Capítulo 11.
Estaba más inquieta de lo normal, y es que no se podía quitar la sensación de Octavia Blake haciéndoselo sin parar en esa misma sala, aunque esa vez estaba un tanto distinta la decoración (dependiendo de quién fuese la primera en entrar cambiaba, en ese caso fue Lexa la que llegó antes que ninguna). Miró a su amiga, que leía un libro de pociones para adelantar, porque la Slytherin no estaba allí. Llevaban una hora en silencio, centradas en sus apuntes, pero realmente su mente no dejó de dar vueltas desde el día anterior.
Joder, es que fue demasiado intenso y lo deseó mucho en ese momento. Quería que pasase aquello con aquella chica de ojos verdes, lo admitía, pero esa noche soñó con Luna y se sintió fatal porque no la tuvo presente mientras estuvo follando con Blake (porque eso debía ser llamado por su nombre). Pensaba en Luna, mucho, y aún se estaba recuperando de su pérdida, sobre todo como amiga. Es que solo había pasado un mes desde que dejó de estar allí con ellas, pero fue un mes lento y horrible. Aun así, su mente no paraba de reproducir a sus ojos verdes y oscuros, sus manos, su boca y su nariz oliendo cada rincón de su cuerpo. ¿Por qué le ponía tanto que hiciese eso? Los besos de Luna eran lentos y pasionales y, joder, cuando la tocaba era de otra forma muy diferente a lo que tuvo el día anterior con la Slytherin: eso fue salvaje. Como toda ella. ¿Se arrepentía? No, no lo hacía.
En ese momento la puerta se abrió, y Lexa y ella cogieron las varitas, como siempre hacían por si tenían que defenderse. Sintió taquicardia cuando vio a Blake entrar con paso decidido, dejando que se sellase la pared tras ella. Frunció el ceño cuando la vio completamente mojada, con la túnica y el jersey hechos unos ovillos entre sus manos. Entonces se fijó en que su camisa se transparentaba y podía ver su sujetador negro.
Mierda, Reyes, no va a volver a repetirse aquella locura. Céntrate.
Cuando los ojos verdes de la chica se posaron en ella, miró la mesa haciéndose la distraída: Blake no era de las que los apartaba y ella no estaba segura de lograr que no se notase que el corazón se le iba a salir del pecho.
—¿Dónde has estado? —se interesó Lexa, dirigiéndose a la mesa para ver lo que traía en las manos.
—He estado investigando —cerró los ojos al escuchar su voz, ¿qué le pasaba?—, y he ido al bosque prohibido para buscar información allí.
—¿Has estado con los centauros? ¡Estás loca! —la acusó, pero Blake ni la miró.
—Estoy cansada de leer libros, Reyes. He pasado a algo más práctico —contestó sin más, manipulando su ropa, y se fijó que tenía una herida en el brazo, pues había sangre por su camisa.
—Te han herido —entonces levantó la vista y sus ojos verdes conectaron con los suyos, y tuvo que tragar saliva.
—Deberías habernos avisado, Octavia —participó Lexa y se colocó al lado del brazo que tenía mal, intentando comprobar el estado de este, pero la morena se zafó de ella.
—Escuchadme las dos: estamos perdiendo el tiempo aquí, tenemos que salir de esta mierda de sala y pasar a la acción, porque estamos en diciembre y no hemos conseguido nada. Clarke sigue igual y no creo que hayamos avanzado nada simplemente haciendo dibujos en una pizarra.
—Tienes razón. ¿Qué has encontrado? —se interesó su amiga, y ella bufó como toda respuesta.
—Los centauros no son demasiado amables, pero supongo que un poco de fuerza bruta no viene mal para conseguir algo que quieres —esa vez la miró otra vez.
—¿Los has atacado? —frunció el ceño—. Te pueden expulsar, cerebro de troll.
—No van a hablar, y tan solo los he amenazado con la varita y le he dado información que quizás les será valiosa —se encogió de hombros—. Son sabios en la cura de heridas mágicas y les he contado nuestro caso. Lo he llamado "Las sucias", ya sabéis, por vosotras —sonrió con orgullo, y ella rodó los ojos—. El final de la historia es que he encontrado estas algas en el lago —abrió la túnica del todo y se mostró unas algas gruesas y de color morado.
—¿Qué es?
—Se llaman Algas Utophe. Según me han explicado, puede regenerar partes dañadas del cerebro. Se han enternecido con tu historia de amor —se burló de Lexa con la expresión de su rostro, pero ambas estaban demasiado sorprendidas con lo que había conseguido Blake en tan solo una tarde.
—Gracias, Octavia.
Lexa se limpió una lágrima que se escapó y miró las algas de cerca antes de levantar la vista hasta ella, que le sonrió. Por fin una salida, y enfocó a Blake, que la miraba fijamente entre esos mechones negros y mojados.
—¿Quién te ha hecho eso? —señaló su brazo.
—Un grindylow. Ojalá se mueran —se miró el brazo, y se apartó la tela rasgada para observar la herida y se percató de que tenía un tatuaje en el bíceps.
Joder, Reyes, ¡deja de mirar cómo se transparenta su sujetador!
Sacudió la cabeza e hizo como que leía, pero no pudo evitar mirar antes a Lexa, que la miraba extrañada. Quería contárselo, sí, pero bastante tenía ya en la cabeza como para meterle también sus dramas. Era tonta y no debía dejar que se repitiese, así no tendría que contárselo a nadie. Algo que abandonaría en el pasado: estaría mejor allí.
—He pensado que podría aprovechar para dárselo durante la noche —escuchó la voz de Blake—. Así que tengo que conseguir que sea líquido para que sea más fácil la ingesta —volvió a levantar la vista y la vio incorporarse, rodeando la mesa y pasando tras ella, aprovechando para susurrarle mientras Lexa estaba entretenida toqueteando las algas—. ¿Ves cómo follar despeja la mente, Reyes?
