Renuncia: todo a Kishimoto Masashi.

Advertencias: AU, intento fallido de algo fluff.


Amor

.Desconocidos.

Todas las mañanas se sienta junto a él a esperar el autobús. Y a Naruto le gusta verla, es bonita y pasa las manos sobre su cabello de manera nerviosa. En ningún momento ella se percata de él, quien la mira de reojo y contiene una risa entre nerviosa y distraída.

Todas las tardes espera de pie justo a su lado para esperar el autobús de regreso a casa. (Aunque como en las mañanas, no se suben al mismo). Naruto, que se escapa de los gritos de la anciana Tsunade y de las amenazas de muerte de la mitad del Instituto, solo piensa en lo tarde que llegará al trabajo en el restaurante de ramen. Sin embargo, sus ojos nerviosos sí logran notarla a su lado, y algo dentro de él salta con temor cuando ve que ella ya no es ella. La mirada nerviosa y las pequeñas risas que ella suelta sin importarle que no está sola, ya no están. Su verde en la mirada tampoco es serio ni tranquilo (no es como si guardara dentro de él cada detalle de ella). Ahora mira al suelo, mordiéndose el labio inferior, y derrama lágrimas que intenta fallidamente detener.

Todas las mañanas se ríe feliz y todas las tardes solloza en su angustia que no oculta. Y ella jamás sabrá que Naruto se acerca poco a poco a ella brindándole su calor.

Antes de que se dé cuenta la sonrisa de ella se vuelve la razón de que el día esté soleado. Y de repente, se enamora.

Es una tarde de verano en que ella gira la mirada y el azul de él, el cabello rubio y revoltoso, y la sonrisa enternecedora le calman las tristezas. Sakura siente la suave brisa moverle el cabello (que se lo cortó entre sollozos) y de repente piensa que, de alguna extraña forma, había extrañado todo lo que fuera él y su presencia.

Jamás lo había notado.

(En otra vida, quizás, sí).

Lleva entonces él su mano a la nuca y dice el primero de los miles de halagos sanadores.

–Me g-gusta tu cabello.

No importa que le mire de manera extraña y haga una mueca, o que el entusiasmo de él suba al punto en que la presione al decir su nombre cada día y que, al saberlo, lo escriba en cada cuaderno y lo sueñe en cada despertar. No importa si pasan meses hasta que ella susurra, avergonzada, cuánto le quiere y cuánto le gustaría acariciar sus cabellos dorados.

Pasan meses y ya no son desconocidos. Y cada mañana y cada tarde él besa su frente, ella lo quiere como a nadie y entre los dos se juran las llamadas promesas de vida.

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