¡Hola, hola florecitas! ¿Cómo se encuentran? ¡Las he extrañado como no se imaginan! ¡Feliz navidad y feliz año nuevo super atrasado! Lo sé, me ausenté durante mucho tiempo por aquí, especialmente en este fanfic que es mi más grande proyecto y vi que algunas creían que iba a abandonar el fanfic o no lo seguiría. Las entiendo, han pasado muchas cosas en el fandom, algunas autoras se han retirado, otras al igual que yo hemos entrado en una especie de "hiatus", pero por mi parte les puedo asegurar que ni ha cambiado mi amor por este fanfic, mucho menos por la ship a la que amo más que nunca y apoyo al cien. He tenido muchos asuntos en mi vida personal que me han ocupado bastante, principalmente mi estudio al cual dedico toda mi atención para obtener los resultados que deseo, y este semestre fue realmente intenso. No es una excusa, solo comparto las razones de mi ausencia porque créanme, este fanfic es mi tesoro y jamás se me ha cruzado por la cabeza dejarlo.
Quiero agradecerle a Magi Allie, mi bestie, mi mejor amiga porque estuvo en momentos difíciles de mi vida y por ayudarme a retomar el fanfic con pie derecho. También a YupinaBL, porque fue quien amablemente accedió a ser mi beta esta ocasión y no solo eso, porque siempre está ahí para mí y se ha vuelto alguien imprescindible en mi vida. Muchas gracias, ustedes ya hacen parte de mi día a día y sin su ayuda muchas ideas y proyectos no podrían haberse hecho realidad. También a Kuroko, Diosa de la Muerte, Lala, Sora y demás personitas que siempre me dan su apoyo y han seguido tan fiel y pacientemente el fic, ellas merecen estar aquí.
Nota: Para este capítulo usé una canción en especifico que posee al atmosfera de cada evento, pueden buscarla así "Lac Troi- Chinese versión". No se arrepentirán al oírla.
Ahora el significado de algunas palabras por si no las conocen o no las recuerdan:
Corredor de Hexi: El corredor era, y es, básicamente una cadena de oasis a lo largo del borde norte de la meseta tibetana que antiguamente era atravesado por una de las principales rutas históricas del continente, la ruta de la seda, una ruta que iba hacia el noroeste desde la orilla del río Amarillo y que era la ruta más importante para comerciantes y militares para alcanzar, desde el norte de China, la cuenca del Tarim y el resto de Asia central.
JieJie: Significa "hermana mayor".
Mujeres de Lingnan: La cultura marcaba ciertas reglas femeninas, las cuales no seguían ni los Miao ni los Lingnan. La libertad a la hora de realizar tareas, la falta de costumbres de belleza tradicionales y la forma de comportarse con los hombres, eran temidas por el resto de los grupos. Estas historias ayudaban a generar miedo y evitar que los hombres se relacionaran con ellas.
Marmita: Una marmita es un recipiente de la familia de las ollas que dispone de una tapa para aprovechar el vapor, y una o dos asas.
Cloisonné: Es una antigua técnica para decoración de objetos metálicos, en periodos recientes mediante el uso de esmalte vidriado, y en períodos antiguos mediante el uso también de incrustaciones de piedras preciosas, vidrio, y otros materiales. Los objetos tratados con esta técnica a veces son denominados cloisonné.
Alero: Extremo inferior de un tejado que sobresale del paramento (en voladizo) y que sirve para expulsar las aguas de lluvia sin que discurra por la pared.
Ménsula: Elemento arquitectónico que sobresale de un plano vertical y sirve para sostener alguna cosa.
Penjing: "Paisaje de bandeja, paisaje en maceta, o rocas y árboles en miniatura", es el antiguo arte chino de presentar árboles de formas artísticas, otras plantas, y paisajes en miniatura. Se puede dividir en categorías.
Recuerden que si tienen una duda, por pequeña que sea, pueden dejarla en los reviews y yo con todo mi cariño se las responderé. Al final he respondido a sus hermosos reviews como siempre.
Los personajes no me pertenece, son del cruel y justo Hajime Isayama (llama para los compas).
¡Ahora pueden leer!
XI
Tribulaciones a la luz del último crepúsculo
"El otoño es una promesa del futuro. La joven vaga entre los albaricoqueros dulzones, una garza solitaria pasa por el cielo y los crisantemos blancos ya han florecido. Una vez más la joven juega a la guerra con hierbas de verano. Avanzando, retrocediendo, cada vez con más refinamiento. Tiemblan sus ojos al mirar hacía el crepúsculo; hay que regresar a casa pero su hogar está a cientos de millas de aquí."
—No—rechazó la consorte Rall deshaciéndose del fervoroso agarre que mantenían cautivas sus manos entre las pequeñas y temblorosas de la cairen, dándole la espalda con un grácil giro que levantó la parte inferior de su túnica perfumada. Caminó tres pequeños pasos hacia adelante, observando con mudo detalle el mural que recreaba el simple y elegante escenario de un par de damas sentadas en el exterior, cada una sujetando entre sus manos una pipa con una sugerente atmosfera de complicidad y picardía—Estás permitiendo que tu corazón hable por ti, cairen Renz, y me temo que ignoras la voz de tu razón.
—¡Se lo suplico, su alteza! —imploró la joven rubia abatida, arrodillándose con ademanes temblorosos ante la orgullosa consorte sin importarle la presencia de Ymir, quien observaba silenciosa a unos cuantos pasos de ella—Sé que usted piensa que sólo soy una niña la cual se deja cegar por un simple capricho, pero no es así. Me he esforzado para adaptarme a la vida dentro de la Ciudad Prohibida, he obedecido humildemente cada regla dentro del harem y soy generosa con mis hermanas…—enumeró rápidamente—Y a pesar de todo, es otro quien se regodea en la dicha obtenida a costa mía. ¿Esa es la justicia, alteza? —increpó apoyando sus palmas sudorosas sobre la madera lisa donde se reflejaba su rostro crispado en angustia e impotencia, y sin esperar respuesta por parte de la mujer, continuó con vehemencia—¡Eren ha hecho lo que su corazón egoísta desea con nosotras solo por ser el querido de turno de su majestad! Yo soy obediente y sumisa a su voluntad, mi confianza y lealtad son para usted, alteza—susurró, inclinando con pesadez su cabeza en donde las delicadas alhajas tintinearon débilmente, acariciándole las mejillas sudorosas—Él es como el pimentero que trepa sobre la verja del jardín y sofoca a las demás flores del jardín con su veneno. Por eso… necesito su ayuda. Necesito deshacerme de Eren para que ninguna otra persona resulte lastimada—terminó con un murmullo tembloroso teñido en esperanza.
Petra, quién se mantenía de espaldas a la figura de la pequeña cairen, suspiró inaudiblemente sin despegar la mirada del exquisito mural que tenía en frente de ella, casi sin parpadear. "Para que ninguna otra persona resulte lastimada" repitió para sí misma, sin molestarse en preguntar a qué se debía tan curiosa frase, después de todo era evidente que se refería a cairen Leonhardt. Sonrió tenuemente con desazón, apenas lo suficiente para que las comisuras de sus labios se arquearan, y acarició pensativa su labio inferior durante un par de segundos los cuales el salón se vio inmerso en una pesada atmósfera de inquietante tranquilidad. Sus oídos alcanzaban a captar la tímida respiración de Christa a sus espaldas quien esperaba ansiosa que una respuesta reconfortante brotara de su dulce boca; era tanta la quietud de la estancia que si se escuchaba con atención quizá se podrían escuchar los corazones palpitantes de los presentes, quienes permanecían al margen de la situación con distante respeto, ocupados en sus propias labores.
—A veces lo que ocurre dentro del harem no debe ser tomado como algo personal. Entiendo que para un corazón tan joven esto es algo difícil de entender, sin embargo con el pasar de los años aprenderás a ignorar las tribulaciones con desinterés y bondad—aleccionó Petra con paciencia—Por el momento tu mente y corazón están confundidos; ves a todos como tus enemigos, y entre ellos, a tu hermano, quien más te ha protegido—continuó suavizando su voz con gentileza—Cairen Jaeger y tú se complementan, ¿lo sabías? Uno es sosegado y parsimonioso como el agua, el otro, pasional y vehemente como el fuego.
Christa reflexionó aquellas palabras en silencio con sus ojos azules fijos en el difuso reflejo que le regresaba la madera pulida del suelo. Ciertamente ambos eran tan opuestos en su momento eso no había significado problema alguno; esas pequeñas diferencias habían sido una de las razones por las cuales se habían unido, si se dejaba de lado la razón principal la cual era la soledad con la cual ambos habían vivido sus primeros días en aquella casa. Con la partida de Eren esas diferencias se hicieron más notorias y sus verdaderos "yo" empezaron a manifestarse, abriendo una brecha abismal entre ambos la cual ya no se podía suturar de ninguna manera. La herida ya estaba hecha y ahora destilaba veneno.
—El agua da vida y el fuego se encarga de arrasar con ella—terció Christa al regresar su vista hasta el exquisito bordado de mariposas con el que había sido engalanada la túnica de la consorte.
—Tienes razón—respondió Petra con simpleza—Aún así no puedo acceder a tu petición, cairen Renz; en el harem, la muerte de tu rival no garantizará el éxito de tus deseos y la culpa se prenderá a tu corazón como un broche de oro que punzará y quemará cada noche—razonó con tal solemnidad, que inclusive la terca cairen vaciló durante unos cuantos segundos ante la gravedad de las sensatas palabras de la mujer.
Petra sonrió con pena a la pintura que colgaba delante de ella y sintió el irresistible deseo de extender su mano y sentir sobre sus dedos el pergamino lizo y duro bajo la yema de sus dedos, delineando con la punta de ellos cada trazo de tinta con la cual se delineaban las gráciles figuras de las damas con las pipas entre sus brazos, sin embargo reprimió aquél gesto con un tenue suspiro y cuando estaba a punto de pedirle a la pequeña rubia que se retirara, fue interrumpida:
—Quiero ofrecerle un trato.
Petra guardó un discreto silencio ante aquella inesperada propuesta, de repente curiosa ante lo que la cairen pudiera ofrecerle con tal de obtener su ayuda. Inclinó suavemente su cabeza en dirección a la joven, dándole a entender que la escuchaba.
—¿Qué clase de trato? —preguntó con cautela.
—Ceder una de las tierras de la familia Renz en Qinghai a la familia Rall—comunicó Christa en voz alta con firmeza.
La consorte se giró con mesurada sorpresa brillando en su mirada aguda e indescifrable, encarando después de mucho tiempo a la jovencita que se mantenía de rodillas ante ella y le sostenía la mirada nerviosa pero implacable. Parecía que se estaba valiendo de una de sus cartas más persuasivas y a la que difícilmente ella podría negarse pues ciertamente cuando la mujer dejó de darle la espalda la cairen supo que había logrado captar su interés; su madre le había enseñado desde muy joven que todo corazón tenía un precio al cual venderse.
—He escuchado que la familia Renz es poseedora de una de las provincias con los animales más hermosos y los ríos con el agua más pura y cristalina que nacen de sus montañas—expresó Petra con admiración, pero sin estar del todo convencida aún por la propuesta de la más joven—Sin embargo, la familia Rall no está particularmente interesada por las tierras aptas para la ganadería y la agricultura en estos momentos.
—Pero alteza…—empezó Christa, siendo interrumpida rápidamente por Petra.
—Todo padre desea que su hija obtenga la posición más favorable cuando es llamada a La Ciudad Prohibida y es capaz de dar hasta el último grano de arroz de su plato para lograr la posición que se merece, pero el detalle es, que incluso los tratos tienen sus límites—aleccionó la mujer con voz sabía—La provincia de Qinghai es basta y rica, pero lamentablemente no es del interés para los negocios de mi familia y presiento que tu padre no está dispuesto a ceder un territorio con esas características—negó con una sonrisa aparentemente apenada mientras suspiraba, desviando sus ojos hacía un costado, de repente murmurando—O quizá, si hubiese algún otro con otras riquezas….
—Lo hay—afirmó la rubia con rapidez, asintiendo con seguridad pese a que era una jugada algo arriesgada para toda su familia—Ciertamente mi padre pensaba cederle a su familia el territorio de Ge'ermu, pero si su familia no está interesada en esa clase de comercio, podemos ofrecerle a Xining.
Christa, al igual que la consorte, era consciente de la importancia que poseía Xining para quien la manejara. En la ciudad había un rico y selecto comercio, especialmente de seda y joyas, algo que difícilmente se podía encontrar con tanta abundancia en otros lugares de la provincia, era por esa razón que ofrecerla le resultaba arriesgado y aún así no pensaba retractar la propuesta. Ya acordaría con su madre la manera de convencer a su padre de entregar aquella extensión, después de todo conocía el anhelo de su padre para que el apellido Renz estuviera dentro de la corte e influyera en ella. Una hija consorte también significaba más estatus, nuevas tierras, más favores reales y oportunidades para los demás miembros de la familia, así que era solo un sacrificio momentáneo que sería debidamente compensado.
—Xining es un centro comercial del Corredor de Hexi, el cual es atravesado por La Ruta de la Seda, las riquezas que llegan ahí son de tierras lejanas traídas por comerciantes de otras naciones debido a sus múltiples vías de acceso—le explicó con palabras debidamente escogidos para lograr persuadir a la consorte, quien parecía meditar en su silencio.
—Sí… Xining es un punto muy envidiado por quienes escuchan hablar de sus tesoros—reflexionó Petra en voz baja.
—Alteza, con mí propuesta su familia no solo será dueña de aquella tierra—comentó Christa con una sonrisa más optimista en su inocente rostro de lirio blanco—También asegurará su posición y autoridad como consorte.
Petra le regresó la mirada con aire interrogante, incitándola para que continuara con la última frase que había removido su curiosidad.
—¿A qué te refieres?
—Eren está dispuesto a sacrificar cualquier cosa con tal de obtener el título de consorte y me temo, alteza, que es capaz de olvidar la gentileza de las acciones que usted ha tenido hacía él con tal de obtener la posición más favorable—advirtió la pequeña rubia con gravedad—Si me ofrece su ayuda, yo podré deshacerme de él sin que suponga un riesgo para usted y así no habrá un favorito que intente usurpar su lugar—hizo una breve pausa durante la cual vaciló un poco hasta que decidió hablar, calmando un poco el tono exaltado con el que había hablado, a uno más personal y sosegado—Yo no deseo más que revestir de honor el nombre de mi familia y elevarlo hasta el cielo. Mi intención no es tomar su lugar, alteza, yo solo quiero ser una consorte junto a usted; me conformo con permanecer debajo de su autoridad y servirle como una hermana—se ruborizó ante lo último de solo imaginarse a sí misma llamando a la mujer más importante de la nación "jiejie".
—Así mi hijo…—Petra la miró fijamente deliberando internamente entre sus intereses.
Christa asintió profundamente.
—Seguiría siendo el heredero legítimo—completó la cairen. Puesto que ella no deseaba estar por encima de la consorte Rall, sus hijos estarían en la línea de herederos, más nunca podrían obtener el primer lugar que por derecho pertenecía al hijo de la consorte. Otro punto a favor de su propuesta.
Los ojos de Petra se posaron en un punto aleatorio de la estancia la cual se encontraba vacía a excepción de Ymir, quien seguramente había ordenado con un ademán silencioso a las siervas que se marcharan para que no escucharan la delicada platica que ambas damas mantenían, bastante concentradas en sí mismas como para notar lo que pasaba a su alrededor. Aunque su bello rostro lo ocultara, estaba sorprendida por el inesperado plan que la cairen había diseñado; quizá no era una idea exclusivamente suya puesto que varios puntos habían sido pensados de forma alarmantemente ambiciosa para una joven de su edad. De todas formas no era tan malo, ella también lograba obtener algunos beneficios a cambio, como lo eran Xining y mantener a Farlan como el heredero del trono, una prioridad que no debía ser descuidada. Era un tanto irónico que aquella jovencita que cairen Jaeger le presentó con tanta emoción una vez, fuese la misma que le pedía su muerte, cegada por las ideas tergiversadas que su corazón, ya ponzoñoso, se había encargado de fermentar en odio.
—¿Alteza?
Petra parpadeó suavemente, regresando su sonrisa tersa y maternal a sus labios rojos como las bayas del bosque. Regresó su vista hasta el rostro de la cairen, quien parecía nerviosa por su respuesta, y con delicadeza la tomó entre sus brazos, inclinándose sobre ella para ayudarle a incorporarse, cosa que Christa obedeció sin abandonar la expresión ansiosa que surcaba su rostro.
—De ser así…—suspiró Petra sin menguar su hermosa sonrisa—Necesitaré algo de tiempo para idear la manera de llevar a cabo lo que me pides—aceptó—Así que debes marcharte. También enviaré una carta a tu padre para discutir sobre la tierra que será entregada a mi familia y pactar lo acordado.
Los ojos azules de la cairen se llenaron de luz y una sonrisa perfecta como la luna menguante apareció en su rostro; su pecho rápidamente le dio paso al alivio y su corazón palpitó con normalidad. Sintió un atisbo de culpa al saber que aquello significaba acabar con la vida de alguien a quien había querido en un principio, pero rápidamente se deshizo de ese sentimiento recordándose que su familia y su felicidad eran primero, además si Eren había sido capaz de usarla como una excusa para deshacerse de Annie, ¿por qué ella no podía hacer lo mismo? Se atrevía a asegurar que incluso su forma era un poco más digna puesto que no estaba jugando con él, así como lo había hecho con ella.
—¡Muchas gracias, su alteza! Mi lealtad es para usted—expresó con gratitud realizando una reverencia prolongada ante la noble.
—No puedes comentarle esto ni a la más cercana de tus hermanas—avisó Petra—Ahora, puedes retirarte—ordenó con un delicado ademán.
Así lo hizo la cairen, sin atreverse a cruzar una rápida mirada con Ymir puesto que aún recordaba la bochornosa escena delante del Pabellón de las Olas Azules, así que cruzó el umbral de la puerta y abandonó la estancia con la mirada de ambas mujeres cernidas a sus espaldas.
Petra abandonó su posición hasta que el sonido de los escarpines de la cairen no fueron más que un recuerdo, tomando asiento con ayuda de Ymir en una silla de madera laqueada desbordante de acolchados cojines. Apoyó su codo sobre el brazo de la silla y su mano instantáneamente acarició los hilillos de oro que colgaban cerca de su mejilla, analizando cada una de las palabras que se habían dicho hace unos minutos.
Ymir partió hacía la entrada de la recamara y dio instrucciones a las siervas para que entraran con el té de la consorte y continuaran con sus tareas con normalidad, regresando rápidamente a su lugar junto a la consorte. Una sierva había dispuesto una tetera con varios bocadillos y postres en la mesita que se encontraba delante de Petra, quien parecía particularmente atenta a la manera en cómo el líquido era vertido en la exquisita taza de porcelana blanca. Recibió la taza que le entregó la sierva para ofrecérsela a la consorte, quien la recibió con gentileza, dispersando con un delicado soplo la débil estela de humo que brotaba de la caliente bebida.
—El agua y el fuego no pueden coexistir, siempre encontrarán la manera de devorarse entre sí—señaló Ymir gravemente, mirando con aparente desinterés cómo las siervas cambiaban las velas de los candelabros.
—Lo sé—respondió Petra dando otro sorbo a su té.
"En la montaña vacía no se ve un hombre, solo se oye el eco de voces humanas. Vuelven a las sombras, entran en lo profundo del bosque, cuando la noche es tranquila. Déjame aconsejarte tomar una copa más, en estas tierras no encontrarás un amigo."
—¡Alteza!
Petra, quien cortaba con ojo crítico el racimo de orquídeas que ornamentaba el jarrón de jade blanco, detuvo su labor al escuchar el llamado de Auruo a sus espaldas. Entregó las tijeras que usaba exclusivamente para sus labores de jardinería a Ymir, la cual como de costumbre acompañaba a su señora como si de una sombra se tratase, y se giró con tranquilidad ante el siervo que aguardaba de rodillas sin mirarle a los ojos.
—He traído lo que me pidió, alteza—le informó el hombre con la frente rozando la madera lisa del suelo. Efectivamente, delante de él había una caja de madera laqueada sin ningún grabado que indicara su procedencia o remitente; era un objeto sencillo, de buen material, pero sin gracia alguna como para ser considerado una posesión digna de una consorte.
—Puedes ponerte de pie—concedió la noble, siendo obedecida al instante por su compañero—Los demás presentes en la habitación, retírense, regresen a sus labores en el palacio—ordenó mirando cada uno de los rostros solemnes de los siervos que aguardaban como estatuas alguna indicación de su señora.
Con pasos ágiles y discretos, los siervos se retiraron en orden con venías profundas ante la mujer, dejando así a la consorte con su dama de compañía y el recién llegado en la privacidad del salón ornamentado con exuberantes arreglos florales y pebeteros de agradables fragancias. Petra dio por culminada su tarea con el racimo de orquídeas, alejándose de la mesita donde trabajaba, y caminó con elegancia hacía una de las sillas colmada de holgada cojineria de seda que asemejaba la tonalidad del oro y el fuego, donde tomó asiento con la ayuda de Ymir, quien arregló obedientemente la generosa falda del exquisito hanfu de lirios rosáceos.
—¿Fue hecho como lo ordené? —inquirió la consorte apoyando su mentón sobre la palma de su delicada y pequeña mano, contemplando con interés la caja de madera laqueada que reposaba a los pies de su compañero.
La familiar sonrisa zorruna de Auruo brotó de sus labios, semejante a la de un niño que traviesamente había robado la flor de algún jardín para entregarla a su madre. Asintió varias veces, con ambas manos apoyadas en su vientre para después añadir jocosamente:
—Yo personalmente me encargué de asegurarme que los ingredientes utilizados fueran del sur de las montañas de Nanling. Además su preparación fue realizada por un grupo de mujeres lingnan—a continuación, su semblante se ensombreció en descontento y su voz se impregnó de repudio—Aunque a decir verdad, un soldado con ropajes de señorita es más delicado que aquellas mujeres barbáricas y escandalosas. Solo hay que fijarse en la forma como se limpian la boca con las mangas de sus vestidos y toman los alimentos con los dedos—señaló, claramente disgustado por la visita que había hecho al grupo de mujeres de aquella región.
Petra asintió con parsimonia, sonriéndole comprensiva desde su lugar.
—Ciertamente, son mujeres que carecen de modales y buenas costumbres, sin embargo en esta materia, no hay hombre que se asemeje a ellas—reconoció la noble sin desvirtuar su labor.
—Tiene razón, alteza—aceptó Auruo, regresando su sonrisa zalamera.
—Ahora, por favor, retira la cubierta. Deseo conocer el extraordinario trabajo de Lingnan.
El vientre de Ymir se encogió con dolor al percibir la sospechosa malicia en la mirada brillante de Auruo; no era un buen augurio. Desde el principio de la conversación había sospechado del significado de las palabras que pronunciaban los presentes respecto a la caja de madera, pues ella en ningún momento había sido informada, cosa extraña ya que la consorte la mantenía al tanto de sus acciones, desde las más vanas hasta las más trascendentales y que esta vez la consorte la hubiese mantenido al margen de la situación no la tranquilizaba en lo absoluto. Fijó sus ojos en la cubierta de madera y como Auruo, haciendo uso de ambas manos, la retiraba despaciosamente, sin realizar algún movimiento brusco que comprometiera la seguridad de aquello que la consorte había solicitado. La cubierta fue dejada a un lado y a continuación se mostró un objeto con forma de cilindro cubierto por un paño de muselina blanca. Ymir desvió sus ojos fugazmente hacía la consorte que tomaba asiento a su lado; en su faz perlada no había emoción alguna, lucía como una muñeca de porcelana que aguardaba en un caro exhibidor, ajena al exterior. Volvió su mirada al compañero de la consorte, quien había retirado la muselina que cubría el objeto e instantáneamente su rostro se contrajo en consternación ante lo que se revelaba delante de ella. En un jarrón de vidrio de considerable de tamaño, una serpiente yacía inerte, flotando en lo que parecía ser un líquido que asemejaba a la sangre oxidada; el cuerpo del reptil se enroscaba dolorosamente dentro de aquél espacio que no justificaba su tamaño. La boca se le secó y la respiración se hizo más lenta, más errática. Nuevamente sus ojos acudieron a la consorte, quien permanecía imperturbable en su lugar, ni siquiera ante la grotesca imagen de la serpiente en el jarrón de vidrio ella parecía afectada y eso agravó su intranquilidad.
