Hola, estimadisim s lector s! Otro lunes mas con actualizacion. Os recuerdo que este es el penultimo capitulo de este excitante fic. Os volverá a sorprender la carencia "citrica" de este pero creo que ha habiado suficiente en los 9 iniciales.

Mil gracias a todos por vuestros comentarios y gracias al resto que aunque no comente, leen fielmente. Espero este capi sea de vuestro gusto y alivie vuestros corazones.

Me retrase porque hoy tuve 6 horas de clases de idiomas (catalan, ingles y aleman) y al salir de clase me secuestraron para que me despejase, por ello actualizo tarde.


Capítulo 11.: Mi futuro es… salvar el pasado.

Tres días más tarde de aquel suceso, Kagome despertó agotada y confusa en su habitación. Las persianas estaban bajadas pero podía ver claramente que era de día. Lentamente, trató de incorporarse en la cama pero no pudo levantarse pues tenía puesta en el brazo una vía con suero. Parece ser que habían llamado al médico. Al extender la mano para encender la luz de su mesilla de noche, tiró sin querer un vaso al suelo que, aunque no se rompió, produjo un contundente golpe. Instantes después oyó unos pasos apresurados que subían las escaleras y al momento siguiente entraban en su habitación su madre, su hermano, el abuelo y alguien que identificó como un médico por el maletín que llevaba y un estetoscopio colgado de su cuello.

Todos se aliviaron al verla consciente; ella les sonrió tristemente como pudo sin decir nada. El médico le explicó su situación. El día de su desmayo la habían llevado nuevamente al hospital y la habían tenido en observación durante 24 horas, monitorizándola a ella y a los bebes. Por suerte no habían sufrido ningún daño ni por el estrés que Kagome sufrió al vivir aquello ni por el golpe que recibió al caer inconsciente, pues aunque su madre la había sujetado, no había podido frenar totalmente su caída. Hizo elogio de su idea de utilizar aquella protección bajo la ropa, eso había absorbido parte del golpe y había amortiguado su caída. Al médico le habían dicho que había sufrido una fuerte impresión y por ello perdió el conocimiento. Tras esto pudieron llevársela a casa y seguir cuidándola allí.

El médico retiró la aguja del suero con cuidado y tras ponerle un apósito, se despidió y fue acompañado a la puerta por el abuelo a quien dio las últimas instrucciones para el cuidado de la embarazada.

"– Mama, Sota… decidme que no es verdad… –sollozó mientras se cubría los hombros con un chal– decidme que no apareció una flecha con parte del Hitoe de Rata de Fuego de Inuyasha en el Go-Shimboku." Su madre se sentó a su lado tomando sus manos entre las suyas. No era capaz de levantar la mirada de ellas y fijarla en los desconsolados ojos de su hija.

"– Kagome… hija… yo…" –sabía que nada de lo que dijese mejoraría su estado de ánimo, lo quisiese o no, ella volvía a pasar por el mismo duelo que meses atrás, ahora con las pruebas fehacientes de la muerte del amor de su hija.

"– ¿Me acompañas fuera?" –preguntó Kagome a su madre; ésta levantó finalmente la vista apretando sus manos contra las suyas. "– Quiero verlo… necesito verlo." –espetó triste pero con más entereza de la que su madre tenía en aquellos duros momentos.

Su madre accedió no sin antes pedirle que tomase algo de comer, y sirviéndole de apoyo para levantarse de la cama a su hija, descendieron al piso inferior y salieron al patio. La luz del medio día la cegó unos instantes hasta que se acostumbró a la luz del exterior. Con lentos pero firmes pasos se aproximaba al Go-Shimboku; volvió a revivir en su mente la escena que unos días antes había presenciado en directo ella misma. Allí estaba todo. La flecha en el mismo sitio que la de Kikyo, el trozo de tela desgarrada del Hitoe de Inuyasha y a los pies del árbol la única novedad: una placa de piedra con una inscripción. Cuando estuvo a pocos pasos de la placa se arrodilló a sus pies para leerla. Cada palabra se le atragantó en la garganta impidiendo que ni un sonido consiguiese salir de su boca. Con sus dedos acarició la piedra grabada, estaba muy desgastada pero se leía claramente, habían hecho un magnífico trabajo para que perdurase hasta su tiempo. 'Amigos, fuisteis vosotros, ¿verdad? queríais que su memoria perdurase y llegase hasta mí, ¿no es eso?… Gracias' pensó mientras más lagrimas caían en la tierra a los pies de la inscripción.

