Disclaimer YuuYuuHakusho pertenece única y exclusivamente al gran MangaKa Yoshihiro Togashi. Únicamente me considero propietaria de este Fan Fic echo sin ánimos de lucro.

Sumario: [AU Después de la muerte de una importante miembro de la familia, dos jóvenes deben dar un paso al frente y resolver el misterio de su familia que data de tres generaciones…


Puertas

Diario de Keiko


Todos están invitados a leer esto.

Esta historia está dedicada a todo aquél que esté interesado en descubrir la verdad sobre esta familia.

Éstos son nuestros secretos.


Entrada 03: Lunes, 26 de Septiembre de 1988


A lo largo de esta semana he ido conociendo un poco más a los que habitan esta casa, y no puedo decir que todos me caigan muy bien, la verdad.

Hay mucha gente en la casa, y creo que no les he visto a todos.

A la chica que describí en la última entrada la veo casi cada vez que entro, cada vez llorando y agonizando por un dolor inexplicable. Cada vez que paso por su lado desearía que fuera sólida, para que pudiera explicarme qué le pasa y aliviar un poco esos llantos. Está siempre muy triste, y me rompe el corazón no poder escucharla. Siempre que la veo, no puedo evitar que las lágrimas acudan a mis ojos.

He visto también a una chica de mi edad, más o menos. Sólo la vi de pasada el miércoles pasado, e iba corriendo por las escaleras hacia arriba. Cuando la perseguí me di cuenta de que había desaparecido, y por mucho que la he estado buscando no la he encontrado. No soy ni capaz de acordarme del color de su pelo, pero sé que me quedó la impresión que era muy guapa y que el kimono que vestía era viejo, pero elegante, nada parecido al mío (nuevo y cursi, claro que nunca se lo he dicho a mi madre, y nunca se lo diré). Era tan sólida que pensé que estaba viva –que no era un fantasma, vamos–, pero nadie puede desvanecerse de ese modo… y el pasamano estaba lleno de polvo, y ella había subido con la mano encima.

Viernes por la noche, oí una canción. Me costó encontrar a la persona que la cantaba, y era alguien distinta a las dos que he descrito arriba. Era una mujer madura, increíblemente bella, y con los ojos llenos de increíble pesar. No es un dolor tan palpable y apasionado como el de la primera chica, sino más bien un dolor sombrío y silencioso, pesado. Tuve la impresión de que había conocido a la tristeza, a la depresión, personificada. Su voz grave cantaba melódicamente una canción que no reconocía, pero que me tarareo de vez en cuando para no olvidarla. Su canción, como su forma de mover los labios y el brillo de sus ojos, estaba impregnada de sufrimiento. Al día siguiente intenté encontrarla de nuevo en esa misma habitación, pero tengo la impresión de que sólo la encontraré si la oigo cantar.

Y el último que he "conocido" ha sido el único hombre. Pero no me he atrevido a verle. Nada más oír sus alaridos de furia e ira, tuve que marcharme de inmediato, porque supe de inmediato que si me lo encontraba me mataría. Le he oído ya tres veces, y las mismas tres he tenido la sensación de que estaba en peligro. Nunca he sentido nada igual, es como si todas mis células supieran que estoy en peligro de muerte y mis piernas reaccionan solas, obligándome a irme. Mi mente que queda en blanco, pero mi cuerpo no. Nunca, nunca en mi vida he sentido un pánico semejante. Sólo por él no volvería nunca a la casa, pero le hice una promesa a mi tía.

Sólo he abierto una puerta, es la habitación de una chica.


Entrada 04: Miércoles, 28 de Septiembre de 1988


Cuando entré por primera vez a la habitación, pensé por un momento que me iba a morir asfixiada. Había algo en el aire que era maléfico, algo impalpable pero lo bastante sólido como para intentar estrangularme. En un instante, esa sensación se desvaneció.

Una vez dentro de la habitación, cuando ya mis ojos se habían acostumbrado a esa oscuridad, deduje que seguramente era el polvo lo que me había hecho reaccionar así. Una densa capa de polvo lo cubría todo: el suelo, el escritorio, incluso la cama y el armario. Pero incluso ahora, cuando pienso que esa es la solución más lógica al problema, sé que seguramente me equivoco. Tengo la sensación de que…

Tengo la sensación de que algo realmente había intentado asesinarme nada más pasar el umbral.

Esa habitación es incluso más grande que la de mis padres y la cama era enorme, de metal, y me recordó a las camas esas que salen en las películas estadounidenses. Las sábanas eran pálidas (no sé si blancas o azules o grises) y pesadas en apariencia, pues no me atreví a sentarme. Esa habitación tenía un aire de familiaridad muy dulce, pero el aviso de antes me había asustado. Creo que hice bien en mantenerme alejada. Sobre la cama había muchísimas, unas diez o doce, muñecas de porcelana. Siempre me habían gustado de pequeña, pero entonces esos ojos de vidrio no podrían haberme inspirado peor temor.

En la pared había colgada una fotografía de dos personas, un hombre elegante y afable y una mujer bella y misteriosa. Supe por las descripciones que había escuchado alguna vez, que se trataban de mis abuelos: Kuwabara Kazuma, el Defensor del Amor, y Kuwabara Shizuru, el Arte Silencioso. En esa foto, pese a su suave sonrisa y ojos en teoría afable, me aterró. Era como mirarle a la cara a un cadáver.

Cuando me decidí a irme de inmediato —tenía miedo, pero por suerte aún no sentía pánico, era más bien un miedo tranquilo pero palpitante—, me giré y vi que al lado de la ventana (tapada con barrotes de madera) había un armario blanco precioso.

Una puerta más.

Y un espejo que no devolvía mi reflejo.

Volví a casa corriendo. Aún ahora estoy temblando y no me atrevo a separarme ni un momento de mi primo Yuusuke, que se ha quedado a dormir esta noche.