—Serpientes, cien pies, escorpiones e insectos venenosos fueron encerrados en la misma marmita de barro, para que se atacaran y devoraran entre ellos, así el vencedor sería el portador de un poderoso veneno producto de la unión de todos los demás—le explicó Auruo a la consorte, cuidando su tono de voz, pues él bien sabía que las paredes tenían oídos—Esta serpiente es quien porta la sustancia en su cuerpo. El sabor no es fuerte, así que no debe preocuparse por la suministración—hizo una pausa, recordando un detalle que estaba pasando por alto—Además, este veneno tarda diez días en hacer efecto, no obstante, fueron agregados aguijones de escorpión y polvo de setas para acelerar su resultado, así que será cuestión de un par de días para que los resultados se manifiesten—concluyó con orgullo.
La dama de compañía confirmó que sus sospechas eran ciertas. La consorte Rall pensaba hacer uso de ese potente veneno y aunque no lo manifestara exteriormente, temía por el futuro de cierta cairen de espesa cabellera de oro y ojos azules como el firmamento de verano. Ingenuamente su corazón se aferraba a una vaga esperanza en la cual no había cabida para fatales encuentros y muertes injustas, pero había olvidado lo impredecibles que llegaban a ser las acciones de su señora y como ella, a pesar de los años, a veces no las podía prever.
Petra asintió con profundidad, sonriendo complacida ante la excelente labor realizada por su compañero.
—Muy bien, Auruo, nuevamente me has demostrado que puedo contar con tu lealtad y discreción para éste tipo de tareas. Puedes retirarte, te llamaré si necesito algo de ti—ordenó la mujer, despachándolo con elegante ademán de su mano.
—¡Es un honor servirle a mi señora!—exclamó con fervorosa devoción, arrodillándose y apoyando su frente sobre el suelo con solemnidad. Al culminar con su acto, se incorporó y con las manos entrelazadas y extendidas delante de él, dio tres pasos en reversa para retirarse de la habitación, perdiéndose entre los jarrones con ricos y coloridos arreglos florarles.
Ymir clavó sus ojos como dagas en la espalda del hombre que se marchaba, con el rostro enajenado en repugnancia y rabia; ni aunque pasaran más de trescientos años conseguiría erradicar el odio que albergaba su corazón cuando ese zorro se pavoneaba orgulloso delante suyo. Cuando escuchó que la pesada puerta de madera se cerraba, se concentró nuevamente en la complicada encrucijada que el destino había preparado para ella. Se sentía incapaz de cometer cualquier acción que dañara a Christa porque, pese al poco tiempo que llevaban de conocerse y los escasos intercambios de palabras, su pecho se exaltaba en emoción y regocijo cuando la pequeña cairen la miraba con infantil inocencia rebosando del cielo de sus ojos, cuando se dirigía a ella con tímida confianza; Christa encarnaba la pureza que ella carecía, y ansiaba protegerla y alejarla de la ponzoña del palacio. Pero por otro lado, cuando pensaba en la cairen, el rostro de su señora se manifestaba en su mente, recordándole a quién le pertenecía su vida y lealtad. No se consideraba miserable, quizá no hasta ese día, pues su funesto destino de inmundicia había sido alterado por la aparición de una joven noble quién le prometió una vida alejada de los hombres que marchitaban su cuerpo con cada toque de sus manos sucias y de la pobreza a cambio de fidelidad absoluta y devoción. Su corazón estaba dividido, y dolía.
—Ymir—llamó suavemente la consorte, con la ternura maternal que acostumbraba su voz.
La dama de compañía se posicionó delante de la hermosa noble, con la cabeza ligeramente inclinada y los ojos fijos en el suelo de madera brillante, que reflejaba su rostro distorsionado, sintiéndose incapaz de encarar la conmovedora faz de su señora.
—¿Por qué escondes tu rostro? Puedo advertir en tus ojos una aguda angustia—continuó Petra con ojos preocupados.
—No es algo por lo cual deba inquietarse, alteza—contestó Ymir, intentando que su respuesta fuese neutral.
Petra agitó varias veces su cabeza, meciendo su magnífico buyao de pendientes de perlas y flores engarzadas en pedrería de tonalidades carmesí y verdosas. Suspiró fugazmente y miró con piedad a su dama de compañía, quien aún rehuía de sus ojos, concentrada en descifrar sus sentimientos ante su distorsionado reflejo.
—Oh, Ymir, creo que has olvidado el tiempo que hemos compartido durante tantos años… me basta un pequeño gesto de tu parte para percibir el cambio de tus emociones—le recordó la noble con ternura—Adelante, dime qué es lo que está perturbando tu corazón—la animó con una pequeña sonrisa carmesí.
El entrecejo de Ymir se encogió con duda y sus labios temblaron vacilantes. Segundos después, aspiró con fuerza la vibrante fragancia del incienso que quemaban los pebeteros, tratando de relajarse con las esencias naturales para así, confesar:
—El veneno de Nanling—y continuó con más confianza—¿Cuál será el uso que le dará, exactamente? —indagó, siendo consciente de su escandalosa falta de respeto hacía la consorte al entrometerse en sus asuntos personales.
—Se usará para solucionar la situación de cairen Renz, por supuesto—fue la simple respuesta de Petra, quién lucía serena pese a las terribles repercusiones que acarreaba el cumplimiento de su palabra.
—Usted… ¿Usted realmente va a ayudarla con su cometido? —cuestionó Ymir aturdida—Ella quiere acabar con la vida de cairen Jaeger—hizo énfasis en el apellido del castaño para recordarle a la consorte hacía quien iba dirigido tal daño. No se trataba de una persona cuya vida sería fácil enterrar en el olvido; era la vida del honorable cairen imperial, y como si eso no bastara para agregarle peso a su cometido, cairen Jaeger se había convertido en su único amante predilecto. El favorito entre tantas jovencitas que ni siquiera tendrían la oportunidad de admirar el rostro del emperador. Atentar contra la vida de cairen Jaeger era obtener automáticamente una condena a muerte, y no cualquier muerte rápida y espontanea, sino la muerte más horrible y tortuosa jamás escrita en los memoriales de la ciudad. Ella había escuchado acerca del temperamento de su majestad, grande y bondadoso en amor, pero así mismo brutal e inclemente.
—Soy consciente de ese detalle, Ymir—dijo la consorte con voz serena, tomando el abanico que descansaba en la mesita alta que se encontraba ubicada a un lado de la silla. Sus dedos lo sujetaron pero no lucía particularmente interesada en abrirlo, sino en juguetear con él, acariciando distraídamente el padrón de cobre pulido.
La dama de compañía se alarmó ante la tranquilidad en cada una de las acciones de su señora; a sus ojos no lucía perturbada o inquieta por ofrecer su ayuda a cairen Renz y las graves repercusiones que podían acarrearle si la chiquilla decidía traicionar a la consorte, confesando el verdadero proceder del veneno. Aún así la consorte Rall se mantenía calmada, como un estanque reposado que no se perturbaba ni siquiera ante el provocador viento que bajaba de las montañas.
—Pero alteza… —insistió Ymir, no conforme con las vagas respuestas de la mujer—Si cairen Jaeger muere envenenado el emperador no descansará hasta saber quién fue el autor de la obra y descargar toda su ira sobre él—la consorte mantenía la mirada fija en el abanico con el que jugueteaba sin interés alguno pero escuchando con atención sus palabras, razón que la animó a continuar—Seguramente dispondrá de peritos y médicos de renombre, dentro y fuera de la ciudad, para esclarecer los hechos y darle un rostro a quien arrebató la vida de su amante. Usted posee un gran poder e influencia en el harem y la ciudad, pero esta vez estamos enfrentando una situación que de cierta manera le concierne al emperador… difícilmente podría encubrir las acciones de cairen Renz y cabe la posibilidad de una traición de su parte en busca de aminorar su condena—puntualizó, deseando que aquél mensaje disipara el letargo que se cernía sobre la consorte y le hiciera cuestionarse la decisión que pensaba tomar. Si ella desistía entonces la vida de ambas mujeres, su señora y cairen Renz, estarían a salvo.
—No debes temer, querida Ymir, todo tendrá un final favorable—la tranquilizó Petra, desplegando con gracia el abanico en un solo movimiento—Aleja las dudas que nublan tu juicio. Cairen Renz no dirá una sola palabra en mi contra. Y respecto a su majestad… ese asunto también lo he pensado durante varias noches, así que debes estar tranquila y aguardar paciente—aconsejó con una sonrisa reposada sobre sus blandos labios de rosa roja.
—¡Cairen Renz es solo una jovencita imprudente…!—protestó Ymir débilmente, con el rostro ensombrecido en desconsuelo.
—Codiciosa, en realidad—corrigió Petra, liberando un suave suspiró resignado de su pecho—Cairen Renz posee el codicioso corazón de una gran señora, pero me temo que su temperamento aún sigue siendo el de un infante que se niega a crecer, y eso no es algo bueno.
—Entonces no le permita continuar con esta locura, mi señora. Son las emociones egoístas que han nublado su juicio las que hablan por ella, pero si usted hablara con cairen Renz…
Los pendientes de perla se mecieron de lado a lado, rozando las rosadas mejillas de Petra, cuando negó con expresión grave en su mirada.
—Como recordarás, intenté disuadirla desde un principio, pero por lo visto este deseo nace desde lo más profundo de su corazón y no descansará en paz hasta hacerlo realidad—dijo, borrando paulatinamente la sonrisa maternal de sus labios—Mi padre se ha encargado de comunicarse con el patriarca de la familia Rall para la entrega de lo acordado y yo tengo todo preparado para que el resultado sea favorable principalmente para el príncipe de Xian Ling—explicó refiriéndose a Farlan, su hijo y prioridad fundamental—Las palabras son como tinta, y las de cairen Renz no pueden ser borradas a estas alturas, ¿comprendes?
—Sí…
—Y tú, mi querida Ymir, no puedes eludir tus responsabilidades en este asunto—avisó Petra agitando con serenidad el abanico a un lado de su rostro—No te comenté acerca del veneno porque la tarea que destiné para ti es menos elaborada y simple, pero no ajena al tema en cuestión.
—Alteza yo…—empezó Ymir con angustia. Lo que tanto había temido escuchar estaba sucediendo. Ella tendría que ayudar a Christa a hacer realidad aquél terrible deseo que le costaría mancharse las manos con sangre de otra persona y cargar con su muerte a cuestas, si es que continuaba viva para hacerlo ya que burlar al emperador sería casi imposible a sus ojos—Es muy arriesgado. Le ruego que reconsidere las posibilidades y se dará cuenta de lo que está en juego. No vale la pena que usted exponga su preciosa vida por los deseos de una tonta chiquilla—abogó, tratando de minimizar el objetivo de Christa para que así la consorte lo viera como algo banal que no merecía ser tomado en cuenta, mucho menos ser realizado.
La consorte apartó la mirada hacía un rincón con aire ausente, agitando con gracia el abanico que no interrumpía el intimo silencio del salón donde reposaban los preciosos jarrones de jade y porcelana de la consorte. Ymir escuchó en la lejanía los pasos pequeños y nerviosos de la sirvientas, yendo de aquí para allá, probablemente limpiando o llevando algún objeto que fuese necesitado. A sus oídos llegó el característico crujir de las armaduras de dragón de los guardias que se paseaban afuera, en los pasillos del palacio, el sonido de las espadas enfundadas en las vainas de cuero cuando chocaban contra sus muslos protegidos por el metal se asemejaba a un débil golpe en seco que pasaba desapercibido para los demás en el palacio, excepto para ella. En la lejanía un hombre rió con jovialidad y el eco llegó hasta sus oídos como la ola más débil del mar. Los siervos solían mirarla con respeto en sus ojos, aunque mayormente era la envidia la que se manifestaba como un brillo difícil de esconder; al ser una dama de compañía tenía una cantidad de privilegios considerable a diferencia de ellos y su estatus era superior, lo cual le concedía cierto trato especial de su parte. Pero el precio a pagar por ser una dama de compañía era bastante caro, ¡qué ingenuos eran las siervas y los eunucos!, los privilegios iban a la par con los sacrificios, los cuales llegaban a comprometer su propia vida o principios, no era sencillo ignorar la culpa que la fulminaba cuando su actuar iba en contra de lo que creía pero era algo con lo que había aprendido a lidiar hasta ese día; obedecer una orden de su señora jamás había sido tan difícil de realizar. Los siervos jamás conocerían ese sentimiento de desesperanza y culpa que le punzaban el corazón como un clavo a fuego vivo.
—Te consideras a ti misma dispuesta y perspicaz—comenzó Petra con inquietud—Prometiste ayudarme incondicionalmente en lo que te pidiera, pero esta vez deseas impedir que cumpla con la petición de cairen Renz, ¿a qué se debe el extraño rumbo de tu carácter?
Rápidamente Ymir se arrodilló delante de la consorte sin delicadeza alguna, ni siquiera cuidando los delicados pliegues de su falda de gasa verdosa. Con las manos entrelazadas extendidas ante su señora, inclinó la cabeza con docilidad y con voz mansa y clara, dijo:
—Le ruego, alteza, que ignore el deseo de cairen Renz y lo mantenga en secreto para guardar su vida.
—¿Estás escuchando las palabras que salen de tu boca? —le espetó Petra con inquietante serenidad.
—Soy consciente de mis palabras, alteza—dijo Ymir con la mayor dulzura y sosiego posible—Es solo una joven inocente que camina con torpeza por el harem.
—Aunque suene fácil, no lo es, hay mucho más que el deseo de cairen Renz por deshacerse de cairen Jaeger—le explicó la consorte—Ya he comunicado a mi padre acerca de la adquisición de las nuevas tierras y él se está encargando personalmente del asunto. Comunicarle el desistimiento de ese territorio significaría una burla para él y para la familia Renz.
—¡Pero su vida cuelga peligrosamente de un hilo si intenta algo en contra de cairen Jaeger! —insistió con terquedad la dama de compañía, cediendo a sus impulsos. Suplicó con la mirada a la mujer que reposaba serena y majestuosa entre la nube de almohadones.
La consorte no se dignó a contestarle durante varios segundos: con el corazón no se discutía. Continuó agitando silenciosa el abanico sobre su rostro, con los ojos fijos sobre la alfombra verde bordada con complicados diseños de oro. Un amague de sonrisa surcó sus labios rojizos, pero no llegó a ser más que eso, una mueca amarga, como si un puñal se clavara en su pecho sin dar tregua.
—¿La quieres, Ymir? —preguntó con suavidad, ajena a la mirada desesperada de su dama de compañía, quien aguardaba arrodillada delante de ella. Parecía suplicarle con la mirada que no le preguntara aquello, porque eso las destruiría a ambas.
—Consorte Renz es una persona amable y dotada de grandes virtudes…—contestó dudosa, aún sin atreverse a levantar sus ojos pues sabía que se derrumbaría ante la visión de su señora, quien parecía tan distante en ese momento—… Ella ha sido muy gentil conmigo a pesar de no haber intercambiado más que unas cuantas palabras—finalizó ante el silencio de la consorte.
—Y aún así tú corazón ha apartado un lugar especial para ella—completó Petra en un murmullo, casi como si se lo repitiera así misma.
El silencio entre ambas mujeres era tan tenso que fácilmente podía ser cortado por una espada, era un silencio significativo. La mirada de Petra abandonó los intrincados bordados de oro y por primera vez se fijó en la miserable figura de Ymir postrada delante de ella con la frente rozando el suelo, ocultando con vergüenza su corazón traidor.
—¿Por qué, Ymir? —preguntó Petra de nuevo con un susurro impregnado de ternura.
—¡Alteza!—se lamentó en voz baja la dama de compañía apretando sus puños dolorosamente—Por favor…
—¿Por qué haces esto? —la interrumpió Petra con el mismo tono de voz cerrando lentamente el abanico—¿Por qué no dices nada? —insistió, al no obtener respuesta de la mujer delante suyo.
Ymir mordió sus labios agrietados, cerrando los ojos durante algunos segundos antes de volver a abrirlos y levantar con cautela su cabeza, evitando el rostro indignado de su señora. No quería observar lo que había provocado la imprudencia de sus acciones, mucho menos enfrentar a la mujer que le había dado un sentido a su vida, que desde nacer ya parecía condenada a la pobreza.
—Solo deseo que cairen Renz viva tranquilamente en el harem, y que su vida no conozca la miseria—su voz salió temerosa pero segura, como la de un condenado que recita sus últimas palabras antes de ser colgado.
—¿Y qué hay de mi? —presionó Petra.
—Por favor…
—Yo te salvé del hambre y la deshonra—la voz de la consorte le llegó triste y dolida, tan dulce como las flores amargas del prado—Aquél día desobedecí la palabra de mi padre con tal de tenerte a mi lado y darte mi protección, y pese a lo cuestionable que pudieron ser mis acciones, nunca me arrepentí de haberlo hecho.
—¡Alteza!
—Te di mi lealtad y confianza, Ymir…—susurró débilmente la consorte, mirándola como si estuviera perdiéndola.
—¡Pero no puedo hacerle daño a cairen Renz! —estalló Ymir desesperada, encarando a la consorte con sus ojos duros, esta vez enlagunados con las primeras lágrimas que no se atrevían a resbalar por sus mejillas—Mi señora, por favor, reconsidérelo, no es necesario que ella ensucie sus manos con la muerte de alguien más. ¡Puedo encargarme de cairen Jaeger, puedo hacerme cargo de todas las cairenes si usted me lo pide! Pero se lo suplico, no permita que cairen Renz condene su alma al odio y la muerte, ella aún es demasiado joven y no ha sido guiada correctamente…—sollozó atormentada la morena con la garganta ardiendo.
Petra miró hacía un lado de la habitación con ojos pensativos mientras una sonrisa pesarosa atravesaba sus labios. Asintió varias veces, entendiendo los sentimientos de su dama de compañía, sintiéndose ligeramente traicionada y herida al ver que la persona en la que más confiaba parecía abandonar su lugar al lado de ella y posarse junto a una total desconocida. Una desconocida que buscaba arrebatarle junto a los demás todo lo que ella, con sacrificios había obtenido. Dejó escapar una risa corta que le estremeció los huesos y aterró a la dama de compañía.
—¿Cómo puedes hacerme esto?—susurró con amarga ternura—Menospreciar mi confianza y apoyo incondicional solo por una cairen de la cual apenas conoces su nombre—le reprochó con suavidad—¿Es que ya lo has olvidado? El día que prometiste fidelidad y lealtad absoluta. Lo hiciste durante varios años, apoyaste con vehemencia mis sueños, no cuestionaste ninguna de mis acciones para realizarlos, al contrario, estuviste ahí respaldándome ciegamente—recordó—Era lo único que podías ofrecerme: tu corazón, y lo acepté porque no necesitaba nada más que eso. Pero ahora has preferido a alguien más por encima de mí, solo ves por su bienestar, aún si compromete el mío y mi futuro—su bello rostro se contrajo en incredulidad, frunciendo el ceño con levedad—Deberías mirarte; humillándote delante de mí, intercediendo por una jovencita enamorada ciegamente de un hombre por el cual es capaz de acabar con la vida de la única persona en el harem que mostró algo de cariño hacía ella.
Ymir guardó silencio, incapaz de cuestionar las palabras dichas por la consorte pues cada una de ellas era cierta y en ese momento estaban calando hondamente en su conciencia. Sentía vergüenza de sí misma, pena. ¿Quién era ella para ignorar todo lo que la noble había hecho por ella en el pasado? Nunca la menospreció, ni siquiera cuando le confesó que su cuerpo era impuro y no podía servirle por esa misma razón, pero a la consorte pareció importarle poco pese a las protestas de su padre. Dejó atrás la ignorancia por el esfuerzo de la consorte en su instrucción académica, conoció el placer de una cena fresca y el descanso en un lecho cómodo y seguro, la rescató de las manos inmundas de los hombres que en el pasado saciaron la lujuria con su cuerpo al resguardarla bajo su techo. A ella le debía la vida y estaba ignorando todo aquello por alguien a quien efectivamente desconocía pero que conseguía alterar su corazón con una mirada.
—Ymir…—llamó Petra ante su mutismo. La vio, la sonrisa maternal que solía llevar en los labios era inexistente, ahora sus hermosas facciones se mantenían rígidas pero en sus ojos vio algo que le heló la sangre: era decepción. Una profunda decepción y era por culpa suya, ella había provocado que su señora le mirara con ese sentimiento que jamás había conocido de su parte—…Me has decepcionado profundamente—confirmó, leyendo sus pensamientos.
Como si despertara abruptamente de un sueño sus ojos se abrieron grandemente y un débil gemido escapó de sus labios temblorosos, sintiendo que el aire abandonaba sus pulmones de golpe. Jamás imaginó que esas palabras, esa mirada, serían para ella. Percibió el terror invadir su cuerpo al imaginar a la consorte Rall destituyéndola de su titulo, pero más que eso, apartándola de su lado; tenían casi la misma edad, pero su señora inspiraba esa protectora imagen de madre benevolente y amorosa que le hacía sentirse a salvo, en casa, no podía imaginarse en otro lugar sin ella. Automáticamente sus manos se alzaron entre temblores hacía su rostro y sin pensarlo demasiado realizó aquello que hacían los siervos que cometían faltas contra sus amos y buscaban su perdón.
—Perdóneme, mi señora, perdóneme por mi insensatez y falta de sensibilidad, ¡perdóneme, alteza! ¡Perdóneme! —repetía mientras abofeteaba con generosa fuerza sus mejillas. En su piel comenzó a colorearse un tímido carmín que fue incrementando su color a medida que las bofetadas continuaban.
Petra mantuvo la vista perdida en uno de los arreglos florales que reposaba sobre una mesita en una esquina del salón, escuchando los ruegos y golpes que su dama de compañía se infringía en busca de su perdón. Aguardó algunos segundos en silencio hasta que creyó que era suficiente y con un hondo suspiro cerró los ojos, abriéndolos lentamente, fijos en la mujer que se mantenía dócil ante sus pies, incapaz de alzar la mirada.
—Suficiente—ordenó e instantáneamente Ymir detuvo sus manos, apoyándolas sobre el suelo de madera, rozando su frente sobre la liza superficie.
—¡Imploro su perdón, alteza! Me arrepiento de cada una de mis palabras, ¡he sido tonta e ignorante! —expresó con voz alta y temblorosa—He sido una mala sierva y ruego humildemente por su gran benevolencia, consorte Rall—imploró.
—Te daré una oportunidad, Ymir. Me has servido bien en el pasado y honestamente, este comportamiento tuyo me ha tomado por sorpresa —comentó la noble—Sí realmente deseas que perdone tu falta entonces cumplirás con mi orden sin protestar. Escucha atentamente: irás a La Casa de las Flores y hablarás con cairen Renz, serás discreta cuando le entregues el veneno y le des las indicaciones que debe seguir rigurosamente. Con esto pondré a prueba tu lealtad—dijo con solemnidad.
—¡Como desee, alteza! —aceptó Ymir con la voz fuerte y clara, pese a mantener el rostro tan cerca del suelo.
Petra asintió con una pequeña sonrisa satisfecha que la dama de compañía no podía observar.
—Muy bien, entonces—dijo con menos aspereza en su voz, suavizando las palabras—Puedes retirarte. Ve y busca a Auruo, dile que necesito hablar con él después de ver a mi hijo. Lo esperaré en el estudio.
La dama de compañía se incorporó con cuidado recobrando su porte altivo y semblante imperturbable, pese al color delator de sus mejillas que revelaba un comportamiento inadecuado y las tercas lágrimas que no habían conseguido escapar de sus ojos. Asintió con profundidad y ni siquiera dedicó un solo segundo para preguntarse la repentina petición de la consorte, mucho menos a odiar al nombrado, pues lo que deseaba en esos instantes era satisfacer a su señora sin más cuestionamientos innecesarios de su parte.
—Sí, alteza—aceptó haciendo una profunda reverencia antes de abandonar el salón y dejar atrás a la consorte, quien en ningún momento dejó de mirarla hasta que se perdió en medio de los primorosos ramilletes florales.
Petra se permitió liberar un largo suspiro en la soledad del salón, apoyando su espalda sobre la generosa nube de almohadones de seda con un solo pensamiento rondando por su mente; La presencia de cairen Renz había traído consigo una cantidad considerable de contrariedades con quien ella tratase, y la misma consorte no había sido la excepción. Tan solo esperaba que aquél asunto entre los cairenes finalizara para que así el alma de la jovencita consiguiera algo de paz.
Si algo había aprendido con el paso de los años era a ver arder el fuego a través del río.
"Mi amante es hermoso y blanco, suave como la seda es su mejilla. Camina orgullosamente por el hall del palacio, donde mil cortesanos lo aguardan y todos le ofrecen gran fama, están orgullosos de sus hazañas. ¿Por qué no aprenden del Maestro de la guerra y la victoria?"
