Los personajes son de Naoko Takeuchi
La historia es de Sandra Chastain
Yo, solo me divierto =P
CAPITULO 10
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Recorrieron el camino entre los árboles hasta llegar a la pradera donde estaban dispuestas las mesas. Estaba anocheciendo, pero todavía no se veían las estrellas en todo su esplendor. Tenía un calor insoportable. Sabía que se estaba dejando llevar por la fantasía. Debía controlarse, pero no lo hizo. Dejó que la fantasía penetrara en su cabeza y en su cuerpo. Sentir la mano de Yaten en la espalda fue como si la recorrieran dos cables eléctricos de pies a cabeza.
– Tranquila, cariño – dijo él –. Estamos actuando. Acuérdate de Luna y del ascenso. Tú eres la novia y yo, el novio.
Si le hubiera dicho algo más romántico, Mina se habría derretido, pero, al recordar su objetivo, se impuso su pragmatismo. Podría hacerlo. Tenía que hacerlo. Asintió y lo miró fijamente. ¿No se daba cuenta de no estaba así por un posible ascenso sino por su mano?
– Mina, cuanto me alegro de verte – dijo Artemis Moon acercándose a ellos – ¿Este es tu prometido?
– Sí, le presento a mi… prometido, Yaten Kou. Yaten, mi jefe, el señor Artemis Moon.
Los dos hombres se estrecharon la mano y apareció Luna.
– Hola, Yaten – saludo –. Menudo modelito, Mina. Pareces recién salida del Caribe. ¿De dónde has sacado la flor?
– Buenas noches, Luna – contesto Yaten –. Me temo que la he tomado prestada del maravilloso jardín del señor Moon. Espero que no le importe.
– Mi jardín está para disfrutarlo. Supongo que en alguno de sus innumerables viajes habrá visto usted los jardines de Versalles.
– Sí, pero, para mi gusto, son demasiado formales. Prefiero el suyo. ¿Le gusta la jardinería?
– No, era la pasión de mi última esposa – contesto el señor Moon –. Yo me he limitado a terminar lo que ella dejó empezado. Ojalá estuviera aquí para ver a su nieta casarse con el hombre al que ama. La familia, Yaten. Todo lo que hagas en la vida, hazlo por amor. De lo contrario, no sirve de nada.
Mina se dio cuenta de la sonrisa que el señor Moon le dedico a su madre y de que ella se arrimaba un poquito más a él. El señor Moon era viudo y rico, dos de los requisitos fundamentales que buscaba Luna en un hombre. Pero aquello no podía ser, el señor Moon era su jefe. Mina sintió un enorme nudo en la garganta.
¿Cómo podía haber creído por un momento que aquello iba a funcionar? Luna podía ponerlos en jaque en cualquier momento.
Efectivamente.
– Por cierto, Mina, como supuse que no tendrías tiempo de comprar un regalo, me he encargado yo de comprar una escultura preciosa para la nieta de Artemis. Le va a encantar, ya verás. Mira, ese es el árbol de los regalos. Artemis me ha explicado que los invitados que quieran pueden hacer una contribución económica y los novios van a donar el total al hospital infantil. Voy a hacer la mía – dijo sacando un sobrecito del bolso.
– Por favor, deje que lo haga yo – intervino Yaten agarrando a Luna de la mano –. No quiero que mi futura mujer y mi futura suegra tengan que trabajar tanto. Mejor, nos gastamos mi dinero, ¿sí?
Mina observó alucinada cómo Yaten dejaba el dinero en el árbol antes de que Luna pudiera reaccionar. Menos mal. Un gasto menos.
– Tu madre es una mujer estupenda, Mina – dijo el señor Moon mientras Luna y Yaten iban andando hacia ellos –. Siempre está pensando en los demás. Ya sé por qué tú eres tan generosa.
– ¿Cómo?
– Sí, tú madre me ha contado la cantidad de horas que te pasas trabajando en casa. También me ha dicho que estás desarrollando una idea estupenda para la empresa. ¿Cuándo me la vas a contar?
– Pronto – contestó Mina muerta de miedo –. Todavía no está terminada.
Luna se colocó a un lado de su hija.
– ¿Qué te parece? Yaten me ha dicho que, de ahora en adelante, cuando quiera comprar algo, que se lo diga a él, porque consigue siempre buenos precios. ¿No es una maravilla de hombre?
Desde luego que lo era. Lo que le había querido decir a Luna era que no agobiara tanto a su hija con tantos gastos. No parecía que su madre se hubiera percatado de ese matiz, pero ella sí. Hacía mucho tiempo que alguien no se preocupaba por ella así.
En ese momento, la orquesta se puso a tocar y la madre de la novia indicó que el bufé estaba servido.
– Vamos a comer algo – propuso el señor Moon –. Me encantaría que me contaras tus viajes, Yaten. Espero que no te vayas a llevar a Mina muy lejos. Tengo grandes planes para ella después de la boda.
Después de la boda. Mina tragó saliva.
