Los personajes son de la grandiosa Meyer y esta historia de Helen Bianchin
Capítulo 11
-Cariño estás muy pálida -le dijo Renee con preocupación unos días más tarde-. ¿No será que estás enferma?
-No creo. Estoy un poco cansada, nada más.
-Quizás estés trabajando demasiado. -Miró con ironía a su madre.
-No más de lo normal -no podía contarle que Edward la despertaba por las noches muy a menudo.
-A lo mejor estás embarazada.- Bella reflexionó sobre las fechas, y negó con la cabeza.
-Lo dudo.
Aun así, fue a la farmacia, compró un test de embarazo y se quedó encogida en el lavabo cuando hizo la prueba y dio positivo.
¿Cómo podía estar embarazada? Aquella era una pregunta estúpida. El médico se lo confirmó.
-Está de ocho semanas.
-No puede ser.
-Sí, lo está.
-Pero tuve el período la semana pasada.
-¿No notó nada extraño?
Arrugó la frente. Había manchado muy poco, y se lo contó al doctor.
Entonces escuchó asombrada la explicación. Después, el médico le mandó unos análisis de sangre, y salió de la consulta con una tarjeta en la que le habían anotado la próxima cita.
Dios Santo. Un niño. Su niño.
Iba asimilando la noticia mientras se sentaba en el coche y volvía a la boutique.
No podía ocultárselo a su madre. Ella tenía derecho a saberlo.
Y también Edward.
-Estás embarazada -dedujo Renee en cuanto Bella entró en la tienda-. Oh, cariño, qué noticia tan maravillosa -continuó entusiasmada, y abrazó cariñosamente a su hija.
Debería estar exultante de alegría por haber cumplido la primera parte del trato. ¿Por qué no lo estaba?
Porque eso significaba que, a partir de aquel día, había una fecha límite para que su matrimonio terminara.
-¿No vas a llamar a Edward para decírselo? -le preguntó Renee al ver que estaba indecisa.
-No, voy a esperar hasta esta noche.
En circunstancias normales, habría reservado mesa en su restaurante favorito y le habría dado la noticia con velas y una copa de vino. Sin embargo, en aquella situación estuvo toda la cena pensando las palabras adecuadas, y al final se rindió y apartó el plato con desgana.
-¿No tienes hambre?
-No mucha.
-¿Te ocurre algo?
Nunca iba a ser el momento oportuno.
-He estado en el médico hoy. Estoy embarazada. -Una intensa emoción se le reflejó en los ojos, pero se las arregló para dominarse.
-¿Cuándo nacerá?
Lo habían concebido durante los primeros diez días de su matrimonio.
-A mediados de julio.
Esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
-Ya he cumplido la primera parte.- Él se quedó en silencio unos instantes. La miraba fijamente.
-¿Qué tal estás?
Oh, Dios mío. ¿Cómo le contestaba a eso? Pensó en utilizar la ironía, pero no se atrevió.
-Muy bien.
-Por supuesto, te pondrás en manos de un ginecólogo, y reducirás las horas de trabajo.
-No.
Él ni siquiera se movió. La miró con una frialdad que hizo que se estremeciera.
-¿No?
-Soy joven y estoy sana -razonó Bella-. Si el médico de cabecera decide que me tiene que tratar un ginecólogo, entonces lo haré -hizo una pausa para tomar aire-. Y respecto a la tienda... Tengo la intención de seguir trabajando hasta las últimas semanas -le dirigió una mirada iracunda-. Estamos hablando de mi cuerpo y de mi hijo. Al menos durante el embarazo somos inseparables -se levantó, porque en ese momento necesitaba alejarse de él.
Antes de que hubiese dado un solo paso, Edward la tomó de la mano.
-Deja que me marche -se lo estaba pidiendo desde el fondo del corazón, pero no le hizo caso y la acercó a él.
-Es tu cuerpo y es mi semilla -dijo Edward con suavidad. Le puso la mano a Bella sobre el vientre-, nuestro hijo.
¿Cómo podía decir eso? El niño era un ser vivo al que llevaría en sus entrañas otros siete meses, lo alimentaría y querría durante su infancia, pero solo podría compartir una corta temporada de su vida.
Parecía una locura, pero ya estaba anticipando el momento en que tendría que separarse de un niño que todavía no había nacido.
Y Edward... ¿Cómo iba a poder soportar que se alejase de ella y verlo casarse de nuevo?
Y lo que era aún peor, ¿cómo podría vivir sin él?
