CAPÍTULO XI
18 de diciembre
No importaba si era lunes o domingo; si se había acostado temprano o demasiado tarde; Severus siempre se despertaba a las siete de la mañana. Aunque no con tanta pereza como aquellos dos últimos días. Se estiró bajo las sábanas y después dirigió la mirada hacia el otro lado de la cama. Harry todavía dormía profundamente, enroscado sobre sí mismo. Severus se permitió sonreír. Rodó hasta quedar de lado y tener al alcance el hombro de Harry, que estaba al descubierto. Depositó pequeños besos sobre la piel fría. El fuego de la chimenea debía haberse apagado hacía horas. Rodeó con sus brazos el cuerpo de su amante, apretándole contra él.
—Hora de levantarse, auror Potter —susurró con la voz enronquecida por el sueño.
Harry respondió a sus caricias con un gruñido, pero no se movió.
—¿Te duchas conmigo? —el auror gruñó de nuevo— Esta mañana no tengo ninguna reunión a primera hora… —insinuó.
Sin abrir todavía los ojos, Harry se giró un poco hacia él. Sus labios se curvaban en una pequeña sonrisa.
—¿Me está haciendo proposiciones deshonestas, Director? —preguntó con voz adormilada.
—Por supuesto —respondió Severus.
El Director salió decididamente de la cama y retiró las sábanas de golpe, dejando el glorioso cuerpo de su amante al descubierto.
—¡Arriba! —ordenó con impaciencia— Te espero en la ducha.
Harry se encogió al sentir el frío de la habitación sobre su piel.
—Joder, Severus… —masculló.
Con una sonrisa maliciosa, el Director entró en el cuarto de baño. La erección matutina de Harry le había excitado sobremanera. Hacía tiempo que no se sentía tan enérgico por las mañanas. Abrió el grifo del agua caliente y buscó toallas limpias en el armario. Las dejó perfectamente dobladas en la argolla que había junto a la ducha, al alcance de la mano. Comprobó que el agua ya salía hirviendo, así que abrió el grifo del agua fría para conseguir la temperatura ideal. ¡Y Harry sin dar señales de vida! No había sido tan perezoso cuando dormía en el sofá… Dispuesto a sacarlo de la cama aunque fuera a rastras, Severus volvió al dormitorio. Sin embargo, toda su determinación se fue por el desagüe, quedándose congelada en el umbral de la puerta.
Harry todavía seguía en la cama. Aparentemente había vuelto a dormirse. Su cuerpo descansaba en una postura relajada, boca arriba, con los brazos semi extendidos. Tenía la cabeza inclinada a un lado, dejando su blanco cuello expuesto e indefenso ante los colmillos de la krait que se había enroscado justo bajo su brazo, a la altura del pecho. Severus estaba seguro de que la sangre había dejado de circular por sus venas. No se atrevió a moverse. Ni a despertar a Harry, por temor a que el más ligero movimiento del auror incitara a la serpiente a atacarle. Durante unos segundos sus piernas parecieron a punto de vencerse y su mente se quedó en blanco de pura desesperación. Que no se mueva, Merlín bendito, que no se mueva, era lo único capaz de pensar. Había pasado por muchas situaciones difíciles en su vida; pero no conseguía rememorar ninguna semejante a esa. Dirigió la mirada hacia su varita, que había dejado en la mesilla de noche, como siempre. Demasiado lejos para alcanzarla. La de Harry estaba en la otra, todavía más lejos.
En ese momento, la krait volvió la cabeza hacia el Director. Sus pupilas redondas y amarillas se clavaron en él, frías y amenazadoras. Severus tuvo la extraña sensación de que le estaba retando. De que le incitaba a intentar alcanzar su varita y así poder lanzarse sin contemplaciones sobre el auror. Si no fuera porque sabía que era imposible, el Director habría jurado que la maldita serpiente sonreía. Desnudo, sin una varita en la mano, el mago se sintió ridículo e indefenso. La serpiente siguió mirándole unos instantes más, hasta que el movimiento del cálido cuerpo junto al que se había enroscado llamó su atención. Un largo y amenazante siseo acompañó el desplazamiento de la cabeza de la krait.
—¡No te muevas!
Harry parpadeó confuso e hizo la intención de incorporarse cuando su mano chocó con algo frío y escamoso.
—¡No te muevas, Harry! —gritó de nuevo Severus, más aterrorizado de lo que se había sentido jamás en su vida.
El siseo se hizo más intenso y, aún sin sus gafas, Harry fue capaz de ver la aplanada cabeza de la krait oscilado amenazante ante su rostro. Conteniendo la respiración, dejó caer despacio su cabeza otra vez sobre la almohada, gesto que pareció complacer al reptil, que se apartó un poco de él para volver a fijar sus pupilas en Severus.
—No te muevas, Harry, por lo que más quieras —suplicó el Director, tentando un par de pasos hacia la cama.
