NOTA: Disculpen la tardanza, pero avisé al final del capítulo anterior de que entraba en un periodo de HIATUS por profundo desánimo. La responsabilidad la tenía, entre otras razones personales, una crítica injusta y vergonzosa que recibí de una hater rabiosa, en la que me insultaba de todas las formas posibles. Verán mi respuesta a esa "crítica" a continuación y les pido de nuevo disculpas a mis lectoras por defenderme. Este ataque anónimo supuso un mazazo para mí por lo injusto y gratuito de tal veneno, pero ya estoy bien y con ganas de continuar. :)

Por cierto, AnaCM, adoro que me hayas dado tantos ánimos para continuar. En el fondo eres responsable de que el hiatus no haya sido mucho más largo. Así que muchas gracias, Anita. Tus mensajes nunca son una molestia, todo lo contrario.

Sobre este capítulo, verán que hay un reencuentro esperado entre dos idiotas, otros dos personajes nuevos, un francés que me mata en cada conversación y una escena triste y muy poética que degenera en una especie de guerra campal a la hora de la cena (adoro la escena de San Petersburgo, pero es que yo soy rara XD). Esta escena, por cierto, es el preludio de algo terrible que va a suceder en Rusia en el capítulo siguiente. Yo ya voy preparando el terreno, y quien avisa...


...

Empiezo esta nueva entrega pidiendo disculpas a Iscar por haber interpretado mal sus palabras. Y a todas las demás porque estoy a punto de contestar una "crítica"a mi historia, por llamarla de alguna manera, que me ha afectado profundamente como persona que soy con sentimientos y amor propio. Les conmino a que se salten mi respuesta y vayan directamente al capítulo si así lo desean.

A mí, por educación -y, desde luego, no me ampararía en el anonimato para ello-, jamás se me ocurriría enviar una crítica humillante e insultante a nadie, ni siquiera a mis peores enemigos. La tal "señora" se ha dedicado simplemente a verter bilis por su teclado, a insultarme en lo personal, a decirme que no tengo ni idea de historia ni de Hetalia, a compararme con Crepúsculo, a decir que mis personajes son anticanon en todo, que aprenda a escribir, de copiar frases finas de libros (?!), que lea más (Dios, ¡esto es de coña!)... Pues bien, todas esas cosas, lo comprendo, son el fruto de alguien que simplemente odia a las fujoshi y a los homosexuales y esta vez ha decidido pagarla conmigo, para mi desgracia.

Por suerte tengo un gran número de reviews positivas que me aseguran que la mía es la mejor historia que han leído y que demuestran que no todo el mundo es un homófobo resentido.

Para empezar, mi querida hater, aprende a escribir correctamente una crítica si tú misma estás denunciando que otra persona no sabe escribir. Por otro lado, si tanto te disgusta mi historia, ¿para qué la lees? Dedícate a leer lo que te guste y no malgastes tu tiempo en tratar de zaherir a los demás o pasarlo mal con algo que no es de tu gusto. En serio, es más constructivo para todos. Si me hubieras criticado con educación y con argumentos válidos, estaría más que satisfecha de leerte, pero tan solo te has limitado a humillar al prójimo y a mostrar tu opinión sin basarte en hechos. Está claro que existe gente que tiene envidia del relativo éxito de los demás. Yo no busco likes, de hecho solo tengo 10. Busco que la gente disfrute con una historia que, sobre todo, me gusta a mí. Me apena que tú no puedas disfrutar de las cosas con tranquilidad y madurez. Si buscara likes escribiría UsUk o Gerita o tu querido PruHun (que parece ser la razón por la que me odias, porque querías leer sobre esta pareja y ya está. Ve y busca otros fics, porque de esa pareja está fanfiction lleno).

Primero: en las familias militares sí puede haber gays. La ignorancia y el odio te puede, querida. Te recomiendo que leas el reciente ensayo Gay Berlin, de Robert Beachy o los libros de McDonogh, concretamente Prussia: the perversion of an idea y su capítulo "Pink Prussia". Así podrás saber que la homosexualidad era algo posible y de hecho, frecuente, en Prusia y en Alemania. La homosexualidad moderna se "inventó" en el imperio alemán. No es cuestión de relatar aquí todos los libros de historia que me he leído y las novelas de época (alemanas, británicas y rusas que me he leído durante años y sigo haciéndolo. Leer es mi mayor pasión en esta vida), pero acusarme de que yo no leo muestra únicamente el deseo de insultar a alguien a quien no se conoce por cuestiones personales no resueltas.

Segundo: Los militares no tienen por qué ser insensibles o poco cariñosos. La susodicha hater me achaca el escribir clichés y su "crítica" es un compendio de vergonzosos clichés. Sé de lo que hablo por experiencia propia: los militares son personas como tú y como yo y pueden ser dulces y cariñosos. De hecho, se entregan a una profesión que, en principio, consiste en salvaguardar a los demás, inclusive a cualquier hater aburrido cuya única motivación en la vida es buscarse enemigos.

Tercero: Esta es MI versión de los personajes de Hetalia. A algunos lectores, mis personajes les parecerán más canon, basándose en sus propios gustos e interpretaciones, y a otros menos. Hay personas que se olvidan de que Hetalia es una parodia, y que hay autoras que escribimos drama. Aquí hay una incompatibilidad de géneros que tratamos de solventar a nuestra manera. Si para ti, según parece, Gilbert debería ser una persona fría, heterosexual y que odia a todos, me parece bien. Es tu Gilbert. Jamás se me ocurriría ir a buscarte para criticar tu visión y decir que no es canon y que dejes de escribir. No soy tan maleducada e infantil. Para mí él no es así, y me estoy basando en la historia real y en Hetalia (que, sí, me he leído y releído religiosamente) como puedo y con un gran esfuerzo de documentación. Estoy sinceramente HARTA de que me digan que Rusia odiaba a Prusia y viceversa, y para ello las hetatards citan la historia en general, de oídas. Ha habido épocas de guerra entre ambas naciones, y épocas de paz y concordia y aprendizaje (Lee un poco de Tolstoi, de literatura rusa de la época dorada, lee un poco de los románticos y racionalistas alemanes, lee a Orlando Figes, lee a Christopher Clark, lee a Philipp Blom, lee a Norman Davis, a Timothy Snyder, lee al magnífico Antony Beevor, tú, que me acusas a mí de no leer). Rusia estudiaba y admiraba la filosofía alemana, aprendía de sus ejércitos y tácticas, copiaba su sistema de educación, sobre todo los europeístas, no los eslavófilos, así que no me vengan con idioteces de odios eternos. Todas las naciones se han amado u odiado según les convenía, se han enemistado y se han aliado. Ahora mismo acabo de leer algo semejante en Guerra y Paz, pero claro, nuestra hater sabe más, por ejemplo, que Lev Tolstoi.

Insisto: si me ciñera a Hetalia, que es una parodia cómica, tendría que hacer a Gilbert como un redomado gilipollas (Por ejemplo, como cierta escena en la que Gilbert le pregunta al W.C. que qué es un patito de goma mientras se baña. Pff). ¿Y sabes qué? Que eres tú quien debe crecer y leer las tiras cómicas y ver la serie de nuevo para comprender muchas cosas. Quizás no te enseñaron la diferencia entre comicidad y drama, entre parodia, cliché y humanización y desarrollo de personajes.

Posiblemente, oh, pequeño ser lleno de rencor, mi Gilbert sea el más canon dentro del DRAMA HISTÓRICO. Me he basado en figuras históricas prusianas de relevancia para crearlo (En el viejo Fritz [homosexualidad, cultura], el Rey Sargento [amor por el ejército], en Bismarck [amor por Prusia, astucia, carácter pendenciero y manejo del sable en duelos], en el Kaiser Guillermo II [deseo de destacar y vanidad], Kant [pasión por la razón y la argumentación] etc, etc. Aparte, también he tenido en cuenta para él las cardinales virtudes prusianas (obediencia, lealtad, disciplina, coraje, sentido del deber y de la justicia, etc.). Por último, su eminencia no ha tenido en cuenta que solo ha leído la niñez y un poco de la adolescencia de mi Gilbert, es decir, de su época de formación como ser humano y de su propio carácter, que se ha ido moldeando y apunta maneras al fin gracias a la intervención del escocés y del francés.

