CUATRO ESTACIONES
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es propiedad de JK Rowling
OTOÑO. PARTE 1
Sydney, mayo de 1886.
—Ayer Dwyn hizo magia por primera vez.
Rose Collins sonrió al escuchar la noticia. Esa mañana había llegado muy temprano a la casa que los Hitchens tenían cerca de la playa. Deseaba acompañar a Isla porque ya había entrado en la fase final de su último embarazo y tenía serios problemas para ocuparse de sus revoltosos hijos.
Dwyn Hitchens, que acababa de cumplir los dos años, estaba sentado sobre la alfombra. Jugaba con un caballito de madera y parecía absolutamente absorto en dicha actividad. Era un niño larguirucho y flaco, de pelo rubio y ojos oscuros y extraordinariamente serio y tranquilo. La señora Collins suponía que ese hecho era una auténtica bendición para su buena amiga Isla, puesto que la pobre tenía que lidiar con los diablos que habían resultado ser sus dos hijos gemelos.
—Jacob y Orion estaban molestándole, como siempre —Mientras hablaba, Isla no dejaba de sonreír y mirar al que sería su benjamín durante unas semanas más—. Ya sabes lo mucho que le gusta ese caballo. Pues bien, a los gemelos se les ocurrió la genial idea de quitárselo y Dwyn se puso rojo como un tomate, gruñó un poquito y se las apañó para que el juguete volviera a sus manos. El pobre Bob se llevó un susto de muerte, pero está tan orgulloso como yo.
—¡Oh, querida! A estas alturas el doctor Hitchens debería estar acostumbrado a la magia.
—Aún le cuesta hacerse a la idea a veces, pero sigue progresando.
Bob se había quedado sin palabras cuando Isla le confesó que era una bruja. Había salido corriendo y perfectamente hubiera podido coger un barco de regreso a Inglaterra de no haber mantenido una trascendental conversación con Bernard Collins, su colega profesional y buen amigo. Collins, que también unió su vida a la de una bruja, le había abierto los ojos y gracias a sus sabios consejos, Bob regresó junto a su esposa.
Isla no tenía problemas para reconocer que había tenido miedo. Durante las horas que pasó en absoluta soledad, no dejó de preguntarse qué ocurriría si Bob finalmente la abandonaba. La opción de regresar a su tierra natal estaba completamente descartada porque por nada del mundo querría exponerse a la ira y los reproches de sus familiares. Y aunque lo que más deseaba era continuar viviendo al lado de su marido, comprendió que tenía la suficiente fuerza interior como para salir adelante ella sola.
No obstante, no fue necesario ponerse a prueba en ningún sentido. Isla tuvo ocasión de recibir a Bob con los brazos abiertos y asegurarle que todo saldría bien y por el momento no se había equivocado. Bob gozaba de una buena posición como médico, tenían una bonita casa propia y una familia compuesta por cuatro hijos y a la que no tardaría en unirse un quinto. Isla deseaba que fuera una niña.
—Debo reconocer que se las arregla bastante bien con los niños. Recuerdo que Bernard solía echarse a temblar cada vez que alguno de los nuestros le hacía una pregunta relacionada con la magia.
—Bob me los manda directamente a mí. Últimamente Robbie insiste bastante con el tema. Ha oído hablar de Hogwarts y quiere saber si tendrá que marcharse a estudiar allí.
Robbie era el primogénito de los Hitchens. Tenía nueve años y físicamente era prácticamente idéntico a su padre salvo por el color de los ojos, de un tono que su madre calificaba como gris Black. Era un niño inteligente y muy reflexivo e Isla estaba segura de que sería un mago diestro con la varita. No podía dejar de notar de que había heredado ciertos rasgos del todo Black, como el desmedido orgullo y numerosos gestos y ademanes que le recordaban constantemente a su hermano Phineas. E Isla Hitchens podría haber roto por completo con su familia, pero le resultaba agradable comprobar que su sangre también corría por las venas infantiles de sus vástagos.
—¿Él quiere irse?
—Tiene nueve años. Cree que Hogwarts es el lugar más fascinante del mundo y lo tiene muy claro —Isla se mordió el labio inferior y agitó la cabeza—. Yo no quiero que se vaya. Ya sabes en qué circunstancias tuve que abandonar Inglaterra y me da miedo pensar que pueda encontrarse con algún miembro de la familia. ¿Te das cuenta de las consecuencias que eso podría tener? Conociéndoles como les conozco, no dudo que tratarían de hacer algo en su contra.
—Si descubren quién es. Nadie en Inglaterra tiene por qué saber que tienes un hijo llamado Robert Hitchens.
Isla pensó en esa posibilidad un instante y al final hizo un gesto negativo. No era tan ingenua como para creerse completamente a salvo de la influencia de los Black.
—No conoces a mi familia, Rose. No me extrañaría nada que sepan de todos y cada uno de los movimientos que he hecho durante estos años. Son influyentes y poderosos y no creo que aceptaran mi desaparición tan fácilmente.
—Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste y nadie ha venido a buscarte hasta ahora. ¡Ni siquiera te han mandado una lechuza!
