11

La absoluta verdad

No, ella no correspondió a ese beso. La escena ocurría una y otra vez en su cabeza, algunas veces con mucha precisión: Arthur la había besado, no ella a él. Sin embargo, si estaba tan convencida de cómo sucedieron las cosas y de que ella no era culpable, ¿por qué no podía contestar las llamadas de Robin?, ¿por qué seguía mirando la pantalla con ese dejo de vergüenza que le impedía siquiera hablar con él?

Regina no pasó buena noche. El lunes por la mañana despertó en la habitación del hotel con la sensación de tener una resaca moral. En el teléfono tenía tantas llamadas perdidas de Robin como de Arthur, además de algunos mensajes.

Sin duda, ella no estaba de humor para responderlos. No estaba de humor para nada. Por fortuna ese día no tenía que ver a Feinberg. Heller envió un correo electrónico para notificarle que quería ver los bocetos el miércoles. Regina hizo cuentas: tenía sólo dos días para trabajar. Estaba decidida: se encerraría en la habitación del hotel, bajo llave, si era necesario, para que nadie la interrumpiese. Y con nadie se refería a Arthur.

De un momento a otro comenzaba a detestarlo. Arthur había convertido ese, ya de por sí frenético, viaje a París en algo insoportable. Regina sólo quería irse a casa, estar con su hijo, con Robin y su Perdita.

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Robin guardó el teléfono una vez más. Habían pasado casi doce horas sin que él supiera nada de Regina. No estaba preocupado, en lo absoluto, pero sí la extrañaba. Supuso que ella estaba demasiado atareada como para responder sus mensajes. Según el último que ella había enviado, decía que rediseñaría algunos modelos y eso iba a llevarle tiempo.

Regina odiaba ese trabajo, Robin lo sabía. Ella era buena, muy buena, pero infeliz. Su verdadero talento estaba oculto; Regina era una artista, de eso no había duda.

Para distraerse un poco, Robin propuso a Henry ir a dar un paseo por la ciudad. El chico aceptó encantado, tomó su mochila y salieron del departamento dejando a un Pongo y una Perdita muy acurrucados.

Según lo último que Regina había dicho, Henry necesitaba un corte de cabello. Y era cierto: las puntas del fleco le llegaban casi hasta la mitad de las orejas y ya le cubrían los ojos. Así que Robin decidió llevarlo a su barbería preferida.

A Henry no le gustaba cuando su mamá lo llevaba a cortarse el cabello, quizá porque era en el mismo salón de belleza donde ella se arreglaba, lleno de mujeres y señoras que parloteaban e intercambiaban chismes. Sin embargo, esta vez Henry estuvo de acuerdo, sobre todo cuando entraron en la barbería y el barbero lo trató como si fuese un chico mucho mayor.

Robin necesitaba rebajarse la barba, hacía días que no se rasuraba. Así que ambos estaban allí, sentados en sillas continuas, como si se tratasen de buenos amigos. El barbero ofreció una cerveza a Robin y una Coca Cola a Henry.

—Te dije que era mi barbería favorita, Henry —Robin guiñó un ojo al pequeño.

Henry sonrió. Robin era divertido. Los últimos días los habían pasado de maravilla, tanto así que no echaba tanto de menos a su madre. Por supuesto, ella también era divertida, pero de un modo distinto.

Cuando salieron de la barbería, Henry con el cabello más corto (ya podía sentir el viento en las orejas) y Robin con la barba perfectamente recortada, decidieron ir por un helado.

Caminaron unas cuantas calles, fueron al parque y se sentaron en una banca, con los helados en las manos.

—¿Robin?

—¿Mmmm?

—Cuando sea mayor, ¿tendré que beber cerveza? —preguntó el niño arrugando el ceño igual que Regina lo hacía.

Robin soltó una risa y luego se dio cuenta de que Henry, en verdad, estaba un poco preocupado por eso.

—¿Por qué piensas eso, Henry?

—Porque todos los adultos beben cerveza.

—Creo que eso lo decidirás tú cuando seas mayor. Quizá te guste o no.

—Yo creo que no —dijo Henry totalmente convencido—. Huele… raro.

—Sí, no es muy agradable —replicó Robin torciendo el gesto.

—Pero tú bebes cerveza —dijo Henry con una sonrisa perspicaz.

—Ah, pero no significa que me guste. Verás, lo hago sólo por cortesía. Pero tú no… nunca lo hagas por eso.

Henry se rio, Robin le revolvió el cabello recién cortado.

—¿Sabes?, con mamá casi no salimos a ver la ciudad. Bueno, sólo cuando vamos a algún lugar, como con los abuelos.

—Bueno, es que tu mamá es una mujer ocupada, Henry —dijo Robin, pensativo—. No dudo de que estuviera fascinada de llevarte a recorrer todos esos sitios interesantes.

—Sí… —dijo Henry cabizbajo— a veces desearía que no estuviese tan ocupada.

