Los X-Men y su universo pertenecen a la compañía Marvel, lo demás es de mi autoría. Andrew es un homenaje a mi amiga Prince Legolas, ya que usó ese nombre para un personaje en su fic de POTC "Against All Odds"
Capítulo Once: El Primer Encuentro
Era la primera vez que Charles usaba todo el potencial de sus poderes. Aspiró profundo para energizarse y contuvo la respiración al atravesar al corredor cada vez más oscuro. Al llegar al salón, liberó el aire y se observó las manos que titilaban resplandecientes como un par de estrellas. Era su propia energía preparada para descargarse. Fue directo a la puerta y entró en la recámara. Andrew seguía inconsciente y amarrado a la pared. Se le acercó y se le inclinó para observarlo.
-Andrew – llamó suavemente para luego apoyar las manos brillantes sobre el pecho del niño.
La reacción fue instantánea. La luz de las huellas de sus manos quedó impresa sobre la piel y se expandió hacia todo el cuerpo de su hijo. En cuestión de segundos, Andrew estaba iluminado de pies a cabeza, y comenzó a toser compulsivamente. Sin perder tiempo, su padre le desató los nudos de las muñecas y como aún seguía inconsciente, lo cargó al liberarlo para que no azotara el piso. En sus brazos, Andrew abrió los ojos.
-¿Papá? – musitó adormilado.
Charles lo estrechó contra sí llorando y riendo.
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Padre e hijo regresaron a la realidad de inmediato. Al ver que Andrew se movía, Erik se retiró instintivamente hacia la puerta y ahí permaneció, mientras que Hank se acercaba con un maletín de primeros auxilios cargado además con jeringas, tranquilizantes, y toda clase de medicamentos.
Charles retiró la mano de la frente del niño y abrió los ojos. Sonriendo, observó a su hijo que había abiertos los suyos y parpadeaba.
-Hola, Andrew.
Andrew tardó unos segundos en reconocer a su padre porque aún se sentía somnoliento.
-Me siento cansado, papá – dijo despacito y recorrió el lugar con la mirada -. ¿Por qué estoy en el laboratorio de Hank? ¿Estoy enfermo?
Charles rió.
-No, Andrew – le replicó con una caricia en la mejilla -. ¿Qué es lo último que recuerdas?
-Te conté que puedo escuchar voces y me prometiste que me ayudarías a ser como tú. Después quedé dormido y me prometiste que te quedarías conmigo. ¡Papá! – exclamó entusiasmado y con toda su energía se sentó -. ¡Ahora que desperté tienes que enseñarme a ser telépata como tú!
-¿Estás hablando de lo que pasó en 1969? – indagó Hank.
-Estamos en 1969 – contestó Andrew convencido y luego arrugó la frente -. ¿Quién eres tú?
-Es Hank con su apariencia humana – intervino Charles y añadió, fascinado -. ¿No recuerdas nada de lo que soñaste?
-Nunca recuerdo mis sueños, papá. Por eso entras en mi mente pero no puedes encontrarlos tampoco tú.
-Muy cierto – sonrió su padre y suspiró -. Para ti el tiempo no ha pasado. Esto es maravilloso.
-Un milagro de la ciencia – acotó Hank -. Entonces, para ti aún estamos en septiembre del 69.
-¿Por qué me dices eso? – Andrew comenzó a asustarse.
Charles lo tranquilizó con otra caricia en la mejilla.
-No pasa nada, hijo. Todo está bien – miró a Hank -. Le explicaré todo a su tiempo.
-Andrew, necesito examinarte – dijo el joven -. Será rápido y no te dolerá.
-¿Quién eres tú? – reclamó el niño otra vez -. ¿Dónde está Hank? Tú no eres Hank.
Charles tomó de los hombros a su hijo para que lo mirara.
-Escucha, Andrew. Cuando dormías, Hank inventó un medicamento que hizo que volviera a verse así. Yo lo conocí con este aspecto, es el mismo Hank de siempre solo que ahora se ve como hombre.
-Me gusta más de azul – aseveró el niño con sinceridad.
Charles se emocionó, lleno de ternura.
-Pero él quiere verse así y tenemos que respetarlo, ¿cierto?
Andrew asintió.
