus hombros; los labios de Alice seguían entreabiertos, intentando tomar aire y de reorganizar sus pensamientos.

—No puedo... —murmuró él, negando con la cabeza; esa chica era demasiado buena, y no merecía cargar con alguien tan inestable y destruido como lo estaba él.

—Jasper... —Ella intentó tomarle de la mano, pero este retrocedió hacia atrás. Ese pequeño movimiento le dolió.

—Perdona —se disculpó este, en voz baja, reuniendo de manera torpe sus libros y cuadernos, sin molestarse en guardarlos en la mochila—. Tengo que irme...

—Jasper espera, por favor... —Sus ruegos no sirvieron, ya que el chico salió sin despedirse de ella y sin mirar atrás.

—Terminaremos el trabajo —le dijo él, por encima del hombro—, pero tengo que irme —exclamó de manera torpe, por encima de su hombro.

Alice no pudo hacer nada por retenerle, ya que salió como una exhalación hacia la puerta principal de la casa. Sus ojos se humedecieron, a la vez que sintió como su corazón se partía en pedazos... puede que no fuera el príncipe que ella imaginaba, pero le quería a él... ¿Por qué ella no podía ser correspondida?


*ESV*


La felicidad y la expectativa podían con él. Carlisle estaba en su baño afeitando su barba mientras silbaba una alegre canción. Hacia un bailecito realmente ridículo y poco masculino mientras limpiaba la afeitadora bajo el agua, pero allí no había nadie que lo viera además de su mascota, el pez payaso que bautizó como "Nemo"; era un chiste privado, le regalaron ese pez en la calle y la verdad no había pensado conservarlo pero cuando lo iba a regalar a una niña, ella había gritado horrorizada para que soltara a Nemo, porque su pobre padre estaba buscándolo en el mar, después la madre con una sonrisa le explicó que era una película de Disney y la niña se rehusó a aceptar al pobre pez. Sin esperarlo se había encontrado en una tienda de mascotas para comprar todo lo necesario para el animal y además había visto la película.

De toda esa locura sin sentido sacó el mote por el que había contactado a Esme en "CupidoChat". Él no estaba "Buscando a Nemo", estaba "Buscando a Esme" y parecía que cada vez estaba más cerca de su perdón, por lo menos ya ella lo había escuchado y había aceptado una cita con él sabiendo quién era realmente.

Salió del baño con solo una toalla rodeando su cintura, luego de colocarse su mejor loción para después del afeitado, se dirigió a su habitación con el fin de elegir concienzudamente su ropa. Escuchó su celular repicar y temió que fuera Esme para cancelar, con el corazón en la boca lo tomó y extrañado vio en el identificador de llamadas que era el chico que había roto la ventanilla de su coche, Jasper.

—¿Hola?

—Señor Cullen— suspiró el muchacho.

—Nada de señor, Carlisle para ti… ¿Pasa algo malo? —Carlisle estaba preocupado por el chico, había pensado en él varias veces desde aquella tarde, lo había visto tan perdido.

—No lo sé, es que yo… —dudaba y tartamudeaba al hablar—. Es que no sé por qué lo estoy llamando, yo solamente creo que necesito hablar con alguien y fuiste la primera persona en la que pensé. —Al adulto esto le sorprendió y le agradó un poco.

—¿Qué sucedió para que necesites hablar con alguien tan desesperadamente? —indagó.

—Besé a Alice —dijo simplemente y como sorprendido de lo que había hecho. Carlisle sonrió, era un chiquillo perdido…

—¿La chica grano en el culo? —preguntó divertido y escuchó como Jasper resoplaba al otro lado de la línea.

—La misma —respondió entre dientes.

—Debe ser raro besar un grano en el culo —continuó bromeando y escuchó como Jasper reía un poco, quería que se relajara y esperó a que el chico volviera hablar.

—No es tan grano en el culo la verdad, ella es extraña, no entiendo cómo quiso hacer el bendito proyecto de ciencias conmigo y porqué me llevo a ese campo de Paint-ball, ¡tampoco comprendo por qué su cuarto parece el castillo de la Barbie y escucha Metallica! —La última frase la dijo exasperado y alterado, estaba descargando sus frustraciones. Carlisle se rio en silencio—. ¿Puedes creer que tiene una camiseta de Metallica color rosa?