—Ella trata, créeme que sí —Robin esbozó una sonrisa y apretó una oreja de Henry.

El niño sonrió. Siguieron comiendo el helado, en silencio. Robin se preguntaba si Roland no pensaría lo mismo en algún momento. Él no quería que su hijo imaginara que su padre no tenía tiempo para dedicarle. Algunas veces deseaba que Marian fuese un poco más comprensiva y dejara que Roland estuviese más tiempo con él, después de todo ella lo tenía todos los días y él no podía evitar esa ligera sensación de que estaba perdiéndose cosas.

—Oye, Robin —dijo de pronto Henry—, conozco un lugar en la ciudad que quiero mostrarte.

—¿En serio? —preguntó Robin con curiosidad.

—¿Puedes llevarme a Back Bay?

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Regina trabajó todo el día en los nuevos diseños. Estaba absolutamente cansada, pero satisfecha. Su mente había estado tan ocupada, que no tuvo tiempo de pensar en las cosas que le inquietaban.

Cuando miró el reloj ya era medianoche. Robin había dejado de llamar. Pero ella no se sentía feliz por eso. Miró con nostalgia la pantalla del teléfono, mientras revisaba, uno a uno, los mensajes que él había enviado en los últimos días. "Te extraño", "pienso en ti", "Henry y yo te mandamos besos", entre muchos otros.

Se dejó caer sobre la almohada, ¿sería posible que hubiese una peor novia en el mundo que ella? Suspiró. Sólo fue un beso, un horrible, apresurado e inesperado beso. Sin embargo, su culpa no provenía precisamente de ese gesto particular, sino de que, de alguna manera, ella había aceptado ir con Arthur a cenar y, según recordaba, no se lo había dicho a Robin. Debió decírselo, debió aclararle que saldría a cenar con un compañero de trabajo. Quizá, en el fondo, ella temía que Robin se pusiera celoso y pensara que algo ocurría allí. Una mala decisión, eso había sido.

Regina cerró los ojos, estaba agotada. Casi saltó cuando el teléfono sonó repentinamente. Miró el número en la pantalla: era Arthur.

Definitivamente, estaba cansada de esa situación. No quería seguir escondiéndose, después de todo, ella no era quien debía avergonzarse.

—Arthur, ¿cuándo vas a cansarte de molestarme? —preguntó Regina, un poco irritada.

Perdona, Regina, no era mi intención —replicó la voz de Arthur al otro lado de la línea—. Creí que un beso no significaría gran cosa.

—¿No significaría gran cosa? —inquirió Regina, esta vez bastante enfadada—. ¿Qué significa, entonces, para ustedes los franceses un beso?

Yo no soy francés, soy inglés.

—¡Como sea! El punto es que quisiste pasarte de listo conmigo y eso creo que me da el derecho de colgarte en este mismo momento —Regina estaba tan enojada que sujetaba el teléfono con fuerza.

Regina, espera, no me cuelgues. Déjame explicarte.

—¿Explicar qué?

Lamento haberte molestado. Cuando digo que creí que un beso no era demasiado importante quiero decir, en realidad, que en ese momento sentí la necesidad de hacerlo sin pensar en las consecuencias. Fue un impulso. Eres una mujer muy hermosa y me han bastado sólo unos días para darme cuenta de lo talentosa que eres, y eso para mí es increíblemente atractivo. Lo lamento.

—Arthur, te dije en la cena que estoy saliendo con alguien. Tengo novio, un hombre maravilloso al que ahora debo explicar lo que sucedió en París mientras él no se enteraba —dijo Regina con fastidio.

Lo siento, en verdad lo siento. Tu novio es un hombre muy afortunado, sólo quería decirte eso. Ojalá me perdones y aceptes seguir trabajando con nosotros.

—¿Nosotros? —preguntó Regina, confundida.

Para la compañía de Heller eres muy importante —agregó Arthur—. Te dejo descansar. Que tengas buenas noches.

—Gracias —fue lo único que ella tenía que decir.

Oh… Regina… —dijo Arthur antes de colgar— no me odies por ese beso. Después de todo no fue un crimen.

Regina colgó el teléfono y suspiró. Debía contárselo a Robin, no había otra manera. Estaba segura de que él entendería, odiaría a Arthur, sí, pero entendería.

Apagó la luz de la habitación y se acostó en la cama, deseando que los últimos días pasaran rápido para regresar a casa.

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Robin había estado muchas veces en Back Bay, pero aquella era la primera vez que un niño lo guiaba. Estacionó muy cerca del Prudential Center. Henry parecía muy seguro de saber a dónde quería ir. Bajaron del auto y el niño, muy emocionado, condujo a Robin por la acera.

—¿A dónde vamos, Henry? —preguntó Robin, caminando apresuradamente detrás suyo.

—Ya lo verás —sonreía el pequeño, entusiasmado.

