1. algunos de los personajes usados en esta historia pertenecen a Naoko Takeuchi (digo algunos personajes porque otros preferí mantenerlos del original)
2. la historia no me pertenece ni es de mi autoría, la historia se llama "Intriga y Seducción" y pertenece a Jennifer Blake
Capítulo 11
Transcurrieron dos días en medio de una pesadilla nebulosa, entre el vaivén del carruaje y el avance continuo y veloz, sin descanso. Se detenían tan sólo por mera necesidad, para que los caballos descansaran y be bieran, o para cambiarlos, para comer un bocado o pre guntar la ruta a seguir por un laberinto de caminos sin señales. Serena se pasaba durmiendo la mayor parte del tiempo gracias a los clementes polvos somníferos que Darien le había procurado; él y sus hombres se limi taban a dormitar de vez en cuando sobre la silla. Ponían el mayor esmero en la persecución de su presa; cada uno de los hombres se mantenía alerta para asegurarse de que no pasaban de largo por un lugar donde Mina pudiera haberse detenido a pasar la noche.
Tuvieron pocas dificultades. Su marcha era allanada por el encanto febril y el brillo del oro, una mezcla que derretía toda oposición, haciendo que se abrieran las puertas, tanto de graneros como de cocinas y armarios de medicinas, y dejaba a los hombres haciendo reve rencias con expresión perpleja mientras ellos se perdían de vista. Esa mezcla abrió también la puerta de un ar mario de ropa para Darien, que midiendo a una joven matrona con la mirada de un modo que la hizo tarta mudear y sonrojarse a pesar de hallarse en avanzado es tado de gestación, llegó a un trato con la mujer para que le permitiera llevarse una parte de su guardarropa, que probablemente tardaría mucho tiempo en volver a utilizar.
Entre las prendas se hallaba un vestido de falla gris con estampado de lilas, un chal noruego con fleco de seda, una camisola y enaguas, un traje de montar de ter ciopelo verde, tan oscuro que parecía negro, con su correspondiente sombrero alto de castor envuelto por una estrecha cinta de gasa blanca. En su lamentable es tado, Serena prestó poca atención a las ropas que le había comprado Darien y que amontonó en el asiento frente a ella. Ni siquiera abandonó su posición, enros cada y con un brazo bajo la cabeza, para darle las gra cias. Aun así, cada vez que se despertaba, se sentía un poco menos enferma y le costaba menos bajar del ca rruaje.
Durante la tarde del segundo día, Serena se sen tó y estuvo mirando por la ventanilla. Cuando anoche ció, se sintió capaz de tomar algo más que un caldo y negro pan de maíz para cenar. Darien compartió con ella el pollo hervido, el pan recién horneado y el pastel de manzana, mientras el carruaje proseguía su marcha bajo un túnel de ramas esqueléticas bañado por la luz de la luna. El príncipe no prestó atención a Serena cuando esta sugirió que se quitara las botas y durmiera un rato. Se limitó a mirarla fijamente a la luz de los fa roles del coche, observando sus ropas húmedas y arru gadas y el inicio de sus senos, que tenían un brillo per lado sobre el bajo escote de su blusón. Una leve y sinuosa sonrisa se dibujó en sus rasgos antes de que volviera a dirigir su atención a la pata de pollo. Poco después halló una excusa para dejar sola a Serena.
Casi inmediatamente los hombres iniciaron una canción muy animada, y de lo más indecente, sobre una doncella de Praga cuyas peculiares tendencias en cuan to a compañeros de cama escandalizaron a Serena. La voz de Darien se alzó en una orden, y el francés cor tesano y vivaz pasó a convertirse en ruteniano, que con su entonación gutural sonó aún más lascivo. Sin em bargo, pareció tener éxito como método para levantar los ánimos a los hombres. Engatusados, maldecidos, alentados y acosados alternativamente por su jefe, mantenían una marcha frenética, avanzando incansa blemente en medio de la noche.
Tras la salida del sol descubrieron el carruaje de Mina, bien a la vista, con las varas caídas delante de una granja. Mina había comprado caballos para ella y su cochero. Lo que no supieron determinar fue como había conseguido mantenerse a distancia de ellos du rante tanto tiempo, ni como había convencido a su es colta para que realizara tal esfuerzo, pues en escolta se había convertido el cochero. No obstante, esperaban alcanzarla hacia media tarde como mucho.
El sol brillaba con fuerza. A medida que avanzaba la mañana iba aumentando el calor, como ocurría a ve ces en Luisiana en pleno mes de enero. Serena estaba harta de pegar botes y verse lanzada de un lado a otro del carruaje, del olor rancio de los asientos de terciope lo, del polvo que se filtraba por las rendijas de porte zuelas y ventanillas y del monótono chirrido de la ca rrocería en una esquina justo encima de la rueda trasera. Sentir el aire fresco y los rayos del sol en el ros tro le pareció una perspectiva maravillosamente tenta dora. Cogió el traje de montar de terciopelo que había sobre el asiento frente a ella y lo desdobló. Serena sa bía que había caballos de sobra, atados a la parte poste rior del carruaje para que los hombres pudieran cam biar de montura en una rotación continua, evitando así que alguno de ellos cayera extenuado.
El problema consistía en cómo cambiarse de ropa. Lo resolvió colocando las amplias faldas del vestido y las enaguas sobre las ventanillas, sujetándolas en la ren dija de la portezuela. Detrás de esta pantalla improvisa da se quitó el menospreciado vestido de muselina y el blusón, blanco en otro tiempo, para ponerse el traje de montar. El traje le quedaba bien, un tanto suelto en la cintura y estrecho de busto, pero de modo poco per ceptible. Tras ponerse la chaqueta, de estilo masculino pero más corta, ajustarse al cuello la chorrera de la blu sa de lino y alisar las arrugas del vestido sobre las ca deras, se sintió adecuadamente vestida por primera vez en muchos días. Le hubiera encantado darse también un baño, pero no se podía tener todo.
Serena deseó poder negarse a llevar el traje o cualquier otra prenda que Darien le hubiera comprado. Sin embargo, al parecer carecía tanto de fuerza de vo luntad como de moral. Con el entrecejo fruncido, qui tó las ropas que tapaban las ventanillas, las dobló pul cramente y bajó un cristal para llamar a Artemis, que era el cochero, y decirle que parara.
