Todavía con la mirada en el ministro de magia, los cuatro bajamos lentamente las escaleras.
Nunca había visto personalmente al ministro de magia... bueno, no a este ministro, pero a Cornelius Fudge sí.
-muy bien. – dije bruscamente. No me fundía confianza el nuevo ministro. -¿Qué lo trae por aquí, Señor ministro? – le pregunté "amablemente" a Scrimgeour.
-he venido a hablar con los señores Ronald Weasley, Harry Potter y las señoritas Hermione Granger e Isabella Potter. – dijo con voz fría y cortante. – y en un lugar qué sea a solas, si es posible.
Arthur con cara de pocos amigos (qué trataba de simular) lo guió hasta la sala donde hicimos la última reunión de la Orden, y se sentó (sin qué lo invitaran a sentarse) en un sillón individual. Espero hasta qué yo me sentara en otro sillón individual. Ya qué el triple estaba ocupado por mis amigos con mi hermano.
-He venido hoy, -comenzó mirándonos a cada uno detenidamente. – para dictarles el testamento de Albus Dumbledore.
Yo me quede congelada en el sofá ¿era posible?... había una probabilidad.
Los cuatro nos miramos unos a otros.
-¡Una sorpresa, aparentemente! ¿No eran consientes de qué Dumbledore les había dejado algo?
-¿A todos? – dijo Ron. - ¿A Hermione y a mí también?
-Si, a ustedes cuatro...
Pero le interrumpí.
-Él murió hace un mes. Son obvios. Querían examinar lo qué sea lo qué él nos dejó. – y después lo miré ceñuda. – usted no tiene derecho a confiscar eso.
-Señorita Potter, estaba en todo mi derecho. – me replicó irritado. – El Decreto para la Confiscación Justificada da al Ministerio poder para confiscar el contenido de un testamento...
-¡esa ley fue creada para evitar qué los magos legaran artefactos oscuros! – dijo Mione. Era muy buena... qué suerte tiene Harry al tenerla de novia. – y se supone qué el Ministerio debe tener una prueba de qué las cosas heredadas sean ilegales antes de confiscarlas. – terminó un poco mas lívida, mientras Harry le agarraba la mano.
-es cierto. – le dije con voz monótona y fría. – y por lo qué todo el mundo sabe, Albus nunca tubo relación con las Artes Oscuras.
-Señoritas, - dijo con voz amenazadora y fría. - ¿piensan seguir una carrera de leyes mágicas?
-ni por asomo. – le repliqué con brusquedad. – apenas termine todo este embrollo, me voy para Washington.
-¿Washington? – preguntó con una ceja alzada. -¿piensa seguir una carrea muggle? – preguntó esto último con repugnancia. Me enojé. Pero me controlé.
Pasaron unos minutos, antes de qué el ministro volviera a hablar.
-Señor Weasley, -se dirigió a mi amigo pelirrojo. - ¿estaba muy unido a Dumbledore?
-¿yo? – preguntó desconcertado. Lo miré severamente. Mas le valía mentir qué era cercano a Albus, porque si no, no habría más pelota-autógrafo del capitán de los Chudenleys Cannons. – Bueno... eh... no compartíamos muchos momentos, pero, siempre terminábamos hablando hasta los codos de las travesuras de Fred y George.- le respondió. – pero no se si me consideraba tan grande para poder estar en su testamento...
-para serte sincero, Ron, - me miró. – Albus siempre te apreció. ¿Recuerdas cuando jugabas con él al ajedrez? Siempre le ganabas... me dijo qué eras digno rival de él. –ante ese recuerdo, el sonrió.
-bien... – dijo Rufus. - ¿y usted señorita Ganger?
-al igual qué Ron, -dijo la chica. – el profesor Dumbledore siempre me apreció por mi inteligencia... qué generalmente es porque cuando leo se me queda todo en la cabeza por mi buena memoria. –dijo con añoranza. – siempre compartíamos opiniones con libros muy buenos, tanto del mundo mágico cómo el mundo muggle.
-por lo qué ahora veo, - dijo el ministro, un poco irritado. – tendría qué preguntarle a usted, señor Potter, al igual que a su hermana, pero eso sería obvio...
-ya qué él era cómo una especie de abuelo para nosotros, señor. – dijo mi hermano con voz neutra y clara. – ahora, ¿podría decirnos lo qué dice el testamento del profesor?
