11

—Cuidado, amor, trata de no pisar las raíces.

—¿Puedes decirme, de una vez por todas, dónde está el dichoso árbol que se ha caído?

—No falta mucho.

—Robin, eso dijiste hace quince minutos. Estamos ya muy cerca del arroyo. Creo que esta zona está lo bastante lejos para cualquier persona del pueblo, nadie va a lastimarse aquí.

—Amor, no te ofendas, pero debo tomarme en serio mi trabajo.

Regina resopló, siguió caminando tomada de la mano de Robin, intentando no tropezarse en medio de la maleza.

—Mira, cariño, sé que te lo tomas muy en serio, y estoy orgullosa de ti, pero no entiendo por qué es tan importante que yo…

De pronto, Regina se quedó callada, pues delante de ella, en un rincón del bosque, estaba una manta de picnic extendida, con una canasta con comida encima, un par de copas, una botella de vino y algunas velas alrededor que iluminaban la débil luz de la tarde que comenzaba a caer.

—Oh, Dios mío… Robin… —musitó Regina, sorprendida.

—En realidad no se ha derumbado ningún árbol, milady, pero no sabíamos qué excusa decirte para que aceptaras venir hasta aquí —dijo Robin, complacido.

—¿Sabíamos? —preguntó Regina, con curiosidad.

—Henry y yo —respondió Robin con naturalidad.

Regina sonrió, se acercó a los brazos de Robin y lo besó con ternura.

—Eres el hombre más dulce del mundo —dijo ella con los ojos brillantes—. Soy muy afortunada de que nuestros hijos tengan una figura como tú.

—¿Bromeas? —sonrió Robin, recibiendo sus besos con gusto—. Sólo soy un ladrón intentando complacer a una reina.

~OQ~

En casa de los Charming se debatía un difícil juego de Carcassonne, en el cual Henry era experto. A sus doce años podía presumir de haber vencido a su abuelo, con el mayor número de construcciones posibles, en una aldea medieval. Por supuesto, sólo en un tablero de juego de mesa.

—Comienzo a creer que haces trampa, Henry —decía David un poco mosqueado por su falta de habilidad estratégica.

—No es posible hacer trampa —se defendía Henry con una sonrisa—. Es sólo que soy muy bueno.

—Pero… no lo entiendo —decía Mary Margaret concentrada en sus propias fichas—. Yo tenía mi monasterio, ¿por qué lo perdí?

—Oh, eso fue porque te quedaste con un camino —explicaba Henry, señalando el tablero.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Mary Margaret, confundida.

—Dejaste de ser monje y te convertiste en ladrón —respondió Henry, elocuente.

Mary Margaret iba a decir algo, pero sólo pudo arquear las cejas.

—La historia de mi vida —musitó ella mientras daba un sorbo a su té.

A su lado, el bebé Neil hacía soniditos gustosos en el portabebé, mientras mordía un sonajero.

—No voy a darme por vencido contigo, muchacho —insistió David, reordenando el tablero y las fichas—. Otra partida.

—Está bien —sonrió Henry, entusiasmado.

—Yo que tú no lo retaba más, —dijo de pronto la voz de Emma, quien bajaba las escaleras, colocándose la chaqueta—. Tu estrategia de combate del Bosque Encantado no servirá para un simple juego de mesa, créemelo.

—¿Vas a algún lado? —preguntó de pronto, Mary Margaret, un poco decepcionada.

—Sí, Hook y yo iremos por un café —respondió Emma, tomando sus llaves—. ¿Les importa quedarse con el chico un rato?

—No, descuida —dijo Mary Margaret—. Sólo que creí que pasaríamos una tarde como familia.

—Oh, por mí está bien, —intervino Henry, concentrado en el tablero.

—Gracias, chico —sonrió Emma, dándole un beso en la frente, luego miró de reojo el tablero que se extendía sobre la barrita de la cocina, donde su hijo y sus padres habían pasado la última hora jugando—. Eres un pequeño embustero, Henry Mills.

Henry sonrió, parecía complacido con el cumplido. Emma le pellizcó una mejilla a Neal y se dirigió a la puerta del departamento. David alzó la vista, muy confundido.

—¿Qué?, ¿por qué embustero?, ¿acaso está haciendo trampa? —preguntó a Emma.

—No, exactamente —dijo Emma, guiñando un ojo, y salió del departamento.

David miró a Henry con el ceño plegado.

—Lo sabía —dijo David.