Carlisle no pudo aguantar más la risa y se carcajeó fuertemente.

—No se burle, eso es de locos —escuchó que Jasper le reprendió.

—A mí me parece, Jasper, que estás buscando tontas excusas para no ir al punto verdadero —dijo luego de calmar su ataque de risa—. ¿Te gusta la chica? —El silencio se apoderó de la línea y por un momento creyó que el muchacho había colgado—. ¿Jasper?

—No quiero que me guste —respondió entre dientes y Carlisle suspiró.

—Sé que tratar con las chicas no es lo más fácil del mundo y menos cuando eres un muchacho tan joven, pero si te gusta mucho estar junto a ella, si cuando no están juntos igual sigues pensándola, si los momentos juntos se hacen cortos y si no puedes aguantar las ganas de tocarla y besarla, lamento decírtelo, muchacho, pero estás jodido, ella te atrapó y no será fácil escaparte —analizó pensando en todo lo que sentía por Esme, él estaba enamorado de ella, ahora lo sabía y lo aceptaba, antes se lo había negado a sí mismo, lo había confundido con el sentimiento de culpa, pero ella estaba perdonándolo poco a poco y estaba dispuesto a conquistarla nuevamente.

—Yo no quiero hacerle daño, ella es muy inocente, muy feliz para cargar con un amargado como yo, no podría obligarla a cargar conmigo y con mis problemas. —El muchacho se escuchaba afectado.

—Jasper, esa chica, con toda su felicidad y optimismo puede ser el mejor bálsamo para todo el dolor que sientes por lo de tus padres, ella con sus cosas raras que hoy usas como excusas para negar que te gusta puede ser la que te haga sonreír como seguro lo hacías antes —lo aconsejó.

—Yo solo quiero que mi vida vuelva a ser como antes, con mis padres vivos, mi vida era perfecta —se escudó el chico.

—Las cosas no siempre son como queremos, Jasper. Hay una frase que dijo alguien por ahí, no se sabe quién, pero que esto me hace recordar mucho: "Persigo una utopía pero esta se me aleja cada vez que me acerco, entonces, ¿para qué sirve una utopía? Pues para eso, para caminar...". Todos quisiéramos que las cosas fueran diferentes, perfectas, pero nada es como queremos y nunca lo serán. ¿Y qué harás en ese caso? ¿Sentarte y negarte a vivir porque no sucedieron como querías? No, hay que seguir luchando por conseguirlas, puede que no logres tenerlo todo, pero sí puedes obtener mucho a cambio. —El muchacho estaba en silencio pero sabía que lo estaba escuchando—. Sabes que nada de lo que hagas te hará recuperar a tus padres, pero está en ti mantenerlos contigo siempre, en cada cosa que hagas que refleje lo que ellos te enseñaron al crecer, en evocar cada recuerdo alegre que hayas compartido con ellos, sin amargura, porque ellos no hubiesen querido verte así, estoy seguro que te amaban y desde dónde estén lo siguen haciendo y no les gustaría que cierres las posibilidades en tu vida por el dolor de su partida. Tienes que dejarlos ir para poder conservarlos, es complicado, pero así son las cosas. —Escuchó como el muchacho sorbía su nariz desde el otro lado de la línea.

—Gracias por el consejo, Carlisle. —Fue la respuesta y acto seguido colgó, dejándolo preocupado y con el corazón arrugado.

Terminó de arreglarse para su cita con Esme, aún pensado en la mejor manera de ayudar a ese muchacho, él nunca había pasado por algo parecido, pero esperaba que las palabras que le había dicho lo ayudaran a salir adelante.

Llegó al Show Box SoDo con diez minutos de antelación, seguía preocupado pero también estaba nervioso, por Esme y por la revelación de sus verdaderos sentimientos hacia ella.

Estaba sentado en la mesa esperándola con vaso de Whiskey en la mano, no estaba para tomar café, necesitaba algo con alcohol para superar sus nervios.