Darse cuenta de todo aquello la destrozó. No podía haberse enamorado de él. ¡Demonios, el amor no entraba en el trato!
Debían de ser las hormonas las que estaban causando estragos en sus emociones, intentó racionalizar una parte de su cerebro mientras la otra lloraba.
-Voy a cancelar el compromiso de esta noche.
Oyó aquellas palabras y sintió una punzada en el estómago.
Era la noche de apertura de la temporada de teatro, y habían sido invitados al estreno de la obra de un importante dramaturgo australiano. ¿Cómo podía haberse olvidado?
La idea de arreglarse y encontrarse con el resto de los invitados no la entusiasmaba. Sin embargo, era un acto social muy prestigioso, y su ausencia sería comentada.
-¿Por qué? El embarazo no me ha convertido en una flor delicada.
La pensativa y cálida sonrisa de Edward casi la derritió. Le temblaron un poco los labios cuando él la besó suavemente en la frente.
-Nunca pensé tal cosa.
Entraron en el auditorio diez minutos antes de que empezara el primer acto. Todas las entradas se habían terminado hacía varios días, y se decía que asistirían varios mecenas muy conocidos.
-Edward, Bella. Esperaba encontraros aquí.
Oh, Dios. Tanya. Bella tuvo que reconocer que estaba impresionante con un vestido de seda color marfil. No conocía a su acompañante, e intentó alejar la idea de que ella lo habría contratado para que fuese con ella aquella noche.
-Creo que estamos sentados juntos.
Bella se preguntó cómo habría conseguido manipular la situación. Por suerte, sonó el aviso de que la obra iba a empezar y se salvó de mantener una conversación de cortesía.
Por supuesto, Tanya se las arregló para sentarse a la derecha de Edward, y Bella tuvo pensamientos asesinos mientras ocupaba el sitio libre a su izquierda.
Edward le tomó la mano y ni siquiera pestañeó cuando ella le clavó las uñas en la palma. Bella intentó que la soltara, pero él no lo hizo, así que se concentró en la obra y en los actores. Iba a haber tres actos y dos descansos. Durante el primero de ellos, se excusó y fue al cuarto de baño.
Cuando salió, vio a Tanya conversando con Edward, aunque para ser justos era ella la que hablaba todo el rato.
Bella se reunió con ellos, y se le abrieron mucho los ojos cuando Edward volvió a tomarle la mano y se la llevó a los labios.
-¿A qué estás jugando? -le preguntó en voz baja cuando volvían a sus asientos.
-A dar confianza.
-¿A mí, o a ti mismo?
El segundo acto la mantuvo absorta durante casi todo el tiempo. Era consciente de que Tanya podía estar maquinando algo, pero por orgullo renunció a vigilar si había puesto las uñas sobre alguna parte de la anatomía de Edward.
Durante el segundo intermedio, tuvo la necesidad de ir otra vez al servicio, y se preguntó si aquella era la maldición de las mujeres embarazadas. ¡Tendría que comprarse un libro y enterarse de todo!
No había mucha cola, y cuando salió, se encontró a Tanya haciendo como que se retocaba el maquillaje delante del espejo.
Debía de haber algún motivo por el cual ella estaba allí.
¿Para qué iba a perder el tiempo?
-Seguro que no estás aquí por una coincidencia -le preguntó.
-Sería una pena que La Femme sufriera unos cuantos contratiempos.
-¿Me estás amenazando,Tanya? -Bella se tomó unos segundos para pintarse los labios, cerró la barra de labios y la guardó en el bolso-. Si es así, me aseguraré de que seas la primera a la que investigue la policía. Te recuerdo que el dueño de La Femme es Edward, y tiene muchos contactos.
-Querida, no sé de qué estás hablando.
-¿No? .
Tanya la miró con los ojos entrecerrados.
-Estás un poco pálida. ¿No te sientes bien?
-No me he sentido mejor en toda mi vida.
-No estás embarazada, ¿verdad?
-En realidad, sí.
El rostro de Tanya reflejó muchas emociones diferentes, ninguna de las cuales parecía recomendable.
-Zorra.
-No es la manera más agradable de felicitarme -se abrió la puerta del cuarto de baño y Bella aprovechó la oportunidad para escaparse.
Edward estaba esperándola, y sintió alivio cuando oyó el aviso para volver a los asientos.
-Has tardado un poco.
-El cuarto de baño está muy concurrido.
Las luces se apagaron, la orquesta empezó a tocar, y empezó el tercer acto.