Eren sostuvo con la pinta de los dedos la punta filosa de la aguja plateada, cuidándose de no pincharse y manchar con gotitas de sangre la pequeña pieza de tela que afianzaba entre las manos con algo de torpeza. Despaciosamente tiró de la aguja y el hilo blanco atravesó la tela, uniendo el corto trayecto que había realizado a pesar de llevar varias horas en eso. Inconscientemente sonrió con orgullo al notar que por primera vez, desde que había empezado con su "trabajo", el hilo blanco no se había enredado o la tela no se había fruncido feamente. Le habría gustado que Sasha estuviera presente pues era ella quien armada de paciencia, hilo y aguja en mano, se sentaba con él en las tardes a practicar sus puntadas en pañuelos. Era una lástima que no estuviera ahí para examinar con ojo crítico su pequeño progreso, aunque generalmente ella no solía acompañarlo cuando estaba en compañía de su majestad, quizá por ordenes de él o para darles privacidad, de todas maneras si Erwin se encontraba cerca, la mayoría de las veces, era él quien le hacía compañía a Sasha y la llevaba a recorrer los pasillos del edificio en el que se encontraran.
Sostuvo lo que pretendía ser un diminuto camisón de seda blanca y otra ola de satisfacción le hinchó el pecho, ensanchando su deslumbrante sonrisa; al menos el camisón tenía forma.
—No veo posible que nuestro bebé pueda usar ese camisón en alguna ocasión, es demasiado pequeño, incluso para un recién nacido—comentó Levi con voz seria desde su escritorio, mirando por encima del pergamino que leía minutos antes de distraerse con la adorable visión que se evocaba delante de él; Eren vistiendo uno de los vestidos que había enviado a su casa, acomodado lánguidamente entre los abultados cojines de seda del diván, cosiendo con dedicación un pequeño camisón blanco que había conseguido sacarle un sinfín de expresiones que él no pudo ignorar. Desde entusiasmo y el optimismo, hasta atravesar una cómica irritación y frustración que culminó con una preciosa sonrisa triunfante, la cual, secretamente, logró que por reflejo él sonriera enternecido por la pequeña victoria del cairen.
Las mejillas del castaño se tiñeron en vergüenza al imaginar la cómica imagen que debió ofrecerle a Levi mientras batallaba infructuosamente con su trabajo de costura. Sin cuidado bajó las manos hasta su regazo, olvidando que la aguja aún permanecía colgando del hilo, pinchándose el dedo índice con cierta profundidad. El agudo dolor en su dedo le hizo soltar una pequeña queja y antes de ensuciar la tela con su sangre hizo a un lado el camisón blanco, concentrándose en apretar con fuerza su dedo para que las gotitas dejaran de amontonarse en la herida. A su lado la penetrante fragancia de Levi lo envolvió como las nubes del incienso en los altares de los templos, agitando el ritmo de su corazón que palpitaba emocionado cada vez que lo sentía al lado suyo, rozando provocativamente sus cuerpos.
—Déjame ver—ordenó Levi suavemente tomando cuidadosamente la pequeña mano del cairen entre las suyas—¿Duele? —miró fijamente los grandes ojos verdosos que no perdían de vista ningún movimiento suyo. El chico negó en silencio con una sonrisa despreocupada—Sé más cuidadoso la próxima vez, no puedo estar siempre al lado tuyo para cuidarte—regañó tiernamente, dándole una mirada significativa.
Eren rió apenado al rememorar su primer y desastroso encuentro, y lo extraño que debió ser para el emperador ver a un jovencito ataviado con un hanfu rosáceo aferrarse con desespero a la rama de un árbol en medio de los jardines de la consorte. Como en aquella ocasión, Levi había llegado con un pañuelo y sujetaba su mano entre las de él, apretando con moderada fuerza la punta de su dedo hasta que se detuviera el sangrado.
—Ha sido culpa tuya, no me imaginé que estuvieras espiando mi trabajo—protestó el castaño. Un adorable mohín se formó en sus labios.
—No estaba espiando, simplemente mi atención se apartó de mi trabajo en el momento preciso que celebrabas con tanta emoción—negó el emperador, sonriendo levemente ante el adorable gesto del chico. Las pocas veces que conseguía provocarlo este reaccionaba con tiernos mohines que deshacía cuando besaba sus labios.
—Cocer no es una de mis mejores habilidades—confesó el joven olvidando el ligero ardor en la punta adormecida de su dedo, entretenido en admirar cada pequeño detalle del rostro del hombre que mantenía sus ojos fijos en el pañuelo; sus largas y espesas pestañas parecían acariciar las sutiles ojeras que se coloreaban en la piel nívea, resultado de las largas noches en vela leyendo y estudiando sus misteriosos libros que descansaban en el escritorio. Sus labios carmín brillaban como un fruto tentador y jugoso no importaba cuantas veces saboreara, jamás se cansaría de embriagarse con sus besos. Los ojos platinados como la luna se alzaron y miraron su rostro con tanta intensidad que Eren se vio en la necesidad de agregar algo más para no sucumbir ante su feroz mirada—A decir verdad, nunca había cocido antes de llegar aquí. Es Sasha quien me ha estado instruyendo a medida que mejoro mis puntadas. Quizá en pocas semanas consiga iniciar con el bordado—sonrió tímido.
—Ya veo, estás empezando a practicar para cuando nazca nuestro primer hijo... ¿Entonces debo considerar tu reciente interés en la costura como una invitación?—aventuró el pelinegro con una sonrisa provocadora, deleitándose con el dulce carmín que se expandió en las mejillas del cairen ante sus palabras. Hoy en particular parecía disfrutar de tomar al chico con la guardia baja.
—¡No es para un bebé! —exclamó abochornado, recordando que Sasha en una de sus tardes de costura le había comentado que las mujeres en cinta solían fabricar el primer vestido con el que cubrirían al bebé el día de su alumbramiento. Al parecer, Levi no ignoraba dicha tradición—Es para Farlan. Una vez le escuché decir que los vestidos que Ymir fabricaba para sus marionetas no eran precisamente de su agrado, así que Sasha y yo hemos estado trabajando en algunos para que cambie los viejos y desgatados que tienen—aclaró, continuado con expresión más serena—Es lo mínimo que puedo hacer por él después de todo por lo que ha pasado. Dudo que su madre le permita salir del palacio en un buen tiempo, así que esto es como una pequeña distracción nada más—suspiró con gravedad al hablar del príncipe.
Levi le miró seriamente en silencio, parpadeando suavemente, en busca de algo en el rostro del castaño durante algunos segundos hasta decir:
—Farlan te ha echado de menos, ¿lo sabías?
—Oh…
Los ojos grisáceos del pelinegro regresaron hacía el agarre de sus manos y, retirando el pañuelo, inspeccionó el dedo del cairen asegurándose que el débil goteo ya hubiera cesado, haciéndolo a un lado en el diván. Los dedos de Eren se entrelazaron con los suyos, un gesto bastante natural entre ellos después de tanto tiempo compartiendo con más frecuencia
—Yo también lo extraño—reveló Eren en voz baja—Solicitaré el permiso de la consorte Rall para llevarle los vestidos a su alteza y pasar una tarde con él y Sasha en los jardines del palacio.
—No será necesario; tengo planeada una visita a Farlan esta semana, así que tú y Sasha pueden venir conmigo—propuso Levi, endureciendo ligeramente sus hermosas facciones—Después de los eventos ocurridos en torno a Farlan, Petra está algo reacia en permitir que gente del exterior, ajena a su palacio, tenga contacto con él.
—Entiendo la preocupación de su alteza—asintió el cairen desviando la mirada hacía un costado del salón, buscando inconscientemente el retrato de la difunta consorte Magnolia, el cual se mantenía oculto detrás de las cortinas—El príncipe Farlan es su único hijo y heredero. Son varios los peligros que acechan la puerta de Xian Ling y ella es quien vela principalmente por su seguridad—señaló con aprobación, aunque sin prestarle tanta atención a las palabras que escapaban entre sus labios pues parecía más interesado en averiguar si aquella pintura que, para su sorpresa, perturbaba su corazón aún cuando la musa de pergamino había partido del mundo terrenal.
Los ojos grisáceos de lobo solitario siguieron con la mirada el mismo punto en el cual Eren se mantenía absorto, perdido en un enigmático silencio que Levi entendió de inmediato. Aún cuando con anterioridad le había asegurado que su corazón no amaba a Isabel como a una amante, ni sus ojos la veían de la misma forma, el chico estaba intranquilo, temeroso de sus verdaderos sentimientos, y él no deseaba que dudara de lo que sentía. Era por esa razón que estaba decidido a demostrarle que el fantasma de la dama de las magnolias no interfería con su presente y lo que sentía hacía el cairen. Liberó las pequeñas manos del cairen cuidadosamente y bajo la curiosa mirada del castaño se puso de pie, caminando en dirección a las cortinas que mantenían oculto el lejano recuerdo de su fallecida consorte.
Eren observó en silencio la espalda del emperador; el dragón de seda blanco que abarcaba toda la longitud de su ancha y fuerte espalda estaba bordado con delicadas puntadas sobre la tela negra de su túnica, la cual ondeaba débilmente con cada paso. Ladeó su adorable rostro, aguardando intrigado el siguiente movimiento del emperador, quien tomó con ambas manos cada cortina, haciéndolos a un lado para que su amante pudiera ver lo que ocultaban. Nada. No había nada detrás de ellas. La pared donde descansaba la pintura de la consorte Magnolia ahora se mostraba desnuda y sencilla ante los ojos de los presentes.
—¿Qué sucedió con la pintura de la consorte Magnolia? —preguntó Eren confundido, dejando a un lado el camisón, levantándose con cautela del diván sin perder de vista la pared delante de él.
—El día que descubriste accidentalmente la pintura y te conté la razón por la cual aún la mantenía cerca de mí fui consciente de algo…—confesó el emperador mirando la pared, como si su mente dibujara en ella la bella pero melancólica pintura una vez más—Hay un delicado equilibrio entre honrar el pasado y perderse en él—dijo, girándose sin prisa, encarando al joven cairen, quién lo veía desde el otro extremo del salón—Tú eres mi presente, Eren… y mi futuro—reconoció con solemnidad, ablandando su expresión, como solía hacer cuando sus palabras iban dirigidas a su joven amante.
El cairen guardó silencio durante un par de segundos, interiorizando el discreto mensaje que Levi le había dado a entender aunque no fuese formal, aún así tenía la esperanza de que fuese cierto. Se permitió sonreír con plenitud, sin preocuparse por los pliegues en la comisura de sus labios, dejándose llevar por la emoción que le entibiaba el cuerpo al saberse objeto de la devoción del emperador. Levi estiró su mano, invitándolo a tomar lugar junto a él, gesto que aceptó guiando su andar parsimonioso hacía la figura imponente del pelinegro. Tomó la mano que le ofrecía con seguridad y una agraciada sonrisa en su rostro lozano, aceptando con tiernas palabras:
—No poseo riquezas terrenales, pero recibirás un pedacito de la primavera de mi amor cada día hasta que nuestras cabelleras se tornen grises.
Levi cerró los ojos al sentir sobre su piel la reconfortante caricia que el joven le ofrecía. Sonrió, rindiéndose ante aquél dulce gesto que derretía su frío corazón hasta reducirlo en dolorosa necesidad de cariño.
—Mira lo que has hecho de mi—rió el emperador con voz profunda y ronca, negando ante su debilidad—Ya no puedo concebir una vida sin tenerte a mi lado, cada día…
La sonrisa del cairen se ablandó sobre sus labios y sus ojos se tornaron más apasionados pues ciertamente, el hombre tenía razón, ya no podían vivir el uno sin el otro, no ahora. Sus corazones buscaban la manera de estar cerca; bastaba con estar en un mismo lugar realizando cualquier clase de tarea, o en las noches, cuando las etiquetas se hacían a un lado y sus cuerpos empezaban a arder como un fuego alimentado por los besos descarados y las miradas incitantes.
—¿Por qué llamaste por mi tan precipitadamente? —quiso saber Eren con genuina curiosidad, consiguiendo que el emperador lo mirara ligeramente extrañado ante su repentina duda—Quiero decir, nos vimos solamente una ocasión… y no fue la más apropiada—rió al recordar el bochornoso incidente de sus pies colgando al aire, enseñando los pantalones blancos que llevaba bajo el hanfu melocotón de aquella ocasión.
—Ah…—rememoró Levi con gracia y picardía en sus ojos plata—Aquél día había decidido dar un largo paseo para aclarar mi mente después de visitar a Farlan, así que tomé una dirección diferente que no había tomado jamás y curiosamente me llevó a ti—contaba—Honestamente, hasta ese momento, no me había hallado genuinamente intrigado por la belleza de alguien pero la particular escena y la inocencia de tus gestos me removieron demasiadas cosas que creí haber enterrado en el pasado…—sus mejillas adquirieron un ligero carmín que disimuló girando su rostro hacía otra dirección aunque la perspicaz mirada de Eren lo notó—… esto es algo vergonzoso—murmuró.
Eren rió enternecido abrazándose a él como un bebé koala, apretándolo con sus brazos largos y torneados.
—¡Continua! ¿Qué pensaste de mí? ¿Me extrañaste después de ese día? —lo bombardeó con emoción el joven cairen buscando su rostro, disfrutando de la momentánea vulnerabilidad del emperador, quién generalmente se mostraba sereno y ligeramente distante, similar a los montes altos con sus crestas salpicadas de bruma que misteriosamente ocultaba lo que habitaba en ellas.
—Pensé que eras un mocoso imprudente—respondió honesto el pelinegro, sonriendo juguetón al darse cuenta de la expresión indignada de su joven cairen—Pero muy hermoso y puro, eso fue lo primero que pensé después de verte a los ojos. Cuando miro fijamente tus ojos tengo la sensación de estar observando un par de pozos de agua cristalina, con una vibrante flora verdosa en el fondo. Me siento en paz—confesó con firmeza en su voz, ablandando su expresión a una cariñosa e intrigante—Y pensé demasiado en ti, toda la noche y todo el día. A donde fuera tu imagen me perseguía y se manifestaba en el canto de los gorriones mañaneros, en las flores que se abrían con el alba, en el perfume del incienso…
—¿No te importó que yo fuera… un hijo de Kuan Yin?
—Nunca había visto un hijo de Kuan Yin con mis propios ojos aunque no era ajeno a los rumores que rondaban respecto a su gracia y belleza, y para serte sincero la primera vez que nos vimos mi corazón estaba cegado por esa visión. Pero después noté que no solo había belleza en tu exterior, ¿recuerdas nuestro primer encuentro en el jardín nocturno?
El cairen desvió momentáneamente su mirada pensativamente y la regresó inmediatamente al recordar el momento que el emperador le mencionaba, diciendo mientras asentía:
—Por supuesto que lo recuerdo; tú me contaste acerca del pasado que te perturbaba y el injusto final de la emperatriz Kuchel.
—Esa noche tú exaltaste mis actos como una señal de poder, pero tampoco me reprochaste por manchar mis manos con la sangre de mi familia. Me escuchaste silencioso, con esa adorable mirada, y trajiste a mi mente el recuerdo de mi madre de una forma… menos dolorosa—Levi cerró los ojos momentáneamente con una lánguida sonrisa en sus labios rojizos—Lo que sentí contigo en el jardín de mi madre bajo su estrella nunca lo había sentido con nadie, excepto contigo.
—Oh, Levi…—susurró Eren con ternura, besando sus labios como si fueran dulces y jugosos pétalos de rosa siendo correspondido con la misma delicadeza, con un compás lento y pausado que expresaba los puros sentimientos que brotaban desde sus corazones y no podían expresarse con palabras pues no eran suficientes—Ahora sé que mi corazón siempre te ha pertenecido y mi lugar es a tu lado, a donde quiera que vayas, yo siempre estaré ahí—aseguró fervoroso.
El emperador apoyó su frente contra la del cairen y ambos olvidaron que se encontraban en el estudio imperial, que afuera había un generoso séquito de guardias y siervos aguardando silenciosos detrás de la puerta, que él era el hijo del cielo y enviado divino del cielo, que el otro era el fruto del amor que Kuan Yin había sembrado en la tierra fértil de los hombres… ahora solamente eran dos corazones palpitando al mismo compás, cobijados por el tibieza de saberse queridos y correspondidos.
—Yo tampoco tengo duda alguna Eren—susurró Levi sobre sus labios—Quiero que estés conmigo el resto de nuestras vidas.
"Noche profunda. No puedo dormir. Me levanto y canto suavemente con mi laúd. Un pájaro nocturno vuela llamando entre los árboles y yo voy sin descanso. ¿Qué gano con ello? Mi mente está distraída con preocupaciones que nunca cesarán, mi corazón está todo lastimado por los afligidos fantasmas que lo rondan."
Una cálida brisa estremeció con alborozo las altas ramas de las paulonias imperiales, arrancándoles entre sosegados vaivenes sus pétalos violáceos, los cuales caían parsimoniosos, entre danzas y revoloteos, hasta el suelo en donde la misma brisa era quien los paseaba entre los jardines y las calzadas. Los pájaros que se resguardaban en seno de los árboles entonaban misteriosos cánticos de añoranza, superado en ocasiones por el crujido de las exhaustas ramas y sus agitadas hojas que temblaban vulnerables a merced del caballero del viento, el cual cabalgaba ocioso entre la espesura de la naturaleza. Esos eran los sonetos que se distinguían aquella tarde de verano. Las tintineantes risas de las jovencitas, sus burbujeantes pláticas que se elevaban como la espuma del vino, no perturbaban la solemne balada de la naturaleza, al contrario, La Casa de las Flores lucía tímida y distante, con sus techos altos cubiertos de pétalos violáceos y su pórtico solitario, en donde era común admirar alguna señorita disfrutando cándidamente de los lánguidos días de luz.
Solamente una cairen de melena dorada que rivalizaba el brillo del sol aguardaba silenciosa, como una deidad de las montañas, apoyada en el pórtico de la casa mirando con aire ausente hacía el exterior. Nada había cambiado en torno a ella salvo el rostro de su destino. Sus ojos azulados recorrieron perezosos la calzada en donde los pétalos interpretaban una complicada danza al ritmo del viento, con la gracia de las bailarinas de la corte. Nuevamente se hallaba presa en sus propios pensamientos, continuando una batalla interna que en el fondo ya estaba ganada y decidida, pero que no dejaba de aflorar en su mente cada vez que se detenía en sus labores y se perdía en el silencio. Como en ese momento. De pronto, divisó en las sombras de los árboles una silueta alta femenina que levantaba pequeñas nubes de pétalos con su modesta falda a medida que se aproximaba hasta que la luz de los cielos reveló su rostro. Era la dama de compañía de la consorte Rall, Ymir, ¿no estaría soñando? ¿Qué hacía Ymir en esos parajes, llevando bajo su brazo lo que parecía ser una cesta de mimbre? Los nervios la sobrecogieron cuando los ojos fieros de la mujer se posaron sobre ella con fijeza, sin embargo no huyó al interior de la casa, sino que aguardó paciente hasta que llegara y se detuviera a una distancia prudente del pórtico para saludarla respetuosamente, como si hubiese olvidado la familiaridad que anteriormente cortamente habían compartido.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Christa curiosa.
—No, no, todo está bien—la tranquilizó Ymir ojeando discretamente a su alrededor—Pero estoy aquí por una razón y tú sabes por qué…—hizo énfasis en sus palabras al señalar la canasta de mimbre que sostenía bajo el brazo, cuidando el volumen de su voz.
La pequeña cairen miró con sospecha el inocente objeto sin entender del todo el motivo de la visita. Comprendía que quizá la consorte, siendo conocedora de que aquél día la mayoría de las cairenes estarían ocupadas con sus labores de instrucción, aprovecharía para enviar a Ymir y concretar el plan para deshacerse de Eren, sin embargo no entendía a qué se refería Ymir con la cesta y lo que hubiese en su interior… Sus ojos se abrieron en sorpresa al caer en cuenta en ese detalle y la dama de compañía se lo confirmó asintiendo severamente.
—Ven conmigo—le dijo la cairen, dándole la espalda para perderse en las profundidades de la enorme y silenciosa casa.
A su espalda escuchaba los ágiles y discretos pasos de Ymir siguiéndola como una sombra sin emitir una sola palabra e interpretó su silencio como una protesta a dirigirle la palabra, más allá de lo estrictamente necesario, después de la penosa escena que realizó aquél día afuera del pabellón. Ahora entendía que Ymir solo había querido contarle la verdad detrás de las truculentas acciones de Eren y ella, presa de la rabia y la humillación, se había desquitado con Ymir injustamente. Se avergonzaba de sí misma por haber perdido la compostura en frente de ella y atacarla deliberadamente sin detenerse a reflexionar quién era el verdadero culpable y merecía su ira. Aún así, no sabía cómo remediar la situación, puesto que deseaba hacerlo, encontraba agradable y reconfortante conversar con la dama de compañía, pero al ver su rostro distante y su voz fría y lejana se llenaba de temor a ser rechazada. Caminaron en silencio a través de numerosos salones y patios, a penas cruzándose con alguna cairen ocupada en sus propias labores, lo suficiente como para ignorar el eco de los escarpines sobre el suelo de madera y el perfume de la dama intrusa en su hogar. La dama de compañía se sentía como una forastera en tierras desconocidas que se abrían celosamente ante ella. Desde su llegada a la ciudad amurallada eran contadas las ocasiones en las cuales había pisado el hogar de las concubinas y esta era su primera vez aventurándose más allá del primer patio, sumergiéndose en ese mundo femenino y misterioso, objeto de las fantasías de hombres y poetas; las mujeres que se confinaban tenían una piel y pelo más suave, la carne más tierna y blanda. Su belleza se incrementaba a la par de su educación, pues pasaban los días estudiando grandes clásicos y practicando el arpa o el laúd. Esto daba a las mujeres una apariencia exquisita que enloquecía a los varones.
Sus ojos se distraían curiosos al pasar a una nueva sala o pasillo, detallando con vívidamente los lujosos ornamentos que engalanaban las habitaciones y los exquisitos jardines, primorosamente cuidados, haciendo honor al nombre de la casa. Cuando sus ojos, saciados de curiosidad, se apartaban, retornaban a la pequeña espalda de la cairen que parecía flotar delante de ella pues su larga túnica celeste bordada con pasifloras violetas ocultaba sus pequeños escarpines y dado los cortos y silenciosos pasos simulaba el elegante paso de los lotos en los estanques, flotando como nubes sobre el cielo. Iba muy callada y para ella era un alivio, no quería perturbar su mente después de haberse convencido que lo correcto era obrar de acuerdo a la voluntad de su señora, si Christa le sonreía, o le hablaba con su tímida dulzura, temía acabar derrumbándose de ante ella.
La cairen asomó su rostro en un apartado salón, entrando confiadamente al verificar que no había nadie ocupándolo. Ymir entró detrás de ella tratando de acostumbrarse a la poca luz que entraba a través de las puertas abiertas y los anchos ventanales que daban a un jardín de árboles altos y frondosos. Los retazos de luz salpicaban la estancia y algunos muebles de esta y lo que no se distinguía con tanto detalle ante sus ojos estaba cubierto por una sombra fresca que no escondía del todo la forma de los muebles. Christa echó atrás su túnica con un movimiento grácil y tomó asiento sobre un amplio cojín que descansaba en el suelo de madera, reposando cuidadosamente sus pequeñas manos sobre sus piernas e invitándola con un gesto de su cabeza para que la imitara. Así lo hizo Ymir al otro lado de la pequeña mesa de cedro redonda en donde estaba el otro cojín, dejando a un lado la cesta de mimbre y tomando asiento sobre sus rodillas sin tantas ceremonias como la cairen. Ambas se miraron algunos segundos en silencio, mirándose, averiguando quizá si algo había cambiado en sus rostros después de varios días de lejanía.
—Aquí podremos hablar con más comodidad…—comentó de repente Christa con una pequeña sonrisa, intentando disipar el nerviosismo que le causaba verse bajo la fiera mirada de la otra mujer.
Ymir asintió con simpleza, abriendo la cesta de mimbre para extraer aquello que había traído consigo desde el palacio de la consorte Rall. Ante los ojos expectantes de la jovencita extrajo un par de brocados tonalidad lavanda y celeste, las favoritas de la cairen, bordadas con hilo de plata y perlas.
—Estos brocados son obsequios de parte de la consorte Rall. Al verlos recordó que son los que suele llevar en sus ropajes y decidió que usted era una digna portadora de ellos. Espera que sean de su agrado—informó Ymir, colocando sobre la mesa los brocados apilados, uno encima de otro.
—Son hermosos…—apreció Christa con falso entusiasmo ya que otro detalle la había preocupado y era la fría cortesía con la que se dirigía a ella. Con anterioridad habían acordado llamarse por sus nombres y hacer a un lado la molesta barrera de los títulos, pero Ymir parecía usar ese lenguaje como una forma de poner distancia entre ellas y eso la afectaba porque ya había llegado a tenerle cariño.
