XI. El enfrentamiento ineludible.

Justo antes de que se tiraran el primer golpe, el anciano forjador de espadas intervino.

¿Así que piensas que derrotando a tu hermano demostrarás tu fuerza? –inquirió.

¿Y qué si es así? –contestó desafiante el youkai.

No tiene nada de malo, a final de cuentas, si derrotas aquél que a su vez pudo vencer al más fuerte, eso te convertiría en el más poderoso –justo cuando dijo esto, todos le lanzaron una mirada asesina- Pero dime una cosa, Sesshoumaru ¿qué mérito tendrá ganarle a alguien que está exhausto y herido? –en un tono socarrón, picando el orgullo del youkai.

Su intención era aplazar, aunque fuera un poco, esa temible pelea entre los poderosos hijos del general perro. Y sus palabras tuvieron el efecto deseado.

Tienes suerte Inuyasha, postergaremos el encuentro. Pero por unos días únicamente. Espero que cuando regrese a buscarte, estés preparado –dijo, dándose la vuelta.

¡Maldito cobarde! Primero me buscas pelea y después huyes. ¡Regresa! –le gritó.

¡Abajo! –se escuchó el grito de Kagome y el hanyou se estampó en el piso- Eres un imprudente. Tienes heridas graves y debes recuperarte. No le ganarás a Sesshoumaru en estas condiciones.

Sesshoumaru ya se había alejado, por lo que todos pudieron respirar aliviados.

¡Maldición Kagome! Mis heridas no son nada, le demostraría a ese engreído de Sesshoumaru que le puedo ganar, incluso sin tessaiga –aún en el suelo y reprendiendo a la joven que se preocupaba por él.

La señorita Kagome hizo lo correcto Inuyasha. No estás en condiciones de pelear. Lo mejor es que repongas energías, si después de eso sigues empeñado en luchar con tu hermano, todos te apoyaremos –dijo seriamente el monje Miroku.

¡Excelencia! –exclamó Sango, la exterminadora.

Todos pensamos lo mismo Inuyasha. Antes que pensar en pelear, recobra tus energías, será lo mejor –puntualizó el anciano forjador de espadas.

Con la intervención de todos sus amigos, a Inuyasha no le quedó más remedio que calmarse y aceptar, con desgano, el descanso temporal. Pero sonrió para sus adentros, por que ahora había quienes se preocupaban por él y ya no se sentía solo.

Después de hacerse mucho del rogar, Inuyasha se dejó curar por Kagome y todos se dispusieron a sanar las heridas. La batalla que libraron fue la más desgastante de toda su vida, no solo físicamente, por todo el tiempo que duró y los tuvo en tensión, sino también espiritualmente. Ese ser maligno, les hizo mucho daño, demasiado, al grado de no saber si se repondrían algún día de ello.

Mientras tanto, Sesshoumaru regresó con su pequeña acompañante y su sirviente, a quien le encargaba su cuidado. Su decisión de dejar a Rin fuera de la batalla, fue la más atinada, pues los humanos que acompañaban a su hermano, resultaron muy heridos. Ver a la pequeña sonriente y a salvo, le dio tranquilidad. El youkai pensaba cuánto tiempo le llevaría a Inuyasha recuperarse de sus heridas. Él no tardaría más de uno o dos días, si hubiese recibido un daño de esa magnitud, pero su medio hermano era un hanyou, quizá le tomaría más tiempo. Así, decidió caminar, alejándose de sus acompañantes una vez más, como era su costumbre, sin dar explicación alguna.

Ya habían pasado tres días desde la batalla librada. Kagome había estado todo ese tiempo abstraída en sus pensamientos, mostrándose ausente ante sus amigos. Todos le pidieron a Inuyasha, quien ya se había reestablecido del todo, que hablara con la joven, para conocer el motivo.

El hanyou la llevó a un lugar apartado, dado que no quería que escucharan. La llevó cargando en su espalda y le pidió que no hiciera preguntas durante el trayecto, lo que la joven aceptó de buen grado, pues en realidad, no tenía muchas ganas de hablar.