Naomi observaba con tristeza a su hija, ya era la segunda vez que ella pasaba por esto y aunque ella había perdido hacía años al padre de Kagome, no podía equipararse al dolor que su hija sentía en esos momentos. Naomi había disfrutado de muchos años de convivencia con su marido y había podido sobrellevarlo porque tuvo tiempo para prepararse y tenía a su padre y sus dos preciosos hijos, el mayor regalo que él le pudo hacer.

Con un silencioso caminar, se aproximó a su hija. Tocándola en el hombro, le tendió una mano para ayudarla a ponerse en pie. Juntas se sentaron en un banco enfrente del Go-Shimboku. Kagome descansaba apoyada en el hombro de su madre quien la abrazaba contra ella dándole consuelo y apoyo.

"– Kagome… no sabes cómo lo siento –dijo cariñosamente reconfortando a su hija– es más duro al ver frente a ti la realidad de la situación, pero has de pensar en tus hijos." Dijo Naomi acunando a su hija contra ella. "– Ellos sólo te tienen a ti en este momento, tú eres su soporte y has de ser fuerte por tus hijos."

Kagome miró a su madre con tristeza y asintió. Era obvio que tenía razón, no podía nuevamente dejarse vencer por la depresión aunque lo que más desease en ese momento es acabar con su sufrimiento y unirse a Inuyasha en el mas allá.

"– Hija, no le has perdido del todo; –continuó su madre– en tu vientre están creciendo y desarrollándose sanas, dos criaturas que son parte de él, parte de ti. Sin ambas partes no habría sido posible. Un pedacito del pasado sigue vivo aquí en el presente." Dijo mientras posaba su mano libre sobre el vientre de su hija.

Kagome se quedó helada ante estas palabras de su madre. Sus ojos color chocolate se abrieron a más no poder y se incorporó levemente para encarar temblorosa a su madre, que se sorprendió al sentir este cambio en su hija. Con un rápido movimiento se puso de pie y le habló con urgencia:

"– ¿Qué… has dicho,… mama? ¡Repítelo!" –casi gritó Kagome sujetando a su madre por los hombros. De sus ojos brotaban lágrimas pero no de tristeza, éstas se habían visto reemplazadas inmediatamente por lágrimas cargadas de esperanza. Las palabras de su madre habían activado un resorte en su mente que había conseguido unir todos los pedazos de sus últimos días en el Sengoku, habían unido lo que parecía inconexo e imposible con tan sólo unas breves frases.

"– Digo que Inuyasha sigue contigo, en tus hijos –musitó dudosa su madre– ellos son parte de ti,… parte de él." Kagome soltó a su madre que alarmada se había puesto de pie. En su mirada, aquel desconsuelo, esa desesperación y tristeza que se habían instalado, habían sido totalmente erradicados dando paso a un atisbo esperanza, una ilusión que por tanto tiempo había anhelado experimentar. Volvió a mirar a su madre con su recobrada alegría en la mirada, Naomi casi cae al suelo al ver regresar a su Kagome a aquel triste cuerpo que desde hacía meses no era más que la sombra de lo que su hija fue.

