Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas
San Valentín
—Lily —la llamó James. La pelirroja se volteó con expresión neutral, mientras el resto del grupo continuaba su camino hacia Hogsmeade—. Tenemos que hablar.
La joven rodó los ojos y se giró hacia Mary Macdonald, quien acababa de voltearse al oír la petición de James. Le hizo una señal indicándole que iban a encontrarse con ellos luego, acorde con el plan, y los dos leones se desviaron del concurrido camino que llevaba a Hogsmeade.
No quedaba la menor duda de que todo Hogwarts había bajado al pueblo: alguien se había dedicado a correr el rumor de que ese día inauguraban una nueva tienda en el pueblo, y todos los alumnos (salvo los de primero y segundo, que no tenían permiso para visitar Hogsmeade) esperaban expectantes la nueva atracción del pequeño pueblo.
Pero había algo en el que sólo se habían fijado varios alumnos: no todos los Slytherin habían bajado. De hecho, apenas habían visto unos cuantos que bajaran. Eso les había contado Marlene Andrews esa mañana. Al parecer, la Ravenclaw había madrugado ese día y había podido comprobar como la mayor parte de la casa de Slytherin también lo había hecho, pero no para bajar los primeros al pueblo, sino para volverse a las mazmorras una vez habían comido. Algo realmente extraño, si sabías que cierto grupo de serpientes tramaba algo para ese día.
Por suerte, los Slytherins no eran los únicos que habían preparado algo para ese día.
—¿Qué quieres? —preguntó Lily, sin sonar brusca.
James hizo una mueca. Desde que Tatiana Winsett se había inventado que James se había acostado con ella, las cosas no habían ido muy bien entre ellos dos; Lily no se había creído del todo que eso fuera cierto y creyó la explicación de James cuando lo hablaron posteriormente, pero ambos se habían dado cuenta de una cosa: la pelirroja no confiaba ciegamente en James, cosa que sí hacía él. Y el joven león no quería dejar que ese asunto se alargara más, porque estaba magullando la relación que tanto esfuerzo le había costado empezar.
—Sé que la confianza no es una cosa que se gane en un día —explicó James—. Pero te pido que me des un poco la tuya de ahora en adelante, para demostrarte que realmente sí puedes confiar en mí.
La pelirroja dudaba. Había sabido desde ese día que tarde o temprano tendrían que hablar de eso, ¿Cómo explicarle que le costaba confiar en la gente desde que su mejor amigo la humilló delante de todo el colegio? No creía que fuera algo difícil de entender, pero si James pensaba que su relación estaba mal por culpa de algo que le había hecho Severus tiempo atrás…
No quería imaginarse su reacción.
Iba a contestar, pero James se le adelantó de nuevo, con una amplia sonrisa.
—No quiero que me des tu respuesta ahora. No sería lógico —se rió amigablemente—. Te voy a demostrar que puedes confiar en mí poco a poco. Sólo te pido que, por el momento, me trates como a un buen amigo.
Ella sonrió.
—Me parece bien —concluyó Lily.
El joven se acercó para darle un abrazo.
—Quería que arregláramos un poco las cosas antes de este día —suspiró James—. Te mandaría de vuelta al colegio ahora mismo —se rió, al ver la mueca de Lily.
Ella se separó con gesto altivo.
—¿Crees que puedes más tú que yo en todo esto? —se rió ella—. Creo que nunca has visto pelear a una chica cabreada —le sacó la lengua antes de salir corriendo hacia el camino principal que llevaba a Hogsmeade.
James sonrió. Lily era lo más, aunque eso no le quitaba la extraña sensación de vacío que se le hacía en el estómago al pensar que ella estaría en medio del lío que iba a armarse en breve en el pueblo.
…
El resto de Merodeadores y Mary llegaron al pueblo y se encontraron con Fabian Prewett y Marlene Andrews, que habían bajado antes que ellos, tras contarles el extraño comportamiento de las serpientes esa mañana. Fabian se acercó a ellos con una amplia sonrisa y, antes de hablar, miró a todos lados para evitar que no hubiera nadie indebido escuchándolos.