—Tal vez mi padre esté impidiendo que lo hagan. Sé que cuando me fui sentía deseos de ayudarme. A él tampoco le gustó dejarme marchar, pero creo que si no ha pasado nada hasta ahora ha sido gracias a él.
—O tal vez simplemente hayan optado por olvidarse de ti, Isla —Rose le cubrió las manos con un gesto cariñoso y le sonrió—. No tienes motivos para seguir asustada. Los Black están muy lejos de aquí.
—No estoy asustada.
—¡Vamos, querida! A mí no puedes engañarme. En su momento, yo también tuve que pasar por algo parecido.
Isla guardó silencio. Rose tenía razón. Algunas noches soñaba con su vida en Inglaterra y en lo que hubiera sido de su existencia si Bob no hubiese aparecido en su camino. Soñaba con Niven Beurk inmovilizándola en la cama, con su madre y su hermana insultándola y humillándola y con Phineas y su padre ignorándola por completo. Soñaba que un día Elladora aparecía en su casa de Sidney y se llevaba a sus hijos para ahogarlos en el mar. "Engendros mestizos", repetía una y otra vez. Y aunque Isla intentaba impedirlo, en sus pesadillas sus cuatro hijos yacían inertes a sus pies. Luego aparecía Bob y, lejos de compadecerla y ofrecerle consuelo, la culpaba a ella por todo y la maldecía por ser Isla Black.
Sí. Podría decirse que aún tenía un poco de miedo. En cualquier caso, en ese momento tenía otro asunto en mente.
—Sea como sea, la idea de que mis hijos se vayan a Inglaterra no me agrada demasiado. Y a Bob tampoco —Isla se mordió el labio inferior—. ¿Tus hijos recibieron su lechuza?
—Me temo que sí.
—¿Y se fueron a Hogwarts?
—Preferí ocuparme de su instrucción mágica personalmente. Contraté un profesor particular y entre los dos conseguimos que aprobaran los exámenes oficiales.
En Australia no existía una escuela de magia como tal. No eran muchos los brujos británicos que habían decidido irse a vivir allí y sus hijos solían recibir la carta de Hogwarts. Por lo general, sus padres eran antiguos estudiantes y no dudaban a la hora de dejar marchar a sus vástagos. Pero Isla no quería eso. Quería que sus hijos crecieran y madurasen en Australia. Y también estaba el pequeño detalle del temor que sentía hacia su familia.
—¿Y pretendes convencerme para que yo los envíe allí?
—Nada más lejos de mi intención. Simplemente pretendía hacerte comprender que tus hijos no correrán ningún peligro si finalmente viajan a Inglaterra.
Isla se dispuso a replicar cuando dos niños de unos seis años irrumpieron en la habitación. Los dos tenían el pelo negro y los ojos castaños y eran muy guapos. Lástima que tuvieran la ropa sucia y las rodillas llenas de costras. Su madre los recibió con una sonrisa y las criaturas decidieron que era una buena idea intentar molestar a Dwyn. Jacob le quitó el caballito y el pequeñajo frunció el ceño y se puso en pie. No parecía muy dispuesto a dejar que le arrebataran sus cosas.
—¡Mamá, mamá! —Mientras su hermano se dedicaba a aquellas actividades, Orion se había puesto a dar brincos delante de su progenitora—. ¿Podemos ir a la playa, mamá? Todos nuestros amigos se van a ir y nosotros queremos irnos también. ¿Podemos?
—¿Qué modales son esos, niños? —Isla ignoró deliberadamente al pequeño—. ¿Es que no habéis visto a Rose? —Los chiquillos mascullaron un saludo y la mujer hizo lo propio—. Jacob, devuélvele el juguete a Dwyn. Y no, Orion, no podéis ir a la playa.
—¿Por qué?
—Pues porque es un lugar peligroso y sólo podéis ir si papá o yo estamos para vigilaros.
—¡Pero sí ya somos grandes! —Protestó Jacob mientras se resignaba a dejar de fastidiar a Dwyn. El benjamín recuperó su juguete predilecto y fue a refugiarse junto a las faldas de su madre. Seguro que allí nadie intentaría quitarle sus cosas.
—No, cariño, no lo sois.
—¿Robbie sí es grande? Porque puede venirse con nosotros —Intervino Orion.
—Robbie es un poco mayor, pero no lo suficiente como para acompañaros.
—¡Pues vente tú!
—No puedo, cielo. El bebé nuevo está a punto de nacer y yo estoy muy cansada.
Jacob y Orion se miraron, se cruzaron de brazos al mismo tiempo y fruncieron el ceño.
—¡Vaya aburrimiento!
—Ojalá papá te saque al bebé de la barriga ya.
—Sí. ¿Por qué no lo ha hecho antes?
—Pues porque vuestro hermano o hermana debe estar dentro de mí durante nueve meses para crecer y nacer siendo un bebé sano y fuerte.
Aunque los niños ya habían oído todo eso antes, no se vieron muy conformes con la explicación. Seguían enfurruñados e Isla procuró sonar conciliadora cuando habló.