Su padre lo abrazó de cuenta nueva y soltó algunas lágrimas. Luego volteó hacia la puerta para buscar a Erik, pero ya se había retirado discretamente. Charles entendió que no consideraba oportuno presentarse ante su hijo en ese momento.
-¿Cuántas horas dormí? – quiso saber Andrew -. Hank hizo ese remedio muy rápido.
-Ya hablaremos de eso – murmuró Charles, estrechándolo con más fuerza.
-Quiero ver a Ororo, a Sean y a Alex.
Su padre deshizo el abrazo para mirarlo directo a los ojos.
-Mira, Andrew. Mientras dormías ocurrieron algunos cambios, que te explicaré más tarde. . .
-Te ves diferente, papá – observó, frunciendo el ceño -. Tienes la barba y el pelo más crecidos y tus ojos, tus ojos se ven cansados.
Charles le besó la frente.
-Estuve muy cansado y muy triste, hijo – confesó sin evitar las lágrimas -. Pero ahora soy completamente feliz.
Y Hank se quitó las gafas para secarse los ojos.
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Charles ya lo había pensado: había habido muchos cambios en esos cuatro años, incluido el cierre de la escuela y el alejamiento de gente con la que Andrew había crecido. Había habido pérdidas dolorosas como Sean Cassidy, cuyo paradero se desconocía, y distanciamiento de personas como Alex Summers, que como otros había decidido reclutarse en el ejército. No podría explicarle en una noche todo, pero tenía que comentarle que ahora la casa estaba casi vacía y que sus amigos estaban lejos, al menos por ahora. No sabía cómo tratar el tema del paso del tiempo porque Andrew tenía el aspecto físico de un niño de seis y estaba convencido de que seguían en 1969. ¿Cómo explicarle que había transcurrido cuatro años dormido? Y lo más importante: explicarle que tenía otro papá, que estaba en la mansión con ellos, esperando ansioso conocerlo.
Cuando Hank verificó que estaba sano y lo autorizó a dejar la cama, Charles llevó a si hijo a la cocina y le sirvió una suculenta copa de helado con crema batida y chocolate encima. Gracias a la energía que su padre le había trasmitido, el pequeño brincó del lecho y caminó y se movió como si esos cuatro años no hubieran pasado.
-¿Qué ocurre? – preguntó Andrew, frente a la copa -. No me dejas tomar helado si no es después de cenar y nunca dejaste que me sirvieran tanto.
Charles sonrió una vez más. Estaba tan feliz de verlo con él, de escucharlo hablar, de observar sus ojitos curiosos, que en ese momento era capaz de regalarle la heladería más completa de New York. Y una vez más le acarició la mejilla, es que sentía la necesidad constante de tocarlo porque aún no podía creer que hubiera recuperado a su hijo.
-Pasaron varias cosas mientras dormías, Andrew – comenzó. El niño contuvo el aliento pero la sonrisa de su padre era alegre y tranquilizadora -. Verás que en la mansión solo estamos Hank y yo, y otra persona que quiero que conozcas. Los demás se tuvieron que ir de aquí pero regresarán pronto.
-¿Cuántas horas dormí?
-Dormiste mucho tiempo. Me viste cansado y te dije que estuve cansado y triste porque todo este tiempo que estuviste dormido, te perdí y me desesperé.
-¿Me perdiste? ¿Dónde estuve?
-No lo sé, pero regresaste y no volverás a dormir tanto.
Andrew se sirvió una cucharada entera y saboreó el helado. Era de chocolate, su favorito.
-¿Se fueron porque me dormí?
-Para nada, no fue tu culpa, Andrew – le aseguró -. Se fueron porque como te lo dije, pasaron cosas que los hicieron marcharse, pero no están enojados contigo ni conmigo.
Andrew continuó comiendo tranquilo. Charles no dejaba de asombrarse de su capacidad para entender y no angustiarse. Recordó que así había sido él de niño. Esperó a que terminara el helado para tocar el tema de Erik.
-Te comenté que hay otra persona viviendo con nosotros.
-Alguien que no conozco.
-Pero que debes conocer – Charles le quitó la copa vacía para que le prestara atención -. Andrew, quiero que escuches lo que voy a decirte porque es algo que debí contarte hace tiempo pero no sabía cómo abordarlo.
Andrew asintió.
-Yo soy tu padre – comenzó Charles.
