Child of Four, traducción de la historia de Sarini.

Todo Harry Potter pertenece a JKR y quienes tengan los derechos, esto es puro entretenimiento inocente...

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Capítulo Once

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Si había algo bueno de ir a Surrey, para Harry, era que podía viajar en la motocicleta de Sirius, y hasta conducirla por un breve trecho. Amaba viajar con su padrino, aunque su madre estaba convencida de la peligrosa naturaleza del vehículo. No obstante, volaban, y Harry lo disfrutaba: amaba el viento en su cabello, la velocidad, el sonido rugiente del motor. Al llegar a la casa de los Dursley, pudo agregar una razón más a su amor por la motocicleta de Siri: los Dursley la detestaban.

Ese fue un comienzo emocionante para las que, probablemente, serían las cinco semanas más aburridas de su existencia. En el instante en que Harry arribó al número 4 de Privet Drive, en Surrey, Harry supo que el lugar sería un infierno. Aunque algunos pòdían describir a Harry como obsesivo, no era nada comparado con su tía. Si el piso de su cocina no estaba lo suficientememente limpio como para hacer allí una cirugía a corazón abierto, le daba un ataque. Aún así, su primo Dudley tenía permitido hacer lo que se le antojara. Cada vez que Dudley dejaba una habitación, tía Petunia aparecía detrás y limpiaba lo que sea que haya dejado la ballena holgazana.

Al principio, se mostraban tremendamente educados. Harry hizo sus tareas, las asignadas por el colegio y por Remus, en el segundo cuarto de Dudley -que había sido equipado con un catre durante su estadía-. Después de unos cuantos encantamientos, el camastro quedó cómodo y agradable. No le daban la habitación de huéspedes, por si acaso Marge, la hermana de Vernon, decidiera visitarlos. Harry estaba convencido de que después de que él se fuera, ellos quemarían las sábanas y el colchón que estaba usando, y tal vez, hasta fumigarían la habitación. Después de todo, lo trataban como si tuviera una enfermedad contagiosa.

Aunque no era necesario que estuviera allí más de un mes, Dumbledore determinó que con cinco semanas, aseguraría las barreras de protección hasta su graduación. Harry contaba los días en Privet Drive, y al final de cada uno, lo marcaba con una gran equis roja en el calendario.

Extrañamente, no recibió ninguna carta. Hedwig buscaba las cartas que él escribía, las llevaba, pero no traía nada a su regreso. Esto le preocupaba, pero él sabía que era cuestión de tiempo, ya sabría el por qué. En una semana cumpliría años. Se iría la noche anterior, para despertar en su propia cama el día de su cumpleaños.

Esa semana, las cosas pasaron de extrañas a miserables. Durante días, Harry notó que su primo lo miraba de manera rara, pero el esférico idiota desviaba la mirada cada vez que descubría que Harry lo observaba.

Harry no quiso arriesgarse a romper el agradable estado en que los Dursley, mayormente, lo ignoraban, pero aún así, el asunto le molestaba. Hasta que una noche, sus tíos salieron y los dejaron solos en la casa, por unas horas.

-¿Qué estás haciendo?- La cabeza de Harry se levantó y vio a Dudley, apoyado en el marco de la puerta, tapando la luz del pasillo. Si su primo no perdía algo de peso, pronto no iba a pasar por las puertas de su propia casa.

-Magia-. Fue la simple respuesta de Harry. Estaba practicando uno de sus ejercicios de control, encorvando los dedos de las manos hacia las palmas y luego volviéndolos a enderezar. Cada vez que un dedo se enderezaba, la pequeña bola de fuego que tenía en cada mano, saltaba hacia ese dedo y luego él lo encorvaba y la bolita saltaba al siguiente. Años atrás había comenzado con una mano, su memoria no era clara de esa época, luego había avanzado a trabajar con las dos manos. Años antes, una interrupción semejante hubiese provocado la pérdida de su control, y el fuego se hubiese dispersado; pero ahora podía controlarlo sin necesidad de mirarlo ni de pensar; se había convertido más en un método de relajación, que en un ejercicio necesario.

Los ojitos de cerdo de Dudley se abrieron más. -¿Cómo...?

-No lo entenderías aunque te lo explicara, Dudley-. Suspiró Harry, juntando los dedos y abriéndolos: el fuego llameó y desapareció, con una exhalación de humo. -¿Qué querías?