Un escalofrío la recorrió cuando lo dijo, y no contestó nada, porque Lexa habló primero:
—¿Qué tenemos que hacer?
—¿Puedes coger de la biblioteca un libro que se titula "Pociones: de sólido a líquido"? —pidió Blake a Lexa, y esta asintió antes de largarse de allí rápidamente.
Cogió aire cuando se quedaron a solas, e intentó mirar el libro que tenía frente a ella, pero no tardó en sentirla detrás de su cuerpo. Cerró los ojos cuando Blake tocó los mechones que caían de su coleta, y no tardó en tenerla pegada a su espalda.
—Qué fácil ha sido librarse de la sangre sucia.
—No se va a repetir, Blake —intentó sonar firme.
—Ya… —sintió su nariz acariciando su nuca.
—Blake, apártate, por favor —intentó sonar firme, pero es que le temblaban hasta los dedos.
A la chica no le costó demasiado girarla para que quedase frente a ella, aún sentada en el taburete, y acabó mirando directamente su boca. ¿Por qué quería besarla? Cogió aire lo más disimulada que pudo y la vio sonreír: tenía arañazos por la cara, probablemente la pelea con las criaturas mágicas le pasó factura. Aunque tuvo recompensa.
Cerró los ojos cuando la chica la besó directamente, y suspiró cuando sintió su lengua delinear sus labios, separándolos para dejarle paso. ¿Así era como se mantenía firme? Parecía que no lo conseguía demasiado bien. Respondió el beso, dejando que entrase en su boca de esa forma invasiva y gimió levemente cuando sus dientes se hincaron en su labio inferior, notándola sonreír con chulería contra ella. La Slytherin agarró sus dos manos y las puso contra la mesa, que quedaba a sus espaldas, sujetando con fuerza sus muñecas. Se miraron agitadas y dejó que la besase de nuevo, disfrutando de cómo sus cuerpos quedaban completamente unidos.
—Para, Blake, Lexa va a volver —dijo seria, y vio que se lamía los labios antes de sonreír de lado.
—He visto cómo me mirabas, por eso me he inventado ese estúpido libro. Va a tardar horas en descubrir que no existe.
—Lexa no es estúpida y preguntará a Pince antes de perder tiempo buscándolo —rebatió—. No vamos a repetir.
—Lo que tú digas, Reyes —cedió, y pensó que se iba a separar, pero volvió a besarla.
¿Quién le iba a decir que Octavia Blake iba a tener esos labios tan suaves? Y es que en esos momentos no tenía ninguna herida en ellos, lo cual era raro, pero besaba de forma muy insistente. No sabía qué le quería decir, o siquiera si estaba intentándole decir algo, pero lo interpretaba como algo demandante, sobre todo por la forma en la que su lengua invadía su boca, sin cuidado.
Se ahorró el protestar cuando perdió el agarre de sus muñecas y la calidez de su boca contra la suya. La chica sonrió con chulería antes de arreglarse la camisa con un movimiento de varita e ir hacia un extremo de la mesa para comenzar a manipular las algas. Joder.
Vale, había funcionado el mantenerse firme, pero ahora se había quedado un poco necesitada.
X X X
Guardó los frascos en el baúl, llevaba varios días preparando las distintas pociones con la esencia de esas algas. Se había informado correctamente de cómo podía prepararlo, incluso habló con Severus Snape, el director de su casa. Le dijo que era una poción para ayudar a Clarke con los ataques epilépticos que le daban cada mes, aunque últimamente se habían multiplicado a dos por mes.
Hizo el preparado para tranquilizarla durante esos ataques y en la Sala de los Menesteres añadió el alga Utophe que ya tenía preparada con la ayuda de sangre sucia y cara sucia. Se dividieron los tarros para tener cada una mercancía por si pillaban a Clarke cerca, ella era la que guardaba más ya que la tenía en la cama de al lado.
Mordió su labio inferior al recordar a Reyes y sintió un escalofrío recorrerla mientras miraba sus dedos: los que estuvieron dentro de ella. Y sí, estaba muy apretada. Jamás estuvo así de excitada con un mago y era la primera vez que lo hacía con una bruja. Casi no tenía ni idea de qué tenía que hacer, fue todo improvisado o por imitación de lo que vio que Hilker le hacía aquel día. Incrementado, claro: no pudo controlar el follársela de esa forma. Una corriente eléctrica la recorrió completamente al recordar la forma en la que gemía, lo suave que tenía los labios, lo bien que apretaba sus dedos cuando estuvieron en su interior… ¡Joder!
No sabía si quería repetir, pero ella dejó claro que sí que quería cuando volvió del lago aquel día. Reyes no quiso y no iba a presionarla, porque no quería que fuese de esa forma por mucho que se muriese de ganas. Respeto ante todo.
Se llevó los dedos a la nariz y ojalá hubiese un hechizo para dejar el olor permanente en ellos, porque ese jodido día se dio cuenta de que Raven Reyes era exquisita, en todos los sentidos. No solo en sus partes más íntimas, sino su piel en su conjunto, sobre todo su cuello. Joder, su cuello olía muy bien. Mordió su labio inferior y vio que su puño estaba apretado, estaba ya excitada, como aquel día. No dejó que la tocase, porque no iba a gustarle a Raven, pero ella nada más volvió a su casa, se metió en la cama y se masturbó mientras la olía en sus dedos; en ese momento sí que estaba ahí su esencia presente. Jamás había tenido un orgasmo tan intenso, y se quedó un buen rato pensativa sobre todo lo que había sucedido. Un visto y no visto y de repente tenía su cuello atrapado con sus dedos y ese primer gemido que le salió de la garganta. El que lo desató todo.
