Capítulo 10.- Tienta de hembras (II)

Madrid, siglo X.

Plaza de la medina, reconvertida a plaza de toros.

Las cinco de la tarde. Más o menos.


"Ninguno al riesgo se entrega

y está en medio el toro fijo,

cuando un portero que llega

de la Puerta de la Vega

hincó la rodilla y dijo:

«Sobre un caballo alazano,

cubierto de galas y oro,

demanda licencia urbano

para alancear a un toro

un caballero cristiano»."

Nicolás Fernández de Moratín

Fiesta de toros en Madrid.


- La pinche peor idea en la pinche y cabrona historia de las ideas güevonas -mumuró Vargas.

Marieta tragó saliva mientras veía cómo sacaban de la plaza a una pobre yegua destripada y agonizante. El toro llevaba matados tres caballos y a un picador, mal heridos los otros dos. Las gradas improvisadas en medio de la plaza de la medina rugían de fastidio, al ver que ningún nuevo lancero se atrevía a entrar a la faena.

Eran las cinco de la tarde. El sol caía de plano.

Maslama llegó trayendo el veste blanco, el jadeo de la carrera aun en su pecho.

- Es lo meyor que é podido hallar -murmuró asustado al ver de pronto el mondongo.

Marieta se echó el saco encima. Una torcida cruz roja sobre la arpillera blanca parecía pintada a útima hora y de improviso. Tendría que valer, suspiró, mientras se ataba el cordel alrededor de la cintura.

- ¡Está loca, mihija! -saltó Vargas, poniéndose delante del caballo-. ¡Encontraremos otro modo de sacar a la zarca! ¡Aun podemos hacer fuego esta noche!

- ¡No hay otro modo! -gritó Marieta para quitarse el miedo. Agarró la lanza, se colocó el yelmo que le taparía el rostro y al pasar al lado de Vargas le entregó el pergamino-. ¡Si no volvemos las dos, no vuelve ninguna! Si eso sucede, sus órdenes son regresar al Ministerio y entregar esto a Salvador, ¿me oye?

- ¡Está loca, De las Heras!

- Loca o no, ya tiene sus órdenes Vargas. Cúmplalas. Presénteme y atenta a que salgamos.

Vargas gruñó y siguió al caballo a paso tranquilo.

El toro se las quedó mirando, de lejos, amenazante, cuando salieron a la arena.

- Galán -le dijo Vargas a Maslama, que había quedado detrás-, tenga a punto los caballos y las puertas y atento a apartarse cuando salgamos.

Los abucheos de los cientos de madrileños agolpados en torno a la arena pararon de pronto al verlas entrar.

Luego Marieta la vio avanzar unos pasos, ganando arena sin llamar la atención del toro, que las estudiaba antento, pero herido y jadeante. Antes de hablar, durante unos segundos, Vargas intentó beber de su petaca de tequila; se encogió de hombros tras un juramento, al recordarla vacía.

Luego alzó la voz en grito

- ¡Muy bien pinches almorávides güevones! ¡Acá vino caballero cristiano bien chingón a matar al toro! ¡Un pinche aplauso para Rodrigo Díaz de Vivar! ¡Vamos, carajo!


Pepa vio a Marieta sobre el caballo, disfraza de Cid Campeador. Horrorizada por lo que había tenido que ver hasta el momento, no podía ni imaginar lo que le pasaría a su amiga si la pillaba el toro.

¡Estaba loca! ¡Estaba loca! ¡El toro la iba a matar!

- Mas que le pasa a la mía esposa sakaliva -sonrió el cadí, a su lado-. ¿Tanto le inquieta el destino de un cristiano?

Pepa se descubrió de pie, al lado del cadí, con los soldados alerta por su rápido e inesperado movimiento; en el palco de la plaza de la medina la verdad era que había poco sitio para esconderse. Bajo el enorme y hermoso palio que los guardaba del sol, sobre graderío y un público enfervorecido dando palmas por la nueva oportunidad de ver sangre, no sólo el gobernador se habría dado cuenta del gesto; probablemente con él, toda la villa.

Por ello, comprendió, el comentario del cadí había tenido a pesar del acento y del siglo, un tono de reproche; en teoría, debía mostrarse agradecida por haber sido la elegida para exhibirse ante el populacho. Su traje de mora rica, de añil y oro, con velo hermoso y adornos de plata, había sido escogido cuidadosamente para hacer ver que el cadí, el hombre más poderoso de la villa, seguía siéndolo a pesar de los años cumplidos.

Cualquier desafío a aquella realidad, comprendió Pepa de pronto tragando saliva, podía ser peor visto por él que una metedura de pata de principiante con la preparación de la shisha.

Pepa se sentó, sumisa y avergonzada.

