Nota: La historia le pertenece a la escritora española Josephine Lys, solo adapte la historia para los personajes de Candy Candy que le pertenecen a pertenecen a la escritora Kyoko Mizuki, la dibujante Yumiko Igarashi y Toei Animation. también aparecen algunos de los personajes originales de la historia.

Capítulo 10

—CANDY.

—¿Si?

—Te encuentro algo distraída, ¿has escuchado lo que te he dicho?

—No, lo siento, Pauna, pero es que hoy estoy un poco cansada.

—¿No has dormido bien, querida?

—La verdad es que no.

—Un vaso de leche antes de acostarse hace milagros. Bueno, lo que te estaba diciendo es que el viernes estamos invitadas al baile que da la señora Leagan, y queremos que vengas con nosotros.

—Pero Pauna, no podría, no sería nada apropiado.

—No digas tonterías. En la ciudad tal vez no, pero aquí en el campo las normas no son tan estrictas. La misma señora Leagan te ha incluido en la invitación, y tanto Annie como yo insistimos en que vengas.

—Pero Pauna...

—No se hable más.

—¿Sabe que es usted muy obstinada?

—Ya sé que estás encantada, pero no hace falta que me des las gracias.

Candy pensaba que lady Pauna Adley tenía una sordera selectiva. Siempre parecía no oír aquello que no le convenía. La había observado y había notado ciertas cosas que no concordaban con la fuerte sordera que ella sostenía padecer. No se inclinaba hacia delante moviendo la cabeza hacia un lado para oír mejor, ni tampoco intentaba mirar a los labios como hacían muchas de las personas cuya audición estaba por debajo de lo normal. Algunas veces parecía oír un susurro mientras que otras no parecía enterarse de un ladrido. Era algo bastan te sospechoso. Convencida de que nada haría que Pauna cambiara de opinión, decidió no discutir más. Esa mujer era imposible.

—¿Qué tal les va a los niños?

—Muy bien. Esta mañana empezamos con geografía y nos hemos divertido bastante.

—¿Ah, sí?

—Sí, me he dado cuenta de que los niños suelen prestar más atención cuando las lecciones se mezclan con temas que les son fascinantes.

—¿Cómo es eso?

—Les dije que cada uno me hiciera una ruta del viaje que siempre hubiesen deseado. Debían buscar información acerca de cómo era la cultura, el territorio y el clima de los lugares que fueran a incluir.

—¿Y eso les fascina?

—Sí, tenían que contarme ese viaje con una historia que ellos mismos debían inventar.

—Ya veo —sonrió Pauna—, y hablando de historias ¿tienes algo que contarme?

Candy intentó disimular su reacción ante las palabras de Pauna. ¿Es que la había descubierto? ¿Pero cómo? Trató de no parecer alterada mientras le sostenía la mirada.

—No sé de qué habla.

—De lo que ocurrió ayer. Me he enterado de que Christopher salió al jardín cuando nosotras nos fuimos. Ese muchacho nos va a matar de un susto. No está recuperado aún y se pone a hacer tonterías como un crío.

Candy soltó el aliento que había estado conteniendo.

—Debe de ser difícil para el Duque estar tanto tiempo postrado en una cama.

—Eso no te lo discuto, pero Christopher no puede permitirse tener una recaída, y si sigue así es lo que se va a buscar.

—¿Se preocupa mucho por él, verdad?

Pauna disfrazó la tristeza que asomó a sus ojos con una tenue sonrisa.

—Es un buen hombre, Candy. Mi sobrina no pudo escoger mejor cuando se casó con él. La hizo una mujer muy feliz y eso a mí me basta. Meredith era como una hija para mí y cuando vi lo feliz que estaba y cuánto la amaba su marido, Christopher se ganó mi respeto y mi afecto. Después, cuando lo conocí mejor, comprendí que no solo era un caballero, sino una gran persona.

—Debió de ser horrible para él perder a Meredith.

—Todos sufrimos terriblemente: el padre de Meredith, que es mi hermano Albert; Annie, los niños, yo, pero Christopher fue el que peor lo llevó. Se encerró en la biblioteca durante días sin dejar que nadie entrase. Jamás había visto a un hombre tan hundido. Hubo un momento en que pensé que se volvería loco. Ya no sabíamos qué hacer. Menos mal que llegó Terry. Entró en la habitación con él y estuvo allí durante horas. No sé lo que le dijo, pero fue el único que lo hizo reaccionar. Después de eso, todo mejoró.

