Capítulo 11. "En el Infierno"

P.V. Narrador

Bulma dormía tranquilamente en su habitación. Todo estaba oscuro y en silencio, tal vez la serenidad era más prominente que de costumbre. De repente, alguien desde afuera golpeó la puerta de la habitación de la científica, y fue con tal violencia que ésta cayó destrozada. Bulma despertó conmocionada. Alguien se aproximaba a su cama, pero a excepción de una silueta masculina que se adivinaba por la poca luz de la luna que entraba, era imposible ver a la persona que irrumpió en su habitación debido a la oscuridad.

-¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡No te me acerques! ¡No!- Decía la chica.

Un rotundo "No" a manera de grito retumbó en toda la casa, llegando el eco hasta fuera de ella.

Vegeta estaba entrenando en alguna parte del bosque, lejos de la Casa. Su actitud era peor que de costumbre. Estaba molesto y frustrado porque no había podido alcanzar el nivel de súper saiyajín, sin importar cuánto había entrenado, y no dejaba de culparse a sí mismo, pues se sentía responsable de haber desperdiciado tanto tiempo en "distracciones" con la humana. De pronto, detuvo todo su entrenamiento. Algo muy fuerte lo había inquietado. Se llevó una mano a la frente preguntándose qué podría ser. Algo comenzó a preocuparle y, de manera involuntaria, la primer imagen que llegó a su mente fue el rostro de la humana.

-Bulma…- Dijo en un susurro. Era la primera vez que se refería a ella por su nombre. Cerró los ojos y se concentró para encontrar el ki de la humana; pero sin importar cuánto se concentrara o se esforzara, no era capaz de ubicarla en ningún lugar. Un aberrante presentimiento dominó cada rincón de su cuerpo y, sin pensarlo dos veces, emprendió el vuelo a toda velocidad hacia la corporación. En cuanto estuvo ahí, bajó a la tierra y corrió al interior de la casa. La sala estaba destrozada. Comenzó a temer lo peor y su desesperación se hizo presente, pues no podía sentir su energía. Subió a la segunda planta y corrió hacia el cuarto de Bulma. La puerta estaba deshecha, varios artículos personales estaban tirados y el espejo del tocador estaba quebrado. La imagen de esa habitación en ruinas, sin ella, aterrorizó al Saiyajín. Buscó a Bulma por toda la casa, pero no encontró a nadie. Momentos después llegaron los padres de Bulma que habían tenido una cena con unas amistades del círculo. Al ver la deplorable situación de la casa, le hicieron muchas preguntas a Vegeta, pero él no respondía.

Sonó el teléfono y el Dr. Brief contestó.

-Tenemos a tu hija- Dijo una voz femenina y arrogante.

-¡Oh! ¿Ella está bien?- Dijo el Dr. Brief

-Depende de ti que así sea viejo- respondió la voz con sorna.

-Está bien. Tengo mucho dinero. ¿Cuánto quieren?- Dijo el Dr. Brief, desesperado.

-No queremos tu dinero anciano. Tienes algo muy valioso para nosotros. Una investigación muy reciente sobre genética en la que has estado trabajando para el gobierno, tan secreta que ni tu hija estaba enterada- Dijo la voz.

-Esa es una investigación inconclusa, no está comprobado y…- Decía el Dr. Brief.

-¿Acaso quieres verme la cara? Esa investigación ya debe estar resuelta y nosotros la queremos- Dijo la voz exaltada.

-Pero, no puedo, yo…- Decía el Dr. Brief.

-No me interesan tus problemas viejo, quiero ese proyecto o tu hija se muere. En este momento le están administrando una dosis de sedante con un poco de "morbus cifre" y… y… ya… ¡ya está! Quedó profundamente dormida.

-Pero, esa sustancia elimina sus signos vitales. Es como si estuviera muerta y si en máximo 24 horas no se le suministra el antídoto, no será posible reanimarla –Dijo el doctor muy asustado. El rostro de Vegeta reflejó el terror y la angustia de las palabras del doctor.

- ¡Exacto! Y es el tiempo máximo que tienes para darnos lo que queremos. Tú decides anciano.- Le dijo la voz, determinante.

-No por favor, no maten a mi hija. Les daré lo que quieran Dijo el Dr. Brief resignado y muy preocupado.

Esas palabras inquietaron tanto a Vegeta, que le arrebató el teléfono al Doctor.