Pese a notar la forzada emoción de la cairen, Ymir no quiso indagar más al respecto por temor a olvidar la verdadera razón de su estancia. Tomó el brocado celeste que reposaba encima del lavanda y lo retiró, dejándolo al lado de este, descubriendo un pequeño frasquito de vidrio negro misteriosamente escondido durante el viaje. Ymir lo tomó entre sus dedos y lo sostuvo en el aire, enseñándoselo a la silenciosa cairen, quién parecía confundida ante el enigmático frasquito que la dama de compañía sostenía con tanta solemnidad.
—Este frasco contiene veneno, el suficiente para matar a tres caballos de un solo trago—explicó Ymir con voz queda—No posee un olor característico, mucho menos sabor alguno. Mi señora ha seleccionado un pabellón y ha dispuesto siervas que atenderán la merienda de ese día, usted acudirá media hora antes de la hora acordada y le entregará el frasquito a la sierva que les servirá el té. Ella pondrá en la taza de cairen Jaeger el veneno y cuando llegue el momento de servir el té será quién les entregué sus respectivas tazas—repitió con lentitud las mismas palabras que la consorte le había dado al momento de explicarle cómo se realizaría todo—El veneno tardará un par de días en actuar, mientras tanto cairen Jaeger aparentará sufrir de una silenciosa infección que lo consumirá, privándolo incluso del habla.
Al culminar con sus explicaciones, Ymir le entregó el frasquito negro a la jovencita, quien lo recibió con cierto temor, pero con decisión en su mirada.
—¿Realmente la consorte Rall está dispuesta a ayudarme? —murmuró Christa ensimismada, girando entre sus dedos el frasquito de vidrio frio y liso.
—Ella entiende su posición y valora los esfuerzos que cairen Jaeger ha entorpecido en su afán egoísta de sobresalir por encima de usted. Además, no considera a ninguna otra cairen lo suficientemente apta para portar en un futuro el título de consorte como lo haría usted—le confió Ymir secretamente, mirando en dirección a la entrada principal del salón y regresando prontamente a su rostro.
—¿De verdad? —exclamó Christa entre susurros, alterando radicalmente su semblante pensativo a uno auténticamente emocionado.
Ymir asintió varias veces.
—Al conocer su historia dentro del harem y el sacrificio que es capaz de realizar con tal de obtener el título que le dará honor a su familia, se ha sentido conmovida por usted—le hizo saber—Dijo que estará bajo su protección y hará lo que sea necesario para asegurar su posición como consorte—a continuación, inclinó su rostro en dirección a la cairen, suavizando su voz y apartando la rudeza de su mirada—Mi señora quiere que sea cuidadosa, esto no es un juego de infantes. Si cumple cada una de las instrucciones que le he dado, entonces asegurará un futuro glorioso, pero si falla, entonces será condenada y la consorte Rall y su familia, cairen Renz, podría verse en severos problemas—terminó, y pese a la suavidad de su voz, el duro impacto de las palabras era palpable.
Christa asintió con solemnidad, apaciguando el temor que de nueva cuenta renacía en su corazón como una hoguera que no se extinguía. Cerró los ojos, respirando profundamente para dispersar los malos pensamientos, y al abrirlos, sonrió a la dama de compañía con aparente tranquilidad.
—Por favor Ymir, dile a su alteza que sea cual sea el resultado yo seré responsable de mis propios actos—habló sosegadamente.
La dama de compañía apartó la mirada del sonriente rostro de la cairen y asintió, reflexionando largamente hasta murmurar:
—No deseo que sufras, Christa, es por eso que te pido que cuides cada uno de tus movimientos y en quien confías a partir de ahora.
La jovencita se estremeció conmovida por la sincera preocupación que mostraba Ymir, y la miró con genuina felicidad al escucharla hablar sin esa distante formalidad con la que la había estado tratando hasta ese momento.
—¡Dijiste mi nombre! —expresó con regocijo, dejando sobre la mesita el frasquito para así tomar las manos de la mujer entre las suyas, pese a ser un acto deliberado y poco educado—No debes temer, Ymir, con la ayuda y protección de su alteza todo saldrá bien—intentó calmarla, apretando débilmente sus manos para transmitirle su fuerza.
La sonrisa de Ymir vaciló algunos instantes hasta rendirse y corresponder su gesto, suspirando con impotencia.
—Verdaderamente tienes el espíritu de un infante…—susurró sonriendo desconsolada—Debo marcharme, no puedo ausentarme tanto tiempo lejos de mi señora—mencionó, deshaciendo con cuidado el agarre de sus manos para ponerse de pie y tomar la cesta de mimbre nuevamente—Hasta pronto, Christa—se despidió.
—¡No te despidas de forma tan definitiva, Ymir! —reprendió la cairen con gran dulzura, sonriéndole cariñosamente desde su lugar—¡Nos volveremos a ver muy pronto, no dudes de mi palabra!
"Soy el hijo del Cielo y tengo el encargo de gobernar el imperio. Día y noche me dejo el alma para que el pueblo pueda vivir en paz. Vosotros, siervos míos, tened reservas, sed temerosos, no escribáis todo lo que pensáis o intentad evadir vuestra responsabilidad con torpes y falsas adulaciones, que no estaréis obedeciendo mi voluntad."
El Salón de la Eminencia Militar estaba ubicado al suroeste del patio exterior de la ciudad amurallada. Allí, un intimidante y poderoso edificio se alzaba sobre una base de piedra blanquecina y su techo robusto de crestas doradas era soportado por gruesos pilares rojizos, del mismo color de las paredes las cuales estaban engalanadas con un elegante cloisonne* esmaltado; este bello trabajo era delineado por un fino hilo de cobre que perfilaba los intricados motivos del esmaltado, los cuales se repetían siete veces de acuerdo a las antiguas creencias, no solo en la parte superior de las paredes sino en los aleros y las ménsulas*. El tejado estaba decorado con las tradicionales estatuillas que se fijaban en las esquinas; un caballero montado sobre un brioso corcel iniciaba la procesión, siendo precedido por diversas figuras de animales protectoras contra el fuego y su furia, y al finalizar, un dragón de ceño fruncido y fauces hambrientas. Dependiendo de la importancia de la edificación, el número de estatuillas podía variar entre una y nueve, siendo el nueve el número del emperador y era por esta razón que el salón poseía nueve estatuillas de oro al ser un lugar que frecuentaban él, sus ministros y los militares de los rangos más altos. El coronamiento de las cubiertas ostentaba imágenes de feroces dragones de porcelana en posiciones protectoras que resguardaban la edificación contra las malas energías, mientras sus furiosas miradas se posaban sobre el cielo. Las escaleras de piedra blanca que guiaban hacía la puerta principal del salón estaba custodiada por una pareja de leones de bronce, un macho y una hembra, ambos con melena y orejas de sabueso, representando el poder; al lado de las patas de la hembra dormitaba un león cachorro de bronce, mientras que el macho apresaba bajo la garra derecha una pelota de bronce. En medio de las amplias escaleras se abría paso una calzada para el paso de los caballos y carruajes, construida con el mismo material de las escaleras, tallada con dragones de cuerpos largos, los cuales volaban persiguiendo perlas, rodeados de nubes.
En el interior la belleza de la edificación no disminuía, al contrario, en las vigas colgaban exuberantes lámparas de vidrio y madera que proporcionaban luz cálida, con largos pendientes de jade para atraer la armonía. Las celosías de los pasillos exteriores filtraban la luz de afuera pero permitían sabiamente la ventilación del edificio para que fluyera la energía, en los pasillos del interior colgaban tapices que narraban grandes batallas victoriosas por enigmáticos caballeros, honorables élites, valerosos príncipes y gloriosos emperadores, todos acompañados por sus respectivos caballos. En una de las numerosas salas del edificio se hallaban reunidos algunos de las elites militares del imperio y los ministros de más confianza del emperador, este último sentado en el trono que se ubicaba en medio de los estrados altos de ambos lados del salón, ocupados según el cargo de los presentes. A diferencia de los pasillos, la sala no disponía de tanta ventilación pues el fin era que aquello que se discutiera en su interior no escapara entre las fisuras de las ventanas o las celosías, razón por la cual en el techo había una enorme bóveda que permitía el paso de la luz natural que proporcionada el cielo, y las pocas linternas que colgaban del techo apenas despejaban las sombras de los rincones, dándole al lugar un aire austero y ceremonioso.
Levi, quién desprendía un aire señorial desde su trono de oro esplendoroso, vestía un hanfu más elaborado y formal; el hanfu borgoña traía en la parte inferior bordada una pareja de dragones carmín y dorados que se entrelazaban sus cuerpos, y sus cabezas tenían las fauces abiertas, dispuestos a devorarse entre ellos; el carmín representaba el color de la sangre y el dorado la gloria, siendo el mensaje de sus ropajes "la gloriosa dinastía que ha sido forjada con sangre". El cinturón de seda roja y brillante estaba ajustado a su abdomen con un cinto negro del cual colgaba un pendiente de oro que se ocultaba entre los pliegues de la suntuosa falda. La amplia túnica que cubría gran parte del trono y se extendía por los suelos oscuros como el manto de la noche sobre las arboledas de los jardines, estaba exquisitamente bordada con un sinfín de pequeños dragones de oro que volaban con nubes bajo sus patas y sus intimidantes expresiones. La rica vestimenta era acompañada por su frio silencio y expresión impasible ante los ojos de quienes le servían, escuchando todo lo que decían e interviniendo cuando era necesario.
—Majestad, en los reinos del norte abundan las ciudades fortificadas cuyo gobierno, dada la lejanía de sus terrenos, se desenvuelven con deliberada autonomía para dominar al pueblo ignorando la cabeza del imperio—habló el general imperial Leonhardt vistiendo su robusta armadura de dragón dorado a excepción del yelmo, que descansaba sobre la superficie del estrado, al igual que los yelmos de los otros militares.
—Le recuerdo, general Leonhardt, que los últimos años se han llevado a cabo varias batallas, que personalmente me he encargado de organizar con el fin de integrar a las poblaciones locales y unificarlas bajo el régimen imperial—señaló esta vez el general Rall, padre de la consorte y suegro del emperador—Mis tierras se encuentran principalmente ubicadas en esa región, por lo tanto tengo conocimiento de los movimientos que realizan los señores feudales y no he advertido nada que suponga una amenaza para el imperio.
—Es cierto, tal vez los poblados locales que ha unificado se mantengan sumisos bajo el poder de su majestad. Pero olvida que mi hijo, quien ahora es duque de Qiqihar y otros terratenientes del territorio me han informado de presuntos planes para fortalecer el poder periférico, disminuyendo el poder del soberano central—rebatió el hombre, recordándole a continuación—Qiqihar perteneció anteriormente a la familia Rall, es por esa razón que no me considero ajeno a la situación del norte, mucho menos con mi hijo siendo advertido ante una posible rebelión.
El general Rall se tensó y miró al hombre que se negaba a aceptar sus palabras con discreta molestia en sus facciones.
—¡Advertido! Aquellos rumores no son más que eso, rumores. Chismes de campesinos que los cortesanos ingenuamente han creído ciegamente—masculló con indignación—Su único propósito son desestabilizar la seguridad y confianza entre los estados y el imperio de su majestad.
—Hoguera con humo, hoguera que quema y mal trata—recitó sabiamente el general Dok, quien se encontraba algunos lugares alejados de ambos hombres, atrayendo la atención de los presentes—Si los rumores se han hecho lo suficientemente relevantes como para llegar a los oídos del duque de Qiqihar, sería cuestionable no detenernos a investigar con rigurosidad su origen y en qué se fundamentan. No sería la primera vez que un estado se revela y desafía el poder del emperador en la historia del imperio—mencionó, dirigiéndose al hombre que escuchaba atento desde su trono—Cabe señalar que hace muchos años hubo un intento de rebelión en la frontera con Mongolia Interior, en donde varios señores feudales se aliaron a los nómadas del oeste—sacó a colación el general.
—¡Ciertamente! —esta vez fue el ministro Nick sentado en los estrados del lado contrario de la sala reservados para los ministros, quién atrajo todas las miradas, incluyendo la del emperador—Ocurrió años después de la coronación de su majestad, pero fue mitigada por las tropas del general Rall antes de que se propagara a los poblados de otras regiones—rememoró el hombre, reconociendo la audaz labor del élite militar delante de él.
—Jamás concebiría una traición contra el imperio—rechazó el hombre con profundo desprecio en su mirada.
—Los reinos mienten en el norte, y también mienten en el oeste—reflexionó el emperador, jugueteando distraídamente con el pendiente de oro entre sus dedos y la vista fija en algún punto de la sala.
Uno de los ministros, un hombre bastante mayor que había pertenecido a la corte del antiguo emperador, alzó su mano y habló con voz cansada pero decidida:
—Majestad, el hombre no osa violar las leyes cuando teme al castigo. Propongo que las leyes abolidas vuelvan a ser utilizadas para acabar con los privilegios de los señores negligentes y así alcanzar la grandeza absoluta del imperio. No hacen falta hombres sabios, sino leyes sabias y perfectamente definidas que no permitan interpretaciones personales—propuso el anciano con vehemencia—No podemos permitir que se tomen atribuciones que no les corresponden.
Las leyes que Levi había abolido eran a su juicio, obsoletas y radicales, inclusive él las hallaba tiránicas y despreciables. Algunas habían sido elaboradas por su padre, otras más antiguas se remontaban a dinastías pasadas que perecieron bajo la espada de quienes antes habían gobernado con mano cruel y sanguinaria.
—Si bien hay algo de razón en su propuesta, ministro, considero innecesario aplicar leyes obsoletas que en su pasado trajeron la desgracia a los imperios que gobernaron con ellas—la voz del emperador hizo eco en la sala, siendo escuchado bajo estricto silencio por sus militares y ministros—Aquellas leyes barbáricas sumieron al pueblo en un oscuro periodo en la historia del imperio, cuando el verdadero enemigo siempre ha sido el lobo hambriento de poder que acecha en la corte. Es imprescindible que el pueblo ame a su rey, los nobles le teman y ambos lo respeten—aleccionó con sensatez sin alterar su expresión impasible—Aunque no desvirtuó su propuesta, pues ciertamente será necesario restringir ciertos privilegios de los señores feudales que considero, ponen en peligro la estabilidad del reino.
—Como ex general imperial del ejército de su majestad y ahora ministro de la nación creo que es sensato estudiar la situación de los reinos del norte y la frontera con Mongolia Interior—habló por primera vez Erwin, desde su lugar entre los ministros. Con un ademán de su mano cuatro guardias que protegían el salón abandonaron sus posiciones y caminaron hasta el centro de la sala bajo la atenta mirada de los presentes. En el suelo había un rectángulo de gran tamaño con puertas movedizas, las cuales hacían parte del suelo de madera. Al deslizarlas se revelaba ante ellos un mapa que abarcaba el país, y sus vecinos, con sus delimitaciones debidamente señaladas y varias anotaciones detalladas con rigurosa precisión. Los guardias se incorporaron y en silencio regresaron a sus lugares, momento que Erwin aprovechó para ponerse de pie y tener una mejor visión del mapa—Como ha mencionado anteriormente el general Dok, hemos lidiado con un intento de rebelión cerca de la frontera, no solo de señores feudales y príncipes, sino también de clanes al otro lado de la gran muralla, y estos territorios son precisamente los que están, en su mayoría, bajo el poder de la familia Rall—señaló.
Los ojos feroces del emperador se deslizaron con sigilo hasta el lugar que ocupaba el general Rall, examinándolo en silencio, pese a ser el único pues los demás hombres se hallaban absortos ante las consideraciones de Erwin. Continuó jugueteando con el pendiente de oro ensimismado en sus propias reflexiones, analizando lo que sus hombres le habían confiado e intentando discernir más allá de sus palabras.
—El duque de Qiqihar ha recibido informes de otros poblados que afirman ser presionados a pagar doble tributo—habló nuevamente el general Leonhardt recordando repentinamente la observación que su hijo había anexado en las cartas que enviaba regularmente.
—Si verdaderamente están forzando a los pobladores a pagar el doble tributo entonces debemos averiguar la razón detrás de ello—dijo el general Dok con voz inflexible.
—Tal vez los poblados del norte estén atravesando una crisis económica que los obliga a incrementar el tributo, y debido a la lejanía y la vulnerabilidad que presentan al estar en las periferias del poder central, no desean levantar sospechas de su situación—opinó el general Rall.
—O quizá su fin principal sea fortalecerse—intervino Mike, haciéndose escuchar por primera vez en el transcurso de la reunión. Él era conocido por sus peculiares técnicas en el campo de batalla y ser parco en palabras, pero cuando se trataba de asuntos que correspondían a su oficio, su razonamiento era lógico y reflexivo.
—¿Está sugiriendo que prever una posible invasión sea considerado motivo de cuestionamiento? —el ministro Nick lucía consternado por la intervención del general, siendo respaldado por los débiles murmullos de los otros ministros y algunos generales—Anteriormente se habló de la vulnerabilidad de esas tierras y sería absurdo que no buscaran la manera de redoblar su seguridad. Una invasión del norte puede significar la fragmentación de la nación.
Mike asintió con serenidad, sin amedrentarse ante las miradas que lo juzgaban duramente por su suposición.
—Efectivamente, ¿por qué hostigar a los pobladores con tributos de los cuales el poder central no ha tenido conocimiento? ¿No están sometidos bajo el imperio de su majestad?
—De todas formas si ese fuese el motivo, ministro, los feudos están obligados a justificar sus acciones—coincidió Erwin apoyando la perspectiva de Mike—La serpiente sigilosa siempre es la que más veneno destila de sus colmillos—exhortó mientras tomaba asiento en medio de el discreto cuchicheo de los caballeros que coincidían con sus palabras.
Las cabezas se giraron al unisonó cuando el tintineo de las alhajas del emperador advirtió que se estaba poniendo de pie, abandonado el trono de oro y alejándose con un andar sigiloso, similar al de la fiera que acechaba a su presa en medio del campo. Arrastraba la suntuosa túnica como una estela de oscuridad que se confundía con la madera negra del suelo, deslizándose con el débil rumor de la seda a su espalda y el tintineo del pendiente de oro que marcaba sus pasos rítmicamente; a los ojos de los presentes, la visión del monarca era como la de una gigantesca serpiente que avisaba su presencia entre sombríos tintineos de su cascabel. Tomándose su tiempo, rodeó el mapa que yacía a sus pies, con los ojos fijos en su superficie mientras los ministros y generales se limitaban a observar desde sus lugares bajo un estricto silencio. Se detuvo en un lugar en particular, contemplándolo largamente con expresión pensativa hasta levantar su rostro imperturbable y dirigirse a los presentes:
—Existe una criatura que cuando el sol brilla sobre la montaña permanece oculta dentro de la cueva, pero cuando cae la nieve, emerge hambrienta. Cambia su pelaje con las estaciones para no ser reconocida. Es una bestia inteligente—los hombres se mantuvieron rígidos en sus lugares, ninguno realizó algún gesto que delatara confusión ante el mensaje que el emperador había dado, siendo Erwin el único que entendía y conocía el trasfondo de aquellas palabras que a oídos ignorantes, eran vagas y ajenas a la situación que discutían—Mora en las montañas de blancas crestas y acecha la muralla, aguarda el momento adecuado para usurpar el templo del dragón y hacerse con su reino.
Mike descendió sus ojos hasta el mapa del imperio, exactamente hacía el mismo punto que el emperador había analizado absorto durante prolongados segundos y rápidamente comprendió a qué hacía alusión cuando se refería a la bestia acechante de la montaña. Se trataba de los nómadas de Mongolia que desde hacía varias generaciones asediaban los límites del imperio para adueñarse de él. Pese a la unificación de los reinos, no debían descuidar la estricta vigilancia en las murallas y mucho menos bajar la guardia en los poblados del norte, los cuales podían ser utilizados con fines desleales al reino.
—General Rall, usted ha llevado a cabo exitosamente las expediciones en Xinjiang, pero es necesario que retorne con sus hombres a las tierras de la familia Rall y alrededores para establecer una campaña de supervisión en los poblados—informó Levi, generando sorpresa y extrañeza ante el repentino cambio en los planes del emperador, pues el motivo de la reunión había sido para discutir el éxito de las campañas de expansión.
—¿Qué sucederá con Xinjiang, su majestad? —preguntó respetuoso general Rall—Hemos conseguido dominar a las tribus que se asientan al sur de la región, pero no es prudente detener la invasión en una etapa tan prematura—expuso su preocupación, consiguiendo el apoyo de los presentes.
Levi asintió comprensivo.
—Entiendo, aún es muy pronto para detener las tropas, por esa razón he decidido que sea el general Mike quien continúe con la etapa de expansión—solucionó el emperador regresando su mirada al mapa—Al adquirir las tierras del norte, general Rall, me temo que heredó todos sus problemas.
—Me apersonaré de la situación, majestad.
—Confío en su lealtad, general Rall—manifestó el pelinegro con solemnidad—El duque de Qiqihar y sus ejércitos también deberán sumarse a la campaña de supervisión, además de enviar con regularidad un reporte con todo lo que considere relevante—dijo, apartándose del mapa y emprender su retorno al trono de oro, mientras continuaba hablando—Hemos tenido un prologado periodo de bonanza, pero así como la tormenta de verano sorprende al perezoso que dormita en medio del campo descubierto, el enemigo ataca cuando el imperio se recluye en el ocio—advirtió con severidad subiendo las pequeñas escaleras que guiaban hasta el trono de dragón dorado—Es todo por hoy, pueden retirarse—concedió.
Los hombres se incorporaron de sus lugares, respondiendo en coro con sus voces claras y fuertes:
—¡Sí, su majestad!
Mientras los ministros y generales abandonaban la sala en orden y silencio, Levi tomó asiento en el trono como anteriormente lo había hecho y aguardó que el sonido de las ostentosas armaduras de los generales y el crujir de la seda de las túnicas azuladas de los ministros se hicieran lejanos. Erwin fue el último en descender de su sitio y en lugar de abandonar la sala, se aproximó confiadamente hacía el emperador, ataviado con su hanfu de fino algodón grisáceo y túnica azul, vestimenta que caracterizaba a los ministros imperiales, deteniendo sus pasos en el inicio de las escaleras.
—¿Has despejado las dudas que rondaban por tu mente? —preguntó el rubio. Su voz hizo eco en la sala, apenas ocupada por ellos y los guardias que custodiaban el recinto como si fueran estatuas, pues tenían prohibido realizar movimientos que no les fueran ordenados.
—He confirmado algunas, y han surgido otras…—dijo más para sí mismo, concentrado en las diminutas partículas de polvo que flotaban bajo la luz de la bóveda—Mientras el general Rall se hallaba liderando las expediciones al noroeste del país, los feudos del norte recolectaban tributos de los que jamás tuvimos conocimiento hasta hace pocos meses—repitió, acariciando su labio inferior con la punta del dedo índice pensativamente.
—Una oportunidad conveniente a mi juicio—opinó Erwin con su sonrisa educada.
—Fue el hijo del general Leonhardt quien avisó a su padre respecto a los sospechosos recaudos en Qiqihar y las periferias, y él acudió a mí personalmente para comentarme la situación.
—Haber nombrado duque de Qiqihar al hijo del general Leonhardt fue una sabia decisión, dadas las circunstancias—aplaudió Erwin con aprobación en sus palabras.
Levi se permitió sonreír sin demasiada emoción en su expresión, paseando la punta del dedo sobre sus labios rojizos con aire taciturno, mientras se tomaba el tiempo para reflexionar respecto a sus suposiciones y lo que por el momento sabía.
—Por derecho ahora pertenecen a la familia Leonhardt.
—Por derecho y provecho—corrigió el rubio—El desliz de la consorte Rall fue la oportunidad idónea para despojar a su familia de esas tierras que poseen un significativo valor—afirmó el compañero del emperador, ensanchando su sonrisa ante el acierto de sus conjeturas—Así, la familia Leonhardt sería indemnizada por la ofensa de la consorte y tú podrías tener un informante confiable que te mantuviera al tanto sobre los feudos del norte.
—No esperaba menos viniendo de ti, Erwin—elogió el pelinegro asintiendo un par de veces con aprobación ante el brillante razonamiento de su mano derecha—Aunque estás pasando algo por alto—advirtió seriamente—Mi fin no es únicamente vigilar a los feudos del norte, sino a la familia Rall y averiguar las posibles conexiones que tengan más allá de la muralla con las tribus nómadas. Mis sospechas se han intensificado con el paso de los años y tú bien sabes las razones que me llevaron a estudiar cada suceso que implicara algún miembro de la familia—posó sus ojos lobunos sobre el hombre que escuchaba con atención cada una de sus palabras, pues él era el único que conocía los grandes secretos de la corte de los cuales se abstenía a sacar a la luz tan prematuramente pues aún no era el tiempo propicio—El antiguo emperador solía repetir: "si el enemigo no consigue usurpar el trono desde la intimidad de su corte, lo hará desde el exterior de su palacio."