—¿Por qué no vais a jugar al jardín? Os dejo trepar al árbol más bajito de todos si prometéis no hacer el burro —Los gemelos volvieron a mirarse y se encogieron de hombros. Mejor eso que quedarse dentro de la casa sin hacer nada o, peor aún, leyendo—. Decidle a Robbie que se salga él también.
—¡No necesitamos una niñera en el jardín! —Protestó Orion.
—¡Menos a Robbie! —Aseguró Jacob.
—Ya, pero igualmente quiero que vuestro hermano salga fuera. Seguro que encuentra algo interesante que dibujar.
Los gemelos Hitchens eran brujillos pequeños y revoltosos, pero sabían que cuando mamá daba una orden era mejor no contradecirla. Estaban muy disgustados porque no podrían ir a la playa y porque tendrían que aguantar que Robbie les vigilara (y seguro que se chivaría si hacían alguna travesura) pero al menos podrían trepar por los árboles del jardín. Abandonaron el saloncito arrastrando los pies e Isla no tardó nada en escuchar sus voces chillonas mientras llamaban a su hermano mayor.
—¡Vaya dos!
—Van a volverme loca. ¿Cómo se les ocurre pensar que iba a dejarlos marchar solos?
—Tienen seis años y están tanteando el terreno. Creo que en el fondo sabían que les ibas a decir que no, pero tenían que intentarlo.
—Robbie nunca ha tenido ideas como esa. Es un niño muy tranquilo.
—Quizá ahí resida el problema. Tu hijo mayor te tiene malacostumbrada.
Isla soltó una risita y miró a Dwyn. Ya había soltado la falda de su vestido y seguía inmerso en sus juegos. Indudablemente se parecía más a Robbie que a los gemelos, aunque estaba convencida de que, cuando creciera un poco más, iba a ser todo un gruñón. No era un niño risueño ni simpático y era extraordinariamente complicado arrancarle una carcajada. Tan solo Bob parecía tener cierta facilidad para hacerle reír. Y ni siquiera necesitaba recurrir a las cosquillas.
—Sí, Rose, podría ser eso —Isla se removió en el sillón—. De todas formas, confieso que yo también estoy deseando que llegue el momento de dar a luz. El bebé no deja de moverse y estoy muchísimo más incómoda que en los otros embarazos. Ni quiera me sentí tan pesada con los gemelos, y eso que venían dos en el lote.
—Paciencia, querida. Paciencia.
—Sólo espero que sea una niña. Bob me ha prometido que no pararemos hasta tener una.
—En tal caso, os deseo toda la suerte del mundo.
—Él está convencido de que al final tendrá a su pequeña Isla, pero yo tengo la sensación de que es otro niño —Isla se llevó las manos al vientre y palpó con cuidado.
—Tendrá que conformarse con lo que venga.
—¡Qué remedio le queda, pobrecito!
—Pero Isla, querida —El rostro de Rose adquirió cierta seriedad—. Estáis a punto de tener el quinto bebé. ¿Realmente pensáis tener más?
Isla no respondió. Realmente le hacía ilusión tener una niña, aunque era Bob quien más ganas tenía de conseguir a su princesita. Cuando hablaron sobre el tema, los dos estuvieron de acuerdo en que deseaban tener una familia numerosa. Puesto que la fortuna parecía haberles sonreído y podían permitirse la crianza de sus vástagos, no habían dudado a la hora de hacer sus sueños realidad. Isla quería a sus niños, eso por descontado, pero soñaba con la niña y tal vez, sólo tal vez, siguieran insistiendo si finalmente el nuevo bebé resultaba ser un varón.
—No sabría qué decirte. Todo es posible, supongo.
Rose Collins sonrió y se tomó la libertad de alzar en brazos a Dwyn. Algo le decía que Isla aún tendría que pasar por algún embarazo más antes de la llegada de la tan ansiada niña.
Rose se marchó poco después del mediodía. Isla se encargó personalmente de la comida del día y procuró controlar a los gemelos. Robbie se había quejado de que sus hermanos estaban salvajes y la bruja agradeció enormemente la hora de la siesta. Dwyn y los gemelos solían dormir durante un par de horas después de comer e Isla aprovechó el tiempo para relajarse en su mecedora favorita. Bob la había comprado poco después del nacimiento de su primogénito y su esposa se sentía muy cómoda allí. De hecho, estaba a punto de quedarse dormida cuando Robbie se sentó frente a ella. Últimamente hacía gala de una gran independencia y resultaba muy complicado mantener con él una conversación que durara más de cinco minutos.
—Madre —Dijo con voz tranquila. Era un chico sereno y reflexivo y sus padres se sentía muy orgullosos de él—. Cuando la señora Collins ha venido a visitarnos, habéis estado hablando sobre Hogwarts, ¿verdad?
Isla se incorporó un poco y, afianzando los pies en el suelo, centró la atención en su hijo. Sabía que el chico no era de los que hablaban por hablar y que esa pregunta tenía un propósito. Sólo esperaba que dicho propósito no fuera el de convencerla para que le dejara viajar a Inglaterra.
—Efectivamente, cariño. Hogwarts ha sido uno de los temas que hemos tratado.
—¿Te ha dicho si sus hijos recibieron la carta para ir a estudiar allí?