Llegaron rápidamente, gracias a la agilidad del hanyou, a un risco que se encontraba al pie de un monte bastante elevado. A cualquier ser humano le habría costado mucho trabajo llegar a donde estaban, ya que el camino estaba bastante accidentado. Pero realmente valía la pena. A pesar de ser un sitio bastante inhóspito, la vegetación crecía por todas partes, adornando con su verdor la vista. En una de las paredes de roca, había un árbol pequeño de tamaño, pero se veía que tenía muchos años, pues el grosor de su tronco lo indicaba. Había crecido algo torcido, pues la pared estaba prácticamente en vertical y sus ramas se elevaban sinuosamente al cielo. Observándolo minuciosamente, podían distinguirse unos pequeños brotes coloridos en las puntas de las ramas. Eran sus flores. La vista de ese árbol, luchando contra la adversidad del ambiente, echando sus raíces, las cuales seguramente eran bastante profundas, para poder sostenerlo contra las fuertes ventiscas o las torrenciales lluvias, dejaría perplejo a cualquiera que pensara que su vida le era desfavorable.

El lugar donde se sentaron era privilegiado para observar el panorama. Se podía apreciar un macizo de árboles, rebosante en follaje. También se divisaba la aldea girando un poco la vista al este y más adelante, los campos que usaban para sembrar.

En el cielo azul se veían nubes delgadas que el viento hacía jirones, dejando sólo unos cuantos hilos, en donde uno podía descansar la vista.

Al apreciar el espectáculo natural que tenían ante sus ojos, ambos pudieron soslayarse un poco de lo que en realidad querían hablar. El primero en romper el silencio fue el hanyou.

Kagome…-sin saber qué decir en realidad.

Dime Inuyasha –respondió secamente.

Todos me han estado pidiendo que hable contigo, por que desde que derrotamos a Naraku estás muy seria. ¿Qué tienes Kagome? –se animó al fin a preguntar.

¿No eres más bien tú el que debe hacerse esa pregunta Inuyasha? Has estado esquivándome todo el tiempo –le reprochó.

Yo –haciendo una pausa- he pensado en la promesa que tengo que cumplir –haciendo acopio de todo su valor, le era mucho más difícil expresar su sentir, que pelear contra el ser más poderoso.

No digas más Inuyasha. Yo te entiendo perfectamente –contestó muy desanimada.

Kagome –mirándola fijamente a los ojos.

Te he dicho que no tienes más que agregar –poniéndole delicadamente un dedo en los labios para callarlo- Desde hace tiempo acepté que yo no fuera tu primer amor y con ello, que no pudiera borrar tu pasado –hizo una pausa e inhaló profundamente- Una vez, cuando me sentía muy mal por no haberlo podido asimilar, busqué unos libros en la biblioteca, sobre conducta. Allí explicaban que algunas especies con monógamas y otras no –precisamente en ese punto, el hanyou la interrumpió.

¿Qué es eso? –inquirió intrigado.

Monógamo se refiere a aquellos seres que eligen una pareja una vez y para siempre en su vida, nunca la cambian y cuando uno de los compañeros muere, el otro también, de tristeza, generalmente. El mejor ejemplo son los patos mandarín, ¿los has visto? –preguntó, tratando de romper la tensión.

Sí, los he llegado a ver, son muy hermosos y ahora que lo mencionas, siempre los he visto en parejas –señaló.

Bien, pues así como hay especies que son naturalmente monógamas, por que está en sus genes y se expresa en su conducta, también hay especies que no lo son, es decir, otras que tienen múltiples parejas. Cada especie tiene características que indican si son o no son monógamas. Desafortunadamente, los humanos no poseemos características naturales de una especie monógama –muy desanimada.

¿Qué quieres decir con eso? –bastante confundido.

