Sus zapatillas rechinaban al rozar las blancas baldosas que cubrían el piso, las paredes hacían que todo se viese aún más luminoso de lo que era con su tono blanco enfermizo mientras que el aire apestaba a muerte y a desinfectante. Bueno, a decir verdad, Gilbert era el único que llegaba a sentir el aroma nauseabundo de la muerte en aquel gigantesco hospital. Nunca le habían agradado los lugares de aquella especie: sales caminando o en una bolsa de basura. Quizás aquella era una manera demasiado fría y cruel de ver un hospital, pero era lo verdaderamente realista a su manera: aquellos eran lugares donde los heridos y enfermos abundaban, buscando su salvación y, a veces, esperando tener una muerte pronto.
Fijó su rojiza mirada en la espalda de su hermano, Ludwig, que hablaba algo con la secretaria tras un gran mesón blanco mientras firmaba unos papeles. El chico puso sus pálidas y largas manos sobre sus rodillas y clavó sus uñas en ellas en un reflejo meramente involuntario, los nervios le carcomían la mente y el estrés aplastaba su alma. Claro, cualquiera que estuviera sentado en la sala de espera de un hospital esperando a que le dieran noticias sobre algún ser querido que estuviera internado estaría en aquel estado catatónico. Sentía el peso de las miradas de las personas que pasaban frente a él, ojos curiosos de pequeños niños que no comprendían la realidad de aquel lugar, adultos que le miraban con lástima y las enfermeras con preocupación. Quizás era por su palidez o por el temblor que recorría su cuerpo aunque era más probable que fuera por el extraño y algo siniestro color de sus ojos. Cerró los ojos y respiró profundamente.
-Al parecer Lizzandra está estable en estos momentos, bruder- murmuró Ludwig. Se había sentado en la silla contigua a la del pálido chico.- Tuvieron que llenarla de anestesia para calmarla, la dosis que le administraron mataría a un oso aunque a ella no le a causado daño alguno- agregó, encorvándose y apoyando ambos codos en sus piernas.
-¿No han logrado identificar la enfermedad que padece?- preguntó Gilbert, había abierto sus ojos y escondido el rostro entre sus manos. Vio por entre sus dedos como su hermano menor negaba con la cabeza suavemente.-No sé por qué no me extraña aquello...-murmuró en respuesta, con absoluta frialdad tiñendo su voz. Aquella situación le hacía sentir un profundo desprecio hacia la humanidad, de su inutilidad.
-No deberías molestarte con los mortales, hay cosas que todavía está fuera de su alcance y lo estarán por bastante tiempo- exclamó. Con su mano revolvió los blancos cabellos de su hermano con obvio afecto.- Son demasiado jóvenes todavía- agregó, con una pequeña sonrisa melancólica.
-¿Y crees que no lo sé? No eres el único inmortal de esta habitación, he vivido más años que tú y sé mejor que tú esto- gruñó, como respuesta. Clavó su fría mirada rojiza en algún punto en el infinito blanco de la pared frente a él, su entrecejo permanecía fruncido y su pecho ardía con una ira sorda.- Realmente, me molesta el hecho de que yo no pueda hacer nada de nada, la impotencia me está consumiendo lentamente como la ponzoña de una serpiente- murmuró, dando por concluida la deprimente conversación.
Ludwig miró compasivamente a su hermano mayor, él sabía perfectamente lo que era aquel sentimiento que pesaba en el pecho cuando uno no podía salvar a un ser querido de la inminente muerte, el dolor de ver aquella vida apagarse cual llama de una moribunda vela. Todavía el asunto del muro de Berlín permanecía escrito con fuego en su memoria, los remordimientos que aquello le causaban eran dantescos ya que, indudablemente, todo lo sucedido había sido culpa suya siendo el único responsable de aquella terrible desgracia.
-Te veo alterado, bruder- murmuró Gilbert. Había logrado ya recuperar la compostura y su ya típica sonrisa socarrona.- ¿En qué piensa esa cuadrada y rubia cabeza tuya, eh?- agregó, con sus ojos centellantes.