Llegaron tarde a casa, y Bella bostezó mientras subían las escaleras. En cuanto llegaron a la habitación, se quitó el elegante vestido de noche, se desmaquilló y se metió en la cama.
-¿Estás cansada? -le preguntó Edward mientras la acercaba a su cuerpo.
Murmuró un sí. Él le besó la frente y se durmieron.
Amaneció un día precioso, con un cielo muy azul. Bella iba conduciendo hacia Toorak Roal mientras pensaba en que tenía que llamar a uno de los proveedores. Acababa de salir un nuevo modelo de braguitas y sujetador que se estaba poniendo muy de moda, y quería aumentar el pedido que ya había hecho.
De repente, vio algo como un relámpago azul, oyó el horripilante sonido de un choque y se sintió impulsada con fuerza hacia delante.
Ocurrió todo tan inesperadamente que no tuvo ninguna oportunidad de pensar, ni por supuesto de prepararse para el golpe. Aunque debió de apretar instintivamente el freno, durante los siguientes segundos el coche se descontroló y se detuvo a pocos milímetros de uno de los enormes árboles de la acera.
Se quedó sentada temblando unos instantes, y entonces se dio cuenta de todo. Se quitó el cinturón de seguridad y salió del coche.
Estaba preocupada por el otro conductor y quería saber lo que le había ocurrido a su coche para dar parte al seguro, y también llamar a la policía...
-¿Está usted bien?
Bella oyó una voz masculina y después otra con la misma pregunta, y miró a su alrededor buscando el otro coche.
-Ha causado el choque y ha huido. Desgraciado -dijo alguien.
No daba crédito a lo que estaba oyendo.
-¿Me lo está diciendo en serio?
-Debería sentarse, señora.
«¿Antes de desmayarme? Dios, no soy tan frágil como para eso», quiso asegurarse a sí misma, pero el shock la había dejado sin habla.
-Voy a llamar a la policía.
-Y a la ambulancia.
-No necesito ninguna ambulancia -protestó Bella, y sacó el móvil de su bolso. Llamaría a Renee y le explicaría que iba a llegar tarde.
-Quédate exactamente donde estás -le dijo su madre después de preguntarle si estaba herida-. No me importa en absoluto que el coche funcione o no. No te muevas de ahí.
-Estoy... -quiso decirle a su madre, pero ya había colgado.
El coche solo tenía un golpe en el parachoques. La policía llegó segundos antes que Edward, y Bella cerró los ojos durante un momento. Un ángel, pensó cuando lo vio bajarse del coche y apartar a alguien.
Se acercó sin preocuparse de que un policía lo hubiera mirado ceñudo al oír el frenazo que había dado. Si lo iban a amonestar, ya se encargaría de ello más tarde.
En aquel momento su única preocupación era Bella. Dios Santo, si le hubiese ocurrido algo... Cerró los ojos para no ver su cara de angustia.
Tocarla lo ayudó a tranquilizarse. No le importó en absoluto que lo vieran tomarle la cara con ambas manos y besarla.
La confianza siguió aumentando cuando sintió su respuesta y cuando ella intentó que la soltara. No le sirvió de nada, porque él la agarró más fuerte.
-¿Es imprescindible que lo hagas? -le preguntó Bella en un susurro de protesta.
Tenía los ojos increíblemente oscuros, y mientras la miraba parecía que sus rasgos estaban esculpidos en piedra. La tensión que lo había estado matando desde que Renee le había dado la noticia empezó a desaparecer.
-Sí.
Ella atisbo algo que no se atrevió a definir. Durante un segundo se le paró el corazón y la realidad de su alrededor desapareció mientras se miraban fijamente.
El mundo se había parado.
-Señora, necesito algunos detalles.
Y el hechizo se rompió. Se volvió y vio a un policía que estaba a su lado, y oyó los murmullos de la gente y el sonido de la sirena de una ambulancia a lo lejos.
-No necesito una ambulancia -insistió, pero nadie le hizo ningún caso.
El equipo de la ambulancia le hizo muchísimas preguntas, y Edward les dijo que él se encargaría de que fuese al hospital. Bella protestó cuando él recogió su maletín, cerró su coche y la llevó hasta el volvo.
-Llévame a trabajar.
Edward arrancó el coche y salió de allí. Era consciente de que solo tenía cinco minutos antes de que se diera cuenta de que no iban a la tienda.
Cuando reaccionó justo como él esperaba, le tomó la mano y se la llevó a los labios.
