CAPITULO 10
Candy decidió ser agradable. Después de todo, ya había puesto en práctica las demás tácticas. Las protestas de nada le habían servido. Tampoco los gritos. Ya estaba desesperándose. Se dio cuenta de que, si le trataba con amabilidad, tal vez él la imitaría. Quizás entonces, Terry escucharía sus órdenes.
Ya era hora de que le trajera a Ulric y a Anthony. Ya habían pasado dos semanas enteras desde que llegaron a Rosewood. Candy tenía la esperanza de que Terry le trajera a su familia de inmediato, pero evidentemente su esposo no estaba de humor como para obedecer sus órdenes. Terry evitaba cumplir con sus obligaciones del mismo modo que la evitaba a ella. Vaya, si en los últimos quince días, solo le había visto seis o siete veces.
Los primeros días, no le había dado importancia a esa desatención. Candy sabía que él estaba irritado porque ella no le había explicado su actitud del día del ataque. No obstante, había aceptado esperar hasta el día en que ella estuviera dispuesta a contarle todo. Por lo menos, eso fue lo que Candy concluyó cuando le dejó en claro su posición y él asintió con la cabeza.
Ahora que lo pensaba, fue después que ella le aclaró su postura que él comenzó a ignorarla.
Era hora de solucionar las cosas entre ellos. Candy quería ser una buena esposa. A decir verdad, detestaba el modo en que él la ignoraba. No estaba comportándose como un esposo debía hacerlo con su esposa, o al menos eso creía ella, por las limitadas observaciones que había hecho con diferentes matrimonios.
Por otra parte, Terry no compartía su cuarto. Dorothy le informó que se había instalado en la habitación del norte del castillo, que había pertenecido a los padres de Candy. La cama matrimonial había sido hecha a medida, para que su padre, un hombre muy robusto, pudiera acostarse cómodamente. La chimenea era enorme también, pues el ambiente que debía calentar era tres veces más grande que la pequeña alcoba de Candy.
Ella comprendió perfectamente los motivos de Terry para elegir ese cuarto, pero de todas maneras seguía considerando una descortesía el hecho que no durmiera con ella. Terry era su esposo, después de todo, y lo lógico era que durmieran uno junto al otro. La verdad la abofeteaba. Terry pudo haberla invitado a su cama… pero no lo hizo.
Candy no quería seguir así. Se sentía muy deprimida. Decidió que tendría que dejar de lado su orgullo. Contra viento y marea, hallaría el medio para revertir esa farsa en la que se había convertido su matrimonio.
Tendría que empezar por averiguar por qué Terry la eludía. Lo más factible sería que no le agradara la respuesta de Terry, pues ella sabía muy bien que cada vez que él daba sus opiniones podía ser tan frontal como un toro enfurecido. De todas maneras, .estaba decidida a preguntárselo.
Se vistió cuidadosamente para la cena. Se bañó con un jabón de fragancia dulce, que también utilizó para lavarse el cabello. Dorothy la ayudó. La adorable mujer se puso a llorar cuando vio las cicatrices en las manos de Candy, después de que le quitaran los vendajes.
Candy se sintió muy avergonzada.
Las horrendas marcas se acentuaban más en la mano y en la muñeca izquierdas. Si bien no se consideraba vanidosa, las espantosas cicatrices la preocuparon. Tal vez, Terry sentiría la misma repulsión que ella al verlas.
Candy decidió entonces distraer su atención, poniéndose el vestido más bonito que tuviera. El color también era bello, o al menos eso era lo que ella pretendía. La prenda era de un celeste muy pálido y bastante ceñida, aunque no en exceso.
Pero tal vez el dorado le habría sentado mejor. Candy vaciló entre ambas alternativas, hasta que Dorothy entró en la recámara. Entonces lo consultó con ella.
—¿Crees que a mi esposo le gustaría el celeste o el dorado?
—Yo prefiero el celeste, milady, pero no conozco los gustos de su esposo.
—Yo tampoco —admitió Candy.
Dorothy sonrió por lo irritada que sonó la voz de su señora. Cuando cogió el cepillo, Candy se sentó sobre un banco. La sirvienta le cepilló el cabello hasta que lo dejó perfecto. Dos veces empezó a hacerle una trenza y las dos veces su señora cambió de parecer.
Dorothy no sabía que Candy fuera tan indecisa ni que se preocupara tanto por su aspecto.
—¿Por qué está tan alterada, milady?
—No estoy alterada. Solo quiero estar bonita esta noche.
Dorothy sonrió.
—¿Quiere estar bonita para alguien en particular?
—Para mi esposo —contestó Candy—. Estoy decidida a llamarle la atención esta noche.
—Bueno, eso es un hecho.
Candy se sintió agradecida porque la criada no pudiera verle el rostro. Sentía las mejillas coloradas.
—He trazado un buen plan.
Dorothy rio.
—Usted siempre tiene buenos planes.
Candy sonrió por el elogio de su criada.
—En estos tiempos tan difíciles, una siempre debe estar un paso por delante.
—Los tiempos ya no son tan difíciles —dijo Dorothy—. Su esposo está trayendo mucho orden a la casa, milady.
Candy meneó la cabeza. Dorothy tenía todo el derecho del mundo a sentirse optimista pues todavía ignoraba que Albert estaba vivo. Candy no le había revelado a nadie ese secreto. Ni siquiera podía pensar en su hermano sin que se le hiciera un nudo en el pecho.
—Para algunos, la guerra ha terminado —murmuró—. Para otros, acaba de comenzar.
