Jajajaja angel puede ser, dime que personaje te gustaria ser y como. Mmmm sei parecen sera como recuerdo, pero no a combatir.

IceQueen102: Gracias amiga por leerme y si, las cosas se estan poniendo dificil para nuestros dorados, y espera par ver que le haran a anthos en este capitulo! T_T


Capitulo 10 - Reunión Dorada

Los santos gimieron de dolor al ser condenado al olvido, se aferraron con todo su cosmos a las constelaciones que los guardaban y finalmente blasfemaron en contra de su diosa por su pecado…

A través de la oscuridad de la noche se ve una luz atravesar el templo de Aries e iluminar los alrededores. Aldebaran de Tauro los esperaba en el lugar, con su altura imponente, de más de dos metros, contextura fuerte, y rostro férreo. Su cabellera ondulada, oscura y arraigada a su cuero cabelludo hacia ver a su cabeza como una graciosa colmena de abeja, por ello era difícil verlo sin su casco dorado. Luego del haz de luz que traspaso la oscuridad del primer templo, se ven los cuerpos de Nergio de Aries, con Edmont de Capricornio, Metis de Acuario y Alwar de Geminis inconsciente. Apenas se dieron cuenta que estaba en el santuario, los dos santos dorados se dejaron caer al suelo, sucumbiendo ante el terror que estaban apresando en su pecho. Aldebaran los observa impresionado, al ver a dos santos de gran experiencia caer ante el temor, temblando de miedo y aún impresionados ante lo que había vivido, mientras que en el suelo estaba reposando el cuerpo de Alwar, sin consciencia.

-Yo… nunca me había sentido tan humillado… - Murmuro Metis con impotencia – Huir del campo de batalla, tan cobardemente…
- ¡Maldición! – El grito de Edmont junto con su golpe al piso de mármol estremeció el lugar. La mirada del santo era afilada y profunda, capaz de dejar sin aliento a cualquiera que la observara. -
- Dejamos todo un pueblo a merced del ejercito de Hades… ¿qué clase de Santos somos? ¡Esto es imperdonable! – Se replica a sí mismo el santo de acuario, con los ojos vidriosos de lágrimas de impotencia.

Nergio y Aldebaran se quedaron en silencio, sabiendo que nada de lo que pudiera decirles levantaría su ahora golpeado orgullo. Era claro que Athenea estaba consciente que aquel pueblo estaba totalmente desprotegido de un ataque de Hades, pero también estaba seguro que dejarlos a ellos ante todo ese ejército, sin ninguna preparación ni estrategia, sería un golpe bajo para la armada de Athenea. Su diosa tuvo que tomar una decisión, dura, cruel, hasta injusta.

- No hare preguntas sobre que vieron en este momento, pero ya Mizar de Cancer debe estar camino hacia Sigfried de Sagitario para avisar su llegada. Debemos llevar a Alwar a su templo y atenderlo lo más pronto posible. – Sugiere Aldebaran seriamente, mostrando en su voz gruesa la autoridad y al mismo tiempo la calidez de su corazón. –
-Me encargare de llevarlo hacia allá… - Dijo Metis levantándose mientras sacudía la capa – Al menos quiero hacer eso…

Cargando entre sus brazos al santo de Géminis, Metis de Acuario camina hacía el segundo templo, con un andar pesado y moribundo como si cargara sobre el toda una montaña helada. Edmont por su parte se levanta, temblando aún, enojado consigo mismo por no haber hecho suficiente. Su compañero arriesgo su vida para enfrentarse al poder del dios. El solo se enfrento al poder de una deidad sin titubear. Pensar en eso y compararlo con lo que ellos habían hecho lo hacía sentir indigno de su armadura. Aldebaran dejo que Edmont saliera del templo de Aries hacia las afuera de los campos de entrenamientos, entendiendo que tal vez el Santo necesitaba un tiempo a sola para meditar lo ocurrido y aplacar la furia que lo ahogaba por dentro.

- ¿Una guerra Santa? – Murmuro Anthos aún confundido - ¿De qué hablas Sophia? No puede comenzar ninguna guerra, el patriarca nos dijo que Hades está encerrado en el inframundo, Poseidón no puede atacarnos tampoco, ¡de donde vendría una guerra!

La voz de Anthos temblaba dentro de sí, deseando muy dentro de sí que su compañera le estuviera jugando una broma pesada, aunque él estaba seguro que eso no era algo común en ella, mucho menos jugar con algo tan delicado como una guerra santa. Y para complicar la situación, el silencio de su compañera lo espantaba aún más.