La serpiente siseó de nuevo y Severus se detuvo en seco. A modo de amenaza, la krait movió la cabeza peligrosamente hacia el cuello de Harry. Tan cerca que el auror pudo sentir la bífida lengua rozándole la piel. Severus maldijo en silencio. Pequeñas gotas de sudor empezaron a resbalar por su frente a pesar del frío ambiente de la habitación. Esa asquerosa serpiente no iba a arrebatarle a Harry, se juró. Intentó tranquilizarse y pensar. Poniéndose en lo peor, si al final la krait mordía a su amante, tenía el antídoto en la sala, justo al otro lado de la puerta. Alcanzaría su varita, mataría a la serpiente y convocaría el frasco. Bien, se dijo, ese era el plan B. El plan A era evitar a toda costa que Harry fuera mordido.
—Aunque me muerdas, no escaparás —murmuró la voz de Harry.
La serpiente siseó con más fuerza ante las palabras del auror.
—Ayer no regresé solo —siguió hablando Harry—. Los aurores han tomado el castillo en previsión de conseguir esta mañana la última prueba para detenerte.
La cabeza de la krait osciló amenazadoramente junto al cuello del joven.
—El Jefe de Aurores se presentará aquí con la orden de detención en cuanto acaben con la autopista de la verdadera Leesa Hayes. Extraer los recuerdos de su tía, a pesar de haberle borrado la memoria, es sólo cuestión de tiempo. Quién sabe si lo han hecho ya…
Severus miró a Harry con el ceño ligeramente fruncido. ¿Cuándo había pensado el maldito héroe contarle las últimas noticias? Por otro lado, de las palabras del auror se desprendía también que la krait era la forma animaga de alguien. El Director estaba completamente estupefacto. Jamás había oído hablar de un animago que adoptara la forma de una serpiente. Ni siquiera Salathar Slytherin o el mismísimo Voldemort. Es más, no había constancia de que hubieran sido animagos ninguno de los dos. Aquello explicaba muchas cosas, sin lugar a dudas. La suplantadora de Leesa Hayes sólo había tenido que escupir su propio veneno en su forma animaga, para deslizarlo en su plato, ya en su forma humana, la noche de Halloween. Tampoco la serpiente había abandonado nunca Hogwarts, a pesar de todos los expertos que la habían buscado; y habían acabado llegando a la conclusión de que sí lo había hecho. Había estado siempre allí, imposible de detectar dado que era una persona, inmune a los hechizos que habían colocado, puesto que sólo podían afectarla en su forma animaga. Ahora Severus se preguntaba si Pomona había muerto porque la había descubierto o simplemente había tenido mala suerte. Cómo había logrado colarse en su habitación esa mañana era todavía un misterio, ya que los hechizos anti-serpiente seguían activos en todo el castillo.
—Puede que me mates —siguió hablando Harry, con voz extremadamente tranquila—. Pero Severus te matará a ti en cuanto me muerdas…
Horrorizado, Severus fue más consciente que nunca de que Harry no tendría ninguna oportunidad. Fuera quien fuera esa impostora, claramente había bebido los vientos por su amante. Völund le había contado que les había sorprendido en plena faena… Harry moriría porque la había rechazado y, sobre todo, porque se había convertido en alguien preciado para él. Seguramente, matando al auror contaba con causar un daño mucho más profundo que si le mataba a él. ¡Pero tengo el antídoto! —se recordó— ¡Maldita sea, lo tengo!
—A estas alturas ya deben saber quién eres… —seguía hablando el auror—Aunque hoy logres salir de aquí, no podrás escapar por mucho tiempo…
Los ojos de Harry se desviaron por primera vez hacia Severus. Y éste pudo leer en ellos que el auror también era consciente de que no iba a salir con bien de aquel trance. Ante cualquier cosa que intentaran, la krait sería mucho más rápida. Harry cerró los ojos y tragó saliva.
—Sinceramente, esperaba que esto hubiera durado un poco más… —dijo—. Mi hijo… —titubeó—… ¿le darás un abrazo de mi parte?
Aprovechando que la krait parecía pendiente de las palabras de Harry, Severus había llegado tan cerca de la mesilla de noche que casi podía tocar su varita con la punta de los dedos. Y entonces todo sucedió tan rápido que, paradójicamente, el Director lo vivió como si sucediera a cámara lenta. Las fauces de la krait se abrieron, dejando al descubierto los colmillos goteantes de veneno. Severus alcanzó su varita cuando la serpiente se lanzaba a la garganta de Harry y éste trataba de evitarla girando rápidamente sobre sí mismo. Severus tomó por fin su varita y lanzó un petrificus totalus que alcanzó la krait junto con un immobilus, un flipendo y varioshechizos más que cayeron sobre ella casi al mismo tiempo. La maléfica criatura se congeló en aire unos segundos para caer después pesadamente sobre la cama.
—¡Harry!
Severus se lanzó hacia la cama al mismo tiempo que Robards y los cuatro aurores que habían entrado en la habitación, olvidándose de que iba desnudo. Harry se había caído de la cama con el brusco movimiento que había hecho para escapar de la serpiente. Un compañero le estaba ayudando a levantarse. Alguien puso una túnica sobre los hombros del Director, mientras él tiraba frenéticamente de la sábana para cubrir la desnudez de su amante.