Cruzaron una avenida, Henry de la mano de Robin, y luego atravesaron hasta llegar al patio del Prudential Center. Entonces, se detuvieron.

—¡Mira! —Henry señaló un edificio de vidrios que estaba a lo lejos, con verdadero entusiasmo—. Eso es lo que quería mostrarte.

—¡Vaya! No sabía que te gustaban tanto los edificios, Henry —dijo Robin.

—Sólo ése.

—¿Ah, sí?, ¿por qué? —preguntó Robin, mientras ambos se sentaban en una de las bancas de concreto.

—Porque lo construyó mi papá —respondió Henry con una sonrisa.

Robin no supo qué decir, se quedó callado por un momento. Entendió lo importante que era para Henry aquel edificio y se sintió profundamente conmovido de que lo compartiera con él.

—Bueno, según lo que me ha contado mamá, él trabajaba para la compañía que lo construyó —explicó Henry, sin apartar la vista del edificio—. Papá diseñó algunos planos y cosas así.

—Es un edificio muy hermoso, Henry —dijo Robin, contemplándolo.

Henry esbozó una sonrisa. Se quedaron unos minutos en silencio, mirando hacia el edificio, mientras la tarde comenzaba a caer.

—¿Robin, tú…?

—¿Sí?

Pareció que Henry no iba a decirlo, apretó los labios y se quedó callado unos segundos, pero finalmente habló.

—¿Tú vas a casarte con mamá? —preguntó el pequeño mirando hacia los ojos de Robin.

Robin se desconcertó un poco, no esperaba una pregunta así, mucho menos de Henry. Sin embargo, conservó la calma, pese a que su cabeza se había llenado de pronto de un montón de pensamientos: sí, quería casarse con ella, ¿estaría loco si deseaba eso? ¿Qué debía responder a Henry? Sin duda debía tener mucho cuidado con lo que fuese a decir.

—¿Por qué me preguntas eso, Henry? —inquirió Robin, intentando ser cauteloso.

—No lo sé… me caes bien —respondió Henry encogiéndose de hombros—. Y creo que quieres a mamá y ella te quiere a ti. Además, llevan un montón de tiempo juntos. Así se casan las personas, ¿no? Además Roland y Pongo podrían venir a vivir con nosotros.

Robin sonrió: qué sencillo era el mundo cuando se tenía sólo diez años. Regina y él sólo llevaban dos meses saliendo, no era un montón de tiempo, de hecho cumplirían tres meses juntos el viernes mismo que ella regresaba de París.

—Eso suena maravilloso, Henry —comenzó a decir Robin, con la mirada sobre el horizonte—. ¿Por qué no dejamos que el tiempo se encargue de eso?

—Está bien —asintió el niño—. No le digas a mamá que te lo pregunté… ¡Ah! Ni que comí helado antes de la cena.

—De acuerdo, será nuestro secreto, amigo —sonrió Robin.

Cuando llegaron a casa, Robin revisó el teléfono, había un solo mensaje de Regina diciéndole que había estado demasiado ocupada pero les deseaba buenas noches a ambos. Robin suspiró, a esa hora ella ya debía estar dormida. La extrañaba como un loco, quería que se viaje terminara pronto.

Lo que restó de la tarde, Robin y Henry miraron Cosmos en la televisión. Había sido un día muy provechoso y cansado. Robin compró pizza para cenar, por petición del pequeño, y comieron mientras veían el programa. Antes de las diez, la cabeza de Henry ya se encontraba recostada sobre el hombro de Robin. Éste sonrió enternecido y cargó al niño hasta su habitación.

Regresó a la sala de estar y comió la última rebanada de pizza que quedaba. Sin embargo, ya no podía concentrarse en el programa. Pensaba en Regina, pensaba en lo mucho que la echaba de menos. Su mirada se desvió hasta la fotografía que colgaba en la pared donde Regina, un Henry bebé y Daniel aparecían. Ella se veía tan feliz, tan realizada con su pequeña familia, que le partía el corazón sólo pensar cómo fue que todo acabó tan rápido.

Robin la amaba y deseaba hacerla tan feliz como la mujer que sonreía en la fotografía. Hacía tiempo que tenía el impulso loco de decírselo, pero pensaba que era demasiado pronto. Tenía miedo, tenía un poco de reserva. Pero Regina no era Marian, y él no era el mismo de hacía cinco años.

Regina lo hacía sentir de una forma sin precedentes. Cada día que pasaba era más consciente de su amor y eso era algo que sólo sucedía una sola vez en la vida.

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Regina estaba nerviosa, Isaac miraba los nuevos diseños, impresos en un bonito papel, desde hacía unos diez minutos, en completo silencio. En la pequeña sala de juntas, además de ellos dos, sólo estaban Feinberg y Arthur.