—De ser así, entonces enviaste al general Rall a sus tierras para que los Leonhardt estén atentos de cualquier movimiento o maniobra que realice—dedujo Erwin, mirando con concentración el suelo de madera oscura bajo sus pies.
El emperador dejó escapar un suspiró entre sus labios, asintiendo con profundidad ante las acertadas inferencias que su compañero le comunicaba.
—Cuando finalicen los exámenes imperiales podré ponerte al tanto de la situación actual en la corte, mientras tanto debemos centrarnos en preparar la prueba de actitud de los candidatos que aprobaron el examen de la capital—le recordó Levi cansinamente, recostando su espalda sobre el rígido respaldo de oro, intentando aliviar su cuerpo del desgaste mental y físico que presentaba aquél día, el cual aún no terminaba.
—Bien, entonces por el momento, todo ha sido discutido—dio por concluido el hombre de cabellos dorados al percatarse del semblante exhausto del monarca que ocupaba el opulento trono con incuestionable orgullo. Había sido una semana consumidora para todos en el palacio, en especial para Levi quién atendía un considerable número de responsabilidades estatales y al mismo tiempo disponía de su tiempo para atender a su familia y al joven cairen que había robado su corazón; un equilibrio complicado que solamente el hijo del cielo era capaz de conseguir con armonía.
Erwin se despidió del pelinegro antes de marcharse y atender las obligaciones que correspondían a su cargo, dejando solo al emperador, quién regresó a su sus reflexiones, considerando cada uno de los tantos puntos que se habían tocado en la reunión con los ministros y los generales. El esplendor de su reinado no hacía más que engrandecerse, las leyes favorables al bienestar del pueblo habían traído consigo un periodo de paz en su país, la Ruta de la Seda permitía que el comercio se multiplicara y nuevas ideas y pensamientos llegaran de tierras lejanas. La poesía y la educación habían florecido como nunca antes lo habían hecho; desde Corea y Japón llegaban estudiantes fascinados por la grandeza y cultura de su imperio. Era el momento propicio para quienes ansiaban desesperadamente usurpar su trono y adueñarse de lo que con sangre y sacrificio había construido a lo largo de su vida. Mantenía presente el recuerdo de su padre, el último emperador, quién había sido traicionado por su propio hijo. No estaba dispuesto a ser burlado de la misma forma.
"Vuestro fiel sirviente responde a vuestra pregunta, vuestro fiel sirviente os a oído. Su majestad se dedica a los asuntos de estado sin descanso y estoy agradecido y soy tan afortunado de que vos, pese al tiempo que os toma vuestra carga, pidáis a alguien tan inexperto, que os adiestre en el noble arte del amor."
El joven cairen se paseaba con calma por el exuberante patio descubierto de su palacio, en donde las siervas, ataviadas con sus hanfus de gasa teñida con el color del crespúsculo veraniego, estilizaban con elegancia los ricos arreglos florales de los jarrones de jade y vidrio esmaltado. Sus pequeñas y laboriosas manos cortaban los brotes opacos y marchitos que afeaban las primorosas flores y podaban con calculada simetría las ramitas de los árboles miniaturizados que residían en las pesadas macetas de porcelana teñida con tinta. Sobre las mesas bajas de madera algunos jardineros diestros en el arte del penjing* trabajaban ensimismados con pequeñas tijeras de cobre en sus manos y el rostro fijo en los paisajes miniatura que iban recreando sobre las bandejas de colores sobrios; desde penjing al estilo raíz sobre roca con una cuidadosa selección y moldeado de piedras, hasta peinjing paisajístico en recipientes de agua acompañado de plantas vivas que engalanaban la rica composición. Todos trabajan ensimismados en su propio silencio, con los ojos fijos en su propia obra mientras el jovencito deambulaba envuelto en sus finos y elegantes ropajes, arrastrando su túnica de tonalidad marfil sobre la piedra lisa del patio, levantando con cada uno de sus pasos la etérea falda del hanfu carmín, elaborado con generosas capas de velo fino, el cual caía desde su pecho rodeado por la pechera de satén negro con bordados en oro. En sus delicadas manos cargaba un pequeño cuenco de madera oscurecida y a su lado, su fiel dama de compañía lo seguía de cerca, ambos conversando cómodamente sin inmutarse ante la presencia de los siervos que se mantenían absortos en sus labores.
—¿Has recibido alguna carta de tu familia recientemente? —preguntó Eren caminando sin prisa en dirección a la fuente de piedra tallada que ornamentaba el centro del patio y generaba una apaciguada melodía de riachuelo desde sus aguas y canales que caían como finos hilos de lluvia.
—No suelo recibir sus cartas con tanta frecuencia—respondió Sasha sin exteriorizar la pena que suponía la lejanía con su familia—Pero hace no muchos meses llegó una carta de mi padre desde Hangzhou. Estaba comprando un cargamento de té verde y algunas semillas pues el té de esa zona es preciado en todo el país por su alta calidad, y aprovechó la facilidad del correo en la ciudad para enviarme algunos obsequios y una extensa carta con sus pensamientos—sonrió la castaña con suavidad ante la mención de su progenitor, a quién atesoraba con devoción en el centro de su corazón.
Eren se detuvo en la orilla de la fuente, y admiró durante cortos segundos las aguas en donde los nenúfares y los lotos blancos fluctuaban con parsimonia como pequeños barquitas de papel, y los peces koi con sus elegantes movimientos jugueteaban bajo la flora acuática de la fuente generando un armonioso contraste de colores.
—Ha sido un gesto muy dulce de su parte, Sasha—reconoció conmovido, mirando de reojo a la jovencita que aguardaba a su lado—¿Qué decía en su carta? —tomó entre sus dedos un poco de alimento para los peces y con suaves movimientos dejó caer los granos en la superficie del agua cristalina, los cuales no tardaron en ser devorados por los koi.
—Él me recordó cuidar mi apetito, en especial medir mi gusto hacía las patatas dulces—comentó apenada pues ella reconocía que su voracidad, más que ser la de una dama, era la de un noble glotón que difícilmente se saciaba—Pero también dijo que las mujeres jóvenes tienden a gustar de cosas dulces y no es un mal habito realmente—recordó sonriente.
El cairen dejó caer el último puñado de alimento para los peces y sacudió sus dedos, dando un último vistazo a los juguetones animales que se dispersaban de nuevo al darse cuenta de que la comida se había terminado. Volvió su mirada a Sasha y correspondió su gesto, invitándola a seguirlo nuevamente en su paseo alrededor del patio, entre las flores perfumadas y los vapores de los incensarios que colgaban junto a las linternas de cristal.
—Tu buen apetito demuestra que eres una chica sencilla, e ingenua, quien se abstiene del despilfarro—halagó Eren con sinceridad en sus palabras—Esa es una cualidad esencial que resaltan los mandarines.
—Gracias, mi señor—dijo, inclinando su cabeza con docilidad. De pronto su lozano rostro se iluminó con emoción al recordar las palabras que le había confiado el compañero del emperador cuando en una ocasión recorrían los pasillos, mientras sus señores compartían la tarde juntos en el estudio del emperador—¡Mi señor! Tengo algo que comunicarle—avisó.
—¿Qué es? —quiso saber el cairen con curiosidad, entregando el cuenco a una de las siervas que se había acercado hacía ellos.
—En una de nuestras conversaciones el compañero de su majestad insinuó que usted, al parecer, será elegido como el siguiente consorte del emperador—expresó Sasha con palpable emoción en su voz, sonriendo ampliamente—¡Y lo más probable es que ocurra antes de que culmine el otoño!
Eren detuvo su andar abruptamente y encaró a la castaña con el rostro reflejando sorpresa, pero sus ojos verdosos brillando en radiante esperanza.
—¿Consorte? —repitió en voz alta incrédulo, recibiendo un gesto afirmativo de su dama de compañía—Habíamos hablado en algunas ocasiones respecto a ese tema… pero como un asunto un tanto lejano—comentó reanudando su marcha con la jovencita a su lado—Continúa por favor, ¿el señor Smith te dio más detalles?
—No… sus palabras fueron bastante vagas después de revelarme aquello, y rápidamente cambió de tema, como si las palabras que acababan de salir de su boca se las hubiera llevado el viento—se lamentó la castaña al no conseguir saciar la curiosidad de su señor.
—Está bien, Sasha, lo que me has contado es muy importante—la tranquilizó el cairen con amabilidad, sonriéndole serenamente pero con los ojos brillando con ilusión, deseando desde el fondo de su corazón que Levi prontamente lo hiciera su consorte—Le he manifestado mi sueño de estar a su lado como algo más que un cairen y él ha estado de acuerdo, aguardando el momento propicio para hacer los arreglos. No imaginé que podría ocurrir tan pronto, es decir, estamos en verano y el tiempo se va en un corto suspiro; las hojas no tardarán en perder su verdor y los vientos cambiarán de dirección—sonrió afectuoso ante ese pensamiento, arrancando con delicadeza una de las hojas lizas del árbol por el que iban pasando.
—¡Lo es, mi señor! y si su majestad no se lo ha dicho aún debe ser por alguna razón importante.
—Tiene sus motivos—coincidió Eren jugueteando con la frágil hoja entre sus dedos, desviando la mirada hacía los arreglos florales donde las eficientes jovencitas armonizaban el contraste entre los distintos colores de las plantas—Ambos hemos sido testigos de lo impredecible que es la vida dentro de las murallas. Las personas te obsequian sonrisas pero tras sus espaldas esconden un puñal que no dudarán en usar si se ven amenazados. Además…—agregó pensativo, mirando de soslayo a su dama de compañía, quien seguía sus pasos, escuchando con atención cada una las palabras que salían de sus labios—…el harem siempre ha estado estrechamente relacionado con la corte. Su majestad lo tiene presente, especialmente la consorte Rall.
Sasha asintió, comprendiendo el mensaje que su señor daba a entender en pocas palabras, sin embargo antes de continuar con su intima conversación se escuchó desde el fondo del pasillo el característico repiqueteo que ocasionaban las armaduras, llamando la atención de ambos, quienes se giraron en dirección de donde provenía el sonido. Ante ellos apareció Jean ataviado con el casco de su armadura aún sobre su cabeza, acercándose con su característico andar decidido y seguro, su capa rojiza ondeando tras su espalda y la espada atada a su cinturón; su vigorosidad se asemejaba a la de un tigre joven que se paseaba orgulloso por la montaña. Detuvo sus pasos ante los jóvenes que no apartaban la mirada de él y retiró el casco que protegía su cabeza, apoyando una rodilla sobre el suelo e inclinando su rostro, diciendo:
—Saludos, mi señor.
—Puedes ponerte de pie, Jean—concedió el cairen, sonriendo para él con resignación pues a pesar de haberle pedido al guardia que lo saludara con más familiaridad, él parecía reacio, explicándole que su formación le obligaba a mantener un mínimo de cortesía con la gente que habitaba en la ciudad—¿Qué te trae por aquí?
Jean se incorporó de su posición manteniendo el casco de la armadura bajo el brazo y les sonrió con despreocupación a ambos jóvenes, un gesto bastante común en él pues era alguien que parecía vivir ajeno a las tribulaciones. Llevó una mano hasta sus cabellos y los desordenó en un intento de refrescar su cabeza, encontrando alivio en la fría corriente de aire que se paseaba entre los primorosos arreglos florales, acariciándole el rostro con la suavidad del toque de un amante ocasional.
—Hice lo que me pediste—le hizo saber, peinando distraídamente sus cabellos—No fue fácil interceptar a Armin estos días; los exámenes imperiales se acercan y los funcionarios más importante del palacio han reclutado a los hombres más brillantes de La Ciudad Prohibida—suspiró cansadamente dejando en paz su cabellera—Así que ya imaginarás lo ocupado que está Armin yendo y viniendo del Salón de la Gloria Literaria a la Biblioteca Sur.
—Entiendo—cabeceó Eren con voz comprensiva.
—Le dije que no era necesario que tuviera la información lista en ese preciso instante, podía regresar cualquier otro día y él me dijo que me acercara hoy a la Biblioteca Sur.
—¿Es decir que tienes todo lo que te encargué averiguar?
Jean negó varias veces, menguando la sonrisa que se posaba sobre sus labios.
—No todo. Buscar información acerca de la consorte Rall, y aún más, sobre la consorte Magnolia no es una tarea fácil. Los memoriales de la familia imperial se mantienen bajo llave y solo los miembros de la familia, o alguien por orden del emperador, pueden tener acceso a ellos—repitió las mismas palabras de Armin—Pero dijo que no te preocuparas, averiguaría en los memoriales públicos si se hacía mención de ambas consortes y te enviaría lo que considerara relevante—comunicó con determinación en su mirada, pues él confiaba en el excelente trabajo que su amigo realizaba cuando se trataba de libros y búsquedas.
—Seré paciente. Pese a ser un tema que me genera muchas dudas no sería correcto importunar a Armin con eso por ahora—aceptó Eren con una sonrisa agradecida sobre sus suaves labios color carmín—¿Y respecto a Zeke?
—Esa fue una tarea más sencilla—Jean avivó su sonrisa como la hoguera que era alimentada e incrementaba su resplandor—Con los datos que proporcionaste sobre tu familia Armin consiguió comprobar que efectivamente Zeke es un Jaeger del norte.
—¿Del norte? —preguntó el cairen desconcertado—¿Por qué del norte? Hasta donde tengo entendido, no hay miembros de mi familia que posean tierras al norte del país—indagó compartiendo una significativa mirada con su dama de compañía.
—Tendría sentido si se tratara del compromiso de una mujer de la familia Jaeger con un noble del norte, sin embargo no puede ser, porque evidentemente el apellido proviene del padre—intervino Sasha después de varios minutos guardando silencio obedientemente—Algo debió suceder para que su familia se desplazara.
—Efectivamente, Sasha—le dio la razón el guardia—El padre de Zeke falleció a causa de la fiebre tifoidea meses después de haber nacido. Su madre entonces decidió cortar los lazos con la familia de su esposo y retornó a su hogar, el cual se encuentra en las tierras del norte. Es por eso que tu familia probablemente no comente demasiado acerca de él—explicó con elocuencia, cambiando su expresión a una ligeramente insegura, preguntándose si era prudente sacar a la luz aquél dato con el que Armin se había topado.
Eren levantó con elegancia una de sus perfectas cejas ante el repentino mutismo del guardia, sospechando que aún había algo que él no sabía y a juzgar por la notoria incertidumbre que reflejaba su rostro, podía afectarlo.
—¿Qué es, Jean? —presionó el cairen con calma.
—Bueno…—empezó el guardia, suspirando para continuar con más firmeza—En una parte del memorial de Zeke se hablaba brevemente sobre el pasado de sus padres. Inicialmente su madre no había sido comprometida con su padre, sino con otro hombre de la familia Jaeger, uno que canceló los esponsales para casarse con una joven campesina—Jean lo miró con intensidad, haciendo énfasis en la última parte de la reveladora información.
—¿Mi padre? —Eren dejó caer la hoja a la cual se aferraban sus dados, mirando a diferentes direcciones del patio, intentando rememorar entre las conversaciones que había mantenido con Grisha a lo largo de su vida, buscando alguna pista, una mención sobre aquél compromiso que nunca fue—… Él jamás mencionó nada sobre un compromiso previo al que realizó con mi madre.
—Quizá no lo consideró como algo que necesitara ser sacado a la luz después de casarse con su madre, mi señor—opinó Sasha con sensatez, consiguiendo que la mirada cándida del cairen se posaran sobre ella.
—Tienes razón—suspiró hondamente el jovencito castaño, cerrando durante pocos segundos sus ojos, abriéndolos al instante mientras que con una suave exhalación dejaba escapar el aire dulzón de sus pulmones—Si mi padre nunca habló de eso es porque no lo veía necesario o relevante.
—Lo que rezan los memoriales después de su ingreso a la ciudad es cómo inició sus labores directamente en Xian Ling, siendo una de las principales cabezas del cuerpo médico de la consorte Rall, al parecer recomendando por un miembro de la propia familia de la consorte—contaba Jean, sacando de uno de sus bolsillos varias hojas perfectamente dobladas para no revelar su contenido—Armin copió varios pasajes su memorial, en especial los que consideró que podrían llegar a ser de utilidad—le entregó las notas que el escriba había seleccionado cuidadosamente, siendo recibidas por las manos pequeñas y perfumadas manos del cairen, quien las examinó superficialmente con un rápido vistazo.
—Gracias, Jean, por favor dile a Armin que su favor será recompensado—le comunicó Eren alzando la mirada.
—Oh, también olvidaba esto.
Eren observó con cautela la carta que a simple vista no le indicaba su procedencia o remitente pues el papel era bastante común; mientras que los nobles acostumbraban a comunicarse usualmente mediante extensas cartas de bambú, los demás optaban por el papel plegado, como ocurría con esta carta. Tomó el papel con una mano y lo recorrió con la mirada hasta dar con el nombre de su remitente. Bastó con detallar la pulcra caligrafía con el que había sido escrito su nombre para identificar a la dueña del mensaje. Era de Christa, la que había sido la primera persona en mostrarle simpatía entre la hostilidad del harem, con quien había aprendido a compartir su felicidad, intentando darle un poco de ella, la que había dado por finalizada la amistad que él con tanto amor había atesorado. Por la noche, cuando su mente divagaba, pensaba en ella y si era correcto dirigirle la palabra nuevamente, tan solo para intentar apaciguar la ira que destilaba el vulnerable corazón de la cairen, pero se retractaba al instante pues se decía que lo mínimo que podría hacer por ella era respetar la decisión que había tomado. Pero ahí en su mano descansaba una carta en donde ella, a pesar de su furia, había escrito delicadamente su nombre con pinceladas certeras y la cantidad de tinta negra suficiente para no estropear el papel.
—Es de Christa—susurró, sintiendo una pequeña presión en sus entrañas.
—Honestamente no lo considero un buen augurio—musitó el guardia con rechazo en su voz, mirando despectivamente la carta que sostenía Eren ante sus ojos. No era necesario preguntar la opinión que tenía respecto a la cairen para saber que sentía hacía ella una profunda animadversión—Su corazón ha quedado dañado y dudo que haya sanado en tan corto tiempo.
—Tal vez quiere conversar sobre lo sucedido aquél día…—aventuró dudoso observando con detenimiento la carta, como si esperase discernir los sentimientos con los cuales había sido escrita.
—El espejo roto puede juntarse—aceptó Jean con reticencia—Pero tus manos pueden resultar dañadas al intentar juntar las piezas, además su reflejo ya no será el mismo—recitó solemnemente, refiriéndose a la amistad fragmentada de ambos cairenes.
Eren asintió con suavidad ante las sabias palabras del guardia y apartó su mirada de la carta que sujetaban sus dedos.
—Seré precavido—le prometió al hombre que aguardaba delante suyo, sonriendo tranquilamente, intentando desvanecer la sombra de intranquilidad que oscurecía su mirada.
El día continuó con normalidad en el palacio Qingning; afuera, los siervos limpiaban el frente de palacio barriendo los pétalos que caían de los árboles cercanos debido a las continuas ventiscas que mecían sus ramas en una parsimoniosa danza. Dentro del palacio las siervas cambiaban las velas que se consumían en los candelabros por unas nuevas, añadían más incienso a los pebeteros que desprendían relajantes fragancias y pulían la madera del suelo y los muebles de los salones. Eren se aseguraba de cuidar la presentación del lugar donde habitaba pues era el reflejo de su cuidado y buen gusto, además era consciente de la exigencia que tenía el emperador respecto al orden y la limpieza de los lugares que frecuentaba, razón por la cual todos los días ordenaba que el palacio fuese rigurosamente aseado por dentro y por fuera. Mantenía su palacio con las puertas abiertas y la mesa dispuesta para él, esperando que el sol se ocultara tras las murallas y la noche callera cubriendo todo con su generoso manto, para así aguardar paciente la procesión de linternas delante de su puerta, advirtiéndole que su amante anhelaba compartir una velada con él. Para su tristeza, las visitas nocturnas habían sido interrumpidas debido a las ocupaciones del emperador, asuntos que no podían ser ignorados pese al deseo de ambos por compartir largas horas en compañía del otro.
Lo sorprendió la negrura de la noche afuera de su balcón avisándole que el día estaba llegando a su final. Las linternas que brillaban tenuemente como diamantes a la luz del fuego, empezaban a encenderse, una a una, alumbrando los jardines y al mismo palacio. Las siervas ingresaron silenciosas a su habitación con baritas de madera que se utilizaban para encender las lámparas de los techos altos y velas que reposaban dentro de esferas de cristal. No reparó demasiado en las jovencitas pues se hallaba ensimismado en sus propios asuntos sentado frente al fino tocador en donde Sasha reacomodaba las alhajas en sus cabellos mientras él daba una última lectura a la carta que Christa había enviado a su palacio, dejándola sobre la superficie del tocador al leer la última frase del mensaje.
—Quiere que nos reunamos para beber el té en un pabellón y discutir sobre el rumbo que ha tomado nuestra amistad—dijo el cairen, observando a través del espejo a su dama de compañía, quién le regresó la mirada.
—¿Asistirá, mi señor? —quiso saber la castaña deteniendo momentáneamente sus manos laboriosas.
—Lo haré, aunque coincido con las palabras de Jean, si conseguimos sobreponernos a este incidente las cosas no serán como antes—admitió con amargura, tomando un delicado recipiente de porcelana blanca con detalles en plata y retirando la cubierta para remojar el fino pincel que sostenía entre sus dedos dentro de él—Sin embargo es lo mejor para ambos, quizá así consigamos paz para nuestros corazones. No deseo que Christa se atormente cuando escuche mi nombre o vea mi rostro, no es bueno para su espíritu el cual aún es joven—divagó en voz baja, pintando con suaves trazos sobre sus labios carmín. Se miró largamente en el espejo hasta sentirse satisfecho con la elegante imagen que se reflejaba ante sus ojos.
—¿Esta noche irá a rezar al templo? —preguntó Sasha asegurando las horquillas doradas con finos hilos de oro que apenas alcanzaban a rozar las delicadas clavículas desnudas del cairen.
—Sí, además me gustaría dar un paseo nocturno.
—Llamaré a Jean para que nos acompañe, mi señor—propuso la castaña.
Eren asintió suavemente, sintiendo el peso de las alhajas y las flores de seda sobre su cabeza, meciéndose con gracia al menor movimiento que realizara. Se incorporó con ayuda de Sasha, quien puso sobre su túnica ocre de flores de naranjo, una larga y vaporosa chalina marrón que se confundía en los pliegues de su falda blanca y roja. Ambos descendieron a la planta baja del palacio en donde Jean aguardaba con dos faroles en sus manos, entregándole uno a la dama de compañía cuando esta se acercó hacía él y fue así como los tres partieron silencio hasta el templo que, pese a ser el más cercano al palacio Qingning, se hallaba a una distancia considerable. El camino se hacía ameno entre conversaciones y anécdotas, siendo Sasha y Jean los que más compartían sobre sus vidas antes de llegar a la ciudad amurallada, siendo escuchados atentamente por el joven cairen quién disfrutaba de sus historias al imaginar las tierras lejanas y desconocidas de las que hablaban con tanta añoranza. Dejaron atrás la calzada bordeada de espesos árboles y arbustos en donde caían como una débil lluvias los delicados pétalos de las flores que se abrían seducidas por la intimidad de la noche y ante ellos se abrió una explanada que quizá no se asemejaba en tamaño a la que se encontraba en el patio exterior de la ciudad amurallada, pero igualmente de considerable tamaño. A medida que se iban acercando a las escaleras de piedra que guiaban a un edificio iluminado por varias linternas notaron la presencia de un gran número de eunucos, siervas y guardias organizados en filas, esperando delante de la fachada principal del edificio que se erguía ante ellos.
—¿No es la corte del emperador? —preguntó Sasha en voz alta al percatarse de la presencia de un palanquín.
—Al parecer son sus siervos—reconoció Jean a su lado.
—Creo que el hombre que está saliendo por la puerta es el señor Smith…—dijo la castaña achichando su mirada para intentar distinguir las facciones del hombre, apenas iluminadas por la luz plateada de la luna y las linternas que alumbraban el lugar con su fulgor crepuscular—Oh, creo que se ha percatado de nuestra presencia—advirtió con sorpresa, mirando de reojo al cairen.
Eren alzó su vista al frente, más allá de las escaleras de piedra en donde se podía apreciar al compañero del rey observándolos desde lo alto.
—Supongo que es apropiado subir hasta donde se encuentra y saludarlo, después de todo, sabe que estamos aquí—opinó el guardia, recibiendo una respuesta afirmativa por parte del joven cairen.