Subirse a un caballo con una falda larga y ampulo sa sin trabarse ni mostrar indecorosamente las piernas, fue una de las cosas más difíciles que había tenido que realizar en su vida. Tampoco fue fácil controlar la falda y el caballo al mismo tiempo, conservando el sombre ro, cuyo velo flotante se le enredaba en el cabello sin peinar, sobre la cabeza. Lo logró con toda la gracia de la que fue capaz. Entonces se acercó a los demás a me dio galope, con los cabellos al viento. La recibieron con amplias sonrisas y exclamaciones de aprobación. Darien le dedicó una de sus escasas sonrisas francas y se hizo a un lado para que pudiera cabalgar al frente junto a él.
Su mirada estudió detenidamente a Serena.
-¿Se siente tan bien como parece?
-Mucho mejor, estoy segura. He de alabar su gus to para la ropa... y agradecerle su amabilidad al propor cionármela.
-No tiene obligación ni necesidad de darme las gracias, sobre todo por unas ropas de segunda mano que no son dignas ni de una institutriz o una sirvienta, y mucho menos de la mujer a la que yo...
-¿Si? -continuó ella-. ¿De la mujer a la que ha convertido en su amante? ¿Era eso lo que quería decir?
-¿Le disgusta? Entonces déjeme que diga la mujer que me ha ayudado en mi búsqueda. Agradezco que no me permita ocuparme de sus necesidades sin suspi cacia.
-Usted sabe muy bien que cuanto he hecho ha sido bajo coacción.
El príncipe la miró con un brillo torvo en los ojos.
-Oh, ya lo sé, pero tampoco he dicho que me hu biera ayudado voluntariamente.
Serena no quería discutir con él. No tenía senti do; no podía ganar nada y le quedaba muy poco que perder. Cambió, pues, el tema de conversación, e inter cambió chanzas con Artemis y Jedite. Los otros se unieron a ellos. Los kilómetros se deslizaban bajo los cascos de los caballos. A media mañana se detuvieron para dar de beber a las monturas en un arroyo. Serena se adentró en el bosque mientras Darien se quedaba vigilando. Cuando regresó, se unió a él bajo un arrayán de hoja perenne. El príncipe inspeccionaba lo poco que podía verse del cielo. El sol había huido ante el acoso de un gran banco de nubes de color gris peltre que se alzaba por el sudoeste.
-Parecía un día de primavera -dijo Serena-, y ahora va a actuar como si lo fuera.
-A mis hombres y a mí, acostumbrados a un clima invernal más riguroso, nos ha parecido veraniego, pero eso no significa que le demos la bienvenida a la lluvia.
-Bienvenida o no, seguramente caerá. ¿Cree que importará? ¿El mal tiempo les impediría alcanzar a Mina?
-A ella la obstaculizará tanto como a nosotros, si no más. No creo que sea problemático mientras no se trate de una tormenta.
-No es muy probable en esta época del año. Pero puede producirse una inundación.
-Creo que podemos confiar en que alcanzaremos a Mina antes de que eso ocurra.
.- ¿Qué hará...? Cuando la encuentre, quiero decir- Darien le lanzó una mirada burlona.
-¿De qué tiene miedo? Le di mi palabra, ¿no es cierto?
-Dijo que no le haría daño. Eso deja mucho cam po libre para alguien de su... inventiva.
-¿Azotarla con las cintas de una fregona o flage larla con la paja de una escoba? Me gustaría hacer algo más. Me gustaría humillar su vanidad colgándola des nuda por los cabellos de las torres almenadas del pala cio de mi padre. No lo haré, porque le he dado mi palabra. ¿No confía en ella, y en mí?
-Sí, hasta que recuerdo lo obstinada que puede llegar a ser Mina, y que tal vez no sepa nada que pue da ayudarle. ¿Ha pensado alguna vez en cómo se senti rá y en lo que hará si después de haber realizado tan largo viaje resulta todo inútil?
-¿Me está diciendo -preguntó Darien tranquila mente- que no confía en que sepa dominar mis im pulsos?
-No es eso lo que he dicho.
-¿Entonces?
-Debe admitir que me ha dado pocos motivos para pensar de otra manera.
-No admito nada. El impulso no tiene nada que ver con lo que yo hago.
-¡No hablará en serio! -exclamó Serena-¿Por qué si no me raptó de la casa de mi tía, me obligó a... a quedarme con usted y no me dejó en el convento a pesar de que Mina ya había huido? No esperará que crea que lo tenía todo calculado.
-¿Por qué no?
-¡Semejante sangre fría resultaría aterradora!
-Oh, no he afirmado que siempre actúe así. De hecho, hay momentos en que ocurre todo lo contra rio. -Su sonrisa fugaz denotaba una diversión genui na-. Si se refiere a lo que ha ocurrido entre noso tros... en privado... en el pabellón de caza, déjeme decirle que me resolví a poseerla desde el momento en que la tuve entre mis brazos durante el baile en casa de la señora Furuhata. Me sorprendió su inocencia, pero no estoy seguro, se lo digo con toda franqueza, de que hubiera obrado de un modo diferente de haberlo sa bido.
Serena no hubiera podido decir si en su compor tamiento había habido algo -una palabra, una mirada, un gesto- que hubiera provocado a Darien. En ningún caso era motivo de orgullo. Serena desvió la mirada, privada de palabras y extrañamente vulnerable.
-No es necesario que se ponga toda mustia y páli da. No fue usted la responsable.
-¡Nunca lo había pensado! -espetó ella, alzando la cabeza.
-¿No? La otra excusa para su súbito desfalleci miento es que ha abusado de sus fuerzas y debería vol ver al carruaje.
-¡Qué adulador es usted! -exclamó Serena con tono áspero, a pesar de que la debilidad de sus pier nas indicaba que el príncipe no estaba lejos de la ver dad. La renuencia que mostraba Serena a admitirlo era motivada en parte por un brillo en los ojos de Darien que la hacía estremecer.
-Más de lo que cree -replicó el-. No pretendo que vuelva sola.
-¿Quiere decir que viajara dentro conmigo?
-La perspectiva parece darle nuevos ánimos... no alarmarla.
Serena notó el calor que encendía sus mejillas. -No estoy segura de que... de que esté preparada para que me lleven en carruaje otra vez.
-¿Debo insistir? Por el bien de sus heridas, claro está.