-Lo eres.
-Pero también tienes otro padre, Andrew. Tienes dos papás, esa es la forma cómo pude concebirte.
-¿Concebirme? – repitió el niño sin entender -. ¿Qué es concebir?
Charles se mordió los labios.
-Todo a su tiempo – y pensó que con todo su talento de telépata le estaba costando horrores contar algo sencillo -. Tienes dos papás, solo me conociste a mí porque tu otro padre estuvo lejos, no por no quererte sino por asuntos que no nos conciernen ahora. Mientras dormías regresó y me ayudó a encontrarte porque te quiere tanto como te quiero yo.
-¿Él será ahora mi papá? – se asustó Andrew -. ¿Dejarás de serlo tú?
-No – rebatió Charles con firmeza -. Lo seremos los dos. Pero ahora no estaremos los dos más solos sino que él estará con nosotros. Muchos compañeros en tu escuela tienen dos padres: una madre y un padre, pues tú tienes dos padres: un padre y otro padre. Uno de ellos estaba lejos y ahora regresó y quiere estar contigo y conmigo.
-¿Por qué se fue?
-Eso es algo que tal vez él mismo quiera contarte más adelante.
-Hay muchas cosas que me contarás más adelante – Andrew sonó indignado -. No sé qué pasa en casa pero no me gusta.
Charles cerró los ojos, suspirando. Sentía que se estaba metiendo en camisa de once varas sin necesidad. En lugar de simplificarle las cosas a su hijo se las estaba complicando. Tenía que hablarle con el corazón. ¡Eso mismo! Porque del corazón venían sus poderes y su amor hacia Andrew. ¿Por qué tenía que intentar explicarle lo que había ocurrido como un científico en lugar de decírselo desde los sentimientos?
-Yo amé a tu padre hace años, pero hubo cuestiones que nos alejaron. Nunca dejamos de querernos, lo descubrí cuando estabas dormido. Él nos quiere a los dos y regresó para ayudarme a despertarte y para estar con nosotros. Hoy quiere conocerte, Andrew. ¿Te gustaría conocerlo también tú?
-¿Él es bueno?
-Te adora.
-¿Cómo lo sabes?
Charles soltó un bufido. ¿Por qué Andrew tenía que haber heredado la desconfianza innata de su otro progenitor?
-Lo sé porque leo las mentes de las personas, hijo.
-¿Se la leíste a él?
-¿Confías en mí?
Andrew asintió.
-Entonces – Charles quiso cerrar la idea de una buena vez -, creo que es hora de que conozcas a tu otro padre. No le leí la mente pero sé que te adora y muere de ganas de conocerte. Ya lo hizo mientras dormías, pero quiere escucharte hablar, ver tus ojos, jugar contigo, conocerte, en una palabra. ¿Te gustaría verlo ahora?
Andrew asintió. No le había leído la mente pero si su sabio padre decía que su progenitor lo adoraba así debía ser.
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Erik estaba sentado en un sillón del la sala, observando el tablero de ajedrez sobre la mesa. Recordaba la última vez que había jugado con Charles, en el avión privado rumbo a Francia. No quería reconocerlo pero cada vez le gustaba más la idea de quedarse a vivir con él y su hijo. Sin embargo, el temor de que una vez más la vida le jugara una mala pasada y su relación se arruinase le impedía hacer planes. Temía que algo saliera mal: que el Gobierno invadiera la mansión, que con Charles volvieran a distanciarse, o que Andrew no lo aceptara. Desde que los nazis lo llevaron a Auschwitz había aprendido que las cosas no solo salían mal sino que podían empeorar. Su vida había sido dura y no quería ilusionarse en vano.
Las puertas se abrieron y Erik salió de su meditación y volteó hacia allí. Charles estaba en su silla con Andrew a su lado.
-Él es tu padre – le dijo Xavier a su pequeño -. Se llama Erik Lehnsherr.
-¿Cómo voy a llamarlo, papá? – preguntó el niño, nervioso.
-Papá, padre, o Erik – contestó Magneto.
Andrew lo miró sorprendido, mientras que Charles le daba una palmada en la espalda para incitarlo a acercársele.
-Adelante, hijo – susurró -. No va a morderte.