Kagome salió corriendo hacia la casa. Sabía qué tenía que hacer pero no podía hacerlo sin prepararse. Subió a toda prisa los escalones que la conducían a la planta superior y a su habitación, y allí se cambió su ropa por la de sacerdotisa, incluyendo la protección que salvaguardó a sus bebes. Tomó el viejo arco y el carcaj de flechas y volvió a salir de su habitación para dirigirse a donde comenzó todo… al pozo devorador de huesos. Justo delante del salón se encontró con su familia. Todos la miraban sorprendidos, era la Kagome que recordaban de antes, en su rostro se apreciaba determinación, esperanza y confianza en lo que iba a hacer.

"– Mama, Abuelo, Sota… yo… debo irme… –dijo con resolución– me están esperando, debo solucionar esto. Por fin se lo que tenía que encontrar… o más bien… crear." Dijo una feliz y sonriente Kagome posando su mano sobre su protegido vientre.

"– Suerte, hija mía –dijo con lágrimas en los ojos su madre– dale un beso a mi yerno y cuídate." Dijo Naomi mientras abrazaba a su hija. "– No te extralimites, recuerda que debes velar por ellos." –comentó con ternura mientras ponía su mano sobre el vientre de su hija. El abuelo y Sota no entendían mucho pero se aproximaron a ellas y se unieron al abrazo. Tras estos emotivos instantes, Kagome salió con energías renovadas de la casa, corriendo hasta el templete donde se encontraba el pozo. Sentía su cuerpo rebosante de nueva energía, como si gran parte de su poder hubiese crecido al sentir nuevamente la esperanza y felicidad en su ser.

Al llegar al pozo y subirse al borde, una conocida sensación de dejavú la invadió. Sonriendo sin más demora, saltó al interior del pozo, sabiendo que se abriría para ella nuevamente. Y así fue. Una intensa luz rosada la envolvió con renovada fuerza amortiguando su caída cual pluma al llegar al fondo del pozo. Cuando miró hacia arriba, pudo ver el claro cielo del medio día y unas nubes pasar delicadamente sobre el pozo. Trepó por las paredes rocosas del pozo y salió a la superficie. Había extrañado esa sensación. Respiró hondo aquel limpio y puro aire del que hacía meses no disfrutaba.

"– Estoy en casa." –dijo Kagome extendiendo sus brazos al cielo demostrando su felicidad.

Tras esta pequeña pausa, se encaminó hacia su destino, en esos meses no parecía haber cambiado nada. Pensó 'mejor ser precavida', y desplegó uno de sus poderosos campos de fuerza en torno a si misma para pasar desapercibida ante los Yōkais que poblaban el bosque. Encubrió su energía y su olor lo suficiente para no ser detectada. Ya no tenía problemas si se cruzaba con un Yōkai, sería capaz de defenderse con total eficiencia. Aceleró su paso cuando percibió el hedor y aura de varios demonios procedente de la dirección donde se encontraba la aldea. El Go-Shimboku tendría que esperar. Corrió a la máxima velocidad que sus piernas le permitieron; cuando llegó al borde del bosque vio una conocida escena. Sus amigos peleaban contra un grupo muy numeroso de Yōkais ogros gigantes y otras bestias. Observó como la anciana Kaede resguardaba con un escudo protector a algunos aldeanos, mientras Shippo ponía a salvo a niños y mujeres que habían quedado aislados. Miroku lanzaba okudas paralizando a algunos Yōkais que Sango se encargaba de destrozar con el Hiraikotsu. Kirara despedazaba a otros Yōkais menores con sus afilados colmillos para después abrasarlos hasta reducirlos a cenizas con sus llamas. El combate parecía inclinado claramente a su favor.

"– ¡Sango, cuidado!" –grito corriendo Miroku mientras iba a su encuentro, pero el aviso llegó tarde, la cola de un Yōkai serpiente impacto directamente a los pies de Sango haciendo que la tierra a sus pies temblase y se quebrase, saliendo despedida varios metros cayendo por fortuna sobre Miroku, que frenó y redujo el impacto.