Feinberg llevaba unas enormes gafas negras y fumaba copiosamente. Parecía que no era capaz de decir nada; no eran sus diseños, no eran sus propuestas, sólo tenían la firma de su empresa, pero eso no significaba nada. Regina era la verdadera creadora.

—Esto es asombroso, en verdad —dijo de pronto Isaac, con una sonrisa complacida.

Regina alzó la mirada y tuvo consciencia de que se dirigía a ella. Isaac parecía completamente maravillado, no dejaba de mirar los diseños.

—Esto es una obra de arte —decía Isaac aún con la mirada fija en el trabajo de Regina—. Dime, ¿cómo llegaste a esto, Regina?

—¿En verdad importa eso, Isaac? —intervino Feinberg—. Los diseños están listos, ahora son de tu gusto, ¿haremos la pasarela?

Isaac miró a Feinberg por unos segundos. Regina ni siquiera había tenido oportunidad de responder a la pregunta. Arthur, de pie frente a uno de los ventanales, observaba de vez en cuando a Regina, con los brazos cruzados por detrás de la espalda. Parecía un guardia o escolta.

—Bien, vamos a hacer la pasarela —dijo Isaac levantándose de su asiento—. Esto será muy bueno.

Feinberg esbozó una sonrisa y se levantó de su asiento también.

—Siempre es un placer hacer negocios contigo, querido —dijo la mujer apagando su cigarrillo rápidamente en el cenicero.

Isaac ofreció su brazo a Feinberg y caminaron juntos hacia la puerta.

—Eres muy talentosa, Regina —fue lo último que dijo Isaac una vez que salió acompañado de Feinberg.

Regina no entendía muy bien qué había ocurrido. Se quedó esperando a que algo más sucediera, pero nada pasó: eso fue todo.

—Yo diría que toda una artista —dijo la voz de Arthur, aproximándose a ella.

Regina lo miró, con un gesto un poco despreciativo, y rápidamente comenzó a levantar sus diseños para guardarlos en el portafolio.

—Regina, tendrás que hablarme en algún momento —dijo Arthur, insistentemente.

—Preferiría no hacerlo —musitó ella, apresurada.

—Mañana necesitarás alguien que te lleve al aeropuerto.

—Puedo tomar un taxi.

—¿Sabes lo que cuesta uno en París?

—Eso no es problema, con tal de no tener que soportar hombres testarudos que no entienden el significado de un no —afirmó Regina, mirando a Arthur con suficiente orgullo como para asustarlo.

—Bien, ya entendí tu no —asintió Arthur, con las manos dentro de los bolsillos—. Sólo quería que las cosas no quedaran tan bruscas entre nosotros. Vamos a estar en contacto por mucho más tiempo. Al menos podríamos ser cordiales, ¿qué te parece?

—¿En serio? ¿Tú vas a seguir con todo esto? —preguntó Regina, un poco fastidiada.

—Por desgracia sí, estoy a cargo de este proyecto —sonrió Arthur divertido por su expresión—. De hecho, quería conversar más contigo, invitarte un café, pero aparentemente eso no va a poder ser posible, ¿cierto?

Regina lo meditó unos segundos, luego soltó un suspiro. No odiaba a Arthur, sólo sentía un profundo desagrado por él, no porque fuese una persona detestable, pues no lo era (un inglés caballeroso, atractivo y que siempre olía bien), sino por lo que había sucedido.

—Un café no podrá ser, pero puedes contarme eso que quieres decirme de aquí a la puerta del edificio.

Arthur rio divertido.

—Es mejor que nada.

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Por lo que Regina pudo notar, Arthur era muy conocido en el edificio. Muchas personas, ejecutivos y trabajadores comunes, se detenían para saludarlo y estrechar su mano. Las mujeres no pasaban por alto su presencia y sonreían con un poco de coquetería.

—Tus diseños verdaderamente han impresionado a Isaac —comenzó a decir Arthur, sonriendo un poco cada vez que una chica le dirigía la mirada—. Creo que es importante que lo sepas.

—¿Ah, sí?, ¿por qué? —preguntó Regina, mientras caminaba a su lado un poco fastidiada de los aires de galantería de él.

—Si no mal recuerdo, dijiste que tu sueño siempre había sido venir a París —respondió Arthur—. Ya lo has cumplido. Pero… ¿qué te parecería vivir en París?

Regina estuvo a punto de tropezar con sus propios zapatos. Miró a Arthur de soslayo y éste sonreía con un poco de complacencia.

—¿Qué? —preguntó Regina incrédula—. No hablarás en serio.

—Hablo muy en serio —asintió Arthur—. Isaac piensa que es una injusticia que un talento como tú permanezca bajo las garras dictatoriales de Feiberg.

—Yo no soy la única diseñadora de la firma, Arthur —explicó Regina.

—Pero eres la única que es de su confianza, por algo vino contigo. Por supuesto que ella sabe lo que hace. Pero Isaac la conoce de muchos años, muchos, muchos años…

—Sé a lo que te refieres, yo también vi lo que pasa allí —dijo Regina un poco mordaz—. Parece que esos dos son más que amigos.

