Era todo lo que siempre soñé. Le debo todo lo que soy.
Estrecharla entre mis brazos era para mí más natural que oír los latidos de mi corazón.
Pienso en ella constantemente. Ahora mismo, mientras estoy aquí sentado, estoy pensando en ella.
No hubo otra igual.
El diario de Noah, Nicholas Sparks.
Capítulo 11: Paraíso
—Deberías irte a casa – dijo Bella, acariciando las anguladas mejillas del muchacho que la acunaba entre sus brazos – Hace demasiado frío. Te vas a enfermar
—No quiero dejarte – contestó él – Mucho menos esta noche
—Estaré bien. Ya lo he vivido antes
—Pero esta vez quiero que sea diferente. No quiero que temas. Quiero que te convenzas que yo siempre te cuidaré.
—No podrás cuidarme si pescas un resfriado. Además, falta poco para la media noche. A partir de ahí todo volverá a la normalidad.
—Entonces, esperaré hasta que eso ocurra
—Eres un necio – replicó la fantasma, lamentando el hecho de que, en esa noche, nada ni nadie podía sacarla del cementerio. Esa era otra clausula de su condena.
Él sonrió de manera traviesa y besó la punta de su nariz
—Te amo. Tal vez te canses de escucharlo todo el tiempo, pero, esta necesidad de hacértelo saber es más fuerte que mi necesidad de respirar. Mucho más fuerte
—¿Porqué? – Preguntó ella – ¿Por qué, habiendo tantas chicas mejores que yo, humanas, me has escogido a mí?
—Por que eres diferente– contestó Edward, mirándole a los ojos – Por que sólo contigo siento paz. No me importa si eres o no mejor que las otras, Bella. Tampoco me importa que no seas humana. Para mí lo eres todo...
La castaña hundió el rostro en su pecho, sin decir nada más, y suspiró, complacida y triste a la vez. Aún así Edward dijera todo lo contrario, ella sabía que no era cierto. ¿Cómo comprender que un ángel ha bajado del cielo sólo para coger, entre sus manos, a la flor más marchita de esa inmensa pradera? Seguramente iba a llegar el día en que él alzaría la vista y contemplaría más allá de sus pétalos caídos, aspiraría nuevos olores, vislumbraría nuevos colores y se alejaría, dejándola nuevamente sola... Y eso... estaba bien... Pues, desgraciadamente, aún no era lo suficientemente egoísta como para desear que él fuera condenado a errar toda la eternidad, sólo para tenerlo a su lado.
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Alice dejó escapar un leve jadeó, mientras su mirada se perdía en las imágenes difusas, tan rápidas como un torbellino en plena acción. La secuencia de éstas era siempre la misma y cada vez más frecuente, pero no por ello dejaba de asustarla. Pequeños detalles se iban añadiendo paulatinamente, detalles casi imperceptibles que ella apenas y lograba captar.
Dos rostros, un hombre y una mujer, de los cuales solamente lograba distinguir el color de sus ojos, verdes como frías esmeraldas. Luego, la voz de Edward, ahogada por incesantes gritos. Bella, sentada como una estatua en una fría y neblinosa noche en el cementerio. Lechuzas cantando y volando sobre su cabeza. Una luna eclipsada por brumosas nubes. Un cuervo. Jasper queriendo alcanzarla. Llanto... Un funeral. Gente cantando lúgubremente alrededor de un inmenso y lujoso ataúd con forro de terciopelo negro, adornado por flores y velas...
—Alice – la suave voz de su novio la rescató de ese teatro que tanto odiaba – ¿Qué sucede? – no fue hasta que sus mejillas se vieron acariciadas por sus gentiles manos, hasta que notó que estaba llorando.
—Lo siento – se secó rápidamente las gotitas saladas – estoy bien...
—Alice – interrumpió Jasper suavemente, tomando sus manos – Últimamente te he notado muy... inquieta
Alice bajó el rostro, huyendo de su mirada. El rubio suspiró y se inclinó para besar su frente, luego agregó, con voz dulce:
—Ha de resultar muy difícil para ti confiar al resto de las personas ciertas cosas. Los humanos somos ingenuos por naturaleza. Nos encanta automentirnos. Aceptamos las verdades que nos convienen y tachamos como prejuicios, mitos y leyendas a lo que nos asusta, solo para sentirnos más "seguros". Pero, Alice, yo sé lo especial que eres. Yo sé que tú puedes ver cosas que muchos de nosotros no podemos...