Sobre lo de "tu adorado ruso" es algo que dice Roderich en el prólogo, no el propio Gilbert, así que cualquiera con dos dedos de frente adivinaría que es producto de los celos por parte del austriaco. A estas tempranas alturas de la historia (relativamente tempranas), Gilbert e Ivan aún no se han reencontrado, así que despreciar y negar mi RusPru sin que yo le haya dado inicio todavía, y sin esperar a ver cómo se construye y evoluciona la relación de ambos en el futuro, tan solo demuestra que las quejas provienen de alguien que odia esta pareja de antemano y punto.

Cuarto: Mis diálogos están adaptados en parte a la época actual porque mi intención no es crear un tostón pedante como esa gente que busca palabras raras en el diccionario para fingir que sabe (para eso uno se lee un ensayo sesudo sobre historia, que yo adoro, por cierto; y no acude a Fanfiction). Con los diálogos más "actuales" pretendo crear un contrapunto al dramatismo de la historia, al tiempo de hacerlos más cercanos y humanos para el lector actual. Eso sí, si caer en coloquialismos y expresiones vulgares, porque aunque se trata de literatura y hay que guardar las formas, el modo de hablar de un niño no es la misma que la de un adulto, ni la de un príncipe la misma que la de un sirviente. Y todo esto lo reflejo con mucho cuidado. En suma, mis diálogos no son ni tan actuales como dices, ni tan ridículamente pedantes como detesto. Son naturales.

Quinto: Gilbert atesora en su corazón a Fritz, y él mismo así lo dice. Pero mi historia se encuadra un siglo después, en pleno auge del imperio tras las importantes victorias bélicas prusianas, y ahora sus ídolos son los más cercanos en su tiempo, Bismarck y el kaiser Guillermo I, que fue uno de los mejores reyes de la dinastía Hohenzollern que produjo esta gran nación que fue Prusia. Se nota que tú solo te has leído la wiki y te has quedado tan ancha, diciéndote para ti: oh, qué experta soy. Te ofrezco mi dulce amistad, después de todo, querida anónima, para pasarte bibliografía seria y variada con la que lidiar. Así luego podrás criticar con conocimiento de causa, y no a través de visiones sesgadas, limitadas, simploides y no corroboradas por historiadores de verdad. Aunque me temo que la mayoría de la bibliografía está en inglés y en alemán, dada la escasez de libros en español dedicados a la historia de Prusia e incluso de Rusia, y dado que escribes "acurrate" en tu magnífica crítica, sinceramente, no creo que te sirvan de mucho.

Sexto: No tengo el honor de conocer bien esa saga de Crepúsculo, pero me pareces una maleducada sin ningún tipo de clase por ridiculizarla. Le gustará a mucha gente y hay que respetar los gustos de los demás. No sé quién te crees tú que eres para dar lecciones de lo que es bueno y de lo que es malo. ¿Has escrito algo intachable y maravilloso? ¿Acaso eres un premio Nobel? No, ¿verdad? Una señora de verdad no malgastaría su preciado tiempo en vomitar como tú has hecho sobre alguien que no te ha hecho ningún mal.

¡Pero mira! Para que veas que no rechazo todo lo que dices, admitiré que no es muy lógico que escriba algunas frases en otro idioma cuando se supone que los personajes ya están hablando en el idioma en cuestión. Pero he de decir que en esa época se hablaba francés incluso en Alemania y en determinados círculos aristocráticos (En Rusia se hablaba siempre en francés en la clase alta de San Petersburgo, mientras que el ruso estaba restringido a los sirvientes). Al escribir, me gusta recordar que las personas instruidas del siglo XIX dominaban varios idiomas y los utilizaban indistintamente según la situación lo requiriese. Aparte, volveré a aludir a Tolstoi, porque tengo su lectura reciente y porque me parece un argumento de autoridad incontestable: en su propia obra Napoleón suelta frases en francés cuando departe con sus generales, cuando es obvio que YA hablan en francés entre ellos. No es más que un recurso artístico del autor, y, sinceramente, me importa más el ejemplo de este notable escritor que el de una cría enojada.

Voy a dejarlo aquí, porque si no me detengo ya, crearía veinte puntos como mínimo y no deseo abusar de mis cariñosos lectores a los que aprecio de veras, pues el resto de su crítica son más insultos y más odio por las fujoshis que nada tienen de constructivo. Y, por cierto, YO NO ESCRIBO LEMON CON NIÑOS.

Quedo a la espera de las malas críticas también, siempre y cuando, insisto, no sean una ridiculez que no se basan más que en interpretaciones personales de cómo deben ser los personajes y siempre que se hagan con respeto y educación. Aquí detrás de las pantallas del PC hay personas, no enemigos anónimos a los que fustigar porque a uno no le guste X cosa (O nada, según algunos).

Paz y amor a todos, sobre todo a aquellos que más necesitan de un buen abrazo por su amargura vital. Quizás algún día podáis ser felices y tratar a los demás con humanidad y mesura. Yo, por mi parte, te perdono, porque todos tenemos prontos e inseguridades. Que seas feliz.


La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.

(Arthur Schopenhauer, filósofo alemán)


Capítulo 11 – Declaraciones de guerra

Alguien golpeteó con los nudillos en la puerta de su compartimento, al ritmo de una conocida marcha de caballería. Gilbert sonrió y meneó la cabeza con alegre resignación.

—Adelante —soltó con voz de mando, echando una última y furtiva mirada al reflejo que le devolvía la ventanilla de su cabina privada.

Desde que conocía al francés, Gilbert reparaba en su propio aspecto con mucha más frecuencia y, aunque fuese de forma inconsciente, había empezado a impostar sus sonrisas; sobre todo, cuando alternaba con las damas. El prusiano había notado el novedoso cambio que de un tiempo a esta parte operaba en aquellas: ahora lo tomaban en cuenta y le correspondían con sonrisas más o menos tímidas o más o menos atrevidas, dependiendo de la edad y experiencia de la dama en cuestión. El joven lo achacaba simplemente a que ahora era un hombre, y pensaba que era natural que las muchachas coquetearan con el primer hombre que se les pusiera por delante.

Eh bien, monsieur. Le traigo el mejor vino de Baviera para su personal uso y disfrute —anunció Francis con una sonrisa deslumbrante, imitando los ademanes obsequiosos de un chef parisino—. No sabía que en Baviera tuvieran vinos. Igual es el que usan para bañar a sus cerdos.

—Hoy tocaba cerveza, gabacho. Nunca cumples lo que prometes, pero bueno, no sé de qué me quejo, si ya debería estar acostumbrado. ¡Y saliendo de Múnich me traes un vino! ¡De Múnich! Estás loco.

—¡Oh, pero qué cruel! —exclamó Francis sentándose justo delante de su amigo mientras recolocaba con estilo las faldillas de su levita sobre la tapicería del asiento.

—La cerveza de Baviera es la mejor del mundo, aunque, como prusiano, no debería decir semejante blasfemia.

—El peor vino del mundo siempre sería preferible a la mejor cerveza del mundo, aunque... —El francés arrugó la nariz al acercarse la botella para olfatearla con delicadeza—... Quizás haya llegado el día en que debo darte la razón en algo, mon cher comesalchichas.

—Anda, sirve —dijo Gilbert con un suspiro, por no reírse y claudicar.

—Que quede claro que no me hago responsable de nuestra intoxicación.

—Empiezo a pensar que invitarte a Viena ha sido la peor idea de mi vida.

—¡Y yo no sé qué he hecho para merecer tal desamor, prusiano! —Levantó una copa en el aire y adoptó un gesto austero y marcial, como el de un gladiador ante el emperador justo antes de dejarse la vida en la arena.

—No puedo ni imaginarme la cara de Roderich cuando te conozca —dijo Gilbert con entusiasmo, alzando, a su vez, la copa de vino.

—Yo no quiero ver a tu primo. Quiero ver los bellos rostros germánicos de las vienesas cuando se rindan a mis encantos, quiero ver a Sissi en persona, oh ¡belle femme! Las pobres tienen que estar hartas de tener que soportar a todos esos hombres aburridos, grises, rígidos, cuadriculados, poco elegantes, y por si fuera poco, nada románticos.

—Te has despachado a gusto, ¿eh?

—Los alemanes sois peores aún, pero tengo la decencia de callármelo.

