Capítulo 10

Y así, los días pasaron.

Cuando salí de su departamento me llevé conmigo la esperanza de encontrarlo de pie al día siguiente frente a la casa de té, estudiando de nuevo la marquesina de Lakewood, pero no fue así. Tampoco lo vi el día después, cuando el doctor Leonard fue a visitarlo a casa, porque estaba asistiendo una cirugía; ni lo vi el día después al siguiente cuando pasé frente al edificio Magnolia y me detuve frente a él, caminé hasta la puerta, estudié los timbres y di la vuelta sin atreverme a tocar uno solo.

Una semana pasó y el tiempo que necesitaba parecía no haber sido suficiente.

Sabía que estaba recuperándose, que ya no estaba en cama, que había dejado botadas las muletas y que había vuelto a trabajar, pero no lo había vuelto a ver. Y, era lógico, Albert me había solicitado estar lejos de él porque aparentemente mi presencia le hacía daño, pero entonces ¿por qué me había prometido que volvería a buscarme? ¿Cuánto tiempo, en horas, minutos y segundos existían en la palabra «tiempo»?

Dándome cuenta de que estaba comenzando a actuar de forma demasiado irracional, obligué a mi cerebro a apartar mis pensamientos de él para enfocarme de nuevo en mi trabajo en el hospital. A final de cuentas, el príncipe había sido muy claro al decir que no podía ofrecerme nada y yo le había asegurado que no esperaba nada de él, así que tenía que ser congruente con mis palabras, reprimir esa parte de mí que soltaba a las estúpidas maripositas en mi estómago cuando recordaba sus besos (los tres) y actuar como una persona adulta. Pero ser una mujer adulta, responsable, racional y coherente estaba siendo demasiado complicado y no tenía muchas ganas de comportarme así, deseaba ser la adolescente precipitada que nunca fui y buscarlo y ver que estaba bien y…, y... Afortunadamente el drama de «el matrimonio» logró atravesar todo el océano y ayudó a distraerme, aunque dudo mucho que fortuna sea la mejor palabra para definirlo.

―¿Gatita? ―esa voz la conocía y era la última que esperaba escuchar en Londres.

―¿Archie? ―dije saliendo de dónde quiera que estuvieran mis pensamientos y encontrando frente a mí al prometido de mi hermana, que era además uno de mis más queridos amigos―. ¿Qué estás haciendo aquí?

―Trabajo ―respondió como si atravesar el atlántico fuera algo sumamente común.

―¿Pero y la boda?

―Tu hermana no me necesita para eso, Candy ―le dediqué mi mejor mirada de «eres el novio» y rascándose la cabeza respondió:― Tú sabes a lo que me refiero. ¿Puedo pedir un hola al menos antes de que comiences a regañarme?

―Claro que sí. Disculpa ―dije saliendo de atrás del escritorio del registro hospitalario para abrazarlo con fuerza―. No esperaba verte aquí. Es la sorpresa más bella que he tenido desde que llegué a Londres. Me hace tan feliz ver un rostro familiar.

Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos poder abrazar a alguien con franqueza, cariño y fuerza. Y escuchar una voz y una sonrisa familiar era sumamente reconfortante.

―¿Un rostro familiar? ―preguntó ofendido.

―El hermoso, atractivo y varonil rostro de mi mejor amigo ―respondí sonriente―. Con sus radiantes ojos azules y enmarcado por una impecable cabellera rubia.

―Eso está mucho mejor ―sonrió y apretó su abrazo―. Tu papá me dio las direcciones (todas) en las que podía encontrarte ―dijo acariciando mi nariz―. Espero que no te moleste que haya venido a verte.

―Por supuesto que no. Me habría puesto furiosa si no lo hubieras hecho.

Volví a abrazarlo, disfrutando el contacto sincero; permitiendo que mi nariz reconociera su aroma, que mis oídos disfrutaran el tono dulce y conocido de su voz, que mi cuerpo se amoldara al suyo como lo había hecho por tantos años.