Había esperado que Maslama y Marieta hubieran intentado algo en el alcázar. Después de que pudieran avisarla a través del respiradero del harén, había esperado, paciente, que de camino a la plaza un brazo o un empujón la hicieran perderse entre la multitud para alejarse de su amo y sus esbirros. Lamentablemente sólo habían podido avisarla de que intentarían algo y que debía hacer lo posible por ser la elegida del cadí para ir a la corrida de toros; antes de poder decirle más, Zuleida la había traído de la oreja de vuelta con las demás, para preparar el baño matutino del amo.

En vez de un intento de rescate durante el camino, perdida y confusa, había sido llevada con el séquito del cadí a la plaza como un trofeo más del gobernador lista para, de aquella noche no pasaba le había susurrado el viejo, cantar para él a solas como la concubina suya que era.

- ¡Grande es mi señor...! -improvisó Pepa, sumisa-. ¡Y grande debe ser su reconocimiento del valor! ¡Pues ese caballero, cristiano o no, ha de jugarse la vida! ¡Permitidme dar prenda de vuestra parte, para así darle suerte!

El cadí dudó, durante unos segundos.

Intercambió unas palabras en árabe con uno de sus guardias y finalmente asintió.

Agarrándola del brazo, el guardia la acompañó hasta el muro de la arena.


Marieta rodeó el coso bien pegada a las maderas, dejando en el centro al toro el cual, amenazante, la seguía con los ojos sin embestir aun. El público, silencioso, esperaba el lance en cualquier momento. Bajo el yelmo, Marieta buscó con los ojos a Vargas quien, ya de vuelta tras la puerta de cuadrillas, estaba lista para entrar con el caballo de Pepa.

La lanza pesaba una barbaridad.

No estaba segura de que pudiera siquiera ponerla en ristre, menos aun lancear al bicho. Tenía la boca seca, la cabeza le dolía y el miedo y el sudor se le agolpaban bajo el veste blanco impidiéndole pensar. Notó al caballo intranquilo bajo ella y trató de acordarse de las artes para hacerle avanzar y galopar.

De eso, iba a haber mucho en breve.

Con medio suspiro de alivio, al menos Pepa se había dado cuenta y había reaccionado, vio a su amiga bajar hasta las maderas acompañada de uno de los guardias del cadí. Sin quitar vista de reojo al morlaco alcanzó donde la esperaba Pepa; allí sostenía un pañuelo sobre las tablas, a apenas medio metro de distancia. Tenía nervio en la mirada y sujeta aun del otro brazo por el soldado trataba de sacar todo el cuerpo.

- ¡Tomad prenda del cadí! -exageró Pepa a voz en grito, alargando mucho el pañuelo-. ¡Que vuestro valor es recompensado, caballero cristiano, por nuestro noble anfitrión!

- ¡No hace falta que grites tanto niña -mumuró Marieta, nerviosa-, que vas a atraer el toro!

- ¡Ahora o nunca, chocho! -mumuró Pepa- ¡Este siesomanío no me suelta!

Marieta respiró hondo y agarró la lanza con fuerza.

- ¡Es el cadí hombre afortunado! ¡Vine a rendir homenaje en su natal! ¡Y así lo hago!

Luego alargó la pica para que Pepa atara en ella el paño y cuando lo hubo hecho, Mariera giró al caballo súbitamente para con su ayuda mover la lanza del todo y arrerle un cocotazo al guardia en el turbante, tirándolo por tierra.

Los primeros suspiros de sorpresa del público se convirtieron en un estallido cuando Pepa saltó a la grupa de la montura.

Desde el palco, un iracundo grito en árabe del cadí, rompió los de la gente.

Marieta no le hizo caso.

Ni a eso, ni a los bramidos del público de la plaza, ni a que con el cocotazo al guardia, la lanza se le había roto más o menos por la mitad: sólo podía ver venir al toro que, con el estallido a su alrededor, había encontrado a quien embestir.

Y era a ellas.

- ¡Arre coño, arre! -gritó Marieta, clavando talones en los flancos.


Isabel se llevó la mano a los ojos al ver cómo las muchachas esquivaban el primer embiste por poco, la plaza de toros estallando por el arrojo de haberlo pasado tan cerca y de haber insultado al gobernador con el robo de su esposa.

Respiró hondo. La primera parte estaba hecha. Tocaba la segunda.

- ¡Vamos galán! -le ordenó a Maslama-. ¡Las puertas!

El moro se fue a los cierres, dispuesto a abrirlas; ella, entretanto, montó a su yegua y agarró de la brida a la otra, lista para cuando Flores y De Las Heras se acercaran.

Pero no lo hacían.

Tras dos embistes más, el toro había decidido cercarlas, cerrándoles el paso a la puerta de cuadrillas.

- ¡Ay, carajo! -gruñó Isabel.

Tocaba salir a ayudarlas, comprendió.

Tres caballos tendrían más suerte que sólo uno.


Pepa vio venir al toro una vez más.

- ¡A la derecha, que nos pilla! ¡A la izquierda! ¡TUS MUERTOS CHOCHO DATE VIDA!