—Sí, Robbie. La recibieron.
El niño frunció el ceño. No le gustaba aquel diminutivo, pero Isla no quería dejar de utilizarlo.
—Entonces es casi seguro que yo también la recibiré, ¿no crees?
—Es probable.
Robbie asintió y se removió con cierta incomodidad. Isla nunca entraba en detalles cuando se trataba de los Black, pero su hijo era lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que las cosas eran bastante complicadas.
—Sé que no quieres que me vaya a estudiar tan lejos —Prosiguió hablando con el mismo tono pausado—. A mí me gustaría ir a Hogwarts porque es uno de los mejores colegios de magia del mundo, pero tampoco me gusta que esté tan lejos de casa. ¿Crees que podríamos encontrar una solución?
—Los hijos de la señora Collins tuvieron un profesor particular.
—No me refiero a eso, madre —Robbie se mordió el labio inferior y tardó un instante en seguir hablando—. Tal vez podríamos regresar a Inglaterra.
—De ninguna manera.
Isla sonó brusca y se arrepintió inmediatamente de no haber medido sus palabras. Robbie entornó los ojos y se vio un tanto decepcionado. El niño podría imaginarse que sus progenitores abandonaron su tierra natal bajo las peores circunstancias posibles, pero en ningún momento se había esperado una reacción tan desmesurada. Supuso que lo mejor era no insistir demasiado al respecto, pero la pregunta se le escapó antes de que pudiera controlarla.
—¿Por qué no?
—Eres demasiado pequeño para entender todo lo que pasó, Robbie. Tal vez algún día pueda hablarte sobre ello, pero ahora no es el momento.
—No puede ser tan malo.
Isla no dijo nada más. Acarició la mejilla del niño y agitó la cabeza un instante antes de señalar la puerta. No necesitaba mantener esa conversación. No quería hacerlo.
—¿Podrías ir a ver a tus hermanos?
—Madre…
—Encontraremos una solución para el asunto de Hogwarts. Te lo prometo.
—Pero…
—Por favor, Robert. No me gustaría que los gemelos le hagan algo a Dwyn.
El niño se puso tieso como un palo. Sabía que cuando madre le llamaba por su nombre completo significaba que la discusión había acabado y, aunque realmente no se conformaba con sus vagas explicaciones, obedeció. En cuanto Robert abandonó la estancia, Isla liberó un profundo suspiro y apoyó la cabeza en la mecedora. Sabía que en algún momento del futuro tendría que hablarle largo y tendido a Robert sobre los Black, pero no estaba segura de que fuera a ser capaz de contarle todo. A pesar de que era plenamente consciente de que nada de lo ocurrido fue culpa suya, aún se sentía muy avergonzada. Bob había curado con besos y caricias el espíritu que Niven Beurk logró resquebrajar, pero las cicatrices aún estaban presentes y nunca desaparecerían. Isla no deseaba que se reabrieran. No quería que sus hijos mantuvieran ninguna clase de contacto con la familia que quedó atrás y temía por lo que Robbie pudiera hacer en el futuro.
A pesar de su corta edad, el chiquillo mostraba un interés excesivo por saber. Bob ya se había encargado de hablarle sobre los delitos del difunto abuelo Hitchens. Le había dicho que tuvo que buscar fortuna lejos de Inglaterra y le confesó que jamás habría podido obtener éxito profesional en aquel país. Robbie lo sabía todo sobre los Hitchens porque Bob nunca deseó ocultarle nada, pero apenas tenía información sobre los Black. Isla ni siquiera quería pensar en ellos.
Sin embargo, a veces lo hacía. No podía evitar preguntarse cómo habrían recibido en el seno familiar la noticia de su huida. Imaginaba al señor Beurk clamando venganza por haber sido tan vilmente engañado y humillado. Imaginaba a su madre desmayándose en el salón del té de Grimmauld Place, a Phineas negando con la cabeza y a Elladora entrando en cólera. E imaginaba a todos ellos volviéndose en contra de su padre y haciéndole la vida imposible. Isla a veces lo lamentaba por él, pero otras aún le odiaba por haber permitido que tuviera que pasar por aquel infierno.
Sentía curiosidad por saber qué habría sido de todos ellos, pero no pensaba mover un dedo para averiguar nada. Suponía que Phineas habría terminado casado con la señorita Flint y en ocasiones se preguntaba si finalmente Elladora habría visto cumplido su sueño de casarse con Niven Beurk. Deseaba que así fuera, que todos en Inglaterra hubieran logrado cumplir con sus expectativas y que, tal y como Rose Collins había señalado un rato antes, se hubiesen olvidado de ella.
Isla era consciente de que no siempre podría responder a Robbie con evasivas. Conocía a su hijo y sabía que algún día él preguntaría de nuevo y ella no podría enviarle a vigilar a sus hermanos. Sabía que Robert Hitchens Junior no era de los que se daban por vencidos y la mujer pensaba dedicar todo el tiempo del mundo a prepararse para cuando llegara el momento de profundizar en el tema. Pero hasta que ese instante llegara, tenía algo muy importante que resolver y que estaba íntimamente ligado a la educación de sus hijos.