-Te crees mejor que yo porque puedes hacer magia-. Dudley pasó del asombro ligeramente temeroso a una hostilidad abierta.

Harry hizo una pausa de un momento. ¿Creía que los muggles eran inferiores? No, se respondió a sí mismo. Sabía que los muggles eran iguales que los magos en intelecto y en astucia, en arte y en música, hasta en la guerra. Sólo creía que este muggle en particular, era inferior, no sólo a la mayoría de los magos, sino también a la mayoría de los muggles.

-No, Dudley-. Respondió Harry. -La magia no hace mejor a una persona que a otra-. Muchos de sus amigos no opinarían lo mismo, por supuesto, los que se consideraban sus amigos...¿por qué no le habían escrito? Fue entonces cuando notó que Dudley se dirigía, o mejor dicho, caminaba a paso de pato, hacia el escritorio y comenzaba a manotear sus libros y papeles. -¡Ey! ¿Qué crees que estás haciendo?

-¿Qué es esto?- Dudley extrajo una de las revistas que le había dado Sirius. Harry se maldijo a sí mismo: se había sentido demasiado seguro, creyendo que ninguno de los Dursley se atrevería a tocar sus cosas, por miedo a ser manchado por la magia.

-Es sólo una revista-. Harry se estiró para tomarla, pero Dudley giró, con sorprendente agilidad para su tamaño, y la sostuvo lejos de sus alcance. Harry odiaba su escasa altura. Cuando volviera a la mansión iba a segurarse de que Sirius pagara por esto.

-¡Es una revista de desnudos!- Exclamó Dudley, y comenzó a hojearla, mientras Harry lo corría para alcanzarlo. -¡Y las fotografías se mueven!

-¡Dudley, devuélvemela!- Ordenó Harry, usando su tono de voz más autoritario.

Estaba a punto de hechizar a su primo, pero le había prometido a su madre que no usaría magia con los Dursley, a menos que fuese necesario. Si había podido controlar su magia cuando enfrentó al espíritu sin cuerpo del mismísimo Voldemort, debería poder controlar su reacción con estos parientes.

No contó con que sus tíos volvieran más temprano de lo esperado. Y, aparentemente, tampoco Dudley. Con sus gritos, ninguno de los chicos escuchó que la puerta de calle se abrió y cerró, ni los pasos que se dirigieron hasta la cocina, donde estaban ellos, uno a cada lado de la mesa. Harry sintió que su estómago se hundía: su tío entró a la habitación detrás de Dudley y le sacó la revista de la mano.

Las advertencias de Sirius, sobre cómo debían tratar a Harry, probablemente cayeron en la nada. Mientras Vernon Dursley miraba la revista, su cuello se tornaba púrpura y el color se diseminaba por las mejillas, la frente, hasta que toda la cara le brilló de ira. Harry vio que una vena saltaba, latiendo.

-Trajiste esta porquería a mi casa-. Prácticamente, Vernon dio un alarido, mientras sacudía la revista en la cara de Harry. No tenía sentido negarlo, ninguna revista muggle tenía fotografías con movimiento, todos lo sabían.

La revista fue descartada, sin ceremonia, en el cesto de la basura. Más tarde, Harry tendría que ingeniárselas para recuperarla, para que no fuera encontrada en algún basural, por algún muggle.

Harry no dijo nada, sólo miró furioso y con disgusto a su tío y a su primo. Definitivamente, Sirius iba a escucharlo; sólo las había traído para que su madre y sus hermanos no las hallaran en su cuarto.

-¡Mi pobre Diddykins!- Harry puso los ojos en blanco y su tía se llevó a Dudley.

Harry no esperó la cachetada de su tío. -No le faltes el respeto a tu tía. No sé exactamente por qué estás aquí; sospecho que tus padres no quieren que un desviado como tú esté con ellos todo el verano y te envían aquí con alguna historia ridícula sobre algún 'hombre de la bolsa' que quiere lastimarnos.

Harry se quedó estupefacto. Sabía que los muggles tendían a querer buscarle explicaciones a cualquier cosa mágica que encontraban, pero este muggle tenía pruebas de la realidad de la magia, las tenía desde hacía años, y aún así, no creía en su existencia.