—Es horrible cuando se pierde a alguien a quien se ama. Pauna la miró fijamente como si intentara determinar algo.

—Tú también has perdido a alguien, ¿verdad? —afirmó Pauna.

—Así es, pero era muy niña. Debe de ser más difícil cuando se es adulto.

—No, pequeña —dijo Pauna con dulzura—, no lo es.

Durante un momento las miradas de ambas se cruzaron, reconociendo cada una en la otra la verdad de esas palabras y el dolor que llevaban aparejadas.

—Bueno —dijo Candy intentando cambiar de tema—. Creo que ya es hora de que suba con los niños.

—¿Candy?

—¿Sí? —le contestó cuando iba camino a la puerta.

—No te busques ninguna excusa porque irás a ese baile.

—Es usted increíble, Pauna.

—Lo sé, querida, pero qué le voy a hacer.

Candy cerró la puerta con la sensación de que el baile no iba a ser para nada la dulce y tranquila velada que Pauna le había descrito.

Cuando Candy llegó a la sala de estudio, se encontró con toda una escena. Lizzy estaba llorando desconsoladamente mientras Anthony, colgando de la ventana, intentaba quitarse de encima a Margareth, que lo sujetaba de los pantalones tirando con todas sus fuerzas de él hacia el interior de la habitación.

—¿Pero qué está ocurriendo aquí?

Al verla, Lizzy salió corriendo hacia ella y abrazándose a sus piernas empezó a llorar aún más fuerte. Candy la apartó delicadamente mientras corría hacia la ventana. Quitó a Margareth y de un tirón metió a Anthony dentro.

—¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo colgando de la ventana? ¡Podías haberte matado!

—Intentaba salvar a mi pequeño —le dijo Lizzy con un hipido.

—¿Qué pequeño?

—Su gato —dijo Margareth asintiendo con la cabeza.

—Y todavía puedo hacerlo si ustedes dos me dejan tranquilo —dijo Anthony con el ceño fruncido.

—De eso ni hablar —le dijo Candy mientras sacaba la cabeza por la ventana para saber exactamente dónde se encontraba el dichoso gato.

El minino estaba en una de las copas más altas del árbol que daba a la ventana de esa habitación. El gato, que solo era una cría, se movía inquieto, lo bastante asustado como para no poder bajar de allí por sí solo.

Candy se giró hacia los niños y los grandes ojos de Lizzy la miraron suplicantes e inocentes, como si pusiese toda su fe en ella para traer a salvo a su pequeña mascota. Eso pudo más que toda su lógica y sensatez. Hacía mucho tiempo que no se subía a un árbol, pero siempre había sido buena trepando. Sin pensarlo más, y para asombro de sus pupilos, se pasó el extremo posterior de su vestido hacia delante enganchándolo a la cinturilla, haciendo que las faldas quedaran lo más parecidas posible a unos pantalones.

—No me irá a decir que usted va a treparse para buscar al gato le dijo Margareth como si creyera que se había vuelto loca de repente.

—Así es.

—Señorita Greyson, cada día me asombra más —le dijo Anthony con un brillo de respeto en la mirada.

—Gracias, señorita, gracias —decía Lizzy mientras no dejaba de pegar saltitos.

Candy pensó en todas las tonterías que había cometido desde que había llegado allí, y la que estaba a punto de hacer era sin dudas la mayor.

—Allá vamos.

Pasando la otra pierna por la ventana, quedó sentada mirando hacia fuera. La rama del árbol estaba justo a su lado, a la altura de sus rodillas. Por lo menos sería relativamente fácil subirse a él. Decirlo era más sencillo que hacerlo. Basta decir que los niños contuvieron la respiración vanas veces y que Anthony lanzó una exclamación muy poco alentadora. Al final, consiguió acercarse al gato, que no paraba de acurrucarse junto al tronco para no verse acorralado por ella.

Intentó tomarlo con la mano, pero el animal, asustado, la arañó sin piedad, lo que hizo que perdiese momentáneamente el equilibrio... y su zapato izquierdo. El rugido que oyó procedente del suelo cortó la maldición que sus labios iban a proferir. Su error fue mirar hacia abajo, porque era el mismísimo Terrence Grandchester el que sostenía su zapato en una mano, mientras se frotaba la cabeza en el lugar exacto donde parecía haber aterrizado. También fue un error poner los ojos en él, porque su mirada gélida como las aguas del océano Antártico la estaban perforando sin ninguna compasión.

—¡Bájese inmediatamente de ese árbol! ¿Es que quiere matarse?