Hogwarts no era una opción. Isla había amado el colegio con toda su alma y sabía a ciencia cierta que era un buen sitio para que cualquier brujillo o brujilla fuera instruido en la magia. Todos sus recuerdos del lugar eran positivos y sus años allí fueron felices y tranquilos. En aquel entonces era Isla Black, la hija menor de uno de los brujos de más renombre de la comunidad mágica. Talentosa, hermosa y orgullosa como casi todos los miembros de su familia, Isla siempre había caminado por Hogwarts con la cabeza bien alta y había vivido experiencias inolvidables. Había sido una jovencita ingenua y alegre, alguien que pensaba en comerse el mundo más allá de sus responsabilidades familiares y en ocasiones aún echaba de menos el viejo castillo y los años vividos allí. Después había empezado el infierno, pero Isla prefería no pensar en ello.
Si Isla hubiera podido disfrutar de una vida dichosa en Inglaterra, jamás hubiese descartado Hogwarts. No obstante, las circunstancias eran las que eran y quería, ante todo, proteger a sus hijos. Pensaba que la solución escogida por la señora Collins tal vez podría ser la mejor. Conocía a un buen número de magos y brujas afincados en Australia y muchos de ellos eran talentosos y estaban capacitados para la enseñanza. Tal vez lo conveniente sería buscar un buen tutor cuanto antes, entrevistar a cuantos candidatos le fuera posible y llegar a un buen acuerdo económico con el futuro empleado.
O tal vez…
La idea se mantuvo en su cabeza apenas un segundo, tiempo más que suficiente para que Isla comprendiera que era una locura y un proyecto muy difícil de llegar a cabo, pero enseguida volvió a pensar en ello. ¿Cuántos brujos y brujas australianos estarían en su misma situación? Tal vez la comunidad mágica no fuera excesivamente numerosa, pero Isla sabía que había muchas personas que sufrían su mismo problema. Magos y hechiceras que se veían obligados a enviar a sus hijos muy lejos en pos de recibir una educación adecuada pero, ¿y si no era necesario que los brujillos australianos abandonaran su hogar para estudiar magia? ¿Y si los hijos de los inmigrantes, fuera la que fuera su nacionalidad, gozaran de su propia escuela de magia allí mismo, en Australia?
Isla se aferró a los reposabrazos de la mecedora y se incorporó un poco. El bebé se removió en su interior como si pretendiera decirle que, efectivamente, su idea era buena, y la joven bruja esbozó una sonrisa. ¿Era una locura y un imposible o lo más sensato que se le había ocurrido en mucho tiempo? Sintió el impulso de ponerse en contacto con la señora Collins en ese preciso instante. Ella también era bruja y ella también se había enfrentado a su mismo problema y seguramente podría orientarla, pero entonces pensó en Bob y se dio cuenta de que, muggle y todo, él era la persona que mejores consejos le había dado nunca. Ciertamente habían tenido que aprender a tratarse prácticamente sobre la marcha, pero a esas alturas de sus vidas se compenetraban a la perfección y sus diferencias casi nunca suponían un problema.
Consciente de que lo más conveniente era esperar a la noche para tratar el problema con su marido, Isla se puso en pie y decidió echarles un vistazo a los niños personalmente. A Robbie se le daba de maravilla ejercer de hermano mayor y era un niño de lo más mandón y disciplinado, pero ni siquiera a él le resultaba sencillo vigilar a los gemelos. Recorrió el pasillo despacio, acariciando con las yemas de los dedos el zócalo de madera de las paredes, y se detuvo bajo el umbral de la puerta del cuarto de sus hijos. Robbie había insistido en tener su propia habitación y, aunque la casa no era excesivamente grande, tanto Bob como Isla accedieron a sus peticiones. Orion y Jacob compartían dormitorio con el bebé Dwyn, pero en cuanto el nuevo niño llegara tendrían que trasladarse al cuarto que Bob había preparado para ellos en el ático. Isla se dijo que la falta de espacio no tardaría en ser un problema, pero en ese momento no podían permitirse una mudanza. Los ingresos de Bob eran considerables, pero no suficientes y además, a Isla le gustaba esa casa. Era su hogar y no se veía con fuerzas para abandonarlo.
Dwyn se había despertado y Robbie lo sostenía entre sus brazos. Cuando estaba adormilado, el bebé era de lo más mimoso e incluso Robbie acostumbraba a disfrutar de él. Isla sonrió y les echó un vistazo a sus gemelos, que seguían roncando suavemente, ambos tumbados en la misma cama.
—¿Todo bien, Robbie?
El niño, que aún parecía un poco molesto con ella, se encogió de brazos y le entregó a Dwyn.
—Hay que cambiarle el pañal. Apesta.
—Lo haré enseguida.
—Me voy a mi habitación un rato.
Isla asintió y observó a su hijo mientras se alejaba. Esperaba que el enfado no tardara en pasársele, pero hasta entonces centró su atención en Dwyn y dio gracias por tenerlo limpio antes de que los gemelos se despertaran.