Me refiero a que es natural que los seres humanos tengamos varias parejas a lo largo de nuestra vida. No quiero decir que la monogamia sea buena y la poligamia no, simplemente son estrategias que tienen las especies para asegurar la descendencia y la diversidad genética. El punto es que los humanos no somos como animales que no piensan ni se cuestionan la vida. Aunque no tenemos características de especie monógama, nos inclinamos hacia ella, por que es lo mejor para nosotros –tratando más bien de animarse a sí misma.

¿Por qué habría de ser lo mejor? Por lo que dices, si la naturaleza de los humanos es no ser monógamo, entonces no debe ser bueno forzar esa situación –arguyó el hanyou.

Eso es lo que yo pensé en cuanto leí esa parte, pero continué leyendo y analizando la situación real. En nuestra sociedad moderna, lo que es bien visto es la monogamia, por que representa muchas ventajas, tanto sociales como económicas y además, afectivas. Sin embargo, a pesar de ser lo socialmente aceptado, no es bien visto que las personas se queden con la primer pareja que conocieron o que solo hayan tenido una única pareja en toda su vida. Se exige cierta experiencia. Esto se debe a múltiples factores, entre ellos, a que uno confunde el primer amor con mera atracción física o con pasión o a veces se es demasiado inmaduro para convivir con una pareja –dijo Kagome.

Eso que dices explicaría muchas cosas que me pasaron –haciendo una pausa, meditando sobre lo que le acababa de decir la joven- Para ambos era la primera vez que nos enamorábamos.

Justo en ese momento comprendí que tu primer amor fuera algo inolvidable e insustituible para ti. También entendí que esa primera experiencia es la que te marca para toda tu vida. Además es la que te sirve de referente para relacionarte con tus otras parejas potenciales. Por eso entiendo que seas renuente conmigo, a hablar, a expresar tus sentimientos, pues piensas que yo también te puedo traicionar –fijando la vista en la aldea y suspirando largamente- Inuyasha, perdóname por decirte todas estas cosas, pero ahora que ya expresé lo que pienso, me siento como liberada de una pesada carga –dijo, aliviada.

No te disculpes Kagome, entendí lo que me quisiste decir mejor de lo que te imaginas. Gracias por ser sincera conmigo –estirando los brazos, aparentando fortaleza- Hay que regresar a la aldea o todos se preocuparán por nuestra tardanza –cambiando el tono de su voz, había estado hablando muy serio, pero justo ahorita regresaba a su modo habitual de expresarse.

Me parece bien. Nada más me gustaría agregar una cosa –dijo seriamente.

Dime –tornándose grave.

Que tú eres mitad perro y tu naturaleza canina te debería llevar un poquito a la monogamia y no a la indecisión, ¡tonto! –en tono burlón, lo había dicho más bien como broma, para poder llamarle perro que como un comentario serio.

¡No olvides que también tengo una mitad humana! –sin caer en el juego, no se dejó llevar por las palabras de burla de la joven- Es natural que tenga una tendencia a tener múltiples parejas, ahora entiendo a Miroku –en un tono socarrón.

El efecto de sus palabras no se hizo esperar en la joven, que abrió desmesuradamente los ojos e inmediatamente le gritó, fuera de sí, pues su broma se le había volteado completamente.

¡Eres un cínico! ¡Ya verás! –lo iba a pescar del cuello, pero el ágil hanyou, de un salto se situó varias rocas arriba de ella.

¡Puras promesas! –siguiendo con su burla, para irritar más a la joven.

¿Ah sí? –cerrando sus ojos, en señal de triunfo- Inuyasha –tomando aire, para gritar a todo pulmón, pero antes de que lanzara su temido conjuro, Inuyasha la detuvo.

¡No vayas a hacer una tontería! ¿Quieres que me estampe contra las rocas? –suplicando.

Está bien, te perdonaré por esta vez. ¡Pero ni creas que se me olvidará! –amenazándolo.

Terminaron su disputa y llegaron con sus amigos a la cabaña de la anciana Kaede. Sin embargo, continuaron haciéndose bromas el uno al otro durante el camino, de tal manera, que cuando todos los vieron venir, el ambiente entre ellos era de jovialidad.