Gilbert se tomó un buen trago del insípido vino y miró a su alrededor. Francis había insistido en pagar los billetes de tren en primera clase y él había terminado por acceder a regañadientes. Al fin y al cabo no tenía otra opción, pues su asignación mensual, que era mínima, no daba para mucho, y su padre aún no sabía nada de su decisión de dejar la escuela. Pensar en su padre lo inquietó profundamente y trató de concentrarse en su amigo, que parloteaba sin cesar sobre su tema favorito.

—... la ópera de Viena. ¡Tenemos que ir!

—No me gusta mucho la ópera. De pequeño sí me gustaba mucho, pero...

—La ópera en sí es lo de menos, Gilbert. Parece mentira. Como todavía eres un inocente, no sabes que durante los intermedios es cuando puedes conocer a las damas más exquisitas de la alta sociedad, damas que están deseosas de complacer. Tantas viuditas, tantas hijas casaderas ansiando que alguien las corteje... Y en un palco se pueden hacer tantas cosas mientras resuena de fondo una hermosa aria...

—No tienes remedio, ¿verdad?

Gilbert se dio cuenta de que aún no sabía demasiado acerca de su amigo. Era un calavera, un vividor que disfrutaba de cada instante, eso lo sabía, pero apenas le había contado nada de su familia, de su vida en Alsacia, de su hermana pequeña... En cuanto supo que volvía a Viena, el francés había querido acompañarlo y como él mismo le decía, «no aceptaría un no por respuesta». Por un lado, a Gilbert le gustaba tenerlo a su lado, aunque no sabía cómo lo acogerían sus tíos, y, sobre todo, su primo, pero por otro, le preocupaba el comportamiento descocado del francés. Por suerte, Elizabeta estaba de viaje por Europa en compañía de su institutriz, porque daba por sentado que Francis no vacilaría en hacerle la corte a la húngara, a pesar de que ya estuviera prometida a Roderich. El francés lo hacía sin malicia, eso era cierto, pero de alguna forma que no terminaba de comprender, a Gilbert le molestaba imaginárselo.

—Bella te echará de menos —dijo, con intención.

—¡Qué va! Estaba deseando librarse de mí. Era una prostituta, Gilbert. A veces parece que lo olvidas.

—¿Y las prostitutas no tienen sentimientos?

—No. Y aunque así fuera, no por mucho tiempo. C'est la vie.

El traqueteo del tren era reconfortante y una sensación de dicha por el viaje en sí y por la anticipación de ver a Roderich de nuevo, hizo que le sonriera a su amigo con cariño. Francis le devolvió la sonrisa, se inclinó hacia delante y le palmoteó en una rodilla.

—Me alegro de verte tan animado. Todo irá de maravilla, ahora que te has librado de ese Jean-Claude.

La sonrisa bailoteó en los labios de Gilbert, que apartó la mirada del francés, turbado.

—No me gusta esta sensación. Siento que estoy huyendo en vez de enfrentarme a él y darle su merecido —dijo con una expresión de disgusto—. ¿Por qué hay personas así en el mundo, Francis? Yo no le hice nada, y aún así, él...

—Mira, Gilbo, cuanto antes te convenzas, mejor será para ti. Este mundo está repleto de personas débiles que no saben cómo enfrentarse a la vida. No comprenden nada, están frustrados, no saben que llegarían mucho más lejos con una palabra amable que con una cruel. Los buenos modales se están perdiendo, esa es la triste realidad. A veces, esas pobres personas son conscientes de sus escasas posibilidades y en vez de tratar de mejorar, pagan su mezquindad con los demás. ¡Ay, Gilbert, la envidia! Napoleón decía que la envidia es una declaración de inferioridad. Y yo te digo que la envidia consume, reconcome, aniquila y disminuye a quienes la sufren. De todos los pecados capitales que existen, es el peor, pues no reporta siquiera una satisfacción al pecador. ¡Es el pecado de los idiotas!

—Pero Jean-Claude lo tenía todo. ¿Por qué...?

—Está claro que no lo tenía todo, mon ami.

—Qué estúpido es el mundo. ¿Y qué puedo hacer yo, si no deseo enemistarme con ellos?

—Aceptar que no todo el mundo puede ser tan asombroso como tú. Que las criaturas te odiarán por ser quien eres, hagas lo que hagas. Tú míralo de este modo: cuanto más te envidien, más asombroso eres a sus ojos. Por eso a veces querrán hacerte daño. En sus mentes, pequeñas y retorcidas, piensan que se hace justicia si hacen sufrir al hombre de éxito, al hombre feliz, al hombre sencillo, al hombre que se desenvuelve bien, al hombre que, en suma, no odia a sus semejantes.

Gilbert se quedó pensativo unos instantes.

—Yo le tenía un poco de envidia a Roderich. Pero jamás se me ocurriría hacerle daño.

—Porque lo quieres.

—Sí, claro. Pero si no fuese mi primo tampoco querría hacérselo. Porque es una persona buena que no se mete con nadie. Es guapo, elegante y talentoso, y por eso yo lo admiro.

—Ajá, y tú tienes otras magníficas virtudes. Te gustan las salchichas y los sables.

—Oh, cómo te odio, francés —dijo Gilbert, sonrojándose.

—Eso es mentira y lo sabes bien.

—También me excitan las botas bien relucientes —bromeó.

—¡Y ordenar los libros por orden alfabético!

—Es que tu biblioteca era un desastre...

—¡Oh, Gilbert! Qué ganas tengo de que te enamores. Te verás tan tierno...

—No, yo ya no quiero enamorarme de nadie. ¡Voy a ser como tú! Un casanova sin corazón, con una novia en cada puerto. ¡Y serán ellas quienes se peleen por mí en cada baile!

Francis se rió, se volvió a adelantar y besó a su amigo en una mejilla. El francés le había manifestado su apoyo reiterado y sincero en cuanto a su interés por los hombres, pero fue el propio Gilbert quien modificó su conducta sin dar explicaciones. Lo recordaba aquella mañana, cuando se presentó en su casa de Berlín con una emoción y un ímpetu inauditos en él, pregonando a los cuatro vientos las delicias de una moza que había conocido tras una parada militar. Francis, que solía bromear en todo momento, no lo hizo en aquella ocasión y ni siquiera sacó a relucir el «antiguo» gusto de su amigo.

—Me llevó a la parte trasera de la taberna donde ella servía las mesas y me besó. Me besó, Francis, y luego también me... me... ¡yo creo que le gusto! —le contaba aquella mañana con voz torpe y atropellada. Había incluso ilusión en sus ojos carmesíes.

—¿Y te gustó? —le había preguntado el francés, con cuidado y hasta con dulzura.

—Sí, creo que... Es decir, sí.

—Entonces está bien. ¿Y cuándo piensas casarte con ella?

—¿Có... cómo?

—No te limites, Gilbert —le dijo al fin, con desacostumbrada seriedad—. Esa muchacha te sugerirá el matrimonio en cuanto le des la más mínima oportunidad. Aunque no tengas ni los dieciséis. ¿Un militar de buena familia? Eres una bicoca. Un petit pastelillo de nata con azúcar glas por encima.

—Tú y tus símiles culinarios... —dijo Gilbert con un resoplido.

—Tú piensa si es eso lo que quieres. Lo que de verdad quieres. Y cuando lo tengas claro, actúa con responsabilidad. Imagino que ya sabes lo que pasa cuando un hombre y una mujer...

—¡Oh, por favor!

Ahora Francis miraba a su amigo, de camino a Viena, en aquel lujoso vagón de primera con falsas molduras de oro y cortinajes rojos —tan poco prusiano, y no obstante, alemán—, y creyó que Gilbert se estaba engañando en el fondo de su alma. ¿Pero quién soy yo para decir nada? ¿Qué sé yo, aparte de que el amor es sublime y que no hay nada escrito que abarque todo cuanto significa amar? Quizás sea feliz amando a las mujeres, pero quizás no lo sea si piensa que vive una mentira cómoda y causada por los demás. Es como con lo de Jean-Claude. Y será infeliz porque llegará un día en que se plantee que está huyendo, esta vez de sí mismo, y esta vez será peor porque no hay en el mundo una ciudad lo suficientemente lejos como para escapar de uno mismo.