"– ¿Estáis bien?" –exclamó un preocupado Shippo que agotado seguía poniendo a salvo a todos cuantos podía, lanzando sus llamas de zorro a los demonios que se le acercaban. Sus fuerzas se habían visto mermadas desde que no contaban con la ayuda del Hanyô, pero no se rendirían. Protegerían la aldea y los alrededores hasta su último aliento.

Sin saber de dónde ni cómo, nuevos Yōkais se formaron de los restos de los ya muertos. Ahora se encontraban en serios problemas. Sin un poder sagrado mayor o las técnicas de Tessaiga no podrían salir victoriosos de esa batalla. Observaron con horror como los nuevamente unidos demonios se agrupaban formando un nuevo y deforme Yōkai que concentraba sus fuerzas. El grupo temió lo peor.

Kagome no tuvo dudas, sabía que no llegaría a tiempo corriendo para interponerse entre sus amigos y aquel Yōkai, pero ella sería capaz de protegerlos desde esa distancia. Resguardada bajo las sombras de los árboles en la linde del bosque, con una mano sobre su pecho y la otra extendida, concentró y desplegó su más poderosa barrera protectora, que en menos de un segundo había cubierto el valle y la aldea como un viento desbocado que asolaba la tierra.

Justo el instante después de cubrir a Miroku y a Sango, el impacto del letal ataque del Yōkai fue repelido y éste purificado en el momento en que la barrera fue efectiva. Ambos se miraron sorprendidos para volverse hacia donde la anciana Kaede se encontraba. Ésta les devolvió una atónita mirada negando al mismo tiempo. Ella no había sido, sólo conocían a alguien capaz de desplegar tan poderosa barrera y era imposible… Kikyo había muerto hacía meses y su alma por fin descansaba eternamente en el mas allá.

Todavía protegida por los árboles, Kagome buscó el origen de la fuerza demoniaca. Aun habiendo purificado a todos los que estaban formando parte de esa batalla, seguía sintiendo una poderosa aura maligna en aquel lugar. Aquella energía… se ocultaba muy bien, pero la encontró… procedía de la tierra, que en el instante en que ella lo percibió comenzó a temblar. Una zona entre su posición y sus amigos comenzó a elevarse formando un gigante Yōkai de arcilla. Ese era el causante de todo, por ello los demonios con los que acababan sus amigos se reconstituían tan pronto como tocaban el suelo.

"– ¡Vamos, Sango, agrupémonos con los demás! –gritó Miroku tirando de ella hacia donde se encontraban Kirara, Kaede y Shippo, junto con los aldeanos. Con la mirada buscaba quién era el responsable de la poderosa barrera que les había protegido pero debido al cansancio y la confusión reinante, no captaba nada, excepto al enorme Yōkai de arcilla que se erigía ante ellos. Concentraron todos sus ataques en la inmensa mole que se aproximaba a su posición, consiguieron retrasar su avance unos segundos pero era demasiado poderoso. Al no poder moverse de dónde se encontraban, perdían la ventaja que les ofrecía su tamaño y el terreno con respecto al Yōkai. Estaban perdidos.

De la nada, vieron como poderosas flechas sagradas impactaban desde todas direcciones en el temible Yōkai que se encontraba casi sobre ellos. Con cada impacto, el cuerpo de éste se iba consumiendo. Siguieron con la mirada la procedencia de tan fulminante ataque y quedaron asombrados ante la figura que distinguieron en el lindero del bosque. Las sombras la envolvían pero su silueta les era tan sumamente conocida que quedaron petrificados al instante en que pensaron de quien se trataba. Ropajes de sacerdotisa… arco y flechas… pelo largo oscuro ondeando al viento… no, no podía ser.

"– ¡No es posible! –murmuraba una impresionada anciana Kaede– no puede ser ella, ya no está en este mundo." Miroku, Shippo y Sango se miraban entre ellos desechando también esa idea. ¿Sería realmente Kikyo regresada de entre los muertos? Era imposible, tras su muerte esa opción ya había quedado excluida.