—¿Qué tontería es esa, milady? — preguntó Dorothy—. No estará hablando de su matrimonio, ¿verdad? No está en guerra con su esposo. Si me permite una opinión, usted está siendo un poco obstinada.
Candy no respondió a las opiniones de Dorothy.
Dorothy llamó de nuevo su atención cuando dijo:
—Hábleme sobre ese plan que tiene, milady.
—Esta noche seré muy amable durante la cena —contestó Candy—. Terry no logrará alterarme, por horrendos que sean sus comentarios hacia mí. Espero que cuando se dé cuenta de lo tolerable que soy trate de imitarme. Entonces, tal vez, entre en razones y vaya a buscar a mi familia.
Dorothy no pudo disimular su decepción. Cuando Candy se puso de pie y tomó su cinturón trenzado, advirtió que Dorothy estaba frunciendo el entrecejo.
—¿No crees que mi plan vaya a funcionar?
—Oh, su plan es muy bueno —admitió—. Solo estoy un poco desilusionada. Pensé que se estaba poniendo bonita por otros motivos.
Candy se ajustó apenas el cinturón sobre las caderas y luego insertó su pequeña daga en una de las presillas.
—Pero tras mi plan hay otras cosas —dijo Candy—. No me complace en absoluto el modo en que está funcionando mi matrimonio. Es muy difícil llevarse bien con Terry. Seguramente, habrás notado cómo me ignora. Vaya, cada vez que trato de hablarle de Anthony y de Ulric me da la espalda y se marcha. Es terriblemente descortés. Justo a mitad de mis peticiones, me encuentro hablando sola, como si estuviera loca.
—¿Peticiones? —repitió Dorothy, resoplando— Su esposo se da media vuelta cuando usted empieza a dominarle, milady. Eso es lo que he notado. Si me permite el comentario, milady, durante estas semanas no ha sido la misma de siempre. Ha dado más órdenes y más gritos que en toda su vida.
Candy sabía que Dorothy le hablaba con total franqueza. Bajó la cabeza, avergonzada.
—Mi esposo me crispa los nervios —confesó—. Pero de todas maneras, prometo no volver a gritar. No es para nada femenino.
Dorothy sonrió.
—Usted no volverá a gritar porque se da cuenta de que con su esposo no le sirve de nada.
Candy asintió.
—Además —dijo—. Y ya puedes dejar de fruncir el entrecejo, Dorothy. He decidido que es hora de que Terry y yo arreglemos nuestras diferencias.
—Bueno, gracias a Dios —exclamó Dorothy—. Por fin ha entrado en razones. No está bien que duerman separados. ¿Se refiere a que va a corregir esta vergüenza?
Candy se encaminó hacia la chimenea. ¡Dios, qué abochornada se sentía! Le resultaba difícil hablar de un asunto tan personal.
—Voy a seducirle.
Dorothy se echó a reír. Candy le dirigió una mirada ceñuda.
—Este es un asunto muy serio —protestó.
Esperó a que Dorothy se controlara y luego dijo:
—Terry y yo empezaremos de nuevo. El matrimonio es un juramento sagrado y mi obligación es dar hijos a ese hombre.
Antes de que Dorothy pudiera asentir, Candy agregó rápidamente.
—No importa cómo sucedió, Terry y yo ahora somos marido y mujer. Debemos aceptar el hecho y tratar de vivir armoniosamente. También estoy pensando en Ulric. Ese bebé se merece un hogar feliz.
—No tiene que convencerme, milady. Estoy en favor de su plan. Claro que hay un problema que debemos tener en cuenta. ¿Acaso su esposo no cree que Ulric es hijo suyo?
—Sí.
Dorothy suspiró.
—Se dará cuenta de que le ha mentido, milady, cuando tenga relaciones con usted. Será mejor que le confiese toda la verdad antes de que él la descubra por sus propios medios.
Candy meneó la cabeza.
—Tuve muy buenas razones para mentirle así —dijo—. Estaba protegiendo a Ulric. Siempre y cuando los normandos le creyeran hijo mío, le dejarían en paz.
—Pero las cosas han cambiado —arguyó Dorothy—. Y usted no puede creer que su marido sea capaz de hacer daño al bebé ahora.
La criada parecía furiosa. Candy se dio cuenta de que Dorothy ya había jurado lealtad a Terry. Eso le agradó, aunque no pudo entender por qué.
—Una vez que conocí a Terry, me di cuenta de que jamás habría sido capaz de dañar al pequeño. Sin embargo, podría usarle para conseguir la cooperación de Albert. Eso es lo preocupante.
—¿De qué tontería está hablando? —preguntó Dorothy—. Ambas sabemos que Albert está muerto —Dorothy se detuvo brevemente para hacerse la señal de la cruz—. Que en paz descanse.
—¿Y si no lo está? —preguntó Candy.
—De todas maneras, su barón no usaría al bebé en su contra. Lo creo de corazón.
Candy suspiró y cambió de tema.
—Sé que todo matrimonio que se basa en la mentira está mal encaminado. Ya le he prometido a Terry que nunca más volvería a mentirle.
—Entonces va a decirle…
—Primero le embriagaré —anunció Candy—. Después voy a contarle todo.
—¿Ha perdido la razón, milady?
Candy rio. La expresión despavorida de Dorothy le resultó cómica.
—Sé lo que estoy haciendo —dijo Candy—. Alice me dijo que cuando un hombre bebe demasiada cerveza, olvida gran parte de lo que ha escuchado. Le confesaré la verdad sobre Ulric y también otro secreto que me ha estado perturbando, pero si Terry está aturdido por la mañana recordará solo fragmentos de lo que le he contado.
A Dorothy le pareció el plan más tonto que había escuchado en la vida.
