Sólo diré: Cross *¬*… amo a Cross. Aunque va mucho por detrás que Allen, Lavi y Kanda. A Kanda le odio, pero tiene un nosequé u, como en el manga le medio marginan hasta el tomo 10, pues una se apiada de él. Y, bueno, Allen y Lavi… no hay comentarios, son geniales.

Me gustó escribir este capítulo, y me costó un poco, y eso que no era largo. El largo es el 13, juas. Pero no tan largo como los que leo por aquí O.o A mí los capis me ocupan 3 o 4 hojas a Word, pero veo que aquí la peña hace capítulos de 10 hojas, menudo panzón a escribir. O quizá soy yo, que me empeño en meter cada POV en un capítulo y, claro, me quedan muy cortos.

Bueno, ya no me enrollo más =). D. Gray Man no es mío. Si lo fuese, metería más yaoi subliminal del que hay (Porque lo hay, implícito, y por un tubo!).

Capítulo 11: Stigma.

Lenalee tomó mi mano de forma resuelta, y seguimos a Link por los pasillos. Kanda nos siguió también, y pronto se nos fueron uniendo otras muchas personas vestidas con uniformes de Exorcista. Notaba sus miradas directas, o escondidas tras capuchas y flequillos, pero no podía reaccionar ante ellas. No era miedo por Leverrier, sabía que acabaría causándome daño hiciese lo que hiciese. Era miedo por el Exorcista ausente, el Bookman a quien no parecían haber mandado a nadie a buscar.

Éramos quince en total, y me sorprendió ver que todos éramos Exorcistas, personas compatibles con la exigente Inocencia. Recordé que era Lavi quien los había descubierto, y cerré los ojos pesadamente.

-Esto… Kanda –oí una voz delicada tras de mí. Contuve el volverme-. ¿Es él?

-¿Humm?

-El moyashi al que siempre maldices.

Oí a Kanda bufar con desdén, y no supe como interpretar eso.

-Sólo a un brote de habas como él se le ocurriría presentarse en el Cuartel del enemigo, por Dios.

Luego, una pequeña risa femenina, y no pude evitar volverme. Ella me miró, con unos ojos de un color entre el gris y el verde, muy oscuros. Llevaba la capucha puesta, pero podía llevar a entrever un flequillo diagonal de un claro castaño, una piel clara y una sonrisa bien amplia. Parecía ser europea, del norte, aunque sus ojos mostraban un muy leve deje asiático. Kanda miraba hacia el lado opuesto, mientras ella tenía su cuerpo extrañamente girado hacia él. Sabía que debía olerme algo, pero no sabía el qué.

Ella me tendió la mano, sin dejar de andar.

-Hola, señor…

-… Allen –concluí. ¿Acaso los nuevos ni siquiera sabían mi nombre? Leverrier me había hecho desaparecer a conciencia, entonces.

-Yo soy Landa –sonrió ella.

-Landa Yui –corrigió Kanda entonces.

Ella le fulminó con la mirada:

-Sólo Landa. Nada de Yui.

Lenalee rió a mi lado ante mi rostro de desconcierto. Landa me miró, aún con gesto molesto ante la intervención del japonés:

-No te preocupes, moy… Allen. Estamos de tu parte.

-Lo estarás tú –oímos una voz grave entre el grupo, pero no dio la cara.

Un carraspeo interrumpió nuestra charla, y nos volvimos hacia Link. Habíamos llegado a la Sala de Reuniones, la cual había abierto sus imponentes puertas. Desde dentro nos observaban muchos pares de ojos. Komui estaba serio, sentado justo al lado de Bak, que clavó sus ojos oscuros en mí con preocupación. También estaba allí el verdadero Bookman, al parecer vuelto de su huída al Clan, y los cuatro Generales. Espera… ¿los cuatro?

-Maestro… –susurré, pero él no se volvió a mirarme.

Era quien estaba más cerca de la puerta, y pude verlo con toda su extensión. También vi las muletas a su lado, y el vacío por debajo de su cintura bajo la túnica. Tragué saliva, comprendiendo que a mi Maestro le faltaba la pierna derecha. Quizá fue del ataque, antes de que desapareciese de la Orden. Justo después de decirme quién era yo.

-Todo va bien –dijo entonces Cross, sin siquiera mirarme.

Avancé un paso hacia él, pero Link puso firmemente una mano en mi pecho, frenándome.

-¿Qué coño…?

-Tranquilo, Decimocuarto –dijo la voz fría y burlona de Leverrier. Lo miré con odio y rabia-. Tu Maestro está bien. Sólo algo… indispuesto.

Algo raro estaba pasando allí. Bookman apoyó una huesuda y morena mano en el hombro de Cross Marian. Fruncí el ceño. Todo el mundo quedaba en silencio, alternando miradas entre Aprendiz y Maestro.

-Al final, todo se sabe –murmuró Cross, e hizo intento de levantarse. Avancé firmemente para ayudarlo, receloso y, ésta vez, nadie me lo impidió. Tomé su brazo y coloqué las muletas bajo sus codos. Por alguna razón, no me atrevía a mirarlo a la cara. Sentía el oxígeno pesado a mí alrededor, como si se negase a entrar en mis pulmones, pero aún así estaba hiperventilando.