Parece que ya han arreglado las cosas –señaló el monje.

Y muy bien, se ven felices –remató Sango.

Shipo le lanzó una mirada de cómplice a la anciana Kaede y rieron entre ellos.

Nadie adivinó que esa alegría entre ambos era para esconder su pena mutua. Inuyasha captó muy bien el mensaje que Kagome le quería dar: Para ella, el hanyou era su primer amor y por ende, era una relación destinada a no prosperar, por ser el primer compañero de la joven.

Justo en ese momento, apareció Sesshoumaru, con un brillo en esa mirada áurea.

Por lo que veo, ya te has repuesto del todo, hermano –llamándolo en todo sarcástico.

¿Sesshoumaru? –sorprendido, la verdad es que lo último que pasaba por su mente era su medio hermano.

¿Acaso olvidaste nuestra pelea pendiente? –hablando en el mismo tono- Pues te refrescaré la mente –lanzándole inmediatamente un ataque con su látigo venenoso.

¡Alto por favor! –gritó Miroku, interponiéndose- Si van a pelear, háganlo donde no puedan lastimar a nadie, aquí en la aldea alguien puede resultar herido –preocupándose por la integridad de los habitantes.

Tienes razón Miroku. Sesshoumaru, mediremos fuerzas en la colina que está cerca de aquí –dijo Inuyasha.

Como quieras, el resultado será el mismo, te mataré –dijo Sesshoumaru en un tono indiferente y se fue volando.

Inuyasha lo siguió a toda prisa, olvidándose de todos. Pero sus amigos no lo dejarían solo, decidieron ir tras él. Pronto estuvieron reunidos en el lugar señalado. Sesshoumaru e Inuyasha estaban frente a frente, desafiándose con la mirada, convencido cada uno de su triunfo sobre el otro. Inuyasha dejó de lado la tessaiga, como había dicho desde la ocasión pasada.

Sólo dime una cosa antes de empezar la pelea Sesshoumaru –habló Inuyasha.

Por toda respuesta el youkai se quedó serio, esperando lo que iba preguntarle su hermano.

¿Por qué me odias? –inquirió finalmente el hanyou, toda su vida había vivido con esa duda, desconocía por completo la causa del rencor que su hermano guardaba hacia él.

Que pregunta tan estúpida, no eres un más que un ser inferior. Si quieres ganar tiempo con nimiedades, ¡de nada te servirá! –yendo directo hacia él a gran velocidad y propinándole un puñetazo.

¿Es tanto tu rencor hacia mí que ni siquiera puedes hablar? –estaba en el suelo, por el golpe recibido.

Las palabras de Inuyasha solamente consiguieron enardecer la ira de Sesshoumaru, como consecuencia, éste le lanzó varios ataques continuos con su látigo venenoso, pero el hanyou ni siquiera hacía el intento por esquivarlos, sólo se cubría con la manga de su traje.

Lo único que haces es defenderte, ¿por qué no me atacas? –inquirió el gran youkai.

No lo haré hasta que no me respondas. Tú odio hacia mí es algo que recuerdo desde niño, ni siquiera sé que te hice, pero siempre has querido matarme –iba a seguir hablando, pero fue callado por un gran golpe en el estómago, la cual le sacó todo el aire.

¡Basura! Da igual si no me quieres atacar, de todas formas te aniquilaré. Si no lo hice cuando eras un crío fue por que estabas indefenso y casi muerto de hambre –Inuyasha le lanzó una mirada inquisitiva- ¿Quieres saber? Me dieron lástima, tú y tú madre. Esperaba ver a una hermosa mujer humana, digna de haber conquistado a mi padre, el youkai más poderoso. Pero todo lo que encontré fue una repugnante desequilibrada –dijo, con un tono de voz que evidenciaba su más profundo desprecio hacia los humanos.