—Un solo explosivo de estos y la Orden entera estará en el pueblo —les repartió varios explosivos mágicos de la tienda Zonko's—. No son normales —explicó, molesto, ante la mirada escéptica de Remus—, me los ha mandado mi hermano. Dice que los de la Orden los han trucado.
Los demás asintieron y Remus aguantó la penetrante mirada que Fabian le mandó. No le cabía la menor duda de que lo odiaba, Mary le había explicado todo los encuentros que habían ido sucediendo entre ambos a lo largo de las últimas semanas. De todos modos, sabía que Fabian era un buen chico y que no haría nada que pudiera hacer enfadar (todavía más) a Mary, quien los miraba alternativamente a uno y a otro, preparada para meterse si las cosas se calentaban demasiado.
—¿Por qué no están ya aquí los de la Orden? —inquirió Peter, mirando inseguro de un lado a otro.
—Alguien de la Orden cree que estamos exagerando y que no intentarían nada tan cerca de Dumbledore —explicó Fabian, molesto—. De todos modos, aceptaron la propuesta de Gideon de darnos algún método para avisarlos si de verdad sucedía cualquier cosa.
—Muy bien —dijo Sirius, guardándose dos explosivos en los bolsillos—, ¿Habéis visto algo raro por el pueblo?
—Salvo la nueva tienda, no he visto nada más —repuso Marlene—. Y me da que no estaríamos equivocados si empezáramos a buscar allí.
Todos asintieron.
—¿Sabéis? —propuso Mary—. Yo nos dividiría por grupos. No podemos meternos todos allí y dejar el pueblo sin vigilar.
En ese momento llegaron James y Lily, acalorados por el gran tramo que acababan de correr. Remus les hizo un pequeño resumen de lo que habían estado hablando y Fabian les dio el resto de explosivos a ellos dos.
—¿Nos haremos daño si explotan cerca de nosotros? —inquirió Lily, preocupada. No le habían gustado nunca todas esas cosas ruidosas y volátiles. Fabian asintió divertido de la expresión de la pelirroja.
—Venga, Lily —se quejó Marlene—. Tenemos que empezar o la fiesta empezará sin nosotros —se rió ella.
Así, el grupo se dividió y Peter, Fabian, Mary y Sirius fueron hacia la nueva tienda, mientras los otros cuatro se dividían y empezaban a buscar a los Slytherins sospechosos por el pueblo.
…
La tienda se encontraba en los límites del pueblo y estaba situada en un edificio realmente destartalado. Los alumnos se amontonaban para hacer una larga cola que les permitiría entrar y los chicos se colocaron en el final de la misma.
—Lo han conseguido, tienen a todo el colegio aquí —suspiró Mary, observando la larga cola que se extendía delante de ellos—. No vamos a entrar ni dentro de tres horas.
Sirius sonrió.
—Déjame a mí —se apartó de la cola y empezó a recorrerla toda.
Buscaba a Juliet Adler, la chica con la que se estaba viendo últimamente. Le había explicado que no estaría con ella ese día, pero que iba a recompensárselo; ella tampoco se había enfadado y le había dicho que estaría, muy probablemente, con su amiga Emmeline Vance. Le extrañó llegar casi al final de la cola y no encontrársela. En su lugar, pero, se encontró con otra persona.
—Buenos días —saludó mordaz—. ¿Has visto a tu hermana?
Sid Adler lo fulminó con la mirada. A su lado, Tatiana Winsett evitó el contacto visual con los ojos de Sirius y le puso una mano en el hombro a su novio. La Slytherin culpaba a Sirius del suicidio de su hermana y no le había vuelto a dirigir la palabra; Sirius apenas tenía remordimientos por lo sucedido (¿Qué culpa tenía él, cuando había sido Tatiana la que había jugado sucio?) y la relación con Tatiana no le molestaba en absoluto. Nadie entendía cómo podía a Sirius serle indiferente que su ex novia se hubiera suicidado, pero terminaron por creer que no lo exteriorizaba, aunque sí se sentía mal.
—No vendrá por aquí hoy —contestó Sid—. Se lo he prohibido —gruñó. Tatiana, a su lado, le apretó el hombro para que callara y ese gesto no se le hizo disimulado a Sirius.