-Nada importante, en realidad- respondió, encogiéndose de hombros. Sentía el gran peso de la mirada del mayor sobre su ser.-Meros negocios y cosas respecto a economía- aclaró, intentando sonar lo más convincente posible. El chico albino asintió, sabía perfectamente cuando su hermano le mentía sobre algo, pero esta vez prefirió hacerle creer que su mentira había surtido efecto. No estaba de humor para discutir, en verdad.
Justo en ese mismo instante fueron llamados a través del alto parlante de la fría sala de espera. Tendrían que dirigirse al quinto piso del establecimiento, habitación número 87. Ambos hermanos se pusieron de pie y caminaron lentamente hacia donde se les había indicado en un sepulcral silencio, ninguno tenía mucho que decir al otro aunque, en sí, el vacío podía hablar por si mismo. Gilbert conocía exactamente sobre lo que había estado meditando Ludwig mientras esperaban ser llamados, conocía aquella expresión sombría cada vez que se llegaba a mencionar aquel tema.
El asuntillo del Muro de Berlín había sido bastante impactante y duro para los hermanos germanos, que habían permanecido 28 años separados sin saber nada uno del otro. El menor de ambos siempre se había culpado por ello, aunque a los ojos del mayor, ambos tenían parte de la culpa y, aunque no fuera de esta manera, no era correcto que sólo uno asumiera con todo lo acontecido. Las decisiones tomadas por un estado o nación no son en sí mismas tomadas por una persona, los seres inmortales que encarnaban estos reinos en este caso, si no por los superiores que gobiernan e incluso el mismísimo pueblo en contados casos donde se decidía el destino de las tierras sin preguntarle nada a los seres inmortales. Ellos no tenían voz alguna en aquel frío mundo, donde los débiles eran aplastados sin piedad alguna y los fuertes peleaban entre ellos sin razones demasiado concretas.
Gilbert había pasado por ello, se había abierto camino con fuego y sangre entre los grandes, aplastando a sus enemigos sin siquiera sentir un ápice de piedad. Sus superiores habían tomado buenas decisiones y también malas, como era de esperarse, los humanos no eran perfectos y a veces había hecho cosas contra su voluntad, como la guerra franco prusiana donde tuvo que enfrentarse a su mejor amigo, pero habría tenido que obedecer sin rechistar ya que era una orden de los gobernantes. Al fin y al cabo nunca le había importado demasiado el no tener voz alguna en los temas que de verdad importasen, le bastaba con que le mantuviesen entre los grandes pero, claro, tras caer había entendido lo que era: un mero fantasma que deseaba vivir nuevamente su pasado y que, cada vez que tenía oportunidad, mencionaba lo terrible que se había vuelto la humanidad con el paso de los años.
Se detuvieron frente a una de las blancas puertas del largo pasillo, la que tenía un número "87"dorado pintado en ella. Aquel no era el día, el lugar ni el momento para deprimirse por cosas que ya no tenían un arreglo, los temas del pasado eran eso: pasado frío y cruel.
-Iré a por el doctor, así que te dejaré solo por un rato- murmuró Ludwig, rompiendo el silencio. El mayor de ambos asintió, sin decir palabra alguna.-Por lo que logré entenderle a la secretaria, el caso está a cargo de Viktor Furtwängler- agregó. El mayor observó con curiosidad a su hermano tras escuchar el nombre de aquel hombre quién llevaba ya varios años siendo su amigo.
-Dale saludos de mi parte, West- concluyó Gilbert, mientras una sonrisa hueca cruzaba su sombría rostro.
Observó como su hermano menor se alejaba por el blanco pasillo con su seguro andar. Gilbert suspiró, mientras ponía su mano sobre el dorado pomo de la puerta, ya era la hora de enfrentarse a la realidad y pelear, morir en el intento si era necesario. No había vuelta atrás.
