Durante la primera semana del viaje hacia Gil'ead, donde encontrarían a un tal Dormanad que les diría la ubicación de los vardenos, Saeth no habló con nadie, ni siquiera con Saphira, todos estaban preocupados, pero pronto aceptaron su duelo. El viaje fue largo, y en él, para molestia de Saeth, Eragon y Murtagh se hicieron buenos amigos, tenían mucho en común y pronto tomaron la costumbre de practicar lucha entre ellos.

Finalmente, al llegar a las afueras de Gil'ead, Saeth había terminado de forjar alrededor de ella su coraza protectora para las ocasiones de dolor, se volvió tan sarcástica y venenosa como al principio del viaje, pero no con Eragon y Saphira, sino con Murtagh, lo odiaba por que a había abandonado, y descargaría con él su dolor. Sin embargo el chico conocía esta táctica, Saeth había hecho lo mismo tras la muerte de su madre, y la contrarrestó de la mejor manera, con la risa. Se tomaba todas las agresiones de Saeth en broma, hasta el punto en que sacaba a la chica de sus casillas.

Pero Saeth le ocultaba algo a sus compañeros, desde hacía tiempo que sentía que sus salud no mejoraba, y aquella extraña enfermedad sólo empeoraba. Pero su orgullo le impedía quejarse, no sería ella quien retrasase la misión.

Acamparon fuera de la tosca ciudad por cuestiones de seguridad.

-Creo que no deberías ir –le dijo Murtagh a Eragon mientras preparaban el campamento –entrar en Gil'ead sería servirte en bandeja de plata para el rey.

-¿Por qué…

-Iré yo –le cortó Saeth desde el suelo, en aquel momento sentía que las piernas no podrían sostenerla.

-Oh, no princesita, por si no lo sabías tu cara empapela casi todas las ciudades Algaësía desde mucho antes que conocieras a nuestro amigo en común aquí presente.

Saeth se puso de pie furiosa y apoyó una mano en Saphira para no caer.

-No soy ninguna princesita, y me buscan tanto como a Eragon, o menos –una gota de sudor resbaló por su frente.

-Además –continuó Murtagh haciendo caso omiso de ella –en el estado en que estás, lo más seguro sería que te desmayaras antes de cruzar las puertas de la ciudad.

-Estoy perfectamente.

-No, no lo estás –esta vez fue Eragon el que habló -¿Crees que no nos hemos dado cuenta de lo débil que estás?

-No soy débil.

-Basta de discusiones, iré yo. Puesto que soy al que menos buscan y el que tiene mayor posibilidad de escapar.

Saeth accedió a regañadientes.

-Pues bien, si quieres ponerte en peligro es tu problema –le espetó.

Murtagh partió casi al instante y tardó un buen rato en volver. Lo vieron acercarse a toda velocidad montado en Tornac, su caballo. Al llegar junto a ellos les contó que Dormnad se reuniría con ellos a la mañana siguiente, y que alguien lo había reconocido en la ciudad, era por ello que había escapado a toda velocidad.

Aquella noche Saeth volvió a soñar con Jaru, pero aquella vez no era como en sus antiguos sueños, allí tenía un color apagado, y su presencia estaba acompañada de un molesto zumbido. El dragón le mostró un rollo de pergamino, la miró fijamente y sólo dijo algo:

Vardenos

La sacudida en el hombro que le propinó Eragon la hizo despertarse de golpe, con la palabra aún resonando en su mente. El muchacho le hizo una seña para que guardara silencio, tenía a Zar'rac desenvainada, Saeth hizo lo mismo, pero el arma le pesaba demasiado ¿Desde cuando le pesaba su espada? Sacudió la cabeza, convencida de que debía ser el sueño. Un gruñido la hizo voltearse, y parado a un extremo del campamento, vio a un urgalo, escuchó que Eragon gritaba Brisingr, pero ella se ocupó entonces de otro grupo que se acercaba por el otro lado.

Con una dificultad irracional acabó con el primero, apenas si podía levantar la espada, pero esta vez su daga le había salvado el pellejo. Cuando un grupo más numeroso los acorraló, escuchó que Eragon caía, hizo lo posible por protegerlo hasta que sus piernas no resistieron más su peso.

Como si fuera una marioneta los urgalos la cargaron y se la llevaron, apenas era consciente de hacia dónde. Luego de una larga caminata la despojaron de sus armas, le obligaron a beber una especie de líquido y la arrojaron a un calabozo.

Se sentó a mirar la pared, tratando de esfumar el efecto de la droga que acababan de darle, algo innecesario según consideró puesto que no podía mantenerse en pie más de dos minutos seguidos. Al cabo de una hora un hombre entró y le dejó una bandeja de comida y una jarra de agua, a los que no le prestó atención.

