Capitulo 11
Unas tristes lágrimas comenzaron a correr libres por su mejilla perdiéndose en la inmensidad que tenía ante él. Había fallado de nuevo. Tenía que protegerla y había fracasado una vez más. Si solo hubiera llegado unos segundos antes ella se hubiera salvado. Una terrible sensación de deja vu recorrió todo su cuerpo, recordando la vez en que se vio en una situación muy parecida a la que ahora se le presentaba, y como en aquella ocasión no había podido hacer nada como ahora.
- ¡Mierda, otra vez no!
En un impulso de furia golpeó contra las inestables tablas, haciendo vibrar el frágil puente por completo. Este crujió ostensiblemente amenazando con terminar de destrozarse y dejarle caer a él también. Había perdido a Kagome y también su inútil espada que más que ayudarle, había sido la causante de la caída de la chica. Si no hubiera atacado tan alocadamente, si hubiera actuado con menos impetuosidad quizás ella...ella... Todo por su estupidez, por no pensar en las consecuencias de sus actos. Se limpio rápidamente las lágrimas cuando intuyo que alguien se acercaba.
- ¡Márchate!- gruñó sin mirar de quien se trataba.
- Hemos acabado con todos esos malditos demonios- contestó Sango a lomos de su fiel compañera- ¿estáis bien?, ¿dónde...dónde esta Kagome?- preguntó la joven al no ver a la miko junto al hanyou tal como esperaba.
Una terrible sospecha comenzó a fraguarse en su corazón al ver la cara desencajada del chico y los visibles rastros de humedad que surcaban su rostro. Inuyasha no lloraba, de hecho, solo lo había visto llorar una vez en los dos años que le había acompañado y fue cuando creyó que Kagome estaba...
Se llevó las manos a la boca intentando sofocar a duras penas el grito de horror que acudió a sus labios.
- No, no, no me digas que...- farfulló, siguiendo la mirada del hanyou hacia el abismo- no puede ser...se la llevó verdad, ¡dime que ese monstruo se la llevó!-le exigió exasperada, sabiendo en el fondo que no era así.
Inuyasha dio una callada como respuesta, únicamente recogió el arco de la chica que se había deslizado hacia el borde del puente, se incorporó y comenzó a caminar, cabizbajo, hacia la salida de la pasarela donde se encontraban los demás, expectantes por saber que había pasado con sus dos amigos y que razón le había hecho gritar a la exterminadora de una manera tan aterradora. Habían estado tan ocupados defendiéndose del ataque de los demonios, que no se habían percatado de lo sucedido en el puente. Al verle llegar solo y con cara sobria se temieron que Byokuya había logrado su objetivo, llevándose a Kagome con él. Pero al ver la imagen llorosa de la chica que llegó tras él montada sobre su mascota, comprendieron que algo mucho peor había ocurrido.
Se dejo caer arrodillado el hanyou, sobre la superficie pedregosa del camino. Tras él, la taijina bajo de su montura y mirando a las chicos les hizo un gesto negativo con la cabeza.
- ¡Por buda!, ¡hablad! ¿qué demonios ha ocurrido?
- Kagome esta... ella esta...ella cayó...- comenzó a decir la chica.
Kouga, más herido aún de lo que había aparecido ante ellos, se abalanzó ciego de odio sobre el medio-demonio y comenzó a golpearle el rostro con tal saña que los otros temieron que llegaran a matarse entre ellos, pero para su sorpresa el hanyou no hizo ningún intento por defenderse de los ataques del lobo y se limitó a permanecer impertérrito mientras este le hacia sangrar la cara a base de puñetazos.
- ¡Oh dios! A este paso lo va...lo va a matar- señaló Shippo, entre lágrimas amargas por la perdida de su defensora- Mi...Miroku tienes que separarlos...haz algo antes de que le haga mas daño.
El bonzo acudió en auxilio del hanyou y consiguió con mucho esfuerzo separar a Kouga del chico que estaba ya con la cara cubierta de sangre, pero el lobo se resistía a soltar a su victima y se revolvió furioso al agarre de Miroku, vociferando enfurecido.
- ¡Desgraciado híbrido! ¡no eres más que un inútil que no ha podido proteger a Kagome! ¡mal nacido, te matare, lo juro! ¡suéltame maldito humano! ¡has matado a mi mujer, hijo de perra!
El monje lo aprisionó firmemente usando su báculo como si de una prisión se tratara, impidiéndole abalanzarse de nuevo sobre Inuyasha.
- ¡¡Basta ya!!- interrumpió la exterminadora- ¡no ves que ni siquiera se defiende!
El pequeño zorro se aproximo al arrodillado hanyou y comenzó a frotarle a la cara con las mangas de su propio ahori sin otra intención de limpiarle la sangre y los restos evidentes de las lágrimas que se mezclaban en su rostro.
- Déjalo enano, no merezco tu ayuda, él tiene razón, todo es culpa mía- declaró el hanyou separándose del niño- si no la hubiera arrastrado a mi estúpida venganza, Kagome aún seguiría con vida.
- Pero...Inuyasha- alegó el zorrito entre lágrimas- no sabes si esta...si esta muerta.