Abrió la puerta, entrando a una estancia absolutamente blanca que a penas poseía dos ventanas enmarcadas por grises y sombrías cortinas. Al centro de esta yacía una cama de frío metal con sábanas blancas, rodeada de extrañas máquinas ruidosas y cables de colores variados. Era un ambiente bastante deprimente y algo escalofriante, principalmente por la chica que estaba en la cama recostada, con venas negras recorriendo su cuerpo y ojos sangrientos de mirada perdida. Lizzandra era terrorífica en aquel estado, como un demonio del mismísimo averno que haya aparecido en la tierra con la sola misión de destruir y torturar a todo mortal que se le cruzase.
-Hola- murmuró Gilbert, simplemente. Se había sentado a los pies de la blanca cama, mientras la chica le observaba con una pequeña sonrisa incipiente en los labios. Aquello era bastante incómodo para él, más aún sabiendo que la mirada demoníaca de ella pesaba como si de toneladas estuviera hecha.-He venido tan rápido como pude, lamento si te he hecho esperar demasiado- agregó, tomando la fría mano de ella entre las suyas. No podía hacer otra cosa que no fuera disculparse, no había estado para ella cuando más le necesitó.
-No tenías por qué hacerlo, no es algo que por lo que haya pasado antes- respondió Lizzandra, suavemente. Su voz era algo débil, pero no lo suficiente para aumentar la preocupación ya de proporciones dantescas que sentía el chico.-No tienes por qué disculparte- agregó. Su mirada, a pesar de su sangriento tono, era dulce.
-Tuviste un ataque en plena avenida, eso ya es suficiente razón para preocuparme tanto como lo he hecho- exclamó él. Acarició la mano de ella, absorto por la suavidad de esta misma.- ¿Cómo te sientes?- agregó. Su escarlata mirada goteaba preocupación, y algo de sordo dolor.
-Bien, a decir verdad, me siento excelente- sonrió ella, a modo de respuesta. Sus dientes estaban teñidos por el rojo de la sangre.-Aunque me siento algo aletargada por los calmantes que me han dado, eh- agregó. Hizo el intento de sentarse en el duro colchón, pero el chico de cabellos blancos no le dejó.
-Por ahora es mejor que permanezcas acostada, linda- se excusó, en un susurro. Acarició el blanco rostro de la chica, que ahora estaba cubierto por horribles venas negras que yacían bajo su piel de porcelana.-No querría que te cansaras innecesariamente, ya sabes- agregó. Ella le dedicó una mirada chispeante, divertida y confundida al mismo tiempo.
-A mi parecer estás exagerando las cosas, pollito- rió ella. Sin aviso, empezó a toser con fuerza manchando sus labios con la sangre que manaba directo desde sus entrañas. Aquello no estaba para nada bien.- ¿Tengo que recordarte que esto es para mi el pan de cada día para que dejes de mirarme así, amor?- cuestionó, con voz ronca. En su rostro se había formado una extraña mueca que el chico no logró interpretar. Quizás era impotencia o quizás sería conformismo, no lo sabía con exactitud.
-Lizzandra... - murmuró el chico de ojos escarlata. Bajó la mirada, no soportaba mirarla a los ojos en aquel estado.-Necesito que me expliques el por qué de todo, de tu maldición, de por qué sigues aquí sabiendo que te ejecutaron hace más de medio siglo ya... necesito saber la verdad de esto para poder entender- agregó, con un tono más firme. Ella simplemente suspiró, con una sonrisa triste en los labios. Tarde o temprano llegaría aquel momento.