—¿Estás bien? —preguntó, sin importarle la ansiedad que revelaba su voz.
Durante unos breves segundos Severus creyó que la krait no había conseguido su objetivo. Harry se había sentado en la cama, respirando agitadamente. Fue entonces cuando el Director reparó en la señal profunda y sangrante de dos colmillos en su hombro. Y una segunda mordida, ésta más superficial pero igualmente venenosa un poco más abajo, en el omoplato.
—¿Harry?
El auror levantó un poco la cabeza y le miró. Sus facciones, anormalmente tensas, le dijeron a Severus que definitivamente iba a ser el plan B. Robards, que también se había dado cuenta de las mordidas, le estaba gritando a uno de sus hombres que llamara a una unidad de emergencias de San Mungo. Los pies de Severus volaron hacia el armario de la sala, donde guardaba sus pociones particulares. Cuando regresó con un pequeño frasco en la mano, habían acostado a Harry en la cama, quien empezaba a respirar con cierta dificultad.
—¡Ábrale la boca! —ordenó el Director al hombre que estaba a su lado— Hay que dársela antes de que la disfagia no le deje tragar.
Robards obedeció, introduciendo sus dedos en la boca de Harry sin perder tiempo, y tiró de sus mandíbulas, abriéndolas. Observó con preocupación cómo el Director de Hogwarts deslizaba el contenido del frasco que tenía en la mano directamente en la garganta de su auror. Potter tendría que darle muchas explicaciones si salía de esa.
—¡Saquen a esta serpiente de aquí! —ordenó, nervioso.
¿Cómo iba a justificar que se le muriera el héroe en acto de servicio? Porque en ese preciso momento el Jefe de Aurores no estaba muy seguro ni del acto ni del servicio… Observó cómo sus hombres recogían a la aturdida krait, que petrificada entre otras cosas, no podría volver a su forma humana hasta que se recuperara de todos los hechizos que le habían lanzado. La colocaron en una caja encantada para que no pudiera salir de ella aunque despertara.
—¿Cómo está? —preguntó a Severus.
—El antídoto retrasará calambres, espasmos y convulsiones, que serán mucho menos severos —explicó éste con voz apretada—. Y evitará la parálisis del diafragma y la consecuente asfixia.
Robards asintió en silencio. Potter no había emitido un solo sonido. Tal vez porque no podía. Se había quedado quieto, mortalmente pálido. Se podía apreciar cierta rigidez en sus extremidades. Su mirada permanecía fija en el techo de la habitación; no parpadeaba. Tenía la boca un poco abierta e inhalaba con dificultad. La única señal de que no era simplemente un cuerpo inerte sobre la cama y seguía vivo.
—Vístase —le dijo a Snape, quien parecía haber olvidado que bajo la túnica que él mismo había puesto sobre sus hombros, la suya, no llevaba nada—. Yo le vigilo.
El Director pareció reaccionar a las palabras de Robards y se levantó para buscar la ropa que necesitaba.
—Los de San Mungo ya están aquí —dijo alguien a los pocos minutos.
Una pequeña tropa de túnicas verdes entró en la habitación. Severus habló con el sanador que lideraba el grupo y después observó con el alma en vilo cómo Harry era colocado sobre una camilla y preparado para su traslado al hospital mágico.
—¿Alguno de sus hombres podría avisar a la subdirectora McGonagall? —preguntó Severus, antes de entrar en la chimenea para seguir al grupo médico.
—Está esperando fuera —respondió Robards—. No creí prudente que entrara. Uno de mis hombres la acompañará.
—Gracias.
Severus entró en la chimenea, seguido del Jefe de Aurores.
o.o.o.O.o.o.o
Aquella fue una de las mañanas más largas en la vida de Severus. Robards había esperado silenciosamente junto a él la primera hora, pero después había regresado al Ministerio para ocuparse de la animaga. El Director agradeció enormemente que el Jefe de Aurores no hubiera hecho preguntas incómodas. Aunque sabía que éstas llegarían tarde o temprano. Las cosas se habían complicado un poco más tarde. Como mandaba el protocolo en estos casos, la familia del auror herido fue avisada. Y Harry no tenía otra familia que no fuera los Weasley. Severus dejó que fuera Robards quien lidiara con ellos, como era su obligación y trató de mantenerse apartado del abatido clan familiar. Por supuesto, no lo logró.
—Oh, Severus —sollozó Molly—, Harry va a estar bien, ¿verdad? Cuando esa serpiente mordió a mi Arthur, fue gracias a Harry que pudo salvarse.
—Lo sé, lo sé, Molly —en un gesto poco habitual en él, palmeó la mano de la afligida mujer—. Harry se pondrá bien muy pronto, ya lo verás.
¿Acaso no tenía suficiente con su propia angustia? Si alguien volvía a suspirar en aquella sala era capaz de ahogarlo con sus propias manos. Gracias a Merlín, Minerva se dedicó a consolarla con mucha más disposición que él. Durante toda la mañana fue un ir y venir de compañeros de Harry, interesándose por su estado. Incluido Turpin, quien parecía realmente afectado y no se fue sin antes lanzarle una mirada acusadora. A la una y media ya habían pasado aproximadamente seis horas desde el ataque de la krait. Entre las seis y las doce horas posteriores a la inoculación del veneno todavía podía producirse la muerte de la víctima. Pero Harry había tomado el antídoto. Y seguramente en el hospital, aparte de ayudarle a respirar, le habían dado algún tipo de poción para acelerar la metabolización del veneno. Entonces estaría completamente fuera de peligro.
