Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya


Capítulo 11

Ya eran alrededor de las nueva de la mañana, cuando el sueco se despertó. Normalmente, se hubiera levantado mucho más temprano, pero había estado tan cansado y exhausto, que simplemente se le había pasado por completo. De todas maneras, levantarse un poco más tarde que lo acostumbrado, no hacía nada mal. Y no, no había escuchado en lo absoluto a Tino, pese a que había hecho bastante ruido.

Esta era la principal razón por la cual, al mirar a la otra cama que se encontraba en el lado opuesto, se quedó un poco confundido. No era que no creyera que el finés no era capaz de despertarse antes, sólo que aquella mañana, los papeles se habían invertido. Y aún estaba más extrañado por el descomunal silencio que existía dentro del apartamento.

Luego de salir del baño, el hombre se dirigió hacia el comedor. Pese a que había incluso salido hacia el balcón, no había ninguna señal del joven. No sabía qué exactamente pensar, ya que todas sus pertenencias estaban en su lugar. Tampoco le había avisado de nada, tal vez se había ido a realizar alguna compra de último momento o quizás había ido a visitar a esos dos que vivían en el piso de abajo.

Una vez que llegó al comedor, vio una pequeña nota, aparentemente escrita con bastante rapidez, al lado de un desayuno sin tocar. Berwald se quedó contemplando la situación por un segundo, tratando de darle algo de lógica a todo lo que había a su alrededor. Tomó enseguida el pequeño pedazo de papel, y aunque la letra era algo difícil de entender de buenas a primeras, sobre todo apenas levantado de la cama, el rubio pudo comprender el motivo de aquella repentina desaparición de Tino.

Berwald:

Encontré un aviso en el periódico, así que me voy a ver si consigo el trabajo. ¡Estoy emocionado!

Tino

PD: No te quise despertar, ya que estabas durmiendo profundamente. ¡Lo siento!

Eso era todo lo que rezaba aquel trozo. Eso también explicaba el hecho de que al periódico le faltara una hoja completa. El sueco decidió sentarse y aprovechar lo que le había dijo el chico de ojos marrones, pero no podía evitar pensar sí éste realmente pudiera ubicarse en la ciudad, a la hora en la cual estaba más transitada. Quizás sólo se estaba preocupando demasiado, tal vez podría darle el beneficio de la duda.

Estaba sintiéndose algo mal, un poco de dolor cabeza, aunque no era muy importante. Estaba seguro de que se le iría con el correr del día, así que decidió concentrarse en aquel apetitoso desayuno. Sin embargo, cuando agarró el vaso de jugo de naranja, tuvo que bajarlo de inmediato, ya que sintió una inmediata urgencia por estornudar.

Lo que había parecido algo que no tenía demasiada importancia, terminó siendo una especie de resfriado. Obviamente, esto le parecía bastante raro, ya que apenas había salido el día de ayer y a diferencia del finlandés, no se había mojado con la fuerte lluvia. Nuevamente, creyó que tal vez era una suerte de alergia, por lo cual, se iría en un abrir y cerrar de ojos.

Sin embargo, el dolor de cabeza y la nariz que constantemente le chorreaba continuaron. Aún cuando intentó terminar el trabajo que aún le quedaba por hacer, cada vez que estornudaba, se le llenaba de lágrimas los ojos, y evidentemente, no podía seguir con ello. Incluso tomó el martillo, pero estaba bastante mareado, y sabía, por experiencia y por sentido común, que eso no sería una muy buena idea.

Estaba bastante frustrado, no se había enfermado desde hacía muchísimo tiempo, y ahora, que tenía trabajos que entregar, se sentía demasiado mal como para siquiera agarrar el martillo. El hombre suspiró, tampoco era que podía hacer algo respecto, así que optó por tomarse el día libre. No iba a conseguir nada si se enojaba por ello, y un buen descanso de vez en cuando siempre venía muy bien.

No obstante, no quería quedarse allí encerrado, y a pesar de que no estaba demasiado bien para salir a la calle, fue hacia el balcón. Llevó una taza llena de chocolatada y decidió quedarse allí, observando a la gente que pasaba. Pero dentro de su cabeza, sólo pensaba en Tino, y si había llegado bien al lugar a donde se suponía tenía que ir.

En otro lado de la ciudad, el finés corría sin parar. Estaba bastante apresurado, ya que era media mañana y todavía no había podido llegar al lugar en cuestión. Realmente estaba preocupado, aunque estaba intentando en ser optimista, pues quería tener ese puesto, al menos por un tiempo. Pero estaba confiado de que muchas personas también estarían en una situación como la de él.