-¿Insistir? ¿Por qué? Le aseguro que mi poca re sistencia no impedirá su avance.
-Ah, ojalá pudiera decir lo mismo de mí.
Darien se rió de los obstinados esfuerzos de Serena por obviar sus descaradas insinuaciones.
-Está... está tan cerca de Mina. Tal vez usted y los demás deberían adelantarse y dejar que yo y el carrua je los alcancemos más tarde.
-¿Y permitir que viaje por la Tierra de Nadie sin más protección que la de Artemis?
-¿Estamos ya en la Tierra de Nadie?
-Hace más de quince kilómetros.
-No lo sabía.
-No tenía por qué saberlo. Aun así, supongo que ahora comprende por qué estoy resuelto a proporcio narle mi escolta personal.
-No lo creo -replicó ella con decisión.
-¿Que estamos en territorio peligroso o que estoy ansioso por... protegerla?
-Creo -respondió Serena, hablando con clari dad- que ninguna de esas dos cosas tiene nada que ver con el motivo por el que quiere viajar conmigo en el ca rruaje.
-Tan inteligente como valiente -se burló él, con la risa en la mirada. Al mismo tiempo le cogió el garbo so sombrero con el velo, lo arrojó a un lado sobre los arbustos y echó uno de los rizos dorados de Serena sobre su pecho.
-Ojalá fuera igualmente dócil.
Serena no tenía más remedio que serlo. Darien la cogió por un codo y la condujo al carruaje. Abrió la portezuela y se volvió para ayudarla a entrar. Durante unos segundos Serena estuvo a punto de negarse, y miró al príncipe con los dedos fuertemente apretados. Darien aguardó impasible. Su voz, cuando habló, era tan baja que apenas pudo oírle.
-Pruébelo. ¿Puede alguien detenerme? ¿Interven drá la guardia al oír sus protestas, o aplaudirán con en vidia? ¿Apoyarán a su príncipe o a la amante adoptiva y no reclamada de todos ellos? ¿Y se someterá usted al resultado de esa elección?
No había sido más que la sombra fugaz de una idea. Serena no comprendía como podía haberla adivina do Darien, pero la empresa, descrita con claridad, de mostró ser muy arriesgada. En aquel momento de vaci lación empezaron a caer las primeras gotas de lluvia, como si los mismos elementos estuvieran de parte de Darien. Con movimientos envarados, Serena puso la mano en la del príncipe y permitió que la impulsara ha cia el interior del carruaje, pero hirviendo de indigna ción.
Una vez dentro del vehículo, Serena se dio cuen ta de que había oscurecido notablemente. Cuando se pusieron en marcha, caía una lluvia intensa que golpea ba los cristales y el techo y chorreaba por los costados del viejo carruaje mientras avanzaban infatigablemen te. La carretera se cubierta de barro y los enormes baches amenazaban con embarrancar las ruedas. Los hombres cabalgaban lentamente frente al torpe carruaje envuel tos en capas impermeables y con las cabezas inclinadas.
Darien permanecía sentado estrechando a Serena contra su pecho, contemplando la lluvia y acariciando distraídamente los cabellos que caían sobre su brazo. En la mano que rodeaba el hombro de Serena brilla ba el oro viejo de su anillo con la cabeza de lobo. Estaban envueltos en una sofocante intimidad. Darien ladeó la cabeza para mirar a Serena, con una sonrisa iróni ca en los labios. Con la punta del dedo apartó una gota de lluvia que había quedado retenida entre sus pesta ñas. Serena alzó los ojos para encontrar su mirada y quedó atrapada en su luz zafiro. Darien musitó una exclamación, inclinó la cabeza y la besó. Sus dedos re corrieron la mejilla y bajaron hasta llegar al pecho de Serena.
Ella sintió que la invadía el deseo traicionero. Con una súbita intensidad que la asustó, ansió que la estre chara con más fuerza. Apartó la cabeza con un jadeo ahogado y dijo:
-No... Nos van a ver.
-No, pero aunque nos vieran, como son hombres comprensivos, mirarán hacia otro lado.
-Pero... pero estamos en pleno día y... y no puede...
-¿No? -Sus dedos se afanaron con los botones de la chaqueta de Serena, desabrochándolos con des treza y evitando las manos de ella, que pretendían im pedírselo.
-Darien, no. ¡Esto no es... no es decente!
-¿Y qué tiene que ver la decencia con nosotros?
Si, ciertamente, ¿qué tenía que ver?, pensó Serena con amargura; luego los labios de Darien acallaron sus protestas y la sumergieron en una marea creciente de deseo. La lluvia que azotaba el techo del carruaje pa recía tamborilear en sus venas. El aire frío y húmedo los traspasaba, de modo que sus pieles se adherían cuando se tocaban. Darien desató el lazo que coronaba la chorrera y desabrochó los botones de la camisa, de jando al descubierto sus abundantes senos de pezones sonrosados. Sus manos y después sus labios los estimu laron con su calor y su exquisita suavidad. Serena se apretó contra él en su frenesí, notó su aliento cálido en la garganta y oyó un ronco susurro:
-Serena...
Darien le abrió la chaqueta y la camisa y luego se es tiró para coger la manta del carruaje y extenderla sobre ellos. Bajo la manta, sus manos recorrieron el cuerpo deSerena, acariciando su espalda y su cintura, deslizándose sobre sus caderas, acercándola más y más a él como si quisiera imprimir la forma de su cuerpo en el suyo. Serena siguió el recorrido de la mano que se deslizaba por su muslo hasta la rodilla para recoger el pesado terciopelo de las faldas y echarlas hacia arriba. Darien se desabrochó la ropa y se desembarazó de los pantalones, luego se volvió de nuevo hacia ella para es trecharla contra su cuerpo y, colocando una rodilla de Serena sobre su cadera, la penetró.
El carruaje dio un bote y a Serena le pareció oír que Darien reía entre dientes cuando la sacudida la hizo saltar del asiento y acercarse más a él. Lentamente Serena volvió a relajarse, pero Darien siguió sujetándola con firmeza, manteniendo la profunda penetración. Los segundos se alargaban mientras Darien permitía que elbalanceo del carruaje incrementara poco a poco el disfrute de Serena; luego se incorporó sobre ella, lle vo sus caderas hasta el borde del asiento y empezó a moverse hasta adquirir su ritmo.