Kagome protegida por las sombras, decidió poner fin a la existencia del Yōkai. Tomando una nueva flecha de su carcaj, la cargó con una poderosa energía de purificación y disparó al cielo por encima del poderoso Yōkai que se encontraba paralizado y reducido en tamaño por todos sus ataques anteriores. La flecha iluminó el cielo como un rayo y al llegar a cierta altura, cayó en picado sobre el Yōkai deshaciéndolo en un fino polvo que desapareció durante la purificación.

Tan pronto como los aldeanos y sus amigos se dieron cuenta de que estaban a salvo, se aproximaron corriendo al bosque, en donde su misteriosa salvadora se ocultaba. Todavía con su leve aura rodeándola, comenzó a caminar lentamente hacia el grupo que se encontraba a unos metros de su posición. El sol ya iluminaba parte de sus ropas; sí, no cabía lugar dudas, se trataba de una sacerdotisa, pero ¿quién? ¿Quién poseía tanto poder? Ellos permanecían en guardia pues no la habían reconocido todavía.

Kirara alzó su cabeza al olfatear el aire hacia la misteriosa figura y abandonó la formación, aproximándose corriendo hacia la persona que los había protegido del ataque de los demonios.

"– ¡Kirara! ¡No, regresa aquí! –exclamó Sango alarmada. Ella jamás desobedecía una orden durante el combate. Vio con sorpresa como envolvía ronroneando a la misteriosa figura y ésta la abrazaba y acariciaba como quien saluda a una vieja amiga.

"– Hola Kirara, ¿me echaste de menos?" –dijo Kagome con cariño mientras la gatita volvía a su forma normal al saltar a sus brazos. El grupo se quedó impactado al escuchar aquella voz.

"– No… no puede ser." –dijo asustada una emocionada Sango, pero sus ojos no la engañaron más. Kagome salió totalmente de las sombras del bosque dejándose ver. Tanto sus amigos como los aldeanos habían quedado paralizados ante la joven muchacha que ahora caminaba tranquilamente hacia ellos. "– Ka… Kagome… ¿realmente eres tú?"

Ella sonrió con felicidad al estar frente a sus amigos de nuevo. Shippo dio unos torpes pasos secando a duras penas las lágrimas que ya rodaban por sus infantiles mejillas.

"– ¡Has vuelto, Kagome! –gritó el pequeño Kitsune saltando a los brazos de la que siempre consideraría su madre– estás aquí, ¡eres tú!" Arropado por sus cálidos brazos, se estrechó contra su cuerpo susurrando lo que tanto tiempo había esperado poder volver a decir: "– ¡Mama!" –sollozaba contra su pecho sin parar. Ella lo abrazaba con ternura y añoranza, como había extrañado a ese pequeño Yōkai.

"– ¡Kagome! ¡Kagome-sama! – gritaron el resto de sus amigos rodeándola y dándola un fuerte abrazo. Los aldeanos los rodearon emocionados, consideraban una más de la aldea a esa joven sacerdotisa que durante un sinfín de combates les había protegido de morir asesinados.

Tras unos primeros momentos muy emotivos, se dirigieron a la cabaña de la anciana Kaede que todavía asombrada por el despliegue de poder de Kagome, la preguntaba cómo había sido posible lo que ella había conseguido. Le ofrecieron algo de comer y mientras calmaba un poco el hambre, les fue contando.

"– En mi tiempo, comencé a ejercitar mis habilidades bajo la supervisión de mi abuelo; –comentó animada Kagome– no es tan buen maestro como tú, Venerable Kaede, pero pude lograr rápidas mejoras combinando tus enseñanzas y las suyas." La anciana la miró con cariño y admiración. Si bien antes de su marcha, estaba muy por debajo de lo que se esperaba de una sacerdotisa de su tiempo, en poco tiempo había superado con creces el poder y habilidades de su hermana, considerada la más poderosa sacerdotisa de todos los tiempos. Ahora sin lugar a dudas, sabía cuan especial era la muchacha frente a ella; sabían por qué Magatsuhi la temía tanto como para sellar su poder; la sacerdotisa más poderosa se encontraba frente a ellos.