La pequeña clavó su verde mirada en la de él. Había sólo temor en sus pupilas.
—¿Desde cuándo...? – preguntó, en un susurro
—Desde que hablamos por primera vez – admitió el chico – Esa misma tarde, recuerdo que tu me dijiste "qué bonita casa", mientras señalabas hacia un patio baldío en donde, efectivamente, tenía más de tres años se había incendiado por completo una mansión.
—Pero... si lo sabías desde el principio, ¿Por qué?
—Todo este tiempo he actuado como si no lo supiera, por dos cosas. La primera, para protegerte; la gente suele ser muy cerrada y se les facilita más etiquetar de locos a los que no son iguales, que a aceptar que existen personas mejores que ellos mismos. Y la segunda, esperaba a que fueras tú quien me lo confiara algún día.
—Creí que pensarías que era un fenómeno...
—Alice, te amo – le aseguró, confirmando con la intensidad de sus azules ojos sus palabras – Y te amo más por lo especial que eres. Confía en mí – pidió – tal vez no pueda ayudar en mucho pero, al menos, te prometo que buscaré una forma de tranquilizarte cuando estés inquieta o tengas algún problema.
La pequeña sonrió y dejó caer el rostro en su pecho. Sus brazos de él la rodearon tiernamente. Y ambos suspiraron al unísono, para después quedar envueltos solamente por el reconfortante silencio que sólo era roto por la leña quemándose en la chimenea.
—Siempre te vi – susurró, casi adormecida – Tus ojos siempre aparecían en mis visiones.
—Y yo siempre te esperé – confesó él, recordando el primer momento en el que la había visto. Alice había entrado al salón y centrado sus verdes ojos en él, penetrando hasta lo más profundo de su alma, reconociéndolo, llamándolo con una poderosa y silenciosa voz.
—Edward – dijo la pequeña, tras pasar un minuto – él está... enamorado de una muchacha que no está viva. Está enamorado de una fantasma. Pero ese no es el problema – aclaró – Hay imágenes, terribles imágenes en mi cabeza que no logro entender, pero que creo tienen mucho que ver con ellos y con nosotros. Jasper, tengo miedo. No quiero que nada malo le suceda a mi hermano. No quiero que nada malo te suceda a ti.
El rubio la apretó más hacia su pecho. Sus labios descansaron largo rato sobre su frente. Ella cerró los ojos.
—No tengas miedo – pidió el muchacho – Estaremos juntos siempre. Yo no permitiré que nada nos separe.
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—¿Qué lees? – su voz le hizo desviar la mirada de su libro rápidamente.
Sonrió nada más al verla y, olvidando el volumen sobre la mesa, se levantó para tomarla entre sus brazos y hacerla girar sobre el aire.
Ella soltó una risita, cuando sus descalzos pies volvieron a tocar el suelo.
—A veces realmente pienso que estás loco.
—Puede ser – acordó él, mientras la jalaba hacia la cama – Pero, de ser así, deberías de tener mucho miedo. Dicen que cuando un loco actúa como si no lo estuviera, es un ser muy peligroso – sus ojos brillaron maliciosamente – ¿Le asusto, señorita?
Ella alzó la barbilla de manera petulante, siguiéndole el juego.
—Déjeme informarle, joven, que los fantasmas no le tenemos miedo a nada.
—¿Ni a un loco desquiciado?
—Ni a eso.
—Bien – tomó su mano y la llevó a sus labios – Me gustan las mujeres valientes. Razón de más para amarte.
Una tímida sonrisa se dibujó en los labios de la castaña.
—Aún no me has dicho qué era lo que leías – recordó.
Edward se estiró para alcanzar el libro que había olvidado en la mesita de noche y se lo ofreció.
—Julietta – leyó las enormes letras doradas sobre la blanca superficie. Abrió el libro en la parte donde estaba el marcador y leyó el grueso párrafo destacado con una delicada línea gris. —Parece un señor inteligente.
Él negó con la cabeza.