En ese momento una rueda del carruaje se hundió enun hoyo semejante a una mina de carbón. Serena se vio lanzada hacia adelante y Darien se retiró inmedia tamente, para evitar que acabara empalada en su miem bro erecto, con un giro de sus músculos de acero que le permitió atraerla hacia sí al tiempo que se volvía en el aire para no aplastarla con su peso. El carruaje se sacu dió de nuevo cuando la rueda golpeó el fondo y salió rebotada. Ellos cayeron al suelo y Darien se golpeó en los hombros con un ruido sordo. Serena aterrizó so bre su pecho, dejándole sin respiración y provocando un gruñido; luego su cuerpo empezó a temblar. Una punzada de miedo atenazo a Serena antes de darse cuenta de que él se estaba riendo. Sintió entonces deseos de reír también, y así en medio de una maraña de fal das de falla y terciopelo, enaguas y pantalones, que ha bían caído sobre ellos junto con la manta de piel, prorrumpieron en francas carcajadas.
-Me parece que hacer el amor al estilo cosaco, so bre una silla de madera en un caballo al galope, debe requerir más agilidad de la que sospechaba -dijo Darien. Sonriendo aún, se levantó e hizo girar a Serena hasta colocarla bajo su cuerpo. Sosteniendo su suave mirada con sus brillantes ojos azules, volvió a penetrarla.
Fue una experiencia gloriosa, una magia en expan sión que los hizo volar como espléndidas criaturas ala das. Fue una dicha compartida, la unión perfecta de la pasión, un anhelo que no toleraba intrusiones, que no necesitaba nada ni a nadie más, la suma del universo, o algo tan próximo que no se notaba ninguna carencia.
Yacían quietos, con los miembros entrelazados, cuando sonó el primer disparo.
Darien soltó una ristra de maldiciones, en las que se adivinaba cierta culpabilidad, y se levantó. Incorporó a Serena con soltura, se puso los pantalones de un tirón y se los abrochó al tiempo que abría la portezuela y se asomaba para ver que ocurría fuera. Más tiros habían sonado ya en medio de la penumbra lluviosa. Se oyeron gritos e imprecaciones de los hombres de la escolta cuando abrieron fuego desde muy cerca. En el techo del carruaje sonó un fuerte golpe, como si algo pesado hu biera caído encima desde algún árbol. Inmediatamente Darien cerró la portezuela y rompió el cristal de la venta nilla con el pie. Se apoyó luego en la abertura para im pulsarse hacia el techo.
El carruaje cogió velocidad, bamboleándose comosi los caballos corrieran a su antojo. Serena se abro chaba los botones de sus ropas frenéticamente, lanzada de un lado para otro, y oía los gritos y maldiciones so bre su cabeza, además de los golpes de los hombres en zarzados en una pelea. Debían de ser Artemis y Darien enfrentándose a los atacantes. Después vio jinetes jun to al vehículo que trataban de coger las correas de los caballos y subirse a ellos.
-¡Coged vivos a estos malditos bastardos! El que nos estropee el rescate es hombre muerto.
Sonó un disparo sobre el techo. La lucha cesó y el carruaje se detuvo en seco. Serena vio por la ventani lla el cuerpo que caía pesadamente desde el techo del carruaje.
-¡Darien! -gritó; abrió la puerta y saltó a tierra. Corrió hacia el lugar donde yacía el príncipe, boca aba jo, se arrodilló junto a él y se apresuró a darle la vuelta. Darien tenía los ojos cerrados, su rostro estaba pálido y quieto mientras la lluvia caía sobre sus labios descolo ridos. Sobre una oreja la sangre manchaba el negro de sus cabellos y tenía una herida en la cara, allí donde había golpeado contra el suelo. No era todo. En la guerrera blanca de su uniforme, justo por encima de la cintura, había una horrible mancha carmesí con un centro roto y fragmentado.
Un hombre se acercó a caballo, salpicando lodo. Con voz ronca maldijo a los hombres que bajaban del techo del carruaje. El hombre desmontó, se acercó al tipo que sostenía la pistola aún humeante y le derribó con un puñetazo demoledor.
-¡Maldito seas, estúpido y cobarde llorón! Si lo has matado utilizaré tus ojos como dados y tú estoma go como tabaquera
El hombre, que obviamente era el jefe de los ata cantes, giró luego en redondo y volvió a donde estaba Serena arrodillada junto a Darien.
-¿Esta muerto?
Tenía un acento escocés tan fuerte que Serena tardó un momento en comprenderle. Apartó la mano que había colocado sobre el corazón de Darien por debajo de la guerrera y respondió:
-No, todavía no. Si... si pudiéramos meterlo en el carruaje...
El escocés la miró con los brazos en jarras. Era un hombre corpulento, con una mata de enmarañados ca bellos castaños, la barba rojiza y los ojos de color taba co. Observó perplejo el desaliño de Serena después de oír su culta manera de hablar y admirar el delicado ovalo de su cara, y se encogió de hombros.
-Sí, podemos.
Gritó una orden por encima del hombro y un puñado de hombres se acercó. Serena se apartó para que metieran a Darien en el carruaje, y lanzó una rápi da mirada hacia la carretera. Los heridos yacían por todas partes, y a los hombres de Darien los tenían desarmados, tendidos en el suelo, rodeados todos ellos por tres hombres al menos, que empuñaban pistolas o carabinas. A Artemis le corría la sangre por su ojo bueno a causa de un corte en la frente, Malachite hacía muecas de dolor por una herida en el hombro y Jedite parecía haber vuelto a dañarse la muñeca; pero todos estaban vivos.
No se podía decir lo mismo de los atacantes. Alre dedor del coche había muchos hombres muertos, y los pocos que seguían vivos gemían y lanzaban maldicio nes. Al parecer había caído sobre la garde de corps una fuerza de unos cuarenta hombres, lo que suponía una gran desventaja para la gente de Darien. En plena carre tera y cogidos por sorpresa, no habían tenido la menor posibilidad de repeler el ataque, aunque habían dejado bien alto el pabellón. De haber existido un lugar para parapetarse, por mínimo que fuera, probablemente no los habrían derrotado.
-¿Subirá usted también?