- ¿De que hablas? ¡la vi caer al vacío ante mis propias narices y no pude hacer nada para salvarla!
El niño volvió a acercarse a él y lo agarró por la manga de su rojo ahori, tirando de ella para demandar su atención. En un gesto cariñoso le tomó el mentón con suavidad y le hizo alzar los ojos hacia el.
- Debes ir a buscarla, recuerda que la sacerdotisa Kikyou se enfrentó a algo semejante y continuo...bueno siguió por ahí- le recordó Shippo- Kagome es muy fuerte ¿no?, seguro que ella también estará bien- añadió esperanzado- ¿verdad?
Al mirar la cara del niño supo que encontrase lo que encontrase en el rió, debía ir a buscarla. No dejaría a Kagome, estuviera viva o muerta, a su suerte. Al menos la llevaría de nuevo a casa, con su familia al otro lado del pozo.
- Tienes razón, no te preocupes, traeré a Kagome de vuelta, cueste lo que cueste, es tan terca como una mula y no se dejara vencer tan fácilmente. Además, después de todo he de recuperar a colmillo- mintió descaradamente con un gesto de hombros.
Ante estas ultimas palabras el crío salto sobre su cabeza y le propinó un fuerte coscorrón.
- ¡Idiota insensible, olvídate de esa roñosa espada y trae a Kagome!
- ¡Maldito mocoso!, cuando vuelva ajustaremos cuentas tu y yo- le prometió, mientras se levantaba de un salto- vosotros continuad viaje, nos reuniremos mas adelante- dijo dirigiéndose a los demás que les observaban sorprendidos.
- De eso nada, yo iré contigo, perro sarnoso, no dejare de nuevo en tus manos la seguridad de mi mujer- indicó el lobo aun preso con el báculo de Miroku.
Intento soltarse pero el monje no se lo permitió.
- Herido como estas, no le serias de ninguna ayuda- expuso la taijina, al darse cuenta de que Miroku no estaba dispuesto a dejar libre a Kouga- será mejor que te quedes con nosotros hasta que recuperes tus fuerzas, Inuyasha sabe arreglárselas muy bien solo.
El hanyou no gustaba de exponer sus sentimientos ante nadie y supuso que necesitaba por su bien, ir el solo en aquella búsqueda. Kagome, sin duda era la persona mas importante para el en estos momentos y cualquier otra persona solo iba a ser un estrobo. Sabía que si Kouga acompañaba a Inuyasha y encontraban a la miko viva o muerta, acabarían de nuevo peleándose y sin ninguna duda alguna podrían acabar matándose entre ellos si nada o nadie los detenía.
- Oye Inuyasha ¿quieres llevarte a Kirara?, te puede llevar al fondo- añadió dirigiéndose al hanyou que comenzaba a alejarse hacia la orilla del precipicio.
- No te preocupes Sango, como has dicho se arreglármelas solo- respondió el aludido de espaldas, mientras determinaba la manera de bajar a las profundidades de la garganta- será de mayor ayuda para vosotros si ese bastardo vuelve.
Comenzó a descender al abismo saltado de peña en peña, agarrándose a los salientes rocosos cuando el camino se hacia menos transitable. En varias ocasiones resbaló peligrosamente por la pendiente teniendo que incrustar sus garras en la dura roca para evitar despeñarse, haciendo que sus dedos paulatinamente, comenzaran a sangrar. Continuó sin descanso hasta llegar a la altura de la extraña bruma que entorpecía su descenso, impidiéndole ver que había mas abajo. Casi a ciegas, prosiguió camino envuelto en aquella húmeda neblina que parecía querer tragárselo. Helado hasta la medula, consiguió traspasarla y solo entonces pudo divisar el fondo del abismo a unos cuantos metros, debajo de él. Miró desde su posición a su alrededor con la esperanza de hallar el cuerpo de la chica, pero lo único que vislumbraba era una luz rosada que parecía levitar sobre la superficie del río. Más allá, cerca de la orilla, advirtió la presencia de colmillo que sobresalía de una roca en la que se había clavado al caer. Acabó su trayecto saltando con ímpetu a la orilla del torrente de agua. Avanzó por la vera del río hasta donde se encontraba su espada, regresándola a su vaina. A escasos metros de la espada halló la mochila de la chica, medio abierta y con parte de su contenido desparramado a su alrededor. Recogió todos los objetos desperdigados y volvió a introducirlos en la bolsa sin perder ojo en ningún momento de aquella luz que se elevaba sobre la corriente.
Podía sentir la presencia de Kagome, incluso oler su sangre, cerca, muy cerca de donde él se encontraba pero no conseguía verla por ningún lado. Pensó que podía haber caído entre las rocas de la orilla o haberse precipitado en el río, pero no la halló por más que miró a su alrededor.
Como si presintiera algo extraño, observó más fijamente aquella rosa luminaria, para hacer un descubrimiento que le dejo completamente helado. La luz provenía de una figura traslucida que le resultaba tremendamente familiar, y flotando en sus brazos se hallaba la chica que tan desesperadamente buscaba, quedándose boquiabierto cuando reconoció a aquel ser, casi incorpóreo, que se hallaba frente a el.
- ¡Qué diablos!- exclamo atónito- tú...tú eres...