Saber que ni Juliet ni Emmeline iban a estar por el pueblo le tranquilizaba; no quería tener que preocuparse por alguien que le importaba demasiado si las cosas se ponían mal y le había prometido a Regulus que evitaría que Emmeline fuera al pueblo. Todo estaba saliendo a pedir de boca.
Volvió hacia donde estaban los otros.
—Nada, no tengo contactos —explicó—. Pero vamos a entrar sin problemas: Winsett todavía está fuera.
Tal y como había predicho Sirius en menos de un cuarto de hora, todos habían entrado en la casa, que resultó no ser una casa. Cuando cruzabas el umbral encontrabas un largo pasillo. Todos lo fueron siguiendo, percatándose que el pasillo descendía por debajo del suelo, hasta que llegaron a una enorme sala. Antes de entrar a la sala había un par de hombres que no habían visto nunca por Hogsmeade.
—¿Nombre? —preguntó uno de ellos.
—Mary Macdonald, Sirius Smith, Fabian Evans y Peter Vance —mintió Mary.
Habían acordado dar apellidos de origen muggle porque se percataron de que dividían la cola en dos partes. Tal y como imaginaron, tras consultar una lista, el hombre los mandó a todos hacia la zona donde se habían congregado los demás alumnos de origen muggle.
—Fabian —preguntó Mary de pronto—. Si estamos aquí no podemos tirar ningún explosivo —objetó preocupada.
Todos se voltearon a mirarla.
—Mierda —comentó el Ravenclaw, mientras más hombres desconocidos mandaban al otro grupo, todos los hijos de magos, a seguir por un pasillo que quedaba al otro lado de la gran cueva—. Mierda, mierda, mierda.
Cerraron la puerta cuando salió el último y la gente empezó a percatarse de que algo no iba del todo bien.
…
El otro grupo también se había dividido. Habían quedado que, si en media hora no encontraban nada interesante, se encontrarían en el mismo lugar donde se habían separado. Faltaban cinco minutos y Lily regresaba al lugar acordado helada por el frío viento que mecía el pueblo. No había encontrado absolutamente a nadie, excepto algunos pueblerinos, y cada vez estaba más segura de que, cualquier cosa que pudiera suceder, pasaría en esa nueva tienda. Oyó unos pasos detrás de ella y se volteó rápidamente.
Pudo ver cómo Snape se escondía por la calle perpendicular a la que estaba y ella se fue en esa dirección. Lo vio corriendo calle abajo y lo siguió. Apenas había hablado con él desde que decidió no volver a hacerlo, pero ese era un momento en el que podría ser útil entablar conversación. De todos modos, él la estaba siguiendo y eso le parecía sospechoso.
—¡Severus, para! —gritó finalmente.
El joven obedeció, pero no llegó a voltearse.
—No me sigas, Lily —le suplicó desde la misma posición.
La Gryffindor enarcó una ceja.
—¿Por qué?
Antes de que Severus pudiera responderle apareció otra persona en la callejuela. Mulciver, grande y fornido como ninguno, avanzaba hacia ellos con la varita en alto.
—No deberías estar aquí, Snape —murmuró enfadado. Snape lo fulminó con la mirada y vio que apuntaba a Lily con la varita. Se volteó para mirarla y ella también la había sacado. Snape estaba en medio—. Vete y déjamela a mi.
Snape se quedó en el sitio.
—¿No me oyes? —gruñó furiosa la serpiente, levantando la varita para atacar. Pero un rayo impacto en la cabeza de Mulciver, que se desplomó al suelo, dejando al descubierto el atacante, que estaba detrás de él.
—Es de cobardes atacar por la espalda —le dijo Snape a James, quien hizo caso omiso y corrió hacia Lily, que ahora apuntaba a Snape con la varita.
El joven Slytherin se quedó parado al observar eso
—Severus, vete del pueblo —ordenó ella—. Las cosas no saldrán como tenéis pensado.
El joven Slytherin frunció el ceño y James miró enfadado a Lily. No entendía por qué le estaba explicando al enemigo que sus planes no iban a funcionar cuando todavía no sabían exactamente qué querían hacer ellos.
—Vete —repitió Lily, con un leve tono de preocupación en la voz. James la miró, sintiéndose cada vez más decepcionado.