Serena se dio la vuelta, puesto que las palabras se dirigían a ella. El jefe escocés sostenía la portezuela abierta del carruaje, esperando a que ella entrara. Darien yacía sobre el asiento delantero. La mancha oscura se veía como vino derramado. Por un instante le paso por la cabeza la idea de preguntar adónde los llevaban y que pensaban hacer con ellos, pero se contuvo. Había ciertas cosas que era mejor no saber por adelantado. Cuando el jefe le puso la mano en el codo para urgirla a subir, Serena apartó el brazo bruscamente y, lanzándole una mirada glacial, subió al carruaje sin ayuda.
Emprendieron la marcha. Serena apoyó una ro dilla en el suelo del vehículo; con expresión sombría cogió las enaguas harapientas que se había quitado para vestir el traje de caza y empezó a rasgar los volantes para hacer vendas. Cuando pasaron junto al lugar don de se hallaban los hombres de Darien, Serena vio que los obligaban a ponerse en pie y los empujaban hacia los caballos, mientras otros bandidos colocaban los cuerpos de sus compañeros muertos sobre las sillas va cías. Neflyte se revolvía furiosamente contra el hom bre que le hostigaba con la punta de la pistola y Malachite posaba la mano sobre el brazo del primo de Darien, in citándole a la prudencia. Serena se inclinó sobre Darien y empezó a desabrocharle la guerrera.
Al cabo de cierto tiempo, se desviaron por una sen da enfangada y tan angosta que las ramas de los árboles arañaban el carruaje y asomaban por la ventanilla sin cristal. Darien empezó a agitarse mientras avanzaban saltando una y otra vez a causa de los baches. Emitió, un sonido gutural y abrió los ojos. Miró fijamente a Serena hasta que sus ojos zafiro recuperaron la lu cidez.
-El orgullo antes de la caída -dijo en voz baja-. Y Yo que iba a protegerla.
-Eran demasiados y nos tendieron una emboscada.
-Sí. ¿Qué heraldo cree que anunció nuestra llegada?
Solo podía haber sido una persona; sin embargo la idea le parecía tan inverosímil que Serena se negó a expresarla en voz alta.
-¿Cómo se siente?
Por un momento una chispa de animación desban có al dolor en los ojos de Darien.
-Como si fuera una gallina atada y dispuesta a ser asada, y con el mismísimo martillo de Tor en la cabeza. Si así es como se sentía hace tres días a causa de la con moción, pido disculpas humildemente por el paseo en carruaje.
-Ha perdido mucha sangre, y creo que alguien ha debido golpearle antes de caer a causa del disparo.
-Cobardes. Me pregunto por qué no habrán re matado ese sucio trabajo.
Su indiferencia resultaba inquietante.
-Por lo que he oído, creo que el motivo es el di nero, el rescate que habrán de pagar por usted... y los demás.
-Entonces -dijo él, cerrando los párpados-, sin duda nos espera un recibimiento de gala.
Poco tiempo después el vehículo se detenía frente a una larga cabaña de grises troncos de ciprés, con tabli llas en el tejado y chimeneas revestidas de barro a cada lado, de las que se elevaban grises penachos de humo. La flanqueaban dos construcciones iguales, y en su parte posterior había graneros y corrales. Al parecer se trataba de la guarida de aquellos bandoleros. Los centi nelas, que permanecían con las carabinas entre los bra zos, apostados en el porche de la cabaña, le daban al lu gar el aspecto de un campamento. Para completar este efecto, una manada de perros sarnosos apareció en el amplio portal de la cabaña. Los chuchos, de gran ta maño y raza indefinida, de color pardo y amarillo sucio prorrumpieron en feroces ladridos, alzando los morros y mostrando los dientes, lo que no inducía a bajar del carruaje.
Una orden atronadora y unos cuantos puntapiés bien dados acallaron a los perros, pero continuaron moviéndose alrededor del carruaje, olisqueando la por tezuela y encaramándose a las ruedas. A los hombres de Darien los hicieron desmontar y subir las escaleras del porche hacia el portal de la cabaña. Darien consiguió incorporarse con un brazo apretado contra el costado. Haciendo caso omiso de las protestas de Serena, aguardó a que ella descendiera y luego bajó sin ayuda de nadie.
Le había costado un gran esfuerzo, a juzgar por su palidez, producto más bien de su fuerza de voluntad que de su fortaleza física. Mientras permanecía en pie, tambaleándose ligeramente, el jefe escocés se acercó a él.
-No tiene buen aspecto, alteza. Lamento el error que lo ha herido, pero si no se hubiera resistido tanto, no se encontraría tan mal ahora.
Se oyeron unos gruñidos procedentes de los bandi dos que conducían los caballos con los cadáveres de sus compañeros hacia un cementerio señalado con toscas cruces de madera, pero el hombre corpulento de fuerte acento escocés no les prestó atención.
-Debo suponer -dijo Darien con ironía cortés -que tiene usted nombre.
-Eso es cierto. Soy McCullough, jefe de esta magnífica cuadrilla de bandidos. ¿Quiere entrar para refu giarse de la humedad y ponerse cómodo?
Darien inclinó la cabeza y el escocés, queriendo co rresponder a aquel garboso gesto, le devolvió el saludo con torpeza. La orden disfrazada de petición era un tributo a esa indefinible impresión de poder que ema naba del príncipe de Rutenia, incluso en su lamentable estado.
-Su hospitalidad me abruma -murmuró Darien.
Subió los escalones lentamente, con Serena a su lado, agachándose bajo los chorros plateados de lluvia que bajaban del tejado. En el portal soplaba una fría y hú meda brisa que traía consigo el olor a madera quemada y la pestilencia de las pieles de animales que colgaban sobre travesaños a lo largo de las paredes cubiertas de barro y moho, y que rivalizaban en la decoración con cornamentas de ciervos, garras de oso y una ristra de cencerros que, aparentemente, servían para dar la aler ta. A pesar del mal tiempo, las pieles de osos, lobos, zo rros, visones, mapaches, zarigüeyas y algún que otro castor tenían un aspecto lustroso.