- ¡Hago lo que puedo, niña! -rugió Marieta.

- ¡Pues no es suficiente!

Pepa le agarró lo que quedaba de lanza para que Marieta pudiese coger las riendas con las dos manos. El toro vino otra vez, hostigándolas desde detrás. No sólo era rápido, sino que no daba muestras de cansancio; estaba enrabietado por las puntadas que llevaba ya en el lomo y un reguerillo de sangre le caía por los hollares mezclado con babas.

En el último intento de cazarlas, un pitón rozó la cola del alazán para algarabía del público.

Por fin, Marieta logró enfilar hacia la puerta de cuadrillas cuando logró de nuevo dejar al toro detrás. El caballo, sin embargo, perdió terreno por el cansancio y Pepa comprendió que los cuernos no sólo iban a rozar la cola esta vez.

- ¡Más rápido! -rogó a Marieta.

- ¡No da más!

Desesperadada, Pepa se agarró a la cintura de Marieta con una mano y afianzó lo que quedaba de lanza por el suelo, levantando la arena en zigzag.

- ¡Esto lo aprendí en 'Cabriola', bicho malo!

En el último giro perdió el palo, pero la nube de polvo que dejaron detrás desorientó al animal, al tiempo que abandonaba la persecución.

- ¡Vargas! ¡Qué hace! -gritó Marieta.

Pepa vio venir a Vargas con un caballo sin jinete.

La mexicana parecía avisar de algo que no podían oír por el rugido extasiado del público.

Los primeros hombres del cadí habían saltado a la arena y, precavidos del toro, trataban de acercarse a ellas.


Cuando Vargas les llegó, Pepa pudo saltar a su nueva montura.

- ¡Deprisa! ¡El toro aun puede venir! -rogó Marieta.

- ¡Olvídese del toro! ¡Los hombres del cadí!

Como una advertencia a tiempo, una docena de flechas se clavaron en la arena y en el muro de madera, perdiéndose una entre el público. Los arqueros estaban bajo el palio, mientras que la decena de hombres que pisaba la arena, alejados aun de ellas y del toro, había sacado espadas curvas.

- ¡Vargas! ¡La pistola! -ordenó Pepa tratando de dominar al caballo.

Vargas se la tiró.

- ¡Niña, la Historia! -advirtió Marieta.

Pepa respiró hondo. La Historia sí. No podía matar a nadie. Tampoco era su intención. Respiró hondo y se bajó del caballo, porque montada no podía. Miró al toro, miró a los guardias. Ganar tiempo. Apuntó al palio. Ganar tiempo. Respetar a Historia. Acarició el gatillo.

Dos y dos tiros rasgaron la tarde y enmudecieron al público, incapaz de comprender qué ocurría. Del lado del palco, el toldo con los soportes tiroteados había caído sobre los arqueros y el cadí, dejándolos atrapados como peces en una red.

Luego Pepa volvió a montar al caballo, al tiempo que la plaza se deshacía en un bramido constante y ensordecedor, la burla al gobernador acrecentada mil veces.

Bramido que volvió a hacer levantar la cabeza al toro.

- ¡A donde las cuadrillas! ¡Ya! -ordenó Marieta.

Las tres fueron al galope hacia allá, todo lo que los caballos dieron. Al llegar vieron que Maslama había cumplido y que había mantenido las puertas abiertas.

La mala noticia era que el corredor lo habían tomado más hombres del cadí.

Se detuvieron, encerradas entre los pitones del toro detrás y las hojas de las cimitarras delante.


- ¡Ah, carajo! ¡Es que no nos va a salir nada bien hoy!

Marieta miró atrás y tiró el yelmo, harta de no poder ver una mierda.

- ¡Teneos! -ordenaron los guardias.

El toro, comprendió Marieta. El toro se acercaba a paso lento, listo para acelerar y embestir en cualquier momento.

- A mi señal -mumuró Marieta- nos apartamos.

- ¿Qué carajo dijo?

- ¡Ahora!

Marieta ladeó el caballo, llevándose al de Vargas, mientras que Pepa hizo lo propio con el suyo al contrario, dejando hueco al toro para pasar. El bicho lo hizo y a pesar de que dudó un poco al ver que se había pasado de largo, el aire fresco de la puerta abierta y la vista de una salida se le pusieron en los ojos, a pesar de los guardas en medio.

- ¡Seguimos al toro! -ordenó Marieta.

- ¿Qué? -gritó Vargas.

- ¡Que seguimos al toro! -rugió Pepa-. ¡Arre! ¡Vamos, vamos!

Como había temido Marieta, el toro se lanzó como una exhalación a la puerta de cuadrillas, llevándose por delante a los soldados que no se habían apartado a tiempo. Ellas siguieron detrás por la brecha abierta, todo lo que los animales dieron, y se plantaron en las calles de la medina, de camino al almacén de grano.

De vuelta al Ministerio.

Más adelante, libre y desorientado, el toro buscó su libertad por Madrid.