-¿Quién demonios eres?- Dijo el saiyajín iracundo.

-¡Oh! Pero qué voz tan varonil.- Dijo la voz femenina un tanto juguetona.

-¿Dónde está ella?- Preguntó el príncipe secamente.

-No creerás que voy a decirte… Comenzó a decir la voz femenina.

-¡¿Dónde está?!- Gritó Vegeta fúrico y completamente fuera de sus cabales.

-Vaya, quisiera que alguien se preocupara por mí de esta forma. Sí que tiene suerte la estúpida esa. Lo siento guapo, éstos son negocios y por ahora no me conviene entregártela. – Dijo la voz femenina en tono burlón.

-Si no me dices dónde está ahora mismo, voy a torcerte el cuello cuando te vea- Dijo el príncipe amenazadoramente.

-No me vas a encontrar, y en caso de que lo hicieras, si me matas no podrás encontrarla a ella - Respondió la voz muy segura de sí misma.

-¡Voy a destrozarte!- Gritó desesperado y completamente enloquecido de coraje.

-24 horas. Hasta entonces, no hay trato.- Dijo la voz por última vez.

La chica colgó el teléfono. Vegeta estaba fúrico. Era la primera vez que se sentía tan impotente. Salió de la casa desesperado y emprendió el vuelo, viajando por ciudades enteras en busca del ki de la mujer.

DOS HORAS ANTES

P.V. Vegeta

Llevaba horas sin conciliar el sueño, y quisiera poder decir que era debido al cansancio. La verdad es que no dejaba de pensar en esa mujer, en el beso, en todo lo que nos dijimos. A pesar de que estaba tan cerca, yo la sentía muy lejos. Estaba hastiado por todo lo ocurrido. No comprendía por qué demonios perdía mí tiempo con esa estúpida humana. Estaba muy alterado, pues era la primera vez que me enfrentaba con algo como esto y no sabía cómo manejarlo. Deseaba arrancarme de la cabeza la imagen de esa mujer, y maldije el momento en que me acerqué a esa cueva aquel día en Namekusei. Desde aquel momento, cada detalle de ella se grabó en mí de manera permanente. Había sido un error fatal hospedarme en su casa. Sólo logré que mi deseo por ella se acrecentara con los días. No comprendía por qué demonios no la tomaba y ya. Eso solucionaría todos mis problemas. Pero la idea de hacerla sufrir me asqueaba hasta un nivel incomprensible. ¿Por qué? Nunca me había importado nadie, por qué demonios me preocupaba lo que ella pudiera pensar. Estaba harto. Mi entrenamiento había disminuido y aun no alcanzaba el nivel de súper saiyajín.

Estaba recostado en mi cama y al fin me propuse intentar dormir, cuando sentí a alguien parado del otro lado de la puerta. No podía equivocarme, sin duda era el ki de ella. Estaba ahí, parada en la entrada, pero no tocaba a la puerta ni se decidía a entrar. Me levanté de la cama sin hacer ruido y me paré justo frente a la puerta. Puse la mano en la cerradura y en un movimiento rápido, abrí la puerta y, lo primero que vi, fue el rostro de sorpresa de la mujer. Sus hermosos ojos azules estaban abiertos como platos ante la sorpresa y su boca ligeramente abierta. Llevaba una bata rosa cerrada y su cabello estaba húmedo. Vi como sus ojos bajaron lentamente, viendo mi cuerpo hasta los pies y después regresando. Entonces recordé que lo único que llevaba puesto era un short negro.

-¿Qué haces aquí?- Le dije con indiferencia.

-Este… yo… Papá construyó un prototipo nuevo de robots para tu entrenamiento, y me pidió que mañana fueras temprano a los laboratorios para…

-¿Lo construyó él o fuiste tú?- Pregunté con mucha curiosidad. Me parecía raro que el Doctor hubiera construido algo para mí, pues la única que se encargaba de esas cosas era ella.

-Eso no importa. Entonces, mi papá quiere que… - Comenzó otra vez. Noté como trataba de desviar los ojos de los míos. Se ruborizaba cuando su mirada se topaba con mi torso.

-A mí sí me importa. ¿Quién lo construyó?- Pregunté seriamente.

-Fui yo. ¿Feliz? – Dijo mirándome a los ojos determinantemente. -Como sea, es mi papá quien te enseñará cómo debes…

-Quiero que tú me lo muestres. Tú lo hiciste, ¿no?- No comprendía por qué demonios no me callaba la maldita boca. Se supone que debía alejarla de mí, y en la primera oportunidad lo que hacía era tratar de conservarla cerca.