Se detuvieron. McCullough se adelantó para indi carles la entrada al ala derecha de la casa, donde se halla ba ya la guardia de Darien. En ese momento se abrió la puerta que conducía a la izquierda y salió una chica in dia con un vasto vestido de percal. A ambos lados de la cara le colgaban unas trenzas tan sedosas y negras como el ala de un cuervo. Tras ella surgió el frufrú de unas fal das y el aroma de un perfume, y en el tosco umbral apa reció otra mujer. Llevaba un vestido de seda amarilla con puntillas de encaje negro y un chal de cachemira india al rededor de los hombros, en el que estaban bordados to dos los tonos del arco iris. En cuello, brazos y dedos bri llaban las joyas, y bajo el borde de su vestido relucían unos zapatos de raso con pequeñas hebillas de estrás.
-¡Mina! -exclamó Serena.
Su prima miraba más allá de Serena y de Darien, hacia los hombres que ocupaban la habitación frente a ella, los miembros de la escolta del príncipe. Estaba pá lida y, cuando volvió a mirar a Serena, dio la impre sión de que le costaba recobrarse.
-Mi querida Serena -dijo Mina con tono de asombro-. No sabía que vendrías con Darien, aunque mamá me dijo que estabas en su poder.
Serena vio que Mina lanzaba una rápida mirada al hombre que tenía al lado y le dedicaba una reveren cia no exenta de burla.
-Fuiste tú quien informó a estos hombres de nuestra llegada, ¿verdad? -preguntó Serena, des pués de respirar profundamente-. Aunque no me ex plico cómo sabias...
-¿Cómo sabía que me perseguíais? Lo suponía, there. Mamá me dijo que no podrías soportar el inte rrogatorio al que te someterían durante mucho tiempo, y que debía huir tan pronto como se dispusiera lo ne cesario. Conociendo a Darien, me sentía inclinada a es tar de acuerdo con ella. Pero en realidad no esperaba que estuviera tan cerca de alcanzarme.
-Me había dicho que sólo los separaban unas ho ras -gruño McCullough.
Mina se encogió de hombros.
-Creí...
-Creyó que se libraría de mí el tiempo suficiente para escabullirse de aquí y, al mismo tiempo, utilizarme para que su alteza le perdiera el rastro... si es que he en tendido bien lo que está pasando. Pues no ha funciona do, ¿no?
Una chispa de rabia iluminó los ojos de Mina al mirar al jefe de los bandidos.
-No sabía que su salvaje amante me iba a retener a punta de cuchillo. Su conducta ha sido de lo más cruel, ¿sabe? Le juro que me ha dejado llena de marcas de pinchazos, algo por lo que he jurado que me las pa gará.
-Le aconsejo que no se meta con ella. Es una gata salvaje-observó McCullough.
-Oh, no tengo la menor intención de combatir cuerpo a cuerpo con ella. Existen otras maneras.
-Eso ya lo veremos, y también por qué creyó que me enviaba en pos de un fuego fatuo. O quizá ni si quiera sea un príncipe de verdad y me haya hecho per der seis buenos hombres para nada.
Mientras el escocés hablaba, Serena notó la mano de Darien sobre su hombro; aunque no descargaba su peso, como si solo quisiera apoyarse para mantener el equilibrio, aquello delataba lo apurado de su situación.
-De momento, ¿podríamos entrar? -preguntó Serena.
Darien cruzo la sala, en cuya chimenea ardía el fue go, agachó la cabeza y entró en el dormitorio; allí se aferró al tosco armazón de madera de la cama que, jun to con un taburete y un rudimentario lavabo de made ra, componían el escaso mobiliario. Se sentó sobre las toscas mantas que cubrían el colchón de vainas de maíz justo antes de perder el conocimiento y caer lentamen te sobre las almohadas duras como piedras.
McCullough ofreció sus servicios para meterlo en la cama, pero Serena los rechazó. No quería que las heridas de Darien empezaran a sangrar de nuevo, a cau sa de unas manos torpes, cuando tan poco tiempo hacia que había conseguido restañarlas. El bandido se mar chó, presumiblemente para ocuparse del resto de los prisioneros, que se hallaban agrupados en un extremo de la otra habitación. En su lugar envió a la chica india, que demostró ser muy silenciosa y competente.
Juntas le quitaron al príncipe el uniforme húmedo y cubierto de barro y sacaron las mantas de debajo para cubrirle hasta el mentón. Serena pidió que le trajeran todas sus pertenencias del carruaje, entre ellas la peque ña caja de madera que contenía los polvos somníferos. Serena mezcló cierta cantidad de los mismos con agua para dárselo a beber cuando se despertara y se sentó a esperar en el taburete junto a la cama. La chica india cogió el uniforme y se lo llevó para limpiarlo.
El tiempo transcurrió lentamente. Tal vez hubiera pasado media hora, o más, cuando Darien movió la ca beza sobre la basta almohada de arpillera y abrió los ojos. Serena se levantó de inmediato y cogió la medi cina que aliviaría su dolor.
-Tome -dijo, deslizando una mano bajo la cabe za de Darien-. Beba.
-¿Qué es?
Serena se lo dijo, sorprendida de la vitalidad de su voz a pesar de su escaso volumen.
Darien la miró con ojos brillantes.
-¿He de verme reducido a dormitar en un camas tro, drogado hasta las cejas como un niño de pecho con cólicos? Llévese eso.
-No es más que lo que me dio a mí.
-Usted no necesitaba usar sus facultades, raciona les o irracionales.
-¿Ah, no? Era una prisionera...
-¿Igual que yo ahora? Puede decirlo tranquila mente, ya que lo ha insinuado.
-No me refería a eso concretamente.
-No diga nunca medias verdades, querida Serena. Dígame que estoy desvalido, completamente a su merced y a la de nuestro amigo escocés.
-¡Si, y seguramente así seguiremos si rechaza la ayuda que necesita para ponerse bien! -declaró ella, dándose cuenta de que sentía cierto dolor entre los hombros al inclinarse sobre Darien.
-Ese es el carácter que me gusta -dijo Darien con leve ironía-. ¿Va a pedirme también que escriba una nota a mi padre pidiéndole licencia para saquear el te soro real y pagar mi rescate? Él no le daría las gracias, ni ha de esperar más docilidad o amabilidad de él que de mí.
-¿De qué tiene miedo? ¿De ser incapaz de orde nar y dirigir con los sentidos embotados? Ahora no puede hacerlo, ¿De perder el control sobre su guardia?, Ya no lo tiene. ¿De que ocurran acontecimientos mientras está dormido? De todas maneras no podrá evi tarlos.
-Y ahora me dirá que, puesto que todo eso es cier to, bien puedo aceptar la tregua que me propone.
