-2:13 AM
Richard caminaba bajo la fina lluvia de la noche. Caminaba sin rumbo, y sin embargo, se sorprendió a sí mismo camino de su casa. Desde la calle vislumbró luz en su sala de estar. Comprobó, extrañado, la hora. Siendo tan tarde como era, no esperaba encontrarse a nadie levantado.
Para su gran sorpresa, fue Alexis la que acabó abriéndole la puerta. Vestía el pijama, pero no parecía cansada.
-¡Papá!-exclamó, lanzándose a su cuello.-¿Dónde has estado?
Richard palmeó con suavidad la parte superior de su cabeza y dijo sonriendo:
-He ido a dar una vuelta por ahí.
Pero Alexis le conocía lo suficientemente bien como para saber que mentía. Entrecerró los ojos y ladeó la cabeza como diciendo "¿En serio? ¿No tienes nada mejor?". Richard sonrió con pesar, no quería preocupar a su hija. Aun así, ella leyó con precisión su expresión y aventuró:
-¿Beckett?-le había visto tantas veces discutir con la detective que sabía lo mucho que le afectaba. Tiró del extremo de su abrigo, haciéndo pasar hacia el recibidor. Aunque le apetecía mucho, se resistió a su abrazo.
-Ahora no. Luego.-se dio la vuelta mientras cogía el móvil del bolsillo de su abrigo. Tenía algo que hacer.
Si el no iba a poder protegerla, tendría que asegurarse de que alguien más lo hacía por él. No permitiría que acabase con su vida, aunque él no fuese a estar presente en ella nunca más. Era algo con lo que Castle no podría vivir. Se encerró en su despacho y permaneció a la espera de que Alexis se acercase sigilosamente para escuchar a escondidas. Pero no oyó nada al otro lado de la puerta. Richard se reclinó sobre la silla del escritorio y buscó un número en su agenda. Un número que tan solo había utilizado una vez.
-Señor Castle.-dijo una grave voz al otro lado de la línea. No parecía sorprendido.-¿A qué debo este honor?
-Beckett lo sabe.-se limitó a decir el escritor. Odiaba tener que llamar a aquel tipo del que tan poco sabía. Odiaba tener que confiar la seguridad de Kate a alguien así.
-¿Perdone?-preguntó la voz, como si no hubiese entendido.-¿Cómo ha dicho?
Castle resopló y, resignado, le puso al corriente de los últimos descubrimientos de su compañera. El señor Smith no le interrumpió en ningún momento. Se limitó a escuchar todo lo que el escritor le tenía que decir y, una vez hubo acabado, dijo:
-Gracias por manterme informado. Desde aquí me ocupo yo.-a Castle no le dio tiempo a reaccionar antes de que el misterioso hombre colgase el teléfono. Castle lo maldijo en voz baja antes de estrellar su teléfono contra la pared.
No debería haber confiado en él. ¿Quién sabía lo que se proponía? ¿Y si iban a por Kate de nuevo? A lo mejor todo había sido un engaño desde el principio y acababa de empeorar las cosas aún más. ¿Y si había puesto la vida de Kate en peligro? Desolado como estaba, se dejó caer con todo su peso sobre el respaldo de la silla y espiró fuertemente. Ya no había remedio. ¿O tal vez sí? ¿Y si avisaba a Kate? Era mejor que mantenerla ignorante de la situación... O tal vez tan solo supusiese la guinda en el pastel. Ya estaba suficientemente enfadada como para incrementar su ira. Tan solo serviría para que la detective se olviese más impaciente, más incauta. Lo único que conseguiría es que ella acabase haciéndose daño. No. Castle se frontó los ojos, intentando despejarse. Había sido un día largo y su cuerpo comenzaba a demandar su merecido descanso, pero el escritor estaba demasiado excitado como para pensar en irse a dormir. Tenía que dejar todo aquello bien atado.
De repente, se le ocurrió una idea. Pero no. No podía confiar en Esposito y Ryan, no esa vez. Aunque sabían que ambos querían lo mejor para la detective también sabía que los tres mantenían una relación casi fraternal. Conociéndoles, no iban a ser capaces de ocultar aquello a Beckett, no cuando sabían lo mucho que significaba todo aquello para ella. Castle se quedó sin opciones. No había nadie a quien pudiese acudir. La había cagado sin remedio.
Introdujo su mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros y extrajo de él un arrugado pliego de papel. De lo único de lo que no se arrepentía era de haberle escrito la nota. Su nota de disculpa, su nota de despedida. Su confesión de amor. "Bueno, tal vez eso no." pensó, entre divertido y nostálgico, el escritor. Le dolía no haber confesado el amor que profesaba hacia la inspectora, pero había temido que fuese demasiado para ella. No quería hacerle sentir ningún tipo de remordimiento, ninguna sentimiento de culpa que la obligase a volver a verle. Además, tenía la certeza de que el sentimiento no era mutuo. Y no se lo podía reprochar. Él se había lanzado sin reservas, sin artificios. Demasiado pronto, demasiado tarde. Poco importaba porque ella jamás se sentiría así por él. Por eso el escritor no pudo sino sonreír a su pesar y releer las palabras que se había negado a mostrar a la detective.