—¿Crees que me recibirán bien tus tíos? —preguntó Francis para apartar de su mente tan sombríos pensamientos.

—Los Edelstein son la familia más educada y amable de Austria.

—Como ha sido tan repentino... Tienes que reconocer que el telegrama de tu tío fue un poco frío.

—Pues como todos los telegramas. No te preocupes, bobo. Si cuando quieres, eres encantador.

—¿Perdona? Yo siempre soy encantador.

Gilbert volvió al reflejo de su ventanilla y observó atentamente sus rasgos angulosos, ahora más marcados y masculinos. Roderich apareció en su mente y una débil sonrisa floreció en sus labios.

—Seguro que Roddy estará esperándome en la estación, con ese aspecto de eterno malhumor que tiene, como si siempre estuviera justo donde menos quiere estar. Aunque ahora que lo pienso... ¡eso solo le pasa conmigo!

Francis se rió.

—No te me hagas la víctima, prusiano. Seguro que tú te portas fatal con él.

—Bueno... a veces... un poco.

—Voilà.

—Pero es que es tan fácil sacarlo de quicio... —La sonrisa adquirió un tinte malicioso y su mirada se volvió entre nostálgica y burlona.

—¡Fíjate! Exactamente como me pasa a mí contigo, que eres tan tontín...

Gilbert lo ignoró.

—Cuando lo vea ahí, en el andén, le pediré disculpas por haber sido tan idiota con él —dijo con fervor—. Quiero arreglar las cosas entre nosotros y que todo vuelva a ser como antes.

Como si en alguna ocasión las cosas pudieran volver a ser como antes.

En cuanto llegaron a la capital imperial, Gilbert corrió a la puerta de madera del vagón, la abrió él mismo y saltó con agilidad al andén, levantando a su paso un reguero de miradas reprobadoras. Un joven de uniforme alemán que corría emocionado entre los grupos de respetables personas que esperaban a sus familiares y amigos, y que buscaba con la mirada a alguien que no aparecía por ninguna parte. Francis bajó tras él y con un chasquido de los dedos digno de un marqués, le indicó a un mozo de la estación que se encargara del equipaje.

Pero ¿era posible? ¿Acaso no había ido nadie a buscarlo?

Gilbert se detuvo en seco, con el corazón en vilo y Francis se aproximó a él por detrás.

—Quizás tan solo se han confundido de hora... —comenzó a decir, con diplomacia, pero una alegre voz infantil resonó por toda la estación con una fuerza abrumadora.

—¡GILBEEEERT!

No le dio tiempo ni a sentirse mal por la ausencia de Roderich. Un chiquillo rubio y repeinado, de unos diez años, corría hacía él con los brazos extendidos, y el prusiano se quedó allí clavado en mitad del andén, esperando la colisión con los brazos abiertos y con los ojos nublados.

Su hermanito Ludwig era ya todo un muchachito, y por vez primera, fue del todo consciente de cuánto lo había echado de menos. Ahora Gilbert era mayor y había dejado atrás aquellos celos infantiles por el hermano que se llevaba todas las atenciones, y es que aquel hombrecito de ojos celestes que lo abrazaba con fuerza era su hermanito, su responsabilidad, la cosa más linda que había visto y a la que más quería.

«Ya no es un bebé, y yo sigo siendo el primogénito», se dijo sin soltarlo, emocionado y feliz de tenerlo justo allí, junto a su pecho. «A mí me corresponde cuidar de él, y enseñarle, y protegerlo. Si a mí me han castigado más y han sido más exigentes conmigo es porque soy el mayor y como tal tengo mis responsabilidades».

Comprendió que prefería llevarse él los golpes antes que se los propinaran a su hermano pequeño. Y así sería siempre.

Se lo comió a besos, invadido de un cariño desmedido por aquel niño tan serio y adorable.

—¿Me has echado de menos, Ludwy?

—¡Mucho, mucho!

—¿Pero cómo es posible que hayas crecido tanto? ¡Como me superes en altura me enfadaré contigo, hermanito!

—Pero...

—¡Es broma, mi pequeñín, es broma! —exclamó desbaratándole a conciencia aquel peinado tan esmerado y formal.

—¡Pero, bruder, no me despeines!

—¿Quién te ha peinado así? Como me entere yo de quién...

Alguien carraspeó.

—Gilbert von Beilschmidt, le espera un carruaje a la salida —dijo una voz desconocida, que pertenecía a un hombre ceñudo, no demasiado alto, y con un traje austero aunque de buen corte.

—Este es herr Zwingli, mi preceptor —presentó Ludwig con suma seriedad—. Es suizo.

—¿Es usted quien ha peinado así a mi hermano? Si no es más que un niño.

—¡No soy un niño!

—Y usted es un cadete y va despeinado como un mamarracho. Así que no me diga cómo he de hacer mi trabajo. Muchas gracias.

Francis se volvió a reír con ganas y Gilbert se sonrojó hasta las orejas. Desde luego, aquel preceptor no tenía nada que ver con su adorado Alistair.

—En marcha, Ludwig, nos vamos —dijo el preceptor con aquella voz seca y desprovista, a simple oído, de cualquier calidez.

—¡Sí, señor! ¡De vuelta a Rosenthal!

Sin dar tiempo siquiera a las consabidas presentaciones, Gilbert se vio obligado a seguir a aquel hombre malhumorado hacia la salida de la estación mientras miraba de reojo a su amigo con aspecto de disculpa. Francis, por su parte, se encogió de hombros y sonrió, dando a entender que todo estaba bien.

Tras indicar a los mozos de la estación dónde debían enviar el equipaje, se acercaron al carruaje cubierto que los aguardaba a la salida y el cochero los saludó alzando un poco la chistera hacia atrás.

—Prefería que nos hubiera venido a buscar tu tía, si te digo la verdad —susurró Francis mientras subía al interior del carruaje—, y no este queso suizo que se ha tragado una escoba. Pobre hermano tuyo.

—Shhh, calla, calla —replicó Gilbert reprimiendo la risa.

Y aunque estaba feliz, oyendo la vocecilla exaltada de su hermano, que le contaba con todo lujo de detalles lo que había hecho durante toda la semana, algo agitaba el ánimo del prusiano en lo más profundo.

Roderich no había ido a buscarlo.


2

—¡Bienvenido, sobrino, bienvenido! ¿Qué tal el viaje? ¿Muy largo y pesado?

—No, tanto, señor tío. El señor Bonnefoy costeó nuestros pasajes en primera, así que resultó un viaje muy placentero, además de la buena compañía que su amistad ha supuesto para mí.

Gilbert se percató de que se estaba mostrando muy nervioso ante su tío. No sabía qué era exactamente, pero había algo distinto en el trato del conde, un matiz de frialdad allí soterrado bajo sus habituales maneras corteses y sus palabras animosas. La sonrisa del señor Edelstein era, quizás, demasiado perfecta, demasiado invariable. En definitiva, artificiosa.

—Me alegro, sí, me alegro mucho de oírlo. Por supuesto, el señor Bonnefoy es bienvenido también —dijo, volviéndose hacia el francés—. Espero que disfrute de su estancia entre nosotros, señor, al menos hasta que se termine el permiso de mi sobrino.

El permiso, claro. El conde se había cuidado mucho de mencionarlo como en una especie de advertencia. Era como si hubiese dicho: «Te acojo a ti y a tus amigos porque eres mi sobrino y porque debo hacerlo, pero te marcharás en cuanto yo haya cumplido mis deberes básicos de anfitrión».

Se trataba de aquel falso permiso al que Gilbert había aludido en su primer telegrama a Rosenthal, y que ahora lo mortificaba. Había mentido. No había tal permiso ni se reincorporaría a la escuela: quizás su tío lo sospechaba y, por supuesto, no lo aprobaba.

Oh, Dios, y qué le diría a su padre. El barón von Beilschmidt era capaz de matarlo con sus propias manos en cuanto se enterase. Aquello le daba todavía más miedo que servir en el ejército real como cadete durante un año.

Como si le hubiese leído el pensamiento, el conde prosiguió con aquella voz jovial e impropia de él por el timbre de frialdad que imprimió a cada una de sus palabras:

—Esta mañana escribí a tu padre informándole de tu llegada para que sepa que todo está bien.

Gilbert palideció y únicamente fue capaz de asentir en silencio. Anneliese intervino entonces, con toda la dulzura de su voz atiplada y tranquila.