-Sí, ¿por qué no?
Los labios del príncipe se curvaron en una sonrisa que no llegó a sus ojos.
-¿Tanto resentimiento me guarda por haberla he cho prisionera que ahora quiere hacer lo propio?
La acusación dejó a Serena sin aliento. Se quedó mirando al príncipe, intentando honestamente descu brir si lo que decía era cierto.
-¿No será que prefiero verle fuerte y sano a débil y enfermo, porque mi única esperanza de salir de este trance es que usted recobre sus fuerzas?
-Qué amable, pero con eso no responde a mi pre gunta.
-¿Que importa ahora? Estamos aquí, y Mina también. No puede huir puesto que es una prisionera igual que nosotros. Tal vez haya un modo de escapar, pero por el momento no adivino cual puede ser. Hasta que lo descubra, hasta que lo descubra usted, ¿por qué no descansar?
La mirada nebulosa de Darien examinó a Serena.
-Una leona intrépida y con carácter dispensando bálsamo y mirra con la chaqueta desabrochada. Me pa rece que la prefiero a la virgen ofendida y, extrañamen te, confío más en ella.
Darien cogió el vaso que le tendía Serena y apuró su contenido. Luego volvió a tumbarse con la mirada posada en el rostro de Serena. Las facciones del prín cipe se veían pálidas bajo el vendaje que cubría sus sie nes. Al cabo de unos minutos cerró los ojos y sus pes tañas descansaron sobre sus mejillas.
Serena se quedó de pie durante un momento, lar go y doloroso, mirando a Darien, olvidando el vaso que tenía entre los dedos agarrotados. Suspiró por fin, sin tiéndose como si hubiera librado una dura batalla y vencido contra toda probabilidad, y volvió a sentarse en el taburete.
El príncipe tenía razón, tan agudo como siempre a pesar del sufrimiento. Serena tenía la chaqueta desa brochada. ¿Qué habrían pensado los que la habían vis to, McCullough, Mina, los miembros de la escolta y todos los demás? Dirían que era una mujer desaseada, o una mujerzuela, como la había llamado su tía. No im portaba en realidad, pero mientras se abrochaba la cor ta chaqueta y la camisa con dedos temblorosos, deseó ser capaz de borrar esa impresión y empezar de nuevo.
Era Darien quien la había seducido y llevado a seme jante estado, pero no podía culparle. Ella no había pro testado mucho; de hecho, había disfrutado de la volup tuosidad en el carruaje. En aquellos últimos días apenas se reconocía. Privada de cuanto daba estabilidad a su vida, abandonada al mundo, no dejaba de descubrir nuevas facetas y defectos en su carácter.
La oscuridad del invierno se iba cerrando sobre ellos cuando alguien llamó a la puerta. Serena se puso en pie con dificultad y fue a abrir. Era Neflyte, con arrugas de preocupación en la frente. A su ansiosa pregunta con respecto al estado de su primo, Serena le dio la única respuesta que tenía, que Darien dormía y que la hemorragia había cesado.
-Hemos estado hablando entre nosotros -le in formó Neflyte en voz baja-. Podríamos huir de aquí por la fuerza, aunque hay doble guardia en las puertas y las ventanas. Pero no nos atrevemos mientras no po damos llevarnos a Darien con nosotros. Luego está el hecho de que la señorita Aino se halla aquí. El obje tivo de este viaje era encontrarla.
-Sí, comprendo. He... He visto unas cuantas heri das, porque solía ayudar a mi tía cuando había algún esclavo herido. Creo que la bala le ha rebotado en las costillas y ha salido por el costado. El daño ha sido grande y sería mejor no moverlo durante unos días. En cuanto a Mina, a menos que consigan que venga con nosotros, creo que Darien preferiría quedarse donde esté ella, al menos mientras no corramos serio peligro.
Neflyte meneó la morena cabeza.
-Por lo que he podido averiguar, ese bandido cree que somos todos de la nobleza y que podrá ordeñar a nuestras familias como a vacas en una granja. Sin duda ese ignorante escocés piensa establecerse como terrate niente con el oro que pueda sacar por nosotros. Sufrirá una decepción, pero pasará cierto tiempo hasta que lo descubra.
-Tiempo -dijo Serena- es lo único que nece sitamos.
Neflyte fijó la vista en el rostro de Serena.
-Parece cansada, señorita. Estaría encantado de velar a mi primo mientras usted descansa.
-Más tarde quizá -respondió ella-, ahora no.
Había sido el instinto, pensó Serena al cerrar la puerta, el que había dictado su respuesta. En el mo mento en que Neflyte se había ofrecido, ella no había considerado conscientemente la amenaza que pendía sobre la vida de Darien. Ahora, volviendo la mirada ha cia la cama, supo que era eso lo que la había impulsado. En su débil estado, Darien sería presa fácil para un asesi no, si realmente había uno en su propia guardia. Darien no lo había mencionado al rechazar la droga que ella le ofrecía, pero Serena se preguntó si no habría sido precisamente esa la causa de su desconfianza. Puesto que había sido ella quien le había obligado a tomar la medicina, habría de montar guardia. Mientras ella lo vigilara, Darien estaría a salvo.
Llegó la noche. El taburete sin respaldo era suma mente incómodo. Serena se revolvía inquieta, miran do las paredes desnudas, en dos de las cuales había ven tanas; una de ellas daba al portal y la otra a la parte pos terior de la casa, ambas cerradas con postigos de made ra. Se levantaba de vez en cuando para pasear por la habitación, se detenía a estirar las mantas que Darien desarreglaba al agitarse en su sueño, comprobaba los ven dajes para asegurarse de que no aparecían nuevas man chas de sangre o colocaba una mano sobre su frente para ver si tenía fiebre. A medida que se iba haciendo de noche, aumentó la temperatura del príncipe. En una o dos ocasiones murmuró algo, pero las palabras eran indescifrables. Intentó apartar las mantas que lo cu brían y levantarse. Serena lo retuvo con palabras pa cientes, susurrándole y obligándole a tumbarse, aun que no le resulto fácil.
Le llevaron un estofado de ardilla y pan de maíz además de una vela de sebo. Serena intentó despertar a Darien y convencerle para que comiera, pero fue tarea imposible. El príncipe bordeaba el delirio y se movía tanto que en una ocasión la cuchara cayó de la mano de Serena. Ella comió frugalmente.