¡Maldito! ¡Nuestro padre no pensaba igual que tú! –incorporándose inmediatamente, ahora sí, dispuesto a luchar con su medio hermano, después de haber escuchado la forma en la que se expresaba de su madre- Deberías seguir su ejemplo –remachó- ¡Garras de acero!

Iluso –esquivando sin dificultad alguna su ataque- Agradecido deberías estar que no haya querido seguir el ejemplo de nuestro padre. Te lo diré, para que sepas quién era en realidad. Siempre me dijo que había que aniquilar a todos los enemigos, sin importar que apenas fueran unos críos indefensos, pues algún día crecerían y querrían cobrar venganza. Y déjame decirte, que hacía un despliegue de gran crueldad al asesinarlos –recalcando sus últimas palabras y al mismo tiempo lanzándole un ataque que despojó al hanyou de la parte superior de su vestimenta, dejándolo vulnerable.

Eso no puede ser –musitó dubitativo.

¿Te das cuenta? Que siguieras vivo hasta hoy se debe a que soy magnánimo, en comparación con nuestro padre. Pero ya me harté de ti y ha llegado el momento de acabar con esto, de una buena vez. ¡Muere! –le lanzó un ataque de tal magnitud, que de haber acertado, sin duda alguna hubiese sido mortal.

Pero Inuyasha se transformó, dado que no llevaba a colmillo de acero consigo o quizá fuera producto de la desilusión y el desconcierto causados por las palabras de su medio hermano y que se estaban convirtiendo en ira. En su forma youkai, Inuyasha pudo esquivar ágilmente el ataque de su hermano.

¡No tienes por qué hacerme favores! –avanzando velozmente hacia él- ¡Garras de fuego!

Su ataque fue muy rápido y tomó por sorpresa al youkai, a quien logró romperle la parte superior de su armadura, la que cubría su hombro izquierdo. Pero el youkai rápidamente salió de su asombro y le lanzó un ataque a mayor velocidad, que el hanyou no pudo esquivar, dándole de lleno.

¡Date cuenta que eres un ser inferior! Igual a esos repugnantes amigos tuyos que te acompañan, no son más que humanos insignificantes, solo ensucian el aire con su presencia –declaró el youkai.

Inuyasha ahora tenía todo el torso lleno de heridas, pero a pesar de ellas, seguía en pie, pues no experimentaba dolor, solo unas ansias increíbles de seguir peleando.

Entiendo muy bien tu odio por los humanos, ya que yo también lo comparto. Son seres débiles, mezquinos, banales, que sólo buscan aprovecharse de los demás –recordando la crueldad de los seres humanos cuando vivía en la aldea con su madre- Pero ¿sabes? No todos son así, hay algunos que valen más que cualquier youkai –mirando a sus amigos- Me costó mucho trabajo comprenderlo.

La elocuencia del hanyou llenó de estupor a todos, pues denotaba que no había perdido su conciencia, a pesar de haberse transformado. Era la segunda vez que ocurría, pero la primera sin sostener a tessaiga. ¡Inuyasha había sido capaz de dominar su sangre youkai!

¡Sandeces! –embistiéndolo con gran fuerza y tirándolo en el suelo.

Inmediatamente lo pescó utilizando su gran estola blanca, sometiéndolo sin ninguna dificultad. Ahora el pobre Inuyasha estaba a merced de su hermano, quien le apuntaba a la yugular con sus poderosas garras.

Aunque te hayas transformado y logrado controlar tu sangre youkai no eres más que un repugnante hombre mitad bestia. ¡No eres nada sin tessaiga! Mi poder es muy superior al tuyo, entiéndelo –sus palabras reflejaban el inmenso odio que sentía por los humanos y por su hermano- Esto termina aquí Inuyasha, te mataré y me quedaré con el comillo de acero. ¡Muere!

A punto de dar el golpe final, un grito desesperado se escuchó, rezumbando en los oídos del youkai.

¡Detente! ¡Por favor no lo hagas! ¡No lo mates! –gritaba Kagome.