Arthur sonrió. Ambos entraron en un elevador, él presionó el botón de planta baja y enseguida comenzaron a descender.

—Lo son —dijo Arthur—. Aunque no sé cuáles son los términos exactos de esa relación. Pero, aun así, Isaac no confía en Feinberg del todo. Pero en ti sí.

—¿Qué quieres decir?

—La oferta de vivir en París es para que trabajes con Isaac.

—Pero, ¿acaso él diseña vestidos? —preguntó Regina, confundida.

—No exactamente, pero entre sus muchas aficiones, está la de una cuantiosa colección de arte —dijo Arthur una vez que las puertas del elevador se abrieron y caminaron por el pasillo hacia el lobby—. Le he contado que eres artista y él quiere que produzcas obra para su colección. Quiere ponerla en circulación en el mercado, ya sabes: subastas, galerías y esas cosas.

Regina no podía creer lo que escuchaba. Arthur no sólo hablaba de cambiar radicalmente su vida, sino de hacer, por fin, lo que siempre había querido. Pero ella no podía tomar una decisión así como así. No con un hijo pequeño y una relación estable. ¿Qué pensaría Robin de todo eso? Él no podría mudarse a París con ella, así como así. Él tenía un trabajo, un hijo, una vida en Boston.

—Bueno, técnicamente hasta aquí tengo permitido hablar —dijo Arthur, divertido—. ¿Qué piensas Regina?

Estaban en la puerta del edificio, Regina no sabía cómo habían llegado hasta allí, sus pensamientos no eran claros.

—Yo… no lo sé, Arthur, tendría que pensarlo —dijo ella, todavía aturdida—. Mi hijo… no lo sé, no es tan sencillo como quisiera.

—Lo sé —sonrió Arthur, confiado—. Tómate el tiempo que quieras. Esperaremos tu respuesta.

Arthur extendió su mano. Regina lo miró con un poco de reserva, pero finalmente estrechó la mano con él. Esta vez no sucedió nada más, aunque Arthur no podía dejar de mirarla de una forma casi hipnótica, él no intentó ningún otro movimiento.

—No te preocupes, mañana yo no te acompañaré al aeropuerto irá solo el chofer. Hasta pronto, Regina. Ha sido un placer conocerte.

—Adiós, Arthur —dijo Regina con una sonrisa tímida.

En la puerta del edificio había un chofer esperando por Regina para llevarla hasta el hotel. Durante todo el camino, ella no podía dejar de pensar en la oferta. Miró el teléfono, la foto de Robin en el fondo de pantalla y escribió un mensaje: "He terminado aquí. Voy a casa".

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Regina tomó el vuelo de París a Boston sola el jueves por la tarde. Aparentemente, Feiberg se quedaría más tiempo en Francia. Lo cual era un verdadero alivio para Regina. Aunque el vuelo de regreso ya no fue en primera clase, fue más disfrutable. Prefería estar en una cabina rodeada de personas que con Cruella De Vil y su detestable Pepito al lado.

Durante el vuelo lo único que pudo hacer fue escuchar un poco de música. Estaba ansiosa por llegar a casa. Tenía muchas cosas qué pensar. Quería ver a Robin, a Henry, a Perdi, hablar quizá con Emma o con su padre, alguno de ellos podrían darle un verdadero consejo.

Había querido renunciar a su trabajo desde siempre, ahora era la oportunidad, pero mudarse a París no parecía ser lo ideal. Quizá doce años antes, cuando Daniel y ella estudiaban en la universidad, habría sido posible. Habrían vivido juntos en París, habrían caminado por las hermosas calles adoquinadas por las que ella había pasado y comido en aquel mercado ambulante que tanto le gustó.

Pero la vida era distinta, tenía un hijo por el cual debía velar toda la vida, no importaba que él algún día se hiciera adulto. Ella sería madre para siempre.

Regina estaba un poco abrumada por sus pensamientos. Tomó una de las revistas de la aerolínea para distraerse un poco. La hojeó durante unos minutos, sin ningún interés en particular, hasta que sus ojos se toparon con un conocido rostro. Allí, en una página destinada a negocios y empresas, estaba Arthur, sonriendo con su poblada barba y un traje negro como el que usaba siempre. Regina leyó el encabezado:

"El joven coleccionista y mecenas del arte parisino Arthur Pendragon inaugura nueva galería de arte contemporáneo en el Institut britannique de Paris".

Entonces, Regina lo entendió todo. En verdad, todo. Arthur no hablaba por Isaac, hablaba por sí mismo. Él era el coleccionista de arte. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? No sabía si sentirse enfadada por eso. Luego de lo que sucedió, de aquel beso no correspondido, por supuesto que Arthur no iba a ofrecerle una oferta de trabajo abiertamente.