Había perdido demasiado tiempo buscando la dirección correcta. Incluso se había perdido en medio de esa ciudad tan poblada y ruidosa. Pero, para su buena fortuna, un alemán que pasaba por ahí le indicó con precisión cómo llegar a esa tienda. Gracias a esa persona, ahora sólo estaba a unas dos cuadras de la misma, y todo lo que podía hacer era imaginarse aquel lugar.

Sin embargo, ya desde la distancia, podía observar el mencionado lugar. Nunca había visto una tienda como esa. Anteriormente, ya había trabajado en un lugar como ése, en su pueblo, pero no se comparaba a lo enorme que era. Tino simplemente quedó embobado con lo que podía apreciar en la vitrina. Jamás había visto tantos juguetes puestos en un mismo lugar, sus ojos no podían creerlo.

Una vez que superó la impresión inicial, procedió a ingresar a aquella enorme juguetería. Sin embargo, para su sorpresa, no había gente entregando su carpeta o aguardando por una entrevista. Volvió a revisar el periódico, para asegurarse de que no se había equivocado respecto a la fecha o al lugar. Luego de releerlo varias veces, no le cabía duda alguna de que estaba en lugar correcto.

El encargado del lugar estaba bastante desesperado, ya que no se aparecía nadie. Y sabía de memoria que no podía fallarle a su jefe, a quien tanto temía. Por alguna razón, miró hacia la entrada de la tienda de juguetes y se dio cuenta que ya había visto al finés en alguna ocasión anterior. Eso le dio esperanza, pues era probable que estaba allí en busca de algún puesto.

Tino le echo un vistazo al lugar, no sólo era impresionante la cantidad de productos que se mostraban allí, sino también la decoración. Era como si hubiera viajado en el tiempo, y ahora era Navidad. Todos los adornos, los folletos, y hasta el letrero del lugar tenían algo que ver con dicha festividad.

Estaba tan concentrado en eso, que en el momento que el encargo del lugar le tocó el hombro para llamarle la atención, pegó un salto hacia atrás. De inmediato se dio vuelta, y recordó que ya lo había visto hacia un par de días, en el edificio. Era una extraña coincidencia, pero al menos, era una cara conocida.

—¡Lo siento! Me agarraste desprevenido —se excusó enseguida.

—No, no te preocupes —respondió el lituano —. Dime qué has venido por el trabajo, por favor —dijo en forma suplicante.

—¡Sí! He visto el aviso esta mañana y salí enseguida —afirmó el rubio, un poco nervioso, no quería arruinar esa oportunidad por nada del mundo.

—¡Ah! Menos mal —contestó el chico de ojos verdes, quien sonó bastante aliviado —. Vamos hacia mi mesa, allí podremos hablar mejor.

Tal cual como se le había indicado, el finés siguió al otro, aunque no podía dejar de ver todo lo que les rodeaba. Todavía le parecía un poco raro que nadie más aparte de él se presentara para conseguir trabajo. No se le ocurría ninguna razón, quizás era muy temprano a la mañana o tal vez nadie había leído el aviso. Pero, de todas maneras, estaba realmente contento por haber encontrado semejante lugar.

Mientras tanto, en el piso que el sueco y el finlandés compartían, el primero estaba bastante aburrido. No sólo por no poder hacer nada sin estornudar ruidosamente o sin temblar, sino también debido a que el piso le parecía que estaba demasiado silencioso. Aunque, luego de que el danés se mudó le había agradado aquel ambiente, ahora era distinto con su nuevo compañero.

Como si éste último le diese una brisa de alegría a su vida. Por supuesto, ambos tenían sus propias vidas y más allá de ser simples compañeros de piso, no eran nada más. Sin embargo, eso no significaba que no podía disfrutar de su compañía. El finés era muy distinto al resto de las personas que había conocido desde que vivía allí, lo cual francamente le alegraba.

Sin embargo decidió sacudirse la cabeza, tal vez, sólo estaba pensando demasiado en ello. Apenas se habían conocido hacía unos días, eso no podía tener mucho sentido. Quizás sólo era el efecto de la fiebre, así que volvió al sofá y ver algún programa televisivo, que le impidieran tener esa clase de pensamientos.

Al llegar a la oficina del lituano, Tino vio que también estaba allí el rubio de esa vez. Por supuesto, éste también se dio cuenta de la presencia del finés, lo miró de pies a cabeza y se escondió detrás del muchacho de cabellos castaños. Toris, al notar la reacción del otro, simplemente le pidió a Tino que lo obviase.