"– Kagome-sama –comenzó a decir el monje Miroku– ¿cómo es posible que haya podido regresar?" Todos la miraban expectantes, sabía que tenía que contarles todo lo que había vivido en esos meses en los que no pudo ni supo cómo volver, pero era demasiado largo de contar. Ella quería abordar el tema por el que principalmente había sentido la urgente necesidad de volver a ese tiempo: Inuyasha.

Respirando hondo, hizo un breve resumen mental y comenzó a contarles. "– Veréis… yo… –dijo visiblemente emocionada poniendo su mano sobre su levemente hinchado vientre– descubrí hace poco qué era aquello que me permitiría volver y quedarme en este tiempo… era algo que solamente él y yo podíamos hacer… siendo cada uno parte de nuestro propio tiempo… aportamos lo que hacía falta." Los ojos de sus amigos se ensancharon tanto que parecía se fuesen a salir de sus cuencas. Miraron sorprendidos a la joven que acariciaba su vientre con amor comprendiendo en un instante lo que había sucedido.

"– Estás… ¿embarazada?" –exclamó una visiblemente emocionada Sango. Kagome sólo asintió mientras una lágrima de felicidad caía por su mejilla. Ambas amigas se abrazaron con fuerza mientras los demás las rodeaban participando del cálido momento que estaban compartiendo. Tras unos emotivos minutos cargados de lágrimas, abrazos y caricias a su vientre, Kagome cambió su rostro y mirando con entereza al grupo les habló con seriedad.

"– Contadme que ha pasado –pidió con semblante entero– ¿qué hizo?" Sus amigos sorprendidos por el cambio, se miraron con temor y cierta tristeza, sabiendo por quién exactamente ella preguntaba. Parecía que estaba enterada pero dudaban de si contarle o no. Ella interrumpió sus cavilaciones hablándoles de nuevo tras respirar hondo.

"– Hace tres días ocurrió algo desconcertante en el Go-Shimboku de mi tiempo. –sus amigos se miraron sorprendidos pero permanecieron callados escuchando las palabras de la sacerdotisa– De la nada, una vieja flecha sagrada apareció clavada atravesando parte del Hitoe de Rata de Fuego en el mismo sitio en que él estuvo sellado por Kikyo durante 50 años. Una lápida a los pies del árbol con una inscripción me confirmó qué había pasado." Entonces Kagome miró con seriedad pero sin dureza a la anciana Kaede y le habló: "– ¿Fuiste tú? ¿Tú lo sellaste?" –preguntó mirando a la anciana, que visiblemente afectada asintió con pesar.

"– Desde que te marchaste, Inuyasha no fue el mismo. –narró tristemente la anciana– Apenas se movía del pozo o del Go-Shimboku. Miroku y Shippo a duras penas conseguían arrastrarlo hasta aquí para que comiese algo. Todo empeoró el día que tuvo un sueño en el que tú aparecías a su lado. Juraba y perjuraba que había sido capaz de sentir tu presencia y tu calor. Pensamos que estaba comenzando a perder la cabeza." Kagome llevó sus manos a su boca con asombro. Sabía perfectamente de qué hablaba Kaede, ella misma había tenido ese sueño o por lo menos ella creía que lo había sido.

"– Fue real… –susurró suavemente pero lo bastante alto como para que todos la escuchasen interrumpiendo el relato de Kaede– fue real, yo también experimenté eso mismo en mi tiempo. Al mes y medio de marcharme aproximadamente; fue la primera vez que recordé lo que había soñado y fue con él con quien soñé, agazapado a los pies del Go-Shimboku, abrazando Tessaiga y mi arco." Todos se sorprendieron pues conocían por Inuyasha ese detalle, pero Kaede no lo había mencionado a Kagome. La anciana prosiguió con su relato tras esta pausa.