A la hora exacta la vio entrar y soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo, hasta ese instante, debía aceptar que había dudado seriamente que ella fuera a aparecer. Pero ahí estaba, tan hermosa como siempre, su largo cabello castaño claro con sus ondas naturales, su cuerpo estilizado, y su piel pálida, con sus mejillas un poco sonrojadas. Aunque echaba de menos el habitual brillo que solía tener en sus ojos azules.

Se levantó cuando llegó frente a su mesa.

—Hola —La saludó con un beso en la mejilla. Cuando se separó ella sonreía.

—Hola —Fue la misma respuesta de ella.

La ayudó a sentarse y esperó que ordenara algo, ella había arqueado una ceja cuando vio que él había pedido un Whiskey pero de todas maneras pidió un Latte de vainilla.

—¿Y bien? ¿Cómo ha estado todo? —Él quería romper el hielo y no se le ocurrió una pregunta mejor, parecían un par de adolescentes en su primera cita, lo que lo hizo acordarse de su amigo Jasper y sonrió pícaramente.

Ella lo miraba casi hipnotizada, parecía estar reconociéndolo nuevamente, tomando notas mentales de nuevas arrugas de expresión o algún gesto que no reconociera del pasado, pareció percatarse de que él le había preguntado algo y pestañeó seguidamente para centrarse en la conversación.

—Más o menos —respondió cuando logro recuperar el hilo de la conversación que apenas comenzaba—. Muchos cambios en mi vida últimamente y aún estoy adaptándome a ellos. ¿Y tú?

—Pues no tantos cambios, el más importante es mi cambio de estado civil —recalcó y ella bajó la mirada—. Aprovechando el tema, traje mi acta de divorcio por si quieres pruebas de ello.

Ella sonrió y levantó la mirada nuevamente.

—¿En verdad la trajiste? —preguntó incrédula y divertida.

—Por supuesto. —Asintió él señalando la carpeta que estaba a un lado de la mesa y en la que ella no había reparado hasta el momento—. Quiero recuperar tu confianza, Esme, sé que me porté como un cabrón anteriormente pero he pagado caros mis errores, y no me refiero solamente a lo que me costó el divorcio, estoy hablando del haber perdido lo que tú y yo teníamos, el haberte perdido a ti.

Ella se notó un poco incómoda con esas declaraciones pero no le importaba, seguiría persiguiendo su utopía personal hasta que esta lo perdonara y le diera una segunda oportunidad.

—Yo quiero creerte, Carlisle, quiero volver a confiar pero no me presiones, solamente quiero que todo salga natural, como lo fue la primera vez. —Ella de verdad estaba poniendo de su parte para estar ahí con él.

Esme sentía todavía el dolor del engaño en su pecho, pero estaba viviendo el día a día porque no sabía qué les podía deparar el futuro y vivir con rencor en el corazón era un veneno que la había ido consumiendo lentamente, por eso estaba allí, aunque aún le costara abrirse a él nuevamente en pleno. Esperaba poder superarlo, sobre todo porque aún su corazón se aceleraba con el sonido de su voz.

—Gracias por la oportunidad, no sabes lo feliz que me haces únicamente por estar aquí sentada frente a mí. —Ella se sonrojó un poco y después sonrió con coquetería.

—Eso es lo que espero. —Su sonrisa radiante dio paso a una conversación menos incómoda.

Ella le peguntó el origen de su apodo en "CupidoChat" y se divirtió con toda la historia referente a Nemo. Él no pudo evitar preguntar porque se había inscrito en esa página de citas.

—Me sentía sola —respondió ella encogiéndose de hombros—. Estaba pasando por un momento muy duro, acababa de perder a mi hermana y estaba como perdida, necesitaba a alguien con quien hablar, no precisamente de eso, hablar de cualquier cosa para no pensar en lo que había ocurrido.

—Te entiendo, precisamente tengo un amigo que está pasando también por un problema parecido, el pobre está tan perdido y me gustaría poder ayudarlo más, igual deseo poder ayudarte a ti en cualquier cosa que necesites.