—¡Nadie le ha pedido opinión! —le gritó Candy mientras intentaba de nuevo tomar al gato. Una de sus piernas resbaló, lo que hizo que por unos instantes quedara colgando de la rama.

—Maldición. ¡No se mueva! —oyó gritar a Terry.

Candy no pensaba dejarlo. No hubiese perdido el equilibrio si el Conde no la hubiese desconcentrado. La estaba tratando como si fuera una inútil cuando ella ya trepaba a árboles mucho más grandes que esos a la tierna edad de siete años.

Por fin el gato se dejó tomar acurrucándose contra su regazo. Candy metió al animal en un bolsillo del vestido. Dio media vuelta y se encaminó de nuevo a la ventana. Estuvo otra vez a punto de caer. Allí plantado estaba el Conde con las manos apoyadas en el alféizar de la ventana y una expresión más que intimidante en el rostro.

Seguramente esta vez no toleraría semejante impertinencia. Terry estaba alucinando. Sabía que la señorita Greyson no era una institutriz común, pero de ahí a que fuese una loca chiflada había un trecho. Había tenido que parpadear varias veces para cerciorarse de que no estaba viendo alucinaciones cuando al caerle el zapato encima de la cabeza había mirado hacia el árbol. Al principio negó que aquel revoltijo de enaguas que hacía equilibrio sobre tan precaria superficie fuera la institutriz, pero rápidamente tuvo que rendirse ante la evidencia porque, dado los antecedentes de la mujer desde que había puesto los pies en la casa, ¿qué otra persona hubiese sido capaz de hacer semejante estupidez? Le había dicho que se mantuviera quieta, pero ¿lo había escuchado acaso? ¡No!, la señorita lo había ignorado con una tranquilidad pasmosa. Cuando vio que no esperaría a que la ayudase, subió las escaleras a toda velocidad intentando llegar antes de que aquella arrogante acabara en el suelo hecha añicos. Al entrar, pasó junto a los niños que se apelotonaban en la ventana tratando de animar a la que debería ser el ejemplo de la corrección y la sensatez. Mandó a los niños a su cuarto y se asomó a la ventana para poder alzarla, ya que solo le faltaba medio metro para llegar hasta él. Cuando estuvo al alcance de sus manos, Terry la tomó sin ceremonias y la metió de un tirón en la habitación.

A Candy solo le dio tiempo de contar hasta tres antes de escuchar la explosión del Conde.

—¿Qué pretendía? ¿Matarse?

Candy intentó hablar, pero Terry la cortó en seco.

—¡Ni una palabra! ¡Ahora va a escucharme! Lo que ha hecho es lo más estúpido que he podido ver en toda mi vida y créame que he visto bastantes cosas. Si vuelve a hacer algo remotamente parecido, le juro que no respondo de mí. ¿Me ha entendido?

Candy se fijó en la mandíbula del Conde, que se contraía sin disimulo apretando los dientes en un vano intento por controlar su mal genio. Pensó que en ese momento era mejor no decir nada que pudiese hacerle perder la escasa paciencia que le quedaba.

—Sí, milord.

Ese fue el momento que escogió el gato para sacar la cabeza de entre las faldas de Candy. ¡Había arriesgado su vida para rescatar a un minino! A Terry se le hacía cada vez más difícil conciliar la imagen de la institutriz con aspecto recatado y enfermizo con el de la mujer orgullosa, terca y vital que a veces dejaba entrever. Era un enigma que no estaba dispuesto a ignorar.

—Y ahora vaya a darle el gato a Lizzy. Lloraba como una condenada cuando la mandé con sus hermanos al cuarto —le dijo Terry con un brillo peligroso en los ojos.

Candy estaba paralizada por la mirada del Conde. En ese momento parecía un animal salvaje, sin embargo, sentía con absoluta certeza que no debía tenerle miedo. Sabía que jamás le haría daño por mucho que frunciera el ceño y por mucho que le hiciera perder el control.

—¿De verdad estaba preocupado por mí o es que no quería tener que recoger mis pedacitos del suelo? —le preguntó Candy con un intenso deseo de saber su respuesta.

La sola mención de que se hubiese caído del árbol hizo que algo dentro de Terry se contrajera de miedo. Eso lo tomó por sorpresa y lo irritó sobremanera.

—Hubiese detestado haber tenido que contratar a otra institutriz.

Candy sonrió a pesar de sí misma, porque esa era la respuesta que había estado esperando. Era su manera de decirle que se había preocupado por ella.