Como cada día, Bob llegó a casa poco antes de la hora de la cena y fue recibido con entusiasmo por sus hijos gemelos. Los años no parecían haber pasado por él e Isla se dijo que seguía teniendo el mismo aspecto que cuando lo conoció. Sonrió cuando el hombre agarró a Jacob y a Orion y les hizo dar varias vueltas en el aire y después le entregó a Dwyn para que le diera un beso. Isla sabía que pocos hombres eran tan cariñosos con sus hijos como Bob, pero tampoco existían muchos hombres como Bob.
Una vez hubo saludado a sus vástagos, se acercó a ella y le dio un suave beso en la mejilla. Una de sus manos viajó hasta su vientre y pareció complacido cuando el bebé nonato se movió. Después, le preguntó con suavidad cómo había ido el día e Isla le dijo que perfectamente y que debían pasar al comedor cuanto antes o la cena se enfriaría.
Las primeras veces que habían utilizado ese comedor, Robbie ni siquiera había nacido. Acostumbraban a sentarse uno al lado del otro y dedicaban más tiempo a hacerse carantoñas que a comer. De hecho, esa mesa de robusta madera tenía muchas historias interesantes y apasionadas que contar, como aquella vez que el pelo de Isla terminó completamente embadurnado de salsa. La llegada de los niños había refrenado un poco sus instintos y en la actualidad sus ratos íntimos transcurrían íntegramente en el dormitorio principal. En cualquier caso, hubiera resultado imposible hacer nada en el comedor con Dwyn lloriqueando, los gemelos tirándose la comida y Robbie protestando.
Isla y Bob intercambiaron una mirada y él puso los ojos en blanco. Ambos disfrutaban enormemente de su familia, pero en ocasiones resultaba muy difícil mantener la calma y tener paciencia. En esa ocasión, fue el hombre el encargado de poner orden y después procedió a hablar sobre lo que había acontecido en su trabajo.
El doctor Robert Hitchens había tenido que trabajar muy duro para obtener el éxito profesional. Ciertamente había sido una suerte contar con el inestimable apoyo del señor Collins, pero si gozaba de buena fama se debía únicamente a su buen hacer. Aunque la mayor parte de sus ingresos procedían de las clases altas, Bob jamás se había olvidado de los más desfavorecidos y, tal y como le había pedido Bernard Collins, aún seguía atendiéndolos a pesar de que su compañero se había jubilado unos años antes. Así pues, Robert dedicaba las mañanas a visitar a sus pacientes de los barrios más lujosos de la ciudad y las tardes a atender a aquellos que acudían a su clínica cercana a los muelles. En ocasiones atendía urgencias por las noches y, aunque los niños requerían de mucha de su atención, Isla le echaba una mano cada vez que tenía ocasión.
Bob no se cansaba de decirle que era una gran ayudante. Isla había descubierto que la medicina no era algo que le entusiasmara demasiado, pero encontraba muy gratificante poder ayudar a las personas. Había presenciado muchas desgracias, cierto, pero también había ayudado a Bob a salvar vidas y eso la hacía sentirse muy orgullosa de su marido y de sí misma. Tal vez sus padres hubieran tachado a su esposo de inadecuado e inútil, pero Isla lo admiraba profundamente porque era capaz de hacer el bien por los demás. ¿Acaso lord Beurk habría hecho algo parecido en toda su vida?
Después de otra caótica velada, Bob se las apañó para meter a los niños en la cama mientras Isla le esperaba en el dormitorio principal. Era una habitación no demasiado grande, con las paredes forradas de papel pintado y con un ventanal desde el que podía verse la playa. Una de las pacientes de Bob les había regalado una preciosa colcha hecha a mano y, aunque la temperatura en Sidney era bastante agradable durante casi todo el año, a Isla le encantaba envolverse en ella. Además, desde que estaba embarazada su temperatura corporal parecía haber disminuido considerablemente pues acostumbraba a tener frío bastante a menudo, así que cuando Bob se reunió con ella casi media hora después, la descubrió tumbada y tapada hasta las orejas. A juzgar por la expresión de su rostro, a su marido no le hizo ninguna gracia perder la ocasión de ver un poco más de piel.
—He pensado que podríamos comprar esa poción para dormir de la que hablas a veces y dársela a los gemelos con la cena —Comentó despreocupadamente el hombre mientras se quitaba el corbatín y los zapatos—. ¿Sabes lo difícil que es acostar a esos niños?
—¿De verdad me estás preguntando eso? Porque soy yo la que se pasa todo el día intentando que no hagan ninguna trastada.
Bob soltó una risita y se apresuró en quitarse la ropa. Isla adoraba contemplar su cuerpo casi desnudo y nuevamente recordó que su apetito sexual se había desatado en los últimos meses. Sonriendo con picardía, agitó los pies hasta que se libró por completo de la colcha y dejó que Bob le viera las piernas. El camisón que se veía obligada a utilizar era burdo y poco incitador, pero su esposo no necesitaba demasiados estímulos para sentirse atraído por ella. Isla consideraba que era una suerte que la pasión no se hubiera perdido con los años tal y como les ocurría a otras parejas.
—Ya veo que tiene usted ganas de jugar, señora Hitchens —Comentó él mientras se acercaba a la cama. Únicamente llevaba puestos sus calzones. Isla se lamió los labios y asintió fingiendo timidez—. Pues está de suerte, porque a mí también me apetece muchísimo.