—Gracias, Carlisle, lo has hecho ya… como Marlin Fish me has dado momentos de luz entre la oscuridad.

—Y quiero hacerlo como Carlisle. —Ella sonrió y él sintió un vuelco en el estómago, era tan hermosa—. Por cierto…. ¿Cómo supiste que yo era la Lic. Ostra? ¿O fue pura casualidad?

Carlisle tragó grueso y se pasó la mano por el cuello, ella notó su nerviosismo y frunció el ceño.

—¿Qué hiciste Carlisle? —preguntó con suspicacia.

—Quiero que sepas que yo estaba desesperado por saber de ti, por contactar contigo, pero tú ignorabas mis llamadas, no respondías mis correos, así que recurrí a medidas desesperadas.

—Cuando tú tomas medidas desesperadas yo siempre soy la afectada. ¿Qué hiciste? —preguntó nuevamente perdiendo la paciencia.

—Contraté un experto en computadoras y este sacó esa información valiosa de tu correo electrónico —dijo de sopetón y encogiéndose en su silla.

—¿Qué tú hiciste qué? —preguntó ella con una calma sospechosa.

—Esme estaba desesperado por saber de ti —intentó tomar su mano por sobre la mesa y ella la apartó.

Luego de uno o dos minutos en silencio, Carlisle se removía nerviosamente en su silla y Esme de repente comenzó a reír. Él la miró como si estuviese loca, no sabía si unirse a ella o seguir serio por si era una risa histérica, aunque ella podía ser una fiera pero no era histérica.

—Supongo que hay ostras que están tan cerradas que necesitan que alguien las haga abrirse —fue lo que dijo y Carlisle suspiró aliviado.

—Perdóname, te juro que no saqué nada más de allí, solamente buscaba un punto de contacto contigo y tú me lo diste fácil —se excusaba el hombre sin parar.

—Sé que debería molestarme pero la verdad has hecho cosas peores que esa y estoy intentando perdonarte de corazón, eso es una nimiedad que podría ser fácilmente indultada —respondió ella sonriendo—. En realidad me halaga.

—Eres increíble, mujer, y me encantas –declaró espontáneamente y ella lo miró por lo que parecieron minutos, ambos sonriendo y en una especie de comunión que tenía mucho tiempo sin experimentar.

Después de eso ambos compartieron una velada amena y divertida como las de hacía más de un año. Ella no quiso quedarse a cenar con él alegando que ya la estarían esperando para cenar, no dijo quién y Carlisle sintió un poco de celos pero se los tragó.

La acompañó al estacionamiento hasta su auto, se despidieron con un suave beso muy cerca de sus labios, sostuvo su puerta abierta como todo un caballero mientras ella se acomodaba en su asiento, cerró su puerta y la observó perderse en el tráfico de Seattle.

Una cita para el cajón de citas exitosas… Al fin una buena después de tanto tiempo.


*ESV*


Rosalie se paseaba nerviosa en la sala de su apartamento con Slinky detrás de ella, desde que Emmett la había ido a buscar a su trabajo y almorzaran juntos no se habían visto; de hecho había pasado todos esos días reprochándose por haber sido tan impulsiva y decirle lo que sentía, Vera le aseguró que lo había espantado, en cambio el padre Alberto le había tranquilizado diciéndole que era normal que Emmett se tomara su tiempo, le hizo ponerse en el lugar de él y eso la desesperó más al comprender el daño que le había hecho sin querer.

Pero toda la tristeza que la acompañaba después de su descubrimiento se fue al limbo con Sor Rita cuando él la había llamado para invitarla a cenar a su apartamento. Corrió hasta la habitación de Vera para que le ayudara a elegir que ponerse.

Terminó poniéndose un vestido tejido color beige a la altura de sus rodillas, el vestido dejaba ver una figura que Rosalie no estaba acostumbrada a mostrar; de hecho, era primera vez que usaba un vestido, Vera para que Rosalie no se sintiera tan incómoda con el vestido le dio también unas medias de color marrón que la aliviaron porque temía mostrar sus partes al sentarse o moverse. El atuendo lo completó con unas botas hasta los tobillos y sin tacón, eso según Vera, le daba un toque fresco.