—Será mejor que tenga otro plan preparado, por si este no le da resultado — le aconsejó—. Alice es una boba por haberle sugerido esa idea tan ignorante. Un hombre ebrio solo piensa en dormir, pero si el señor está dispuesto a divertirse, no tendrá ninguna consideración. Especialmente, si cree que usted es una mujer experimentada.
Candy meneó la cabeza.
—Terry jamás me haría daño.
—Tal vez no quiera, pero…
Dorothy abandonó sus esfuerzos por explicar la situación a su señora cuando esta salió del cuarto. La siguió por el pasillo.
—Milady, esta vez ha inventado un plan muy deficiente. Tiene que confiar en mi palabra en esta cuestión, porque, Dios me perdone, yo ya he tenido cierta experiencia y usted ninguna. Ya he visto cómo la observa el barón cuando usted no se da cuenta. El desea algo feroz ya menos que usted le explique…
Llegaron a la entrada del salón principal. Candy abrazó a Dorothy con mucho afecto.
—Todo saldrá bien —murmuró—. No te preocupes tanto, Dorothy.
—Por el amor de Dios, lady Candy. Deje de lado su orgullo y confiese todas sus mentiras.
—El orgullo nada tiene que ver con todo esto —le dijo Candy.
Dorothy meneó la cabeza.
—No, milady. El orgullo está completamente relacionado con este plan suyo.
Al ver que su señora volvía a negar con la cabeza, la sirvienta desistió. Se dirigió hacia las sombras y, una vez allí, se quedó de pie, retorciéndose las manos, deseando con alma y vida que hubiera sido el cuello de Alice el que tuviera entre ellas.
Candy forzó una sonrisa y lentamente caminó hacia su esposo.
Sí que estaba apuesto esa noche. Estaba todo vestido de negro, pero ese color tan severo le daba un aspecto de omnipotencia ante los ojos de la mujer. Estaba de pie frente a la chimenea, junto a Charlie, con quien mantenía una conversación muy entretenida. Candy estaba contenta de que Charlie aún no hubiera partido hacia Londres. Le había dicho que reuniría a sus hombres para el viaje lo antes posible. Candy le echaría de menos, porque él sí que era amable. Además, jugaba al ajedrez bastante bien. Por supuesto que no era rival para ella, pues Candy lograba ganarle enseguida y sin muchos esfuerzos; pero al menos, Charlie era el único que la obligaba a concentrarse en el juego. Y cuando ella se lo dijo aquella noche, la semana anterior, Charlie se desternilló tanto de risa que los ojos se le llenaron de lágrimas. En ese momento, a Candy le pareció una reacción muy extraña para un cumplido, pero no se lo dijo por temor a herirle en sus sentimientos.
Terry no se presentaba en el salón con la frecuencia suficiente como para retarla a una partida. Pero de todas maneras, Candy no quería jugar al ajedrez con él. Sabía que no podría concentrarse. Tal vez, en uno o dos años más, cuando se acostumbrara a tenerle cerca y a verle tan guapo, podría entonces pensar en la partida. Entonces sí jugaría con él. Y le ganaría. La perspectiva la hizo sonreír.
Charlie advirtió su presencia. Pareció asombrado durante uno o dos minutos y luego hizo una reverencia profunda. La saludó.
Terry, simplemente, miró fijamente a su esposa y le hizo un gesto como para que se acercara.
Candy apretó los dientes, por la tosquedad de su marido; pero de todas maneras obedeció la arrogante orden. Se detuvo cuando estuvo a unos pasos de ambos hombres y estaba en mitad de su reverencia cuando de pronto se dio cuenta de que Terry podía verle las cicatrices de las manos. Se enderezó y las escondió detrás de la espalda.
Charlie la elogió por lo bonita que estaba esa noche. Terry no dijo ni una palabra. No obstante, Candy no le iba a dar el gusto de que le echara a perder su buen talante. Se quedó de pie allí, decidida a conservar la paciencia y un carácter dócil, hasta que los hombres terminaran de hablar.
—Por favor, sigan con la charla. No ha sido mi intención interrumpir.
Charlie se volvió hacia Terry y dijo:
—¿Derribarás primero el murallón o el castillo?
Candy gimió.
—¿Piensas derribar mi casa?
—No.
El alivio de Candy fue evidente. Luego, Terry explicó.
—Voy a reforzar mi casa con madera y piedra.
—¿Por qué?
—Porque quiero.
Candy debió esforzarse al máximo para sonreír.
—Gracias por la explicación.
—De nada.
Decididamente, en los ojos de Terry había un brillo especial. Ella lo notó de inmediato, pero no entendía por qué él estaba tan divertido.
—No estaba cuestionándote, Terry —Candy bajó la cabeza, para que él se diera cuenta de que tenía una actitud sumisa—. Solo estaba interesada en tus planes. Lo que hagas en esta fortaleza no es asunto mío.
Candy levantó la vista justo a tiempo para verle sonreír. Entonces cobró coraje.
Ser agradable era mucho más fácil de lo que había pensado.
¿A qué estaría jugando Candy entonces?, se preguntaba Terry. Nunca la había visto actuar con tanta dulzura. Las últimas dos semanas habían sido una tortura. Revitalizante… definió, pero tortura al fin. Por momentos, pensó estar en medio de un tomado. Había sido un infierno, pero al menos tuvo la honestidad de admitir que disfrutó los astutos planes que la mujer había puesto en marcha para vencerle.
Y ahora se hacía la humilde. Tal vez esa actitud estuviera matándola. Terry siguió sonriéndole, cuando le dijo:
—¿Entonces no te importaría que derribara este edificio y construyera otro en su lugar?