-Cállate.
Pero si pensaba que aquel gesto dulce iba a aplacarla, estaba muy equivocado.
-¡No me pasa nada! -Él le sonrió.
-Ten confianza en mí.
Edward dejó escapar un gran suspiro de resignación.
-¿Dónde vamos?
-Ya casi hemos llegado.
Iban a un hospital privado en el que todo estaba dispuesto para ingresarla en una suite.
-Esto es una ridiculez -murmuró cuando una enfermera le dijo que se desnudara y se metiera en la cama, y salió de la habitación. Le lanzó a Edward una mirada asesina e inspeccionó el camisón de algodón del hospital. ¿Cómo se ataba aquello, hacia atrás o hacia adelante? ¡Demonios, ni siquiera debería estar allí!
-Déjame que te ayude.
Le desabrochó la chaqueta, se la quitó y la dejó sobre una silla.
-Puedo yo sola.
No le hizo caso, y ella le apartó las manos cuando iba a bajarle la cremallera de la falda.
-Me estás estorbando, Edward, vete.
-De ninguna manera.
Se había quedado en braguitas y sujetador cuando entró la enfermera, y Bella le preguntó:
-¿Me quedo con la ropa interior?
-Tiene que quitárselo todo -le respondió la enfermera muy antipática, y señaló el camisón.
-Se ata para atrás.
Y salió de la habitación.
-¡Qué encantadora! -comentó Bella mientras cumplía sus órdenes.
Le hicieron un montón de pruebas y preguntas, y finalmente un ginecólogo la informó.
-El niño está perfectamente.
-¿Entonces puedo irme a casa?
-Mañana. Esta noche se quedará en observación.
-¿Es necesario?
-Es una precaución -le dijo el ginecólogo para tranquilizarla, y sonriendo amablemente se fue con la enfermera pisándole los talones.
-Creo que quiero estar sola -dijo Bella con calma. La presencia de Edward inundaba la habitación-. ¿Te importaría marcharte, por favor?
Edward estaba pensando en todas las preguntas que necesitaba hacerle. Quería respuestas.
Se acercó a la cama, resistió el impulso de abrazarla y se contentó con darle un beso que lo dejó anhelante.
-Volveré más tarde.
Bella asintió con la cabeza y en cuanto él salió de la habitación, se volvió, dejó descansar la cabeza en la almohada y cerró los ojos.
Alguien había chocado con ella y había huido. Aquello demostraba que había sido algo deliberado. ¿Estaría Tanya detrás de todo? ¿Se habría convertido su obsesión en paranoia al saber que estaba embarazada?
Y si todo aquello era verdad, ¿habría forma de probarlo?
Una enfermera le llevó la comida, su madre la llamó y recibió de la floristería un ramo de flores con una tarjeta firmada por Edward. El resto del tiempo lo pasó mirando revistas y después se quedó dormida.
Renee la visitó de camino a casa, y le llevó un precioso conjunto de camisón y bata con unas zapatillas de satén.
-Para ti -le dijo, disimulando la preocupación con una cariñosa sonrisa-. Un camisón de hospital no es precisamente favorecedor.
Le dio una conversación ligera, absteniéndose de mencionar que le había contado a Edward todos los incidentes sospechosos y lo que ella pensaba, y se marchó justo en el momento en que llevaban la cena.
Bella se acababa de arreglar un poco cuando llegó Edward, y no se resistió al apasionado beso que le dio. La acercó a su cuerpo y mordisqueó sus labios con delicadeza.
-¿Has cenado? -era una pregunta prosaica que no tenía que nada que ver con lo que quería preguntarle en realidad.
-Después -la tomó en brazos, se la llevó a una silla y la sentó sobre su regazo.
-¿Has tenido un día muy ocupado?
-Sí.
Se había puesto a hacer llamadas y a relacionar hechos, y había concertado una cita con Tanya, que lo había intentado todo con astucia y lágrimas y finalmente le había confesado que estaba enamorada de él. Él la había respondido con una advertencia helada, y la había aconsejado abandonar la ciudad en veinticuatro horas o de lo contrario tendría que enfrentarse a la ley.
Era delicioso descansar en sus brazos,-pensó Bella. Notaba su calor y olía el aroma de su piel, y se sentía segura.
Quizás fuera que el shock estaba dejándose notar en ese momento, pero estaba cansada y pasar la noche en el hospital ya no le resultaba una idea tan desagradable como antes.
xoxox besos