- Tiene que ser una broma – decía inconscientemente el pisciano, aterrado ante la premisa de oír al santo de la sabiduría vociferar semejante – Esto no puede ser verdad, ¿estás jugando conmigo cierto? ¡Deja de burlarte de mí y habla de una vez!

Ante esa acusación absurda, Sophia voltea su rostro hacia él, mostrando alrededor de ella un cosmos violento, desafiante, justo como la mirada que le transmitía a través de la máscara. Anthos la observo pasmado, entendiendo que había cometido un grave error con ella.

-¿Crees que jugaría con algo tan delicado como esto? – Alzo la voz con fuerza – ¡Esto no es juego!
- ¡Entonces de donde sacas esa estúpida idea! – Grita Anthos respondiendo al tono de voz de su compañera, y sucumbiendo ante la desesperación. – ¡No puede empezar ninguna guerra santa! ¡Es irracional lo que dices!
- ¡Qué pasa si te digo que es la verdad! – Exclamo Sophia acercándose a Anthos, provocando que el santo empezara a dar pasos hacia atrás de forma inconsciente – ¿Saldrás corriendo abandonando la armadura por cobarde? ¿No te crees capaz de enfrentarte a una guerra santa? Nadie te obligara a participar en ella, ¡puedes dejar tu maldita armadura ahora mismo si deseas!

Esas frases, crudas y directas, golpearon violentamente el orgullo del santo de piscis, dejándolo sin palabras, con sus ojos abiertos de par en par, mostrando sus pupilas verde esmeralda danzar entre la luz, brillando aterradas ante la premisa.

Viendo que su compañero quedo en silencio ante su respuesta, Sophia le envía tras su máscara una mirada de desprecio, para luego voltear y regresar al escritorio de la sala, dejando caer el rosario entre los libros viejos que reposaban en la madera. Minutos de silencio gobernaron el lugar, dejando que solo se escuchara el suave viento que se colaba por la ventana, y la respiración entrecortada de Anthos, aún inmóvil en aquel rincón, como si hubiera recibido una herida de muerte que lo tenía agonizando. Sophia voltea ahora con una expresión dolida, entendiendo que sus palabras habían sido demasiado fuertes para con su compañero, que aunque se levantaba orgulloso de su belleza y posición como un pavo real que se jacta de su plumaje, por dentro era una persona sumamente sensible. Cuando intento disculparse por su actitud, Anthos respondió su desafío con una mirada cortante, inyectada de veneno, afilada como las espinas mortales de sus rosas envenenadas. Sophia trago grueso, reconociendo que el pisciano había pasado de una profunda depresión a un inmenso rencor.

- Siempre eres así, juzgando a los demás, creyéndote mejor solo porque tienes esa maldita mascara que te cubre y evita que vean tus verdaderas expresiones…

Sophia palidece ante esa acusación enviada con palabras inyectadas de un mortífero líquido, embargadas de un odio oscuro. Tragando sus propias palabras, Virgo cierra sus puños fuertemente, dispuesta a recibir todas las espinas envenenadas de piscis, admitiendo que esta vez ella lo merecía por haberle hablado de esa forma.

- ¡Es fácil decir que eres fuerte y que nada te doblega, que puedes enfrentar lo que sea y fingir esa maldita actitud de dios! ¡Puedes intentar engañarnos a todos bajo esa vestidura divina! – La voz entrecortada, áspera y pulsante de Anthos se oía cada vez más fuerte, mientras que sus ojos embargados de lágrimas empezaban a ver la borrosa imagen de su compañera - ¡¡Pero no puedes decir que no tienes miedo de esa maldita guerra santa que hablas!! ¡¿Quién te crees para juzgar mis capacidades?!

En ese momento, ahogando el grito eufórico de Anthos en esa última frase, el pisciano siente como una mano se posa sobre su hombro izquierdo y parece detenerlo de su arranque. Voltea visiblemente molesto, para encontrarse con los relajados y cálidos ojos de Sigfried de Sagitario, que le envío una mirada llena de comprensión y apoyo, doblegando en ese momento la furia que lo tenía inmerso. Al haber aquietado la ira de Anthos y luego de ver como este calmaba su respiración y calla ante él, Sigfried dirige una mirada a Sophia, esta vez pulsante, molesta y acusadora. Virgo al sentir la mirada se queda en pie, derecha, dispuesta a recibir cualquier reclamo de su superior.