– Todavía no hemos hablado de eso, ¿verdad, cariño? – contestó Yaten con una gran sonrisa.
– No, no . La verdad es que Yaten trabaja aquí y allá y nunca está en ningún sitio, ¿verdad, cariño? – dijo Mina sintiendo que le crecía la nariz como a Pinocho.
Mina no sabía ni lo que se había servido en el plato. Intentó sentarse en una mesa alejada, pero su madre se lo impidió.
– Siéntense con nosotros Mina. Yo también quiero que Yaten me hable de sus viajes.
– Y yo quiero que tu madre me cuente lo de los gatos de Hemingway – intervino Yaten siguiendo a Luna y al señor Moon –. Sé que te gustaría que esta fuera nuestra boda, cariño – susurro en un tono de voz lo suficientemente alto como para que Artemis lo oyera mientras le retiraba la silla a Mina –. Ya falta poco, khe po ho'oipoipo – concluyo mientras Mina se sentaba.
Mina se bebió media copa de vino de un trago.
– ¿Qué quiere decir eso? – preguntó Luna.
– Nada – contestó Mina dándole otro gran trago al vino.
– No seas tonta, cariño – dijo Yaten –. Es una palabra hawaiana que quiere decir…
– ¿Quieren emparedados? – intervino Mina tratando de cambiar de tema –. ¿Te importa servirme un poco más de vino, cariño?
Yaten sonrió, se puso en pie y le dio un beso.
– Solo una copa más – dijo –. Todavía hay que brindar por los novios y no quiero que no podamos bailar porque estés bebida.
– ¿Yo? Nunca pierdo el control. No hago cosas así.
–No, la verdad es que no – dijo Luna sorprendida –. Mina es la viva imagen de la seriedad. Nunca se divierte. Ojalá fuera diferente.
– ¡Para! – le dijo Mina a Yaten en voz baja –. Te estás pasando.
– Bueno, no sé, Luna, ¿sabes que Mina ronronea? – continúo él como si no la hubiera escuchado.
Mina hizo como que no sabía a qué se refería, pero sí lo sabía. Recordaba los sonidos que había emitido cuando le ponía la crema. Sí, había ronroneado. No había duda.
Luna volvió a mirar a su hija sorprendida.
Mina se bebió la copa de Yaten y sonrió. No tenía ningún problema en lidiar con altos ejecutivos, pero aquel falso prometido… era imposible.
Menos mal que se puso a contar anécdotas de sus viajes. Al cabo de un rato, la cena terminó, el señor Moon se puso de pie, brindo por los novios y la orquesta pasó a interpretar canciones románticas.
– ¿Me concedes este baile? – pregunto Artemis a Luna.
– Mina, tenemos que bailar – le dijo Yaten.
– ¿Por qué?
– Porque va a quedar raro si no bailamos – contestó levantándola –. Además, me apetece tocarte.
– Eso no está en el contrato – consiguió decir Mina.
– No te has leído la letra pequeña – dijo él conduciéndola a la pista de baile.
Mina de quedó de piedra al sentir su cuerpo tan cerca.
– Gracias por lo de antes, Yaten, lo del árbol. Lo pagamos a medias, ¿de acuerdo?
– No, de eso nada. Es parte del plan. Quiero que tu madre comprenda que lo he hecho para que tú no gastaras el dinero que te cuesta tanto ganar, que conecte cabos y vea que tú tienes que trabajar como una burra para que ella gaste todo el dinero que quiera. A ver si, así, cierra el grifo – contestó Yaten –. Suéltate, cariño. ¿No te gusta bailar?
– Me encanta, mi padre me enseño.
– De pequeño, no le veía la gracia a esto del baile. Claro que eso fue hasta que DeeDee Dixon se mudó a la casa de al lado. Tenía dieciséis años y era guapísima. Yo tenía catorce. Cuando la vi bailando con sus amigas, pensé que le quedaría mucho mejor un chico de pareja, así que aprendí a bailar. Mis amigos de burlaban de mí, pero era la única manera que tenía de acercarme a ella.
– ¿Y qué pasó?
Yaten la apretó contra su cuerpo.
– Esto – contestó entre risas plantándole su erección en la pierna.
– ¡Yaten! No soy DeeDee Dixon – exclamó Mina.
– Ni yo tengo catorce años.
– Nos están mirando.
– ¿Y no era eso lo que queríamos?
– Sí, o sea no. Es decir…
No le dio tiempo a terminar la frase porque termino la canción y Yaten se apartó. En ese momento, pasaron a su lado Luna y Artemis.
– Creo que Artemis se lo está tragando, ¿no? – preguntó Yaten.
– No sé si tiene ojos para otra persona que no sea mi madre.
Yaten la agarró de la cintura y la condujo lejos de la pista de baile, hacía los árboles.
– ¿Dónde vamos?
– A dar un paseo por la playa. El señor Moon nos está mirando. Somos una pareja de enamorados, ¿recuerdas?
Mina no contestó.
– ¿Sabes por qué las mujeres del Caribe usan pareo?