Vernon agarró a Harry por el cuello de la camisa y lo llevó hasta el segundo cuarto de Dudley, lo arrojó sobre la cama mientras él iba a revisar el escritorio. Todo lo demás que Sirius le había dado, estaba en el baúl de Harry, así que su tío no encontró nada más, y comenzó a arrojar libros y pergaminos dentro del baúl. Harry dio un respingo: seguramente las páginas se doblaron y las tareas del verano se arrugaron todas; después podría arregrarlas con un encantamiento, pero él prefería que sus cosas no se dañaran.

-¿Qué estás haciendo?- Preguntó Harry, incrédulo. El hombre levantó el baúl y lo sacó del cuarto.

-Te lo devolveré cuando te vayas-. Espetó Vernon. -Si no tienes acceso a tus 'rarezas', no vas a poder corromper a mi hijo. Mantente alejado de él-.

Si no fuese porque su tío se estaba llevando todas sus pertenencias, incluso su ropa, porque no había armario ni vestidor en el cuarto; Harry se hubiese reído pues él no quería saber nada con Dudley.

-¿Y qué se supone que voy a ponerme?- Desafió Harry.

El hombre hizo una breve pausa en la puerta. -Puedes usar alguna ropa vieja de Dudley. Dio un portazo.

Con bastante rapidez, Harry se sobrepuso a la ira que le provocaron sus parientes, y vio toda la situación como un absurdo. Sacó su varita, puso un encantamiento silenciador en el cuarto y se rió a carcajadas. ¿Su tío creía realmente que quitándole el baúl, le quitaba la magia? ¿creía que las cerraduras muggles podían detenerlo si quisiera recuperar sus pertenenecias? Era demasiado.

Sabiendo que sólo le quedaba una semana, Harry usó las grandes prendas viejas sin hacer comentarios y comenzó a leer los libros que Dudley había abandonado en este segundo cuarto. A juzgar por cómo protestaban los lomos de los libros cuando los abría, Harry supuso que Dudley nunca trató de leerlos, ni de mirar las imágenes que adornaban a unos cuantos.

Una mañana, en el desayuno, Vernon Dursley le anunció: -Esta noche tendremos visitas-. Sacó pecho, como un ave emplumada. -Los Mason son clientes muy importantes y este contrato puede significar mi carrera; sólo la comisión nos permitirá comprarnos una casa de vacaciones en Mallorca-. Harry observó que la hermana de su madre se entusiasmaba por el comentario y Dudley seguía metiéndose comida en la boca. Vernon apuntó a Harry con su tenedor y un trocito de huevo revuelto cayó sobre la mesa. -No saben nada de ti y tampoco lo sabrán, ¿está claro?

-Sí-. Dijo Harry, simplemente. No tenía interés en conocer a esa gente, ni a nadie que se relacionara voluntariamente con los Dursley. Este verano, Harry había aprendido más sobre taladros de lo que jamás hubiese querido saber.

La tía le dio una cena rápida, mientras ponía los toques finales a la cena para los Mason. Era una comida escasa y sosa que Harry no le daría ni a un perro. Pero, bueno, el único perro que conocía era su padrino en forma de animago, y si sintiera particulares deseos de venganza, tal vez se la daría.

-No tengo por que soportar esto, tía Petunia. No tengo ninguna obligación de quedarme aquí para renovarles a ustedes las barreras de protección-. Dijo Harry, en voz baja, mientras lavaba automáticamente su vajilla. -Por alguna razón, después de todo lo que has hecho, mi madre aún te quiere. Yo no creo que la sangre te haga familia, pero haré lo que sea para evitarle el más leve dolor a mi madre-.

Harry no esperó ninguna respuesta, terminó con la vajilla y subió al segundo cuarto de Dudley. Cerró la puerta; si tenía que pasar la noche fingiendo que no existía, al menos iba a sacar algo de ello; se sentó en el suelo, en el centro del cuarto, en posición de loto y colocó algunas barreras extra. Minutos más tarde, ya concentrado más allá de su alrededor, Harry trabajaba en una barrera personal que, con suerte, podría desviar la mayoría de los hechizos menores. Con una barrera así, entretejida con su propia magia, no necesitaría gastar energías en bloquear hechizos menores y podría concentrarse en los ataques más serios.

En algún lugar, Harry registró el sonido de la aparición de un elfo doméstico. Al principio, no reaccionó, hasta que recordó que no estaba en la mansión. Lentamente, Harry salió de su estado meditativo.