Archibald Cornwell, el elegante, guapo y dulce prometido de mi hermana había sido mi amigo desde hacía más de diez años. Lo había querido siempre con un cariño fraternal y puro y dentro de poco podría considerarlo oficialmente mi hermano.

―Te he echado de menos, gatita.

―Basta ya con eso de gatita ―dije sonriendo―. Hacía muchísimos años que no me llamabas así, incluso había olvidado ese tonto apodo.

―¿Tienes tiempo para platicar conmigo ahora? ―preguntó sosteniendo mi mano―. Más tarde tengo una cena con un inversionista del banco, mañana tengo el día lleno de reuniones, pasado mañana voy a Francia y después regreso a casa.

―¿Cuándo llegaste?

―Aterricé hace poco más de una hora ―dijo controlando su reloj.

―¿Y viniste directamente a verme? ―se encogió de hombros riendo.

―Te he echado de menos, Candy. Mi agenda está saturada y no quería irme de Londres sin verte.

―Dame veinte minutos ―pedí y fui en busca de alguna compañera que estuviera dispuesta a cubrirme por un par de horas.

Algo no iba bien. Archie no era el tipo de persona que se presenta en la puerta de tu casa (o del hospital en el que trabajas) sin antes llamar para solicitar una cita, era un tipo habituado a las buenas costumbres y la etiqueta, para él eran tan necesarias como el aire que respiraba. De hecho, los veinte minutos que le pedí fueron más para poder correr a los vestidores, quitarme el uniforme de enfermera e intentar ponerme lo más presentable posible. No era que me interesara mucho como lucía y sabía que a él tampoco le molestaba mi forma desarreglada de ser, pero siempre hubo algo en su presencia que me invitaba a intentar ser tan elegante como mis maneras me lo permitieran. Además, conociéndolo no iríamos al kiosco de la esquina a tomar un café en vaso de cartón. El tipo había viajado por horas, seguramente estaba exhausto y aún así lograba verse deslumbrante con su traje hecho a medida y ni un solo cabello fuera de lugar. No, salir con él sin preocuparme un poquito por mi apariencia no era una opción.

Veinte minutos después (exactos, con él la puntualidad era necesaria), salí del hospital, tomada de su mano, sonriente y sintiéndome más como la hija de los Brighton que como la señorita White.

Había aprendido a ser Candice Brighton a su lado, él fue quién pacientemente me enseñó todo lo que tenía que saber acerca de cómo comportarme en sociedad, pero principalmente, me ayudó a encontrar un equilibrio entre la huerfanita que había conocido siendo una sirvienta y la hija adoptiva de un hombre rico.

―Déjame ver tu ceja ―dijo en cuanto estuvimos cómodamente sentados en una refinada cafetería.

―Ya le dije a Annie que no tiene por qué preocuparse ―dije sonriendo mientras él examinaba la casi imperceptible cicatriz que me había quedado―. La marca la puedo ocultar con maquillaje, no habrá nada que distraiga a sus invitados el día de la boda. Le estética seguirá siendo la que ella quiere.

La mueca de desagrado y el bufido que soltó eran muy poco afines a su elegancia natural.

―¡La estética se puede ir al demonio! ―dijo con tono molesto― Me importas tú, Candy.

―¿Qué sucede, Archie? ―pregunté extrañada por su repentina falta de compostura.

―Pasa que debiste haberme contado que te habían asaltado cuando sucedió ―me reprochó―. No me hizo nada de gracia enterarme que mi mejor amiga tuvo un accidente, con un par de semanas de retraso, y solo gracias a que tenía que viajar a Inglaterra y cuando su padre se enteró me pidió que corroborara que todo estaba yendo bien con ella.

―Pensé que Annie te lo diría inmediatamente ―murmuré como disculpa y él soltó otro bufido.

―Tu hermana ha decidido no prestarle atención a nada que no tenga que ver con la boda. Estoy seguro de que si te hubiera pasado algo grave habría preguntado primero si tendría que posponer la ceremonia y después preguntaría por tu salud.