Poco después de la una a algún brillante cerebro se le ocurrió traer al niño. Claro que, si el horario de guardería había terminado y toda su familia estaba allí, no había nadie que pudiera quedarse con él. James le reconoció inmediatamente y se escapó del regazo de su madre para corretear hasta donde Severus se encontraba. Durante unos breves segundos el mago fingió no verle, pero el niño tironeó testarudamente de su túnica hasta que logró su atención.
—Hola. Mi papá está malo. Pero mi mamá dice que lo están curando.
—Se pondrá bien muy pronto —le dijo Severus y regresó su mirada a la puerta de la sala, esperando que el niño se diera por satisfecho con su respuesta.
—¿Tienes lápices de colores?
Severus volvió a mirar hacia abajo.
—Me temo que no.
—¿Dibujos para pintar?
—¿De qué te servirían si no tienes lápices?
James puso morritos, al parecer disgustado por las respuestas. Después sus ojitos se iluminaron, al parecer recordando algo. Corrió hacia donde se encontraba su madre y cogió la mochila del Rey León que había dejado en el suelo, junto a la silla. Sacó trabajosamente un cuaderno de su interior y correteó de vuelta junto a Severus.
—¿Quieres ver mis dibujos? —preguntó.
Sin esperar respuesta, tiró de la túnica del Director hasta conseguir que se sentara.
—Aguanta.
Severus tomó el cuaderno mientras observaba cómo el niño alzaba una rodilla, impulsándose con las manos hasta conseguir subir ágilmente a una silla algo alta para él. Entonces le arrebató el cuaderno a Severus y apoyándolo sobre sus piernas lo abrió.
—Te lo enseñaré —dijo—. Pero tengo que explicártelo. A mi papá siempre tengo que explicárselo porque nunca entiende nada —James hizo una pequeña mueca de pena— Si tuviera colores podría hacerle un dibujo para dárselo cuando se ponga bueno…
Severus suspiró. Harry quería a ese niño, se dijo. Era su hijo. Seguro que la enfermera del ala infantil tenía lápices de colores y pergaminos para pintar…
—No te muevas de aquí —ordenó con un gruñido.
James parpadeó un poco asustado, no muy seguro de si el adulto le estaba riñendo. Él no había hecho nada… Al poco rato el Director regresó con varias hojas de pergamino en blanco y una caja de lápices de colores.
—Toma —le tendió el material con cierta brusquedad—. Pinta un dibujo bonito para tu padre y estate quieto.
El niño saltó de la silla sin que tuviera que repetírselo dos veces y se fue a una mesa no demasiado alta donde había periódicos y revistas. Los apartó y colocó con mucho cuidado los pergaminos y los colores. Después se arrodilló y abrió la caja de colores para empezar a trabajar.
—Voy a hacerle un dibujo a papá —informó a su madre quien, como el resto de Weasleys, todavía no salía de su asombro. ¡Snape había ido a buscar pergaminos y colores para James! Increíblemente, el Director también conjuró un cojín para que el niño no estuviera de rodillas en el suelo.
A las seis, James había agotado todos los pergaminos y su tío George había ido a buscar más. Había merendado, ido al baño dos veces y montado una gran pataleta cuando la tía Hermione había tratado de llevárselo a casa para darle de cenar junto con su hija Rose, que en ese momento estaba con sus abuelos. Muy disgustado, se había acurrucado en el regado de su madre, agarrándose a su jersey con ambas manos para que a nadie se le ocurriera llevárselo de allí. Severus pensó que era imposible negar que ese niño era hijo de su padre. Un pequeño testarudo que siempre se salía con la suya.
Minerva regresó a Hogwarts, ya que la escuela no podía pasar tanto tiempo sin Director y subdirectora y Robards apareció en la sala de espera poco después de las seis.
—¿Alguna novedad? —preguntó.
Severus negó con la cabeza.
—La impostora es Kaelee Rowle, hija de Thorffin Rowle —Robards sonrió mientras se sentaba junto al Director—. El Ministro Shacklebolt firmó la orden para suministrarle veritaserum sin dudar.
—¿Rowle? —Severus frunció el ceño— ¿El que atraparon junto a Dolohov?
—Exacto —el Jefe de Aurores no podía ocultar su satisfacción—. Fueron de los primeros en ser juzgados y recibir El Beso después de la guerra.
Severus asintió en silencio.
—En Marsella, en casa de la tía de la infortunada Leesa Hayes, hemos encontrado un montón de información sobre usted —siguió explicando Robards—. Realmente esa chica estaba obsesionada. Le consideraba un traidor, el culpable de la muerte de su padre y del posterior suicidio de su madre.