- Tranquilo Anthos, – Dice con voz apacible Sagitario, aunque su mirada hacia virgo expresaba otras emociones – todos estamos igual que tu. Ninguno estábamos preparado para una guerra, y es normal sentir miedo. Pero también sé, que todos nosotros actuaremos conforme a nuestras envestiduras, pelearemos por Athenea aún en contra de nuestra vida.
- Lamento haber sido tan imprudente, Anthos. Ciertamente, no soy quien para juzgar tus capacidades, pero tampoco soy de las personas que juegan con cosas tan serias como estas. Me deje llevar, así que tienes todo el derecho de reprocharme lo que quieras. – Se disculpa Sophia respetuosamente, sin rastro de haber sido afectada por las palabras de su compañero.
- De todas maneras… - Interrumpe Sigfried sin dejar responder a Anthos – No estamos en el mejor momento para discutir. Sophia, voy a convocar una reunión dorada, pero necesitamos que nuestra diosa este presente.

Anthos y Sophia observan seriamente a Sigfried, entendiendo la importancia de dicho llamado. Una reunión dorada, no ha ocurrido una desde que murió el patriarca hace 10 años. Era un evento trascendental y digno para la situación que acaecía.

- El problema es que Athenea se ha encerrado en sus aposentos y no quiere atender a ninguna visita. Fui a darle el informe de la llegada de Metis, Edmont y Alwar, pero no quiso atenderme.
-La diosa se ha encerrado… - Murmuro Anthos comprendiendo la gravedad del asunto -

Sophia queda callada, escuchando con dolor esas palabras de Sigfried. Que la diosa decidiera tomar esa actitud en esta situación era una muestra de su aún inmadurez. Este no era el momento de huir.

-Yo me encargaré de que la diosa esté preparada para la reunión. Sigfried, puedes convocarla.
-Sé que puedo confiar en tu palabra Sophia. Eres su tutor, de seguro a ti te escuchara.
-¿Yo que puedo hacer mientras tanto? – Pregunto Anthos, con voz decidida –
-Por ahora, quédate en espera de la reunión. Necesitamos primero reunirnos antes de delegar las funciones.

Diciendo eso, Sigfried voltea dejando caer su espesa capa y sale del templo, dejando a Sophia y Anthos de nuevo a solas en la habitación. El pisciano observa de reojo a su compañera, esperando tal vez que ella se volviera a disculpar, mas sin embargo, lo único que ella hizo fue tomar el rosario entre sus manos y amarrarlo en su antebrazo izquierdo para luego salir de la habitación en dirección a los aposentos de Athenea. Piscis vio como Virgo se alejaba dejando que su capa se moviera levemente conforme el vaivén de su portador y que los fríos y ruidosos pasos de oro dieran testimonio de su trayecto. Anthos bajo su mirada, aún herido no tanto por las palabras escuchadas sino por el emisor de las mismas…

El pasillo que llevaba hacia la habitación de la diosa, era frio y generaba un eco con cada paso que ella daba sobre él. Solo alumbrado por dos antorchas por cada dos metros de distancia, Sophia observaba como el reflejo de su sombra vacilaba al son del baile de las llamas en ese camino que ella recorrió tantas veces y que pensó que ya no sería necesario recorrer. Luego de andar por el pasillo durante unos minutos, llego al frente de una puerta de mármol, alumbrada por cuatro antorchas a su alrededor y adornada por piedras preciosas. Sophia se detuvo en medio del pasillo y se arrodillo con respeto, colocando su brazo derecho sobre su rodilla derecha, el puño izquierdo sobre el suelo e inclinando su rostro.

-Mi señora Athenea, Sophia de Virgo esta aquí.

Por el eco de la voz, Athenea levanta su rostro hacia la puerta, reconociendo a su visitante. La diosa estaba sentada sobre su lugar de reposo, dejando que su vestido cayera sobre su costo, y su cabellera reposara sobre su espalda. Su báculo esperaba erguido en la cabecera de su cama, esperando que su diosa lo activara para llevar la victoria de su pueblo. Al verlo, Athenea vacila por un momento.

-Mi señora, su sierva Sophia de Virgo la espera. Por favor, muestre su favor hacía su servidora.

Volvió a escuchar Athenea desde su habitación. Temblando dentro de sí, la diosa se pone sobre sus pies y baja los escalones que dividían su lugar de reposo de cuarto en general, hasta llegar a la puerta, la cual abre con especial delicadeza. La luz invadió por un momento el pasillo, mostrando a su santo dorado de Virgo, arrodillado frente a ella, dejando que la gruesa trenza dorada cayera sobre su hombro izquierdo.