-bien, - dijo mientras el testamento, doblado en tres, se abría solo. Y comenzó. – "última voluntad y testamento de Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore: a Ronald Bilius Weasley, le dejo mi Desiluminador; un objeto de mi propia invención, con la esperanza de qué me recordará cuando lo utilice. – y leyendo esto, le entregó a Ron una especie de encendedor. Y prosiguió. – A Hermione Jean Granger, le dejo mi copia de Los Cuentos de Beedle el Bardo, con la esperanza de qué le encontrará entretenida e instructiva. – hizo el mismo procedimiento qué hizo con Ron, y le entregó a Mione un libro mucho más gastados qué los qué tenía en casa del tío Charlie. Luego, posó su mirada en mi hermano. – A Harry James Potter – leyó, y, por lo qué ví, Harry se le contrajo el rostro. – le dejo la snitch qué atrapó en su primer partido de Quidditch en Hogwarts, cómo recordatorio de las recompensas de la perseverancia y habilidad. – y repitió, por tercera vez, el mismo procedimiento.- ¿porqué creen qué Dumbledore les dejó estos objetos? – preguntó súbitamente Scrimgeour.
-bueno... –empezó Ron con nerviosismo. – puede para apagar la luz. ¿No? – dijo con un poco de despreocupación. – no sé para qué otra cosa lo querría.
-¿señorita Granger? – le dirigió una mirada interrogativa.
-siempre supo, cómo he dicho antes, - le explico mi castaña amiga/cuñada/hermana. – qué me han gustado los libro... he de decir qué este libro sería interesante leerlo. – dijo con lágrimas acumuladas en los ojos. – solo creo eso, nada más. – después de que acabara de hablar se dirigió hacia mi hermano.
-no lo sé.- dijo perdido. Y yo me preguntaba si mi hermano sabía qué las snitch`s tienen memoria de tacto... pero si lo sabía, de seguro no se iba a arriesgar en ponérsela en la boca... ya qué su primera snitch, casi se la traga. – Por las razones qué acaba de leer, supongo... para recordarme lo qué puedes conseguir si... perseveras y todo eso.
-¿Crees qué es un mero recuerdo simbólico entonces?
-Supongo – dijo mi hermano. - ¿Qué más podría ser?
-Yo hago las preguntas –dijo cortante. Cada vez me caía mal este tipo. – bien...
-un momento, señor – le paró mi hermano al ministro. -¿Por qué llamó a mi hermana si ella no recibió ningún legado por parte del profesor? – le interrogó.
-he aquí el porqué llamé también a su hermana, señor Potter- dijo seriamente. – al parecer, el difunto director de Hogwarts, quería legarle la Espada de Godric Gryffindor – dijo serenamente el cara de león viejo. -. Por desgracia, Dumbledore no tiene derecho a legarla p...
-La espada la sacó Bella en segundo año del sobrero seleccionador cuando fuimos a rescatar a mi hermana de un basilisco en la Cámara de los Secretos... es de ella – dijo Ron inmediatamente, dejándole sin terminar la frase.
-Señor Weasley, -le contesto irritado. – según tengo entendido, la espada solo se presenta cuando un verdadero Gryffindor lo necesita, ósea qué en teoría, le pertenece a la casa de Gryffindor misma. – dijo para, después, mirarme a mí. - ¿Por qué cree usted, señorita Potter, qué le dejaría algo cómo eso?
-no tengo ni la más remota idea... - le dije con sinceridad. – Quizá, pensaría qué sería un buen adorno para mi pared... – y me encogí de hombros.
-¡esto no es una broma, jovencita! – me gruñó. - ¿fue porque Dumbledore creía qué solo la espada de Godric Gryffindor podría derrotar al Heredero de Slytherin? ¿Quiso darte la espada, Potter, porque creía, como tantos otros, qué tu hermano era el destinado a destruir a Quien-no-debe-ser-nombrado?
El ambiente era tan tenso, qué se podía cortar con un par de tijeras oxidadas.
-interesante teoría- dijimos Harry y yo, y luego proseguí yo.-. ¿Alguien intentó atravesar a Voldemort con una espada? Por ahí el ministerio debería poner a alguien en ello, en vez de malgastar tiempo confiscando Desiluminadores y encubriendo fugas de Azkaban. ¿Ha estado haciendo eso todo este tiempo señor ministro? ¿Intentando abrir a la fuerza un snitch? - ¡tiene qué entender qué la gente está muriendo! ¡Mi hermano y yo casi hemos sido uno de esos cuantos! Voldemort mató a Alastor Moody, pero ni una palabra sobre eso en el ministerio, ¿no? ¡y cree qué usted cooperaremos con ustedes todavía! –le dije con toda la furia Evans (según Sirius) qué tenía dentro mío.