Ascendieron por las escaleras de piedra tallada y Eren agradeció mentalmente que estás estuvieran iluminadas con faroles, evitando el peligro de tropezar o resbalar por la escasa luminosidad de la noche y las sombras engañosas que dibujaba la luna en el mundo de los hombres. Llegaron hasta la cima y los ojos de los jóvenes fueron cautivados por la fascinante visión de los varones arrodillados con sus cabezas gachas y un farol descansando delante de ellos, las siervas con los incensarios destilando suaves vapores que pululaban en la lozanía del lugar, los guardias con sus espaldas firmes y mirada estoica manteniendo con paciencia sus posiciones; era una escena peculiar pero espléndida pues los presentes parecían permanecer estáticos en sus lugares ignorando el flujo del universo que continuaba a su tiempo sin detenerse.
Los sabios ojos azules de Erwin brillaron bajo la luz de linternas que colgaban del pórtico y su sonrisa rivalizó con la calidez de las llamas que ardían dentro de ellas. Saludó a los recién llegados con un suave asentimiento y los jóvenes se arrodillaron ante él, no solo por tratarse de una persona mayor a quién naturalmente debían respeto, sino por el alto cargo que ostentaba y su cercanía con el emperador, convirtiéndolo en consecuencia como de las personas más veneradas en La Ciudad Prohibida.
—Saludos, señor Smith—corearon los tres muchachos. Eren y Sasha mantenían sus manos entrelazadas sobre su vientre, ocultas dentro de las mangas de sus túnicas mientras Jean apoyaba su mano puño derecho sobre su corazón, el cual estaba protegido por la maciza armadura de dragón.
—¿Dando un paseo nocturno? —insinuó el hombre con su ya acostumbrada cordialidad, mirándolos con expresión benévola—Pueden ponerse de pie—hizo un ademan con su mano extendida.
—Gracias—dijeron al unísono los jóvenes incorporándose.
—¿Qué lo trae por estos parajes, señor? —preguntó el cairen con curiosidad pues era la primera vez que se topaba con Erwin en una zona tan alejada de los edificios principales que solía frecuentar.
—Después de tener la mente ocupada en asuntos estatales es correcto despejarla con algo de meditación—respondió entrelazando sus manos con actitud reposada—El emperador y yo nos hemos visto ocupados principalmente por los preparativos de los exámenes imperiales, organizando los cuestionarios y las fechas en los que serán llevados a cabo—explicó sin mermar su enérgico espíritu a pesar de las largas jornadas de trabajo que lo absorbían hasta que el sol se ocultaba detrás de las murallas.
—¿El emperador revisará personalmente las respuestas? —preguntó con interés el guardia, pero conservando la educación que usaba para dirigirse hacia sus superiores y gente de cargos importantes.
Los ojos azules del hombre repararon en él por primera vez con curiosidad, como de pronto su rostro se le hiciera familiar a pesar de nunca haber intercambiado una fugaz mirada en el pasado.
—Así es, el emperador es quien inicialmente revisa las respuestas de los candidatos porque puede darse el curioso caso en el que una respuesta no sea la correcta, pero su razonamiento sea el indicado—contestó Erwin percatándose del genuino interés que manifestaba el joven—¿Planeas presentarte en un futuro?
Jean sonrió para sí mismo, encogiéndose de hombros al verse descubierto.
—He escuchado rumores sobre la rigurosa preparación que realizan los candidatos con años de anticipación, no solo intelectualmente, sino físicamente—comentó Jean con ligera timidez.
—Ciertamente, quien desea aspirar a ocupar un cargo de funcionario imperial debe cultivarse mentalmente sin descuidar su cuerpo pues este es el templo en el que reside el alma del hombre—recitó Erwin con sabiduría en sus palabras, mirando los rostros absortos de los jóvenes quienes lo escuchaban como a un sabio maestro en medio de su disertación—Sin embargo nunca es tarde cuando se trata de educar el espíritu; el país necesita grandes sabios y pensadores, individuos que persigan la iluminación y eduquen a sus hermanos—exhortó con una sonrisa que irradiaba seguridad, animándolo a no renunciar al sueño que atesoraba en secreto.
—Le prometo que meditaré en sus palabras, señor Smith—garantizó el castaño correspondiendo su gesto, sintiéndose repentinamente esperanzado al saber que una persona tan distinguida y sabia como él mostraba su simpatía y apoyo.
—Es satisfactorio oír eso. ¿Qué les parece si caminamos un poco? Creo que podemos encontrar un tema de común interés para conversar. No todas las noches estamos en compañía de una luna tan perfecta y radiante—propuso el compañero del rey de repente, dirigiéndose a Sasha y Jean. Luego reposó su mirada clara sobre el cairen, quién lo observaba en silencio con notoria confusión en su rostro y continuó—Después de todo, cairen Jaeger estará ocupado acompañando a su majestad en sus reflexiones dentro del templo.
Eren parpadeó varias veces perplejo ante la insinuación que Erwin había hecho con aparente ingenuidad. No esperaba que Levi se encontrara presente al no verlo junto al rubio como era costumbre pero para su sorpresa él se hallaba dentro de aquél misterioso templo al cual Erwin lo invitaba para que se uniera a él y le hiciese compañía.
—No deseo importunar a su majestad…—consiguió balbucear, jugueteando con la fina chalina que descansaba sobre sus antebrazos.
Erwin negó con una pequeña sonrisa que transmitía serenidad.
—No lo incordiarás con tu presencia, al contrario, se regocijará de poder verte y pasar tiempo contigo—lo tranquilizó haciendo un gesto a los guardias que custodiaban la entrada del templo para que abrieran las altas y pesadas puertas de madera.
El cairen miró a sus acompañantes, preguntándose si sería cortés ausentarse y dejarlos en compañía del caballero de la corte y estos le enviaron sonrisas comprensivas que le permitieron marcharse sin tormentosos remordimientos. Avanzó con naturalidad a pesar de sentir los ojos ajenos sobre su espalda los cuales lo acompañaron hasta que las puertas se cerraron detrás de él, sintiendo de pronto que había abandonado el mundo que conocía, el terrenal, el de los hombres y ahora se hallaba en un universo distinto donde el tiempo parecía haberse detenido y el débil murmullo del viento se había extinguido. Intentó durante varios segundos acostumbrarse a la modesta iluminación del lugar pues la luz era tenue, vaporosa, fina como la de una nube de luciérnagas danzando en el corazón de la arboleda. Levantó los extremos de la falda del hanfu para evitar tropezar con la suntuosa prenda y caminó dando pequeños pasos, pisando tímidamente el suelo como si pisara las nubes del cielo, avanzando guiado por un distante resplandor azulado el cual parecía encaminarlo hasta donde creía que estaría Levi rezando, ajeno a su presencia. No reparó en los exquisitos murales que colgaban de las paredes, ni en los finos grabados de oro y jade con las que habían sido grabadas las cornisas ya que sus sentidos estaban concentrados en no perder de vista la misteriosa luz que ya casi podía sentirla abrazando su cuerpo.
El pasillo lo condujo hasta un salón con linternas de cálida luz brillando débilmente sobre el suelo, rodeando las esquinas y un camino alfombrado que llevaba hacía una plataforma de madera bordeada por largas y etéreas cortinas las cuales inútilmente ocultaban la silueta de un hombre sentado en silencio, bañándose bajo la tenue estela de la luz azul que notó, provenía del techo; arriba en lo alto, dentro de la bóveda de cristal, varios peces koi fluctuaban relajadamente, dando vueltas y creando graciosas sombras, era como estar mirando la luz del exterior bajo las aguas del mar. El pacifico silencio y la irreal luz azul eran elementos propicios para la meditación, o para el encuentro de dos seres que solían buscarse en la intimidad de la noche. Eren se acercó con cautela, subiendo los tres escalones de madera que poseía la plataforma y con delicadeza, conteniendo inconscientemente la respiración, se topó con la figura del emperador sentado en la posición del loto, desprendiendo una luminosidad casi irreal que lo hacían lucir como una deidad en el mundo de los hombres. Su vientre cosquilleó dulcemente y una oleada de energía se extendió a través de su cuerpo como el relámpago sobre el cielo. Llegó a él en menos de siete pasos y cuando lo tuvo cerca sonrió como un duendecillo juguetón al inclinarse y cubrir con sus pequeñas manos los ojos del pelinegro, sintiendo las espesas pestañas contra su piel perfumada. Sin vergüenza en sus acciones acercó los labios al oído del hombre y lo acarició con el tibio aliento que nacía de su pecho para susurrar a continuación con tentadora inocencia:
—No me había dado cuenta de que tenías un lado tan espiritual.
El hombre al que rodeaba con sus brazos no se alteró ante su alarmante cercanía, como era de esperar, tampoco se removió del celoso agarre que ejercían los brazos del cairen, quién cubría con su vaporosa túnica el cuerpo del varón. Eren sonrió satisfecho cuando los dedos de la mano contraria acariciaron el interior de sus muñecas con mortal afecto, delineando las venas, apenas visibles sobre su piel, por donde corrían diminutos caudales de sangre. Los dedos ajenos subieron trazando un rastro invisible sobre la tibia piel que se extendía como seda, encontrándose con sus dedos, los cuales fueron apartados con gentileza, sintiendo como las manos ajenas guiaban las suyas ciegamente, descendiendo por las tersas mejillas del emperador hasta detenerse sobre sus labios en donde estos aguardaban pacientes por consentirlo; un beso fue depositado sobre sus nudillos con la misma delicadeza de las mariposas al besar los rostros de las flores en la cúspide de la primavera. Le siguió otro más parsimonioso y entregado, en donde los labios del pelinegro se frotaron cariñosamente contra su piel, arrebatándole un fugaz suspiro al cairen ante la provocación del hombre, quien jugaba con sus manos como si de su boca se tratase.
—He de admitir que no soy un hombre entregado a la fe—habló Levi en voz baja con su aliento chocando semejante a la tierna brisa de verano en la piel del cairen. Las manos del pelinegro subieron hasta las frágiles muñecas del joven y sus dedos se enrollaron en ellas, afianzándolas en un agarre firme que no consiguió alarmarlo—Pero esta noche he decidido entregar mis oraciones a la Madre Misericordiosa—manifestó girando su rostro por encima del hombro, quedando así sus rostros a pocos centímetros para que sus labios se tocaran finalmente.
—¿A qué se debe esa repentina devoción? —Eren no se echó hacia tras, manteniéndose firme en su posición con el mentón apoyado sobre el rostro del hombre de mirada lobuna, provocándolo inconscientemente con el aire inocente que inspiraban los finos rasgos de su faz pero que en vano ocultaban el brillo pícaro reflejado en el verdor de su lánguida mirada.
Sin miramientos Levi tomó el cuerpo del jovencito entre sus fuertes brazos y con un hábil movimiento lo acomodó sobre sus piernas que aún mantenían la posición del loto y lo acunó, eclipsando la luz de la bóveda de cristal en donde los koi continuaban su elegante danza en el agua, entre fabulosas sombras que se proyectaban sobre la pareja de amantes debajo de ellos. Eren aferró sus dedos al hanfu carmín del emperador y en consecuencia aflojó el cuello de la prenda revelando una generosa parte de su cuello y clavículas las cuales delineó con su tibio pulgar con lentos trazos negándose a dejar de admirar las preciosas lunas que el emperador tenía por ojos.
—Mi devoción reside en ti, ¿acaso tienes idea de lo que eres? Eres una pieza de tierno durazno que mis labios ansían probar. Eres el cisne que se desliza con elegancia por el estanque y un capullo que florece secretamente durante la noche—le decía Levi acariciando con su aliento el estilizado cuello del jovencito, aspirando con deleite la sugerente fragancia a primavera y pasión que desprendía la piel ajena, arremolinándose sobre su nariz y obnubilando sus sentidos—Las manos ajenas que osaran tocar tu pecho dejarían una huella imborrable, pero mi espada y corazón están contigo… y rezo por ti ante Kuan Yin—susurró con voz enronquecida deslizando furtivamente una de sus manos dentro de la falda del cairen, levantándola hasta los mulos para así acariciar a gusto la sedosa piel que se erizaba bajo su mano experta—Con mi boca rezo por tus labios… tu pecho... tu regazo—fue enumerando estremeciendo al joven cuerpo debajo de él con las palabras oscurecidas en deseo que morían en la piel del cairen como las olas del mar lo hacían en la arena de la playa.
Los jugosos labios de Eren sonrieron complacidos al sentir sobre su carne un suave mordisco acompañado de un traviesa lamida que se extendió hasta su yugular creándole una chispeante sensación de vació al notar que los mordiscos se volvían más sugerentes y hambrientos. Por reflejo destensó sus piernas y las abrió sugerentemente, oportunidad que Levi no desaprovechó al explorar más allá del límite que mantenía, adentrándose sigilosamente al majestuoso templo que era la intimidad del chico, la cual guardaba sagradamente para él. Plata y esmeralda chocaron entre sí al mirarse entre las sombras acuosas de los peces y las chispas volaron a su alrededor encendiendo automáticamente sus cuerpos como una hoguera ardiente que los empezaba a consumir. Levi masajeó su trasero un par de veces arrancándole sutiles suspiros al cairen quién sentía su cuerpo derretirse entre los fuertes brazos que lo sostenían y hacían que su cuerpo temblara como una hoja indefensa en medio de la tormenta. En las profundidades del templo se empezaron a escuchar los ceremoniosos canticos de los bonzos uniéndose a su encuentro nocturno y las rítmicas campanadas de los altares le advirtieron a Eren que en los ademanes del emperador había algo distinto, quizá más firmeza, más ansiedad, porque cuando se sumergió en el escenario lunar de sus ojos notó un halo de decisión brillando poderosamente. Él lo quería más que nunca. Ahí y ahora.
—No—sonrió el castaño deteniendo los labios que ansiaban emborracharse con el licor de los suyos. Acarició con ternura la suave carne que temblaba bajo su tacto, negando con la cabeza—Cuando todo esté dicho y hecho… mi único, podrás tenerme—le recordó apoyando su frente contra la de él cariñosamente, ensanchando su sonrisa ante la notoria frustración del hombre en su rostro.
—Eren…—gimió ansioso el emperador, juntando con sensualidad su cuerpo contra el del cairen, intentando transmitirle el insaciable deseo que tenía por deshacerse de sus ropajes y hundirse profundamente dentro de él, de sentirse uno solo en aquél templo de fragante incienso y solemnes canticos.
Eren volvió a negarse con juguetona crueldad en sus ojos, deshaciéndose del agarre que aprisionaba su cuerpo para así liberarse y ponerse de pie dejando a Levi confundido sobre el suelo con el hanfu desordenado y la carne palpitando en deseo. Se apartó con el vestido flojo y la túnica resbalando por uno de sus hombros, revelando la piel que en público cubría pudorosamente pero frente al pelinegro enseñaba con despreocupación, como si fuera natural pasearse con la ropa suelta y el rostro arrebolado ante el soberano de un reino. Se perdió entre las cortinas de seda que rodeaban la plataforma con una última mirada al hombre que aún permanecía sentado, atento a sus movimientos como un lobo acechante, y saltó entregándose a la parcial oscuridad del salón y a los canticos de los bonzos que parecían haberse incrementado.
Levi se levantó confundido sin reparar en su pecho casi desnudo pues su mente y sentidos estaban ocupados intentando encontrar la imagen del cairen que jugueteaba travieso con él, escapándose de sus brazos y negándole el placer de beber el cariño que le profesaba desde sus labios. Hizo a un lado las cortinas de seda que se balanceaban lánguidamente a causa de las corrientes de aire y se asomó buscando entre las luces de los candelabros y el débil brillo del centro de los pebeteros al joven cairen a quién podía sentir en el lugar paseándose al ritmo de las campanas y los canticos. Lo vio moviéndose con la elegancia del loto fluctuando sobre las serenas ondas del lago, retándolo con sus ojos provocadores para que fuera tras él y siguiera sus pasos porque sabía que el cairen disfrutaba de ver cómo Levi se sometía ante sus juegos furtivos y así lo hizo al correr tras él intentando atraparlo sin esforzarse realmente porque él también encontraba incitante aquél juego de cacería. Eren esperaba junto a un candelabro de considerable tamaño el cual, con la pequeña llama de las veladoras, iluminaba suavemente sus facciones de venerada divinidad, realzando el vibrante verde de sus ojos que quemaban más que el fuego de la hoguera. Estiró la mano para atraparlo y atraerlo hacía su pecho pero la punta de sus dedos apenas alcanzaron a rozar la punta de la etérea chalina que se alzaba detrás del cairen como la estela del cometa recorría el firmamento nocturno. El cairen escapó nuevamente esquivando los incensarios que colgaban desde las vigas del techo alto y él siguió sus pasos mezclándose con el aroma de las fragantes nubecitas de humo que salían de los recipientes de plata.
Eren se detuvo delante del altar a Kuan Yin, girando su rostro en diferentes direcciones tratando de buscar entre las sombras la figura del emperador de quién había perdido el rastro después de algunos minutos. Sonrió con la respiración agitada, orgulloso de no haberse dejado atrapar por los fuertes brazos que ansiaban apresarlo y doblegarlo pero su emoción no duró mucho tiempo pues esos mismos brazos llegaron por detrás y lo abrazaron con una fuerza que no lastimaba, al contrario, transmitía seguridad y calidez.
—¡Levi! —rió Eren con sorpresa al sentir sobre su nuca un húmedo beso que azotó a su cuerpo con una dulce descarga de energía.
—¿Creíste que podrías escapar tan fácilmente de mi? —fue el susurro ronco de Levi acariciando su oído con el tibio aliento que brotaba de sus labios.
—¿Me dejarás ir? —aventuró inocente el castaño casi sin aire en sus pulmones ya que la mano del emperador deslizaba la túnica de su hombro con insinuante lentitud.
—No esta noche—respondió Levi besando la piel desnuda como si bebiera del rocío de las rosas; acariciando con sus labios cariñosamente la perfumada piel que se erizaba bajo su tacto.
El emperador le dio la vuelta y lo despojó de la túnica que resbalaba de su cuerpo y lo recostó sobre el suelo de madera en donde inició una lucha entre hambrientos besos y traviesas manos que ansiaban hacer a un lado la estorbosa ropa que cubría las pieles anhelantes de sentirse. Sus bocas se movían desesperadas, entrelazando sus lenguas en una batalla ardiente, acariciando sus labios con hambre y ganas de devorar la boca del contrario. Levi apenas se separó unos centímetros para recuperar algo de oxigeno mirándolo desde arriba como un lobo que acaba de cazar a un indefenso cervatillo; el plata fulminante de sus ojos lo doblegó y él voluntariamente se entregó a sus pecaminosas caricias cuando una rodilla se acomodó entre sus piernas obligándolo a separarlas. Las manos temblorosas del cairen se precipitaron hacía el hanfu del pelinegro, el cual ya se encontraba abierto revelando su musculoso torso empapado por las primeras gotitas de sudor que resbalaban tortuosamente desde su pecho, deshaciéndose de la parte superior para poder sentir y acariciar aquél cuerpo caliente y duro que lo aprisionaba contra el suelo, pegándose a él en una danza sensual que lo incitaba a abrirse más y recibirlo.
Ambos se acariciaron largamente entre besos y gemidos delante del altar de Kuan Yin, entre vapores aromáticos, la tenue luz de las velas y las sombras de los peces que nadaban sobre ellos sin inmutarse ante los susurros cargados de apasionado amor y acaloradas confesiones. Y después de que el torbellino de emociones arrasara con sus fervorosos cuerpos la calma se hizo presente en sus caricias, las cuales fueron menguando hasta convertirse en lánguidos toques y cariñosos besos que no podían borrar las sonrisas que se dedicaban al mirarse a la luz de la vela.
Ahora estaban apenas cubiertos por sus respectivas túnicas cubriendo la desnudez de sus cuerpos; Levi apresaba la cintura del cairen con uno de sus brazos y Eren apoyaba su cabeza sobre el pecho del emperador, escuchando bajo su oído el acompasado y rítmico latir de su corazón el cual parecía tranquilizarlo y adormecerlo con cada bombeo.
—Te extrañé durante todos estos días, ¿sabías? —murmuró Eren acariciando el pecho níveo del pelinegro con movimientos distraídos y perezosos.
—Tú también me hiciste falta. Había planeado una cena en alguno de los pabellones de los alrededores pero los asuntos estatales me han mantenido bastante ocupado—se disculpó Levi en voz baja al notar el estado somnoliento del jovencito quien se abrazaba a él como un bebé koala.
—Lo sé, debes estar agotado—reconoció el castaño—No debes olvidar que tienes que descansar. ¿Crees que no me di cuenta? —inquirió levantando su hermoso rostro para mirar la reposada faz del monarca, quién lo observaba en silencio—Bajo tus ojos hay una sombra producto de tus largos desvelos… ¡Un imperio no puede ser gobernado por un emperador que cabecea delante de sus ministros! —riñó cariñosamente, sonriéndole después con la inocencia natural que desprendía cada uno de sus gestos.
Levi sonrió inconscientemente ante la preocupación del más joven, enterrando su rostro en la perfumada cabellera del cairen, aspirando con delicia el dulce aroma de sus hebras castañas, similares a los hilos de seda de los vestidos más finos del palacio.
—Tienes razón, es imprudente que mantenga mi vigilia después de tantos días sin descanso—aceptó mansamente el emperador—Y tú también debes cuidar de ti, no es prudente que deambules por las noches tan descuidadamente.
—Quizá… podríamos descansar en mi palacio—aventuró Eren con voz queda cerrando los ojos al sentir las tersas caricias del pelinegro sobre su cintura.
—Sí, mi amor—suspiró Levi besando su mejilla—Cómo desees.
Dos seres unidos en las profundidades del templo hacían temblar con envidia a las estrellas del cielo, y sus corazones, al entenderse con una larga mirada y dulces palabras, eran envueltos en el intenso aroma de las orquídeas de la Madre Misericordiosa.
"Mañana de verano, durmiendo en el sosiego no se advierte el peligro. En la puerta del palacio se oyen cantos de pájaros, más allá de la muralla se oyen cantos de guerra. Llega la noche, hay sonidos de cigarras y caballos. Cayeron flores, cayeron hombres, quién sabe cuántos."
"Es el día" repitió Christa en su mente por cuarta vez aquella tarde en el pabellón donde había acordado la merienda a cual Eren acudiría ignorando la desagradable razón de su invitación. Llevó sus manos hasta las horquillas de plata que se enredaban en los cabellos dorados y las reacomodó nerviosamente, acción que había estado repitiendo desde que había tomado asiento delante de la mesita baja en donde estaban dispuestos una diversa variedad de exquisitos aperitivos salados, pasteles de cubierta azucarada y fruta fresca y jugosa, agradable a la mirada. Apartó las manos temblorosas de su cabello antes de arruinar el arreglo de las horquillas en un vano intento de distraer su mente ante el inminente acontecimiento que iba a ocurrir y ya no podía cancelar porque su padre había cumplido con su parte del trato, así como la consorte Rall. Todo dependía de ella ahora.
Miró de reojo a las siervas que revoloteaban por el pabellón encendiendo las velas aromáticas con finas varitas de madera, adecuando el pabellón con finos velos que cubrían las celosías del recinto para que el viento entrara más ligero y no apagara las frágiles llamas de los incensarios, yendo y viniendo con bandejas de madera tallada que contenían más platos exquisitos para degustar y una en especifico, a la cual le costaba observar por obvias razones, que sería utilizada al momento de servir el té. La cairen apartó rápidamente la mirada de las tazas de porcelana negra en donde una de ellas contenía el veneno que la sirvienta obedientemente había vertido y la otra un exquisito té de crisantemo inofensivo. Entrelazó los dedos y acomodó las manos sobre su regazo mirándolas fijamente, sintiendo como su boca empezaba a secarse y el estomago a apretársele en un nudo que subía hasta su garganta. Oh, no, quería llorar, podía sentir sus ojos azules como el cielo de esa tarde nublándose, si no se controlaba grandes caudales de lluvia caerían como finas cascadas de sus ojos y alertaría a las siervas, o a Eren, del doloroso conflicto por el que atravesaba su frágil corazón. Con uno de sus dedos limpió las esquinas de sus parpados, mirando hacía el techo intentando evitar que las primeras gotitas de agua se le escaparan de los ojos y arruinaran el maquillaje que por horas había preparado delante del espejo, y respiró hondamente tratando de tranquilizar su respiración.
"Todo estará bien… todo saldrá bien. La consorte Rall prometió que se encargaría de lo demás, yo solo debo darle el té a Eren y esperar", se dijo más tranquila, evitando evocar los agradables recuerdos que compartía con aquél que había considerado su hermano dentro del harem, porque a pesar del odio que sentía hacía él, a veces había un pequeño halo de vulnerabilidad que le hacían flaquear en su cometido y reconsiderar sus acciones. Pero no podía hacerlo ahora, no cuando la consorte Rall, y en especial su padre, tenían las esperanzas puestas en ella. "Lo siento, Eren…"se disculpó mentalmente observando a una de las siervas colocar sobre la mesa un bandeja con finos cortes de durazno maduro, el acompañante idóneo para un té de suave sabor y fragancia.