-Eh, chaval –dijo-. Dile hola al viejo, ¿no?

Alcé la vista lentamente para mirarlo, dudoso. Una larga sonrisa amarga y sarcástica cruzaba su joven rostro, y sus gafas de media luna relucían bajo la luz del fuego de la chimenea. Pero había algo más en el rostro de mi Maestro. Algo que había estado siendo mantenido oculto bajo media máscara blanca.

Me guiñó un ojo dorado, tremendamente dorado. Inconfundiblemente dorado. Brillantemente dorado. Malévolamente dorado.

Entonces, sentí algo extraño. Oí el sonido de diferentes aceros al ser desenfundados, brillos de diferentes colores llenando la sala. Alargué la mano hacia aquellas pupilas bicolores. Aquel "algo" volvía a morderme por dentro. Me resistí, y Cross me tomó de las manos. Leverrier avanzó un paso.

-¡CROSS!

-¿Allen?

Muchas, muchas voces resonando en mi cabeza.

Bookmen, traidores… traidores… y tan sumamente confiables…

Como una lenta avalancha de nieve, mi esencia de Noah alcanzaba todos mis músculos, mis células, mis nervios. Cross apretaba fuertemente mis manos con las suyas, sin quitarme los ojos de encima. El Decimocuarto se revelaba a mi control. Despertaba. Pero no quería rendirme. Yo no quería hacer daño a nadie. Yo era Allen, el Exorcista. Yo no era Decimocuarto, el Noah.

-No… quiero… matar –articulé con sumo esfuerzo.

Cross sonrió amablemente, y me pareció muy extraño:

-No lo harás esta vez, Allen.

-¿Prom… tid…?

-Prometido.

Y me dejé devorar por el Decimocuarto, sin desviar la mirada del color burdeos del iris izquierdo de mi Maestro, ignorando aquel amarillo que desconocía su porqué.

Mientras caía en el fondo de mí mismo, sentí cómo Leverrier avanzaba hacia nosotros. El Decimocuarto y yo lo miramos, sin rabia, aún nos estábamos adaptando a aquella separación. Nos gritaba, parecía aterrorizado. Eso nos gustó. Sonreímos. Mi Maes… el General Cross Marian también nos miraba, y parecía satisfecho. Él sabía que éramos fuertes. Todo el mundo estaba en pie.

Y, entonces, un enorme reguero de sangre manchó el rostro y cuello de Leverrier, y todo quedó en silencio. Aspiramos esa sangre. Reconocíamos aquella textura, aquel olor. Era claramente sangre Noah, teñida de humano por casi diecinueve años.

Cohibidos, confusos, perdidos, triunfantes, nos llevamos la mano derecha a la frente. Allí estaba, inconfundible. La primera de las cruces se había abierto abruptamente en nuestra frente, y no paraba de sangrar. Observamos el rojo líquido en nuestros dedos, y desviamos nuestros ojos dorados hacia Leverrier.

-Usted ya no nos controla –dijimos, nuestra voz era una, nuestros pensamientos también. Completamente unidos en cuerpo y alma. Allen, el Noah. Decimocuarto, el Exorcista. Lo éramos todo y todo era nuestro. Sentimos el estremecimiento de Leverrier, y sonreímos.

Miramos a nuestro alrededor. Éramos dueños de todo aquello. La parte Noah de nosotros echaba de menos su individualidad, y a su familia. La parte humana de los dos se sentía segura y en su lugar. Pero a ambos nos faltaba algo. Algo que nuestra familia malvada se había llevado, y algo a quien estaban haciendo mucho daño.

Aspiramos hondo. Leverrier se había alejado a grandes zancadas de nosotros, y Link le limpiaba nuestra sangre. Escupimos a sus pies.

-Pronto estaréis completamente unidos, y dejareis de pensar doble.

Miramos al Gener… Bookman. ¿Bookman?, se sorprendió mi humanidad. Un Bookman renegado, hechicero, Exorcista General. Noah, humano. Un descendiente de Irizle.

Irizle, nuestra linda, linda princesa.

Nos volvimos hacia el resto de Exorcistas y Supervisores. Algunos nos miraban con temor, otros con respeto. Otros con preocupación. Y otros con sumisión.

Avanzamos hacia ellos, y Cross nos siguió. Lenalee avanzó un paso que retrocedió después. Kanda no se había inmutado. Lo miramos, alzamos una ceja inquisitivamente hacia él. Ambos nos había sentidos siempre inferiores a él. Ahora ya no.

-¿Qué? –espetó él, mirándome con indiferencia-. No ha cambiado nada. Simplemente, ahora hay dos moyashis en un mismo cuerpo. Muy incómodo.

Tomamos la tela de su pecho y tiramos de ella, hasta que quedamos cara a cara. Estrechó sus ojos rasgados.

-Soy Allen, maldito Bakanda –siseé, apretando fuertemente su ropa entre mis dedos.

El japonés y yo sonreímos irónicamente, mirándonos a los ojos, y él me limpió la sangre de la frente de un gesto rudo y rápido.

-Vuelvo a ser enemigo del enemigo público número uno –comenté sarcásticamente.

Él bufó, encantado.