-Yo no puedo… este… tengo que… ¡Diablos! ¿Podrías vestirte por favor?- Me dijo alterada. Esas palabras me causaron una gran satisfacción. Estaba nerviosa por verme semidesnudo y, a pesar de que seguramente había intentado no darle importancia, finalmente explotó, revelando sus verdaderos pensamientos.

-¿Por qué habría de hacerlo? Es mi habitación, eres tú quien ha venido y además es de noche- Dije con una satisfacción que no pude disimular.

-Eres un… la gente decente acostumbra a vestirse…

-Ambos sabemos que yo no soy decente- Respondí con frialdad.

-Si… me di cuenta hace un rato de eso- Dijo con una mirada despectiva que no soporté.

-Entonces, si lo hace tu amado amiguito está bien. Pero si yo lo hago, ¿Está mal?- Pregunté serenamente, aunque la verdad estaba enojado por la idea de que ese idiota la hubiese tocado o besado hace dos días durante la fiesta.

-¡Eres un imbécil! No sé por qué pierdo mi tiempo con un monstruo como tú- Dijo con indiferencia, dándose la vuelta para retirarse. Esa actitud me molestó a tal grado, que decidí que no podía quedarse así.

La tomé de una de las muñecas y tiré de ella para obligarla a entrar en mi habitación.

-¿Qué haces grandísimo idiota? ¡Suéltame! ¡No puedes hacer esto!- Me gritó.

Sin soltarla, cerré la puerta violentamente y después la estrellé contra la puerta. La tomé de los hombros con fuerza y la fulminé con la mirada.

-¡Maldito simio salvaje! ¿Quién demonios te crees que er…

-¡Cállate! ¿Quieres que te diga porqué pierdes tu tiempo con este monstruo?- Pregunté iracundo ante la mirada de horror de ella. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo me ves? Y ¿Crees que no sé qué tu adivinas lo que yo quiero de ti?- Le dije con toda la furia a flor de piel.

-¿Estás loco? Yo no…

-¡No mientas!- Grité desesperado. La tomé del cuello y con dos dedos sostuve su barbilla para obligarla a verme. El contacto entre los cuerpos era apenas un roce, casi imperceptible. Pero incluso ese delicado contacto provocó muchas sensaciones en mí.

-¿Cómo podría sentir algo por un ser tan despreciable y horrendo como tú?- Respondió con seriedad. Esas palabras me lastimaron incalculablemente.

-¿Entonces acostumbras a besar a seres despreciables y horrendos?- Pregunté con una serenidad que me sorprendió.

-Fuiste tú quien me besó en ambas ocasiones. Me extraña que puedas pensar que yo fuera capaz de besarte a ti- Me dijo. Ahora si estaba realmente herido. En ese momento perdí toda mesura.

-¿Ah sí? Lo veremos – Dije por último, antes de besarla. Sus manos, cerradas como puños golpeaban mis brazos y hombros. Hubo momentos en los que incluso sentí sus dedos tirando de mi cabello hacia atrás para tratar de separarme, pero nada me importó. A pesar de la resistencia de su boca seguí mordiendo sus labios, y luché hasta que pude introducir mi lengua. Sostuve su cara firmemente para evitar que interrumpiera el beso, pero ella seguía luchando contra mí.

-Ya no luches mujer. No te resistas- Le dije entre besos. Seguí, pero sin conseguir que ella se doblegara del todo. Entonces interrumpí el beso.

-¿Por qué luchas contra lo que sé que tú también quieres? ¡Deja de resistirte! Sé que me deseas, puedo sentirlo- Le dije desesperado.

-¡No es cierto!

-¡Sólo dilo!

-¡No!

-¡Dilo! Acaba ya con esta agonía ¡Di que me deseas y ven a mi cama!

-¡Nunca! ¿Lo oyes? ¡Nunca! No soy un objeto para que tú…

-También tú me deseas, no lo niegues. – Le dije mientras besaba su cuello y hombros.

-Yo… yo no te deseo… Me dijo casi en un suspiro.