Cuando sonó el timbre del portero tomó su bolso, se despidió de Slinky y de Vera que también saldría esa noche y corrió hasta donde la esperaba Emmett.

El castaño contuvo el aliento al verla salir corriendo del edificio, la belleza de Rosalie a su parecer era sublime, el rubio cabello libre al viento y un vestido que despertó sus más bajos instintos. Contuvo un gruñido cuando ella se colgó a su cuello y el aroma fresco de su perfume se coló por su nariz.

El camino hasta el apartamento se hizo le corto a Emmett mientras escuchaba a Rosalie contarle todo lo que había hecho en los días que no se vieron, cosas que ya le había contado por teléfono pero que no le molestaba escucharlo de nuevo, sabía que ella estaba ansiosa al igual que él.

Cuando llegaron, la ayudó a bajar del coche y agradeció que llevara medias porque no se hubiese podido contener de haberle visto las bragas. Al entrar al departamento la mesa ya estaba preparada, su madre había hecho un excelente trabajo, y la cena aguardaba en el horno. La luz del contestador parpadeaba y lo presionó por costumbre y al escuchar la voz de la persona que había dejado el mensaje se golpeó mentalmente por hacerlo.

"Hola bebé, sigo esperando que me llames para pasar un rato muy divertido, pienso hacerte llegar a las estrellas con mis caricias…"

Borró el mensaje antes que continuara mientras veía que Rosalie le entrecerraba los ojos antes de hablarle.

-Emmett McCarty, esa mujer no tiene vergüenza alguna, ¿cómo se atreve a dejarte un mensaje tan… tan obsceno? Tú sabes muy bien que fornicar es pecado, te lo dije hace muchos años –le reclamó Rosalie completamente furiosa sin saber que ese comentario despertaría el temperamento del castaño.

-Lo sé, no se me ha olvidado, pero yo no tengo la culpa de que ella me llame y deje ese mensaje, soy un hombre Rosalie, completamente responsable de mis acciones, y sí, he tenido un montón de sexo en todos estos años, sexo placentero pero no lo considero pecado, porque para mí fornicar es que solo una de las partes implicadas sienta placer, y si de algo me preocupo es que mi compañera también lo sienta, no vengas a decirme que el sexo es malo…

-Lo siento - lo interrumpió Rosalie con un nudo en la garganta–. Sé que no tengo derecho a reclamarte nada, pero no puedo evitar enfurecerme al saber que esa mujer quiere tener algo contigo, ¡yo no sé cómo es esto del amor! – le dijo vehemente.

Emmett se acercó a ella y la abrazó anclando la mirada en la de ella.

-Yo tampoco lo sé, porque solo te he amado a ti Rosalie Hale, ya tú me dijiste hace días que sentías cosas por mí que no sabías identificar, pues, ahora estoy aquí en mi casa, con una cena en el horno y dispuesto a que aprendamos juntos todo esto que llaman amor, no te esconderé nada de mi pasado, no soy así…

-No quiero que me escondas nada –le aseguró ella suavizando su mirada y sintiendo un calor extenderse por todo su cuerpo.

-Quiero mostrarte todo lo que soy, el hombre en que me he convertido, y más vale que te guste porque no te pienso dejar ir de mi vida –le dijo antes de besarla.

Rosalie se sintió desfallecer al sentir los labios de Emmett contra los suyos, y un pequeño gemido escapó de sus labios al sentir la lengua de él rozarlos, abriéndose camino entre ellos y enredando su lengua con la suya.

Ella nunca imaginó que besar fuese tan placentero, él se sintió miserable por un instante por haber besado otros labios antes de besar los de ella, pero luego se recordó que el pasado ya no importaba, que ahora esa mujer le pertenecería en mente, cuerpo y alma, así tuviese que obligarla a casarse con él.


¿Cuáles autoras escribieron estos personajes?

P.D: Rosalie y Emmett son escritos por la misma autora. Emmett es el principal.


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