Convivencia Explosiva

—Capítulo 11—

Una mañana muy placentera


Parte 1

Shintarō tenía un reloj interno, se levantaba por defecto a la misma hora todas las mañanas. La noche de ayer había sido un poco pesada por la payasada de su inquilino. Suspiró y se sentó al filo de la cama. A pesar de haber tenido un sueño reponedor, aún rondaba por su cabeza el mismo tema de discusión con Kazuya el día de ayer: noche de copas. No había botado a Kazuya de su departamento por la razón de no poder contestarle el argumento viril que utilizó como escudo: "¿Acaso a ti de vez en cuando no te dan ganas de coger? Es biológico, hermano, tú lo sabes". No tuvo las palabras para refutar algo así.

Shintarō suspiró y miró a su costado, el pelirrojo seguía dormido. No había despertado en más de 17 horas, el trago le había caído como una bomba. Seijūrō estaba envuelto en las frazadas que él le había dado sin que el otro siquiera lo notase. ¿Cómo diría que no a esa pregunta? La medicina era su pasión, pero muchas veces también le entraron ganas de olvidarse de todo y pasar un buen rato con alguien.

En esos momentos recordaba mucho a Kazunari. No había sentimientos encontrados hacia el menor. Después de dos años, le había perdonado el hecho de botarlo como un saco de basura al aparecerse Taiga un día en la puerta de Shūtoku con el dichoso hermano. Había perdido por muchos factores en esa oportunidad, pero a pesar de ello, Kazunari siempre fue accesible a encuentros sexuales fuera de algún compromiso. Takao Kazunari era así, liberal y de mente abierta. En cambio, no diría lo mismo de la persona que en ese instante se encontraba a su lado, ya que Akashi Seijūrō era muy diferente.

No tenía el valor suficiente como para insinuarle tener una noche de sexo. Su amigo no encajaba en la categoría de muchacho-fácil, ni siquiera estaba seguro de la sexualidad del pelirrojo. Shintarō alguna vez en Teikō le había comentado a Seijūrō su gusto por los hombres. Seijūrō lo sabía, todo lo contrario, a él que no aseguraba saber cuáles eran las preferencias sexuales del pelirrojo.

—Akashi… Akashi… —Shintarō lo llamó insistente—. Akashi…

—Todavía no, levántame a las 18:00. Recuerda que hoy es la invitación para el evento de Kotarō —murmuró adormilado y apretó los párpados.

—Son las 6:00 AM, Akashi. —Seijūrō gruñó—. Akashi, es lunes.

—¿Es lunes? —preguntó saliendo de las manipuladoras sábanas— ¿Por qué no me levantaste ayer?

—Porque te dormiste como una piedra —le respondió. Shintarō tanteó en la mesita de noche y tomó sus anteojos—. Despierta, debes tener clases hoy.

—Kotarō se debe haber molestado, me repitió toda la semana que no faltara.

—No te preocupes por eso en serio. —Seijūrō se frotó el rostro, la pesadez ya no estaba presente, pero no tenía ganas de ir a la universidad—. Ayer hablé con él, te estuvo llamando.

Seijūrō nunca se había comportado tan despreocupado, pero se rendía de ser el perfecto Akashi por un día. Regresó a la comodidad de esa cama y se tapó. El colchón era mucho más suave que el suyo en muchos aspectos. Recordaba que, para ahorrar unos cuantos dólares, todos en la casa en que vivía se habían comprado colchones en el mismo lugar. Una ventaja, pero una desgracia para su espalda.

Shintarō miró su closet detenidamente por un lapso, había entrado en indecisión matutina después de tanto tiempo. Se levantaba como todos los días, se duchaba, tomaba tranquilo desayuno y se iba, o se arriesgaba a preguntarle primero a Seijūrō si era bisexual y después insinuarle la posibilidad de tener un encuentro efímero. De todas las opciones para descargarse, Seijūrō siempre había sido uno de los primeros en su lista mental. Seijūrō era un típico niño bonito, bien parecido o atractivo. Cualquiera de las definiciones valía. Inclusive sin la heterocromía había vuelto a ser el chico amable y esquemático de siempre, ya no inspiraba miedo —excepto por su mirada dura en algunas ocasiones—. Era una persona acercándose a lo perfecto y era por esa razón exactamente que no se atrevía a hacerle una propuesta sexual ¿Por qué jugaría entonces? Era más atinado proponerle una relación seria; sin embargo, cuando las hormonas están revueltas, el criterio baja por la sangre hasta la otra conocida pequeña cabeza.

—Ese día te acostaste con una prostituta —Shintarō le dijo, era la mejor manera de comenzar una conversación que se inclinara a esos temas.