-Si me deseas. Yo sé que sí. Aunque no creo que más de lo que yo te deseo a ti.- Dije, antes de agacharme ligeramente rodeando su cintura abrazándola, para después levantarla del suelo y besarla nuevamente. Al principio desviaba su rostro del mío, y a pesar de sus protestas, yo seguía besando su cuello y sus mejillas. Hasta que por fin cedió y me entregó sus labios. El contacto de ambos cuerpos era total. Podía sentir sus senos presionados en mi pecho. Estaba tan excitado, que la dejé tocar el suelo nuevamente y empleé una mano para desatar su bata blanca mientras seguía besándola. Abrí la prenda violentamente, a pesar de la sorpresa y la reticencia de ella.

-¡No! Espera, no…- Dijo.

Su respiración estaba muy acelerada. Su pecho bombeaba como si hubiera corrido una larga carrera. Yo no podía dejar de verla. Contemplé su cuello largo, sus hombros brillantes, la blusa de tela muy delgada que reflejaba sus pezones endurecidos y me dejaba adivinar la redondez de sus pechos, el ombligo que salía por debajo de la prenda, la diminuta prenda que cubría su intimidad, sus caderas redondas y sus piernas largas y torneadas. La miré a los ojos nuevamente y volví a besarla, sacando la bata de sus brazos para deshacerme de ella tirándola hacia un lado. Sentí su cuerpo tenso, pero seguí besándola. Necesitaba tenerla, la deseaba como nunca había deseado algo. Hacia tanto tiempo que no tenía una mujer en mis brazos, que toda esa necesidad reprimida se hizo presente en ese momento.

-Ven- le dije.

-No… debo irme…

-Ven a mi cama- Insistí.

-Tú no entiendes…

No tenía deseos de discutir, ni la paciencia de esperarla. La levanté en brazos y la llevé a mi cama. Ella se conmocionó con esta acción y trató de huir, pero no se lo permití. La recosté en mi cama y me coloqué sobre ella.

-¡No! Tú no comprendes. Yo no puedo, no debo hacer esto. ¡Déjame ir!- Dijo desesperada y comenzó a moverse para tratar de escapar.

Yo no dije nada. Me limité a observarla, besarla, acariciarla. Estando sobre ella, la obligué a abrir sus piernas para hacer contacto con ella. En ese momento, cuando hice contacto con su intimidad, me di cuenta de que ella era perfecta. Era como si la hubieran creado especialmente para mí. Mis manos comenzaron a recorrer la suave piel de sus caderas, sus piernas, e introduje una de mis manos bajo su blusa para acariciar su vientre, mientras besaba sus labios con una pasión que no era capaz de contener.

Comenzó a moverse más violentamente, tratando de liberarse de mí como un animal asustado.

-No, ¡no quiero! ¡Déjame! ¡Bastardo! ¡Maldito simio arrogante! ¡No me toques!

Golpeaba mis brazos, hombros y, cuando me abofeteó, la tomé de las muñecas inmovilizando sus brazos. Seguí besando cada parte de su cara, cada rincón de su cuello, aspirando era aroma embriagante. Deseaba tocarla, así que uní sus muñecas sobre su cabeza y agarré ambas con una sola mano, de manera que la otra me quedara libre para acariciar su cadera y piernas. Sentí que ella se esforzaba por librarse de mí, pero la ignoré.

-¡Suéltame maldita sea! ¡Idiota, no te atrevas! ¡Déjame!

Mi mano, que acariciaba su cadera, tomó el listón de su ropa interior y, cuando comencé a bajarlo lentamente, fue cuando escuché que comenzó a llorar. Rápidamente vi que su rostro estaba apoyado en uno de sus brazos, desviando la mirada de mí. Las lágrimas fluían y entonces sólo escuché:

-Así… ¡Así no!… por favor- Me dijo entre sollozos.

Una furia me dominó por dentro. No pude continuar. Me levanté de la cama, maldiciendo. Tomé una camisa que había dejado sobre una silla y salí de la habitación cerrando la puerta violentamente, embrutecido por la ira. Me alejé lo más que pude de la casa. Quería olvidarme de ella, necesitaba no pensar. Decidí entrenar y no regresar a esa casa hasta que hubiera logrado el nivel de súper saiyajín. Estaba asqueado de todo esto. ¿Cómo podía solucionar todo esto? Yo sólo quería volver a ser el mismo, pero no podía deshacerme de esta pasión, no podía arrancarme a esa mujer de la cabeza. Lo único cierto es que ya no podía seguir arriesgándome a estar cerca de ella.

Próximo Capítulo: "Presunta derrota"