Ahora todo parecía más complicado en su cabeza. Cerró los ojos, intentando que las horas de vuelo pasaran rápido.

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Era más de medianoche en Boston cuando el avión aterrizó. En cuanto Regina vio un par de ojitos aceitunados entre la multitud de personas en el aeropuerto, sonrió. Su hijo la esperaba con un cartel, hecho con sus propias manos, que decía, en letras garabateadas y coloridas: "¡Bienvenida a casa, mamá!". A su lado, estaba Robin, esperando pacientemente, con una mano dentro del bolsillo, mientras que con la otra sostenía un ramo de flores.

Regina casi corrió hacia ellos. En cuanto Henry la vio se abalanzó sobre ella y la abrazó.

—¡Hola, mami! Te extrañé —decía el pequeño, con las mejillas presionadas sobre el abrigo de su madre.

—Yo te extrañé mucho más, cariño —dijo Regina, besándolo en la coronilla del cabello tantas veces como pudo—. ¡Oye, te has cortado el cabello!

—Sí, Robin me llevó al barbero —sonrió Henry.

Regina acarició el rostro de su hijo, con el orgullo de madre.

Bonjour, belle dame —dijo Robin acercándose a ella.

Regina sonrió en cuanto vio a Robin y esta vez fue ella quien se abalanzó sobre él, besándolo de forma casi frenética. Robin correspondió al beso, un poco sorprendido y soltando un poco de aire, mientras luchaba por no tirar las flores.

—Eww… —musitó Henry, desviando la mirada.

—Te extrañé tanto —dijo Regina, abrazándose al cuello de Robin.

—Y yo a ti, amor —dijo él, con una sonrisa—. Estas son para ti.

Robin le dio las flores. Regina sonreía feliz por estar en casa, con las dos personas que más amaba en el mundo.

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En cuanto llegaron al departamento, Regina llevó a Henry a dormir. Éste estaba muy cansado, pero con la emoción de recibir a su madre en el aeropuerto no había tenido problema con permanecer despierto.

Regina lo arropó, le dio un beso de buenas noches y lo vigiló hasta que cerró los ojos. Luego salió hacia su propia habitación donde Robin la esperaba. Él había sido paciente, muy paciente, todo ese tiempo. En el auto, camino a casa, dejó que Henry y Regina se pusieran al tanto de todo lo que había pasado durante siete días, mientras él conducía en silencio, con una sonrisa.

Ahora, era momento de que ellos dos estuvieran solos. Sabía que ella estaba muy cansada así que no esperaba nada más que dormir a su lado.

Regina apareció en la habitación, ya con el pijama puesto.

—Parece que para mí ha sido de noche durante veinticuatro horas —dijo ella con una sonrisa.

—Un buen sueño reparador puede remediar eso, amor —dijo Robin.

Ella se acostó a su lado y se acurrucó en su pecho, aspirando su aroma.

—En verdad, no sabes cuánto te extrañé —musitó ella, cerrando los ojos.

—¿Cuánto? —preguntó Robin, besando la punta de su nariz.

—Como de aquí a Nueva York —rio ella.

Robin la abrazó.

—Me alegro de que estés en casa.

—Gracias por dejar que Henry me contara todos los acontecimientos del mundo en el auto —sonrió Regina—. Pero ¿qué fue lo que hicieron ustedes dos mientras yo no estaba?

—Oh, ya sabes: cosas de chicos —dijo Robin, con aires de misterio—. Que no te sorprenda si Henry consigue novia pronto.

—¿Ah, sí? ¿Debo preocuparme por eso? —preguntó Regina con la voz un poco adormilada.

—Probablemente, pues le he dado algunos consejos.

—Sabía que era peligroso dejarlo contigo. Eres una terrible influencia.

—Y Henry lo es para mí, en los últimos días sólo he comido pizza y jugado videojuegos. ¿No me ves un poco gordo?

—Yo te veo igual de perfecto que siempre —dijo Regina besándolo en los labios.

Regina se acurrucó aún más sobre su pecho. Algunas veces creía imposible que ese hombre hubiese llegado a su vida. Sin embargo, ahí estaba. Podía sentirlo, olerlo, escuchar el latido de su corazón, que poco a poco la arrullaba. Era tan perfecto que ella tenía miedo de arruinarlo, de que eso se acabara súbitamente. Por eso no había dicho absolutamente nada sobre Arthur, sobre el beso, sobre el nuevo trabajo. No sabía qué es lo que podría hacer enojar a Robin en mayor grado.

Comenzó a sentir los párpados pesados, la respiración lenta de Robin y el bisbiseo de su suave voz la adormecieron, hasta que cayó en un sueño profundo.

Robin la miró dormida, le dio un beso en la frente y la abrazó por la espalda, feliz de que ella estuviese de vuelta.

