Regresando a FF
Los personajes son de S. Meyer. La historia es propiedad de Gina Wilkins.


Doble fuga

Gina Wilkins

Doble Confusión

Diez

Edward se quedó helado en el centro del salón, preguntándose qué demonios estaban haciendo allí sus padres y los de Bella. Reconoció la expresión en el rostro enérgico de su madre. Era la mirada aterradora que ponía cuando había decidido que algo iba mal en la familia y estaba dispuesta a solucionarlo. Edward deseó dar media vuelta y salir corriendo.

- ¿Se puede saber qué os pasa? - inquirió con impaciencia la menuda pero hermosa Esme Cullen, mirando con enojo a su hijo- . Renée me llamó esta mañana y parecía que el mundo se estaba viniendo abajo.

- Algo va mal - declaró con gravedad la delgada y nerviosa Renée Swan, contemplando con ojos entornados la cabeza gacha de su hija- . Tenemos que saber lo que ha pasado para poder ayudaros.

«¿Cómo has podido hacerme esto?» quiso decir Edward al mirar a su padre con el ceño fruncido, a lo que Carlisle Cullen respondió encogiéndose de hombros con indefensión. El padre de Bella, Charlie Swan, lo imitó.

- No había necesidad de que vinierais corriendo.

- ¿Quieres decir que Renée está equivocada? ¿Que Bella y tú no tenéis problemas? - inquirió Esme, retándolo a que le mintiera.

- Eh... nosotros... - flaqueó, incapaz de reunir el valor suficiente para anunciar lo que sin duda alguna crearía el caos en la habitación.

Renée aprovechó aquel extraño momento para exclamar triunfante:

- ¡Lo sabía! - se encaró directamente a su hija- . Isabella Marie Swan, ¿qué has hecho? Bella bajó las manos y la miró con indignación.

- ¡Yo no he hecho nada!

- Lo ves, Renée, ya te dije que no debíamos entrar aquí de esta forma - protestó Charlie- . Seguramente los chicos tenían que resolver algunas cuestiones antes de la boda. Esme y tú siempre estáis sacando las cosas de quicio.

- Conocemos a nuestros hijos - balbuceó Renée.

- Y sabemos cuándo nos necesitan - añadió Esme.

Las dos amigas de toda la vida hablaban a dúo con frecuencia.

- Todavía no he oído decir nada a los chicos - comentó Carlisle- . Yo creo que si quisieran ayuda, la habrían pedido.

- Exactamente - corroboró Edward.

Renée tomó súbitamente la mano izquierda de Bella.

- ¿Por qué no llevas tu anillo de compromiso? Bella volvió la cabeza hacia Edward. Sus miradas se cruzaron, y Edward supo que al menos, en aquel momento, estaban totalmente de acuerdo. Los dos deseaban que los tragara la tierra. Observó cómo Bella inspiraba profundamente... y daba la noticia con voz firme y neutral.

- Edward y yo ya no estamos comprometidos, mamá. Hemos anulado la boda.

La reacción, después de un largo momento de silenciosa perplejidad, fue tan terrible como Edward había predicho. Los cuatro padres empezaron a hablar a la vez, y hubo una confusión de gritos maternales de desconsuelo y súplicas paternales de mantener la calma.

- ¿Cómo has podido romper el compromiso cuando ni siquiera faltan dos semanas para la boda? - inquirió Esme, levantando las manos en el aire- . ¿Es que no te das cuenta de todo el trabajo que ha supuesto para Renée y para mí?

- ¿Qué has hecho, Bella? - gimió su madre- . ¿Cómo has podido espantar a un hombre que habría sido un marido y un padre maravillosos? ¿Un hombre al que has conocido y querido toda tu vida?

Edward hizo una mueca. Sin duda Bella lo quería a su manera, pero como ella misma había señalado, eso no bastaba. A la hora de la verdad, Edward no había dado la talla. No era lo que ella quería.

Claro que Bella no sabía que ella era exactamente lo que él quería. Que no podía imaginarse deseando a ninguna otra mujer. Que perderla era la experiencia más dolorosa de su vida.

Los dos matrimonios seguían balbuciendo. Las lágrimas se derramaban por el rostro de Renée. Charlie le daba palmaditas en el hombro, como si compartiera el deseo de Edward de que la tierra lo tragara. Carlisle estaba empezando a enfadarse, como si todavía pudiera Castigar a Bella y a Edward hasta que fueran razonables e hicieran lo que se les decía.

- ¿Qué podemos hacer para arreglarlo? - preguntó Renée- . ¿Qué ha fallado?

Bella movió la cabeza.

- No puedes hacer nada, mamá. Esta vez, no. Edward y yo ya lo hemos decidido.

- ¿Ha sido idea tuya, verdad? - preguntó Renée con resignación- . Lo supe nada más oír tu voz en mi contestador. Saliste huyendo y el pobre Edward te siguió hasta aquí para intentar hacerte razonar, pero no sirvió de nada.

- Edward es un buen hombre - le dijo Charlie a su hija con la voz preocupada de un padre- . Sólido. Estable. Podrá mantenerte y cuidar de ti.