-Admito que sabía que algún día llegaríamos hasta este punto, aunque no en un momento tan...conflictivo, si se le puede llamar así- susurró. Su mirada había perdido su eterno brillo alegre, siendo reemplazado por una sombra de tristeza.-He de explicar que nacía hace más de trecientos años, en una aldea aborigen en Alaska. En ese entonces mi piel era morena y mis ojos oscuros, como las demás niñas del pueblo obviamente. He de mencionar que no recuerdo demasiado sobre mi infancia ni el lugar que alguna vez fue mi hogar, sólo el día en que fue atacada y destruida por una manada de lobos, quizás fue un pueblo nómade que entrenó a aquellas bestias ya que también las casas fueron quemadas y un cánido, que yo sepa, no puede manejar el fuego ni de chiste. Yo estaba en el bosque jugueteando en ese momento y los lobos no tardaron en encontrarme por mi olor, pasaron de mí exceptuando a uno bastante extraño: su pelaje era gris con detalles blancos y negros y sus ojos, sus ojos eran del azul más puro que jamás había visto en mi corta vida. Aquella bestia me acechó, esperando a que me durmiera para llevarme a una cueva hecha de hielo en las heladas montañas. Aquel lobo era Frost, el espíritu del invierno encarnado en la bestia que ambos bien conocemos, él me cuidó hasta que pude valerme por mi misma y, para serte totalmente sincera, no sé exactamente cuantos años fueron. Recuerdo perfectamente que lo primero que hice al salir de aquella madriguera de frío hielo fue ir a bañarme en un lago, donde pude ver mi reflejo, mi rostro: mi piel se había vuelto blanca como la mismísima nieve que yacía bajo mis pies y mis ojos tan azules como los de la bestia que me había cuidado e instruido durante todo aquel tiempo. Me causó un gran impacto, pero con los años uno se acostumbra al cambio y, maldita sea, ¡Era mi propio rostro! Tenía que acostumbrarme a él sí o sí. Vagué por aquellas heladas tierras, pasando únicamente por los pueblos para conseguir ropas y armas nuevas, y también cortar mi cabello. El tiempo nunca me afectó, la maldición que manaba de las espadas que me entregó Frost me protegía de todo desgaste de mi cuerpo- narró, con una pequeña sonrisa cargada de la más pura melancolía. Gilbert simplemente asintió en silencio, sin hacer ni siquiera el intento de interrumpir a la chica. Quería saber la verdad.-Me volví experta en el manejo de todo tipo de armas y en las guerras me hacía pasar por chico, aunque los dirigentes sabían perfectamente de mi condición. Quizás era el respeto que me tenían por mis múltiples hazañas en el campo de batalla o simple miedo a que les matara si intentaban hacerme algo, ya sabes, los humanos tienden a ser muy cobardes de las cosas que no pueden controlar. Durante uno de mis viajes a Noruega fui atacada en un bosque por un extraño chico, aquel suceso me dejó una horrible cicatriz en la espalda que, hoy en día, fue tapada por las que me hicieron el día de mi ejecución, fue un gran mérito para mi ganar aquella pelea con la simple daga gastada que llevaba atada al cinto. Aquel chico de nombre James era, al igual que Frost, un simple espíritu, del bosque en este caso, que solamente buscaba proteger su "reino" y, al saber que yo no pretendía dañarle, se tranquilizó y con el paso del tiempo trabamos una buena e irrompible amistad. Años después de esto se desató la Primera Guerra Mundial y luego la Segunda, siendo esta última en la que participamos con el rol de asesinos a sueldo, como ya sabes- agregó. Fijó la mirada en el techo mientras sonreía de manera sombría.-Ya sabes como terminó aquello, pollito. Tras mi ejecución desperté en un helado páramo desconocido, donde vagué durante muchos años consumida por el poder de Akuma hasta que el gobierno estadounidense me encontró y me encerró con motivos de investigación. Durante aquellos años maté a muchas personas por diversión, y eso es algo que nunca me perdonaré- concluyó. Su mirada era sombría, el arrepentimiento y la culpa en aquellos pozos azules que eran sus ojos. No soportaba verla así.
-Y aquella maldición... ¿Tiene solución alguna?- murmuró el chico de blancos cabellos. La chica negó suavemente, lo que extinguió la poca esperanza que había surgido en el pecho del prusiano. Aquello no podía estar pasando, no tenía que estar pasando.-Linda...- dijo, apenas con un hilo de voz. Su mundo se caía a pedazos rápidamente y nada podía hacer para evitarlo.
-La maldición de mi espada me consume, pero sin ella quizás yo no estaría aquí hoy- replicó. Clavó su mirada en las sábanas que cubrían su débil cuerpo.-Estoy condenada- concluyó, sin más.