—No vayas, Lily —suplicó Snape, antes de irse del lugar, en una dirección demasiado ambigua para que nadie pudiera saber hacia donde se estaba dirigiendo.
James suspiró y le pasó a Lily el brazo por el hombro.
—Vamos hacia la plaza, a buscarlos a todos —dijo, cogiéndola de la mano y llevándosela de ese lugar.
…
Los habían desarmado a todos. Sus compañeros se agrupaban al lado de una pared, asustados por lo que les podía suceder, mientras más gente iba apareciendo en esa cueva. Mary y Peter miraban desconcertado a Sirius y Fabian, quienes se encontraban examinando toda la cueva en búsqueda de alguna salida.
—No creo que dejen entrar a nadie más —susurró Fabian, observando que todas las puertas estaban cerradas y que los que llegaban lo hacían apareciéndose.
—Cuando los demás lleguen y lo vean avisarán a la Orden —concluyó Sirius, mirando intensamente hacia la puerta.
Mary suspiró.
—Esperemos que vengan rápido.
Contándolos a todos, calculó Peter, allí debía haber unos cien alumnos. Sería imposible que todos pudiera huir rápidamente por esas pequeñas puertas de entrada y salida, nadie tenía su varita y la mayoría de los allí presentes no sabían aparecerse.
—¿Sabéis por qué estáis todos aquí? —gritó de pronto uno de los hombres, haciendo que se hiciera el silencio entre los asustados alumnos—. ¿Sabéis quienes somos nosotros? —se rió de sus caras asustadas. No eran necesarias las presentaciones. Todos los allí presentes sabían que esos eran mortífagos y que iban a matarlos por ser hijos de muggles.
Una mujer de cabello negro apareció en medio de la cueva. Era alta y de porte elegante. A Sirius se le cortó la respiración cuando se volteó y reconoció el rostro de su prima Bellatrix, mirándolos a todos con expresión de triunfo.
—Lo han organizado muy bien —sonrió orgullosa, volviéndose al hombre que había hablado—. Felicita a tu hermana de mi parte, Amycus. Creo que el Señor Oscuro estará muy contento con esta hazaña.
Sirius se había volteado para evitar que su prima lo viera. No sabía cual iba a ser su reacción si lo descubría, pero prefería no adelantar los acontecimientos. Mary lo miró extrañado, pero no hizo nada cuando Sirius empezó a colocarse disimuladamente detrás de ella.
—¿Con quién empezamos? —preguntó otro hombre, frotándose las manos como si estuviera apunto de iniciar un gran festín de Navidad. Los demás se rieron ante su movimiento.
—Me da igual —contestó Bellatrix—. Pero debemos darnos prisa, porque no me fío mucho de la chapuza que han hecho para que no nos encuentren —se volteó hacia los alumnos—. Tú, ven —sonrió sádicamente—. Vas ahorrarte todos los gritos que darán tus compañeros cuando mueran.
Mary se había quedado paralizada. El dedo de Bellatrix apuntaba directamente hacia ella. Negó levemente con la cabeza y dio un pequeño paso hacia atrás. Fabian la cogió de la muñeca y la apretó con fuerza.
—No vayas —susurró el Ravenclaw, pálido como la nieve.
Mary se volteó hacia él, temblando entera.
—¿No me has oído? —gritó de nuevo Bellatrix.
Entonces fue Sirius quien se adelantó un par de pasos. El rostro de su prima fue todo un poema. Lo miró a él y a los demás mortífagos que estaban en la cueva.
—¿Qué demonios estás haciendo tú aquí? —gritó furiosa. Sirius se extrañó ante esa reacción—. ¿Hay más sangre limpias, que no sean renegados, por aquí?
Fabian sonrió y levantó el brazo. Algún alumno de quinto, que vio una vía de escape, también levantó la mano. Al rato, casi la mitad de los alumnos la habían levantado.
—¡Maldita sea! —gritó Bellatrix furiosa.
—¿Cómo vamos a saber quienes lo son y quienes no? —preguntó otro mortífago. Sirius lo reconoció. Era el marido de Bellatrix, Rodolphus Lestrange. También reconoció al que había al lado de este, porque era Rabastan, el cuñado de su prima.