...Y aunque no sea el mejor momento, puede que sea el último. Llevo queriendo decirte esto desde hace ya mucho tiempo, pero nunca me he atrevido. Tal vez sea porque olvidaste la primera vez que me sinceré contigo. Debe de ser que no quiero quedarme con esto dentro de mí por más tiempo. Kate, tienes que saber que te amo. No sé por qué ni desde cuando. Tampoco creo que importe. Tampoco creo que vaya a cambiar nada entre nosotros. Aun así, siento la necesidad de decírtelo por escrito, ya que no me he atravido a decírtelo a la cara. Te quiero, Katherine Beckett. Ahí está, un pedazo de mí. Puede que eso sea de lo que más me arrepienta ahora mismo, de no haberte dicho cómo me siento. De eso y de haberte hecho daño, pero lo hice porque te quiero. Posiblemente la peor excusa que hubiese podido idear, aunque no por eso deja de ser verdad. Siempre fuiste la única, nunca vi a nadie más con los mismos ojos. Siempre estarás en mi corazón. Siempre.
Arrugó la nota y suspiró profundamente... Le dolía tener que hacer lo que iba a hacer. Pero debía decírselo. Como una vez le dijo ella, era su vida, y no su parque de juegos. Era lo suficientemente fuerte como para poder hacerse cargo de aquello. Obstinada, pero no estúpida. Si comprendía la gravedad de la situación, se pararía a escucharle.
Aun dudaba sobre si llamarla o no. Con suerte, no respondería al teléfono cuando viese que se trataba de él. Estaba deseando oír su voz, pero no quería tener que volver a ponerla en peligro. Aún así, debía hacerlo. Le haría escuchar, aunque ella no quisiera. Volvería a su casa si hiciese falta. Eso haría. Ni si quiera perdería un segundo más con aquella pantomima. Haría frente a aquel musculitos que la había acompañado a casa, fuese quien fuese. El coraje del escritor se tambaleó ligeramente al acordarse del hombre. No sabía si era el novio de Kate o tan solo un amigo. No sería la primera vez que le hubiese ocultado que mantenía una relación. Castle negó con la cabeza. "Da igual." Y se levantó de un salto, saliendo por la puerta de la casa a toda prisa, sin darle tiempo a Alexis a preguntarle dónde iba.
Aún llovía, pero Castle apenas parecía darse cuenta, una nueva emoción embargaba su ser. Cogió el Ferrari, que descansaba aparcado frente al portal, esperando ser despertado de su letargo. Condujo con rapidez por entre las desiertas calles de Nueva York, con el corazón desbocado por la simple idea de volver a ver a su musa.
_3:08 AM
Kate colgó el teléfono, contrariada. Comunicaba. Esta interrumpción le dio tiempo para recapacitar acerca de lo que estaba a punto de hacer. Sentía una sensación extraña. Sentía como si quisiese desprenderse de su conciencia. Quería sentirse libre de responsabilidades. Quería sentir. Quería dejar de pensar. Y lo único que quería en ese momento era a Castle. Como si fuese una necesidad primaria, imperante. Aunque no se había desprendido por completo del sentimiento de desasosiego que le producía pensar que él la había traicionado, se sentía más ligera. Ligera y libre. No del todo, pero manifiestamente más feliz.
No quería perder aquella sensación. Temía que la abandonase y volviese a sumergirse en las ruinas de su vida, incapaz de salir de ellas. Necesitaba respirar, notar cómo el aire fluía por sus pulmones. En aquel momento tan solo podía verse a sí misma años atrás, cuando aún era una cría. Cuando, de vez en cuando, sentía unas irrefrenables ganas de correr calle abajo hasta quedar sin aliento. Le apetecía experimentar aquella sensación de nuevo. Como un acto reflejo, la Beckett del presente se levantó de la silla y corrió hacia el ascensor, sin importarle las miradas entre divertidas y extrañadas que le lanzaron unos agentes.
Una vez abajo, corrió hacia la salida sin despedirse de Donald, quien se sobresaltó por la repentina partida la inspectora.
Kate corrió calle abajo, dejando que sus pulmones ardiesen, dejando que el viento revolviese su pelo, dejando que sus ropas se empaparan bajo la fina lluvia que caía. Se dejó llevar por la emoción del momento, sintiendo el frío de la noche sobre su piel. Con las prisas, se había dejado la chaqueta encima del escritorio, pero no le importó notar cómo se le ponía la carne de gallina, cómo le iban recorriendo la espalda sucesivos escalofríos. Lo único que sentía era paz. Se sentía libre. Se sentía bien.
-3:27 AM
Castle se sentó en el bordillo de la acera, abatido. No le había abierto la puerta. No le cogía el teléfono. No paraba de llover y tenía pensado quedarse ahí mismo toda la noche. Hasta que ella le escuchase. Ni si quiera la había visto asomarse a la ventana para comprobar si era él. Era tan cabezota...
Alzó la cabeza hacia el cielo y frunció el ceño. Su cuerpo temblaba ligeramente por el frío y la humedad. No iba a ser una noche fácil...