-Sophia… creo haberte dado órdenes precisas… - Murmuro la diosa con tristeza –
- Lamento tener que desobedecerla nuevamente, pero Sigfried de Sagitario, el mayor de la corte dorada, está llamando a una reunión de urgencia debido a los últimos acontecimientos. Ya Edmont, Alwar y Metis han regresado, aunque desconozco aún en qué estado, además que hasta ahora me he dado cuenta que el rosario de 108 cuentas legado por nuestros antecesores sigue ejecutando su función. Ya hay tres cuentas que han cambiado de color. Ahora son 105 espectros nuestros enemigos.
-Yo no me siento en condiciones de estar en dicha reunión. Si es de su parecer hacerla, pueden hacerla sin mi presencia.
- Lamento tener que negarme ante tal decisión… - Replico Virgo esta vez levantando su rostro – No es esta la actitud de la diosa de la guerra a quien yo cuide durante diez años.

Esas palabras, junto con aquella mirada desafiante que el santo de Virgo le emitió a su diosa desde su máscara, hicieron que Athenea callara por un momento, sintiéndose profundamente avergonzada. Bajando su rostro acongojado, la diosa entra a su habitación de nuevo, dejando su puerta abierta, como clara invitación para Sophia de que podía entrar en ella. La joven dorado se levanta de su posición y penetra la habitación, inclinándose de nuevo frente a los escalones, cuando ya su diosa había tomado asiento sobre su cama.

-Por lo que has dicho, tal parece que te he decepcionado… - Comento la diosa con ojos embargados de dolor.
-Mi señora, que la misma tierra me trague si de mis labios brota semejante blasfemia.
-Pero… has dicho que esta actitud no te es digna para la diosa de la guerra.
-No es digna, porque sé que usted puede tomar una actitud más propia.
-Pero Sophia…
- Lamento interrumpirla mi señora, pero hace poco ha salvado la vida de sus tres santos. Esa acción, ha sido la más gloriosa que yo pudiera ver de su parte, mi diosa Athenea. Estoy segura que después de esto, usted es capaz de afrontar cualquier situación con la fuerza y voluntad divina que la atañe.

Athenea observo a su sierva con dulzura, sintiendo que sus palabras eran sinceras y viendo que no era juzgada.

-Dígame mi señora, que es la que la atormenta como para decidir no estar con nosotros en este momento tan difícil.
- Sophia, tú que has estado conmigo por tantos años, ¿Crees que puedo guardarte alguna cosa? No importa cuánto trate de ocultarme, siempre eres capaz de ver tras de mí y entenderme.

Sophia guarda silencio, en espera que su diosa se sincere frente a ella y le revele lo que tanto la angustiaba, como para encerrarse en sus aposentos y no desear atender a ninguno de sus santos. Ella sabía que ciertamente era una posición delicada y dura para su diosa, ya que se supone que estaban en tiempo de paz. No había peligro para afrontar, ni había guerra que enfrentar, todos sus santos estaban con ella confiando que vivirían una vida larga y fructífera. Pero de la noche a la mañana un peligro de magnitudes colosales irrumpe en esa paz efímera y pone en jaque a sus santos. Sophia sabía que muchos querrán saber que ha pasado para que una guerra se desate en este siglo y todos buscaran esa pregunta detrás de la divinidad de Athenea, la soberana de Gea, la diosa de los hombres.

- Como entenderás Sophia, se supone que en estos siglos se disfruta de la paz de la vida, mas sin embargo, Hades ha reencarnado sin habernos dado cuenta, y ahora ha convocado a su ejército de espectros sobre la tierra. ¿Qué clase de argumento les daré a mis santos sobre la naturaleza de esta amenaza? ¿Cómo justificare ante ellos el silencio de los dioses olímpicos, quienes no responden sobre el porqué se le ha permitido a Hades regresar?
- Mi señora, en este momento no necesitamos ese tipo de explicaciones, sino que acciones tomar para superar esta amenaza. – Responde Sophia con seriedad