—Oh, vamos, cariño, dale un respiro al muchacho, que debe de estar agotado de tan largo viaje. Quizá quiera cambiar el uniforme por ropa de civil, lo cual sería mucho más apropiado ahora que está de permiso en Viena, ¿verdad, sobrinito?

—Sí, señora.

—Espero que halle todo a su gusto, señor Bonnefoy. No dude en pedirme cualquier cosa que necesite para hacerle sentir a usted como en su casa —dijo la dama con exquisita amabilidad, y el francés se apresuró a adelantarse unos pasos para besarle la diminuta y delicada mano. Aquel gesto ocasionó la hilaridad de la condesa.

—Gilbert cantaba alabanzas a su belleza, señora condesa, pero no le perdonaré jamás que se quedara tan corto, pues ahora que la veo con mis propios ojos, he de reconocer que la emperatriz de Austria ya tiene una digna sucesora en usted. Enchanté, madame.

—Oh, pero qué lisonjero es usted, señor.

El conde se aclaró la garganta y se excusó entre dientes.

—Cenamos a las ocho en punto, espero que lo recuerdes, sobrino —dijo antes de salir y sin aguardar siquiera a recibir una contestación por parte del joven.

—No se lo tengas en cuenta, querido. Le duele un poco la cabeza —dijo la condesa acercándose a Gilbert con un frufrú de la seda de su vestido de tarde. Después, extendió las manos para tomar las de su sobrino y le sonrió con un cariño casi maternal.

—Gracias, tía Anneliese.

—Es una lástima que tu preceptor ya no esté con nosotros —comentó la mujer, con el rostro arrebolado—. No sabrás nada de él, ¿verdad?

—¿Alistair? En su última carta me decía que había arreglado los asuntos de mayor urgencia tras el fallecimiento de su padre —contestó Gilbert, extrañado por el brusco cambio de tema.

—Qué desgracia, oh, qué tremenda desgracia. Tan joven... Después, cuando te hayas acomodado, continuaremos con esta conversación, ¿de acuerdo, cariño?

—Sí, señora.

En cuanto la dama salió en pos de su marido, Francis se acercó a Gilbert y le dio un codazo de complicidad.

—¡Pero bueno! La condesa está perdidamente enamorada de tu preceptor. Si ya te lo decía yo, Gilbo, las mujeres casadas son las más ardientes.

—¡Pero qué dices! —dijo el prusiano con los ojos muy abiertos por la incredulidad—. Si mi tía es la dama más formal y correcta que...

—Ya, lo mismo me decías de tu primo. ¿Y dónde está él? Ni siquiera se ha dignado a aparecer.

Gilbert sintió que lo invadía la tristeza que se había esforzado por erradicar, más aún cuando las palabras de su amigo eran tan certeras como una flecha que se clavara en el centro justo de una diana.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—¿Por mi parte o por la de tu primo?

—¡No me importa que no haya venido a saludarme! —exclamó, molesto—. Seguro que está con su estúpido piano. Roderich es incapaz de querer otra cosa que no sea ese ridículo trozo de madera. Un día iré y le prenderé fuego a su piano, solo por ver la cara que se le queda, y entonces...

—Vamos, vamos, no pierdas la calma, soldadito de plomo. Anda, ve a cambiarte para convertirte en una persona de una vez por todas. Yo sí que voy a quemarte ese uniforme que llevas. Si al menos fuera de gala...

—Esos son para los bailes y los desfiles.

—Es una lástima que no puedas acudir aún a esos bailes de sociedad. Las damas van muy escotadas, e incluso con los brazos desnudos. Y se muestran tan felices cuando un caballero las saca a bailar, que todas, incluso las más feas, parecen relucir como pequeños soles.

—Si me hubiera quedado en Berlín, podría haber asistido a los bailes de jóvenes cadetes.

—¿Y bailáis entre vosotros? Sí, suena fabuloso.

—¡No, idiota! Vienen las hermanas de los cadetes, y las jovencitas que aún no se han puesto de largo y... ¡argh, no sé qué hago hablando de esto contigo! Además, ahora no me apetece hablar de nada.

—Estupendo, ve entonces a vestirte como Dios manda. Yo me daré mientras una vuelta por palacio para ir conociendo a las sirvientas. ¡Au revoir!

Con una opresión creciente el corazón, el prusiano marchó a sus antiguos aposentos, arrastrando los pies por la alfombra persa del pasillo. Una vez dentro de su habitación, se desabrochó la guerrera azul y apenas se quitaba una manga cuando una voz tierna volvía a llamarlo por su nombre desde la puerta.

—¡Ludwig, pasa! —dijo con animación, sentándose en la cama de un salto.

El pequeño entró tímidamente, con sus pantaloncitos cortos, su levita de montar abrochada a un lado y sus botines con polainas de piel. Gilbert le hizo un gesto afable y le indicó que fuera a sentarse junto a él.

—¿Has ido a montar? —le preguntó, reprimiendo las ganas de estrujarlo de un abrazo.

—¡Sí, esta mañana muy temprano! Pero ahora estaba estudiando geografía. Me he escapado del señor Zwingli para venir a verte.

—Eso no está bien, hermanito —y, aunque intentó mostrarse severo, terminó por echarse a reír.

—Ya lo sé. ¡Oye, oye! ¿Sabes qué, Gil? Papá le regaló unos caballos al tío, y los trajeron desde Prusia todo el camino como si fueran los reyes de los caballos. ¡Tienes que verlos! El tío mandó construir unas caballerizas más grandes y ahora ha contratado a un mozo de cuadras nuevo para que ayude al pobre y viejo Stein. Creo que tiene más o menos tu misma edad, hermanito, o es un poco más viejo que tú, no sé, pero ¡es muy gracioso y muy raro! —Ludwig bajó la voz y se acercó a su hermano mayor en plan confidencial, como para confesarle un terrible secreto—. Siempre me trae dulces y me lleva a caballito y juega conmigo, aunque habla fatal el alemán, y al señor Zwingli no le gusta nada. Dice que es un gandul del sur de Europa y a veces dice cosas peores... Pero yo te aseguro que no es así. Que no es tan gandul... Bueno, a veces un poco, pero ¡es muy divertido!

—Eso está muy bien. Ahora que estoy aquí yo también podré jugar contigo.

El niño parecía tremendamente feliz y mucho más charlatán de lo que lo recordaba, pero claro, hacía mucho tiempo que Ludwig no veía a su hermano mayor, por lo que su entusiasmo era lógico y natural. Gilbert se dio cuenta de que Ludwig también debía de haberse sentido muy solo allí en Rosenthal, sin su madre, sin su hermano, rodeado de sirvientes adustos y fríos, y con aquel horrible suizo que estaba empeñado en convertirlo en un hombre hecho y derecho a tan tierna edad.

—Te quiero mucho, Lud —dijo, de repente, con un arranque de sinceridad que le provocó un profundo nudo en la garganta.

—Y yo a ti, hermanito.

—Perdona por haberme ido a Berlín —siguió, haciendo un esfuerzo titánico por que no se notara la vacilación en su voz.

—Pero tenías que irte. Era necesario para convertirte en lo que tú querías. Entonces, ¿eres ya un húsar de la muerte? ¡Quiero ver tu uniforme!

—No, claro que no. —La risa del prusiano tenía un leve deje de tristeza, pero Ludwig aún era demasiado pequeño como para darse cuenta de ello. Lo cierto es que era difícil manejar aquellos sentimientos contradictorios y poderosos que anegaban al joven desde el momento mismo en que había decidido dejarlo todo. Bueno, en realidad se remontaba mucho más allá, a cuando Jean-Claude lo había expuesto ante todos con aquellas palabras crueles, y cuando descubrió el cuerpecillo desmadejado de Gilbird en el suelo, y cuando recibió la última de las cartas de Natalya («Amado mío, ya no podré volver a escribirte por culpa de la guerra contra Turquía»), y cuando...

—¿Estás bien, Gil?

Quizás su hermano no fuera tan pequeño como para no darse cuenta después de todo.

—No pasa nada. Es que estoy feliz. Un poco aturdido, pero feliz. ¡Tu hermano mayor siempre estará bien porque no hay nadie más fuerte y valiente que yo! ¿Verdad que lo sabes?