—¿Por qué ha esperado tanto para intentar matarme? —preguntó Severus, intrigado.
—La mente de un criminal siempre es complicada de entender —aseguró Robards—. Pero en el caso de Kaelee, no quería levantar sospechas sobre ella. No tenía prisa —el auror guardó un pequeño silencio antes de continuar—. Se había refugiado en Francia después de la guerra, poco después de la muerte de su madre. Conoció a Leesa Hayes por casualidad, en la biblioteca donde ésta trabajaba. Entablaron amistad porque las dos eran inglesas y porque Kaelee consideró que en algún momento esa amistad podía serle conveniente. Cuando Leesa le dijo que iba a dejar la biblioteca porque la habían aceptado como Profesora en Hogwarts, Kaelee vio su oportunidad. Mató a Leesa mordiéndola en su forma animaga, tal como ha confirmado la autopsia de sus restos, y la enterró en el sótano de la casa. Después borró la memoria de su tía, convenciéndola de que ella era su sobrina Leesa.
—Y llegó a Hogwarts como Leesa Hayes.
—Exacto —corroboró Robards—. Bajo esa identidad, con su currículo y como Profesora de Estudios Muggles además, tenía la tapadera perfecta para acercarse a usted, Director, sin levantar sospechas sobre sus antecedentes familiares.
—Y créame que nadie sospechó —afirmó Severus.
—Se le ocurrió lo de los anónimos, esperando ponerle nervioso —siguió hablando Robards. Hizo una pequeña mueca—. Aunque me temo que usted es una persona difícil de poner nerviosa…
Severus esbozó una sonrisa irónica.
—Y de paso, desahogar un poco de su rabia con las amenazas que contenían esas notas. Hasta el pasado Halloween, cuando decidió que había llegado la hora de llevar a cabo su venganza. Llevaba seis años en el colegio; tenía su confianza y la del resto de profesores; es una chica guapa, de apariencia bondadosa e inofensiva de la que nadie podía imaginar que era una animaga capaz de convertirse en una krait. Antes de la cena, impregnó cuidadosamente su plato de veneno. Los alimentos que después entraron en contacto con él, quedaron contaminados. Con lo que Kaelee no contaba era con que usted tuviera un antídoto y también una especial resistencia al veneno por haber sufrido ya la mordedura de una serpiente con anterioridad.
—Ni con que Harry acabara atando cabos…
Robards frunció el ceño. Había llegado el momento de aclarar algunas cosas.
—¿Por qué Kaelee parece convencida de que matando a Potter usted iba a sufrir mucho, Director Snape?
—Porque está loca, evidentemente —respondió Severus con tranquilidad.
Robards negó con la cabeza, a sabiendas de que Snape no iba a ponerle las cosas fáciles.
—Sé lo que vi en esa habitación —insistió.
—Usted sólo vio a un hombre que había salido de la ducha y no le dio tiempo a vestirse. Y a mí, que acababa de entrar y salí corriendo al oír los gritos de Potter.
El Jefe de Aurores entrecerró los ojos y miró al Director con intensidad.
—¿Esa va a ser la versión oficial? —preguntó, sin ganas de hurgar más en el asunto.
—No hay otra versión, Jefe Robards —aseguró Severus—. Le agradeceré que la extienda entre sus hombres.
—Pues me alegro de que todo tenga una explicación tan sencilla, porque me cabrearía mucho tener que sancionar a Potter otra vez. Por su culpa —añadió con animosidad.
Severus se mordió la lengua para no responder a la provocación. Robards se recostó en su silla, al parecer con la intención de permanecer allí hasta poder comprobar por sí mismo que su auror había salido de peligro.
Harry despertó de madrugada y el sanador al cargo dejó que la familia le viera durante unos minutos para que pudieran irse tranquilos a casa y descansar. Robards le deseó una pronta recuperación y le dijo que ya volvería cuando se encontrara mejor para contarle cómo había acabado todo. Severus fue el último en entrar y también el único que se quedó después de discutir un poco con Ginny Weasley por ese privilegio.
—Márchese a casa con su hijo —le dijo. Finalmente la abuela Molly había logrado llevarse al niño a La Madriguera—. Así podrá traerlo mañana a primera hora para que vea a su padre.
Ella le había mirado raro, pero no había discutido más.
Severus había aguantado nervios e impaciencia durante tantas horas que cuando entró en la habitación se sintió desfallecer de cansancio. Se acercó a la cama donde Harry descansaba. Parecía dormir un sueño tranquilo. Sus mejillas habían recuperado el color. Severus depositó un beso en su frente y acarició después el negro cabello, deslizándolo entre sus dedos.
—Ginny me ha dicho que has estado aquí todo el tiempo.
Los ojos de Harry se abrieron, pesados y somnolientos.
—No quería despertarte —susurró Severus, sentándose en la cama.
—Te estaba esperando —musitó Harry.
—Descansa —Severus siguió acariciando su pelo—. Hablaremos mañana.
Harry sonrió un poco, complacido por las atenciones de su amante.
—¿Cómo entró? —preguntó a pesar de todo.
Severus consideró que facilitarle algo de información ayudaría a que se quedara tranquilo y se rindiera al descanso.