Athenea observa de nuevo con dulzura a su santo protector, aquel a quien vio venir e ir durante 10 años de sus aposentos, quien dedico diez años de su vida para adiestrarla y enseñarle el manejo del cosmos. Recordó en esos momentos, todos los problemas que la joven diosa le daba a sus horas de clases, como muchas veces se escapaba y escabullía entre los templos evadiendo de sus deberse. Memoraba avergonzaba como utilizaba a los demás santos de oro para entretener a Sophia mientras ella se fugaba a los campos de entrenamiento, o se escondía entre el jardín de rosas de Anthos. Como en su inocencia se negaba a seguir las ordenes de su protector… como por su imprudencia provocaba que ella se quedara hasta altas horas de la noche enseñándola… Piensa en ese momento lo útil que fueron esas horas… ahora entiende que de no haberlo hecho, justo en el momento en que Alwar corría peligro frente a hades no hubiera podido ayudarlo. Si no conociera a usar su cosmos como Sophia le enseño, en ese momento sería inútil para sus santos. Lamento en ese justo instante, hondamente, el haber sido tan necia en su niñez y haberle dado tanto problemas a sus santos. En ese mismo momento, también le peso la sola idea de que los vería morir pronto…

- Es que aún así, yo… - La voz de la diosa se quebró un poco, llamando la atención de su santo – yo… no quiero… no quiero que mis santos vuelvan a morir por mí.

Sophia levanta su rostro absorta con lo escuchado y queda aún más impresionada cuando ve a su diosa, con su rostro forrado de lágrimas, tapando tenuemente sus labios con su mano derecha que temblaba sobre si. Sus hermosos ojos grises estaban enrojecidos y sus mejillas sonrojadas de dolor. Dicho cuadro, sacudió por completo toda el aura de subordinación que ella sentía ante su diosa, conmoviéndola al instante.

-Mi señora… - Murmuro Sophia adolorida –
- Sufrí tantos siglos viendo a mis santos morir de forma espantosa por mí, derramando su sangre por mi bienestar, enfrentándose al mal y al peligro, solo para protegerme… yo pensé, que esto ya había terminado… que podría darle a ustedes esta paz para que vivieran con la felicidad de la vida… pero les he fallado… - Otro murmullo sordo e inentendible se escucho en el lugar - … yo no quiero… no de nuevo…

El llanto de la diosa dejo a Sophia sin palabra, inmóvil, totalmente descolocada ante la situación tan sorpresiva. Ver a su protegida gimiendo de dolor, abrumada por la angustia y el desconcierto, por ese temor de separarse a quien consideraba su familia, tenía al santo de Virgo totalmente absorto. Por un momento, intento levantarse e ir a consolarla, pero apenas esa idea empezaba a convencer a su cuerpo, su pensamiento de santo la hizo retroceder y afincar con más fiereza su puño al piso, bajando su mirada opacada de dolor y obligándose a comportarse como lo que era frente a la diosa, solo un caballero. No quería ser cruel con la joven que había adiestrado durante diez años y a quien innegablemente sentía un enorme lazo, pero al final, era una diosa. Sophia mordió sus finos labios detrás de la máscara, tragándose las lagrimas que furtivamente querían resbalar detrás de ella, hundiendo su humanidad, humillando nuevamente su femineidad.

- Mi señora… - Trato de hablar Virgo, conteniendo su timbre de voz con fuerza, intentando que no se sintiera conmovido -… nosotros, estamos dispuesto a morir por usted. Ciertamente, para nosotros es todo un honor y enorme privilegio, que usted tenga esta clase de favores para quienes somos solo humanos agraciados por su divinidad. Pero he de recordarle, mi señora, que con esto solo estamos recobrando la razón de nuestra existencia, el verdadero motivo por lo cual las estrellas de las constelaciones brillan en el firmamento… para mostrar un último destello resplandeciente de luz, antes de entregarnos en cuerpo y alma a la muerte por usted.
-Sophia… - Murmuró Athenea calmando su llanto –
- Pero si es usted la que nos dirige con su voz de mando, si es su cálido cosmos lo último que llegaré a sentir antes de dejar de existir en este mundo, le confieso que moriré con felicidad. No hay nada más que deseo y por lo cual me sentiré realizada como santo y como persona, que abrirle el camino hacia la victoria, mi Athenea.

Levantándose firmemente, Sophia corta con la reunión, ante los ojos sorpresivos de su diosa, enrojecidos por las lágrimas. La diosa entendió que ya no sería jamás la alumna que era consolada y aconsejada por su maestra, comprendiendo ahora su actual posición y la posición a la cual Sophia estaba obligada a actuar.

-Mi señora, debo retirarme. La espero en el salón del patriarca junto con los demás santos de oro, que desean verla.
-Está bien… estaré con ustedes en unos momentos… - Contesto Athenea con una leve sonrisa en contraste a su rostro deprimido.