—No hago trampa, lo prometo —rio Henry, divertido—. Sólo que llevo muchos más años que ustedes jugando.

—Eso es cierto —dijo Mary Margaret—. Pero nosotros vivimos muchos años en el Bosque Encantado, eso debería servir.

—Sí, por supuesto. De hecho yo aprendí de alguien que vivió muchos años allí también —confesó Henry.

—¿Quién? —preguntaron David y Mary Margaret al unísono.

—Mi mamá: Regina —respondió Henry encogiéndose de hombros.

~OQ~

En cuanto el sol se ocultó, el bosque se convirtió en un murmullo. Regina y Robin compartían el vino y la cena, uno junto al otro. Ahora que sus memorias estaban de vuelta, recordaban que aquella no era la primera vez que el bosque los acobijaba. Las velas a su alrededor tintineaban con el viento.

—Es increíble lo bien que se puede estar aquí —dijo Regina, acurrucándose en el abrazo de Robin.

—Me alegra que así sea, amor —sonrió Robin—. Y que además la cena te haya gustado. Estaba un poco nervioso, sinceramente.

—Oh, eso sólo sucede por las mañanas —rio Regina, divertida—. La cena estaba deliciosa. ¿Cocinaste tú?

—Eh… —Robin esbozó una sonrisa perspicaz— digamos que Granny también tiene una especialidad en cenas románticas.

Regina soltó una risa y lo besó. Luego Robin la miró a los ojos, esos profundos ojos marrones que tanto amaba.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, enternecida por el gesto que él tenía.

—Debo confesarte algo —dijo Robin, metiendo una mano a su bolsillo—. ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Quiero decir, la primera vez de todas. Aquella noche en la taberna.

—Sí, ahora lo recuerdo —asintió Regina.

—Bueno… antes de saber que eras la reina —siguió Robin—, yo me sentí muy nervioso en cuanto te vi. Estaba aterrado, quiero decir. Apareciste allí, en la taberna, con tu hermoso vestido de lino, tu cabello largo y suelto, y yo no tenía nada que ofrecerte. Era sólo un hombre borracho en una taberna... y además, un ladrón. Pero recuerdo que pensé: de ahora hasta siempre, haré lo que sea, trabajaré duro, seré la mejor versión de mí mismo, para ganarme el amor de esta hermosa mujer.

Regina sonrió enternecida, tenía la mirada cristalizada.

—En ese entonces no tenía nada —dijo Robin de nuevo—, ahora no tengo mucho más, pero sí puedo ofrecerte la promesa de que seré ese hombre, el que dedicará la vida entera a ser lo mejor para ti. Y ahora, para nuestros hijos también, para los tres —añadió sonriente.

—Robin…

Regina quería decir algo, pero Robin sacó la mano de su chaqueta y ofreció a ella una pequeña cajita de madera. Él, con dedos rápidos, la abrió y allí apareció un anillo dorado, con una piedra de cristal en medio; discreto y elegante, lo suficientemente exquisito para una reina.

—Regina, ¿quieres casarte conmigo?

~OQ~

—Así que Regina nos vuelve a ganar incluso en un juego de mesa —dijo David a su esposa, con un dejo de ironía.

—Supongo que así es —sonrió Mary Margaret, divertida—. Oye, Henry, ¿y cómo está ella? Quiero decir, con todo lo del bebé.

Mary Margaret había querido preguntárselo a su nieto desde que llegó a casa, pero Emma le advirtió que fuese cautelosa. Quizá Regina quería mantener algunas cosas privadas.

—Oh, bien —dijo Henry, moviendo hábilmente las piezas en el tablero—. Aunque algunas mañanas está demasiado irritable y todo le da náuseas. Robin dice que es porque así es cuando se va a tener un bebé.

—Oh, pobre Regina, quizá yo deba… —comenzó a decir Mary Margaret.

Sin embargo, David le dirigió una mirada, idéntica a la de Emma, como advirtiéndole que mantuviera su distancia.

—Robin es bueno, es muy paciente con mamá —continuó Henry—. Hoy le preparamos una sorpresa.

—¿Ah, sí? —preguntó David, por inercia más que curiosidad, y también estrategia, por si conseguía distraer lo suficiente al muchacho.

—Sí, él va a pedirle matrimonio.

Henry lo dijo como si nada, concentrado en la próxima movida que debía hacer. Sin embargo, David y Mary Margaret se quedaron boquiabiertos.

—¿Hablas en serio, Henry? —preguntó Mary Margaret, ofuscada.