—Le lanzó un Confundus a Turpin —respondió sin poder evitar sonar un tanto despectivo. Y añadió—. ¡El muy inútil!
Harry emitió un pequeño gruñido, a modo de reproche. Sin embargo, Severus no estaba dispuesto a rectificar una sola palabra de su última frase.
—Después levantó el encantamiento anti-serpiente y adoptó su forma animaga —continuó explicando—. Permaneció escondida toda la noche en la sala, debajo del sofá.
—Entonces estaba ahí cuando llegué… —musitó Harry.
—Sí… —Severus se inclinó y depositó un beso en la frente de su amante— ¿Qué clase de hechizos pusiste en mi habitación —preguntó con verdadera curiosidad.
Los labios de Harry se curvaron de nuevo en un amago de sonrisa.
—Ah… algunos… —murmuró muy bajito— ¿Seguían ahí?
El Director afirmó lentamente con la cabeza, mientras una emoción dulce y cálida se extendía por su pecho.
—Sí —confirmó—. Cuando detectaron a la krait, Robards voló hasta mis aposentos. Los conectaste con mi despacho…
Harry hizo un desmayado gesto de asentimiento.
—Beso… —pidió.
Severus se inclinó un poco y depositó un suave beso en los resecos labios del auror.
—Ahora duérmete —ordenó—, o le diré a la enfermera que te dé una poción asquerosamente amarga que te dejará un sabor repugnante en la boca durante horas.
—Mmmm… yo también te quiero, Snape…
Severus siguió acariciando el alborotado pelo negro hasta mucho después de que Harry se hubiera dormido. Después se sentó en el sillón que había junto a la cama y esperó el amanecer.
19 de diciembre
No recordaba en qué momento se quedó dormido. Pero a las siete en punto abrió los ojos. Le dolía el cuello y tenía una pierna completamente acalambrada. Miró hacia la cama para comprobar que Harry seguía dormido. Se levantó con cuidado, cojeando un poco a causa de la entumecida pierna. Por experiencia propia sabía que el auror tardaría algunas semanas en recuperarse. Y que no iba a moverse del hospital durante varios días. También sabía que Harry no iba a estar solo porque había muchos Weasley para hacerle compañía. Lo más sensato era regresar a Hogwarts y retomar sus deberes de Director. Y no excitar más la imaginación de Robards.
o.o.o.O.o.o.o
24 de diciembre
Harry se había negado a pasar la Navidad en el hospital. Sería la última vez que vería a James en mucho tiempo. Además, él se sentía bien. Bueno, lo suficientemente bien como para levantarse de la cama de San Mungo y aterrizar en el sofá de La Madriguera. Las piernas le temblaban un poco todavía. Y tenía una extraña sensación en el cuerpo, como si hubiera hecho un ejercicio muy violento durante el tiempo suficiente como para dejarle dolorosas agujetas en todos los músculos. Severus había ido a visitarle un par de veces, por la noche. Harry sabía que lo hacía por él. Porque no quería ponerle en apuros con Robards. Pero le echaba de menos. Joder, ¡echaba de menos a Snape!
o.o.o.O.o.o.o
Después de seis años, Ron Weasley caminó por los pasillos de las mazmorras de Hogwarts como si fuera un condenado al Beso del Dementor. ¡Lo que había que hacer por los amigos! Atravesó su antigua clase de pociones, el contiguo despacho de Snape y después llamó a la puerta de sus habitaciones privadas. Harry iba a deberle una muy grande después de ese día. Cuando la voz profunda del Director respondió "adelante", Ron inspiró profundamente y abrió la puerta.
—Buenas tardes Profesor… er… Director.
Severus no pudo esconder su sorpresa. Y a continuación un asomo de preocupación. Sin embargo, su pelirrojo ex alumno no parecía inquieto, sino más bien encontrarse en una situación embarazosa.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Weasley?
Ron se rascó la cabeza, incómodo.
—Bueno… —Harry no iba a deberle una muy grande, no. Iba a deberle la de su vida—… a mis padres les gustaría que cenara con nosotros esta noche.
Severus alzó una ceja, sorprendido.
—Transmítales a Molly y a Arthur mi más sincero agradecimiento. Pero, como recordará, hay alumnos que pasan sus vacaciones aquí, y es tradición que el Director presida la cena de Navidad.
—Ya… —Ron se rascó la cabeza de nuevo— Pues Harry va a tener un disgusto, porque…
—¿Harry?
¡Joder! ¿Al Director le había salido un gallo?
—Es que esta tarde le han dado el alta… —empezó a explicar Ron, para ser inmediatamente interrumpido.
—¿Hay alguna epidemia de locura entre los sanadores de San Mungo? —gruñó Snape, enfadado—. ¡Es imposible que se haya recuperado!
—Bueno, o era eso, o Harry la emprendía a maldiciones con el cuerpo médico del hospital…
El Director masculló una serie de improperios que Ron no entendió muy bien, pero tuvo la impresión de que el que iba a empezar a repartir maldiciones en esa momento era Snape.