—¡Cairen Jaeger se aproxima! —avisó uno de los eunucos que cuidaba la entrada del pabellón por órdenes de la consorte.
Automáticamente el rostro abatido de la cairen se transformó en una máscara de serenidad, dejando atrás cualquier expresión que delatara el malestar que sufría al ser consciente de sus terribles acciones. Se incorporó del mullido cojín donde aguardaba la llegada del cairen y esperó que este hiciera aparición bajo el umbral del pabellón, ataviado con sus característicos vestidos de finos brocados y exquisitos diseños que solía acompañar con bonitas alhajas que le enmarcaban su angelical rostro. Ella preparó una sonrisa que le pesaba en las comisuras, tanto como pesaba su conciencia, y se preguntó si Eren notaría lo que infructuosamente trataba de ocultar pues él la conocía como su madre jamás lo había llegado a hacer. Escondió las manos dentro de las mangas de la túnica de somomurjos que Mina le había obsequiado esa misma mañana, sorprendiéndola con tan maravilloso detalle digno de las mejores casas de bordados de las ciudades más ricas, y controló el compás de su respiración repitiéndose por última vez que las cosas saldrían bien.
"Lo siento, Eren" agrandó su sonrisa escondiendo una honda culpa al admirar su armoniosa figura dibujándose con la luz de la tarde a sus espalda, siendo acompañado por Sasha, quién rápidamente parecía haber tomado su lugar, porque ahora que veía con más claridad las cosas sabía que para Eren ella había sido una especie de acompañante quién no se negaba a su voluntad y obedientemente seguía sus pasos.
—¡Eren!
Acortó la distancia entre ellos para saludarlo con aparente buen humor, parándose delante de él para realizar una leve inclinación de su rostro, una muestra de que reconocía su superioridad en el harem y aunque su amistad hubiese concluido aún mantenía el respeto en sus tratos hacía él como honorable cairen.
—No es necesario…—pidió Eren con una sonrisa abochornada ante la extraña cortesía de la cairen con él, pues nunca se habían tratado tan ceremoniosamente en el pasado. Eso solo le demostraba la gran brecha que había entre ellos, separándolos más de lo que creía.
—Lo siento, es solo que… la última vez que nos vimos no me comporté debidamente—admitió avergonzada la cairen, desviando su mirada celeste hacía el suelo de mármol con vetas doradas, evitando los ojos esmeralda que la miraban fijamente.
—Está bien, de todas formas, ¿de eso vamos hablar esta tarde, no es así? Para aclarar nuestras diferencias—le recordó el castaño señalando con su rostro la mesita que aguardaba por ellos, rebosante de pintorescos platillos.
Christa asintió volviendo sus grandes ojos celestes hacía él, invitándolo con un ademán de su mano para que la acompañase a tomar asiento con ella e iniciar su conversación. Había sentido el insensato impulso de tomar sus manos y guiarlo hasta su lugar como en pasado acostumbraba pero se recordó que ellos ya no mantenían la cercanía con la que se trataban en La Casa de las Flores.
—Por supuesto, ven, vamos a tomar asiento.
—Sasha, por favor, espera afuera por Jean, tal vez no demore en llegar—pidió Eren a la dama de compañía que permanecía a su lado sin intervenir en la conversación de ambos cairenes.
—Sí señor—respondió la castaña obedientemente, retirándose con una reverencia antes de desaparecer por el umbral del pabellón, de cierta forma aliviada al verse libre de dejar atrás el incómodo ambiente que se había creado en el pequeño espacio. Prefería aguardar bajo la sombra de un árbol hasta que Jean apareciera por esos parajes y aguardar por el llamado de su señor, si es que llegaba a necesitarla, cosa que dudaba.
Adentro del pabellón, los cairenes tomaron asiento frente a frente, sobre los mullidos cojines de pluma de ganso, y sonrieron con discreta incomodidad hallando extraña una situación que en el pasado era habitual para ellos; todos los días solían compartir largas meriendas en los jardines de la casa donde habían vivido hasta la partida del joven de ojos verdes hacía su opulento palacio, el cual era su nuevo hogar. Christa avivó su brillante sonrisa para disipar la rigidez de Eren, quien repasaba con aparente interés los platos que tenía delante de él y decidió dar el primer paso al tomar una bandeja con panecillo de melón y crema de nuez y ofrecerle una rebanada, gesto que aceptó el chico cortésmente con una sonrisa menos tensa.
—Gracias por aceptar mi invitación, Eren—Christa cortó con delicados movimientos el esponjoso panecillo frutal, separando dos rebanadas para cada uno.
—Me alivia que lo hicieras, francamente estaba esperando el momento adecuado para que pudiéramos hablar con más tranquilidad—confesó Eren, recibiendo el platito donde que le extendía Christa del otro lado de la mesa—Siento que entre nosotros aún hay ciertas cosas que no han sido dichas y las que ya lo fueron… necesitan ser aclaradas—dejó el plato sobre la mesa y miró fijamente a la cairen, quién agachó el rostro durante algunos segundos, como si meditara sus palabras.
—Hay ciertos pensamientos en mi mente—aceptó Christa, posando sus ojos claros sobre el sereno rostro del castaño, quien escuchaba atentamente cada una de las palabras que salían de sus labios—Pensamientos que debí contarte… pero que guardé para mí misma porque creí que eran tormentos pasajeros.
—Tú y yo fuimos cercanos desde la primera semana que llegamos a La Ciudad Prohibida, siempre nos confiábamos secretos por más vanos que fuesen—le recordó Eren juntando sus cejas con expresión desconcertada—Esta es tu oportunidad para indicarme la razón de tu ira hacía mi.
Christa asintió, tomando el diminuto tenedor de plata que habían dispuesto las siervas a un lado de los platos, y empezó a girarlo entre sus dedos distraídamente.
—Creo que principalmente se debe a tus actitudes—musitó la cairen en voz baja, pero no lo suficiente como para que sus palabras no llegasen a oídos del cairen.
—¿Mis actitudes?
—¡Sí! —expresó Christa con firmeza—Cuando te conocí vi en ti a alguien en quien podría confiar mis temores, mis deseos y sobre todo, mis sueños. Creía que por fin el cielo había escuchado mis oraciones y tenía a un hermano con quién compartiría el mismo deseo de ser consorte, que nos apoyaríamos para conseguir la gracia de su majestad y así abandonar el harem juntos—contaba con una sonrisa que Eren creía haber olvidado y que le apretó el corazón al evocar frente a sus ojos el recuerdo de la jovencita rubia con nostalgia—¡Hice tantos planes para nosotros…! Pero tú te adelantaste con los tuyos y en ellos… no tenias lugar para mí—susurró menguando su sonrisa hasta convertirse en una sombra, mirando con desconsuelo a quien antes había llamado "hermano" con tanto cariño.
—Christa... —llamó Eren sorprendido ante las palabras que le habían sido reveladas, sin imaginarse que la cairen hubiese malinterpretado todas sus acciones hasta ese punto.
—Y cambiaste, Eren, aunque tú no lo hayas notado, yo sí lo hice—interrumpió Christa dejando sobre la mesa el fino tenedor de plata sobre la mesita y descansando las manos sobre su regazo para que no notara el nervioso temblor de sus dedos—Cuando abandonaste La Casa de las Flores tomaste a Sasha como tu dama de compañía y me di cuenta de que tú la tratabas a ella como me tratabas a mí; yo, en todo ese tiempo fui como una acompañante en lugar de una amiga, mucho menos una hermana.
—¿Creíste que solo te estaba utilizando?
La cairen asintió pesarosa con los ojos fijos en sus palmas abiertas, concentrándose en las líneas que surcaban la piel nívea.
—Te fuiste sin preocuparte de la suerte que corría con cairen Leonhardt rondando como un león incordiándome cada vez que la ocasión se le presentaba.
Eren cerró los ojos tomando una honda bocanada de aire para mantenerse sereno y no exaltar a la jovencita con alguna de sus respuestas, pues no deseaba que su discusión se repitiera nuevamente y menos delante de las siervas y los eunucos que pululaban alrededor de ellos como testigos de su intima conversación.
—Sabía que me sería más difícil intervenir si cairen Leonhardt intentaba algo en contra de ti, pero intenté aminorar tu pesar intercediendo ante la consorte Rall y el emperador para que tus deseos fueran satisfechos; quizá no estaba a tu lado, pero velaba por ti desde la distancia y me aseguraba mantenerme al tanto de tu situación—Eren abrió sus ojos despaciosamente, enfocando el atormentado rostro de la jovencita quién le devolvía la mirada con expresión sufrida.
—Nunca me dijiste que habías hablado con la consorte Rall o su majestad, es más, creo que jamás pensaste en sacarlo a la luz. Me hiciste creer que mi largo trabajo y esfuerzo por fin estaba dando frutos, ¡pero eras tú ofreciéndome las migas de tus privilegios! —la sonrisa de Christa tembló, advirtiendo que en cualquier momento se echaría a llorar.
—¿Tanto me odias, Christa? —le cuestionó el cairen perdiendo la esperanza en una posible reconciliación entre ambos. A sus ojos la herida de Christa aún no sanaba y ella parecía empeñarse en mantenerla así, abierta, destilando rencor.
—¿Odiarte? —repitió dolida—Te traté como a un hermano, te di todo el cariño que nunca conocí en mi hogar… ¿por qué me hiciste esto? —inquirió—Tú me diste esperanza. Pero tenías que aparecer aquella noche usando el vestido de la emperatriz Kuchel adueñándote de las miradas de todos los presentes, incluyendo la del emperador Levi. Destruiste mi vaga esperanza de ser reconocida en la corte, al igual que al resto de las cairenes—lo inculpó, arrugando la tela de su vestido bajo sus manos.
—Recuerda que ese día mi traje desapareció, ¡tú estabas ahí conmigo!—le recordó Eren, pero la jovencita agitó varias veces su cabeza, negándose a escuchar sus razones.
—Cuando el emperador solicitó mi presencia en el estudio imperial me sentí muy feliz, decidí perdonar tu mal actuar la noche del banquete y continuar, después de todo quizá esa sería una mejor oportunidad ya que estaríamos él y yo a solas, podríamos conversar un poco y así se interesaría en mí—continuó, rememorando con una expresión más serena—Pero en realidad él me recibió con fría cortesía, apenas me miró lo suficiente para asegurarse de quién era yo, y después de designarme mi labor me ordenó salir de su estudio. Ni siquiera podría trabajar a su lado, mucho menos volver a hablarle—sus labios se apretaron con fuerza y el agarre de sus manos era cada vez más intenso, si no media su fuerza terminaría desgarrando la fina tela del hanfu con el que iba ataviada—Y ahora entiendo… él no habría sabido de mi existencia si no se lo hubieras pedido.
Eren aguardó varios segundos en silencio, que sintió como si fueran horas, esperando pacientemente que la cairen rubia recobrara algo de tranquilidad porque empezaba a advertir las insistentes lagrimillas que parecían amontonarse en el borde sus pestañas. Empezaba a presentir que las cosas entre ellos no mejorarían, menos aún si continuaban con el escabroso tema que cada vez los distanciaba más, pero se sentía frustrado y ligeramente ofendido ante la terquedad de Christa por inculparlo desesperadamente de cosas que él simplemente no podía controlar. ¿Quién era él para pedirle a Levi que abriera su corazón a otra persona? Ciertamente la sola idea era dolorosa, pero él no era quién para decidir a quién podía amar y a quién no, y si las cosas se habían dado naturalmente entre ellos era porque así estaba destinado a pasar. Pero Christa parecía no verlo de la misma forma, o tal vez se negaba a hacerlo.
—Todo lo que he hecho no ha servido de nada porque tú te empeñaste en obtener todos los privilegios—repitió una vez más la jovencita rubia.
La expresión del cairen se contrajo en ligera indignación, pues en sus ojos verdes había una honda tristeza al conocer, por fin, los verdaderos pensamientos que tenía ella hacía él.
—Todo este tiempo me has visto a mí como el culpable de tu desgracia, como el tropiezo que te impide abrirte el camino hasta su majestad—empezó Eren, dirigiéndose por primera vez a quien fue su hermana con voz dura—Pero nunca te has preguntado si realmente él está interesado en ofrecer su cariño a alguien más. Claramente hay muchas cairenes esperando por él, hasta princesas de este reino y de tierras extranjeras, pero él no escoge a ninguna de ellas porque no lo desea. Incluso si yo no estuviera aquí… ¿crees que él te amaría? —preguntó con cautela, conociendo el impacto que traerían esas palabras en el corazón de la jovencita—No odies a alguien más solo por poseer la suerte que tú deseas—pidió en un último intento de conseguir algo de razonamiento por parte de Christa.
Bajo la mesa, los nudillos de la cairen se estaban tornando blancos debido a la fuerza con la que apretaba la tela entre sus dedos, pero con lentitud fueron mermando la fuerza con la que arrugaban la tela hasta permanecer quietas sobre sus piernas. La cairen guardó silencio por un largo rato mientras ordenaba sus desastrosos pensamientos, recordándose que debía mantenerse serena y continuar con el plan que minuciosamente había diseñado. De reojo observó a la sierva vertiendo el liquido dorado y humeante que salía de la boquilla de la tetera en las dos tazas de té que ya habían sido preparadas horas antes y la vio tomar la bandeja entre sus manos, aproximándose hacía ellos con aparente ignorancia. La mujer dispuso las tacitas frente a ellos, retirándose en silencio para no importunar a los cairenes que se habían sumergido en su propio silencio, cada uno ocupado en sus propios pensamientos. Para su alivió, Eren fue el primero en tomar la delicada tacita negra entre sus manos y llevarla hasta sus labios, dando un largo trago de la exquisita bebida que la misma consorte le había recomendado utilizar para esconder cualquier indicio del veneno, y cuando Eren la miró expectante, quizá por su sospechosa vigilancia, ella se apresuró en imitarlo, bebiendo de un solo trago el té, sintiendo como el tibio liquido descendía a por su garganta dejándole un regusto amargo en el paladar pero que prefirió obviar.
Asintió con profundidad, como si en su largo silencio hubiese aceptado las palabras del cairen y su expresión volvió a ser la misma con la que había recibido al castaño minutos atrás. Apartó la tacita junto al panecillo que ninguno de los dos había probado y habló de nuevo:
—Tienes razón, Eren—murmuró avergonzada—Desde que llegamos a La Ciudad Prohibida el emperador te ha favorecido excepcionalmente y pese la incertidumbre del harem, has logrado hacerte un lugar para mantenerte a su lado—sonrió cabizbaja, negando repetidas veces—Tomé tu ejemplo como una provocación y tus obsequios como humillaciones… ¡soy tan tonta!
—Christa, entiendo cómo te sientes aunque me duela tu rencor y desconfianza—reconoció Eren ablandando su mirada, esta vez con voz más gentil y laxa—Eres demasiado joven y frágil para enfrentarte ante una realidad en donde no todo lo que sueñas se hace realidad, y con el paso del tiempo tus sentimientos se han deteriorado.
—A veces, mientras duermo, aún puedo escuchar las hirientes burlas de Annie atormentándome desde su tumba—susurró, levantando la mirada como un indefenso cervatillo acorralado por los cazadores.
"Yo aún puedo escuchar sus gritos llamándome desde la lejanía", pensó Eren con amargura sintiendo empatía por la jovencita pues él también era perseguido por el fantasma de Annie y todo lo que vio ese día en Yeting. Christa se mostraba tan vulnerable que por primera vez después de mucho tiempo le pareció ver a la antigua cairen de mirada inocente y asustadiza delante suyo, aquella que le confiaba sus temores y se resguardaba bajo su ala confiando ciegamente en él.
—¡Mi pequeña! —sonrió pesaroso el cairen, dirigiéndose a ella tiernamente.
Christa rápidamente se incorporó de su lugar y corrió al lado de Eren, quién la recibió con los brazos abiertos, cobijándola bajo su fragante túnica al igual que una mamá ave resguardaba a su polluelo bajo el ala. Los brazos de la cairen rodearon desesperadamente su torso y apoyó su mejilla sobre el fino tejido del hanfu, aspirando el característico perfume del castaño, la cual le resultó algo nostálgica y lejana. No planeaba abrazarse a él con tanta fuerza, pero de pronto se sentía algo fatigada y temía perder el equilibrio.
—Christa, respetaré tu decisión de dar por terminada nuestra amistad si eso es lo que realmente quieres, pero por favor, prométeme que no pensarás en mí o mis acciones con odio—le pidió Eren acariciando su hombro.
La cairen asintió afianzando su agarre con una débil sonrisa que Eren ignoraba, pues la cairen insistía en esconder su rostro sobre su pecho.
—Lo haré, desde ahora no volveré a hacerte sufrir por mis malas acciones—aseguró la pequeña rubia.
Eren asintió, aceptando que quizá ese sería la última muestra de afecto que ambos compartirían antes de separarse y seguir por su propio camino, pero prefería mantener una distancia prudencial con ella en buenos términos a forzar una amistad que solo les traería odio y sufrimiento a ambos; a veces, apartarse de las personas que querías era lo mejor. Bajó la mirada y notó el repentino mutismo de la pequeña cairen que se aferraba a él con fuerza y la dejo estar, creyendo que tal vez estaría aprovechando esa ocasión para crear un último recuerdo de los dos que fuera evocado con cariño, pero de repente el abrazo se hizo cada vez más asfixiante, hasta el punto de ser insoportable y lastimarle los costados del torso.
—¿Christa? —la llamó en voz alta, tratando de apartarla con cuidado a pesar del insistente agarre que cada vez comprimía más su cuerpo—¿Qué sucede Christa? Me estás haciendo daño—avisó con cierta dificultad.
La rubia tosió fuertemente contra su pecho e instantáneamente Eren sintió como una sustancia tibia y viscosa se filtraba a través de las numerosas capas del hanfu, expandiéndose por su pecho. Sin perder tiempo, tomó las manos pequeñas de Christa que temblorosas aún se afianzaban sobre la tela de su vestido y deshizo el agarre, alejándola de él para descubrir lo que estaba pasando con ella. Sus ojos se agrandaron horrorizados al toparse con la espantosa visión del hermoso rostro de Christa cubierto en sangre y con una expresión de profundo dolor y desesperación; de sus ojos azules brotaban gruesos caudales de lágrimas que se confundían con la sangre que borboteaba de su nariz y de su boca. Desesperado la afianzó entre sus brazos para evitar que se ahogara con su propia sangre y miró a las siervas que se habían apartado aterrorizadas ante la grotesca y sanguinolenta escena, dirigiéndose a ellas agobiado:
—¡Busquen a un médico! ¡Rápido! —ordenó, siendo inmediatamente obedecido por las mujeres que salieron en tropel, empujándose las unas a las otras, dejándolo solo con la cairen que se sacudía entre terribles espasmos—Christa, resiste, vas a estar bien, ¡todo saldrá bien! —repetía con una sonrisa temblorosa para tranquilizarla, aunque en el fondo sabía que no habría esperanza.
"¡Ayuda!" gritaban las sirvientas afuera del pabellón. "¡Busquen a un médico!", "¡Llamen a la consorte Rall!".
El pecho de Christa se agitó varias veces producto de la incesante tos, salpicando con pequeñas gotitas la mejilla de Eren, quién traía el pecho cubierto con sangre ajena, como si alguien le hubiese clavado un puñal.
—Eren…—fue el susurro roto que apenas se entendió desde la garganta ensangrentada de Christa, quien luchaba por algo de oxigeno, removiéndose con las pocas fuerzas que aún le quedaban.
"¡Me ha traicionado!" fue el último pensamiento que tuvo antes de advertir que la vista se le oscurecía y el rostro abatido de Eren desaparecía entre las sombras, así mismo sus llamados se hacían cada vez más lejanos y una sensación de somnolencia reemplazó el dolor, llevándosela lejos a un sueño sin retorno.
—¡Christa! —suplicó Eren con desespero en su voz, rezando mentalmente para que la hemorragia se detuviera y la pequeña rubia sobreviviera, aunque cada vez la sentía más débil y sus ojos se iban cerrando con mortal lentitud.
Una cantidad considerable de eunucos entró al pabellón sin inmutarse ante la sanguinolenta imagen de ambos cairenes, haciendo a un lado la mesita donde ambos apenas habían probado bocado para tener más espacio en el lugar. Sasha apareció detrás de ellos abriéndose paso entre los hombres y corriendo hacía el cairen, arrodillándose junto a él para verificar lo que tanto temía, pues el rostro del chico estaba empapado en lágrimas y sangre; el jovencito sereno y reposado ahora lucía devastado y perturbado entre fuertes temblores, aferrándose con fuerza al cuerpo durmiente de la que una vez consideró su hermana.
Sasha tomó la muñeca de la cairen entre sus manos y en silencio buscó una señal que indicara un rastro de vida en ese cuerpo pequeño y mal trecho.
—Está muerta, Sasha…—sollozó Eren al notar los vanos intentos de la castaña por dar con el pulso de la cairen—…¡Christa está muerta! —lloró con fuerza sin importarle que los eunucos y su dama de compañía lo vieran derrumbarse tan miserablemente con los brazos arrullando el cuerpo que cada vez se hacía más frio por más que él intentara cobijarlo bajo su manto.
Un par de eunucos se acercaron con actitud vacilante, temiendo que el cairen reaccionara de mala manera al advertir sus intentos de separarlo del cuerpo de la fallecida muchachita, sin embargo él no puso demasiada resistencia y les permitió tomar a Christa y acomodarla sobre el suelo, cubriéndola con una de las cortinas de seda que cubrían las celosías para darle algo de respeto al cuerpo sin vida que los presentes miraban con terror preguntándose qué habría provocado esa muerte tan trágica y dolorosa.
—Debe mantener la calma, mi señor—le repetía Sasha arrodillada a su lado, con autentica preocupación en su voz y una mirada angustiada, intentando que el chico regulara su respiración la cual era agitada y dificultosa.
La mano temblorosa de Eren se aferró a la que se mantenía apoyada sobre su hombro tratando de transmitirle su apoyo, y Sasha se vio reflejada en los ojos verdes acuosos que no cesaban de derramar lágrimas y apenas podían mantenerse abiertos.
—¿Cómo…? Dime, cómo quieres que me calme… ¿Si Christa ha muerto? —fue la dolorosa pregunta que apenas pudo pronunciar Eren entre quebrantados sollozos—¿Cómo, Sasha? ¡¿Acaso hay una manera de lidiar con esto?!
Sasha lo sujetó por los hombros sin amedrentarse ante los reclamos del lloroso castaño quién parecía preso en su propio dolor.
—¡Eren, mírame! —ordenó ella con firmeza llamándolo por primera vez por su nombre—Tienes que respirar y controlarte. Esto se resolverá pero primero es necesario que te serenes—razonó acariciando sus hombros para distraerlo de la sanguinolenta imagen de la sabana ensangrentada a unos cuantos metros de ellos.
Obediente, Eren apartó sus ojos del cuerpo inerte que cuidaban los eunucos y dio hondos respiros que se interrumpían por las lágrimas que aún no paraban de salir a través de sus ojos. Pasaron algunos minutos en silencio en los que solo se escuchaban los susurros reconfortantes de la castaña y los sollozos del cairen en el pabellón en donde los eunucos eran su única compañía; ellos habían tomado su lugar de rodillas junto al cadáver de Christa, con las manos juntas ofreciendo sus oraciones mentalmente al alma de la joven.
Afuera del pabellón el repiqueteo de las armaduras se empezó a hacer más fuerte y pasos apresurados se escuchaban a través de la calzada enfrente del pabellón. La consorte Rall apareció escoltada por un séquito de guardias quienes empuñaban sus lanzas en lo alto, listos ante cualquier ataque y miraban todo sin inmutarse ante la escena, quizá acostumbrados a visiones aún peores producto de la guerra. Petra traía una expresión confusa que se transformó en conmoción al notar la presencia de Eren y detallar su pecho ensangrentado y los ojos enrojecidos debido a las lágrimas.
—¡Alteza! —saludaron los eunucos desde su lugares, interrumpiendo sus oraciones.
Petra se adentró cautelosa, alternando la mirada entre la lamentable figura del cairen quien permanecía de rodillas sobre el suelo y el cuerpo custodiado por los eunucos, quienes lo rodeaban como un grupo de funestas mariposas negras.
—¿Qué ha sucedido aquí? —preguntó ella estupefacta al eunuco que estaba cerca de ella.