Cerró el baúl de golpe cuando la puerta se abrió tras ella. Joder, ¿cuánto llevaba metida en sus pensamientos? Vio a Clarke entrando, desde su pelea en los pasillos de las mazmorras no le había dirigido la palabra, pero ahí estaba: observándola directamente.
—Dejemos esta tontería ya —habló la rubia, sentándose a su lado y colocando una mano en su pierna—. Me necesitas y te necesito, Octavia.
—¿Quieres que vuelva a estar lamiéndote el culo?
—No de forma literal, pero ya sabes que si te apetece… Si eres tú, quizás me deje —bromeó.
—Ni de coña.
—Estás últimamente muy tensa —rodeó su hombro y la acercó a ella—. En las fiestas hay algunos chicos que te echan de menos. Aunque en esta casa hay más bolleras de las que crees, ¿has solucionado el problema de tu sexualidad? Puedes probar con alguna para ver qué tal se te da.
Y lo primero que pensó es que esperaba que se le hubiese dado bien, porque quizás por eso Raven se negó a repetir el otro día. ¿Lo hizo mal? No quería hacerlo mal.
Se encontró de nuevo apretando el puño, e intentó relajarse mientras cambiaba el enfoque a Clarke. Entonces se le ocurrió una historia para que bebiese la primera toma en ese justo momento. Era hora de empezar tu cura, Clarke Griffin.
—Hablando de las fiestas. He estado trasteando con pociones, ya sabes, y he creado una mezcla nueva. ¿Quieres ser mi bruja-experimento y probarlo la primera? —ofreció, abriendo su baúl.
—Joder, sí. Dame de esa droga, nena.
Clarke nunca había tomado nada de lo que ella había hecho en el pasado o realizaba de vez en cuando en el presente cuando se lo pedían. Y, aunque fuesen distintas, quería que la antigua Clarke volviese, aquella que la ayudaba y estaba allí para lo que necesitara.
—Toma —le lanzó un frasco, que cogió la rubia al vuelo.
—¿Del tirón? —preguntó y ella asintió. La vio tomárselo y puso una mueca de asco antes de tirar el frasco contra el suelo—. Asqueroso, espero que los síntomas sean buenos.
—Créeme: lo serán. Ahora solo queda ver cuánto tardan en hacerte efecto. Vamos a clases, idiota.
Les tocaba Pociones en esos momentos, y se moría de ganas por ver las piernas de Reyes cubiertas por esos leotardos oscuros. Cualquiera leía su mente esos momentos y pensaba que era una puta pervertida. Quizás lo era. Y no le importaba tampoco demasiado.
—Me voy con los chicos. Que te sea leve tu clase favorita.
Frunció el ceño cuando Clarke se largó de allí, siendo seguida por las pesadas e idiotas de Echo y Ontari. Que les jodieran a las tres, por subnormales. Clarke siempre había odiado su vida y todo lo referente a su familia, y sabía que lo que le hacía el no ser de esa forma tan cruel y violenta que llevaba en la sangre era que estaba enamorada de Woods. Si casi no le sorprendió cuando iba por ahí besuqueándose con ella: siempre la defendía y los "Woods es mía" que sentenciaba para que nadie, excepto ella, la tocase. Que ese año se comportase así le ponía incluso los pelos de punta a ella.
Se sentó en la silla que tenía más que marcada para ella en la clase de Pociones, a un extremo del aula y ese día estaba sola allí porque sus compañeras decidieron no asistir. "Me voy con los chicos". ¿Sería alguna misión de los mortífagos? ¿Debía ir tras ellos? Alguien se colocó a su lado en aquella mesa solitaria del final de clase y el olor de su pelo casi logró desmontarla.
No la mires, Blake, que no note que estás desesperada por ella. Tú llevas el control.
Joder, qué bien olía. Nunca le había pasado con ningún chico, eso de ir esnifando como si fuese una rarita, pero ¿Reyes? Joder, Reyes era una chica que hacía que disfrutases con los cinco sentidos.
—¿No tienes amigos en tu casa? —preguntó al final, sin poder contenerse.
—Al Profesor Snape le gusta que nos mezclemos para hacer las prácticas. Y hoy tenemos que hacer veritaserum.
—Vienes cuando necesitas ganar puntos sin hacer nada —afirmó, y se giró para mirar su rostro.
Comprobó que hablaba con ella mientras observaba a Snape y apuntaba notas en su pergamino. Miró su mano y la forma en la que sujetaba la pluma al escribir, y aguantó una sonrisa, porque le pareció mona.
Mona.
Le pareció mona.
¿Qué mierda…?
—Ya le he dado la primera toma —quiso hablar, mejor que pensar.
—Qué eficaz —Raven se sorprendió y la miró, alzando el rostro incluso.
—He visto la oportunidad y me he lanzado —se encogió de hombros, y aguantó la respiración cuando Reyes bajó la mirada a su boca.
Aprovechó para hacer lo mismo y observar sus labios. La besó por última vez cuando encontró las algas y aún sentía su boca cálida contra la suya. Joder, es que decía que no, pero su cuerpo entero gritaba que sí. ¿Y la forma en la que la besó? Reyes no era tan violenta como ella a la hora de besar, pero los devolvía como tentándola, pidiéndole más y más. Y, joder, ella quería dárselo.
Bajó la vista a sus piernas, y sintió un escalofrío al ver la piel de sus rodillas: no llevaba leotardos, sino calcetines altos. Calcetines altos para estar en las mazmorras. Raven Reyes quería un poco de Octavia Blake. Y Octavia Blake iba a explotar tan solo por la anticipación.