—Entonces… ¿qué le digo a mi madre? —se atrevió a preguntar, retrocediendo un par de pasos.
Snape le miró como si fuera a matar al mensajero y Ron dio un paso más hacia la puerta.
—Haré lo posible —gruñó Severus.
El pelirrojo emprendió la retirada sin tan siquiera despedirse.
o.o.o.O.o.o.o
Severus cenó el primer plato en Hogwarts y después, deseando a alumnos y Profesores una feliz Navidad, se disculpó y abandonó la cena dejando a Minerva al cargo. Se apareció en La Madriguera cerca de las nueve de la noche. Desde el exterior podía oírse la algarabía que reinaba en la casa. Suspiró, armándose de paciencia. Lo hacía sólo por Harry, se dijo. Porque necesitaba ver que estaba bien y, de paso, darle un buen tirón de orejas por su insensatez. Tuvo que llamar dos veces para que le oyeran. Arthur Weasley salió a recibirle.
—Me alegro de que hayas podido venir finalmente, Severus.
El pelirrojo patriarca sacudió su mano con una exultante alegría. Severus correspondió de forma mucho más comedida.
—Pasa por favor, te hemos hecho un hueco en la mesa por si al final podías escaparte —le informó Arthur mientras le conducía hasta el bullicioso comedor.
Los ojos de Harry se iluminaron al verle. Y eso fue suficiente para que Severus se olvidara de la incomodidad de encontrarse rodeado de tanto ex alumno indeseado. Había un lugar vacío junto a él y, después de darle su abrigo a Arthur para que lo colgara, se dirigió hacia allí mientras deseaba una feliz Navidad a todos. Se preguntó hasta dónde habría contado su amante a la alborotadora familia. Antes de que pudiera decir nada, James saltó del regazo de su padre al suyo con una sorprendente agilidad.
—Yo quería que vinieras, ¿sabes? Y pensaba que no venías y ya me estaba enfadando —soltó el niño con su pequeño ceño levemente fruncido.
—James, cariño, no molestes al Director Snape… —le riñó Ginny, apurada por el comportamiento de su hijo.
Sin embargo, el resto de la mesa se rió con ganas de la extraña escena.
—¡Harry…! —masculló la pelirroja, dándole un codazo, sin comprender por qué su ex no hacía nada al respecto.
—No me molesta —mintió Severus y después dijo, dirigiéndose al pequeño mocoso en su regazo—. Tenía cosas que hacer antes de venir. Siento haberte disgustado.
—Vale, porque ya no iba a hacerte más dibujos.
—Eso hubiera sido una verdadera tragedia —respondió Severus, muy serio.
Con una sonrisa de oreja a oreja, Harry cogió al niño para sentarlo en sus propias rodillas. Severus no pudo evitar sentirse aliviado. El mocoso no le caía mal; pero él no estaba acostumbrado a comer con niños en su regazo. Una cosa detrás de otra, se dijo. La cena transcurrió en relativa tranquilidad, teniendo en cuenta dónde se encontraba. A pesar de que todos le trataron con naturalidad, no se le escaparon las miradas curiosas, de incredulidad incluso, que los distintos miembros de la familia le dirigieron a lo largo del ágape navideño. Después de los postres, cuando Arthur sirvió los licores, Severus se encontraba mucho más relajado.
—Con las pociones que estás tomando, ni sueñes con beberte esto.
Severus quitó de la mano de Harry la copa de licor de bayas que estaba a punto de llevarse a los labios.
—¡Oye! —protestó el auror.
El Director hizo desaparecer la copa antes de que Harry pudiera alcanzarla de nuevo.
—Has bebido vino durante la cena y no te he dicho nada —argumentó Severus—. Pero nada de licores.
El resto de la mesa seguía atentamente la discusión. Por un momento pareció que Harry iba protestar de nuevo, pero después simplemente sonrió.
—Está bien —aceptó—. ¿Una cerveza de mantequilla?
—Mucho mejor —aprobó Severus.
El gesto que siguió fue tan espontáneo y natural que casi al único que sorprendió el pequeño beso fue al propio Severus. Sin embargo, trató de quitarle importancia bebiéndose su copa de un solo trago.
—¡Wuau, Profesor! —aplaudió George— ¡Usted sí es un hombre de pelo en pecho!
Severus le envió una mirada asesina.
—Me iría contigo —susurró casi al final de la velada Harry, en un aparte—. Pero James duerme conmigo y quiero pasar tiempo con él. Está tan excitado con la venida de Santa Claus que no sé si vamos a pegar ojo esta noche.
—No te preocupes —Severus miró discretamente a su alrededor y después dejó un corto beso en los labios de su amante, al tiempo que le apretaba suavemente una nalga—. Debes pasar tiempo con tu hijo.
Harry suspiró quedamente.
—No quiero perderme cuando despierte mañana, los regalos y eso… —musitó.
—Lo comprendo —la mano parecía no quererse despegar de la firme nalga del auror—. Mándame una lechuza cuando quieras que venga a buscarte.
—¿Lo harás? —los ojos de Harry brillaron.
Snape estaba sonriendo. ¡Sonriendo! Y Ron estaba seguro de que no era el vino, ni el licor de bayas. No estaba borracho.