—Una de las cairenes ha muerto—avisó el hombre y acto seguido descubrió el rostro de la jovencita, revelando el rostro ensangrentado de Christa; la sangre de su nariz se había secado, pero en su boca ligeramente abierta aún había sangre fresca que le ensuciaba las mejillas y el cuello, llegándole también al interior de los oídos. Pero lo que perturbaba a quienes, para su desgracia, posaron su mirada sobre el cadáver de Christa, eran los ojos azules aún brillantes y puros abiertos, como si aún hubiese un pequeño soplo de vida en el corazón estático que hace varios minutos había dejado de latir.
De los labios de Petra escapó una expresión ahogada ante la horrible imagen que se dibujaba ante ella, girando su rostro instantáneamente para no perturbar su mente con el recuerdo del rostro sanguinolento de Christa.
—¡Cúbrela! —ordenó uno de los guardias que acompañaba a la consorte, siendo obedecido por el eunuco que había descubierto su rostro.
—Mi señora, es mejor que se mantenga lejos del cadáver. No sabemos si fue envenenada—advirtió Zeke, apareciendo entre los guardias sin dirigir una mirada al cairen que escuchaba la discusión a su alrededor.
—¿Envenenada? —se giró Petra encarando a Zeke con una postura que no admitía equivocación alguna.
Zeke afirmó con su cabeza en silencio mirando por primera vez al cairen, quién le regresó la mirada ahora aterrada pues él parecía saber hacía donde se dirigía el razonamiento de Zeke.
—Así es, parece haber sido una muerte producto de envenenamiento—dijo, cruzándose de brazos con actitud reflexiva para añadir a continuación—Quizá algo puesto en la comida: un pastel, una manzana, un caramelo…—caminó hacía el cairen, deteniéndose cerca de él sin apartar la mirada de los ojos verdes que esperaban expectantes las palabras que él pronunciaba con tanta serenidad—O tal vez… ¿una taza de té?
Los labios de Eren se separaron y sus ojos le miraron estupefactos, como si Zeke le hubiese propinado una bofetada en el rostro. Pese a la honda tristeza se sintió ofendido por la descarada sugerencia que había formulado delante de los presentes, especialmente de la consorte Rall y sin pensar demasiado en sus acciones se soltó del agarre de Sasha y encaró a quien se suponía, pertenecía a su propia familia pero actuaba como un completo verdugo para él.
—¿Cómo se atreve a sugerir tal mentira? —le reclamó indignado, viéndose de pronto entre un tropel de guardias que lo sujetaron duramente de los brazos para impedir que realizara otro movimiento—¿Qué están haciendo? —preguntó azorado, intentando inútilmente de soltarse del doloroso agarre de los hombres.
Petra lo miró desde su lugar con una expresión que jamás había sido dirigida a él pero que había visto en Yeting, el mismo día en el cual la consorte, sentada como una gran e implacable señora, había decidido la fatídica suerte que correría la vida de Annie. Su estomago se apretó dolorosamente y ni siquiera las lágrimas acudieron a sus ojos pues el terror parecía haber paralizado su cuerpo.
—Lo siento, cairen Jaeger…—habló Petra con voz lejana, dándole una última ojeada para así girarse y ordenar a los guardias quienes diligentes, esperaban sus indicaciones—¡Enciérrenlo en Yeting!
Ha sido un capítulo intenso, cada vez aparece una nueva cara de Petra y sus acciones son particulares, además del dilema de Ymir al no querer dañar a la persona que empezaba a querer. Quedan muchos pendientes: ¿el amor de Levi será capaz confiar ciegamente en Eren pese a la situación? ¿Cómo reaccionará Ymir? ¿Por qué Zeke actúa así con Eren? ¿Alguna vez podré actualizar cada mes? ¡Espero sus respuestas ajajajaja. Me llené de nostalgia escribiendo esto, no se imaginan cuanto me han ayudado sus reviews, PM, mensajes y recomendaciones, porque a pesar del tiempo yo sé que cuento con personitas que están ahí esperando y dándome muchos ánimos. Las amo, incluso a ti, lector fantasma, agradezco la oportunidad que le das al fanfic.
Aclaro, nadie desfloró a nadie, el niño se conserva.
¡Ahora los reviews de mis florecitas hermosas!:
RivaiFemTA: Muchas gracias a ti por seguir tan fielmente el fic y por tus hermosos dibujos los cuales me sirvieron de inspiración para continuar con este capítulo, no te imaginas lo agradecida que me siento con esos detalles. Levi ya se abre con naturalidad a Eren porque los dos comparten ese sentimiento, han creado su propia burbuja de intimidad, como un noviazgo genuino. ¡Y Christa! ¿Ya viste su final? Me dio pena por ella porque realmente se dejó influenciar por la maldad e ignoró la bondad que le ofrecía Eren hasta el final de su vida. Ahora ya las cosas están a punto de dar un gran giro y nos acercamos al primer evento más esperado. ¡Mil gracias por siempre estar ahí y leer este fic! Perdón por la demora, espero que hayas disfrutado el capítulo. ¡Un abrazo enorme lleno de mucho amor!
Kurokochii0: ¡Mi pequeña Kuro! Lo siento de verdad por la demora, enserio que no tengo perdón por mi falta de compromiso. Me conmovió tanto tu mensaje, tus reviews, me sentí tan afortunada de tener personitas como tú en mi fic que esperan por la continuación con tanta ilusión. Si pudiera abrazarte lo haría, pero tengo que limitarme a agradecer por aquí y espero poder transmitir todo el cariño que siento. ¿Te ha gustado el capítulo? Espero que sí, fuiste una de las motivaciones que tuve para sacar el capítulo adelante y nada me haría sentir más completa que haber cumplido tus expectativas. Ya estamos en un punto importante del fic y se aproximan demasiadas vivencias para todos los personajes, creo que ya debes tarde una idea por donde van las cosas. S{e que Hanji al principio da una sensación muy rara, pero falta saber más sobre él. Y Levi, ay es todo un cielo con Eren, él no es un hombre que haya nacido para el romance porque sus intereses son más que todo en el reino y su gente pero es que con Eren experimenta sensaciones que lo confunden y hacen que salga una cara de él que jamás supo que tenía. Ahora el dilema es saber si ese cariño es capaz de salvar a Eren porque quedó en una posición muy comprometedora y ya viste como es Levi con las reglas, las cumple y siempre busca hacer lo correcto para el trono. Y Christa… era una niña inmadura cuyo padre dudo que vaya a extrañar, es más por su culpa acaban de perder unas tierras muy importantes así que su existencia no será evocada con cariño. Me da pesar pero al mismo tiempo me desagrada la forma en la que se victimizaba, es que ni Annie con su maldad era tan falsa. Oh, y pronto tendremos noticias de Farlan, también veremos más de Sasha y Jean, dos personajes que amo con mi corazón y son el pilar de nuestro bebé. ¡Mil gracias por tus mensajes de ánimo y ser tan bonita conmigo! Releo tus reviews con ilusión y una sensación bonita en el pecho. Un abrazo enorme.
Marianuki: ¡De nada y muchas gracias por leer, lo hago con todo el gusto del mundo! Creo que algunas cosas aún no han sido aclaradas a pesar de que se ven obvias a simple vista pero a medida que avanza la trama vamos conociendo más de los personajes y de lo que realmente son capaces de hacer con tal de conseguir sus objetivos. ¡Espero que hayas disfrutado de este capítulo! Nos leemos pronto, bonita, un beso y un abrazo con muuuucho amor.
WollkatAK: ¡Ay tan linda! Y no tengo cara para aparecerme así después de casi un año, es que hasta yo estoy indignada conmigo misma por mi tardanza, y tú esperando por este capítulo… Encuentro lógica tu teoría respecto a Petra, además es como la más acertada, y lo siento por no haberle dado a Annie la profundidad que se merecía porque créeme que si ella siguiera viva habría cambiado y no sería lo que conocimos, porque entre Christa y Annie yo elegiría mil veces a Annie, que vale, estaba equivocada en sus acciones pero ella era honesta consigo misma y los demás, me atrevo a decir que habría sido mejor amiga que Christa y de mucha utilidad pero las cosas debían suceder de esa forma. Para tristeza de Eren quien ofreció amistad y cariño y le devolvieron eso con envidia y rencor pese a intentar hasta el último instante solucionar sus diferencias. Tienes razón, un favor no es compasión, Eren simplemente quería darle felicidad y ayudarla pero para Christa eso no fue suficiente y además no era de la forma que ella quería. Su final es muy triste, realmente me sentí triste porque en el fondo era una joven que hizo que los sueños de su familia fueran los suyos y jamás vivió plenamente, siempre sintiéndose a la sombra de alguien. Espero que te haya gustado ese capítulo y la nueva cara que revela Petra ante nosotros, porque esa mujer tiene demasiadas. ¡Espero que aún sigas leyendo este fic, cruzo los dedos para que te guste y nos leemos pronto! No te dé pena salir de tu closet ajajja me haría muy feliz verte más seguido.
MillyMoon: ¡Milly, no puedo con tus reviews, simplemente me he vuelto adicta a ellos! Siempre espero leerte y me preocupo un montón cuando no te veo entre los primeros, pienso: "¿se habrá aburrido de esperar?", "¿no le gustó?" y tendrías razón en lo de esperar porque mira nada más todo lo que me he demorado en actualizar, ¿me perdonas? Ajajaja muñequita, tus reviews son los que atesoro celosamente y me enorgullezco de tener porque los leo y pienso en cómo puede haber una persona tan analítica que no deja nada por fuerza, ¡todo lo que mencionas es tan relevante! Me emocionaría un montón sentarme y conversar sobre cada uno de esos puntos que tocaste, y que de alguna forma se han repetido en este capítulo con las misteriosas interrupciones de Zeke. Petra es sin dudad una mujer calculadora que sabe cómo moverse a conveniencia y no se deja llevar por sus impulsos sin primero analizar cada una de sus jugadas, ella es tan manipuladora que Ymir es incapaz de contradecirla pese a sentir un inusual afecto hacía Christa. Todos la ven como una mujer fuerte y bondadosa pero detrás de esa máscara hay muchas caras que poco a poco van saliendo a la luz y Eren acaba de descubrir una nueva y peor que la que conoció Annie en su momento. Hanji, lo amo jajaja, porque él tiene un no sé qué en su forma de comportarte, a veces te da confianza pero después sus acciones suelen ser misteriosas pero ya más adelante lo veremos en acciones, cada personaje tendrá su momento de brillar. Y Eren… oh mi dulce Eren, era tan ajeno a las desgracias que se confabulaban a su alrededor, y así es la vida, puedes estar feliz y de la nada ¡bam! te golpea la realidad de que no todo es perfecto. Levi al parecer está muy encariñado con él, ¿pero su cariño llegará tan lejos para sacarlo de esa situación! Todo lo sabremos en el siguiente capítulo, ¡es el comienzo de grandes cosas! Mil gracias por tus generosos reviews bonita mía, espero con todo mi corazón que te haya gustado el capítulo y compense mi demora, también ruego para que no te hayas alejado del fic, ¡no lo soportaría! Te envío un abrazo lleno de amor y agradecimiento, siempre es un placer verte por aquí.
Nickolaz: ¡Hola, hola Nicko! ¿Qué tal tú día? ¡Tus reviews jamás son incoherentes! Al contrario, eres de ese grupo que crea unas teorías espectaculares y justifica sus respuestas, si yo fuera maestra ya te habría aprobado ajajaja. Y sorprendentemente tu predicción de hizo en parte realidad, pero no fue Farlan quien murió, sino Christa, ¿qué pensará Levi de todo aquello? ¿Le creerá a Eren o permitirá que Petra actúe según las leyes del harem? Y Eren tiene mucho potencial de monarca, su corazón es tan noble también pero hay que esperar cómo reacciona él ante todo lo que está sucediendo porque esta vez fue algo más personal, más cercano. Oh, Levi sí quería a Isabel y le tenía un trato especial, pero porque ella era más como una hermana, alguien que sentía más cercano entre tanta gente del palacio por eso su muerte es algo que le remuerde profundamente al no poder evitarla y sentir que le falló, pero Eren es un caso especial, si te diste cuenta él admite que al principio le gustaba su físico pero después se enamoró de verdad porque nadie lo había tratado como él, ni había sentido ese sentimiento antes, ni con Isabel. Me hiciste reír con tu interpretación de Christa porque creo que así debió sonar a oídos de Petra, como una chiquilla que no se imagina la dimensión de las consecuencias ante su petición jajaja ella simplemente no es del interés de Levi pero no se rinde y culpa a Eren de no permitirle adentrarse en el corazón del emperador. Espero que hayas disfrutado del capítulo y también mil gracias porque eres de esas personitas que me siguen en PL y siento tu apoyo en cada uno de mis proyectos, nunca me cansaré de leerte y esperar tus reviews con ansías, ¡espero que te haya gustado y me disculpes por la tardanza! Tanto aquí como en PL, tus palabritas me animan bastante a continuar y tienes mi corazón en tus manos, así que estamos a mano ajajja. ¡Besos y abrazos para mi Nicko!
Xochilt Oda: ¡Siempre estaré feliz de leer tus reviews! Me interesa bastante saber su punto de vista respecto a las acciones de los personajes y la impresión que tienen de ellos. Y creo que aquí di más información respecto a Levi, quizá puedas darte una idea más amplia de su manera de proceder y es que también hay tantos secretos que guardan los personajes… pero eso se irá conociendo con el tiempo. Zeke aún es incierto, ya viste su historia, no lo puse como hijo de Grisha porque necesitaba moldearlo a la trama y esto repercute en sus acciones, además de que pese a no aparecer mucho en este capítulo, sí tendrá su momento de brillar y de una manera muy peculiar. Y adivinaste en parte lo sucedido con Eren, ahora el escenario no es muy prospero para él y se probará el amor que siente Levi para confiar en su palabra. ¡Espero que disculpes mi demora! Realmente me avergüenzo mucho, pero me siento feliz de haber traído otro capítulo, deseo que sea de tu agrado y me lo hagas saber en otro review si gustas, ¡Besos y abrazos con mucho, mucho amor desde mi corazón!
AegisVi: ¡Hola florecita bonita! ¿Cómo estás? Yo espero que bien. No te imaginas la sorpresa en mi rostro cuando leí por primera vez tu review, fue como "¿estoy soñando?" ¡es uno de los reviews más lindos que me han dejado! Primero que nada, muchas gracias por considerar mi forma de escribir de esa manera, después de todo me esfuerzo para que sea algo que esté a su altura y puedan disfrutar tanto como yo lo hago. Cuando empezaba a escribir este capítulo me sentí muy insegura porque sentía que había olvidado como continuar, pero leí los reviews y el tuyo en particular me recordó que había una personita nueva que después de mucho tiempo me obsequió su review y no solamente eso, uno bastante generoso donde abarcó tantas cosas que de las que me emociona hablar. Petra es muy misteriosa, ella actúa de una manera que a veces ni Ymir alcanza a comprender, pero también nos enseña que un personaje no es blanco o negro, cada uno posee sus matices, sus conflictos, sus sueños, sus formas de actuar y no solo ella es así, Eren también empezará a mostrar una cara nueva ante cada circunstancia que se le plantea y ya es el momento pues lo que sucedió no es algo que lo deje indiferente. Y tenías razón, Zeke es un familiar ajajaja es que necesitaba cuadrar su presencia en el fic para que más adelante sus acciones tuvieran sentido, y Hanji, él también hará su aparición estelar más adelante junto con otros personajes. Y Christa… personalmente prefiero a Annie por encima de ella, porque Annie si hubiese alcanzado a madurar habría sido un verdadero apoyo para Eren, lo sé suena raro, pero Annie estaba equivocada y podía cambiar, era más honesta. Christa es todo lo contrario, trataba de repetirse que era buena y todos confabulaban en su contra porque esperaba que le dieran todo y no aceptaba cuando era dejada a un lado por Eren, la envidia le envenenó el corazón y como era muy ingenua, creyó que deshacerse de alguien sería algo simple, pero cometió el error de confiar ciegamente en la benevolente consorte Ral… Espero que este capítulo te haya gustado y alguna de tus dudas se resolviera aunque creo que nacen más ajajaja pero no te preocupes, ¡tú déjame saber tus inquietudes que yo estoy aquí gustosa esperando! Te agradezco enormemente esas palabritas que me llenaron de aliento en estos momentos, no te imaginas el poder que tienen las palabras sobre las personas. Espero leerte pronto, ¡besos y abrazos, florecita!
Scc Ccu: ¡Hola, es tan bonito verte por aquí de nuevo! Jajaja yo también adoro a Hanji como hombre, además de que es necesario que lo sea, ya verás por qué más adelante. Ay, es que además su presencia misteriosa y su sabiduría me enamoran. Es interesante lo que dices de Isabel porque todos suelen apuntar a Petra, pero nadie se pregunta si Isabel no era tan inocente como aparentaba ¿será? Oh, si ese cap causó muchas emociones en ti no me imagino este, pues estuvo repleto de datos y escenas que endulzaban o preocupaban, sobre todo la última. Ya sabemos que Levi adora a Eren, ¿pero su cariño llega tan lejos para confiar en él? Esa es la pregunta final. ¡Mil gracias por tu review, corazón, espero leerte pronto!
Ilse Masen: ¿Sigues ahí? ¡Espero que sí, lo siento tanto por la demora! Me conmueve que mientras esperas leyeras los anteriores capítulos, eso me hace ver que realmente te gusta la historia y me da fuerza para seguir adelante y traerles cosas bonitas e intrigantes. Christa definitivamente perdió el juicio, o es muy ingenua creyendo que puede pedir la muerte de alguien con tanta facilidad, además Petra le demostró que no se puede confiar tan ciegamente y dar algo a cambio; ahora el padre de Christa se quedó sin tierras y sin hija. Mil gracias por siempre estar pendiente de mis historias y apoyarme, sé que contigo puedo contar y eso me hace alegra. Besos y abrazos, espero leerte pronto.
AmbrelaKing: ¿Enserio los viste? ¿No te parecen los vestidos más hermosos que hayas visto? Es que hay de tantos diseños, con tantos tipos de tela, alhajas largas, ostentosas… ¡me encanta embellecerlos a todos con ropa bonita! Todos merecen llevar esos trajes y es que me alegra que así ya te des una idea de cómo se ven Eren, Levi, Petra cuando aparecen en el fic. Petra es muy astuta, usó a Christa como un arma que provocó un corte limpio, ni siquiera se salpicó con la culpa y ahora Eren está en aprietos... ¡espero que te haya gustado este capítulo a pesar de que ha pasado mucho tiempo! Nada me haría más feliz que leer tu opinión al respecto, ¡te mando un fuerte abrazo lleno de amor!
Kotoko-noda: Claro y conciso, efectivamente Petra siempre va a beneficiarse a ella misma y no va a ceder ante la primera chiquilla que ruegue por su ayuda y más si esto tiene que ver con su posición. Solo la ingenua de Christa creyó que ella verdaderamente la ayudaría, pero hizo mal en confiar en la consorte. ¡Espero que este cap te haya gustado, y mil gracias por siempre estar al tanto de la historia corazón!
Estefani Bordoli: Owww, muchas gracias, es una forma hermosa de describir mi fic, me alegra que te transmita todo eso y te dé una imagen preciosa de cada escena. Es mi objetivo que ustedes se sientan parte del ambiente y recreen los escenarios que ciertamente son bellos. ¡Muchas gracias por tu review, mi linda florecita!
Nagel: No, no lo dejaré en el olvido, es mi más grande proyecto y me siento feliz y satisfecha cuando ustedes lo disfrutan y comparten sus impresiones conmigo, ¡espero que esta sorpresa haya sido de tu agrado! Mil gracias por tu review y recordar el fic, perdona mi demora, ¡te mando un abrazo enoooorme!
Guest: No fue esa semana, ni ese mes, pero este es un momento ajajaja ¡Lo siento tanto, no tengo perdón por demorarme de esa forma, lo sé! Pero es mejor llegar con un capítulo nuevo que con un aviso ¿no? Jajaja espero que hayas disfrutado del capítulo, te envió un fuerte abrazo fantasmita.
Yaoidoncel: Awww, espero que este capítulo también sea de tu agrado, ya tienes material nuevo para tus lecturas. ¡Nos leemos pronto!
Laala Chan (Lalita bonita): No tienes que pedir perdón por tardarte, al final fui yo quien se demoró más pero de todas formas tú me haces saber por chat toooodo respecto al fic, incluso fangirleamos un montón así que yo siempre esperaré tus reviews así como tú esperas mis actualizaciones ajaja. Ya tenía ganas de actualizar para que pudieras leer todos esos escenarios que habíamos discutido y vieras los bonitos momentos que ellos tienen, además de las cosas que están por suceder entre ambos también. Y aunque Hanji no apareció esta vez, ya lo veremos muy pronto, lo haré con mucho cariño especialmente para ti con quien comparto mi amor por Hanji male y esa ship que pronto hará aparición. ¡No dudes en preguntarme cualquier duda, ya sabes dónde encontrarme! Besitos y abrazos.
Ola-chan: ¡Aquí está el capítulo! Tu último review me llegó justo cuando retomaba el capítulo, fue una extraña coincidencia ajaja y eso me sirvió para apurarme. Mil gracias por tu paciencia y estar pendiente del fic, sé que me he demorado un montón pero me alegra que estés aquí para leerlo. Por cierto, también quiero agradecer la promoción que hace tiempo hiciste del fic, ese detalle fue super dulce. ¡Ten un día bonito, te mando un mega abrazo de oso!
Slyntheclav: Ay, qué palabras tan lindas, ¡te agradezco infinitamente! Su relación es tierna, genuina, ellos realmente fueron hechos el uno para el otro y se reconocieron a la primera mirada. Y Petra es de mis personajes favoritos, amo el ingenio y la independencia de esa mujer para actuar y obtener lo que desea a pulo limpio, sin la necesidad de ensuciarse directamente. ¡Espero que hayas disfrutado el capítulo, besos y abrazos con mucho amor!
Cristina Reina: ¡Gracias por darle una oportunidad al fic! Veo que te gustan las temáticas históricas y me siento muy privilegiada de que me dejaras uno de tus reviews, es fantástico conocer el punto de vista de nuevas personitas y compartir con ellas algo del capítulo. Me dio mucha risa cómo hablaste sobre Petra y Christa ajajaja realmente esa es la impresión que uno tiene de ellas y más con este capítulo donde ambas se comportaron de esa manera y sí, lamento la muerte de Annie pero era un mal necesario para la trama. Y lo de Farlan, bueno por ahí hubo un ancestro rubio cenizo y por eso salió así jajaja me acordé del capítulo de la rosa de Guadalupe con Levi en plan "¿cenizo? ¿mi hijo tiene cabello cenizo?". Sí, hay una razón por la cual Mikasa vive en otra parte pero ya la veremos dentro de algunos capítulos hacer su aparición la cual me emociona bastante. Los "cariñitos" son una forma suave de decirle a esas mega sobadas que se hacen en las noches, pero es para calmar las ganas porque Eren no puede entregarse completamente tan fácil hasta obtener el lugar que le prometió a Grisha que obtendría. ¡Espero que el capítulo haya sido de tu agrado y deseo más que nada leerte pronto! ¡Besos y abrazos!
Diosa de la muerte: ¡Mi lectora dedicada y observadora! Dios, no sé qué decirte que no te haya dicho ya por PM, cada punto que tocas es primordial para la trama, recuerdo específicamente que hablamos hace mucho tiempo de Zeke y bueno, aquí está la pequeña explicación sobre su pasado, pero no te preocupes, que después se sabrá más sobre su misteriosa presencia y por qué está tan ligado a la familia Rall. Ciertamente los hijos de Kuan Yin son como "objetos de lujo" que los nobles querrían tener pero que al final de cuentas no toman en cuenta, los tratan como un mero objeto para presumir y mejorar la familia. Es triste y por eso Eren le preguntó a Levi si no era un inconveniente que él fuera un Hijo de Kuan Yin. Levi al principio se enamoró de esa imagen, pero después conoció la pureza del corazón de Eren y eso fue lo que lo hizo caer por él. Ahora la prueba de fuego a su amor está hecha, ¿Levi lo salvará de Petra? ¡Espero que disfrutes de este capítulo y recuerda, si tienes una duda o quieres comentarme algo siempre estaré aquí para ti! Besos y abrazos, mil gracias por tu fiel apoyo y tu paciencia conmigo.
Lady Crick: ¡Aquí está la continuación, corazón! Disculpa mi tardanza, mil gracias por leer mi pequeño fanfic. Te mando un abrazo de oso cariñoso.
Bueno, ya es momento de despedirme, nos veremos en una próxima ocasión, sea aquí o en mi otro fanfic, espero y deseo que les vaya bien en su día a día, que todo lo que se propongan lo consigan y sigan amando este pequeño fanfic. ¡La abuela Lia las quiere!
¿Un review? ¡Su opinión es muy importante para mi!