Gilbert apretó los puños mientras cerraba sus rojizos ojos con fuerza. Sintió como saladas y frías lágrimas rodaban por sus mejillas y como su cuerpo se sacudía por los sollozos que sacudían su pecho, buscando una salida. No podría salvarla, el pasado volvía a repetirse cual disco rayado. La impotencia volvía a rasgar su corazón mientras la mujer que tanto amaba se acercaba a abrazarle, murmurando palabras de consuelo que no hacían más que mero ruido. Ella moriría y lo sabía perfectamente, lo único que le importaba a aquellas alturas era el bien de su amado que con su muerte quedaría destrozado y quizás le seguiría a su fatídico destino.
Cuando ella muriese al chico no le quedaría nada, con algo de suerte un mero sentimiento de pérdida devorando su alma y un vacío existencial, quizás incluso con el tiempo aceptaría a regañadientes la muerte de su corazón y continuaría su vida como un simple cascarón vacío. Hace muchos años que ya no pensaba en la muerte, en el suicidio, lo había intentado tantas veces como cicatrices que recorrían sus muñecas, pero siempre hubo alguien quién le detuviera estando en el filo de la navaja. Había sentido las garras de la muerte sobre su piel, pero estas nunca habían llegado a herirle ni arrastrarle.
Sintió la suave mano de la chica entre sus cabellos, acariciándole, mientras le arrullaba dulcemente. Suspiró, levantando su mirada para encontrarse con la de ella, no pretendía hablarle de sus cavilaciones de muerte ya que ella le regañaría y prohibiría hacer aquello, pero cuando fuera la hora lo necesitaría como un adicto a su dosis.
-Cambiando de tema ¿Encontraste algún vestido para llevar al baile?- preguntó repentinamente Gilbert. Se irguió, limpiando sus húmedas mejillas con el dorso de su mano mientras en su rostro se formaba una sonrisa. Sonrisa hueca, como su pecho tras que su corazón fuese cruelmente hecho trizas.
-Claro, aunque quiero que sea una sorpresa para ti- respondió Lizzandra, con una alegre sonrisa. Su mirada había recuperado su brillo alegre usual.-Por lo que ha sucedido hoy puedo suponer que no me dejarás ir a la fiesta esa y tendré que quedarme en casa durmiendo o viendo alguna película- agregó. Sus ojos eran astutos como los de un felino, al igual que su alargada y brillante sonrisa.
-Quizás se me haya pasado por la cabeza varias veces esa idea hasta ahora, pero por lo menos así puedes distraerte de todo este embrollo ¿No crees?- aclaró él, sonriendo. Tomó las manos de ella con delicadeza y las acarició. Lo único que importaba es que ella fuera feliz, y más aún si le quedaba poco tiempo en aquel mundo.- ¡Soy tan asombroso al igual que mis ideas!- agregó, antes de soltar su típica risa. La chica rió con él.
-Prometo no hacer estupideces, awesome man- musitó ella. Él no pudo contener una sonrisa ante las palabras de su amada.-No seré una dama ¡Pero seré la marimacha más femenina de toda la fiesta!- agregó, antes de reír a carcajadas
-Vamos, no digas eso linda...- replicó él, con una sonrisa dulce. Acarició la pálida mejilla de ella, era suave como la seda más fina.-No eres una marimacha...- agregó, en un murmullo dulce y bastante meloso. Aquella chica le volvía un tonto.
-¡Sabes que lo que digo es cierto! ¿Qué tipo de dama está siempre armada hasta los dientes, amor?- exclamó ella. Sacó de entre las sábanas una pequeña pero afiladísima daga.-Lo más peligroso que trae una chica sería un labial con sabor a fresas, ya sabes...- agregó. Una sonrisa juguetona se extendía por sus rojizos labios, mientras sus ojos chispeaban.
-Con los años aprendí a que es mejor no preguntar el por qué de las cosas que haces la mayor parte del tiempo- murmuró el chico, desviando la mirada. Ella volvió a esconder el arma en el mismo lugar de donde la extrajo, un lugar desconocido para el albino y prefería que fuese así.- Aunque me entra la duda de donde has escondido eso... que yo sepa, antes de internarte te registran- agregó. La sonrisa de ella se afiló, pareciéndose ya a la del gato de Alicia en el País de las Maravillas, Cheschire.