—No mires fijamente, Ron —le riñó cariñosamente su mujer—. Es de mala educación.
—¡Pero mira dónde tiene la mano, Herm! —susurró.
Hermione suspiró, mientras observaba de reojo cómo, por fin, Snape apartaba la mano del culo de su amigo.
—Habrá que ir acostumbrándose, Ron —la bruja suspiró de nuevo—. A Harry le gusta Snape. Y mucho me temo que es recíproco —añadió, captando el rápido beso entre ambos.
Ron miró a su mujer muy serio.
—¿Crees que es alguna clase de secuela de la guerra?
Hermione soltó una carcajada, casi despertando a Rose que dormía en sus brazos.
—¿Que sea homosexual? —preguntó.
—¡Claro que no! —se airó Ron— ¡Que le guste Snape, tonta!
o.o.o.O.o.o.o
Salir varias veces del baño y comprobar que Harry seguía tranquilamente dormido en la cama se había convertido en el ritual matutino de Severus. El recuerdo de esa maldita serpiente lanzándose sobre el auror con sus fauces completamente abiertas estaba todavía demasiado presente en su memoria. El simple recuerdo le producía escalofríos. Muchos más que el de Nagini lanzándose sobre él mismo. Había ido a buscar a Harry a La Madriguera dos días después de Navidad. James y su madre se habían marchado poco antes a Kenmare para celebrar el Año Nuevo con la familia del hombre con el que la menor de los Weasley iba a vivir. Harry no había estado muy hablador el resto del día.
Severus se acercó a la cama y besó suavemente al durmiente.
—El desayuno está listo en la sala —susurró.
Harry volvió el rostro hacia la voz, sin abrir los ojos todavía.
—Sabes que me estás malcriando, ¿verdad? —susurró también.
—Es algo que no había hecho nunca —confesó Severus.
—¿Y te gusta? —Harry abrió los ojos y se estiró perezosamente.
La respuesta fue un beso mucho más intenso.
—Tengo que ir a San Mungo hoy —dijo Harry un poco más tarde, ambos sentados ya ante su desayuno—. Espero que me den el alta. Después iré al Ministerio a hablar con Robards. Con un poco de suerte podré reincorporarme el lunes.
Severus frunció el ceño. El único signo de su decepción.
—¿Estás seguro? —preguntó.
—Estoy bien, Severus —Harry sonrió—. Llevo dos semanas criando panza con tanto mimo. Además, estoy seguro de que Robards me dará trabajo de escritorio durante unos cuantos días —añadió con un poco de fastidio—, mientras me pongo en forma.
—Más le vale —gruñó el Director.
—¡Oye! ¡El papeleo es aburrido!
—Pues te jodes
—Eso ya lo haces tú…
Harry esbozó una sonrisa traviesa y Severus trató de ignorar el pie descalzo del auror que subía por su pierna y alcanzaba su entrepierna con total descaro. El Director gruñó.
—Tengo que sustituir a Slughorn esta mañana, Harry…
—Oh, sí… —Harry bebió su zumo de naranja de forma casi obscena—… el pobre ha pescado la gripe, ¿verdad? —que Merlín ayudara a los pobres alumnos.
Severus se levantó abruptamente, antes de que el trabajo que Harry estaba haciendo con su pie alcanzara dimensiones poco recomendables para alguien que tenía que enfrentarse a una clase de pociones de alumnos de primero.
—Me las pagará esta noche, auror Potter…
—Le estaré esperando, Director Snape…
o.o.o.O.o.o.o
Harry había vuelto al trabajo y durante unas cuantas semanas habían tenido una convivencia algo caótica. El auror no tenía horario para regresar a casa y también tenía turno de fin de semana una vez al mes. Siempre con el petate a cuestas, de ida y vuelta con sus cosas. Finalmente, Severus había tomado una decisión.
—Yo no puedo dejar Hogwarts hasta el verano —había dicho—. Así que instálate aquí. Trae todas tus malditas cosas y deja de ir y venir de una puñetera vez.
Harry le había mirado, no muy convencido al principio.
—Tendría que comunicar mi cambio de domicilio al Ministerio…
—¿Y eso representa algún problema? —había preguntado Severus, un poco tenso.
—Para mí no —había respondido Harry inmediatamente— ¿Para ti?
—El claustro de profesores al completo sabe que duermes aquí —a continuación había puesto los ojos en blanco—. Y es un secreto a voces entre los alumnos. Por lo visto Sybill no se ha cansado de repetir en todas sus clases que "ella ya lo había visto".
—La buena de Trelawney… Ahora que no se dedica a predecir mi muerte hasta me cae bien…
—¿Qué hay de Robards? —preguntó el Director.
—No te preocupes. Ya le dejé bien claro dónde acababa mi trabajo y empezaba mi vida privada.
—Perfecto —había aprobado Severus—. Entonces, ¿cuándo te mudas?
Harry había sonreído, avanzando unos pasos hacia su amante, y éste le había refugiado entre sus acogedores brazos. El mejor lugar del mundo para el auror.
Continuará...