Edward apenas podía dar crédito a sus oídos.

- ¿La vas a despedir de la agencia, Charlie? preguntó, dando un paso protector hacia Bella. Sorprendido, Charlie lo negó con la cabeza.

- Por supuesto que no. Es la mejor contable que tengo en plantilla.

- Entonces es perfectamente capaz de mantenerse ella sola. No me necesita para que la cuide.

- Gracias - murmuró Bella, acercándose un poco a él para que pudiera oírla.

- Está demasiado obsesionada con su trabajo - acusó Renée a su marido- . La has estado entrenando desde que era pequeña para que asumiera el negocio algún día y se te ha olvidado recordarle lo importante que es ahorrar tiempo para una familia. ¿Es que la agencia va a ayudarla cuando esté cansada o triste? ¿O cuando sea una vieja solterona?

Bella parpadeó y Edward supo que le desolaba la idea de que la relegaran prematuramente no sólo a la soltería, sino a la ancianidad.

- No es culpa mía que no le duren los novios -repuso Charlie en tono defensivo- . Edward es el mejor de todos con los que ha salido, y yo mismo lo he dicho, pero no puedo obligarlos a que sigan juntos.

Edward estaba empezando a irritarse en nombre de Bella. ¿Qué clase de apoyo familiar era aquel? Acababa de romper su compromiso y debía estar angustiada, aunque no tuviera el corazón roto. Sus padres debían apoyarla moralmente, en lugar de criticarla.

- Bella no va a acabar vieja y sola - dijo con claridad- . Es una mujer hermosa, fascinante e inteligente que puede tener al hombre que quiera. Yo no era el que le convenía, eso es todo.

Bella lo miró con aparente sorpresa, con ojos repentinamente brillantes. A Edward le conmovió ver las lágrimas que afloraban a sus ojos. No había dado la impresión de querer llorar antes, cuando lo había desgarrado devolviéndole el anillo.

- Edward tiene razón... por una vez - anunció Esme con brusquedad - . Bella es una joven ideal. Me considero muy afortunada de tenerla como futura nuera. Es evidente que la ruptura ha sido culpa de Edward.

Edward se quedó boquiabierto. ¿Culpa suya? Un momento...

Carlisle asintió apesadumbrado.

- Siempre ha sido imposible complacerlo. Todo tenía que ser justo como él quería. Siempre tiene que salirse con la suya. Ya le advertí que no todo el mundo toleraría sus exigencias, pero no me ha escuchado.

- Pero Edward no... - empezó a decir Bella, para ser interrumpida por la confirmación lúgubre de Esme.

- Edward siempre exige la perfección. Quiere controlarlo todo, y estoy segura de que Bella se ha cansado de que intente cambiarla a su capricho.

- Nunca he intentado cambiar a Bella - se defendió Edward - . No querría que cambiara, en ningún sentido, pero...

- No sé qué habrá ido mal - se lamentó Esme en voz alta- . Acabará siendo uno de esos viejos gruñones y solitarios que siguen la misma rutina todos los días y se preocupan del polvo y los gérmenes.

- Eso es totalmente injusto -intervino Bella, poniéndose al Iado de Edward- . Edward es un hombre muy especial. Algún día encontrará a una mujer... a la que pueda amar de verdad. Y ella será muy afortunada por tenerlo.

Edward volvió a mirar a Bella con ojos entornados. Lo que acababa de decir, el pequeño temblor en su voz... ¿había alguna posibilidad de que Bella tuviera la falsa impresión de que él no la amaba?

- Bella...

- ¡Lo sabía! - dijo Esme- . Es culpa de Edward. Eres demasiado exigente, Edward. Es cierto que Bella tiene sus rarezas, pero nadie es perfecto. Si tuvieras un gramo de sentido común, pasarías por alto sus... bueno, sus defectos.

Renée levantó la barbilla.

- ¿Sus defectos? - repitió, volviéndose a su amiga.

- Ya sabes, es un poco alocada. Sabía que a Edward le costaría acostumbrarse, siendo tan perfeccionista, pero creí que podría.

- Bella no es nada alocada, sino creativa. Cosa que no puede decirse de Edward - le espetó Renée - . Sabía que habría momentos en los que mi hija se... bueno, se aburriría un poco de sus rutinas.

- Vamos, Renée - intercedió Carlisle, intentando mantener la calma- . Tienes que reconocer que Bella suele salirse por la tangente. No es una crítica, adoro a la chica. Pero supongo que se debe a que, como hija única, la habéis consentido demasiado.

- ¿Consentido? - Charlie frunció el ceño- . La he tenido trabajando en la agencia desde que tenía doce años. Y para tu información, se ha ganado con creces su puesto. Es muy buena. No sería una contable de elite si fuera «alocada».

Mientras el debate se intensificaba tanto en ruido como en intensidad, Edward se volvió a Bella.

- ¿Podemos salir fuera? -le preguntó. Su voz apenas era audible con tanto jaleo.

Bella lo oyó y asintió. Ninguno pareció darse cuenta cuando se escabulleron por la puerta de atrás.