"– Tras aquello comenzó a volverse temerario, muy descuidado –comentaba tristemente la anciana– se ponía cada vez más en peligro. No sólo por los combates en los que se enfrascaba, sino porque en su débil estado mental y frágil salud física, ya no era él mismo. Temíamos que su lado Yōkai le estuviese dominando pero ni su rostro ni su cuerpo mostraban la tan temida transformación."

"– Una mañana, hace algunos días, se presentó en mi puerta en un lamentable estado. Su Hitoe estaba completamente manchado de sangre, rasgado en gran parte de su extensión. Se le veía desolado y muy serio. Tras unos minutos, nos habló al monje Miroku y a mí, haciéndonos una macabra petición."

"– Quiero… que me purifiquéis… junto al Go-Shimboku –dijo Inuyasha con un hilo de vozNo importa lo que pase, no deseo estar en este mundo sin ella. Ya no tengo una razón para vivir." Ambos lo miraron espantados ante sus palabras.

"– ¿Qué diablos estás diciendo, Inuyasha? –Gritó Miroku a su amigo– Jamás haremos tal cosa." Entonces, el Hanyô alzó su mirada hacia ellos, donde pudieron ver la desolación que invadía su espíritu. Vieron a un alma atormentada, sufriendo incontables tormentos. Amargas lágrimas descendían por sus demacradas mejillas. No se parecía en nada al orgulloso Hanyô que había sido desde que se conocieron.

"– ¡Por favor! –sollozó Inuyasha– ¡Os lo suplico… ya no puedo más!" Tras estas palabras, Inuyasha se arrojó a sus pies rompiendo a llorar desesperado. Nunca le habían visto llorar de esa manera y menos en ese estado de desesperación. No querían acceder a su petición, pero tampoco quería acrecentar el sufrimiento que su amigo estaba sintiendo.

Kaede se aproximó a él y tocando su brazo, le habló con ternura: "– Esta bien, Inuyasha, –murmuró– haremos lo que nos pides." El Hanyô alzo su triste mirada dorada, ya desprovista de su antigua vitalidad y sólo susurró: "– Gracias."

Kagome escuchó en silencio el relato de aquella conversación, mientras silenciosas lágrimas caían profusas por su rostro. '¿¡Cómo pudiste, Inuyasha!?' pensó desolada Kagome. Miroku continuó en el punto donde la anciana Kaede se había detenido.

"– Pocos días más tarde, Inuyasha se volvió a presentar frente a la puerta de la cabaña –narró serio Miroku– creímos que su ausencia se debía a que había cambiado de parecer pero sólo nos explicó que había ido a poner en orden sus asuntos." Kagome los miró extrañada.

"– Había ido a… despedirse de su madre, de su padre, y… de Kikyo. Por último fue a visitar su hermano. –Enumeró con pesar Kaede– Fue a sus tumbas para rendirles una última cortesía y a ver a Sesshomaru para entregarle a Tessaiga, pero éste no la aceptó. ¡Ojala lo hubiese hecho!". Kagome asimilaba estas palabras cuando Kaede y Miroku se pusieron en pie. "– Ven, te lo mostraremos."

Lentamente se dirigieron al sendero que les conducía hacia el Go-Shimboku, dejando a los demás en la cabaña. Una mezcla de nervios y tristeza se mezclaban en su interior, peleándose con la alegría inicial que había sentido al volver a cruzar el pozo. Iban caminando en silencio hasta que la anciana Kaede comenzó nuevamente a hablar.

"– Ese día nos dirigimos como ahora al Go-Shimboku. Inuyasha deseaba… morir en el lugar donde lo devolviste a la vida –declaró Kaede con tristeza– yo no estaba convencida ni apoyaba su decisión, –dijo con decisión la anciana sacerdotisa– por lo que llegado el momento,… no le purifiqué." Kagome se detuvo en seco y la miró sin saber que pensar. "– En el instante anterior a soltar la flecha, cambié su poder purificador… por sellador."