—Me ha dicho Pauna que vendrá con nosotros al baile —le dijo Terry cambiando de tema.

—Sí. Lady Adley no me ha dejado mucha opción. ¿Usted va ir?

—Ahora sí.

Candy vio un destello en los ojos de Terry que hizo que tragara como si se le hubiese quedado un trozo de pastel en la garganta.

—Pauna me dijo que a usted no le gustaban ese tipo de veladas y que casi nunca iba a ellas —dijo Candy en un vano intento de auto convencerse de que Terry no iría.

—Es verdad, pero esta no me la perdería por nada del mundo.

—¿Por qué? —le preguntó sabedora de que no le iba a gustar nada su respuesta.

—Nunca vi bailar a una institutriz.

La sonrisa que se extendió por los labios de Terry le hizo sospechar de sus verdaderos motivos. Si lo que quería era reírse a costa suya, no lo permitiría.

—Ni lo verá, milord —le dijo en tono cortante y brusco.

Terry cruzó los brazos a la altura del pecho descansando su peso en una de sus largas piernas. Ese día estaba francamente atractivo. Llevaba unos pantalones ajustados de color marrón oscuro y las botan de montar. La camisa remangada y abierta un par de botones permitiendo ver como el pelo se le ensortijaba levemente en el cuello. Candy sintió la tentación de enredar sus dedos en ellos.

—¿De qué tiene miedo, señorita Greyson?

La pregunta de Terry la sacó de sus ensoñaciones.

—Si está insinuando que tengo miedo de usted, debo decirle que sus suposiciones no pueden ser más equivocadas.

—Me alegro de ello, Candy.

La forma en que había arrastrado su nombre entre los labios, como si fuese algo prohibido hizo que se estremeciese de la cabeza a los pies. Nunca había podido imaginar que las palabras pudiesen tener tanta fuerza cuando eran dichas por la persona adecuada.

Terry la miró de una manera muy extraña antes de irse, como si supiese algo que ella desconocía. Tendrían que arrastrarla a la fuerza para hacerla bailar, se prometió a sí misma.

Terry acababa de bajar las escaleras cuando Johnson le informó que Stear estaba esperándolo en el estudio. Por fin había llegado de ese viaje interminable.

Cuando entró y cerró la puerta tras de sí, su amigo se levantó del sillón con cara de preocupación.

—He ido a tu casa y me han dicho que estabas aquí. También me han dicho que es debido a que tu hermano está enfermo.

—Así es. Por unos días temimos por su vida, pero ya está fuera de peligro. Lo único es que su recuperación se hace lenta. Demasiado para su paciencia.

—Me lo imagino. Siempre fue muy testarudo —le dijo Stear más relajado. Deben haber sido unos días muy duros.

Terry no tuvo que decir nada. Stear lo miró a los ojos y asintió con la cabeza. Eran amigos desde hacía tanto tiempo que se conocían lo suficiente como para no necesitar de las palabras.

—Lo único que puedo decirte es que me alegro de que por fin huyas vuelto —le dijo Terry acercándose a Stear y dándole una fuerte palmada en la espalda.

—Me valoras más cuando estoy fuera. Debería irme con más frecuencia.

—¿Lo ves?, por eso no te digo nada, porque comienzas con tus alardes.

Stear soltó una carcajada. Se alegraba de que Christopher estuviese bien. Sabía que para Terry su hermano significaba mucho.

—El viaje ha sido todo un éxito. Me entrevisté con O'Brien y tengo un contrato para transportar su madera.

—Eso es perfecto.

—¿Perfecto? Vamos, Terry, es increíble. Cualquier compañía estaría encantada con ese contrato y en cambio tú no pareces muy entusiasmado.

—No es eso, es que en tu ausencia hemos tenido problemas.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué clase de problemas?

—Sabotaje. En tres de nuestros barcos.

—¿Qué se sabe?

—Nada. Empecé a investigar, pero poco después sucedió lo de Christopher, así que no tuve más remedio que contratar a un detective. El mejor de Londres, pero por ahora no hay ninguna pista. Estaba deseando que llegaras para que te hicieras cargo. Yo todavía no puedo irme de aquí.

—Lo entiendo. No te preocupes. Me ocuparé de ello mañana mismo. Pero va a ser difícil. Hemos acumulado una lista nada despreciable de enemigos que desearían vernos fracasar. Además también está la Sea Star. Esa empresa ha tenido bastantes pérdidas desde que nosotros entramos en escena.