Como Terry le había dicho que solo quería reforzar las maderas con piedras, Candy se sintió segura para mentir:
—No, no me importaría en absoluto.
—Estoy totalmente confundido —exclamó Charlie—. Pensé que ese era tu plan desde un principio.
—Lo era —dijo Terry—. Pero después decidí que, tal vez, mi idea perturbara a mi esposa. Verás, Charlie, como se crio aquí, pensé que la unirían fuertes sentimientos a este lugar y que se deprimiría mucho si yo lo derribara. Pero ahora, yo…
—Ciertamente me unen fuertes sentimientos a este lugar.
—Pero acabas de decir…
Candy olvidó lo de ser agradable.
—No derribarás mi casa, Terry.
Terry arqueó una ceja. Candy suspiró. No había querido gritar.
—Espero que dejes este edificio tal como está.
—Entonces estabas mintiendo cuando has dicho…
—Solo estaba tratando de llevarme bien contigo —le interrumpió—. A decir verdad, esto es casi imposible. ¿No podríamos comer ahora y olvidar este asunto?
Charlie estuvo totalmente de acuerdo. Se dirigió a toda prisa hacía la mesa y, a gritos, ordenó a Dorothy que trajera la cena.
Candy se volvió para seguir a Charlie. Pero Terry la tomó por el codo y la obligó a quedarse donde estaba.
—Dirás la verdad en todo momento —le ordenó.
Candy se volvió para mirarle.
—Estoy intentándolo —le dijo—. Me gustaría complacerte.
Esa confesión le tomó por sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque si yo sé como complacerte, tal vez tú empieces a complacerme a mí.
Terry sonrió.
—¿Y cómo se supone que yo debo complacerte? —Lentamente, la atrajo hacia sí.
—Si trajeras a Anthony y a Ulric a casa, me complacerías.
—Entonces lo haré —contestó. Le tomó el mentón entre los dedos—. En cuanto me expliques por qué actuaste así el día del ataque de los sajones.
—¿Todavía quieres que me disculpe contigo por haberme interpuesto?
Terry asintió.
Ella se acercó y le besó. Fue una caricia muy delicada, para nada exigente.
—Esta noche te lo explicaré todo, Terry. Cuando sepas la verdad, no creo que quieras mis disculpas. No he hecho nada malo y cuando haya explicado todo, estoy segura de que me darás la razón. Hasta es probable que seas tú el que deba disculparse conmigo. Sabes cómo, ¿no?
Candy le estaba sonriendo con suma dulzura y su expresión era la de un ángel.
Terry casi no podía creer que se tratara de la misma diablilla con la que había vivido las dos últimas semanas.
—¿Candy?
—¿Sí, Terry?
—Serías capaz de embriagar a un hombre.
¡Dios santo!, cómo deseaba que fuera verdad. Ese insulto la llenó de dicha. Casi se puso a reír a carcajadas.
El hoyuelo apareció en su mejilla cuando sonrió. La tentación era demasiado grande como para resistirla. Terry estaba decidido a ignorarla, hasta que ella se dio cuenta de que con exigencias y órdenes no llegaría a ninguna parte. Sí, Candy tenía que entender la posición que ocupaba en esa casa.
Lo que estaba en juego era demasiado importante como para que Terry se echara atrás. Pretendía una total lealtad y honestidad por parte de Candy antes de poseerla y juró por Dios que tendría ambas cosas antes de ponerle un dedo encima. Rayos, si era él el único que sufría en esa pareja. Terry reconoció la verdad al instante. Candy era demasiado cándida como para comprender el tormento por el que estaba haciéndole pasar. Tampoco tenía ni la menor idea de su atractivo físico. Era tan femenina. Cuando le sonrió, lo único que pasó por la mente de Terry fue tocarla. Candy no entendía la dicha y la satisfacción que podrían brindarse mutuamente cuando estuvieran en la cama y, al paso que iban, sería toda una anciana cuando lo descubriera.
Tal vez, Terry tendría que cambiar de tácticas. Esa idea surgió cuando extendía los brazos para tomarla. Entrelazó los dedos en su cabellera, para mantenerla cautiva, mientras, lentamente, descendió hacia su boca. Solo había querido darle un beso rápido, pero su esposa le resultó demasiado suave y bien dispuesta. Entonces no pudo evitar profundizar el beso. Deslizó la lengua en el interior de su boca para juguetear con la de ella. El sabor de la mujer fue embriagador. De inmediato, quiso más.
Terry gimió cuando sintió que Candy le rodeaba la cintura con ambos brazos, para atraerle con fuerza hacia su cuerpo. El beso se tomó apasionado, ardiente. La boca de Terry descendió sobre la de ella, una y otra vez, hasta que quedó temblando de necesidad.
Había llegado el momento de detenerse. No era el momento ni el lugar para ese comportamiento tan desinhibido. Lentamente, Terry se echó hacia atrás. Ella le siguió. La reacción le produjo tanto placer que debió volver a besarla.
Candy estaba temblando cuando por fin Terry se obligó a poner punto final al escarceo. Candy apoyó todo el peso de su cuerpo contra el de él. Terry siguió abrazándola hasta que ambos se tranquilizaron. Luego la tomó por el mentón y le levantó el rostro, para poder mirarla a los ojos. Le susurró lo obvio:
—Te deseo, Candy.
Su tosco tono de voz no la asustó. Por el contrario; la confesión la colmó de placer.
—Me halaga que me desees, Terry. Yo también te deseo a ti. Debe ser así entre marido y mujer, ¿no?
Terry le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Sí, debe ser así, aunque la verdad es que se da raras veces.