Ludwig asintió con vehemencia.

Y Roderich. El ausente. El maldito Roderich.

—¿Cómo está el primo? —preguntó Gilbert como quien no quería la cosa—. No vino a recibirme a la estación.

—Rod está muy ocupado el pobre. Va a entrar en el conservatorio y practica horas y horas al piano. Tiene las muñecas destrozadas, pero él sigue tocando y tocando... —la admiración vibraba claramente en la voz del niño y aquello sorprendió al prusiano.

—Bueno, podía haberme dedicado un rato para venir a verme. Tampoco se iba a morir.

—Es que hoy tenía una audición.

—¡Me da igual! ¡Soy su primo! Podría haberla cambiado de día por mí.

—No seas malo, hermanito. Eso no es justo.

Tenía gracia que un crío de diez años lo amonestara con tal seriedad y aplomo, pero, por desgracia para Gilbert, Ludwig tenía su parte de razón. Era él quien se estaba comportando como un niño.

—Creo que deberías volver con tu preceptor para reanudar tu clase de geografía —dijo entonces, haciéndose el adulto—. Si no estudias, nunca podrás ser tan increíble y asombroso como tu hermano mayor. ¿O es que acaso quieres ser un fracasado?

—Está bien —Ludwig se bajó de la cama con docilidad.

—¿Sabes dónde está Rod?

—Creo que aún no ha llegado. ¡Si quieres te aviso cuando regrese!

—No, no, tú vete a estudiar.

—Bueno, pero mañana jugaremos juntos, ¿vale?

—Trato hecho.

—¡Hasta luego, mi capitán!

El pequeño salió corriendo de la habitación y Gilbert terminó de quitarse la guerrera con un suspiro.

Pensaba ponerse muy guapo. Francis estaría incluso orgulloso de él.


3

Sin embargo, los primeros días, Roderich consiguió esquivar con éxito al invitado —a ambos invitados en realidad, porque aquel francés emperifollado y amanerado lo sacaba de sus casillas—. Eso sí, Gilbert no se quedó de brazos cruzados, sino que se dedicó en cuerpo y alma a perseguir a todas y cada una de las doncellas de Rosenthal, para delicia del francés, que aplaudía cada una de las conquistas del prusiano y había empezado a convertirlo en una especie de competición entre ambos.

Roderich, por supuesto, no era ajeno al comportamiento de su primo, y cuanto más desvergonzado era Gilbert, más lo rehuía él. Aunque, por grande que fuera el palacio, y por empeño que pusiera el austriaco, era inevitable toparse de vez en cuando con él. Como aquella vez que iba de camino a la sala de música y atisbó un par de sombras acarameladas al fondo del corredor, apenas iluminadas por la luz mortecina de un candelabro de pared. Por las agudas risillas femeninas y el seductor arrullo masculino (A Gilbert ya le había cambiado la voz), podía tratarse tanto de su primo como de aquel terrible gabacho de melenas al viento. Roderich vaciló unos instantes. No sabía si regresar por donde había venido o si era mejor tratar de pasar de puntillas, pero mientras dilucidaba qué hacer, y debido a los repentinos nervios, se le cayó al suelo la carpetilla donde guardaba las partituras. Automáticamente, la doncella se escabulló como una paloma asustada y el «caballero» abandonado chasqueó la lengua con evidente fastidio desde el otro lado del corredor.

Roderich se agachó para recoger la carpetilla y, en su afán por marcharse a toda velocidad, consiguió que se le cayeran también las lentes al suelo. Maldijo por lo bajo y se puso a tantear la alfombra en la penumbra.

Se trataba de Gilbert, claro.

—¿Me estabas espiando, Rod?

—¿A ti te parece que iba a malgastar mi valiosísimo tiempo en espiarte? —preguntó dignamente mientras seguía buscando las gafas a gatas—. Como si no tuviera una cosa mejor que hacer que ver cómo te beneficias a... a MIS sirvientas.

Gilbert se agachó, le recogió las lentes y se las entregó con un gesto burlón que exasperó al austriaco.

Pocos segundos después, el portazo de la puerta de la sala de música se oyó por todo el primer piso.

En otra ocasión, Gilbert consideró que ya estaba bien de jugar al gato y al ratón, así que se coló en la sala de música, puso en funcionamiento el metrónomo y se dedicó a aporrear las teclas del piano con entusiasmo.

—¿Qué-haces-en-mi-piano? —gritó su primo, a sus espaldas, como si no le llegara el aire a los pulmones. Tan afectado se lo veía, que Gilbert se puso en pie de inmediato y se acercó a Roderich, solícito y francamente preocupado.

—Oye, ¿estás bien? Te has puesto muy pálido. ¿Te vas a desmayar?

—¡Cómo no me...! ¡Estás tocando mi piano! ¡Lo estás violando con tus manos y pretendes que no me altere!

—Eh, cálmate. Solo le estaba dando un poco de vidilla a este trasto. Violación en sol menor, ¿qué te parece?

Roderich lo apartó a un lado de malas maneras y cerró de golpe la tapa del piano, como si no pudiera soportar seguir viendo aquellas teclas que su primo había mancillado.

—¡Qué quieres, Gilbert!

—Hablar contigo. Llevo aquí una semana y...

—No tenemos nada de lo que hablar tú y yo.

—... y estoy dispuesto a perdonarte por no haberme escrito a Potsdam ni una sola vez y por ignorarme —subrayó el prusiano, adoptando una pose de superioridad.

—Esto es el colmo. Perdonarle yo, dice.

Roderich se sentó sobre la banqueta y se cruzó de brazos.

—Te doy un minuto para que me digas lo que me tengas que decir y después te irás. Tengo que ensayar y no pienso perder más tiempo con tus estupideces.

—¿Pero qué te pasa conmigo, Rod? ¿Qué te he hecho yo?

Parecía un animalillo herido y el austriaco casi sintió piedad por él. Casi.

—El tiempo pasa —advirtió tamborileando con los dedos sobre el brazo.

Gilbert se quedó mirándolo un rato en silencio y se dio cuenta entonces de lo guapo que se había vuelto su primo durante su ausencia. Llevaba el cabello castaño un poco más largo que antes y sus ojos de largas pestañas lanzaban miradas mucho más intensas y profundas de lo que recordaba. Sus mejillas estaba ahora encarnadas, seguramente a causa del sofoco que él mismo le había producido, y sus labios, apretados en una mueca de impaciencia y censura, redondeaban el aspecto más adulto y maduro que ofrecía Roderich.

«¿Y si lo beso en este instante? ¿Se enojaría todavía más conmigo? ¿Me diría que me fuese al diablo, como siempre hace? ¿O me devolvería el beso? Quizá... ¡Qué hago, maldita sea!».

La imagen de Elizabeta se entrometió entre sus pensamientos sin previo aviso.

—¿Sigue adelante vuestro noviazgo? —preguntó Gilbert con una mueca que pretendía ser de dura indiferencia, pero que, no obstante, lo dejaba traslucir todo.

—Pues claro.

—¿Y cómo es que se ha ido de viaje por el mundo, dejándote solito?

—Eli siempre ha sido muy inquieta, ya lo sabes. Antes de anunciar formalmente nuestro compromiso, le rogó a sus padres que la dejaran viajar por Europa, pero en cuanto regrese, ofreceremos nuestra fiesta de compromiso en una de las principales salas de fiesta de Viena.

—Eli es muy buena chica.

—Sí que lo es —aceptó Roderich, a la defensiva, y un poco extrañado por aquella salida.

—Quizás un día te la arrebate, primito.

—Estás de broma, ¿no?

—Quizá... Quizá sí, quizá no.

—Mira que eres idiota. Entonces, he de deducir que tú no te has comprometido con ninguna muchacha allá por Alemania, ¿no es así? ¿O te han tenido encerrado y castigado en un cuartel todo este tiempo? Porque no me extrañaría en absoluto.

—Eso son cosas de los padres —dijo el prusiano, sonrojándose a su pesar—. Los compromisos, digo.

—Así es. Un día escogerán a una muchacha para ti, y no habrá nada que tú puedas hacer o decir para oponerte —dijo el austriaco con tono apesadumbrado.