-Esa es una pregunta de la que no querrás saber la respuesta, créeme- murmuró, en respuesta.
El rostro de Gilbert tomó un tono escarlata de golpe por unos segundos lo que causó la aparición de la cantarina risa de la chica, hasta que fuese interrumpida por la aparición de un hombre de bata blanca abriendo la puerta de la habitación, atrayendo la mirada de la pareja. Se trataba de Viktor, un viejo amigo de los hermanos Beilschmidt quienes lo apreciaban mucho ya que literalmente conocían la gran mayoría de las generaciones de su familia. Beneficios de la inmortalidad, simplemente.
Aquel hombre pertenecía a una honorable familia de médicos que conocían el secreto de los no-humanos que eran los hermanos germanos, y el resto de los de su calaña. Era alguien de confianza, por lo que sabía la mayoría de los problemas que afectaban a aquellos seres que caminaban entre los mortales en secreto.
Viktor clavó su verde mirada en su viejo amigo, sonriéndole con complicidad para luego indicarle que se acercara. El tiempo había salpicado de blanco los negros cabellos de su amigo, pero seguía siendo el mismo.
-Eh, Gil, ya van un par de años sin verte por aquí- exclamó Viktor, sin perder su sonrisa. Algunos cabellos oscuros, salpicados por una que otra cana, le caían sobre la frente, aunque no parecía molestarle aquel hecho. Golpeó amistosamente el hombro del albino, el cual le devolvió la sonrisa.-Para ti dos años no deben ser nada ¿Eh? ¡Estás igual que siempre, viejo zorro!- agregó. Aquel apodo que hace tantos años le había dado su amigo logró arrancarle una sonora carcajada al chico prusiano.
-No has cambiado demasiado, amigo mío- respondió Gilbert. Ambos hombres se miraban sonrientes, cómplices de algo que sólo ellos sabían en sus corazones. Miradas que podían decir mil cosas con sólo entrar en contacto.- Supe que te has casado, lamento no haber asistido, estaba de viaje en Francia, ya sabes...- agregó. El hombre de verdes ojos negó suavemente, aún sonriente.
-No tienes por qué disculparte, sé que tu trabajo conlleva mucho tiempo de viaje y sabes que me es imposible molestarme contigo- replicó él. Pasó sus manos por su cabello, para luego revisar los papeles que traía bajo el brazo.- Cambiando a un tema más importante, vine a decirte que tu novia ya está fuera de riesgo vital y puede volver a casa- concluyó, con una mirada amable y bastante alegre.
-Viktor... ¿Por casualidad habrán descubierto alguna solución a lo que padece Lizzandra o algo por el estilo?- susurró el chico, intentando con todas sus fuerzas que su amada no llegara a oírle. Lo menos que deseaba era preocuparla aún más. La mirada triste de su amigo fue respuesta suficiente a sus dudas.
-Es algo extraño, está en su ADN y es parte de ella... pero le está matando lentamente, como un jodido parásito... no hay manera de erradicar aquella mierda sin matarla, amigo mío- respondió. Suspiró, mientras pasaba su mano a lo largo de su rostro en un gesto cansado. Detestaba dar malas noticias, y más aún a un amigo.-Según mis cálculos, no le quedan más de 2 meses de vida... lo siento tanto, Gil- concluyó, bajando su mirada esmeralda.
Gilbert sintió como todo su cuerpo flaqueaba al ritmo de los aullidos de agonía que emitía su corazón. Aquello no podía ser verdad, no debía terminar todo así ¿Dónde estaba su "felices por siempre" por el que tanto había luchado? Su pecho pesaba como si estuviera lleno de piedras, el dolor lacerante de su corazón agonizante no le dejaba respirar, sentía como si fuera él el que se estuviese muriendo en lugar de su amada Lizzandra. Lizzandra... nuevamente, no había podido salvarle. Le había fallado de nuevo, y esta vez para siempre.