―Claro que no ―respondí, pero «claro que sí» susurró mi cerebro―. Simplemente está emocionada. Ha soñado por mucho tiempo con esto, por eso se ha dejado llevar un poco.

―¿Un poco? ―y un bufido más―. La única razón por la que mi agenda está tan ajustada en este viaje es porque tengo que ir a París a buscar unos manteles de encaje que encargó para adornar las mesas, y que no le pueden enviar por correo. ¡Mi hermano está en Francia, Candy! ¿Lo sabías? ¡Stear está en Francia! No lo he visto desde hace más de ocho meses y no sé si tendré tiempo para ir a buscarlo porque tengo que ir a retirar unos malditos encajes! ―no pude evitar reírme―. No es gracioso, Candy. Tu hermana se está volviendo loca.

―¿Quieres cancelar la boda? ―pregunté bromeando.

―¡Por supuesto que no!

―¿Preferirías una boda sencilla con mesas sin ningún adorno ni manteles de encaje? Podríamos organizar algo campestre en los jardines de la casa ―sonrió y tomó mi mano sobre la mesa.

―Preferiría que no hubieras escapado de la loca de tu hermana dejándome solo para lidiar con ella, Candy. Cuando Stear decidió tomar otro periodo de servicio en la fuerza aérea, me quedé con un solo aliado: tú, y te fuiste también. Odio que estés aquí. Detesto tener que controlar mi reloj siempre que quiero hablar contigo y darme cuenta de que o es demasiado tarde o demasiado temprano para ti. Preferiría poder tener a mi mejor amiga a mi lado, sin cinco horas y miles de kilómetros que me impidan hablar con ella cuando se me dé la gana.

―Yo también te extraño, Archie ―dije apretando su mano―, y sabes que puedes llamarme siempre que lo necesites, sea la hora que sea, aun con cinco horas y miles de kilómetros de diferencia.

―Lo sé, pero también sé que estás aquí porque estabas a punto de explotar. Y, seamos sinceros, tu hermana está como está por mi culpa, si yo no hubiera cometido la locura de enamorarme de ella y pedirle que se casara conmigo…

―Estaría volviendo loco a alguien más ―dije riendo y él rió conmigo.

―Dios, cuánta falta me haces, gatita ―dijo besando mi mano―. Te extraño casi con la misma fuerza con la que extraño a mi hermano, la cerveza, el café y los pastelitos de manzana.

―Estoy segura que Stear ayudaría a poner más nerviosa a Annie ―asintió.

―Lo imagino intentando inventar algo para hacer un espacio increíblemente mágico que en segundo se llenaría de humo y risas ―rió y me imaginé al otro Cornwell haciendo de las suyas.

―Espera, ¿Annie te puso a dieta?

―Nos pusimos ―dijo sonrojándose un poco―, es nuestra boda, no podíamos llegar al altar sin lucir perfectos ―ese sí era el Archie que conocía, inocente, risueño y vanidoso.

―Yo creo que después de atravesar el Atlántico no puedes rechazarme si te invito un pastelito de manzana ―dije con una sonrisa cómplice.

―Te aceptaría incluso la cerveza ―respondió sonriente.

―¡Archibald Cornwell! Creí que eras un hombre de whisky.

―Lo soy, pero cuando te prohíben algo es cuando más se te antoja. Solo imaginar una cerveza oscura, helada, coronada con una delgada capa de espuma en un vaso perlado por gotitas de condensación… ―¡Dios cuánto adoraba a este hombre!

―Yo no puedo tomar porque tengo que regresar al hospital, Archie, pero tú puedes pedir la cerveza mientras yo tomo un café y compartimos un pastelito. ¿Te parece una buena idea?

―La mejor que se le ha ocurrido en años señorita Brighton ―dijo lanzándome su mejor sonrisa de galán.

Conversamos un poco más, le conté algunas de las cosas que había hecho en Londres desde que había llegado, le insinué que había conocido a alguien, pero sin darle mucha importancia porque ese alguien necesitaba tiempo y no sabía cuándo lo vería de nuevo, nos reímos como siempre lo habíamos hecho y cuando fue tiempo de que él fuera a registrarse al hotel para poder arreglarse para su cena me llevó de vuelta al hospital.