—Es demasiado presuntuoso. La mayoría de sus argumentos son buenos, pero lo arruina cuando asegura que él tiene la razón. Y hacer eso, es una osadía demasiado grande para un simple humano. Nosotros no sabemos nada, somos ciegos andando en un mundo extraño. No podemos afirmar o negar la existencia de lo desconocido por que simplemente es eso: algo que no conocemos. De ahí nacen nuestros grandes errores, de nuestra vanidad, de la absurda creencia que nos hace pensar que somos inteligentes y podemos llegar a comprender todo, cuando no es así. El ejemplo claro está contigo – sonrió – El marqués aseguraba que no existe vida después de la muerte y, afortunadamente, aquí estás tú, como un milagro.
La fantasma siguió leyendo otro párrafo. Luego, sus cejas se arquearon y las mejillas se le ruborizaron. Sus ojos, sorprendidos, se volvieron a hallar con los de él.
—Es demasiado... descriptivo en algunas cosas. No imaginé que te gustara leer esto.
El muchacho soltó una carcajada.
—No le tomo mucha importancia a sus escenas de sexo, eso no es interesante, salvo si te detienes a preguntar si todo eso es humanamente posible. Lo que me gusta, como ya te dije, son varios de sus diálogos.
—Blasfemia horriblemente contra Dios.
—Así como Él es de rencoroso, seguramente ahora el pobre Marqués se encuentra en el Infierno.
—O quizás está en el Cielo – apuntó la fantasma – ¿No te has puesto a pensar en ello? El peor castigo de este señor no sería el Infierno, si no estar condenado a vivir en la casa misma casa de Dios, tener que verlo todos los días, por una eternidad.
—Tienes razón. Al final de cuentas, Él es muy cruel. Si fue capaz de hacer sufrir a alguien como tú, ¿por qué se habría de tentar el alma con otra persona?
Ella negó con la cabeza y, con tristeza, susurró. —Lo que me hizo fue justo. Yo no valoré mi vida. Habiendo tantas personas agonizando, luchando contra la muerte, yo la desperdicié.
—Hay personas que tiran la comida, aún sabiendo que hay gente muriendo de hambre – recordó Edward – y no por eso...
La fantasma tomó su rostro entre sus manos y le silenció con un breve beso en los labios.
—No lo odies por lo que me hizo. Créeme, después de todo, Dios ha sido muy bondadoso conmigo. Estando en la Tierra, te conocí a ti. Eso ya es mucho más de lo que yo merezco.
Y, sin darle al muchacho tiempo de discutir, cubrió sus labios con los suyos, emprendiendo un apasionado beso que los llevó a caer sobre la cama. Ella encima de él.
—Lo siento – comenzó a apartarse, temiendo haberlo debilitado más de lo normal.
—No – frenó Edward. – Espera – Los ojos de Bella se encontraron con los suyos, que ardían como lava verde en medio de la oscuridad arcaicamente quebrantada por la luz de la lámpara – Déjame acariciarte – pidió, acomodando una mano sobre su cuello – Quiero sentirte.
La castaña no tuvo consciencia alguna para negarse. Los riesgos que Edward corría al estar tanto tiempo en contacto directo con su alma, fueron olvidados por una deliciosa corriente eléctrica que se había instalado en su "piel". No hubo necesidad de hablar, su respuesta fue confesada con su mirada, la cual él entendió bien.
Con movimientos lentos y tiernos, como si tratará de memorizar cada centímetro de su cuerpo, las manos de Edward comenzaron a descender de su cuello y se abrió camino por sus hombros, hasta enmarcar las curvas de su cintura y llegar a sus caderas y piernas.
Aún arriba de la tela de su ropa, su tacto quemaba. La fantasma cerró los ojos y deshizo el delicado moño que sostenía su vestido, haciéndole caer a éste por sus caderas.
El muchacho se maravilló por la visión que se presentó frente a sus ojos. ¿Cómo era posible que fuera capaz de contemplar tal perfección? ¿Cómo había podido el Cielo cerrar sus puertas al ángel más divino? La única respuesta era que Dios le había tenido envidia, envidia por ser ella mucho más hermosa que él.
Alzó la espalda y sus labios buscaron ansiosos su boca, mientras que, con la punta de sus dedos, repetía el recorrido anteriormente hecho, ésta vez, con más lentitud, apreciando la suave, casi inexistente textura de su piel.