Ante aquel giro inesperado de la conversación y la mirada huidiza de su primo, Gilbert creyó que lo mejor era trivializar, de modo que se acercó un poquito más a Rod, le guiñó un ojo con complicidad, y bajó el tono de su voz como solía hacer últimamente al flirtear con las pobres incautas.

—¿Por qué no me lo cuentas, Roddy? Aquí entre nosotros, ¿le crecieron ya los pechotes a Eli? ¿Los tiene así grandecitos? —preguntó haciendo un gesto obsceno con las manos, a la altura de su propio pecho.

Roderich creyó que le daba algo.

—¡Gilbert! ¡Compórtate! No me puedo creer que... Oh, por favor, ¿pero qué te sucede? Ya no eres el mismo que antes. Que digo, ¡estás incluso peor que antes!

Si antes había estado tentado de besarlo en los labios en plan romántico, como en las novelas, ahora la idea que le cruzaba la mente era sujetarlo por las solapas con prepotencia, para hacerle ver quién era el que mandaba allí. Porque ya estaba empezando a estar un poco harto de sus reproches sin fin, de su orgullo inquebrantable y a prueba de prusianos, tanto, o más orgullosos aún. Gilbert lo agarró de un hombro sin reparar en su fuerza e invadió su espacio personal al acercar su rostro ceñudo al del austriaco.

—Pero ¿tú quién te crees que eres, Roderich!? Tú no tienes ni idea de cómo soy, o de lo que yo pienso, ni de mis deseos más íntimos... No tienes ni idea de nada. ¿Te crees que soy tan simple como tú, señorito reprimido?

Roderich, asustado, pero sin querer reconocerlo, apresó la muñeca del prusiano sin conseguir variar ni aliviar un ápice la situación en la que se hallaban.

—Vete de aquí. ¡No te soporto, Gilbert!

—Oh, bueno, entonces no he cambiado tanto, ¿verdad? No me soportas, exactamente igual a como cuando éramos pequeños.

—Que me dejes en paz.

—Siempre echándome. Siempre igual. ¿Alguna vez piensas encarar de frente los problemas? Sé valiente, por amor de Dios. ¡Sé honesto por una vez en tu...!

—Te he visto besar a Sophie. Y a Gertrude, y coquetear con la ayudante de la cocinera. Francamente, me sorprende que no le hayas tirado los tejos también a Frau Hexe. ¿Se puede saber a qué juegas? Y ese amigo tuyo que te has traído... Es... es insufrible. ¿Es él quien te ha convertido en el esperpento sin sentimientos que estás demostrando ser? ¿Pero dónde se ha visto que un prusiano sea amigo de un francés?

Gilbert se quedó un poco aturdido mientras Roderich le leía la cartilla mediante aquel torrente condenatorio. Estaba acostumbrado a ser él quien llevaba la voz cantante y su bravuconería se redujo notablemente en aquel punto.

—¿A qué viene eso? ¿Y... y por qué no debería un francés ser mi amigo, si se puede saber? ¿Porque los humillamos hace diez años? Fue Napoléon quien lo hizo en primer lugar. Lo de Tilsit... ¡Bueno, qué más da! Ahora estamos empatados y nunca más volveremos a enfrentarnos en una guerra.

—No, Gilbert. Yo te diré por qué. Porque no puedes ser amigo de nadie. Porque los prusianos sois unos engreídos, os creéis superiores a todos y nadie en Europa os quiere porque no sois más que unos monjes guerreros glorificados que no saben desenvolverse en sociedad. A ti solo te gustan las armas, los uniformes y los desfiles, y eso te hace parecer un idiota descerebrado.

Hacía un rato que Gilbert había soltado a su primo y que había retrocedido un paso. Ahora se había quedado inmóvil, escuchándolo en silencio, extremadamente pálido, sin saber cómo defenderse de aquel despiadado y súbito ataque de artillería. Roderich, por su parte, prosiguió con la diatriba sin detenerse a pensar siquiera un instante.

—Y ahora por lo visto te gustan las mujeres. ¡Todas las mujeres del mundo! ¿Es que tratas de demostrar algo, Gilbert? Tu comportamiento es muy penoso, digno de un chiquillo inmaduro que no tiene ni idea de cómo ganarse el afecto de los demás.

—Basta, Roderich, basta... —musitó Gilbert con la voz alterada. Y por una vez no fue ni ingenioso, ni mordaz, ni cariñoso, ni prepotente, ni nada de nada. Se irguió como pudo, trató de enfriar la mirada y se giró para desaparecer de allí lo antes posible. Porque Roderich se equivocaba, claro que sí. Porque claro que tenía sentimientos..., pero prefería morir antes que demostrar que los tenía.

Una vez a solas, Roderich golpeó la tapa del piano con los puños, una y otra vez, hasta que terminó por hacer brotar la sangre en las palmas de sus delicadas manos de pianista.


4

Al final, por mucho que intentara sortear a su familia, Ivan Braginski no pudo librarse de reunirse con todos ellos. Mientras se vestía para la gran ocasión, enfurruñado, le decía a su esclavo favorito que antes prefería volver a repetir la guerra contra Turquía que acudir a aquella cena en el palacio de su familia, a lo que Sadiq no quiso responder. Al turco tampoco le hacía demasiada gracia la perspectiva que tenía ante sí, ya que el príncipe lo había nombrado su lacayo personal para la cena, lo cual implicaba su asistencia y su entregada solicitud durante toda la velada. Así, Sadiq tendría que situarse detrás de su amo (prefería situarse detrás de él en... otras circunstancias muy distintas) y atender a todos y cada uno de los mínimos gestos de Ivan, retirar los platos, escanciar la bebida cuando fuera requerido, adivinar sus pensamientos, y todo ello sin derramar una sola gota, sin destacar, siendo una parte más del mobiliario ruso.

Era una responsabilidad terrible. Pero más terrible aún era pensar en la posibilidad de defraudar a Ivan.

Además, Sadiq se sentía ridículo con aquella vestimenta cortesana tan recargada, la librea, y las medias blancas, y los anticuados zapatos de hebilla... era más de lo que podía soportar. Por el rabillo del ojo observó la sonrisa del príncipe, tan dulce y malévola al mismo tiempo. «De verdad, cómo me gustaría hacerte llorar algún día, mi príncipe. A veces me pregunto si posees algún otro sentimiento que no sea el placer y la ira. ¿Eres acaso humano? Ni compasión, ni remordimientos, ni caridad, ni empatía, ni... ¿amor? Solo una retorcida concepción de lo que es correcto y de lo que no, de lo que es justo y de lo que es injusto, y de lo que es bello y de lo que no. ¿Por qué sigo aquí, amado, si no soy más que el alivio de tu necesidad, si no soy yo quien llena tus obsesiones, tu ansia por amar algo puro y lejano e inalcanzable?».

Y aún así, en ocasiones, el ruso mostraba destellos de una dulzura que parecía tan honesta e inocente como la que poseían los niños, del mismo modo que la crueldad irreflexiva y visceral, también propia de los niños, lo dominaba la mayor parte de su existencia. El príncipe era aquel niño que disfrutaba arrancándole las alas a una mariposa, pero también era aquel que se conmovía al descubrir el frágil aleteo de unas alitas azules sobre un rayo de sol.

O sobre un girasol.

Sadiq se imaginaba a menudo la muerte del príncipe. Era una consecuencia lógica, ya que todo lo bello está destinado a morir pronto, a suicidarse, a desvanecerse como las efímeras, al cabo de la tarde, de un único ocaso, sin haber causado jamás un bien tangible a nadie..., ningún bien aparte de su fugaz belleza.

Pensaba en ello durante la cena, mientras le servía su vino, y se imaginaba que algún miembro receloso de aquella intrigante sociedad petersburguesa hubiera decidido aderezar la copa de Ivan con un veneno tan potente como para resultar mortal. Pero ¿quién iba a querer matar a un principito sin posibilidad alguna de ser coronado con los laureles imperiales? Quizá un amante despechado. Aquello podría ser posible algún día.

Sadiq observaba la elegante curvatura del cuello blanco de Ivan cada vez que este se movía con delicadeza para dirigirse a alguien en la mesa, o cuando se inclinaba levemente para alcanzar con los dedos su copa espejeante y eternamente rebosante de un vino más rojo que la propia sangre.