Caminamos abrazados, dejando que la sencilla confianza que había entre nosotros fuera evidente y cuando llegamos a nuestro destino se despidió de mí con un abrazo apretado y un beso en la mejilla.

―A veces pienso que elegí a la hermana equivocada, Candy ―sonreí.

―Lo sé, Archie, pero en el corazón no se manda.

―Y me lo dices a mí ―dijo sonriendo mientras comenzaba a alejarse.

―Salúdame a Stear cuando hables con él y dile a la loca de mi hermana que la quiero ―levantó la mano para despedirse―. Y la próxima vez que quieras cancelar la boda me llamas ―grité antes de perderlo de vista.

Se sentía bien estar en compañía de alguien con quien puedes ser tú misma y conoce toda tu historia. Compartir unos momentos con uno de tus mejores amigos, después de haber estado sola por un tiempo, te deja con una sensación increíble de paz y alegría que sirve para hacer a un lado el velo oscuro que deja la soledad.

Sabía que mi hermana podía ser algo difícil pero también sabía lo mucho que esos dos se querían y lo lindos que eran cuando estaban juntos. Sus hijos iban a ser la cosa más adorable y berrinchuda que existiría en este mundo. En todo eso iba pensando mientras me volvía a poner el uniforme y regresaba a mi puesto. Cuando llegué la enfermera que me había cubierto me dijo:

―Felicidades, Candy, tu novio es muy guapo. Hacen una pareja muy linda. Ahora entiendo porque siempre andas con la cabeza entre las nubes.

―No es mi novio ―corregí―. Es el prometido de mi hermana y uno de mis mejores amigos.

―Entonces ¿es el otro muchacho el que te tiene en las nubes? ―dijo con picardía.

―¿El otro muchacho? ―pregunté.

―El que vino a buscarte después de que saliste. Rubio, alto, con barba ―«estúpidas maripositas»―. Aunque es un poco raro. Vino, dejó una nota y se fue. Después volvió, pidió que le devolviera la nota y se fue de nuevo.

―¿Cuándo fue eso?

―Hace una media hora.

Tiempo, estúpido, desgraciado e inoportuno tiempo.

―¿Dijo algo más? ¿Dejó algún mensaje?

―No, en realidad no dijo siquiera su nombre. Creo que se veía algo incómodo, como si el aroma del hospital le desagrada, prácticamente huyó cuando escuchó la voz del doctor Leonard.

«Debe odiar los hospitales» pensé. Pero había venido a buscarme. Volteé a ver el reloj pensando en ir a su departamento, pero tenía la guardia de la noche.

―Supongo que aún no es tiempo ―susurré y algo decepcionada volví a convencer a mi cerebro de que era momento de comportarme como una mujer adulta.


Aquí estamos de nuevo. Y sigo agradeciendo cada una de las lindas palabras que me dejan en los comentarios, me hacen sentir super bien. Para todas aquellas que me dicen "por favor no dejes la historia inconclusa" les aseguro que lo estoy intentando, supongo que me siguieron con Berlat y Naku, que se quedaron en el limbo por un tiempo, y de ahí su temor, pero de veritas, de veritas estoy intentando que esta historia fluya, y tenemos la ventaja de que no había sentido la emoción de escribir una historia larga que la gente siguiera en algún tiempo, así que, hasta el momento no tienen que preocuparse por eso, estoy escribiendo y lo seguiré haciendo.

A quién preguntó por mis libros, Nakupenda fue publicado en España por Ediciones Oblicuas y lo encuentran en versiones digital e impresa (amazon es la que tiene los envíos internacionales); y yo autopubliqué en formato digital, también en Amazon, Beirlat y la primera parte del Sir (que se llama "Caballero", libro 1 de la trilogía del Sir) porque necesitaba algo de plata, así que si les interesa las encuentran si me buscan como autor: Alethia Díaz Vázquez… y pus, ya.

Gracias por seguir leyendo y nos leemos la próxima semana. Saludines.