Edward llevó a Bella hasta el agua, que golpeaba suavemente la orilla del lago y el muelle, La brisa agitaba las hojas por encima de sus cabezas, y un pez saltó en medio del lago. Aquellos apacibles sonidos eran un remanso de paz comparados con la tormenta que se estaba desatando en el interior de la casa.

Edward carraspeó, miró a Bella y se concedió un momento para hacer un comentario irónico.

- No me extraña que tú y yo tengamos eh... manías, teniendo unos padres tan raros.

La carcajada de Bella fue tan irónica como su tono de voz.

- Son raros, ¿verdad? ¿Crees que volverán a ser amigos?

- Seguro; no es su primera pelea... ni la última.

- Me horrorizaría pensar que nuestra situación pudiera echar a perder una vieja amistad.

- Bella, ¿podemos olvidamos de nuestros padres por un minuto? - preguntó Edward, incapaz de esperar un momento más. Sabía que estaba corriendo un gran riesgo, exponiéndose a ser rechazado por segunda vez el mismo día, pero no podía renunciar a Bella sin luchar- . Tengo que preguntarte una cosa. Una cosa que debí haberte preguntado hace mucho tiempo.

Observó cómo Bella se ponía rígida. La forma en que se acorazaba le causaba dolor, aunque también le daba un resquicio de esperanza de que estuviera interpretando correctamente sus sentimientos.

Maldición, no quería meter otra vez la pata.

- ¿Qué quieres preguntarme?

A modo de respuesta, tomó sus dos manos. Tenía los dedos tan fríos. Los envolvió tiernamente con sus palmas para calentarlas y luego inspiró profundamente.

- Isabella Marie Swan, ¿quieres hacerme el honor de casarte conmigo?

Bella quiso soltarse, pero Edward no se lo permitió. Su rostro perdió todo el color, y lo miró con ojos muy abiertos y angustiados.

- Edward, no...

- No llegué a declararme - la interrumpió en voz baja- . Fui tan arrogante y estúpido que permití que nos comprometiéramos sin dejarte bien claro que estoy locamente enamorado de ti. Lo he estado desde la noche en que te besé por primera vez... o tal vez te haya amado toda la vida.

Las lágrimas afloraron a sus ojos, y una se derramó por su mejilla pálida y suave.

- Sólo lo dices porque... porque...

- Porque es cierto - terminó en su lugar- . Porque siempre ha sido cierto. Te dije que te amaba cuando te di ese anillo.

- Lo sé - repuso Bella, sorbiéndose las lágrimas- . Pero...

- Pero no conseguí que me creyeras - dijo con pesar- . Lo dije de forma tan casual y superficial, que no te culpo por dudar de mí. Pero sé lo que siento, Bella. Te amo como nunca he amado a ninguna otra mujer, como nunca volveré a amar a nadie. Y si no sientes lo mismo por mí, se me romperá el corazón.

- Edward... - estrechó sus manos con fuerza- . Te amo tanto que he estado agonizando. Tenía tanto miedo de que sólo quisieras casarte conmigo porque ese era el deseo de nuestras familias. No podía soportar la idea de que no había nada más entre nosotros.

El alivio se apoderó de él con tanta fuerza que casi sintió débiles las rodillas. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no asfixiarla entre sus brazos al atraerla hacia él. Cada vez que pensaba que había estado a punto de perderla por su estúpida ceguera...

De repente se acordó y se detuvo. Soltó su mano izquierda, se metió la mano libre en el bolsillo y sacó el anillo de diamante que Bella le había devuelto minutos antes.

- La última vez te lo di delante de todos - dijo con gravedad- . No te dije lo mucho que significaba para mí verlo en tu mano. Esta vez quiero ponértelo en privado con todo mi amor.

Bella sonrió trémulamente y le tendió la mano izquierda. Edward se paró justo antes de deslizar el anillo en su dedo.

- ¿No vas a cambiar de idea esta vez? - le preguntó, queriendo estar seguro- . ¿La boda sigue en pie?

Bella lo miró a los ojos.

- ¿De verdad me amas? ¿Aunque sea olvidadiza y temperamental e impulsiva? ¿La relación entre nuestras familias no tiene nada que ver con lo que sientes por mí?

- Amo todo de ti - contestó con firmeza- . Y si puedes pasar por alto mis hábitos aburridos y obsesivos, pasaré el resto de mi vida convenciéndote de lo mucho que te quiero. Te amaría aunque te hubiese conocido ayer. No tiene nada que ver con nuestras familias, sino con la mujer que tú eres.

- No eres aburrido ni obsesivo - lo defendió lealmente, lanzando una rápida mirada de desafío hacia la casa- . Eres... prudente. Y te amo.

Edward rió, deslizó el anillo en su dedo y luego la rodeó con sus brazos para darle un beso largo y apasionado. Solo Bella, pensó, podía hacer que la palabra «prudente» sonara como un elogio.

- Te amo - le dijo entre besos- . Te amo. Te amo.

Se lo diría hasta que no tuviera motivos para dudar otra vez de su amor. Casi sin aliento, Bella rió y le devolvió los besos con avidez, reflejando puro gozo en su mirada.


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Besos: K. O'Shea