-¡jovencita! – me gritó con furia levantando la mano. Pero mi hermano lo detuvo agarrándolo de la muñeca.
-¿Qué cree qué iba a hacer usted?- le dijo con fuego en los ojos. -¿iba a pegarle a una mujer? ¡y encima! ¿A mi hermana?
-¡han ido demasiado lejos! – gritó Scrimgeour, soltándose del agarre de Harry. Ron y Hermione se levantaron de un salto. El ministro me apuntó con su varita en medio de mi pecho. Esta, chamuscó un agujero den mi remera de cuello largo, cómo si me hubiesen puesto un cigarrillo encendido.
-¡he! –dijo Ron acercándose a nosotros. Harry lo retuvo.
-¿quieres darle una excusa para qué nos arreste, Ron?
-solo les diré una cosa, Potter`s... – nos dijo con la cara roja de furia. – recuerden qué yo no soy Dumbledore, quien perdonaba sus insolencias e insubordinaciones... ningún chico o chica me va a decir cómo tengo qué hacer mi trabajo... es tiempo de qué empiecen a respetar a sus superiores.
-¡pues gáneselo! – le escupí colérica.
-¿qué es lo qué pasa aquí? –preguntó la voz de Bill Weasley con brusquedad, al ver al ministro apuntándome con su varita.
-nada, -dijo mirando a los ojos de mi hermano. – lamento la actitud. Parecen creer qué el ministerio no desea lo qué ustedes... Dumbledore – corrigió. -... deseaba. Hay qué trabajar juntos.
-no me gustan sus métodos, Ministro. – le espetó el aludido. - ¿no recuerda? –preguntó retóricamente, mientras alzaba la mano donde decía "No debo decir mentiras". El ministro se quedo en silencio, dio media vuelta, y se fue por donde vino.
Se sumió un silencio tenso por unos minutos... hasta qué Molly entro jadeando en la puerta de la sala.
-el ministro se ha ido. – informó. Luego, nos miro a los cuatro. -¿Qué era lo qué quería?
Le explicamos a todos el porqué estaba acá. La cara de sorpresa era tal, qué todos formaron una "O" tan grande, qué se podía observar todos los dientes de los qué no habían estado con nosotros.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
-¿jugamos un partido de Ajedrez, Ron?- le pregunté al pelirrojo. El aludido me miró sin ganas. Solo jugaba con el Desilumindor.
-no tengo ganas, Bell`s –me dijo. Parecía, todavía, un poco incomodo por la visita del ministro de magia. Yo asentí, estando de acuerdo con él.
De repente, se me había ocurrido una idea.
-¿y si jugamos al Quidditch? – dije con entusiasmo. Harry me miró, junto con Ron.
Los tres pegamos un salto hacia la cocina, donde estaba Ginny, los gemelos y Bill.
-¿se apuntan a un partido de Quidditch? –dijimos Harry y yo al mismo tiempo.
- Claro, -dijo Ginny con una sonrisa. -¡a moverse!
-¿se apuntan Fred? ¿George? ¿Bill? – pregunté ansiosa.
... ... ... ...
Ya todo estaba listo. Los equipos eran cuatro contra cuatro... y los árbitros, Tonks y Lupin.
Los grupos estaban divididos así: 1) Ron, cómo Guardián; George, cómo Golpeador; Ginny, cómo Cazadora; y Charlie, cómo buscador. 2) Bill, cómo Guardián; Fred, cómo Golpeador; yo, cómo Cazadora; y Harry, cómo Buscador.
Había pasado cerca de tres horas desde el inicio del partido, y Harry iba tras la snitch con Charlie detrás... solo fue cosa de unos quince segundos a qué Harry agarrara la snitch, junto con cien puntos qué anote yo contra noventa qué anotó Gin-Gin.
-¡JA! –gritó Fred con una sonrisa en la cara, mientras qué yo bajaba de la escoba junto con mi hermano agarrándome de la cintura.
-¿Qué habrá para cenar? – preguntamos los dos al mismo tiempo. Nos miramos, y nos hachamos a reír.
Siempre, uno, metiéndose en la mente del otro...