Poco después notó un temblor en la manta sobre el pecho del príncipe. Tenía el cuerpo muy caliente y en rojecido; sin embargo, temblaba convulsivamente. No había chimenea y la puerta hacia la sala contigua estaba cerrada, así que el frío húmedo de la habitación había ido aumentando a medida que avanzaba la noche. La misma Serena notaba cierto entumecimiento. Se ca lentó las manos sobre la llama menguante de la vela y su humo grasiento.
La casa estaba en silencio. A Serena le dolía la es palda y sentía una punzada en la sien cada vez más agu da, recordándole que no hacía mucho tiempo que ella misma había estado al borde del delirio del que ahora era preso el príncipe.
Tenía que hacer algo. Era peligroso para Darien que le subiera tanto la fiebre. Ciertamente había remedios: lavarlo con agua fría o envolverlo con sabanas húme das, pero Serena dudaba. Tal vez no fuera necesario todavía un tratamiento tan drástico, y él se enfurecería si Serena lo hacía sin su consentimiento. Ella desea ba tener a alguien a quien pedirle consejo, alguien que la ayudara a tomar aquella difícil decisión.
De repente recordó el comentario mordaz que ha bía hecho Darien sobre las habilidades de Malachite para re ducir fracturas cuando Jedite se había roto la muñeca. Permaneció un rato mirando las toscas paredes de troncos de la habitación, preguntándose si aquel hom bretón estaría dormido, si le importaría que lo desper tara para pedirle su opinión, si sus heridas se lo permi tirían, e intentando decidir si era mejor ir a buscarlo de inmediato o esperar a la mañana siguiente. Se acercó a la cama para tocar la mejilla de Darien, en la que apunta ba la barba, con el dorso de los dedos.
Darien se agitó, como si el roce, aun siendo ligero, hubiera despertado la sensación de peligro que acecha ba en su interior, y abrió los ojos de golpe. Brillantes por la fiebre, se concentraron en Serena cuando esta se inclinó sobre él a la luz vacilante de la vela. Alerta, aunque tenue, brilló una mirada de reconocimiento.
-Serena -susurró-, no tema. No puede hacer nada.
-Puedo llamar a Malachite. Tal vez el...
-Si hubiera creído que él podía hacer algo, habría solicitado sus servicios mucho antes.
-Pero la fiebre...
-...me abandonará cuando este curado. No tema. Si siente la necesidad de convertirse en una mártir, acuéstese conmigo.
-Le molestaría.
-Puede, pero eso tampoco podrá evitarlo. Venga
Darien apartó la manta. Serena sintió la irresistible necesidad de hacer lo que le pedía, pero realizó un gran esfuerzo para no someterse a su sugerencia.
-Creo que necesita un médico.
-No la he traído conmigo para que haga de ni ñera.
-Ni yo lo intento -replicó ella en un arranque de mal genio-, pero alguien tiene que cuidarle.
-Permítame que sea yo quien decida lo que nece sito. Por el momento es su cuerpo caliente junto al mío, en lugar de un ángel frío y preocupado.
La voz de Darien era un susurro ronco y atormenta do. Discutiendo con él, Serena sólo conseguiría ago tar sus escasas fuerzas. Con movimientos envarados, se quitó la chaqueta, la camisa y las pesadas faldas de ter ciopelo, y las colocó por encima de las mantas. Vestida únicamente con la camisola, se metió en la cama. Darien la rodeó con su brazo, atrayéndola hacia sí, compar tiendo su calor. Serena se estremeció con el contacto de sus miembros helados y percibió su temblor con vulsivo. Poco a poco remitió el desasosiego del prínci pe, como si le hubiera aliviado la cercanía de Serena. Acabó quedándose quieto, aflojando el brazo con que la retenía, hasta que volvió a quedarse dormido.
Serena permaneció inmóvil, notando que el calor del otro cuerpo penetraba en el suyo hasta los huesos. Era un hombre extraño Darien de Rutenia. Poco con vencional, con una voluntad de hierro, resuelto, con una inteligencia cáustica y un ingenio alambicado, y se guro de si, por lo que no temía ni a los hombres ni a la desgracia ocasionada por un Dios distraído. No pare cía haber grietas en su armadura, excepto quizá, aun que no tenía la certeza, su necesidad de la aprobación paterna y la vehemencia de su pasión. Por tales cualida des, como había dicho Artemis, suscitaba la admira ción de sus compatriotas, la lealtad de sus partidarios y el amor de las mujeres.
El amor de ciertas mujeres, por supuesto. Ella, Por la gracia de le bon Dieu, no había sido afectada. El tras torno de los sentidos que se apoderaba de ella cuando estaba junto a él lo causaba la ira, la desconfianza y la natural inquietud frente al hombre que había despertado en ella el conocimiento de sus propias reacciones físicas. El hecho de que el príncipe la hallara atractiva, incluso deseable por el momento, solo servía para au mentar su confusión. Hubiera sido una locura tomar tales reacciones naturales por algo más duradero. Serena no sería tan estúpida; no podía serlo.
Darien pronto se recuperaría, descubriría lo que quería saber de Mina y luego se ocuparía de conseguir la libertad de todos. Después se embarcaría para regre sar a su país y desaparecería de su vida. Nada podría cambiar eso. Y no es que ella deseara lo contrario, en absoluto. Las lágrimas saladas y ardientes que se vio obligada a tragar no eran más que un síntoma de la an gustia sufrida en esos días. Era una idiotez creer que podían indicar algo más.
Ohh, debio haber sido incomodo hacerlo en el carruaje, pero aun asi ya las cosas son mas intensas entre ellos no creen?
Estoy segura de que Darien iba a decir que la amaba, y no otra cosa. Y yo creo que Sere ya lo ama, por eso llora solo de imaginar que cuando consiga lo que quiere se ira a su tierra y la dejara sola
Encontraron a Mina, o mas bien acabaron con los mismos bandidos, jaja, y resulta que fue ella quien planeo todo… en definitiva es mala esa mujer, ya lo verán… notaron que se puso nerviosa al ver a la guardia del príncipe, que pasará ahora que estan como prisioneros, que les haran...
Gracias chicas por sus rw, por agregar mi historia a sus favoritos y por seguir la historia
Besitos Angel Negro