—Sí, claro. Planeamos que fuese en el bosque, donde se conocieron… o algo así. Por eso Roland está con su madre y yo estoy aquí.

—Oh, vaya… —musitó David, sorprendido— Es una excelente noticia, ¿no lo crees?

Mary Margaret parecía no salir de su sorpresa.

—Sí, por supuesto —Henry asintió entusiasmado—. Por fin mamá va a ser feliz y es genial que sea con Robin.

—Dios mío, Henry, eso es maravilloso —dijo Mary Margaret, por fin.

—¡Oh! Pero Robin me pidió guardar el secreto, ¿de acuerdo? —dijo el muchacho, mirando específicamente a su abuela.

Al mismo tiempo, David dirigió una mirada a Mary Margaret también. Ésta miró a ambos un poco ofendida.

—¿Por qué me miran así los dos? —inquirió ella, mosqueada.

—Oh, por nada —esbozó una sonrisa David—. Espero que aún quieras que te enseñe algunos trucos con la espada, Henry, ahora que vas a tener un padrastro muy en onda.

—Creo que Robin es mejor con el arco y la flecha, ya me ha enseñado algunas cosas —rio Henry, contento.

—¿Ah, sí? —preguntó Mary Margaret, posando sus manos sobre las caderas—. ¿Y por qué nunca me pediste clases a mí?

Henry la miró un poco apenado.

—Está bien, está bien… —intervino David— Todavía podemos enseñarte a conducir… de nuevo —Mary Margaret soltó un suspiro—, o quizá ir de pesca.

—Olvídalo, Henry querrá hacer eso con Hook —rio Mary Margaret.

Sin embargo, el muchacho se había quedado callado. Intentó parecer distraído con el tablero, pero los Charming intuyeron que algo sucedía.

—¿O no, Henry? —preguntó de pronto David.

—No lo sé —respondió el chico, cabizbajo.

—¿Qué pasa?, ¿no te cae bien Hook? —preguntó Mary Margaret, de nuevo demasiado curiosa.

—No es eso… es que… —comenzaba a decir Henry.

De pronto llamaron a la puerta. David, aunque intrigado por la respuesta de Henry, se dirigió a abrir. Allí, en el umbral, estaba Mr. Gold, apoyado en su bastón. Llevaba un paquete bajo el brazo y esbozó una sonrisa de cortesía.

—Buenas noches, ¿se encuentra Henry?

El chico, en cuanto escuchó su nombre, giró hacia la puerta donde estaba su otro abuelo. Mary Margaret miró de reojo a Gold.

—¿Necesitas algo, Gold? —preguntó ella, un poco a la defensiva.

—Sólo hablar un momento con mi nieto —respondió Gold, sin perder la calma.

Henry miró a Mary Margaret con un poco de reserva, como pidiendo su aprobación. Tanto ella como David eran los responsables de él en ese momento y no quería desobedecerlos. Pero, al mismo tiempo, no sabía si quería hablar con su otro abuelo, con Gold, después de todo lo que había sucedido días atrás.

—Gold, no sé qué es lo que quieras de Henry, pero no te atrevas a hacerle daño —musitó David en la puerta.

—Jamás lastimaría a mi propia sangre —dijo Gold, un poco mosqueado.

—He escuchado esa promesa antes —siguió David, receloso—. Regina y Emma lo han puesto a nuestro cuidado, y si necesitas algo personal quizá debas hablar primero con ellas.

—Está bien, abuelo —intervino Henry de pronto, intentando que no se desatara una discusión—. Hablaré con él.

Henry había dicho "abuelo" a David, no a Mr. Gold. Éste lo entendió. El chico salió del departamento para hablar con él a solas, en el pasillo. David cerró la puerta, no sin antes lanzar una mirada de advertencia a Gold.

—Henry, sé que sigues muy molesto conmigo, pero quiero que tengas esto de vuelta —dijo Mr. Gold mientras extendía el paquete al chico—. Es la historia completa de tu madre. Quizá ahora no tenga mucha utilidad para ella, pero para ti sí. Creo que querrás leer sobre la persona que fue antes de que yo… bueno… yo le enseñara magia.

Henry tomó el paquete envuelto en papel que Gold le ofrecía, lo miró con cuidado.

—Gracias —dijo el chico.

Mr. Gold asintió, resignado a que no obtendría más. Giró para bajar las escaleras, pero antes se dirigió de nuevo a Henry.

—Quizá puedas volver a mi tienda, quiero decir, en el turno de Belle. Ella te echa de menos —dijo Mr. Gold antes de marcharse.