—Mira, no voy a hacerte ninguna entrevista, porque de verdad necesitamos empleados —afirmó el chico que provenía de Lituania.

—¿En serio? —preguntó entusiasmado.

—Sí, es que el dueño de este lugar es bastante particular y la gente de esta ciudad, digamos que le tiene miedo —explicó, aunque lo dijo en voz baja, para que nadie más escuchara.

—Como si fuera la gran cosa —afirmó sarcásticamente el polaco.

—¡Felics, no deberías hablar de esa manera del señor Iván! —exclamó bastante preocupado.

Tino sólo escuchaba lo que los dos decían, ya que no entendía de quién estaban hablando. Bueno, estaba seguro de que se trataba del dueño de aquel local, pero sólo eso. Toris estaba realmente estresado por todo lo que le quedaba por hacer, así que decidió ignorar lo que replicaba el otro. Sólo quería terminar con aquella entrevista, ya que tenía bastante que explicar al finés.

—En fin, déjame contarte un poco de lo que necesitamos —dijo el lituano, quien quería concentrarse en lo que estaban haciendo en ese momento —. Bueno, vienen muchos niños y es bastante difícil atender todo lo que pasa en la tienda, así que necesitamos alguien que esté pendiente de todo eso. Ya sabes, limpiar, reponer los productos, incluso atender a los padres y todo eso.

El polaco seguía mirando de mala manera al finés, como si hubiera algo en el que le desagradara. La verdad era que simplemente no confiaba en nadie más que Toris, y no reaccionaba exactamente bien frente a los extraños. Esto desconocía completamente Tino, así que lo ponía bastante nervioso. No sabía si había hecho algo para enojarlo, pero le causaba un poco de ansiedad.

—Sí, claro que podría hacer todo eso. De hecho, me gustan muchos los niños —respondió el rubio, quien estaba tan entusiasmado que no podía esperar para contárselo a su compañero de piso.

—¡Perfecto entonces! —contestó el otro, bastante feliz porque finalmente había conseguido alguien que se animara a trabajar allí.

—¡Já! —se rió el otro.

—¿Sucede algo? —interrogó el finés, que no podía entender al polaco.

—No le hagas caso, es así con todos —afirmó, mientras miraba atentamente a ese de melena rubia —. Sólo hay una cuestión...

El finlandés no sabía que esperar, el otro había hecho una pausa preocupante. ¿Qué podía ser? Tino estaba comenzando a asustarse un poco, ya que Toris aparentaba no saber cómo decírselo. Y aunque intentaba especular acerca de lo que se trataba aquella cuestión tan particular, no tenía la más remota idea. Cuando finalmente había creído que había obtenido un empleo, había un detalle en el medio.

—No te importaría disfrazarte, ¿verdad? —preguntó luego de aquel incómodo silencio.

—¿Eh? —de todas las cosas posibles, eso no lo había considerado, a pesar de ver a algunas personas en disfraces.

—Ya sabes, usar un disfraz. Verás, la tienda tiene una temática navideña y a los niños les gusta bastante —explicó el de ojos verdes, inseguro sobre la respuesta que le daría el muchacho.

—¡Claro que sí! —exclamó el rubio súbitamente, la realidad era que no le disgustaba en lo absoluto hacerlo.

Toris se quedó gratamente sorprendido por la respuesta del finlandés, dado que la mayoría de las personas que había entrevistado anteriormente se habían negado. Además, ahora podía estar más tranquilo, Tino aparentaba ser alguien bastante confiable, así que no veía ninguna razón para no contratarle. El lituano se levantó y le pasó la mano al muchacho de ojos marrones, y éste hizo lo mismo.

—Entonces, ¿podrías empezar mañana? —preguntó, bastante satisfecho por cómo había salido todo.

—Sí, claro. Vendré sin falta —contestó Tino.

Ambos se dirigieron hacia la entrada de la tienda, seguidos por el polaco, que aún no dejaba de mirar a Tino. Luego de resolver algunas cuestiones administrativas, se despidieron.

Éste último decidió pasar por alguna confitería. Estaba demasiado contento por haber obtenido el puesto, y quería celebrarlo con el sueco. Por supuesto, ya no podía soportar las ganas de contárselo, porque dejaría de holgazanear y porque podría pagar sin problemas su parte de la renta. Podría decirse que estaba realmente estaba aliviado y tranquilo, pues había conseguido resolver su mayor preocupación.

Entró a la primera confitería que pudo ver, quería comprar algo delicioso y rico, que ambos pudieran disfrutar. Aunque, por otro lado, no sabía qué era lo que precisamente le gustaba al sueco. Pero, de todas maneras, decidió jugársela, quizás podría acertar. Estuvo unos cuantos minutos observando qué podría llevar, hasta que pudo elegir.