—¿Vais a arriesgaros a matar de los vuestros? —preguntó Peter con sorna, sacando valor de cualquier sitio—. ¡No creo que eso le guste a vuestro jefe!
Bellatrix se encolerizó y sacó la varita, apuntando a Peter.
Todo sucedió muy rápido.
Para defenderse, Peter le lanzó a Bellatrix uno de los explosivos de Fabian. Antes de que este hubiera llegado al suelo, Sirius lo estaba imitando, y Fabian abría su mochila para repartir más entre los alumnos. Explosionó el que había lanzado Peter y todo se llenó de humo.
En menos de un minuto nadie era capaz de ver nada.
—¡Al suelo! —gritó Fabian, al notar como algo pasaba rozando su cara. Les lanzaban hechizos a ciegas. Agarró a Mary que estaba a su lado y la empujó hasta que se aseguró de que ella estaba tumbada. Luego pasó un brazo por encima de su espalda, aunque sabía que eso no iba a protegerla mucho.
Un golpe mucho más fuerte que todas las explosiones retumbó en aquel lugar. Los hechizos cesaron. Otro golpe, todavía más fuerte.
—¡Son los de la Orden! —exclamó alguien entre los mortífagos.
—¡No podemos desaparecer! —gritó otro.
El humo empezaba a disiparse. Sirius se había esmuñido hacia las varitas, que estaban apilonadas en un rincón, y había cogido algunas y regresaba junto a sus amigos arrastrándose por el suelo.
—Tomad —les dio una a cada uno.
Mary se volvió hacia Fabian.
—Estás sangrando —comentó, pasándole un dedo por un rasguño que tenía en el pómulo izquierdo. Él hizo un gesto para quitarle importancia, pero no pudo evitar una sonrisa cuando el dedo de Mary lo rozó.
—Estad atentos —murmuró Peter, al ver que todos los mortífagos se agrupaban en el centro de la cueva. Muchos de los mortífagos estaban volteados hacia Bellatrix, porque no sabían qué hacer.
—¡Deshaceos de unos cuantos y nos largamos! —gritó ella, abriendo la puerta por donde habían sacado a los sangre limpia. Algunos mortífagos la siguieron y otros se voltearon hacia los alumnos. Mary cerró los ojos, intentando recordar algún hechizo que los pudiera ayudar. Se oyó otro golpe en la puerta, que empezó a salirse de las bisagras.
—¡Protego Totalum! —gritó Mary.
Los hechizos que lanzaron los mortífagos rebotaron contra el techo. La cueva entera tembló. Se oyeron gritos de pánico y la puerta finalmente cedió. Una veintena de personas entró corriendo, seguidos de cerca por los tres Gryffindor y la Ravenclaw. Los mortífagos empezaron a huir.
—¡Fabian! —gritó un joven que era clavado al Ravenclaw, con el mismo cabello pelirrojo—. ¡Os quiero a todos fuera de aquí! ¡Ahora mismo! ¡Esto se va a derrumbar!
Gideon Prewett se unió a los demás miembros de la Orden que corrían detrás de los mortífagos.
—¡Todos fuera! —gritaron Remus y Marlene a los alumnos que seguían estirados en el suelo. La cueva retumbó de nuevo cuando el hechizo del último mortífago que quedaba impactó contra una pared antes de ser abatido por el hermano de Fabian.
Los alumnos empezaron a correr hacia la puerta. Fabian agarró a Mary por la mano y se la llevó corriendo con sus compañeros; Peter y Remus los siguieron de cerca. Marlene se quedó parada, mirando alternativamente la puerta por donde se estaban yendo los alumnos y la por la que se habían ido los miembros de la Orden. Miró a James. A Lily y a Sirius.
—Podemos hacerlo —exclamó de pronto, con los ojos encendidos de rabia.
James no se lo pensó dos veces. Echó a correr hacia la puerta por donde se habían ido los miembros de la Orden seguido de Sirius.
—¡James, no! —gritó Lily, pero los dos ya habían desaparecido por la puerta y Marlene también.
Ella iba a seguirlos, pero cayó una gruesa piedra del techo. No creía que fuera a tener tiempo de cruzar toda la sala, así que se fue en dirección contraria, hacia la otra puerta, oyendo como detrás de ella caían todavía más piedras.