¿Querría perderse entre los pasadizos? ¿Ir hasta detrás de las barreras metálicas donde vio cómo Hilker se la follaba? ¿Cómo sería hacérselo mientras la tenía de espaldas a ella sintiendo el pelo de su coleta golpeando contra su cara? Y ese culo. Raven Reyes tenía un buen culo y ella no sabía que era de esa forma con las mujeres. ¿Por qué estaba tan desinhibida y pensaba de esa forma? ¿Siempre había sido así pero no se le había presentado la versión mejorada de cara sucia?
De repente, estaban empezando la poción y Reyes estaba más cerca sentada, y ella seguía con la vista puesta en sus piernas, queriéndoselas tocar. Nunca había sentido esa necesidad de tocar a nadie, y es que era su jodida culpa, por estar tan buena. ¿Qué le pasaba con la cerebrito de Reyes?
—Quiero follarte otra vez.
La Ravenclaw levantó su mirada del caldero para enfocarla con las cejas alzadas.
—La delicadeza no es lo tuyo, no.
—La delicadeza para los idiotas. Estamos en guerra y quiero follarte como la última vez.
—¿Vas a usar mucho la excusa de "estar en guerra"? Porque acabaré aburriéndome —volvió a enfocar el caldero.
—No te hagas la dura, Reyes.
—No me hago la dura —la miró de reojo—. Es una excusa de mierda, Blake. Y ya te dije que no iba a repetirse.
—Voy a tocarte ahora.
Se acercó más a donde estaba, intentando colocar sus piernas de tal manera que tapase lo que iba a hacerle a la chica en unos segundos. Reyes la miró con curiosidad y la vio aguantar el aliento cuando apoyó la mano en su rodilla.
—Si no estás mojada, no volverá a repetirse —le dijo mientras acariciaba su piel con sus dedos.
—¿Y si lo estoy? —ella sonrió con malicia al escucharla.
—Si lo estás, me das tus bragas —la Ravenclaw abrió mucho los ojos, y vio que sus mejillas se teñían de rojo levemente.
—¿Mis bragas?
—Quizás no notaste lo mucho que me gustó cómo olías —su mano se deslizó por su muslo hasta llegar a su intimidad—. Maldita sea, Reyes, has estado pensando en esto todo el puto día, ¿verdad? —presionó sus dedos en su clítoris y vio cómo apretaba los labios y se recolocaba en el asiento, sujetando de nuevo su pluma para apuntar cosas—. Disimula, no queremos manchar tu expediente por haberte visto follando en clase con una Slytherin.
—¿Aquí? —preguntó en un hilo de voz, y ella no respondió, sino que deslizó dos dedos en su interior, con algo de trabajo por la postura, pero joder la puta sensación de tenerla así de apretada en ellos—. Octavia…
Había dicho su puto nombre susurrado. Joder. Se había quedado casi estática, pero es que era la primera vez que lo escuchaba, o al menos conscientemente. Mordió su labio inferior y empezó a penetrarla con movimientos lentos y sus dedos arqueados. Se acercó a su oído y le hablo:
—No sabes las ganas que tengo de tocarme esta noche con tus jodidas bragas contra mi cara.
Cogió su varita con la otra mano y le lanzó en un susurro un hechizo para que no se escuchase el gemido que acababa de soltar. Joder, una pena habérselo perdido. Reyes intentaba disimular como podía y ella miró alrededor por si alguien miraba, pero eran invisibles. Así que se permitió mover su brazo con un poco más de fuerza, y dejó que la Ravenclaw agarrase la muñeca de la mano que le otorgaba placer.
Se acercó otra vez a su oído y le susurró lo que tenía que echar en ese instante al caldero. Hizo todo lo que le pidió, para disimular más aún, y notó cómo se mojaba al sentirla correrse entre sus dedos y al verla fruncir el ceño de aquella forma. Salió de ella y se los llevó a la cara automáticamente bajo su atenta mirada. Observó sus flujos en ellos y sintió esa corriente en su bajo vientre antes de olerla. Y esperaba que nadie la estuviese viendo, además de Raven.
—Quítatelas —demandó mientras limpiaba sus dedos, chupándolos como si se hubiese hecho un corte y disfrutando de su sabor y olor entremezclados.
Sonrió con gusto cuando vio cómo se levantaba y se veía parte de su muslo cuando alzó la falda ligeramente para quitarse su ropa interior y entregársela después. La sintió mojada entre sus dedos y la apretó con su puño antes de guardársela en la túnica y lanzarle el contrahechizo para que pudiese hablar de nuevo. Le gustó ver su frente sudada y la forma en que la miraba, totalmente complacida por habérsela follado. Y quería besarla en esos momentos. Joder, ¿por qué necesitaba hacerlo?
El veritaserum salió bien, pero no terminaron las primeras como la otra vez, y Reyes no tardó demasiado en recoger e irse del aula. La siguió, porque estaba sedienta por ella. Le extrañó verla ir hacia el patio y luego en dirección el lago. Sus pasos se volvieron menos ansiosos, porque sabía que se dirigía a ese sitio donde casi siempre se colocaba con sus amigas, sobre todo con Woods y Hilker. ¿Sería el sitio especial para la pareja también? Un sentimiento desagradable y que no logró identificar se le instaló en el pecho, y si pudiese lo haría desaparecer.
Se quedó a una distancia prudente, viendo cómo apoyaba la espalda contra el árbol donde siempre se ponía aquel grupo, donde quemó el brazo a Lexa el curso anterior. Estaba nerviosa, se le notaba de lejos, y perdió la respiración cuando la vio limpiarse unas lágrimas con la manga de la túnica. ¿Le había hecho daño? ¿Se había pasado con ella? No quería hacerle daño a Raven, ni hacer que se sintiese mal.