Las horas pasaron hasta que el estruendo de pesadas botas comenzó a sonar en los pasillos. Le dio curiosidad saber que sucedía, pero no tenía fuerzas, sin embargo la puerta de su ceda se abrió entonces y por ella pasó un hombre de piel extremadamente pálida y cabello rojo como la sangre, se inclinó frente a ella.

-Es un placer verla, su majestad –dijo con voz burlona –creo que le agradará recibir un poco de compañía.

Saeth alzó la vista parpadeando por el esfuerzo.

-Durza –pronunció con desprecio.

-Que agradable saber que me recuerda –le hizo una seña a los hombres que esperaban al otro lado de la puerta, y estos arrojaron el cuerpo de una mujer a su lado.

El cabello color azabache se le había corrido a un lado dejando a relucir unas puntiagudas orejas. "Una elfa" pensó Saeth, había algo familiar en ella, pero su mente atontada no supo descubrir qué.

-Luego podrán ponerse al tanto. Ahora es necesario que venga conmigo, princesa –le dirigió una fría mirada que le heló la sangre –Ahora es tiempo de que responda por sus actos antes de que sea enviada a Uru'baen, claro, si es que consideramos que su vida aún tiene alguna utilidad –rió de una forma tal malvada que hizo temblar a Saeth de miedo.

Dos hombres corpulentos, del numeroso grupo, la agarraron de los brazos y la llevaron prácticamente colgando, si tan sólo tuviera las mismas fuerzas que meses atrás les habría dado una lección que no olvidarían, tal vez Durza la superara, pero al menos primero se llevaría consigo a toda esa turba de soldados. Por unos segundos perdió la consciencia, y para cuando trató de prestar atención a su entorno ya se encontraba en una habitación similar a su celda, sólo que de mayor tamaño. Durza estaba frente a ella empuñando un látigo en su mano derecha, con una sonrisa sádica dibujada en sus labios. Un soldado le dejó al descubierto la espalda, Saeth vio que dudaba por un segundo, de seguro había visto sus cicatrices de antiguas "sesiones de entrenamiento".

-Váyanse, yo me encargaré de ella –les dijo a los soldados que salieron inmediatamente -¿Me pregunto cómo sonará una princesa rogando piedad? –Dijo una vez que quedaron a solas –Nunca te he escuchado pedirlo, ni siquiera en tus entrenamientos de magia.

Un nuevo escalofrío recorrió a la chica al recordar las clases de magia con Durza. Sin embargo apoyó las palmas firmemente en el piso, no le daría la satisfacción de escucharla gritar de dolor, nunca se la había dado, y no lo haría en aquel momento. El chasquido del látigo contra el suelo le hizo flaquear, pero se recompuso.

-Tu padre está dispuesto a mostrar clemencia –comenzó Durza al notar su instante de duda –si es que le juras lealtad, en el idioma antiguo.

-Nunca.

-¡Dilo! –esta vez el látigo azotó su frágil espalda.

Saeth clavó las yemas de los dedos contra el suelo de piedra pero ningún sonido escapó de sus labios que apretaba firmemente.

-No… -dijo con voz ronca.

-¡Dilo! –un nuevo latigazo casi logró hacerle escapar un grito, pero se encontraba demasiado débil como para hacerlo.

Pronto Durza dejó de pedirle que jurara lealtad a Galbatorix, pero no dejó de vapulearle brutalmente la espalda sin el menor rastro de piedad. Cada vez que el látigo se enterraba en su piel, desgarrándola, Saeth se sentía desfallecer, no sintió la sangre correr por su ya insensibilizada espalda. Pronto ni siquiera escuchó el chasquido del látigo, y finalmente se desvaneció cuando los soldados volvieron a entrar para llevarla a su celda.

La arrojaron junto a la elfa inconsciente y al cabo de un rato le trajeron el desayuno a ambas, aún que estaba claro que ninguna de las dos estaba en condiciones de siquiera mover un dedo. Saeth se recostó boca abajo para evitar que su ardiente espalda rozara nada, y permaneció infinitas horas en estado de semiinconsciencia observando un rayo de luz que se filtraba por una pequeña ventana, y que poco a poco se fue opacando conforme llegaba la noche.

La elfa reaccionó a su lado y la miró fijamente, iba a abrir la boca cuando la puerta se abrió y ella cayó desmayada. Saeth miró hacia la puerta temiendo otra sesión de castigo, pero su sorpresa fue enorme al encontrarse a Eragon en la puerta, el muchacho se acercó a ellas, entonces Murtagh apareció tras él. Ella se sorprendió de la sacudida que sintió su corazón al verlo, una leve energía la recorrió de pies a cabeza revitalizándola, aún que de manera trivial.

-Tú carga a la elfa, yo llevaré a Saeth –dijo el muchacho y a continuación la cargó con suavidad –no te preocupes princesa, estoy aquí –le susurró con la voz teñida de preocupación. Saeth quiso sonreírle, no sabía por que, pero necesitaba mostrarle lo feliz que estaba de verlo. Sin embargo su cabeza cayó a un lado y se desmayó también.