Candy no supo qué contestar a eso. No podía dejar de mirarle. Y él tampoco a ella. Se quedaron así durante lo que pareció una eternidad. El hechizo se quebró con las carcajadas de Dorothy. Terry fue el primero en reaccionar. Tomó la mano de Candy y la condujo hacia la mesa.
Ella meneó la cabeza, exasperada, cuando advirtió que el barón Charlie había acorralado a Dorothy contra la pared del fondo. El robusto normando mordisqueaba diligentemente el lóbulo de la oreja de la criada y, para empeorar aún más la escena, Dorothy disfrutaba sobremanera de sus atenciones, hasta que se dio cuenta de que su señora la estaba observando. Entonces, se liberó inmediatamente de los brazos de su captor y desapareció en el interior de la despensa. Charlie soltó un prolongado suspiro de pesar.
—Me hace perseguirla como loco —masculló el barón, mientras ocupaba su lugar.
Terry se sentó a la cabecera; Candy a su derecha; y Charlie, frente a ella.
Alice se quedó aguardando en la entrada de la despensa, para que su señora le diera la señal. La sirvienta ya había dispuesto tres copas de plata sobre la mesa. No bien Candy dio la orden, Alice entró con una gran jarra y sirvió cerveza negra en cada una de las copas. La de Terry quedó llena hasta el borde. El barón no la reprendió, pues pensó que la criada, simplemente, estaba ansiosa por complacerle.
De inmediato, Candy levantó la copa y sugirió un brindis. Mantuvo la mano alejada de Terry, para que él no llegara a verle las cicatrices. Bebió bastante, también, para que su esposo no sospechase.
Tampoco se conformó con un solo brindis. No, propuso uno tras otro, hasta que se elevaron las copas a la salud de toda Inglaterra, con excepción del encargado de establos. Estuvo a punto de brindar también por Terry, pero la interrumpió la llegada de una bandeja con trozos de codorniz y faisán. También se dispusieron sobre la mesa gruesas hogazas de pan negro recién horneado, y generosas rebanadas de queso bien amarillo. La carne de Terry estaba más salada que de costumbre, para que tuviera más sed. Sin embargo, Candy había olvidado el detalle de la sal, pues estaba un poco mareada por la cerveza que había bebido. Además, tomó con bastante apetito su cena, bajando cada bocado con una abundante dosis de líquido.
Casi de inmediato, Terry se dio cuenta de que Candy tramaba algo. Cada vez que él bebía un sorbo, aparecía Alice para volver a llenarle la copa. Sospechó que ambas mujeres estaban aliadas para lograr sus objetivos. Se pasaron toda la comida intercambiando miradas.
Candy quería embriagarle, pero él ya lo había advertido. Cada vez que le llenaban la copa, Terry vertía la mitad del contenido en la de Candy. Y ella no podía negarse a su generosidad, por lo que transcurridos unos minutos estuvo demasiado aturdida como para notarlo. Al cabo de una hora, sintió que los párpados le pesaban terriblemente y que tenía grandes dificultades para seguir sentada en su banco. Apoyó el codo sobre la mesa y la cabeza, sobre la mano.
—Creo que esta cena es una de las peores que he comido en mi vida —declaró Charlie—. Es más sal que carne, Terry.
—Sí, es cierto —coincidió Terry.
Charlie se puso de pie.
—Esta noche estoy bastante cansado. Iré a mi cuarto. ¿Adónde ha ido la dulce Dorothy?
—Está escondida en la despensa —señaló Candy de repente. De inmediato, se disculpó por la cena y dio las buenas noches a Charlie. No se dio cuenta de cómo se le había trabado la lengua al hablar, ni tampoco tuvo conciencia del aspecto lamentable que tenía. Estaba demasiado ocupada procurando que la cabeza no se le resbalara de la mano.
Terry estaba furioso con ella. Esperó a que Charlie se retirara y luego, con un gesto, indicó a Alice que hiciera lo propio. Entonces concentró su atención en Candy. Justo cuando estuvo a punto de exigirle que explicara su actitud, ella se movió y por poco se cae del banco. Terry la tomó antes de que se fuera contra el suelo. Se apoyó contra el respaldo de su asiento y colocó a su esposa sobre el regazo.
Candy estaba convencida de que la sala no dejaba de dar vueltas a su alrededor. Extendió los brazos, para rodear el cuello de Terry con ellos, pero cambió de parecer casi al instante. Con torpeza, intentó ocultar las manos en los pliegues del vestido.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó él, al verla forcejear con la prenda.
—Escondiendo las manos para que no me las veas.
—¿Por qué?
—No quiero que veas mis cicatrices. Son horrendas —anunció. Le apoyó la mejilla contra el hombro—. Tienes una fragancia muy agradable. Como la que siento cuando estoy al aire libre.
Terry ignoró el cumplido y le tomó las manos. La obligó a abrir los puños y luego observó las marcas. Pensó que aún tendría la piel muy sensible, pues en la zona afectada las palmas estaban casi en carne viva.
Como Terry no le dijo de inmediato lo que pensaba, ella susurró.
—Son horribles, ¿verdad?
—No.
Ella se retiró ligeramente hacia atrás, para poder mirarle y determinar si estaba bromeando o realmente le decía la verdad.
Terry casi rio cuando vio su expresión descolocada. Un mechón rebelde de cabello le caía sobre el ojo izquierdo y parecía medio dormida.
—Tienes que decirme la verdad —le dijo— Son horribles.
—No, no son horribles.
—Tampoco son bonitas.
—No.
—¿Entonces cómo son?
La sonrisa de Terry estuvo llena de ternura.