Fue hacía allí, sin saber qué decir, pero sí qué hacer. Se puso frente a ella y la chica alzó el rostro, entonces le dio su ropa interior, intentando que supiese interpretar su "lo siento" silencioso. Raven negó, limpiándose de nuevo las lágrimas, y le pidió que se quedase a su lado. Hacía ya frío, estaban en pleno diciembre, y eso que apenas había una fina capa de nieve aún.
—No es por esto —Raven habló y le entregó de nuevo su ropa interior—. No entiendo por qué ha sucedido lo que ha sucedido entre nosotras. Es… raro —la miró fijamente—. Jamás lo habría imaginado. Tú y yo… Qué locura.
—Es una locura —estuvo de acuerdo, y vio que la Ravenclaw sonreía entristecida, mirando de nuevo al lago.
—Mientras lo hacemos, no pienso más que en el momento, pero después… Luna aparece y no sé si lo que estoy haciendo está mal o si, de alguna forma, estoy haciéndole daño. Esté donde esté. Y la echo mucho de menos —cogió aire—. Con todo esto de Clarke casi ni me he permitido estar mal por ella, porque no hay tiempo: necesitamos recuperarla antes de que pueda ser más peligrosa para los demás o incluso ella misma.
Raven suspiró, escondiendo las manos en su rostro. Ella, en cambio, no sabía qué decir, porque jamás había consolado a nadie, ni había tratado sentimientos o emociones. Ni en los demás ni en ella misma.
—Lo siento. No quiero calentarte la cabeza —se disculpó, y ella negó con la cabeza, diciendo que no importaba.
—Podemos simplemente estar en silencio. Un poco de tranquilidad y evadirnos de todo lo que pasa a nuestro alrededor últimamente. Aquí parece que hay un poco —se agachó y tocó la nieve distraída.
Se quedaron unos segundos en silencio, ella sentada en el suelo y Raven aún de pie apoyada contra el árbol. A cabo de unos segundos, la escuchó decir su nombre otra vez, y elevó el rostro para enfocarla.
—Te dejaste esto en mi túnica —miró su mano y vio uno de sus anillos.
Sintió un escalofrío al recogerlo y colocárselo de nuevo, recordando cómo se lo quitó Raven con la boca. De repente sintió mucho calor por todos lados, y decidió hacer un gesto para que la castaña fuese viéndola con otros ojos y para aliviarse un poco a sí misma. Se quitó la túnica y la colocó a su lado sobre la nieve.
—Siéntate —le ofreció—. Ya que quieres que me quede con esto —movió su puño, donde aún descansaba su ropa interior, y se mordió su labio al verla sonreír levemente, a pesar de seguir dejando caer alguna que otra lágrima.
La seguía para besarla hasta quedarse sin aliento y acabó haciéndole compañía mientras veían las aguas calmadas del lago. No se estaba tan mal allí sin discutir con ellaía mientras veían las aguas calmadas del lago. No se estaba tan mal, y le gustaba escuchar su respirac, y le gustaba escuchar su respiración tranquila a su lado.
X X X
Salió de clase de herbología dispuesta a irse a la biblioteca, pues había tenido clases con los de Hufflepuff en esa última hora, y había quedado con Raven allí para estudiar. Su conversación sobre el descuido que ambas estaban teniendo respecto a sus estudios había calado en ella, y, aunque sabía que lo primordial era ayudar a Clarke, no podía dejar a un lado todo por lo que había luchado duro durante los pasados seis años. Estaba llegando casi al pasillo de la biblioteca, cuando la Ravenclaw apareció frente a ella, algo agitada.
—Raven —le dijo, cuando vio que la chica iba tan rápido que casi ni la había visto y casi se había chocado con ella.
—Lex, perdona —se disculpó en cuanto levantó la vista, dedicándole una pequeña sonrisa a su amiga—. Te estaba buscando.
—Ya me imagino, habíamos quedado —le dijo juguetonamente.
—Lo sé, pero es que había olvidado algo —frunció el ceño cuando la vio meter la mano en la túnica, para después sentir una calidez muy agradable en su pecho al ver que se trataba de un sobre.
—¿Otra carta de Clarke? —quiso asegurarse, porque no quería ilusionarse en vano, la verdad.
—Sí, está fechada de hoy, así que aquí tienes —la extendió, y ella no dudó ni medio segundo en cogerla.
—Pero habíamos quedado para estudiar, Raven —se acordó entonces del caminó que llevaba hasta que su amiga había aparecido—. No deberíamos perder mucho tiempo.
—Lex, esto es importante para ti —insistió su amiga—. Eres una cerebrito y no pasará nada por que te tomes unos minutos para leer esa carta. Quiero que lo hagas, nunca se sabe qué puede poner.
No se lo pensó mucho, y no le importó que hubiese mucha gente por allí en medio, se acercó a la castaña y la atrajo para darle un abrazo, estrechándola contra ella. La chica no tardó en devolvérselo, y es que quería hacerle saber lo mucho que la apreciaba, porque Raven Reyes era la mejor amiga que una persona podía desear.
—Gracias, Raven —le dijo en cuanto se separaron—. No sabes cuánto te agradezco que sigas a mi lado día tras día. Tenerte a ti lo hace todo mucho más fácil.
—No tienes que agradecérmelo, tonta —la castaña le sonrió ampliamente, al mismo tiempo que le colocaba un mechón de pelo tras la oreja—. Estoy contigo porque tú y Clarke os merecéis ser felices, y sé que vamos a conseguir que vuelva.
—No tardaré mucho, ¿está bien?
—No te preocupes, estaré aquí —la castaña le dio otro abrazo y, con un asentimiento de cabeza y una última sonrisa, se dirigió hacia el patio para leer la carta.