Sabía que Ivan habría preferido embriagarse con vodka y no con aquella estúpida bebida propia del Mediterráneo y de reyes europeos, pero ahora debía cumplir con su papel. ¡Y vaya si cumplió! Ivan sonreía a los militares achacosos, a las viejas princesas cuyos nombres ni siquiera recordaba aunque llevaban viviendo en su casa desde hacía años; sonreía a la princesa Braginskaya, su madre, que presidía la mesa con soltura y que, a pesar de sus exquisitos modales, no podía ocultar su evidente satisfacción por haber sido capaz de haber traído al fin a su mesa al hijo pródigo. Ivan sonreía a Yekaterina, como quien cumplía un mero trámite, pero no sonreía a Natalya. A ella no. A aquella arpía era mejor ni mentarla. Y luego estaba Toris Laurinaitis, el infeliz marido «extranjero» de Yekaterina, al que nadie prestaba la más mínima atención y que lanzaba suspiros de adolescente enamorado cada vez que sus ojos se posaban en Natalya.

Ivan sabía que todo aquello no era más que una farsa y no veía el momento de retirarse. Notaba a Sadiq por detrás de él, le daba la impresión de que su sola presencia irradiaba un tremendo calor allí tan cerca de él —el único calor de todo el salón—, y durante algunos segundos creía amarlo de verdad. Por fortuna, no eran más que unos segundos ridículos, porque de todos era sabido que no se puede amar de verdad un objeto que se posee.

Y, sin embargo, se divertía recreando la imagen de sí mismo mientras pronunciaba con mucho sentimiento unas palabras del todo inverosímiles: ¡Te quiero! Te quiero más que a mi vida. Por ti renunciaría a todo. Por ti me mataría...

Quizás se lo dijera a alguien algún día. ¿Por qué no? Aunque solo fuera para mitigar aquel insalvable aburrimiento.

—¿Qué voy a hacer con vosotros, hijos míos? —decía la princesa Braginskaya, fingiendo un desgarrador dolor de madre sufridora—. Que no queréis cumplir con vuestro deber como hijos míos ni como súbditos de nuestro amado emperador, que no queréis contraer matrimonio y darme nietos como manda Dios nuestro Señor.

—Somos demasiado jóvenes aún, madrecita —dijo Natalya, que no apartaba su mirada hambrienta de su hermano Ivan, el cual, con aspecto de soberano aburrimiento, jugueteaba con su tenedor sobre el mantel de hilo.

—También lo era vuestra hermana Katya y... —La princesa dejó en suspenso la frase, porque en el fondo detestaba que su hija mayor se hubiera casado con un don nadie. Natalya lo sabía, y, por eso, incidió sobre el tema con maldad y con particular deleite.

—Pídale nietos a Katya entonces, madrecita. Es la única en disposición de cumplir con su obligación.

—¡Natasha, querida! ¿Es que no te agrada ninguno de tus pretendientes? ¿Ninguno? Me consta que son varios los que han buscado incluso la aprobación del zar para desposarte y...

—No quiero casarme con ellos —dijo la menor de sus hijas, tajante, recalcando la palabra «ellos».

En aquel momento, Katya, en su proverbial e inocente torpeza, por la que era muy conocida, quiso intervenir en la conversación para desgracia de algunos de los presentes.

—Vanya tampoco se quiere casar, que lo sé yo...

Y por el tono juguetón, conspirador e infantil que había empleado, dio a entender que ella sabía algo más que los demás no. E Ivan palideció tanto, que la luz que emitían los centenares de velas del salón pareció reflejarse sobre su piel como la mismísima luz del sol sobre la nieve.

—¿Cómo es eso? ¿Acaso sabes algo que yo no sé, Katya? —inquirió la madre con el corazón latiéndole como un pajarillo bajo el corsé—. Ay, Dios, Vanya, no me digas que te enamoraste de una de esas horribles princesas musulmanas durante tu estancia en Turquía.

Sadiq se figuró que, en aquel momento, decenas de incisivas miradas se clavaban en él como inclementes alfileres sobre un acerico. Y se sintió desfallecer.

—¿Es que quieres matar a tu propia madre de un disgusto? Primero Katya y luego mi adorado pequeño. ¡No puedo soportarlo!

—Pero madrecita —siguió Yekaterina—, ¿cómo se iba a enamorar nuestro Vanya de una princesa otomana? Y en caso de que así fuera, se la habría traído consigo a Rusia, ¿no es así?

Ivan se atragantó, y Sadiq consiguió mantener el tipo, con las rodillas temblequeando bajo aquellas estúpidas medias.

«Oh no, no, por culpa de esta muchacha idiota, mi príncipe la va a pagar conmigo cuando estemos los dos a solas. Oh, mi Señor misericordioso y compasivo, te ruego que tengas piedad de mí».

—Cállate, estúpida —dijo Natalya con desprecio—. Tus tonterías están incomodando a mi amado hermano.

—Exactamente, no son más que tonterías —logró decir el príncipe por fin, y levantó con un gesto hastiado su copa vacía, que Sadiq se apresuró a rellenar con las manos temblorosas—. Madre, mi único deseo ahora es unirme a la Guardia —mintió con naturalidad.

Su único deseo entonces era desaparecer. O matar a todos los presentes. O ambas cosas. Pero Yekaterina volvió a la carga y esta vez fue ya demasiado.

—Te llamabas Sadiq, ¿verdad? —preguntó la muchacha dulcemente, dirigiéndose de forma directa al esclavo. Uno no podía dirigirse de tal forma a un esclavo, a una parte del mobiliario. No delante de tantas personas respetables y miembros de la realeza. Aquello era inaceptable, y más cuando había llamado la atención sobre él en un momento tan inoportuno.

—Toris —interrumpió Ivan elevando la voz de forma amenazadora—. Te llamabas Toris, ¿no es así?

El lituano, sorprendido de que alguien reparara en él, salió de su estupor y buscó la cruel mirada amatista de su cuñado por encima de los numerosos manjares que había sobre la mesa.

—¿Sí, su excelencia?

Ivan no corrigió el tratamiento incorrecto que aquel pobre diablo le había endilgado.

—Mantén a tu esposa bajo control, Toris, si no quieres que lo haga yo mismo.

—Sí, su excelencia. No volverá a pasar.

La princesa Braginskaya, presa de un sofoco, trataba de pedir aire con la voz ahogada.

—Vais a acabar conmigo, malos hijos... ¿Pero qué he hecho yo...? Yo, que me he desvivido por vosotros, y que os lo he dado todo...

Más tarde, cuando las aguas de la indiferencia volvieron a su cauce, Ivan anunció su deseo de marcharse de San Petersburgo por una temporada bien larga. Quería visitar todas las propiedades de la familia a lo largo y ancho de Rusia, lo cual podía ocuparle dos o tres años tranquilamente. Y después se marcharía a Europa.

—De eso nada. ¡Te lo prohíbo! Esto lo haces para castigarme, ¿verdad, hijo? Lo haces porque...

El príncipe se levantó de la mesa y todos los comensales enmudecieron a la vez. Después, tomó la delicada copa de cristal de Bohemia y la arrojó al suelo con un grito de rabia, donde se hizo añicos con un gran estrépito. A la copa le siguió su plato de porcelana de Meissen, que estampó contra un óleo que representaba a Pedro el Grande, y, finalmente, la silla tapizada en seda japonesa, que hizo pedazos contra una mesita sobre la que había colocadas unas cuantas botellas del vino francés más caro.

—A veces creo que la persona más cuerda de la maldita familia Braginski fue mi señor padre, que el diablo tenga en su gloria. ¡Puede que un día yo mismo decida seguir sus pasos y me descerraje un tiro en la cabeza! —exclamó Ivan en mitad de todo aquel silencio de cementerio—. Porque usted, madre, usted hace bueno el infierno.

El portón de salida casi se salió de sus goznes por la violencia con que batió al cerrarse, y aquel sonido explosivo aún resonó en las mentes de todos los presentes durante un buen rato después de que Ivan hubiese salido.

«Se acabó», se confesó Sadiq con la cabeza dándole vueltas como en un torbellino de pesadilla. «Me va a matar. Mi príncipe me va a matar».


NOTA: Hasta aquí el capítulo. Tenía dos escenas más (y menos dramáticas), pero de nuevo se han tenido que quedar para el siguiente. Eso significa que el siguiente capítulo lo tendré listo muy rápido. ¡Hasta otra!