Era como poder tocar la neblina, en lugar de traspasarla. Tan suave, fría y fina, que amenazaba con desaparecer.
La fantasma jadeó al sentir la humedad de su lengua acariciar sus pechos y la fuerza de sus manos apretar su cuerpo contra el suyo. En respuesta, sus caderas comenzaron a mecerse y sus dedos se hilaron sobre sus cabellos, mientras él la acostaba sobre la cama y comenzaba a besar su vientre.
De esta forma, ambos pasaron la noche. Ella revolviéndose entre las sabanas, entregándose mientras él no paraba de acariciarla, contemplarla y besarla. Y con la pasión inundándolos, no hizo falta nada más para que los dos conocieran el paraíso, así como cuando dos amantes mortales hacen el amor.
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El timbre de la casa sonó muy temprano, despertándolo. Miró hacia al lado de su cama. Estaba vacía. Suspiró y sonrió al apreciar que, además del exagerado cansancio, su dulce aroma, aún flotando en el aire, estaba como prueba de que, efectivamente, ella había estado con él anoche.
No fue un sueño, Se dejó caer sobre la almohada, embelesado con los recuerdos que, muy cuidadosamente, había grabado en su memoria. Estaba seguro de que jamás, aunque pasaran cien mil años, podría olvidar la forma en que Bella se había abandonado entre sus brazos, susurrando su nombre, mientras él saboreaba cada parte que le era posible de su cuerpo.
Sus ojos comenzaron a cerrarse de nuevo. Estaba dichosamente enervado. Ya se había olvidado del sonido que le había despertado, hasta que otra vez volvieron a llamar.
Se levantó rápidamente, tratando de evitar que el sueño de su familia también fuera interrumpido, y bajó las escaleras silenciosamente. El timbre ya no volvió a sonar, pero las sombras de varias personas se dibujaban por la rendija.
—¡Edward, no! – apareció Alice en la sima de las escaleras, justo cuando él había abierto la puerta, dando paso a cuatro individuos. De los cuales dos, claramente, no eran humanos.
El muchacho se quedó pasmado por un momento. ¿Cómo era posible? Su hermana llegó a su lado, contemplando también ese horrendo e inexplicable espectáculo. Después, ambos centraron su mirada en la pareja humana.
Se trataba de un hombre y una mujer de oscuras ropas y perfiles pálidos, sin edad definida. No hubo necesidad de más explicaciones al encontrarse con sus miradas, verdes como frías esmeraldas. Inmediatamente, Alice dio un paso hacia atrás y Edward la cubrió con su espalda.
—¿Qué hacen aquí? – exigió saber él.
—Edward, Alice – susurró la señora de larga cabellera cobriza – hemos venido por ustedes.
La pequeña negó desesperadamente con la cabeza y, con voz temblorosa, dijo:
—Váyanse. Nosotros no queremos verlos.
—Me temo que no los han educado adecuadamente – habló el hombre de extensa cabellera negra, mirando por encima de ellos
—¿Edward? ¿Alice? ¿Pasa algo?
Los adolescentes envararon el cuerpo al escuchar la voz de sus padres llamarles. Sus miradas volvieron a contemplar a la otra pareja que no era humana. La pequeña se estremeció.
—Podemos hablar pacíficamente – ofreció la dama, con voz dulce.
Carlisle y Esme llegaron a la sala. Obviamente, sólo eran capaces de apreciar a dos personas paradas en el umbral de la puerta.
—Hijos, ¿Quiénes son ellos? – inquirió Esme.
—Los señores Elizabeth y Edward Masen – fue el caballero quien contestó – los verdaderos padres de estos muchachos.
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Ojala me disculpen por esta tardanza. Casi un mes sin actualizar, de verdad lo siento, pero simplemente la inspiración se negaba a llegar y los dedos se me congelaban en el teclado. Prometo no volver a tardar tanto. De verdad, no estaba de humor para ello. Andaba en estado de hibernación urgentemente necesaria para deshacerme de una serie de problemas acumulados que ya eran precisos superar (al menos, tolerar)
Espero entiendan y este capítulo haya recompensado la espera.
Nos leemos pronto
Atte
Anju