Las dos anteriores las había leído en la sala de los menesteres, pero ese día quería aprovechar el buen tiempo que hacía, ya que había pasado más de una semana desde la última vez que el sol había iluminado el castillo. Se acomodó en uno de los bancos donde no había ni una pizca de sombra, mientras abría el sobre pacientemente y con cuidado.
Eran esos momentos, como el que estaba experimentando en ese mismo instante, en el que al abrir la carta pudo oler el perfume de Clarke, los que le hacían tener fe y no rendirse. Después de la muerte de Luna lo había pasado fatal, y no había podido evitar pensar que todo aquello no merecía la pena en absoluto, pero momentos como aquel le hacían darse cuenta de que lo que quería era estar con Clarke, con su Clarke, con la chica que casi un año atrás le había robado el corazón con su sonrisa y sus tonterías, nada que ver con la matona que intimidaba a quien fuese que se cruzaba en su camino.
Desdobló el papel tras unos segundos, y se dispuso a leer:
Preciosa,
En esta carta no vengo a prevenirte de nada, esta carta es solo para trasladarte a ti y a mí en tu recuerdo, a aquella primera vez. La primera vez que pude sentir tus labios contra los míos, en aquel pueblo que había odiado hasta aquel mismo instante, y que se convirtió en un lugar único y especial. Ya lo sabes, pero quiero recordarte que estuve demasiado tiempo esperando para que aquello pasase, y, por otro lado, nunca había pensado que realmente podría llegar a pasar. Porque siempre te vi como algo imposible, como alguien inalcanzable para mí.
Hazme un favor, ¿puedes ir a Hogsmeade? Quiero que recordemos esto juntas.
No se lo pensó dos veces, y no continuó leyendo. Se guardó el papel en el interior de su túnica, y, asegurándose que no había nadie alrededor en aquel momento, se dirigió hacia el sauce boxeador. La última vez que había ido a Hogsmeade por ahí había sido con Clarke. Esa forma de ir a aquel pueblo se había vuelto algo habitual entre ellas dos el curso pasado. Nunca había utilizado aquel atajo tan tenebroso sin su compañía, pero la rubia quería que fuese allí y aquel era el camino más rápido, y el único viable en aquel momento.
No era muy tarde, así que tenía tiempo suficiente para ir hasta allí y volver antes de que anocheciese, aun así, se dio prisa en llegar, no quería ser descubierta porque aquello sería motivo de reclusión, o incluso de que la expulsasen, y eso era lo último que necesitaba en aquellos momentos. No tuvo ningún problema con el sauce boxeador, su chica le había enseñado a dominarlo durante las veces que habían utilizado aquel pasadizo, y, aunque el paso por la casa de los gritos era muy corto, sí se le hizo más aterrador que cuando podía sujetar su mano con fuerza, o cuando la Slytherin pasaba su brazo por sus hombros y la atraía a la calidez que desprendía su cuerpo y que le proporcionaba aquella seguridad que tanto le gustaba sentir cuando estaba junto a ella.
Llegó a Hogsmeade finalmente, y, aunque los tejados ni el suelo estaban cubiertos de una capa blanca como aquella primera vez, sí había algunos copos que predecían la inminente llegada del invierno. Respiró profundamente, observando todo su alrededor, y es que los recuerdos aparecían casi solos. Volvió a sacar la carta del interior de su túnica, desdoblando de nuevo el papel para continuar leyendo.
Cuando estés ahí, acércate al árbol, a nuestro árbol. Ese sitio donde pude por primera vez en mi vida saborear en tus labios la felicidad. Lo había imaginado tantas veces que estaba temblando por que estuviese pasando de verdad. Pero es mejor que lo revivas por ti misma, ¿no crees? Busca el pequeño hueco que ahí a mediana altura en el árbol.
Le hizo caso a las instrucciones que Clarke le daba a través de aquella carta. No le costó mucho dar con aquel hueco del que hablaba, y, sin pensarlo mucho, introdujo la mano con la que no sujetaba el papel, notando enseguida algo duro. Lo cogió, sacándolo con cuidado, y se quedó completamente paralizada al comprobar que era un colgante de un mapache. Su patronus.
Se entretuvo en acariciar cada tramo de aquel pequeño colgante plateado cuando escuchó unas risas muy familiares, y un extraño sentimiento la envolvió. No se esperó verse a sí misma, en un color grisáceo, correteando por aquel mismo lugar con nieve en sus manos. Otra risa sonó muy cercana a su oído, provocándole un escalofrío en todo su cuerpo al darse cuenta de que se trataba de la risa de su Clarke. Vio su figura aparecer por su lado izquierdo, tirándole una gran bola de nieve a ella. Tardó un par de segundos, pero enseguida asimiló que aquello no era un simple colgante, sino que Clarke había guardado recuerdos en su interior.
Reconoció el momento en el que ella misma se agachaba a recoger nieve para devolverle los ataques a Clarke, y al levantarse no veía a nadie, aunque esa vez, y desde su posición, podía ver a la rubia acercándose tentativamente hacia ella, con nerviosismo y algo de miedo, si tenían que preguntarle a ella. El mismo sentimiento que recordaba tener ese día la invadió en el momento que vio cómo la agarraba por la cintura, acercándose a su oído, susurrándole que se diera la vuelta. Dios, era casi como volver a sentir todo aquello…
Observó cómo ella misma retrocedía hasta chocar con aquel árbol, quedando atrapada entre el tronco y el cuerpo de la rubia. Cómo Clarke acariciaba su labio inferior mientras se acercaba poco a poco hasta atraparlo entre los suyos. Podía sentirlo perfectamente, sus besos tan cuidadosos y la forma tan cariñosa con la que siempre la trataba. Comenzó a sentir lágrimas deslizándose por sus mejillas, pero no hizo nada para frenarlas.