Henry no movió un solo músculo hasta que vio a su abuelo irse. Luego, entró de nuevo al departamento de los Charming, con el pergamino en la mano.

~OQ~

Regina se había quedado muda, no podía hacer nada más que llorar.

—No, ya no quiero ver más estas lágrimas —dijo Robin con dulzura, limpiando las lágrimas de ella con sus dedos.

—Robin… yo… —ella intentaba decir algo que fuese lo suficientemente bueno, como él lo había dicho, pero sólo pudo besarlo de nuevo.

Sus labios, siempre sus labios. Ella recurría a ellos cada vez que quería demostrarle que lo amaba, cada vez que quería saber que él la amaba también. Robin la besó también y luego la miró a los ojos.

—Espero que esto quiera decir…

—Sí, por supuesto que sí —rio ella, enjugándose las lágrimas.

Robin esbozó una sonrisa y finalmente deslizó el anillo en su dedo.

El bosque los protegía, el bosque siempre había sido su sitio.

~OQ~

Los siguientes días transcurrieron como en un sueño para Regina. Robin había dicho que tendrían la boda que ella quisiera. Sin embargo, ese era el problema: ella ni siquiera podía imaginar tener otra boda.

Decidió que lo mejor era no pensar en aquel día, el más horrible de su vida (quizá el segundo más horrible luego de la muerte de Daniel), en el que se había tenido que desposar con el rey Leopold. No le hacía bien. Pero tampoco podía evitar sentirse nerviosa con la sola idea de pensar en un nuevo matrimonio.

Primero, hubo que darle la noticia a Henry y a Roland. El mayor de los chicos se mostró contento y feliz por su madre y Robin, aunque no demasiado sorprendido, pues había sido cómplice en todo. Regina besó y abrazó a su hijo tanto como pudo, diciéndole lo orgullosa que estaba de lo buen chico que era. Roland no entendía mucho qué significaba que su padre se casara con Regina, pero creyó que debía ser bueno, pues todo lo que ellos hacían juntos así era.

De hecho, Robin tuvo que explicarle a Roland que los secretos no se contaban y que él debía ser cauteloso al no decir nada sobre la boda. El ex ladrón sabía que tenía que decírselo a Marian antes de que se enterara por otras fuentes. No podía permitir que sucediera de nuevo. Sin embargo, quería encontrar el momento ideal.

Mientras tanto, Regina lidiaba con elegir una fecha. Debía ser pronto, quizá en el otoño, pues el vestido de novia no luciría muy bien con una barriga prominente como adorno. Sabía que luego del tercer mes su cuerpo comenzaría a cambiar, si no es que ya lo estaba haciendo, y entonces odiaría ver su figura embutida en un vestido ajustado.

Sin embargo, luego de Henry, Roland y Tinkerbell, quien se mostró excelsamente entusiasmada, Regina contó sobre los planes de boda a otra persona más. Pese a lo que cualquiera pensaría, pese a lo que nadie imaginaba, Regina se lo contó a Emma.

La rubia se había sorprendido, naturalmente, pero de una manera positiva. Estaba contenta por Regina, por ese atisbo de final feliz que se veía para ella. Pero, lo que más le satisfacía, era saber que su relación era ya lo suficientemente buena como para que Regina le confesara algo así.

Por supuesto, la alcaldesa quería asegurarse de que Emma supiera que aunque ella ahora tendría una relación mucho más formal con Robin, compartiendo y criando un hijo juntos, no significaba que descuidaría a Henry.

A Emma jamás se le hubiese ocurrido algo así. Sin embargo, agradeció el gesto de Regina y no tuvo duda de que ahora su hijo tendría el hogar que siempre se mereció, aun cuando ella no pudo dárselo.

Mary Margaret quiso que Regina supiera que estaba muy feliz por ella y que, además de todo, quería ser parte también de su felicidad. Así que se ofreció para hacer todos los preparativos necesarios para la boda. Regina había escuchado su propuesta con un poco de reserva, después de todo: Mary Margaret era su hijastra. Pero parecía que ésta no lo recordaba, o no quería recordarlo, y prefería ver a Regina como una vieja amiga, o una hermana, de la que se había distanciado y con la que ahora podía volver a tener una relación buena.

Regina no podía evitar sentirse un poco abrumada por todas las tareas que había por hacer. Robin siempre estaba allí, apoyándola. Él intentaba que toda la presión y el estrés no la afectaran; después de todo, iban a casarse, nada más que eso. Sin embargo, él también tenía sus propias preocupaciones, pues no encontraba la forma de decírselo a Marian. Cada vez que la veía quería hacerlo, pero no sabía cómo.