…
—¡Deberían habérnoslo contado! —rugió la profesora Minerva McGonagall.
Lily, Remus y Peter se encontraban en su despacho. Fabian y Mary estaban en la enfermería esperando a que les curaran algunos rasguños que se habían hecho durante la huida, como la mitad de los alumnos que se habían escapado de la cueva.
—Profesora, nosotros… —empezó Remus.
—¡Cállese, señor Lupin! —bramó la profesora, roja de ira—. ¡Podían haber resultado heridos! ¡Podía haber muerto mucha gente! ¡No nos avisaron!
—Avisamos a la… —intentó Peter.
—¡A la Orden del Fénix! —bufó la profesora—. ¡Era innecesario exponer a todos sus compañeros a semejante peligro! ¡¿En qué estaban ustedes pensando?
Lily se hartó.
—¡Ya se lo hemos dicho! —gritó ella.
—¡Cállese, señorita Evans! —la cortó McGonagall.
—¡No! —exclamó ella—. ¡Cállese usted!
La profesora se quedó a cuadros. Era la primera vez en su vida que un alumno la mandaba a callar. Y jamás de lo hubiera esperado de una alumna ejemplar como Lily Evans.
—¡Si se lo decíamos había las mismas vidas que perder, porque hubieran asesinado a los que lo organizaron todo! ¡¿Debíamos salvar unas vidas a costa de otras? —chilló la pelirroja, poniéndose del mismo color que su cabello.
La profesora se quedó sin palabras.
—¡Nos lo dijeron, nos alertaron, arriesgando su propia vida! —prosiguió la leona—. ¡Nos dieron la oportunidad de salvarnos poniendo en peligro su vida! ¡¿Debíamos pagarles con la muerte?
McGonagall desvió la mirada, frunciendo la frente.
—Se podía haber buscado otra solución… —murmuró apenas sin voz.
Lily se sentó en la silla y Remus le pasó el brazo por encima de los hombros para reconfortarla. Ella hundió su cabeza en la espalda del muchacho y él la abrazó.
—¿Se sabe ya algo de los demás? —preguntó Peter con un hilillo de voz.
La pelirroja tembló entera y Remus la abrazó con fuerza. Hacía ya dos horas que James y los demás se habían ido siguiendo a los miembros de la Orden y a los mortífagos, y no se sabía absolutamente nada de todos ellos.
—Se adentraron en la zona del Bosque Prohibido que rodea Hogwarts —dijo McGonagall, intentando disimular su preocupación.
Alguien llamó a la puerta del despacho de la profesora y apareció el pequeño profesor Fliwtick.
—Dumbledore ha llegado con los cuatro alumnos que faltaban —anunció con una amplia sonrisa.
Lily se levantó y echó a correr, empujando al profesor para que se apartara de en medio. Peter y Remus lo siguieron.
…
La enfermería parecía un campamento militar tras una ofensiva enemiga, y más o menos era lo que era. Madame Pomfrey había pedido ayuda al profesor Slughorn y a la profesora Sprout para poder atender a los más de cincuenta alumnos que se esperaban en la puerta.
—Creo que lo nuestro no es nada urgente —comentó Fabian, observando a una niña de Hufflepuff de tercero que parecía haberse roto un brazo por la forma extraña que tenía su extremidad. Fabian se examinó a si mismo. Tenía el rasguño del pómulo, y varios más en los brazos. Mary, por otro lado, tenía un corte en el labio inferior que seguía sangrando.
—Y esto te lo puedo curar yo —matizó Fabian, señalándole el labio a Mary—. ¿Vamos a ver si ya han llegado los demás?
Un chico de quinto de Ravenclaw, que hacía un buen rato que presionaba el corte que un amigo tenía en el brazo, se desmayó por culpa de la impresión que le daba la sangre. Fabian rodó los ojos.
—Vayámonos de aquí —se rió, al ver la cara de espanto que tenía el joven desmayado.
Mary lo siguió, porque no tenía más opción. Desde que habían salido de la cueva y Fabian la había cogido de la mano, no se habían soltado.
—Me sé el camino —comentó cortante.