Observó cómo el beso sucedía, Dios, es que en su momento lo pensó, que había sido el mejor primer beso del siglo, y lo reafirmaba. Podía incluso afirmar que ahí ya estaba casi completamente enamorada de la Slytherin, porque al conocer a la verdadera Clarke Griffin, le faltaron días para hacerlo. Esa chica con la que estaba compartiendo un beso tan increíble en aquel recuerdo, era la persona más maravillosa que había conocido en toda su vida. Tan atenta y tonta…
Vuelve, Clarke, te necesito.
El beso terminó, y ella se acercó lentamente, alargando su brazo, queriendo acariciar el cabello rubio de la chica, pero en cuanto lo hizo, los cuerpos se desvanecieron, y de pronto estaba en otro lugar. Fueron unos segundos de confusión, pero enseguida reconoció ese lugar. Aquel sitio junto al lago al que, durante todos sus años en la escuela Hogwarts, había ido cuando no había demasiado que estudiar para desconectar. No reconoció aquel momento en concreto, había ido allí demasiadas veces para hacerlo; pero podía decir que debía ser primer o segundo curso, por la longitud de su cabello. Estaba sola en esa ocasión, sin Raven, Luna o Anya, leyendo un libro que reconoció enseguida: El misterioso caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, lo que le hizo sonreír, siempre había sido uno de sus libros muggles preferidos.
No sabía por qué ese recuerdo estaba guardado en el colgante, pero simplemente se quedó enganchada en sí misma, recordando aquellos tiempos. El ir a aquel punto también era un método de desconexión con la realidad del interior de la escuela, ya que en aquellos tiempos los ataques de los Slytherin, incluida Clarke, eran muy persistentes y casi cada día acababa con la cabeza sumergida en algún retrete, o con la túnica rota o empapada.
Estaba a punto de darse la vuelta para observar todo su alrededor cuando una hoja del árbol en el que estaba apoyada en el recuerdo cayó sobre su cara, haciendo que se pasase la mano bruscamente por la cara varias veces a causa de la reacción que tuvo por el susto. Su suave risa la pilló completamente desprevenida, y se dio la vuelta, ya que procedía desde detrás de ella. La localizó escondida tras una roca, y no pudo evitar sonreír ampliamente, porque jamás se había dado cuenta de aquello, pero allí estaba una Clarke Griffin de 11 o 12 años, observándola con aquel gesto que le había enseñado tantas veces durante el curso anterior. Y es que era verdad eso de que la Slytherin había estado enamorada de ella desde un principio. Dios, si lo hubiese descubierto mucho antes…
La chica se apoyó sobre su brazo en la pierna, en su postura semi tumbada sobre su estómago, sujetando su barbilla con la mano, y de verdad, le dieron ganas de ir a comerse a besos a ese recuerdo al verla suspirar mientras la miraba fijamente. Qué increíblemente mona y guapa estaba ahí…
De pronto, todo volvió a cambiar, y ya no estaba en aquel rincón junto al lago, ni siquiera en alguna localización exterior, sino que se encontraba dentro del castillo, pero en un sitio que no reconocía, era como una especie de pasillo oscuro. Reconoció, en la oscuridad del lugar, el cabello rubio de Clarke, no sabía qué estaba haciendo la chica ahí ni por qué había incluido aquel recuerdo, hasta que sacó de su túnica un pequeño frasco y, con decisión, lo abrió y vació su contenido en el interior de su boca. Se le escapó una pequeña risita al ver la mueca de desagrado que ponía, seguramente aquello no estaba nada bueno. Se quedó extrañada cuando el aspecto físico de Clarke comenzó a cambiar, y era algo muy extraño. De repente medía unos centímetros más, su pelo era algo más oscuro, sus pómulos mucho más marcados y…
¿Anya?
¿Pero qué…?
¿Se acababa de tomar una poción multijugos?
No sabía muy bien qué acababa de pasar, pero entonces el recuerdo cambió, y ya no estaba en aquel pasillo, si no que estaba frente al cuadro de la señora gorda que daba acceso a la torre de Gryffindor. Frunció el ceño cuando la chica dijo la contraseña correctamente, como si fuera una más de su casa, y la señora le dio paso a su interior. Subió las escaleras hasta la sala común, y se vio a sí misma en uno de los sofás, cómo no, con un libro en la mano.
—¿Otra vez leyendo, Lex?
—Anya —se incorporó inmediatamente cuando vio a la chica. Dios, era Clarke….— ¿No estabas en la biblioteca?
—Sí, pero me he aburrido de estudiar —se encogió de hombros cayendo a su lado—. ¿Qué lees?
—Te lo he dicho esta mañana, se llama Los Viajes de Gulliver —respondió ella, rodando los ojos, y sonrió observando la escena, porque sabiendo lo que sabía, la veía de una forma muy diferente.
—Cierto, tengo mala memoria, ya lo sabes —una sonrisa salió de ella misma en dirección a la chica—. ¿Vas a quedarte aquí?
—No, he quedado con Raven ahora —se fijó entonces en cómo la chica apretaba la mandíbula y su mente voló a un recuerdo propio.
Aquella vez que Raven estuvo a punto de besarla, pero Anya apareció, y ahora estaba completamente segura de que no se trataba de ella, si no de Clarke. Inspiró con fuerza, cerrando los ojos y, entonces, sintió un fuerte frío rodeándola, y cuando volvió a abrirlos se dio cuenta de que esos recuerdos se habían esfumado y volvía a estar en Hogsmeade. Miró el colgante, apretado en su puño, y lo llevó hasta sus labios antes de colocarlo alrededor de su cuello y volver a leer el papel que seguía sujetando y que no había acabado.