—¿Usé profiláctico? —preguntó desinteresado—. Un momento… ¿Me acosté con una prostituta? —repitió incrédulo volteando a ver a su amigo—. Esto es inaudito. Creo que esta es la primera y última vez que me embriago de esa forma.

—No sé si lo usaste, pero había varios en el piso. Espero que sí. —Seijūrō suspiró, nunca se hubiera imaginado en esa situación—. Es una suerte que no tuvieras pareja.

—Supongo que, si la tuviera, no me hubiese quedado, Shintarō. El respeto es pilar en una relación.

Shintarō asintió y miró el reloj, eran las 06:15, tenía quince minutos para volver a retomar el tema inicial sino todo el intento había sido en vano. Seijūrō se acomodó, sentándose y apoyando la cabeza en el respaldar de la cama. Shintarō vivía a dos calles de la universidad de Tokio, era la ubicación perfecta.

—¿Puedo ducharme en tu casa? —preguntó. Seijūrō recién se revisó el cuerpo y se dio cuenta recién que estaba completamente desnudo— ¿Dónde está mi ropa?

—Allí. —Shintarō le señaló la cómoda de la izquierda, encima estaba la ropa de su amigo—. La puse en la lavadora, está limpia.

—Gracias, así no será necesario regresar a mi casa —expresó con tranquilidad.

—Akashi —dijo. La voz le tembló por el nerviosismo—, tú… ¿por qué te dejaste llevar de esa manera? —preguntó desviándose un poco.

Seijūrō lo observó cinco segundos contados y jaló una suave sonrisa. Notó que Shintarō en realidad no quería cuestionarle las razones por las cuales decidió quedarse en la reunión del inquilino fiestero.

—Supongo que fue una de esas fortuitas ocasiones en las que deseas salir de la rutina a toda costa —respondió eligiendo cada palabra—. Una noche de alcohol, una noche de drogas y una noche de sexo. —Seijūrō enumeró los tres vicios mundanos.

—¿Te piensas drogar en serio?

—No, es ilegal y dañino —contestó y rio suave por la cara de espanto que había puesto su amigo al oír la palabra droga—. Eso me deja solo dos opciones, alcohol y sexo fortuito. —Shintarō no contestó, la sangre se le había acumulado en las mejillas. El rostro le ardía. Siempre había sido un libro abierto a las emociones, así intentara ocultarlas sin ningún éxito porque su cuerpo lo delataba—. Ya tuve el alcohol y me asentó bastante mal. —Seijūrō prosiguió—. Me falta el sexo, pero esa opción es inesperada.

—Supongo.

—Además, no es tan complicado cuando eres homosexual, creo que nunca te lo llegué a comentar —dijo inclinándose un poco hacia adelante y apoyó los brazos sobre las rodillas—. Es tabú, supongo.

Shintarō desvió la mirada hacia su espalda descubierta, la piel de Seijūrō seguía igual de pálida y tenía unas cuantas pecas que no las notaba si se sacaba los lentes. Las palabras de Seijūrō eran precisas e insinuaban dos puntos sencillos de captar: había entendido el tema que quería tocar su amigo desde el principio y que lo conocía lo suficiente como para inferir hasta ese grado tan connotativo.

Los minutos seguían avanzando, eran las 6:19 a. m. Seijūrō intentó salirse de la cama, pero Shintarō lo detuvo de manera eficaz. Seijūrō abrió los ojos de la sorpresa, el rostro contrario estaba a centímetros del suyo y esos ojos verdes solamente miraban hacia sus labios.

—No sé si sea también para mañana —susurró.

—No seamos sentimentales —respondió con suavidad. Seijūrō desvió unos segundos la mirada al reloj y sonrió—. Tienes 9 minutos, Shintarō. Supongo que Takao-kun le llamaría a esto el sube-y-baja.

No hubo duda de que ambos apuntaban a lo mismo. Seijūrō rompió la distancia entre sus labios, él no necesitaba desnudarse ni preocuparse por la ropa. Acercó a Shintarō jalando de su cuello probando de cada espacio de su boca. Era un beso mucho más placentero que en otras ocasiones. Lo confirmó ese día, Shintarō le atraía en más de un aspecto. Shintarō buscó apresurado el envase de lubricante y se la untó en el miembro sin ver, Seijūrō era demandante en sus besos como en su actitud.

Shintarō lo tomó de la cadera y lo levantó apenas antes de penetrarlo. Seijūrō jadeó por la intromisión y suspiró suavemente para relajarse. El lubricante había ayudado a ceder, pero el ardor siempre era el mismo al principio. Ambos escucharon el ruido que hizo Kazuya, sus pasos eran pesados y sus quejidos de tener sueño se oían por toda la casa. Seijūrō supuso que no debía hacer tanto ruido esa mañana.