Bob ya había llegado hasta ella. Gateando desde los pies de la cama, la había cubierto con su cuerpo y procuraba no dejar caer su peso sobre la prominente barriga. Isla lo agarró por la nuca y le dio el beso que jamás se permitiría darle delante de los niños. Le resultaba increíble que su deseo pudiera llegar a ser tan exigente y frunció el ceño cuando Bob se rió y comentó algo sobre estar ansiosa.
—Cállate, Bob. Cállate y haz lo que tienes que hacer.
Él no ocultó la risa, pero obedeció de inmediato. Ayudó a Isla a desprenderse de su camisón, hizo lo propio con su ropa y no tardó ni un instante en recostarla de medio lado sobre la cama. Durante el embarazo de Robbie descubrieron que esa era la mejor postura para hacer el amor cuando la movilidad de la mujer estaba tan mermada. Isla suspiró cuando sintió las manos de su marido acariciándole los abultados pechos y echó la cabeza hacia atrás para facilitarle el acceso al cuello. Una rodilla implacable se coló entre sus muslos y la mujer ahogó un gemido cuando la mano recorrió su vientre hasta alcanzar la entrepierna y acariciarle vigorosamente sus partes más íntimas.
Esa noche no hablaron. Bob se introdujo en su cuerpo con mimo y se movió erráticamente hasta que los dos alcanzaron el clímax. La abrazó y besó durante varios minutos más, hasta que las respiraciones volvieron a la normalidad. Saciada y satisfecha, Isla luchó por darse media vuelta y se encontró con el rostro relajado de su marido. Les bastó un intercambio de miradas para decirse lo mucho que se querían.
—Estoy agotado —Musitó él, apartándole un largo mechón de pelo negro de la cara—. Y supongo que tú también debes estar muy cansada. ¿Has notado algo extraño?
Isla supo que se refería al embarazo y negó con la cabeza.
—Aún me faltan unas semanas para salir de cuentas. Todo está bien.
—Ya sabes que si te notas cualquier cosa, sólo tienes que decírmelo.
—No te preocupes, Bob. Estoy perfectamente.
Ya había pasado en los embarazos anteriores. Aunque Bob se pasara los nueve meses de gestación asegurándose de que tanto Isla como el bebé estuvieran bien, cuando se acercaba la hora del parto parecía entrar en pánico. La experiencia le decía que traer a un niño al mundo no siempre era algo sencillo y, aunque Isla no había tenido ningún problema en ninguna de las ocasiones anteriores, él estaba muy preocupado. Le dio un nuevo beso y decidió que lo mejor que podía hacer era cambiar de tema. Deseaba plantearle lo antes posible lo que había pensado ese día. Ansiaba conocer su opinión.
—Rose ha venido a verme esta tarde —Él no pareció en absoluto sorprendido. La presencia de la señora Collins en esa casa no era ninguna novedad—. Hemos estado hablando sobre la educación mágica de los niños y me ha contado que sus hijos recibieron la carta de Hogwarts pero que ella decidió no enviarlos allí y optó por buscarles un profesor particular.
Bob frunció el ceño. A pesar de todo el tiempo que llevaba casado con Isla, la magia aún le desconcertaba bastante y definitivamente no tenía ni idea de cómo abordar la parte educativa. Los niños acudían religiosamente a uno de los colegios muggles que había en Sidney y estaban recibiendo una buena educación. Sabían de matemáticas, literatura, historia, ciencias y otras disciplinas y, aunque los gemelos eran demasiado pequeños aún para juzgarles, Robbie estaba resultando ser un estudiante de lo más prometedor. Bob estaba seguro de que podría dedicarse a cualquier cosa que deseara dentro del mundo normal y corriente, pero también sabía que era un brujo y que, tanto él como sus otros hijos, en algún momento obtendrían su primera varita y recibirían instrucción mágica.
Isla le había hablado de Hogwarts largo y tendido. Supuestamente era la mejor escuela de magia del mundo y él deseaba lo mejor para sus hijos, pero no quería enviarlos a Inglaterra. Sus motivaciones para ello eran similares a las de Isla y constantemente buscaba una forma de abordar el problema. Tal vez la señora Collins y su esposa hubieran encontrado una solución esa misma tarde, así que el hombre le prestó toda la atención a su esposa.
—Estoy convencida de que los niños recibirán su carta cuando cumplan once años. He estado hablando con Robbie sobre el tema esta tarde y sigue queriendo ir a Hogwarts, aunque le hace tan poca gracia como a nosotros irse tan lejos. Incluso ha sugerido la posibilidad de volver todos juntos a Inglaterra.
—¿Y qué le has dicho?
—Que eso no será posible. Me ha preguntado por qué, pero no es algo que deba saber por el momento. Seguramente tenga que contárselo en el futuro, pero no ahora.
—¿Y crees que serás capaz de decirle lo que pasó? —Como cada vez que surgía el tema, Bob la abrazó con fuerza. Aún se ponía furioso cada vez que recordaba lo que Niven Beurk le había hecho y en alguna ocasión había comentado lo que pensaba hacerle si alguna vez se lo encontraba de frente. Brujo o no, no saldría demasiado bien parado.