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A la mañana siguiente, Regina despertó y se dio cuenta de que Robin no estaba a su lado. Se incorporó de las almohadas un poco confundida, cuando fue consciente de que había algo en su mano derecha. Se trataba de un paquete envuelto en un papel de regalo con un moño dorado y encima había una nota que decía: "Felices tres meses, amor".

Regina estaba a punto de abrir el regalo cuando la puerta de la habitación se abrió. Robin entraba por ella, con una bandeja con comida.

—Buenos días, milady, su desayuno —sonrió Robin.

Regina sonrió completamente incrédula. Robin depositó la bandeja encima de sus piernas.

—¿Y esto? —preguntó ella, sorprendida.

—Hoy cumplimos tres meses juntos —comenzó a decir Robin, acercándose a ella—. Y la verdad es que sólo quería un pretexto para consentirte.

Regina esbozó una sonrisa un poco triste. Él se acercó a ella y la besó como cada vez que quería sentirla cerca. Regina correspondió al beso, pero con cierta reserva. De pronto, todos sus pensamientos, buenos y malos, se mezclaron para crearle una abrumadora sensación de remordimiento. Pensó en el beso de Arthur, pensó en la oferta de trabajo, pensó en lo bueno que era Robin y en la mala persona que era ella por no darle crédito suficiente a su confianza. Si ella le hubiese contado todo desde el inicio quizá las cosas habrían sido distintas. Pero no podía regresar el tiempo, lo único que podía hacer era sincerarse.

—Robin… cariño… tenemos que hablar —dijo ella, apartándose de los besos de Robin.

—¿No puede ser más tarde? Henry aún está dormido —musitó Robin, mientras acariciaba uno de sus pechos.

—No, tiene que ser ahora —dijo Regina, tajante.

Robin escuchó el tono serio de su voz así que se apartó un poco confundido.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—Tengo que contarte algo que sucedió en París —dijo Regina mientras hacía a un lado la bandeja y el regalo sin abrir que Robin le había dado.

—Suena a que no es algo muy bueno, ¿estás bien? —preguntó Robin visiblemente preocupado.

—Sí, estoy bien —asintió Regina y tragó saliva—. El trabajo salió muy bien. Sólo que… pasó algo un poco desagradable para mí. Quiero contártelo porque creo que mereces saberlo.

Robin miraba a Regina casi sin parpadear.

—Estás asustándome.

—No es muy grave… al menos eso espero —agregó Regina sin poder mirarlo a los ojos—. Feinberg tiene algunos contactos en París. Uno de ellos se llama Isaac Heller y es un conocido magnate de negocios, al parecer. Para él trabaja un hombre llamado Arthur, un publicista que es encargado ahora de toda nuestra campaña en París. Él se ofreció a enseñarme la ciudad y cenamos una noche. Al principio fue muy amable conmigo, yo creí que sus intenciones no eran nada más que hacerme sentir cómoda, pero…

—No, no sigas —intervino Robin de pronto.

—¿Cómo dices? —preguntó Regina, un poco extrañada.

—Creo saber a dónde va todo esto y, sinceramente, no quiero saber nada, Regina —dijo Robin en tono grave—. No quiero escuchar algo que pueda lastimarme.

Regina se quedó paralizada, Robin la mirada como suplicante, como si leyese sus pensamientos. Pero ella necesitaba decírselo.

—Robin, sólo fue un beso —dijo finalmente ella, sintiéndose, incluso, extraña por confesarlo—. Un beso que no significó nada para mí. Él se acercó y yo…

—Oh, Dios mío… —resopló Robin, levantándose de la cama rápidamente— no, yo no quería saberlo.

—En verdad lo lamento, yo no le correspondí, Robin. Él interpretó todo mal, la cena, el paseo y…

—¿Cenaste con él?, ¿saliste de paseo con él? Oh, Regina, ¿qué creías que él estaría pensando? ¿Por qué aceptaste en primer lugar?

—Robin, no creí que eso iba a suceder. No sabía de sus intenciones —dijo Regina, levantándose también.

Robin la mirada incrédulo, tenía el rostro ligeramente enrojecido, respiraba pesadamente. Sí, estaba enojado. Regina nunca lo había visto así. Él comenzó a ponerse los zapatos rápidamente, sin mirarla.

—¿Qué haces? —preguntó Regina.

—Debo irme —dijo Robin apresurado, luego salió de la habitación con paso decidido.

—Robin, espera… déjame explicarte.

—Ya he escuchado suficiente.

Regina siguió a Robin por el pasillo, luego salieron a la sala de estar donde Pongo y Perdi dormían. Robin lanzó un silbido fuerte y enérgico al perro, que se levantó de un salto y siguió a su dueño moviendo la cola vigorosamente.

—Por favor, Robin, hablemos de esto —decía Regina, caminando detrás de él.

—No, Regina, no puedo hablar contigo cuando ni siquiera puedo mirarte —replicó Robin, mientras tomaba su chaqueta del perchero y colocaba la correa de Pongo.