-3:21 AM
Kate paró en seco, en mitad de la calle. Su agitada respiración la ahogaba. Sentía la boca seca. Giró la cabeza y comprobó que, como bien ella sospechaba, se encontraba a pocas calles de su apartamento. Sus piernas reclamaban descanso tras la agitada carrera y emprendió su camino hacia allí. De todas maneras, no estaba como para trabajar.
Suspiró, satisfecha, mientras notaba cómo las finas gotas de lluvia mojaban su cara. Se sentía tan liberada... Como si haber admitido por fin su amor por el escritor la hubiese puesto en libertad. Todavía le odiaba, le odiaba con todo su ser. Pero le amaba. Le amaba por encima de todo. Algo imposible de concebir, inimaginable, pero real. Su amor por Castle luchaba con furia contra el odio que le profesaba en aquellos momentos. Y la lucha estaba reñida.
Beckett dejó que su cabeza continuase torturándose en silencio. No le importaba ya nada. No le importaba porque había conseguido derrumbar su muro, y se sentía bien. Se sentía poderosa. Cuando llegó a su calle la lluvia comenzó a arreciar con más fuerza, por lo que la inspectora echó a correr en dirección a su portal. Mientras corría intentando evitar calarse entera, se resbaló con uno de los adoquines de la acera, con tan mala suerte que perdió el equilibrio y se tamabaleó peligrosamente hacia los lados. Justo cuando su cuerpo fue a chocar contra el encharcado suelo, unos fuertes brazos la asieron por los hombros. Kate se tambaleó sobre el desconocido, apoyando sus manos sobre su pecho, intentando recobrar el equilibrio.
-¿Está bien?-preguntó con voz preocupada el escritor, quien había visto cómo la joven había perdido el control de su cuerpo y había alargado los brazos, evitando que cayese contra el suelo.
Kate levantó la vista y ambos lanzaron un jadeo casi inaudible cuando sus miradas se encontraron. Pasaron unos segundos, incapaces de pronunciar palabra. La lluvia iba cayendo con fuerza sobre ellos sin que apenas lo notasen.
Beckett notó cómo su corazón palpitaba de manera desbocada, intentando salir de su pecho. Castle se había quedado sin palabras, creía estar viviendo una ilusión. Creía imposible que en verdad ella se encontrase en sus brazos, tan preciosa y perfecta como la recordaba. Se sintieron a salvo en los brazos del otro, juntos. Habrían deseado prolongar el momento para siempre... pero el momento pasó y Kate reaccionó. Sus mejillas se colorearon al darse cuenta de que aquello estaba pasando en realidad, al verse rodeada por los brazos del escritor, quien la continuaba aferrando con fuerza, protegiéndola.
Castle abrió la boca para hablar, pero no salió ningún sonido de ella. Al segundo intento consiguió balbucear:
-Kate...yo...
Kate, cuyas manos habían permanecido hasta el momento, se alzaron hacia la cara del escritor. Con un dedo le cubrió los labios.
-Shhh, Castle. No digas nada.-rogó con un hilo de voz. Su interior seguía debatiéndose entre si amarle u odiarle. Kate se despegó de su parte consciente y dejó paso a su lado más irracional, más pasional. Era incapaz de despegar su vista de los profundos y entristecidos ojos del escritor. Odiaba verlo sufrir. Sufrir por su culpa. Odiaba saber que sufría porque ella se negaba a darle lo que ambos se morían por hacer.
Castle, reacio a dejarla huir de nuevo, volvió a intentar explicarle todo. Quería sincerarse allí y ahora. No había otro momento. Volvió a abrir la boca para intentar hacerla entrar en razón...
Pero Beckett fue más rápida que él y pegó sus labios a los suyos, inconscientemente, antes de que él pudiese añadir nada más. Richard no supo cómo reaccionar a la insistencia de ella. Se había quedado de piedra, incapaz de actuar. Cuando Beckett acabó de besarle, alzó la vista y con ojos terriblemente torturados, susurró.
-Rick, te amo.
Castle sólo pudo ver cómo se movían los labios de ella. No escuchó sus palabras, no quiso escucharlas. Era demasiado doloroso todo aquello. Sabía que había perdido el norte, se había vuelto loco. Ella le había vuelto loco. Veía cómo ella le miraba, expectante. Esperó con impaciencia, unas palabras que se negaban a salir de la boca del escritor. Una lágrima cayó por la cara de la detective, fundiéndose con el agua de la lluvia, que ya les había empapado por completo. Kate se dio la vuelta, dirigiéndose hacia el portal, pero Castle la tomó por la muñeca y la atrajo de nuevo hacia sí.
Esta vez no se paró a pensar lo que estaba haciendo. Castle colocó sus manos sobre la cara de la inspectora. La observó durante apenas un segundo, recordando el momento en el que, años atrás, la había besado por primera vez. Los ojos de Kate, anegados en lágrimas, esperaban una reacción por parte de él. Castle odiaba hacerla sufrir así, no la merecía. Y pensando esto, acerco su rostro al de ella, fundiéndose en un tierno beso...
XXX