Una leve reverencia, una media vuelta y varios pasos que condujo a Virgo hasta fuera de la habitación hasta que la compuerta se cerrara ocultando toda la luz de la recamara de Athenea, fue todo lo que hizo antes de detenerse en medio del pasillo. Giro un momento, y observo fijamente la enorme puerta cerrada tras su espalda, detallándola con dolor. Emitió un profundo suspiro, con el cual parecía querer liberarse de la tensión que le había provocado el ver a su diosa en semejante estado y luego prosiguió con su camino hasta la sala del patriarca.

Al pasar los cortinales que daban la entrada al lugar, el brillo dorado cegó por un momento la vista de Sophia, quien se vio obligada a detenerse y posar su mano derecha sobre su máscara dorada. Allí estaban, reunidos y dejando que sus armaduras resonaran entre sí, como un cantico de guerra que empezaba a filtrarse en sus cosmos. Al sentir esa melodía cósmica dentro de su ser, fue como si se inyectara una voluntad divina más allá de su cuerpo humano. Como si la misma armadura la llamará a morir como sus antiguos dueños…

Los dorados estaban en dos filas, viéndose entre sí, según el orden de la casa que resguardaban, excepto Sigfried, quien estaba al lado izquierdo del trono del patriarca, como el líder de los dorados. Ella observa el cuadro, sintiendo el cantar melodioso de sus armaduras y caminando frente a ellos, para tomar su lugar en el lado derecho del trono del patriarca. Sigfried reclino un poco su cuerpo para preguntarle a Sophia si la diosa vendría, a lo cual, el santo respondió afirmativamente. Una leve sonrisa de complicidad se dibujo en los labios pálidos del dorado, reconociendo que ciertamente no fue en vano esos diez años que han pasado juntas, mientras que Sophia observaba profundamente a sus compañeros Edmont, Metis y Alwar.

Capricornio mantenía su mirada baja, con una expresión de derrota difícil de eludir, pero al mismo tiempo, una mirada afilada que era capaz de atravesar cualquier cosa. Por otro lado, Metis guardaba su rostro forrado de seriedad, aunque el ligero temblor de sus manos lo delataba. Sin embargo, ver como Alwar era sostenido por Nergio, dificultándose el ponerse de pie y mantener el equilibrio, pero con su frente erguida, decidido a tomar posesión de lo que le exigieren, hizo que una leve sonrisa se dibujara detrás de la máscara dorada. Definitivamente, Alwar no era un hombre fácil de derribar. En ese momento, desvió un poco su mirada sigilosamente hacia Anthos, quien estaba cabizbajo, dejando que un mechón enroscado de su cabello negro ocultar su rostro tras la sombra de su casco. Sophia bajo su mirada al suelo, aún apenada por aquella actitud imprudente que tomo hacía él.

En ese segundo, el ruido de los pasos y el choque del oro con el mármol llamo a los presentes. Todos vieron como de las cortinas que separaban el pasillo hacia el templo Athenea del santuario la figura de su diosa se hizo presente, sujetando en su derecha la Nike poderosamente erguida. Todos los santos dorados, sin excepción, miraron aquel rostro enrojecido de lágrimas, aquellos ojos inflamados, dar una mirada que inyectaba una profecía de victoria. Aunque se viera que su diosa había estado pasando momentos difíciles, la expresión soberana que era impresa en su andar y en la altiva forma de mantener en alto su rostro, fue como si se le declarara el triunfo sobre el juego antes de haber empezado.
Cuando la diosa posa su Nike a la derecha de su trono, hace una señal con sus manos con la cual Sigfried y Sophia se integran a las filas doradas. Al hacer esto, todos se arrodillaron frente a su diosa, posando un puño en el suelo y sus cascos entre sus manos.

- Santos dorados – Exclama la diosa con elocuencia, aunque en su timbre de voz aún se podía sentir los vestigios de su llanto – ¡Damos comienzo a la primera reunión dorada desde la muerte de nuestro honorario patriarca! Debo decirles, que muy probablemente sea la última vez en las que podamos vernos todos juntos, así que, les ruego, que tomen esta escena en su corazón y la grabe con sangre en sus memorias. La escena en donde sus armaduras rugen de valor y cantan gozosas porque el tiempo ha llegado… el tiempo, para encender sus cosmos hasta el infinito como una supernova antes de morir…

Los santos escuchan con atención las palabras de su diosa, en lo que podría ser su última reunión dorada…