—Robin… yo…

Regina desvió la mirada hacia la cocina, Robin también. Henry desayunaba cereal con el pijama puesto y los miraba un poco azorado. Robin apretó los labios y se dirigió al chico.

—Nos vemos luego, Henry. Me divertí mucho, compañero —dijo Robin con la voz ronca y luego se dirigió a la puerta.

Regina no lo siguió más. No había argumento ni excusa que valiera para que él se quedara a escucharla. La confesión del beso sonaba peor de lo que había sido. Robin salió casi dando un portazo y cuando Pongo se marchó, Perdi lloriqueó un poco. Regina miró a Henry, éste había dejado la cuchara sobre la barrita de la cocina sin pestañear.

—¿Ustedes estaban peleando? —preguntó el niño a su madre.

—Oh, no… no, cariño… sólo tuvimos algunas diferencias, pero nada importante —intentó decir Regina, casi para consolarse a sí misma.

—Robin va a volver, ¿verdad? —preguntó Henry visiblemente preocupado.

—Sí, amor, va a volver —respondió Regina, procurando que las lágrimas no escaparan de su rostro.

Sin embargo, Henry no podía creer en las palabras de su madre. Él había visto a Robin muy enojado. Así que él también lo estaba. Saltó del banco de la cocina y caminó hasta su habitación.

—Él es mi amigo, ¿lo sabes? —preguntó Henry un poco a la defensiva.

Luego, se encerró en su habitación. Regina cerró los ojos y suspiró. No podía creer todo lo que había arruinado en menos de doce horas de estar de vuelta en casa.

Sin embargo, parecía que el destino quería ponerla a prueba cuando se escuchó el timbre de la puerta. Regina casi corrió a abrir, seguramente era Robin, quien había reflexionado sobre lo que había ocurrido, pero no fue así.

—¿Mamá? —preguntó Regina, tomada por sorpresa.

—¡Regina, qué bueno que estás de vuelta! —exclamó Cora, entrando al departamento de su hija como si nada—. Necesito hablar contigo.

—Mamá… este no es un buen momento… yo… —comenzaba a decir Regina.

—¿Por qué no me dijiste que tu hermana está endeudada? —Cora lanzó la pregunta casi como desafiándola.

—¿Qué?, ¿qué quieres decir? —preguntó Regina, quien deseaba que en ese momento hubiese un terremoto, se cayese el techo, o algo con tal de no responder al interrogativo de su madre.

—A tu padre le ha llegado un citatorio de embargo, si no paga en las próximas cuarenta y ocho horas van a quitarnos algunas pertenencias. Creímos que era un error, pero no… ¡no lo es! Zelena puso a tu padre como su aval en unas tarjetas de crédito que no puede pagar. ¿Cómo nos hemos enterado? Gracias a ti no.

—¿Y cómo supones que yo lo sabía? —preguntó Regina, a la defensiva.

—Porque hemos intentado localizarla al teléfono y lo único que recibimos fue este estúpido mensaje —respondió Cora, muy alterada.

Extendió el teléfono hacia Regina quien leyó el mensaje apresuradamente: "Hablen con Regina".

—No puedo creerlo —musitó Regina, decepcionada de su hermana.

—Así que vas a decirme de una vez por todas qué sucede con tu hermana —dijo Cora en un tono que parecía más una orden.

—Está bien, está bien… sí, está endeudada —admitió Regina, caminando hacia la cocina, necesitaba un café, un poderoso café—. Yo le presté algo de dinero para que se reorganizara pero aparentemente….

—¡Lo sabía! —exclamó Cora, furiosa—. ¿Por qué no me lo contaste, Regina?

—Zelena temía que reaccionaras precisamente así —admitió Regina un poco fastidiada.

—Por todos los cielos…

—Mamá, tranquilízate, por favor. Debemos encontrar la forma de que no embarguen a papá. Él no puede asumir toda la deuda solo, sobre todo ahora que se ha puesto enfermo y con la rehabilitación…

—¿Rehabilitación?, ¿de qué hablas? —preguntó Cora extrañada.

Estaba acabada. Lo había dicho. Se le había escapado decirle a su madre que su padre estaba en rehabilitación para dejar de beber. Así, todas las verdades habían salido a la luz en un solo día.

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N.A. Gracias por la paciencia y por sus comentarios. Me encanta recibirlos. He revisado de dónde me han estado leyendo. Me emociona saber que en otras partes del mundo hay quienes disfrutan de esto que escribo. He visto que hay muchos lectores de México, me gustaría saber exactamente de dónde, me da curiosidad. ¡Tal vez nos hemos encontrado sin saberlo! Así que, si eres de México, la próxima vez que me envíes un mensaje o review puede decirme desde dónde me lees. Sólo curiosidad. Si vives en mi misma ciudad puedes ganarte un artilugio de la tienda de Mr. Gold.