—Sí, yo le dije lo mismo al detective. El director de la Star encabeza mi lista. El nombre del detective es Vince Grant, y me dijo que se ausentaría un par de días de la ciudad para comprobar unos datos.

—Está bien. Aprovecharé ese tiempo para investigar por mi cuenta. Te mantendré al corriente.

Terry sabía que Stear estaba preocupado, pero había algo diferente en él, lo había notado sobre todo cuando había hablado sobre el empresario estadounidense. Esa cara de embobado que había puesto solamente podía significar una cosa.

—Bueno, cuéntame —le dijo Terry cambiando de tema, con una mirada especulativa.

—No sé de qué estás hablando.

—Conozco esa sonrisita que has puesto al hablar antes del señor O'Brien. Deduzco que tiene una hija o bien algún familiar femenino que te ha hecho perder un poco la cabeza.

—Sabes, a veces te odio.

Terry soltó una carcajada ante la cara de fastidio de su amigo.

—Sabes que tarde o temprano me enteraré.

—De acuerdo, conocí a una mujer.

Terry levantó una ceja ante la cara de empalagoso enamorado que su amigo había puesto.

—Y ahora me dirás que es la mujer de tu vida. Una criatura angelical. Un dechado de virtudes.

—El sarcasmo nunca te sentó bien, amigo. Pero es verdad. Es todo lo que has dicho y más.

—¿Sabes cuántas veces me has contado lo mismo en los últimos años?

—Esta vez es diferente, Terry. Ella es diferente. No todas son como Susana.

Terry endureció su expresión al oír el nombre de esa mujer.

—Lo siento no debería haberla nombrado.

—No, no deberías.

Stear lamentó no haberse mordido la lengua a tiempo. Sabía que aquella mujer había dejado algunas cicatrices en su amigo. Desde entonces, Terry había tenido muchas aventuras, pero siempre con la misma clase de mujeres. Aquellas que no le exigían nada, salvo el efímero placer de una noche. Stear sabía que Terry solo había admirado a una mujer, la esposa de Christopher, a la que quiso como a una hermana. Solo podía esperar que algún día alguien pudiera atravesar la coraza que su amigo tan celosamente había construido en torno a su corazón. Ojalá alguien le hiciera perder la cabeza y ese autodominio que a veces tanto lo sacaba de quicio. Terry merecía ser feliz.

—Bueno, quizá tengas razón y ella sea diferente —le dijo Terry—, aunque no sé qué habrá visto en ti. Debe estar ciega.

Stear soltó una carcajada.

—Soy un hombre afortunado.

—¿Me vas a decir cómo se llama?

—Patricia.

—¿Y?

—Sabes, el estar rodeado de mujeres te está convirtiendo en un chismoso.

Terry alzó una ceja en señal de protesta.

—Si no fuera porque sé que tu mente está trastornada por los efectos del amor, te haría tragar esas palabras.

Stear soltó el aire que había inhalado con cierta brusquedad como muestra de rendición.

—De acuerdo, la conocí en casa de los O'Brien. Estaba de visita. Es prima segunda de la esposa del empresario y es inglesa. Vinimos el mismo barco.

Lucien soltó un silbido.

—¿Qué significa eso?

—¿Qué cosa?

—Ese silbido.

—Nada.

—¿Cómo que nada? Vamos, te conozco.

—Es que ya te estoy viendo camino al altar.

—Creo que es demasiado pronto para decir algo así. Estamos conociéndonos —le respondió algo ceñudo.

—Me invitarás, ¿no?

—¿Te quieres callar, Terry?

—Siempre me ha sentado bien el negro, creo que me compraré un traje para la ocasión.

—A veces te retorcería el cuello.

Terry soltó una carcajada. Siempre le resultaba fácil sacar desus casillas a Stear.

—¿Cuándo conoceré a la afortunada?

—Cuando vengas a Londres. Pero te advierto, nada de desplegar ese encanto tuyo que hace que las mujeres se arrojen a tus pies.

—Yo no hago nada para que eso ocurra, créeme.

—Sí, y por eso eres odioso. Todavía no he perdido la esperanza de que alguna mujer consiga que babees por amor.

Terry lo miró con sorna.

—Antes verás volar a los cerdos —le dijo mientras una sonrisa se extendía por sus labios.

nota: Hola! Les gusto el capitulo? Espero que si! gracias x todos los mensajes veo q la hisotria ha sido bien recibia y estoy muy contenta. Sigan leyendo y comentando. Que tenga una gran semana!

Hasta el proximo capitulo!

Consti Grandchester