– ¿Por tradición?
Habían llegado a la orilla del mar.
– Porque son fáciles de quitar para hacer el amor – contesto Yaten arrebatándole el suyo en un abrir y cerrar de ojos.
De repente, Mina se encontró con su erección contra las braguitas. Yaten se las quito, se bajo los pantalones y los calzoncillos, la agarro del trasero y la beso. Mina estaba a mil por hora y aquella vez no podía echarle la culpa a la crema.
Oía la música a lo lejos, pero había perdido la noción de donde estaba. Sentía su miembro erecto entre sus piernas. Todavía no la había penetrado, Mina deseaba que lo hiciera. Sintió humedad entre los muslos. Le pasó los brazos por el cuello y gimió, Yaten la levanto y Mina lo rodeó con sus piernas. En ese momento, se introdujo en su cuerpo. Mina sintió un escalofrió brutal. La música caribeña se hizo cada vez más rápida. Decidió dejarse llevar. Decidió concederse una noche. Luego, todo habría terminado.
Sintió algo que explotaba en su interior, como la lava de un volcán.
– No – murmuro Yaten intentando apartarse.
Mina se lo impidió. Yaten echo la cabeza hacia atrás y juntos alcanzaron el clímax.
Cuando los espasmos desaparecieron, Mina oyó la respiración entrecortada de Yaten. No podía hablar. ¿Qué habían hecho?
Había hecho el amor a cien metros de la fiesta. No podía culpar a nadie. Había sido ella la que lo había atrapado con las piernas. No estaba preparada para lo que había sentido. No sabía por qué había participado en aquello.
Al recordar, se dio cuenta de que Yaten no había utilizado preservativo. Y ella no estaba tomando la píldora. Anda que sí… se quedo fría al pensarlo. Dejó caer las piernas y Yaten la depositó en el suelo.
– Lo siento – le dijo mirándola a los ojos – No quería que sucediera. No debería haber pasado. Lo que ocurre es que hacía mucho tiempo que no me veía arrastrado por la pasión. Qué guapa eres Mina.
Mina no contesto ni se movió. Sentía el pulso a toda máquina. Yaten se subió los calzoncillos y los pantalones y le puso el pareo.
Buscó las braguitas y se las guardó en el bolsillo. Le paso los dedos por el pelo y le puso la mano en la nuca.
– No sé lo que pensarás, pero no quería hacer esto.
– Y yo no quería dejarte.
– Pero no me arrepiento.
Mina se mojó los labios y admitió la verdad.
– Yo… tampoco.
Yaten sonrió y le cambio el hibisco de oreja.
– Un amante de verdad no dejaría que esto terminara aquí.
– Pero tú no eres de verdad – susurró Mina –. Todo esto es una fantasía.
– Soy de verdad – susurró Yaten –. Y esto, también – añadió dándole un beso en la boca –. Me has contratado para dos días y esta solo ha sido la primera noche.
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Luna observó a su hija saliendo del bosque con Yaten. Kakyu tenía razón. Hacían una pareja perfecta.
– Estás sonriendo – dijo Artemis –. Pareces feliz.
– Sí, lo estoy. Por primera vez en mucho tiempo.
– Espero tener parte de responsabilidad en ello – dijo Artemis agarrándola de la mano.
Luna se sonrojó. Su hija creía que lo suyo con Artemis era solo tonteo, pero no era así. Llevaban juntos algún tiempo, pero Luna de le había rogado a Artemis discreción ante sus empleados. No quería que nadie pudiera pensar que Mina tenía ventaja en nada.
Tras la muerte de su esposo y padre de Mina, creyó que nunca volvería a amar así, pero eso fue hasta que conoció a Artemis.
Habían salido juntos varias veces y él ya le había pedido que se casara con él. Todo era perfecto. Solo le quedaba decirle que estaba al borde de la ruina.
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Mina decidió dejar de intentar controlar su respuesta ante Yaten. La noche transcurrió entre bailes, brindis y risas.
A las doce, Artemis anunció que se iba a la cama, tomo del brazo a Luna y se alejaron.
Mina se quedo boquiabierta e intentó ir detrás pero Yaten se lo impidió.
– Por lo que he visto, tu madre sabe muy bien lo que quiere. Ya es mayorcita, déjala – le dijo una vez en el jardín.
– Sí, pero es que lo que quiere es un marido.
– Y puede que ya lo haya encontrado. Deja de pensar en ella y piensa un poco en mí.
– Tienes razón. No quiero pensar, quiero sentir.
Yaten le acaricio los hombros. Mina suspiro y lo abrazó.
– Sé mía Mina.
– No sé qué hacer – sonrió Mina.
– Ya te enseñare yo – contestó Yaten quitándole el pareo de nuevo.
– Muy bien, Yaten – susurró Mina –. Sé mi amante… solo por esta noche.
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Por fin Mina se dejo llevar...y ahora, que pasara?
Una mega disculpa por no actualizar antes, pero aqui esta el capitulo, saludos :D