El Ravenclaw se dio cuenta de que todavía no la había soltado y la dejó estar, con una amplia sonrisa en el rostro. Levantó un dedo y le tocó la nariz.
—Suerte que no te ha pasado nada, ¿verdad? —preguntó divertido, sentándose en un banco de piedra que había en un pasillo paralelo al de la enfermería.
Mary enarcó una ceja.
—¿Nada a mi? —inquirió atónita—. Nada a nadie, querrás decir, ¿no?
Fabian se rió.
—Piensa lo que quieras, Mary.
Ella no repuso, pero se sentó a su lado. Ambos se quedaron unos minutos en silencio, observando el vacío mientras las lejanas quejas de los compañeros magullados llenaban el pasillo. Finalmente, Fabian se volvió hacia Mary.
—¿Te curo lo del labio?
No esperó respuesta. Le pasó una mano por la cintura y otro por la nuca para atraerla hacia él. Mary no se apartó ante el intento de beso. Es más, lo correspondió.
…
Lily corrió hasta la entrada del colegio, seguida de cerca por Peter y Remus. Subiendo las escaleras se encontraba Marlene, al lado del profesor Dumbledore, que sonreía amablemente mientras escuchaba cómo la Ravenclaw le relataba lo sucedido.
Llegaron McGonagall y Flitwick acalorados por haber bajado corriendo. Con ellos llegó también el profesor McKinnon, que suspiró y se apoyó contra la pared al ver que Marlene estaba bien. Por su suerte, nadie se fijó en eso.
Detrás de Dumbledore y Marlene seguía Sirius junto con Gideon, el hermano de Fabian, que lo ayudaba a andar.
—¡Ha sido alucinante! —les gritó a Remus y a Peter. El primero rodó los ojos y el segundo sonrió boquiabierto—. ¡Nunca había visto nada parecido! ¡Eso sí que eran duelos, no la mierda que nos enseñan aquí!
Remus sonrió ante la locura de Sirius y Peter soltó una carcajada. Los dos fueron a suplantar a Gideon y ayudaron a Sirius a entrar.
Finalmente entró James. Venía hablando animadamente con un antiguo alumno del colegio llamado Frank Longbottom. No prestó atención a los que lo miraban hasta que quedó a dos pasos de ellos. Se revolvió el pelo con insolencia.
Y eso fue la gota que colmó el vaso.
—¡Eres idiota, James Potter! —gritó la pelirroja, acercándose a él y pegándole un bofetón.
Toda la insolencia del desapareció del rostro de James dejando paso a la pura incredulidad.
—¡¿Regreso vivo y me pegas? —exclamó enojado.
Ella soltó una carcajada, desconcertando a todos los que los observaban.
—Te pego porque has hecho que me preocupada por ti —sonrió—. Esto es por haber regresado vivo.
Le plantó un buen beso.
¡Bueno chicas!
Ahora sí. He vuelto a hacer cambios, pero ya seguiremos con las actualizaciones normales, cada dos semanas. ¿Os parece bien? ¿Creéis que ha merecido la pena la espera? ¡Espero que sí!
Agradecer un montón a: Judith Malfoy, .isa, Popis, Keiian, Kira Dumont, Sonia21, criss92, Steph Lovegood Black, Nixi Evans, , LilLi-JL y PamLess. Mil millones de gracias por esperar tanto tiempo.
Bueno, voy a seguir aquí la dinámica que sigo con Twilight. En mi blog (http : / efffies . blogspot . com) encontrareis adelantos de los capítulos. Solamente debéis quitar los espacios y pulular un poquitín para encontrarlo (si vais hoy mismo seguro que estará en el principio, sino, buscáis en la barra del menú, donde pone Adelantos). Ah, sí. También he pensado crear dibujos de los personajes, los pintaré y los colgaré en deviantart, ¿Os parece gracioso o mejor no me tomo el trabajo? (Esto sería dentro de un tiempo, que tengo trabajo).
Y bueno, aunque la idea es que actualice cada dos semanas, debo comentar que estoy hasta el cuello de trabajos, así que lo intentaré, pero no promero nada. Si no he aparecido en dos semanas, nos vemos en Febrero (jopé, qué lejos queda esto, sniff).
¡Besos enormes!
Eri.