El niño se aproximó al sillón caminando despacio, con una mezcla de recelo y curiosidad. No todos los días se conocía la existencia de un segundo padre y se era incitado a saludarlo.
Erik podía olfatear el nerviosismo del pequeño y buscó la manera de tranquilizarlo.
-¿Juegas al ajedrez?
-No, pero conozco cómo se mueven los juguetes.
-Se llaman piezas – rió Erik -. Si ya conoces los movimientos, puedes jugar. Siéntate y juguemos.
Andrew volteó hacia Charles, que le asintió autorizándolo a obedecer a Magneto. Se sentó enfrentado a su nuevo padre y como estaba nervioso cruzó las piernas en una pose similar a la de Erik.
-Tú, primero – concedió Magneto.
El niño movió un peón.
Charles giró las ruedas hacia atrás para cerrar las puertas y dejarlos solos.
Erik pensó en mover un caballo con su poder pero prefirió emplear las manos para no asustarlo.
-¿Cómo se gana? – preguntó Andrew.
-Solo sabes mover las piezas – notó Erik con una sonrisa -. Bien, para ganarme, tienes que acabar con mi rey, que es este – le señaló la pieza – e impedir que yo acabe con el tuyo, que es este.
El niño pensó un rato y movió un alfil.
Erik movió una torre.
-¿Qué te gusta hacer, Andrew? – indagó -. ¿A qué te gusta jugar?
-Me gusta jugar en el columpio del jardín y correr. ¿A ti te gusta el ajedrez? A mi papá también le gusta.
-Lo sé, jugamos varias veces – miró al niño -. Aunque me parece que a ti no te entusiasma tanto. Está bien, no es un juego que divierta demasiado a los niños, yo no lo jugaba cuando tenía tu edad.
-Mi papá sí jugaba al ajedrez a mi edad.
Erik le sonrió.
-¿Te gustaría que te empujara en el columpio un rato y después continuamos este juego?
Andrew asintió con una sonrisa, que le iluminó la carita. Recién entonces, Erik se dio cuenta de que sus expresiones eran una mezcla de las suyas y de Charles. Se puso de pie y le pasó la mano al niño.
-¿Vamos? – lo invitó y el pequeño se levantó de un brinco alegre.
Salieron los dos a los jardines que en esos cuatro años se habían descuidado: había maleza en varios sitios y los juegos que Charles había instalado para su hijo, estaban sucios y con la pintura roída. Erik limpió el asiento del columpio con un pañuelo y Andrew se sentó.
-Déjame adivinar – dijo Erik -. Te gusta que te hamaque alto.
-Y rápido – completo el niño, entusiasmado -. Hank tiene mucha fuerza y sabe cómo hamacarme.
-No lo dudo – sonrió Magneto con un dejo de ironía que Andrew no captó -. Entonces, alto y rápido. Tal como me gustaba a mí, tenemos cosas en común, Andrew.
-¿Te gustaba estudiar ciencias en la escuela? Yo hice una maqueta del sistema solar.
-Te felicito – replicó Erik y lo columpió alto pero cuidadosamente.
Andrew rió cuando se sintió subir alto, alto, y luego descendió. Pero su padre no dejó que llegara al suelo y volvió a empujarlo.
-¡Esto es divertido! – gritó Andrew entre risas -. ¡Me hamacas mejor que Hank!
Erik no pudo recibir mejor cumplido y eso hizo que lo columpiara con más fuerza.
Riendo y gritando, el niño se divirtió a lo grande. Pero la noche era fría y después de quince minutos, Erik decidió detener el juego.
-Ya es hora de llevarte de regreso y tienes que cenar.
Andrew estuvo de acuerdo. Charles le había enseñado que existían momentos para jugar, para estudiar, para comer y para dormir. Bajó sin problemas y extendió la mano hacia Erik para que caminaran juntos hacia la casa.
Erik se mordió los labios. Todo ese tiempo había estado reprimiendo lo que sentía: unas ganas locas de abrazar, besar, morder y cargar a su hijo en brazos. Tanto luchaba que los ojos se le empañaron.
-Ven aquí, Andrew – murmuró con la voz trémula y lo alzó, fundiéndolo en besos y caricias -. Charles tenía razón: una vez que te conocí, ya no quiero marcharme más.
Andrew que era la ternura hecha carne, le devolvió el abrazo y los besos.
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