—Son simplemente cicatrices, Candy.
La mujer se tranquilizó. Terry le besó las cejas para que dejara de fruncirlas.
Ella sonrió, complacida.
—Ya no soy perfecta —dijo, con una voz pícara, que hizo reír a Terry—. ¿Qué dices a eso? —No le dio tiempo a contestar—Quédate quieto, Terry. Cada vez que te mueves así el salón empieza a girar.
Como Terry no se había movido para nada, no supo cómo solucionarle el problema. Todavía estaba mirándole las manos cuando advirtió que dos de los dedos estaban muy callosos.
—¿Cómo te has hecho estos callos? —le preguntó.
Candy golpeó accidentalmente el mentón de su esposo con la cabeza, al darse la vuelta para mirar su mano izquierda.
—¿Qué callos?
La mujer estaba casi doblada en dos para verse las manos. Obviamente, ni se le había ocurrido pensar que, en cambio, podía haber levantado el brazo para hacerlo.
Terry dominó su exasperación.
—Los callos que tienes en la otra mano, Candy.
Le levantó la mano derecha. Ella frunció el entrecejo al mirarse los dedos y luego sonrió.
—Ah, esos callos. Son por las abrazaderas, por supuesto. Si no, ¿cómo me los habría hecho?
Con esa explicación Terry quedó más confundido que nunca.
—¿Qué abrazaderas?
—Por las que paso los dedos.
Terry cerró los ojos y rezó para que el Señor le diera paciencia.
—¿Pero de dónde son esas abrazaderas, Candy? —insistió.
—De mi honda.
—¿De tu qué?
Candy se acurrucó contra el pecho de su marido, preguntándose por qué él estaría tan tenso con ella. Entonces recordó cómo le había herido con la piedra que le arrojó con la honda. Y como había decidido ser totalmente franca con él, supuso que también tendría que confesarle lo de la agresión.
—Yo te di una pedrada con mi honda. Eso ya te lo dije. Pero tampoco me arrepentí, porque de haberlo deseado podía haberte matado.
Candy hizo una pausa para bostezar ruidosamente y luego agregó.
—Albert me enseñó a usar la honda. ¿Sabes?
Terry estaba demasiado ocupado tratando de asimilar esa confesión como para contestarle. Recordó que Candy había tratado de contárselo antes, pero él no le había creído. Ahora sí.
—¡Dios, qué sueño tengo! —murmuró ella. Terry suspiró. Decidió olvidar por el momento el tema de la honda y llegar al fondo de la cuestión, antes de que su esposa se dispusiera a dormir la borrachera. Y por la expresión de su rostro, solo tardaría unos pocos minutos en hacerlo.
—¿Querías embriagarme? —le preguntó.
—Oh, sí.
—¿Por qué?
—Para seducirte.
Terry decidió que no había podido ser más específica.
—¿Y pensaste que necesitabas emborracharme para seducirme?
Ella asintió. Su cabeza volvió a golpearse contra el mentón de Terry. Se masajeó para aliviar el dolor.
—Estás ebrio, ¿verdad? Has bebido al menos doce copas de cerveza. Yo las conté.
Candy se equivocó en el cálculo, por lo menos en ocho copas, al menos que por error hubiera contabilizado las copas que ella había bebido.
—¿Alguna vez has estado ebria, Candy?
Se quedó tan atónita por la pregunta que por poco se le cae del regazo.
—Por el amor de Dios, no. Eso no sería apropiado en una dama, Terry. Solo las golfas vulgares se emborrachan. Además, en realidad, no me gusta cómo sabe la cerveza.
—Pudiste engañarme —declaró él.
Ella sonrió.
—Y claro que te engañé —le dijo ella—. Te he emborrachado y tú ni siquiera te has dado cuenta. ¿No fue muy astuto de mi parte?
—Todavía no me has explicado por qué —le recordó.
—Creo que eres muy apuesto, Terry, pero tú ya lo sabes.
La explicación careció totalmente de sentido. Pero Terry no se molestó. No, más bien se quedó perplejo.
—¿Me crees apuesto? .
—Por supuesto —contestó ella—. Yo tracé este plan y tú lo has seguido casi a la perfección.
—¿Y de qué se trata este plan?
—Ahora que estás ebrio, voy a confesarte todas las mentiras que te he dicho. Estás demasiado aturdido como para enfadarte. Y después, te seduciré. ¿Ves lo simple que es, esposo?
—No —contestó—. Dime por qué es tan simple.
—Por la mañana no recordarás lo que te he contado.
Esa mujer era más tonta que los pollitos.
—¿Y qué pasará si lo recuerdo?
Candy frunció el entrecejo por la pregunta y después contestó:
—Entonces, habrás tenido relaciones conmigo y solo lo recordarás a medias. Eso dice Alice.
—Por el amor de Dios, Candy…
Ella le golpeó en el hombro.
—Es un plan excelente, Terry.
Terry giró los ojos. Ese plan era infantil.
—¿Por qué te has tomado tantas molestias, esposa? —preguntó él, entonces—. ¿No pudiste, simplemente, explicármelo todo?
—¿Por qué tienes que complicarlo todo? —le preguntó ella—. Este es mi plan, no el tuyo. Tenemos que hacerlo a mi manera. Me estás confundiendo con este interrogatorio.
Candy estaba alterándose. Se le llenaron los ojos de lágrimas, como si hubiera estado a punto de romper en llanto en cualquier momento. Terry trató de calmarla.
—De acuerdo —le dijo—. Lo haremos a tu manera. Empecemos con las mentiras, ¿te parece? Luego podremos pasar a mi seducción.