Luego de realizar la compra, con total normalidad, se encaminó hacia su piso. Estaba un poco cansado, tal vez por haber corrido como un condenado para poder llegar a la tienda que, desde el día de mañana sería su lugar de trabajo. Pero sus ánimos estaban altos y una enorme sonrisa brillaba en su rostro. El resto de la gente lo miraba como si estuviera loco, mas, no le interesaba. Había sido una excelente mañana.

Al llegar a la puerta de su apartamento, todo le parecía que estaba extrañamente silencioso. Sabía que Berwald tenía unos cuantos trabajos pendientes y era obvio que siempre hacía un montón de ruido. El rubio no sabía qué realmente pasaba, quizás estaba almorzando o algo por el estilo, pero no había creído que estaría comiendo tan temprano. ¿Tal vez aún no se había levantado?

En fin, optó por entrar de una vez al piso, ansiaba poder sentarse un poco, después de haber recorrido media ciudad. Sin embargo, apenas ingresó a aquel lugar, cuando escuchó un fuerte estornudo que provenía de la sala de estar. Tino estaba bastante desconcertado, se quedó parado allí tratando de pensar sí eso había sido solamente su imaginación. Pero, al escuchar un segundo estornudo, estaba seguro de que era su compañero de piso.

—¡Ya he regresado, Berwald! —exclamó el finlandés, para que el otro pudiese escucharlo.

No obstante, al entrar a la sala, donde el sueco estaba recostado, se quedó impactado. Pero, a diferencia de la impresión que había tenido al ver la juguetería, en esta ocasión, estaba preocupado. El de ojos azules estaba con la nariz roja y chorreando, estornudando a cada rato y parecía que estaba temblando. Tino se acercó de inmediato, aunque no había que ser doctor para darse cuenta de que el hombre estaba engripado.

—Tino... —dijo el sueco, al notar a la presencia del finés.

—Luces... —éste intentaba ser amable, pero no encontraba un buen calificativo así que optó por no terminar lo que iba a decir —¿Te sientes bien?

—No es nada —respondió, aunque la verdad era que se sentía terriblemente mal.

—Pues, yo creo que tienes gripe. Deja que toque tu frente —el muchacho puso su mano sobre la frente del otro nórdico —¡Pero si tienes fiebre!

El finlandés había cambiado su expresión, estaba totalmente serio, así que sin dudarlo, tomó de la mano al sueco y lo jaló, hasta poder levantarlo. Estaba determinado a llevárselo a la cama, para que pudiera tomar reposo. Por supuesto, era un poco difícil, pues era un poco más pequeño y más delgado que el otro. Sin embargo, esto no sería un impedimento para lo que estaba pretendiendo.

—Eres un poco pesado —comentó de manera jocosa, mientras procuraba llevar al sueco, con los brazos de éste le rodeaban el cuello.

Luego de luchar ligeramente con Berwald, ya que continuaba pensando que no era para tanto, consiguió acostarlo y taparle con una manta muy abrigadora. Después, se dirigió hacia la cocina, o al menos, eso era lo que trató. Apenas había dado un paso fuera del dormitorio, cuando escuchó que el otro rubio había dicho algo, pero no había comprendido muy bien. Por lo tanto, se dio vuelta.

—¿Has dicho algo? Lo siento, no lo entendí muy bien —explicó el finés, con un poco de vergüenza.

—No deberías...

—¡Tú harías lo mismo por mí! Ya has hecho bastante por alguien que apenas conoces, ¿no crees? Así que deja que te cuide —afirmó el muchacho con alegría —. Voy a preparar sopa de pollo, eso debería hacerte bien —explicó, antes de retirarse.

Tino quiso apresurarse en la cocina, en parte porque había dejado solo al sueco, y por otra parte, porque él también tenía bastante hambre. Todavía no había comido nada desde la mañana, y su estómago ya hacía ruido. Trató de ser lo más cuidadoso posible, pero a pesar de eso, había dejado un desastre detrás de él.

Luego lo limpiaré, debo llevar esto antes —se dijo a sí mismo, quien en realidad, estaba demasiado perezoso para hacer algo más.


Cambié el resumen, decidí explayar un poco más para que tenga sentido.

Por cierto, ando de exámenes finales, sólo por eso me tardo en subir los capítulos. Cuando termine, voy a volver a actualizar una vez a la semana.

¡Se agradecen todos los comentarios~!

¡Bai bai!