Una noche, cuando faltaban un par de semanas para el gran día, Robin decidió hacerlo. Salió de la mansión Mills hacia Granny's para hablar con su ex mujer. Mientras tanto, Regina leía un libro a Roland antes de dormir. El pequeño, casi somnoliento, interrumpió de pronto la lectura.

Gina, ¿yo seré un buen hermano como Henry? —preguntó de pronto el pequeño con los rizos alborotados.

—Por supuesto que sí, cariño. No dudes de eso —sonrió Regina, enternecida, acariciando la cabeza de Roland.

—Nunca he tenido un hermano, no sé cómo cuidar de uno —siguió Roland, aparentemente un poco preocupado.

—Bueno, creo que cuando llegue el momento podrás hacerlo —respondió Regina, intentando disipar las tempranas inquietudes del pequeño—. Henry tampoco tuvo antes un hermano hasta que llegaste tú y lo ha hecho bien, ¿no crees?

—Sí —asintió Roland con una sonrisa.

Henry escuchaba todo desde su habitación. Él también sonrió conmovido. Le gustaba la hora de dormir, pues su madre todavía solía acurrucarlo como cuando era pequeño, igual que a Roland. Sabía que pronto habría otro niño más en la casa y las cosas cambiarían significativamente, pero Regina trataba de hacerle sentir que siempre sería su hijo, el primero de todos.

Él quería corresponderle también. Hacía una semana que había recibido de manos de su abuelo las hojas de la historia incompleta de su madre, las que hacían falta en su libro. Henry quería leerlas, pero algunas veces se detenía: Gold había dicho que pertenecían al pasado, a los días incluso antes de ser reina.

Mientras tanto, el pergamino con lo que restaba de la historia descansaba en el librero. Esa noche Henry se sintió curioso: quizá debía regresarle a su madre esas hojas para que las guardara donde ella quisiera.

Henry se levantó de la cama y fue hasta el pergamino, decidido a lo que iba a hacer. Desdobló con cuidado las hojas y, de pronto, una diminuta llavecita saltó de entre los pliegues del papel al suelo.

El chico miró extrañado: no recordaba haber guardado nada allí. Recogió la llave con cuidado y, repentinamente, su libro de cuentos se abrió, pasando las hojas de su interior con prisa, como si alguien invisible las estuviese leyendo.

Henry saltó asustado, pensó que lo correcto era avisarle a su madre, que estaba en la habitación de al lado, que algo extraño sucedía. Sin embargo, prefirió dirigirse hacia la puerta y cerrarla con llave. Luego se acercó a su libro, el cual se había quedado abierto justo en una página que mostraba una ilustración: una sola pared con una puerta en el medio, de la cual salía una resplandeciente luz.

El rostro de Henry se iluminó en cuanto se acercó al libro. Allí, en el dibujo de la puerta, donde estaba la perilla, un rayo de luz resplandecía más que todo. Henry observó la llave que sostenía en la mano, ¿sería acaso que eso abriría algo?

"Ve con mamá, ella sabrá qué hacer", se decía a sí mismo, pero por alguna extraña razón, decidió no hacerlo.

La llave parecía encajar muy bien en la perilla. Pero, ¿no sería absurdo? ¿Cómo una llave tan real abriría una puerta que aparecía sólo en la ilustración de un libro? Nada perdía con probar. Así que lo hizo: con un movimiento rápido, puso la llave encima del dibujo de la perilla.

Una ráfaga de luz inundó la habitación de Henry. El chico saltó al suelo, cubriéndose el rostro con el antebrazo. Estaba seguro de que su madre entraría en cualquier momento. Ella escucharía el ruido (porque estaba convencido de que se había escuchado algo así como una explosión) y derribaría la puerta con tal de saber qué sucedía.

Sin embargo, lo único que sucedió fue que todo se quedó en silencio. Y, delante de los ojos del asustado Henry, apareció un hombre: estatura baja, flacucho y con ojos saltones. Vestía ropajes peculiares, como todos los campesinos que él había visto antes de las ilustraciones del libro.

—¿Q-quién eres?, ¿qué haces aquí? —musitó Henry, con el corazón agolpado a su pecho.

El hombre esbozó una sutil sonrisa.

—Hola, Henry. Soy el autor.

~OQ~

N/A: He vuelto.