—Aún no lo sé, pero Robbie es muy pequeño aún y confío en que pasen muchos años antes de tener que hacerlo. Es más, me encantaría que se olvidara del tema de una buena vez —Bob soltó una risita y le besó la frente—. Pero no quería hablarte sobre ello.
—¿Sobre qué, entonces?
—Como te decía, Robbie quiere ir a Hogwarts, pero creo que lo ideal sería que pudiera estudiar aquí, en Sidney.
—La idea de Rose de buscar un profesor particular parece la más factible.
—No, Bob. Hay algo aún mejor —Isla se incorporó un poco, el entusiasmo vibrando dentro de su cuerpo menudo—. Podríamos tener nuestra propia escuela en Australia.
Bob la escuchó y se quedó callado mientras meditaba sus palabras. Isla permaneció expectante, intentando averiguar sus pensamientos observando la expresión de su rostro.
—¿Podría hacerse algo así?
—La comunidad mágica australiana es cada vez más numerosa. Y no hablo sólo de británicos. La fiebre del oro atrae cada vez a más inmigrantes y hay magos y brujas de muchísimas nacionalidades. Todos tienen hijos y todos tienen los mismos problemas que nosotros, así que creo que lo mejor para todos sería contar con nuestro propio colegio. Incluso podríamos contactar con las tribus aborígenes. ¿Sabes lo interesante que sería aprender de su magia, Bob? Insisten en vivir aislados por lo que ocurrió en el pasado, pero sería maravilloso poder contar con su colaboración.
Bob volvió a guardar silencio. Isla sabía que la idea necesitaba ser meditada y tratada en profundidad, pero si contaba con el apoyo de su esposo le resultaría mucho más sencillo luchar por sacarla adelante. Si él confiaba en que sería capaz de fundar su propio colegio, si más tarde Rose también se ponía de su parte, Isla estaba segura de que obtendría una gran victoria.
—No parece algo sencillo.
—Porque no lo es, pero estoy segura de que funcionará.
—En ese caso —Bob la estrechó con fuerza—. Puedes contar conmigo. No sé si podré hacer algo por ayudarte, pero si necesitas cualquier cosa, estaré aquí para ti.
El rostro de Isla se iluminó de felicidad. Besó a su marido y se abrazó a él, más contenta que nunca de tenerlo a su lado. Encontrárselo en los muelles del puerto de Londres fue lo mejor que le había pasado en la vida. Él había cambiado su destino e Isla daba gracias todos los días por ello.
Su cerebro empezó a trabajar a toda velocidad. Tenía muchísimo trabajo por delante porque el supuesto colegio de magia australiano no era más que un boceto borroso en su cabeza, pero quería convertirlo en realidad. Se hubiera puesto manos a la obra esa misma noche, pero Bob la incitó a dormir y ella se dijo que acurrucarse en los brazos y dejarse llevar por el cansancio también era buena idea.
Mañana sería otro día.
Hola, holita^^. He tardado un poquito más de lo que tenía en mente, pero ya he podido actualizar. He decidido cortar el "Otoño" aquí porque ya tenía ganas de subir material nuevo y porque creo que esta es una buena presentación de lo que está por venir. El "Otoño" será la estación más larga y van a pasar muchas cosas que deseo que os gusten.
Espero que conocer a los hijos de los señores Hitchens no os haya resultado confuso. He decidido darles una familia numerosa porque en esa época la gente tenía muchos hijos y me ha parecido lo suficientemente realista como para hacerlo. Además, Bob es médico y gana un buen sueldo, así que puede alimentar perfectamente a todos sus vástagos. Como habéis podido observar, Dwyn no es el mayor de los niños Hitchens y la ausencia de sus tres hermanos mayores tiene una justificación que no voy a explicar ahora mismo. Sólo diré que tengo hecho un enorme árbol genealógico repleto de nombres y fechas y que muchos de los personajes que aparecen en él seguramente no sean ni nombrados en la historia principal. Es un as que me guardo bajo la manga, por si en el futuro decido que los Hitchens me interesan lo suficiente como para seguir escribiendo de ellos^^.
En fin, espero que os haya gustado el capítulo. Ha habido un buen salto temporal y poco a poco conoceremos detallitos del pasado, aunque puedo decir que la vida de Isla y Bob ha sido bastante normal hasta ahora. Nadie les ha molestado (de momento) y han podido disfrutar de unos años de tranquilidad y felicidad. Y aunque Isla ha optado por pasar mucho tiempo con sus hijos, nadie puede negar que no tenga otras motivaciones en su vida. Ya veremos qué pasa con la idea de fundar una escuela y con muchas más cosas que están por llegar.
Pues nada, que me alegra que aún sigáis leyéndome aunque me pasara tantísimo tiempo sin actualizar y que una vez más prometo que tendréis capi nuevo dentro de un plazo relativamente corto. Si tenéis que comentar cualquier cosilla, ya sabéis como hacerlo^^. Y me voy despidiendo. Muchos besetes y hasta la próxima.