Evidentemente, el elfo doméstico no era de la mansión. A primera vista, un elfo doméstico se parecía a cualquier otro, pero también era claro que este elfo no pertenecía al más agradable de los amos. Usaba lo que parecía un sucio harapo, y tenía pequeñas cicatrices en las orejas y en las manos.

Harry no pudo recordar ni una sola vez en que se haya castigado a un elfo doméstico en la mansión Potter. En cambio, tenía varios recuerdos de los Potter, de Sirius, Remus, y Neville, siendo regañados por elfos. Uno de ellos, una noche, hasta los mandó a la cama sin cenar, a él y a Neville.

-¿Quién es tu amo y por qué estás aquí?- Preguntó Harry, con precisión. A temprana edad, había aprendido a ser directo y especifico con los elfos domésticos, pues ellos tenían la tendencia a interpretar las órdenes vagas de las maneras más interesantes.

-Dobby no puede decirlo-. El elfo se retorció las orejas y pareció muy asustado. -Harry Potter no debe regresar a Hogwarts.

Harry levantó las cejas. -¿Tu amo te envió para impedir mi regreso al colegio?

-Dobby es malo-. El elfo empezó a golpearse la cabeza contra el piso y, rápidamente, Harry colocó un hechizo silenciador más potente alrededor del cuarto. Levantó al elfo por la parte de atrás de los harapos sucios. -No te castigues, Dobby. Yo voy a volver a Hogwarts el primer día de septiembre, y aunque no quisiera hacerlo, estoy seguro de que mis padres me obligarían.

-Hogwarts no es seguro-. Continuó Dobby, retorciéndose las manos, en lugar en las orejas. -Harry Potter, señor, no debe volver.

-Voy a regresar a Hogwarts-. Dijo Harry, con firmeza. -No he visto a ninguno de mis amigos por más de un mes y no voy a quedarme en casa mientras ellos están en el colegio.

-¿Los amigos que no le escriben a Harry Potter?- Indicó la voz de Dobby.

Se hizo la luz en la mente de Harry, dejó caer al elfo y extendió la mano. Debió haberlo sabido. -Dame mis cartas, Dobby.

-Dobby lo siente-. El elfo sacó una gruesa pila de pergaminos doblados y sujetos con un cordel y se la alcanzó. -Dobby pensó que si Harry Potter creía que no tenía amigos, Harry Potter querría quedarse a salvo en su casa.

Harry tomó la pila y la repasó rápidamente. Había cartas de sus padres, de Neville, de sus hermanos, de sus amigos de Slytherin, de Hermione y de los gemelos Weasley.

-No sé quién te ordenó que detengas mi correspondencia, pero no volverás a meterte con mis cartas-. Harry se estaba irritando mucho con este elfo.

Los elfos domésticos pueden actuar por voluntad propia si no se les prohibe estrictamente hacer algo, pero él nunca había visto un elfo que hiciera cosas como éste, sin la aprobación de su amo. Porque a juzgar por las acciones de Dobby, no tenía la aprobación de su amo.

-Dobby lo siente, pero Harry Potter no debe regresar a Hogwarts-. En un santiamén, la puerta se abrió y Dobby salió, escaleras abajo.

Harry corrió trás el elfo, maldiciendo mentalmente sin parar. Aunque los Dursley supieran que él podía hacer todos los hechizos que quisiera, sus huéspedes eran otra historia, no podía hacer magia delante de ellos.

Cuando Harry llegó a la planta baja, Dobby sostenía, flotando sobre la cabeza de una mujer que debía ser la señora Mason, el postre de tía Petunia. –Es por el bien de Harry Potter.

-No, Dobby-. Gruñó Harry. Si los Mason miraban hacia la ventana de la sala de estar, lo verían. No podía considerar siquiera, hacer magia. Harry se arrojó para detener a Dobby, pero fue demasiado tarde. El elfo desapareció y el postre cayó sobre la cabeza de la mujer, mientras Harry caía al piso.

Ella chilló y todos en la habitación se voltearon, para verla desparramada sobre el piso.

-Lo siento tanto-. Tía Petunia limpiaba delicadamente el desastre con una servilleta. –Nuestro sobrino está de visita...siempre se altera alrededor de gente desconocida...

Vernon levantó a Harry y comenzó a arrastrarlo hacia las escaleras. Hubo otro chillido, esta vez era una lechuza, seguida por un segundo chillido, el de la mujer.

-¡¿Qué idea tienes, Dursley!- Rugió el señor Mason. -¡¿No sabes que mi esposa le tiene un miedo mortal a las aves?