—Es mi seducción, no la tuya.
Terry no la contradijo.
—Entiendo que hay más de una mentira. ¿Correcto?
—Sí.
—¿Por cuál quieres empezar?
—Por la más grande.
Al ver que Candy no continuaba, él insistió.
—Estoy esperando, Candy.
—Yo no soy la madre de Ulric.
Candy se puso tensa, anticipando la reacción de Terry. Él no dijo ni una palabra. La muchacha se alejó ligeramente de él, para ver si estaba frunciendo el entrecejo. Como la expresión de Terry era la de siempre, Candy tomó coraje.
—Nunca he estado casada.
—Ya lo veo.
Ella meneó la cabeza.
—No, no ves nada —murmuró—. Me crees experimentada, pero la verdad es que soy exactamente todo lo contrario.
Terry seguía sin reaccionar. Candy no supo cómo interpretarlo. Tal vez, él no le había entendido.
—Terry, esto va a fastidiarte y lo siento, pero yo todavía soy…
No podía pronunciar la palabra. A él le dio pena.
—¿Todavía eres virgen?
—Sí.
—¿Y crees que yo me habría enfadado por esta noticia?
—No tienes por qué reírte de mí, Terry. Tenía que decírtelo antes de seducirte. Tú tenías la obligación… —Se detuvo en mitad de la frase para fruncirle el entrecejo—. ¿Te habrías dado cuenta de todos modos, verdad?
—Sí, me habría dado cuenta.
—¿Lo entiendes? —dijo ella. Se retiró hacia atrás y lo habría hecho más todavía si Terry no le hubiera apretado con fuerza la cintura.
—Mañana no recordarás nada de esta conversación. No podrás saber que el pequeño Ulric es hijo de mi hermano. No sería seguro para el bebé, especialmente, si te enterases de que Albert aún está con vida.
La mirada comenzó a nublársele otra vez y Terry la estrechó con fuerza.
—Candy, sé que te cuesta concentrarte ahora, pero quiero que trates de comprender lo que vaya decirte.
—De acuerdo.
—Me tienes miedo, ¿no es así?
—Tal vez, un poco.
—No quiero que me temas, ni siquiera un poco —susurró. La estrujó entre sus brazos, para enfatizar su frase—. ¿Sabes? Tu temperamento es mucho más fuerte que el mío.
Candy se quedó analizando la comparación durante un largo minuto y luego asintió.
—Gracias, esposo.
Terry contuvo su exasperación.
—No ha sido un cumplido. Solo una observación.
—Admito que muy de vez en cuando levanto la voz.
—Estás cambiando de tema, Candy. Yo quiero que hablemos de este temor irracional que sientes hacia mí.
—No es irracional —aclaró ella—. Y tampoco estoy aterrada. Solo me muevo con cautela. Es todo.
—La cautela es una buena medida, esposa, pero no para que la tomes conmigo. Por mucho que me provoques, jamás te haría daño.
—Me haces daño cuando me ignoras.
—Eso es diferente.
Ella suspiró.
—No veo la diferencia.
—Dime qué sucedió el día que fuimos atacados.
—Yo me interpuse.
—Ya sé que te interpusiste. Quiero saber por qué.
—No debería decírtelo —murmuró—. Pero quiero hacerlo. No sé que hacer. Te pondrás furioso con Albert. Por favor, no odies a mi hermano. No se dio cuenta de que trataba de matarte. Quiero decir, es probable que haya querido atacarte, pero no tenía modo de saber que eres mi esposo.
—Candy, ¿quieres tratar de hablar con claridad? —le ordenó—.¿Albert todavía vive? ¿Eso es lo que quieres decirme?
—¡Oh, Dios!, ¿cómo lo has adivinado?
—Tu hermano está aliado con los que se resisten a William.
La astucia de Terry la dejó azorada.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó.
Terry no le recordó que había sido ella misma la que acababa de confesárselo.
—Y Albert es el padre de Ulric, ¿no es verdad?
—Sí —gritó ella—. Pero no recordarás de quién es el bebé mañana por la mañana, Terry. Prométemelo.
De pronto se puso furioso con ella.
—¿Realmente crees que le haría daño a ese bebé solo porque su padre es mi enemigo?
Ella se acurrucó en su hombro.
—No, claro que no le harías daño, pero podrías usarle para llegar hasta su padre. Albert es el líder de los soldados que nos atacaron, Terry. Yo misma lo vi.
—Maldita sea, Candy. Jamás usaría a Ulric de ese modo. ¿Cómo has podido pensar que…?
Dejó de protestar cuando se dio cuenta de que había hecho precisamente eso: usar a Ulric para forzar a Candy a abandonar el santuario. De modo que fue lógico que ella pensara que haría lo mismo para conseguir a su Albert.
Su enojo se esfumó. En su mente daba vueltas toda la información que ella le había dado.
—¿Candy? ¿Viste a tu hermano antes o después que la flecha te atravesara el hombro?
Ella le rodeó el cuello con los brazos. Empezó a juguetear con su cabello. Terry puso punto final a la distracción, apartándole las manos.
—Contéstame —le ordenó.
Ella suspiró.
—Fue una flecha de Albert la que me hirió. Iba dirigida a ti.
La sonrisa de Terry fue tierna.
—Por eso gritaste, ¿verdad?
—Tuve miedo por ti —dijo ella. Le besó el mentón y luego volvió a poyarse en él—. No puedes culpar a mi hermano. Él no sabía que yo estaba allí. Me quiere, Terry. Jamás me habría herido intencionadamente.