Estos son algunos de los recuerdos que quería que vieses. El primero estoy segura de que lo recuerdas tan bien como yo, probablemente el mejor que tengo, al igual que todos los que he pasado a tu lado. Los otros dos son para que compruebes por ti misma que el efecto que has tenido en mí fue desde el principio, Lexa. Eres lo único que ha valido la pena en mi vida, preciosa, de eso puedes estar segura.
Solo me queda desear desde donde esté en el momento que leas estas palabras que estés bien, que seas fuerte, y que esa sonrisa tan increíble que tienes no se haya borrado de tu rostro por nada del mundo. Recuerda, que pase lo que pase, yo siempre estaré a tu lado.
Te quiere,
Clarke.
Ay, Clarke… Es que su chica, aunque desde un principio le hubiese negado que no tenía ningún lado romántico, lo tenía. Se lo había demostrado una y mil veces el curso anterior, y aún lo seguía haciendo a través de esas cartas tan maravillosas. Sabía que la rubia las había mandado pensando que ya no estaría allí, pero no había salido todo como ella había pensado, y menos mal, porque lo que esas palabras le proporcionaban era fuerza. Fuerza y ánimo para seguir para adelante y poder recuperarla.
De repente, un ruido la alertó, y su reacción más inmediata fue la de esconderse tras aquel árbol, esperando a ver quién era la persona que estaba también allí. Oyó algunas pisadas en la cercanía, y se asomó por un lado del tronco todo lo sutilmente que pudo, y la respiración se le quedó atravesada en algún lado cuando descubrió a Clarke andando por aquel lugar, con la mirada perdida en ningún sitio y en ninguna parte a la vez. No la había vuelto a ver desde aquel encuentro que habían tenido y que la había dejado satisfecha y rota al mismo tiempo. ¿Qué hacía la rubia allí?
X X X
¿Qué hacía allí? No tenía ni puta idea, la verdad, pero un sentimiento raro, y no sabía decir si era desagradable o no, se había apoderado de ella durante las primeras horas de aquella mañana, y una vocecilla que no se callaba ni un segundo le había repetido una y otra vez que tenía que ir a Hogsmeade. Sí, ella, que lo había odiado desde que en tercero había pisado por primera vez aquel pueblucho de mierda. Pero es que esa puta voz no se iba ni para atrás, y, aunque ella era Clarke Griffin y no obedecía a nadie, había decidido hacerle caso, así que había utilizado aquel pasadizo que llegaba hasta Hogsmeade, y allí estaba.
Caminó unos pasos hasta sentarse en un muro de piedra que había frente al pueblo, donde había una vista de toda su extensión, y se sentó allí. De verdad, es que no tenía nada que hacer allí y, aun así, había ido. Es que últimamente había algo en su interior que no encajaba, y no sabía decir el qué. E intentaba no pensarlo mucho, pero cada vez que lo hacía, de una manera u otra, sus pensamientos acababan en alguien, y ese alguien era Lexa Woods, y no sabía por qué, y necesitaba una explicación para aquello.
Es que en cualquier otro momento ni la habría tocado como lo había hecho, pero es que no sabía qué coño le pasaba. ¿Se había pasado tanto tiempo haciéndole la vida imposible que ahora estaba obsesionada con ella? Tenía que ser eso, porque si no, no entendía por qué esa chica tan insignificante se colaba en sus pensamientos día sí y noche también. Los sueños con ella habían sido constantes, casi se repetían a diario, y ya no sabía qué hacer.
Había llegado a plantearse algo. Algo que explicaría el extrañísimo comportamiento que la Gryffindor había mantenido respecto a ella desde comienzos de aquel último curso, pero es que era tan descabellado que le daba hasta risa. Porque, ¿cómo iba a ser posible que hubiese tenido algo con Woods y haberlo olvidado? Una completa gilipollez, ¿verdad? Mejor ni se lo preguntaba más, porque cada vez, sonaba más absurda que la anterior.
El ruido de una rama partiéndose a sus espaldas la impulsó a darse la vuelta, y por supuesto que allí no podía haber otra persona que la chica que no paraba colarse en su cabeza. Se levantó inmediatamente, dirigiéndose hacia ella, y se sorprendió cuando la chica, en vez de echarse hacia atrás o agachar la mirada como muchas otras veces había hecho, se quedó allí quieta, mirándola fijamente con una determinación que jamás había visto en ella.
—¿Persiguiéndome, Woods? —la sonrisa, a medio camino entre socarrona y sarcástica, le salió sola.
—Estaba aquí antes que tú, Griffin —respondió seriamente.
—Pero te estabas acercando hacia mí, no me lo niegues.
—Solo volvía a la escuela —la chica se dio la vuelta con eso, dispuesta a irse, pero no podía dejarla ir, no sabía ni por qué.
—Espera, Lexa —¿y qué cojones hacía llamándola por su nombre?—. ¿Qué hacías aquí?
—¿Desde cuándo te intereso, Griffin?
Buena pregunta, Woods.
—Algo tendrías que estar haciendo aquí, ¿no? —esquivó su pregunta.
—No es de tu incumbencia.
Y con eso, volvió a darse la vuelta, comenzando a caminar hacia la casa de los gritos. Se preguntó cómo la chica sabía aquel pasadizo, y decidió entretenerla unos segundos más.
—¡Si querías otro polvo, solo tenías que haberlo pedido!
La chica se quedó por unos segundos estática, frenando su paso completamente. Desde la visión de su espalda pudo observar perfectamente cómo tomaba aire con fuerza antes de continuar con su camino y se preguntó si el pinchazo en el pecho que había sentido ella en el pecho justo en aquel mismo instante, también había hecho presencia en el cuerpo de la morena.
¿Qué os ha parecido el capítulo 11 de TRATB?
¿Qué nos deparará el futuro?
*música de misterio*