Kagome sujetó su pecho para tratar de contener la opresión que sentía ante las palabras de la anciana. Entonces todavía había esperanza. Pero recordó el estado del Go-Shimboku en su tiempo: Únicamente una flecha y un pedazo gastado y roto del Hitoe de Inuyasha. Miró angustiada a Kaede que se había parado frente a ella. El rostro de la anciana era desgarrador, el dolor se reflejaba en su ojo sano mientras ambas cruzaban sus miradas.

"– Sé que has pensado, Kagome, cuando he dicho que sellé a Inuyasha pero… hubo un imprevisto que lo alteró todo. –dijo abatida– Si Inuyasha no hubiese llevado consigo a Tessaiga en ese momento, es posible que él pudiese ser fácilmente despertado." Kaede tomó aire y narró lo sucedido a la muchacha mientras reanudaban su camino.

"– ¡Vamos, Kaede, dispara de una vez! –dijo el demonio con el dolor reflejado en sus ojos y la desesperación presente en su quebrada voz. El Hanyô se encontraba paralizado contra el tronco del Go-Shimboku gracias a los ofudas que Miroku había empleado para inmovilizarle. Para esto necesitaba al monje, pues sabía que el instinto de supervivencia de su lado Yōkai no le permitiría dejarse matar si no estaba totalmente aprisionado. Había tomado a Tessaiga en una de sus manos selladas para que ésta no erigiese sobre su pecho ninguna barrera que lo protegiese. Era lo más seguro para terminar con su vida.

"– Inuyasha…" –sollozaba con dolor la anciana temblando ante el indefenso Hanyô al que por petición expresa iba a purificar. Miroku la sujetaba por los hombros para darle coraje y apoyo en esos momentos, aunque no era fácil para ninguno de los dos. Cerró su ojo sano mientras bajaba levemente su arco y la flecha purificadora que había colocado en él. Lágrimas de tristeza caían por su ajada mejilla, se sentía como si fuese a matar a su propio hijo. Levantando nuevamente el arco y colocando la flecha, gritó al muchacho: "– ¡Perdóname, Inuyasha!" – y soltó la flecha que emitió un leve resplandor mientras zumbaba atravesando el espacio que los separaba impactando en el pecho del Hanyô.

Al sentir la flecha hundirse sin problemas en su pecho esperó dejar de sentir el intenso dolor que su corazón sentía cuando comenzase a purificarle, pero esto no llegó. Aun consciente durante unos segundos mientras sus ojos se cerraban, miró la flecha y después a Kaede que se apoyaba en Miroku y les susurró con sus últimas fuerzas: "– ¿por qué…?" Y cerró definitivamente sus ojos perdiendo la consciencia… y la poca vida que le quedaba… Ya sin fuerza en ningún miembro de su cuerpo, los ofuda de Miroku desaparecieron dejando libres sus extremidades con tan mala suerte que al descender sus brazos, Tessaiga cayó sobre las raíces del árbol saliéndose de su vaina y clavándose frente a Inuyasha.

"– ¡Noo!" –gritaron asustados Miroku y la anciana Kaede corriendo hasta el Go-Shimboku lo más rápido que pudieron, pero ya era tarde. Tessaiga había erigido una barrera demoniaca que se mezcló con la energía sagrada del árbol, repeliéndoles a ambos como figuras sagradas que eran. Ahora era imposible acercarse tanto al árbol como al Hanyô.

Cuando la anciana concluyó su relato, estaban ya cerca del claro dónde se encontraba el Go-Shimboku. Respiró profundamente antes de recorrer los últimos metros que les separaban del árbol. Miroku y Kaede se apartaron para dejarla pasar y allí lo vio, en la misma posición que lo encontró tres años atrás.