La lechuza dejó caer una nota sobre la cabeza de Harry, sobrevoló la sala de estar y salió volando por la ventana de la cocina. Harry maldijo mentalmente a Dobby. ¿Por qué el elfo no detuvo a esta lechuza? Al ver el sello del Ministerio, Harry supo, exactamente, lo que contenía la carta: era una advertencia por haber hecho magia frente a muggles. Los Dursley no tenían elfos, por lo que la magia se la atribuyeron automáticamente a él.

El tío de Harry leyó la carta y su cara comenzó a oscurecerse –otra vez-, hacia ese púrpura iracundo. Bruscamente, arrastró a Harry escaleras arriba y lo empujó hacia el segundo cuarto, sin preocuparse en lo absoluto porque Harry golpeó la cabeza contra el borde del escritorio, al caer. -¿Así que no estás autorizado a usar ninguna de tus rarezas frente a nosotros, no? Te mereces que te expulsen de ese colegio tuyo.

La puerta se cerró de un golpe y Harry suspiró. Sólo cuatro días más y volvería a la tierra de los cuerdos. Se oyó un portazo de la puerta principal y, desde la ventana, Harry observó cómo un furioso señor Mason conducía a una llorosa señora Mason hasta el automóvil. Demasiado para el gran trato de Vernon y la casa de vacaciones en Mallorca.

Como de costumbre, Harry se despertó antes que los Dursley. Un hechizo rápido sanó el corte de la parte de atrás de la cabeza, pero dejó los moretones que sintió que se formaban; supuso que sería mejor que se mantuviera fuera de la vista de su tío, quien probablemente seguiría furioso por lo sucedido la noche anterior. Sabía que su padre podría enderezar el malentendido con el Ministerio, una vez que vuelva a su casa y le explique. Con rapidez, comió un tazón de cereal y regresó a su habitación temporaria. Allí, sacó su colchoneta, de debajo del camastro y procedió a doblarse a sí mismo –como un pretzel-, coordinando los movimientos y las respiraciones.

Ruidos de martillazos invadieron su paz mental; Harry se levantó y giró hacia la ventana. Tuvo que parpadear unas cuantas veces y pellizcarse, para asegurarse de que lo que veía no era ninguna alucinación extraña. Vernon Dursley, sobre una escalera, junto a su ventana, colocaba unos largos barrotes. –Quisiera ver cómo mandas a tu lechuza ahora.

Era claro que el hombre estaba loco. Una vez que los barrotes quedaron puestos, Harry escuchó que su tío, respirando trabajosamente, quitó la escalera y, más tarde, subió al primer piso y abrió su puerta.

-No vas a hacer ninguna de tus rarezas alrededor de mi familia, monstruito-. La puerta se cerró y se oyó un chirrido, luego otro que pareció ser algún tipo de sierra eléctrica que hizo un agujero en la puerta, y luego una puertita para gatos quedó instalada. –Por aquí recibirás la comida.

Dos veces al día lo dejaron salir para usar el baño, y cada vez, su tía portó una mirada mortificada en el rostro. La primera vez, Harry sólo levantó las cejas; ella le dio vuelta la cara, rehusándose a hacer contacto visual. Esto ya era más que ridículo y Harry comenzó a preguntarse si su tío no estaría mentalmente perturbado. ¿Desde cuándo los barrotes y las cerraduras eran capaces de mantener a un mago dentro o fuera de algún lugar?

El 29 de agosto llegó a paso lento. Harry había leído todos y cada uno de los libros descartados por Dudley, y hasta había arreglado varios de los juguetes rotos, la mayoría, sin magia. Hasta había intentado usar Legeremancia con los Dursley, a distancia. Sólo había leído algo sobre esa disciplina, pero después de una primera vista a sus pensamientos, no quiso saber nada con ellos. La comida que su tía le pasaba por la puertita era sabrosa, pero aburrida. El día siguiente no llegaba con la suficiente rapidez para Harry. Esa noche, dormirse le tomó más tiempo que el usual; estaba ansioso por irse y un tanto preocupado por la reacción de Sirius ante su encierro. De seguro, su familia debía estar preguntándose por qué no recibieron nada de él mientras estuvo aquí. Las cartas que leyó, mostraban preocupación, y no sólo de sus padres... los gemelos Weasley tenían una imaginación salvaje.