Ahora encajaba cada pieza del rompecabezas. Albert debió de haberse dado cuenta de lo que había hecho después de lanzar la flecha. El cabello rubio de la mujer no habría podido pasar inadvertido a los ojos del guerrero sajón. Terry recordó entonces el grito de angustia que vino desde lo alto de la colina y que se mezcló con su propio alarido de ira. Albert sabía lo que había hecho y por eso ordenó la retirada inmediata a sus tropas.
Dios amparase a Candy. Vaya infierno el que había vivido desde que había conocido a Terry. Le besó la cabeza y luego se puso de pie, levantándola en sus brazos.
—¿Dudas que Albert me quiera? —le preguntó.
—No, no pongo en duda su afecto —contestó él—. Lo que sí pongo en duda es su buena vista —agregó, protestando— Rayos, que debió haber…
—Albert tiene una vista excelente —defendió Candy— Pero la mía es mejor. ¿Sabías que puedo acertar cualquier blanco con mi honda?
Extendió el dedo y lo pasó por la pequeña cicatriz que Terry tenía en la frente.
—Ahí fue exactamente donde quise darte, esposo.
A Terry no se le escapó lo divertida que estaba su esposa.
—¿No te arrepientes de haber herido a tu esposo?
—Entonces no lo eras —le contestó ella—. También uso flechas, a veces —le besó el mentón otra vez y susurró—. Y mi puntería siempre es excelente. El primer caballero que William envió a tomar mi fortaleza, regresó al reino con una de mis flechas.
Terry comenzaba a subir las escaleras con ella en brazos. Se detuvo para mirarla a los ojos. Candy estaba muy satisfecha consigo misma.
—¿Fuiste tú la que clavaste la flecha en la espalda de Gregory?
Como Terry no recordaría nada la mañana siguiente, Candy creyó conveniente jactarse de sus proezas.
—No en la espalda, exactamente. Fue detrás del muslo, Terry, y solo fue una herida superficial, para que no tomara mi casa.
Él meneó la cabeza.
—Pensé que habías dicho que el subcomandante de tu hermano había sido el encargado de esa defensa. ¿Estás diciéndome que en eso también me mentiste?
—No. Thom estaba a cargo a veces.
—Pero tú interviniste, ¿verdad?
—Solo un poquito —se apoyó contra el hombro de él—. Tu fragancia es deliciosa, Terry.
Obviamente, se olvidó de que ya se lo había dicho. Terry siguió subiendo las escaleras. Tomó por el largo pasillo, pasó la puerta del cuarto de la joven para dirigirse al suyo.
Su escudero, un muchacho moreno llamado Trevor, esperaba en el interior del recinto para ayudarle. Terry le ordenó retirarse con un rápido movimiento de cabeza y luego cerró la puerta.
El fuego ardía en la chimenea. La alcoba estaba cálida y tentadora, tanto como la mujer que buscaba refugio en sus brazos. Terry se encaminó hacia la cama y se sentó con ella sobre el regazo.
Pensó que se había quedado dormida, hasta que le dijo.
—¿Has notado lo dulce que he estado esta noche?
Su voz sonó como un murmullo somnoliento.
—Lo he notado.
—Mamá solía decir que se cazan más sabandijas con azúcar que con vinagre.
La frase le confundió.
—¿Y para qué rayos querrías?
—¿Querría qué?
—Cazar sabandijas.
—No quiero cazar sabandijas —masculló—. Quiero cazarte a ti—Oh, Dios, cómo deseaba que Terry dejara de moverse y sacudirla entre sus brazos. Candy se aferró a sus hombros para poder quedarse quieta. La cabeza le daba vueltas y tenía unas náuseas apenas controlables.
—¿Candy? —le dijo—. En cuanto a este plan tuyo…
—¿Qué plan?
Terry desistió. Siguió abrazándola, hasta que se aseguró de que se había quedado dormida. Luego se dispuso a desvestirla.
No podía seguir irritado con ella. Era una experta en materia de manipular situaciones, pero él entendía sus motivos. Candy trataba de mantener unida a su familia, a cualquier precio. Sí. Trataba de sobrevivir.
Terry sabía que a Candy le llevaría mucho tiempo aprender a confiar plenamente en él. En cuanto lo hiciera, podrían llevar una vida armoniosa y en paz como pareja. Terry quería verla feliz. Sin embargo, no sabía cómo iba a alcanzar ese objetivo hasta que el problema con Albert estuviera solucionado. Demonios, tal vez, tendría que matar a ese bastardo. Y obviamente, así no se ganaría el corazón de Candy.
Tenía la sensación de que se encontraba en una postura imposible. Pero Candy, también. Estaba tratando desesperadamente de protegerle a él de su hermano y, a la vez, a su hermano de él.
Al trazar su plan de acción, tendría que considerar primero varios aspectos. Candy solo tenía puesta su enagua y Terry estuvo a punto de acostarla así y taparla, cuando cambió de opinión. Lentamente, tomó las cintas que cerraban la prenda. Los dedos le temblaron al rozar la piel desnuda de Candy.
Dios, tenía unas formas exquisitas. Sus senos eran generosos, su cintura, increíblemente estrecha, y las curvaturas de las caderas no pudieron ser más de su agrado.
Entonces fue su turno de desnudarse. Luego se acostó junto a ella. Si Candy no le tocaba, Terry sería capaz de soportar el tormento de tener tan cerca su cuerpo tan cálido.
Tardó mucho en quedarse dormido. Todas las preocupaciones de Candy se filtraron en su mente.
Y por fin, prevaleció una de las frases que ella le había dicho con mucha espontaneidad y que Terry sabía que era cierta.
Candy quería seducirle.
Un hombre no podía pretender más.
Continuara...
